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En efecto, no puede haber verdadera democracia, si no se reconoce la dignidad de cada persona y no se respetan sus derechos.
No puede haber siquiera verdadera paz, sino se defiende y promueve la vida, como recordaba Pablo VI: "Todo delito contra la vida es un atentado contra la paz, especialmente si hace mella en la conducta del pueblo..., por el contrario, donde los derechos del hombre son profesados realmente y reconocidos y defendidos públicamente, la paz se convierte en la atmósfera alegre y operante de la convivencia social". Evangelium Vitae. No. 101.
Si hemos llegado a los grados de violencia que imperan en nuestra sociedad, se debe, precisamente, a que no hemos sabido respetar la vida humana. Por todos lados encontramos explotación, marginación, injusticia, esclavitud, racismo y cosas semejantes y peores. Nosotros mismos pueda que estemos violando la dignidad de la vida humana con nuestra conducta hacia nuestros semejantes. De alguna manera, todos somos culpables de lo que estamos viviendo. Pero no podemos seguir tesoneramente aplicando los mismos moldes con los que se ha fraguado la convivencia actual, debemos de buscar métodos que miren más a revolucionar el intelecto, el espíritu, la conciencia del ser humano, para llegar a una sociedad más justa y equilibrada.
Esta crítica social se encuentra muy bien delineada en aquella poesía del egregio Nicaragüense Rubén Dario, "Los motivos del lobo". El lobo malo y feroz se hace bueno gracias al ejemplo de un hombre de verdad, Francisco de Asís, pero al encontrarse por doquier con desordenes y desequilibrios de todo tipo, vuelve a su antigua forma de vida. ¡Cuánta gente puede reflejarse en esta bella historia! Gente que tiene grandes aspiraciones, que lucha, que trabaja, que es fiel y honrada, pero que, los que creía que detentaban la justicia, la verdad, la honradez y la fidelidad, terminan decepcionándola y, en muchos de los casos, toman su ejemplo y pagan con la misma moneda o peor, como se está viendo en la actualidad.
Pareciera que asistiéramos, nuevamente, a aquellas épocas de barbarie en donde esta práctica era muy común. En la Biblia, por ejemplo, se habla de la "Ley del Talión", ojo por ojo y diente por diente. Sin un análisis serio, podríamos deducir que fue una Ley bárbara y estúpida, pero haciendo un estudio más profundo, era una Ley que impedía hacer un daño mayor al que se recibía. Si alguien me propinaba una patada, yo no podía clavarle una daga al corazón o matarlo asestándole un garrotazo en la cabeza, únicamente podía devolverle el mismo daño: darle una patada en el mismo lugar donde me la puso, por poner un ejemplo. Si, de un golpe con los nudillos, me tumbaban un diente, yo sólo podía tumbarle el mismo diente de la misma forma.
Fue una ley que tuvo su auge y su momento para ir educando, paulatinamente, a un pueblo bárbaro, para que llegará a una Ley superior a ésta. Ahora, en pleno siglo XXI, con los adelantos tecnológicos, científicos, culturales y sociales, no podemos pretender aplicar una ley que sirvió para educar a un pueblo bárbaro y poco letrado.
Esa Ley terminó cuando llegó la sentencia: "Se dijo a sus antepasados, ojo por ojo y diente por diente, ahora yo les digo, si alguien te abofetea en la mejilla derecha ofrécele también la izquierda". Palabras más, palabras menos. Llego la Ley en que tenemos que dejar la barbarie y utilizar más la inteligencia y la razón para solucionar los problemas.
Los gobiernos se han empecinado con esta idea falsa de combatir el mal con el mal, generando índices cada vez mayores de violencia. Mano dura se ha dicho. Más armas, carros blindados, estrategias, entrenamientos para los elementos de seguridad y operativos en distintas regiones del país y del mundo en contra de la delincuencia en todas sus facetas. Lo único que han generado es ir midiendo fuerzas con todos los tipos de delincuentes.
