Sobre el vector de escala colocamos el valor que subjetivamente otorgamos a diversos conceptos. El continuo relativo-absoluto nos facilitará reconocer que otorgamos a muchas cosas un precio que realmente no tienen. Por cada valor "cien" hay noventa y nueve "menos que cien" y en ocasiones nuestros supuestos frecuentemente invierten esta relación. En palabras de Viktor Frankl, "las respuestas definitivas existen en una dimensión fuera de nuestro alcance y debemos contentarnos con encontrar las respuestas de la situación inmediata", con todas nuestras limitantes.
El eje de "visión del humanidad" nos permite acomodar desde los aspectos más biológicos de nuestra evolución como "homínidos" hasta lo más específicamente humano. Integrar desde el "homo erectus" hasta el "sapiens-sapiens" con el "homo-humanus"; la forma de humanizarnos o de deshumanizarnos, la facticidad y existencia de la que Frankl ha hablado, no solamente referido al sentido de la vida, sino para este caso particular, a la actitud y la ética subyacente con la que asumimos nuestro ser. Diferenciar la conducta del hombre, de la conducta "humana".
A partir de la experiencia clínica, podemos afirmar que la problemática de la actitud perfeccionista va incluso más allá del solo rechazo de la persona (de ella misma o del otro), el rechazo alcanza a la "realidad". La sensación de inadecuación que vive le despierta una exigencia de estructuración, no sólo de los acontecimientos, hechos, cosas y personas, ya que en su mundo interior sólo hay cabida para "una" realidad, la impecable, la que él supone; sino que apunta, en verdad, a una estructuración o reparación ontológica de lo real. El objetivo de sus esfuerzos compulsivos de estructuración es lo humano que encuentra en él, pero no para lograr un crecimiento y mejora (compasiva) de su realidad, sino con un rechazo ontológico, en el que subyace, alguna forma de soberbia. No sólo es una intención y una respuesta (para los creyentes), a la petición divina del amor completo, de no elegir concientemente el mal, sino más bien es una elección que pretende y exige perfecta acción, potencia y sabiduría "humana", rechazando su humanidad porque para él lo humano es una forma "insuficiente" de ser.
Aplicando nuestros ejes de referencia encontramos que la única visión del mundo que cabe es la predecible, la que busca y explica la razón. La ciencia exacta, el mundo de leyes en que la existencia admite una estructura. El proceso es controlable a través de seguir normas y pautas de orden. Los "debería y los "no debería", aplicados a uno o a los demás, llenan todo el espacio de la forma de actuar, y no como elecciones o preferencias, sino en rechazo de realidades y seres.
Dado que los errores y las fallas amenazan el mantenimiento de una existencia predecible, se pretende excluirlos del actuar humano. Son absolutamente rechazados. El concepto de humanidad entendida como realidad defectible es tan rechazado que no se toman en cuenta "previsiones" para el plan de vida.
La visión de humanidad tiende a ser excluyente de todo aquello que la razón (sapiens-sapiens-sapiens), que ya antes invento "la solución" de la perfección, "no considere" que satisface al estándar perfeccionista. Se incomoda con la existencia, con la realidad y su inseparable característica de "perfectible" (anómala, incierta, fallida). Le sugiere al sistema mental conducirse sin compasión, sin perdón, con dureza, con exigencia, con intolerancia. Vive fascinado (y engañado) tratando de crear seguridad.
La perfectibilidad se permuta en perfeccionabilidad, en necesidad compulsiva de dar perfección a lo imperfecto. Lo que propone la epistemología de la indefectibilidad es metafórico: entrelazar la realidad deficiente con su acabamiento, es decir, con una modalidad de ser lógica, y por ende "verdadera", pero meramente irreal. Así una manchita negra en la ropa demandará corrección so pena de sentirse inadecuado. Puede llevarnos a pensar que estamos desaliñados, a hacer que nos sintamos desaseados, y a tomar una actitud de censura por el descuido. Una simple manchita negra pone en peligro la estima.
