“Dedicatoria:
A mi maestro, al que recuerdo cultivando habas en el límite de la siembra.”
Dentro de las diversas reflexiones en torno a cualquier discurso teológico ha de anotarse sin lugar a dudas una base espiritual. Veamos cuál es la definición que guarda el magisterio de la Iglesia católica[1]en relación a este tema. Primero establece claramente una relación binomial entre el Espíritu Santo[2]y la historia de la humanidad; en cuanto éste suministra elementos a la razón del hombre para que pueda entender su momento histórico y pueda así participar en un acto concreto que redunde en bien de la sociedad en la que vive (Juan Pablo II, 1992: 2684). De la misma manera, continúa en la reflexión de lo espiritual cuando lo relaciona como un principio en la meditación. La espiritualidad aquí entendida como un proceso ad-intra, un camino introspectivo, es decir, de auto-encuentro (Juan Pablo II, 1992: 2705). Por ende, espiritualidad es un proceso permanente y ordenado por unos valores y criterios que se interrelacionan con la esencia del ser humano y su medio histórico circundante. Es ciertamente, un acto complementario entre su ser-histórico y su deber-ser. Estas dos se encuentran en un espacio común: la historia. Su dinámica podemos entenderla desde dos movimientos, a saber: primera, horizontal (su historia concreta, lo vivencial) y segunda, vertical (lo trascendente), estas dos líneas van entrecruzadas y complementándose entre sí, forjando así una espiritualidad que nace de acuerdo a unas estructuras de identidad (lo histórico) y lo reflexivo (ad-intra, de su historia).
La espiritualidad es finalmente, un acto totalizador de la vida, es la vida misma. Aquella que integra y ordena la comprensión del ser hombre y mujer, de manera se pueda reencontrar aquello que es fundamentalmente humano y espiritual (ontológico). En otras palabras, hacer autoconciencia de su persona; del que es distinto a mí y del otro[3]Espiritualidad es también, la capacidad de encontrar un horizonte de sentido, es recuperar la armonía entre lo estético (la naturaleza), y la dignidad humana (Varios autores)[4]. Es así como podemos entender por medio de los elementos anteriores lo que puede ser una espiritualidad cristiana. Veamos: una espiritualidad cristiana es un conjunto de valores y criterios que hacen del creyente un sujeto que sigue y hace suyo el paradigma de la persona de Jesucristo, y hace de su historia un acto de fe y devoción[5]comprometida (o) con su contexto histórico (particular y comunitario[6]
Las ideas que forjó Jorge Camilo Torres Restrepo se han tratado de sistematizar en un marco teórico, al cual se le ha llamado camilismo. Este nace de unas bases teológicas sobre las cuales construyó gran parte de su discurso y práctica en pro de quienes la historia ha acallado su voz. A continuación presentaré algunos presupuestos de comprensión que nos permitirán aproximarnos al ser espiritual de nuestro personaje en cuestión. Veamos:
2.1-Algo de historia y su relación con la doctrina social de la Iglesia
Siempre vemos que el papel histórico del empobrecido[7]quien ha sido disimulado, acallado, oprimido y suprimido por sectores dominantes que recurre a él para obtener ventajas propias, controlar su vida y en algunos casos, entorpece su proceso de realización social. En este cuadro tan vergonzoso han participado gobiernos civiles y algunos miembros de la estructura eclesiástica.
Por citar un ejemplo, vemos que históricamente[8]el clero católico se fija su mirada por la cuestión del pobre desde los inicios mismos del complejo fenómeno industrial; no obstante, debemos tener en cuenta que, el lugar histórico de la clase no dominante (campesinos, artesanos, siervos, etc.), tiene sus inicios fundamentales luego del proceso reformista en la Europa moderna, con la publicación de las 95 tesis de Lutero y la quema de la bula papal por parte de éste en la universidad de Wittenberg, de la cual era profesor de teología (1521). Posterior a ello se libran guerras de religión que se dan en el siglo XVI por razones geopolíticas, como la repartición de la tierra a nuevos terratenientes o conservación de ésta a sus antiguos poseedores. Una vez más la participación del sector popular en las confrontaciones por el control político y el acertamiento del capitalismo mercantil (Nikitin, 2004: 25-29). Sirve de prueba para sustentar la tesis del uso de la clase campesina, por parte del clero vaticano y príncipes humanistas, con el fin de garantizar el statu quo de la modernidad incipiente, pasando éstos últimos a la historia oficial como grandes "paladines del poder" (Cfr. Maquiavelo, Cap. VII, IX).
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