Nuevas tierras no hallarás,
no hallarás otros mares.
La ciudad te ha de seguir.
Darás vueltas por las mismas calles.
Y en las mismas calles te harás
viejo y en estas mismas casas
habrás de encanecer.
Constantino Kavafis
El dicente y emotivo epígrafe bastaría para ilustrar lo que sentimos ante esas ciudades que se mimetizan con los que las vivimos, evocamos y visitamos más allá de los recorridos comunes, y de los consabidos lugares de interés cinco estrellas. No son entorno, se convierten en epidermis, en piel polisémica sensible a nuestros plurales estados de ánimo que encuentran su correlato en un atardecer encendido, en un aroma a sándalo, en una aurora tímida, en batiente ola o rosada piedra, en fin, en encuentro furtivo de aeropuerto o metro que se resiste a ser olvido y se transforma en mujer efímera e imposible.
Las ciudades no son como ellas son, son también lo que va quedando en la remembranza, en la imaginación, en la visible invisibilidad de narradores o poetas, en el recuerdo propio que, ambivalentemente, es más generoso o más desdeñoso que la realidad misma.
Enrique Viloria Vera
La ciudad es la que debe ser juzgada,
aunque seamos sus hijos quienes
paguemos el precio.
Alejandría (en árabe: al – Iskandariya) ha ejercido una fascinación sin igual desde el momento mismo de su fundación en el año 331 a.c. por Alejandro Magno; llamada a ser la ciudad portuaria más grande de la antigüedad, su actividad comercial, su desarrollo físico, cultural y religioso concitó el interés de griegos, judíos y egipcios, llegando a tener para comienzos de la era cristiana más de 300.000 habitantes. Su Faro, el célebre Faro de Alejandría, una de las siete maravillas del mundo antiguo, se erguía en la isla de Faros, la cual fue integrada al puerto por un rompeolas de grandes bloques de piedra llamado Heptastadium (siete veces 201 metros). Su celebérrima Biblioteca contó con la colección más grande de libros, cerca de 500.000 volúmenes, del mundo antiguo. En su seno se desarrolló el culto al Dios Serapis, el buey sagrado que los antiguos egipcios consideraban como encarnación de Osirís. Con la construcción del templo dedicado a su devoción, el Serapeum, Alejandría se convirtió también en la capital espiritual del Antiguo Egipto.
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