Ética del límite: la compasión del ser por el ser

  1. Introducción
  2. La epistemología de la indefección
  3. La epistemología del límite
  4. La ética del límite: la compasión del ser por el ser
  5. Despedida
  6. Referencias

Introducción

Comprender al hombre como un ser limitado, indigente de ser, implica que su relación consigo mismo, con los demás y con su entorno se ha de dar, en forma tal, que sea respetuosa de sus propios límites.

El planteamiento ético en forma de pregunta sería: Si soy un ser limitado ¿Cómo debería comportarme ante mis propios límites, antes mis fallas y ante las de los demás que también son seres limitados? La aceptación o rechazo del ser del hombre (del límite) queda delineada entonces como un problema ético. En palabras de Jung, la aceptación de sí mismo es la esencia misma del problema moral.

Pero antes de iniciar propiamente con la ética del límite es necesario que establezcamos algunos conceptos sobre la formación de "modelos mentales" que son los que nos generan una perspectiva (epistemología), una forma de ver los sucesos y la vida. Esto es importante, ya que "nuestra perspectiva" favorece o bloquea la comprensión humana. En particular nos interesará delinear dos perspectivas. Una de ellas, a la que llamaremos epistemología de la indefección, es fundamentalmente de tipo racionalista y está inspirada en el concepto de perfección; y la otra, que llamaremos epistemología de la defectibilidad o del límite, con mayores recursos de inteligencia de tipo intuitiva y que está referida a la naturaleza limitada del hombre. Aunque ninguna de estas posiciones epistemológicas tiene la hegemonía absoluta sobre el sistema mental, si se le puede adjudicar a una u otra, cierta dominancia sobre la configuración de la realidad percibida.

Advirtamos que al hablar de epistemología, no se recurre al sentido que tiene dicho término en el ámbito de la filosofía tradicional, entendida como ciencia o teoría del conocimiento. No es éste el problema ni el sentido de epistemología que aquí interesa. En su acepción sociocultural hablar de epistemología equivale a referirse a "las premisas básicas que subyacen en la acción y en la cognición". Se matiza no tanto la problemática de la fuente (razón o experiencia), naturaleza, método y validez, sino los supuestos, la premisa del conocimiento. La epistemología es también una especie de perspectiva, "la posición desde la que vemos". Aquí la entendemos como "la manera de pensar como pensamos" o "la manera de percibir como percibimos". En otras palabras, las visiones que tenemos del mundo, resultado de nuestras percepciones y reflexiones, tienen, por decirlo genéricamente, un previo punto de vista. Hay una correspondencia entre cómo una persona piensa y cómo una persona percibe y siente.

La percepción como tal depende a su vez de los presupuestos que tenemos en nuestro sistema mental. Dichos esquemas contienen la "pauta" de la forma en que percibimos lo que percibimos. Y en este nivel se puede establecer una relación entre la psicología (sistema mental) y la filosofía (epistemología) del conocimiento.

La actitud designa una pre-disposición de naturaleza cognitiva-emotiva a la conducta e inclina a reaccionar, positiva o negativamente, ante ciertos estímulos que encuentra el individuo fuera o que genera dentro de sí mismo.

¿De qué depende que la actitud ante ciertos estímulos sea de rechazo, devaluación o culpa, contra uno mismo, los demás o la vida en algunas personas; mientras que en otras existe una inclinación a la aceptación, la autoestima profunda y la compasión? ¿A qué tipo de planteamiento ético se responde en cada caso?

A continuación trataremos de dar respuesta a estos cuestionamientos

Como coordenadas de referencia, usaremos tres ejes. El primero de ellos alude a la visión del universo como predecible o caótico, el segundo tiene que ver con las valoraciones que realizamos en una escala de absoluto-relativo (visión de valor), y el tercero, dentro de la hominidad-humanidad (una visión de evolución de lo humano).

Dentro de la visión del universo, en nuestro eje predecible-caótico, podemos ubicar en uno de sus extremos la concepción básica de que el universo es predecible. La razón toma preeminencia e incluso llega a convertirse en el "único habitante" en la zona. Solamente lo repetible, experimentable y comprobable tiene sentido de realidad, es el reinado en solitario de la ciencia; la simplificación extrema de los ambientes del laboratorio. Orden y estructura tiene su asiento real; es el espacio adecuado para las leyes y para los "gases ideales", los principios y el deber. En el otro extremo del continuo, el universo que conocemos es más bien el resultado temporal de infinitas colisiones. Es el "orden del caos", es la existencia real con sus imponderables, el principio de incertidumbre, la evolución, el cambio, la sobrevivencia. La intuición y la flexibilidad son necesarias para subsistir ahí. La luna, no es sólo la romántica acompañante de nuestro espacio cercano que muestra ciclos y órbita de precisión cronográfica, es también el probable resultado de un choque meteórico. En esta zona el azar obliga "solamente" a la aproximación probabilística. El error estadístico no sólo es útil sino imprescindible. La entropía, energía de desorden, nos recuerda con contundencia existencial, que la casa se caerá y la taza se romperá, siempre en esa dirección.


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