Idealizar es una manera de ver (del griego idein = ver) pero este tipo de idealización hace que lo real se observe, no en su naturaleza limitada, sino en "sub-especies a extinguir": corregible, reparable, acabable, enmendable. Se vincula la vida a esquemas que valen más que la vida misma. Paradójicamente, pretendiendo una visión "completa" de la realidad, choca con lo incompleto, pues el resultado es que oculta, niega, combate o rechaza la parte de la realidad que no funciona, que no cuadra con el esquema del ordenado, exacto y preciso mundo construido dentro de su sistema mental. Cuando la persona considera como desechable todo lo que se presenta anómalo, fallido, carente y defectuoso en la propia vida, el individuo no logra aprovechar los obstáculos, errores y fracasos como parte de su realización, los ve sólo como impedimentos a su realización. El fracaso y el error no se convierten en experiencia de aprendizaje, sino en desperdicio de existencia.
A pesar de su pretensión, el individuo manifestará una realidad: se sentirá inadecuado y por lo mismo buscará "arreglarse", ordenarse, estructurarse, pero en su intento por "repararse" continuará percatándose que algo necesita ser rectificado, arreglado. La convicción de la perfección lo pondrá siempre al principio: en la situación de percibir lo real siempre defectuoso y a sentirse él mismo inadecuado. Su realidad estará atenta a la omnipresencia de la falla y el error, sin jamás llegar a conciliarse con lo que es. Es claro que desde esta epistemología el error no funciona. Su visión perfeccionista lo deja indefenso, o peor aun, lo coloca como víctima frente a la incorregible anomalía de la vida.
Para tratar de evitar este dolor se acude a las estrategias de estructuración y control. Estructurar es el camino para evitar o impedir que la propia ejecución sea imperfecta. Si bien estructurar es útil y necesario al ser humano y nos ayuda a manejar el carácter cambiante, inestable, incierto e inseguro de la vida, además de establecer un cierto orden y predictabilidad, bajo la óptica perfeccionista no se restringe a las cosas (o existentes), que admiten cierto ajuste, arreglo y orden, sino que pretende abarcar la propia existencia: la dimensión de lo personal, de la vida y del otro. El error le aterrar porque conlleva el cambio y con el cambio, la pérdida de certezas y de seguridades. Lo que está sujeto al cambio está sujeto al error.
Desde luego que un cierto gobierno y control de las situaciones es necesario para la sobrevivencia de un ser de naturaleza extremadamente frágil, como es el ser humano. Pero la preocupación excesiva por el control, hasta volverse un ser controlador, es un impedimento para encarar la vida en su riquísima variedad de ambigüedades e incertidumbres y en sus sutilísimas ambivalencias y contradicciones. El orden y control en los términos aquí señalados se ejercen aunque acaben paralizando. Su mundo se viene encima cada vez que algo o alguien se manifiestan fuera de lugar.
Los sentimientos no escapan a la esfera del control. Entrar en contacto con el mundo de los sentimientos es una experiencia que puede ser perturbadora. Aceptarlos tal cual son sería reconocer la inadecuación instalada dentro de uno mismo, sería percatarse del desajustado mundo interior. La perfección es aséptica y, por lo mismo, requiere de seres carentes de espontaneidad, fríos en el plano emocional.
Donde se da el "debería perfeccionista" se da la culpa patológica. En este proceso, el ideal de la perfección susurra al sistema mental el siguiente mensaje: "Si fallas, no eres bastante inteligente, no puedes estar orgulloso de ti y por lo mismo no puedes pretender que te estimen y te quieran". La desestima, en este caso, se encargará de que no aprendamos nada del error y, por consiguiente, nada sobre nosotros mismos y nada sobre la vida en general.