Ha corrido y sigue corriendo mucha sangre en todo el planeta. Estamos viviendo, como bien lo dijo el Papa Juan Pablo II en la Encíclica Evangelium Vitae, "La Cultura de la Muerte. En vez de dar marcha atrás se sigue en la loca carrera proponiendo y, en algunos estados y países, haciendo vigente la pena de muerte. Se sigue invirtiendo más en la elaboración de armas de destrucción masiva que en educación. Los adelantos tecnológicos y científicos, han provocado, de alguna manera, un retroceso o rezago en la evolución espiritual e intelectual del ser humano.
El hombre es hombre porque razona bien las cosas y tiene libertad y, por esa libertad, tiene que hacerse responsable de sus actos. Si ya hemos logrado adelantos en el campo científico y tecnológico, podríamos invertir más en incentivar, en todos los ámbitos, una evolución de tipo espiritual e intelectual. Tenemos que trabajar en revolucionar las conciencias, el intelecto y el talento que todos, de alguna manera u otra, tenemos.
No sé para qué se promulgó una Constitución Política si, de todos modos, cada vez que quieren nuestra autoridades proponer algo nuevo en contra de la misma, lo único que hacen es cambiar, arbitrariamente, el artículo que se los impide. Ahora quieren cambiar el artículo 22 Constitucional, donde se declara que en nuestro País quedan prohibidas las penas de muerte. No puede ser que en México sean así las cosas. La Constitución se cambia al antojo del gobierno en turno. Se quitan y se ponen candados según se necesite.
El problema está en la acción que hagamos, pues, dependiendo de ésta, será la reacción que obtengamos. Tenemos que hacer las cosas con mucho tiento para no ser extremistas; todo tiene sus lados flacos; su vulnerabilidad. Tanto si somos demasiado flexibles en cuanto a aplicar las leyes como si somos excesivamente crueles y arbitrarios.
En el caso de los asesinos, los secuestradores y demás delincuentes, no es el camino correcto la pena de muerte. Sé que los que han sufrido secuestros en su persona o en la de sus familiares y, también, las personas que perdieron un familiar a manos de delincuentes y asesinos, se encuentran demasiado dolidas y, subjetivamente, la mayoría de ellos, aceptarían con gana que ejecutaran a sus detractores. Las decisiones son viscerales o subjetivas cuando se toman con base en nuestros sentimientos, pero no solo debe de acudir lo que uno siente para decidir en asuntos de dicha naturaleza, también tenemos que racionalizar para pensar bien lo que vamos a hacer y, esto, se llama ser más objetivo. Y la razón apela la falsedad de lo equivocada que está la propuesta de la pena de muerte.
¿Qué pasará si del que sufre la pena letal se llega a descubrir su inocencia? ¿Acaso tendríamos que ejecutar a todos los que propusieron y votaron la pena de muerte? ¿Cómo íbamos a reivindicar lo que se ha hecho?
Lo escrito no es solo un llamado a los que han propuesto la pena de muerte, sino, también, a todos aquellos que de una manera u otra atentan contra la vida y la dignidad de la persona humana. Dejen la loca carrera de afrontar el mal con el mal y piensen mejor las cosas antes de hacerlas o proponerlas. No sigan derramando más sangre en aras de una paz utópica por el camino que llevan.
Hago un llamado a todos los líderes religiosos, políticos, sociales, escolares y a todos los movimientos y asociaciones, para que se sienten a dialogar para llegar, en unidad, a una verdadera propuesta que mire a ir erradicando, poco a poco, los males que aquejan nuestra sociedad. Espero que estas reflexiones hagan eco y mucho ruido en la conciencia de las personas que las revisen, para que surjan nuevas propuestas y vaya enriqueciéndose la polémica. No todo está dicho, solo he escrito lo que he pensado y creo que es correcto, de acuerdo con la razón y la lógica.
Este tema debe de seguirse discutiendo en todos los foros, las escuelas, universidades y la gente de la calle.
Por
Hermelando Alvíter Martínez
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