Desde la epistemología de la perfección, se dificulta empatizar con uno mismo. El perfeccionista no se siente nunca adecuado, pues no le parece que lo que hace sea "suficientemente suficiente". Necesita una "razón de desempeño" para quererse, para sentirse adecuado, y, nuevamente para los creyentes, la busca básicamente en él mismo. La estima se vuelve condicional a la obtención del "éxito" o a la posesión de "características deseables". Su actitud revela un déficit de aceptación de sí mismo y manifestará una forma de rechazo, que se traduce también en alguna forma de agresión. El rechazo del otro expresa el drama del rechazo del propio límite. El individuo no es capaz de amar al otro, como diría Paulo Freire, "en su inconclusión, en su finitud, en su devenir, en su capacidad de ser, de crecer y de caer".
La ética que se despierta reclama la censura y la intolerancia ante los desvíos. Ser firme y severo con uno mismo y con los demás ante los tropiezos y faltas que se suceden, parece ser la única forma de transitar por un camino que, en su pretendida rectitud, sencillamente ya no toca la realidad accidentada, de altibajos y tumbos que presenta la vida. No se puede abrazar como ser humano, no puede tampoco abrazar a su prójimo.
El planteamiento que aquí se perfila no va contra los procesos racionales o contra la razón, sino a favor de los procesos intuitivos y del equilibrio entre ambos, que ayuda a una mejor compresión de la complejidad y de la existencia. Pascal tenía bien claro: "dos excesos: excluir la razón, admitir sólo la razón". Saber cuando hacer hablar a la razón y cuando, la competencia técnica y especulativa, genera parcialidad en los problemas existenciales.
La visión del mundo no sólo se amplifica para incluir la otra forma de sabiduría e inteligencia humana que es la intuición, sino que la razón, la soberbia de la razón, en ocasiones, se debe poner entre paréntesis. Se identifican muchos "deberías" solamente como preferencias, deseos o metas. El orden y la estructura son deseables, pero también se reconoce la construcción idealizada, generalizada en exceso, de ciertos modelos de la ciencia y sus leyes. La ciencia "más actual" y sus procesos de razón, ya no son tan vanidosos. No se habla ya de una causalidad lineal, se incluye el principio de incertidumbre, las hipótesis son provisionales y sustentadas, sí en la investigación, pero también en el error estadístico. Se acepta la necesidad de la "prueba y el error" en el método. El caos y sus "momentos excepcionales de orden" explican mejor la realidad que también es afectada por el observador, el cambio es constante, la aproximación es válida.
El concepto de límite es intuitivamente reconocido como una realidad absoluta del ser del hombre, como un postulado ontológico fundamental, "siempre criatura" diríamos en el contexto del creyente. La falla y el error son actos relativos en la existencia porque siempre están abiertos hacia adelante, en la dirección del movimiento de la vida, incluso en el sentido propiamente religioso.
La totalidad del hombre incluida su biología y su psique; su programación genética, su razón y su intuición, su "posibilidad de" y su ser limitado, se reconoce sujeto de falla y sujeto de compasión. La intuición se identifica con la aceptación y la comprensión que son sus más sabias expresiones frente a la existencia
La función de la intuición es descubrir y acoger. La intuición no arremete contra los límites de la persona. No significa que justifique lo que es realmente impropio, la falta, el error, sino que coloca el sistema mental en otra posición ante el error. Esta forma de funcionar de la intuición compensa la incompetencia de la razón ante la indigencia. Tradicionalmente se ha manejado la bifurcación de la mente en racional e intuitiva, popularmente mente y corazón, como si se estuviera frente a posiciones antagónicas o rivales. En esencia la razón y la intuición, aunque son procesos con su propia autonomía, no son excluyentes. Son procesos alternativos del conocimiento de lo real. La complementariedad es un requisito de la salud mental.
La perspectiva de lo desperfecto implica menos recursos de lógica. Suministra un enfoque menos racional. No "pre-tende", no anhela encuadrar la propia realidad con lo real, pues comprende que lo real no está sujeto a la estructura ideada por la razón. Su objetivo no es reformar lo deformado, ni organizar lo desorganizado, ni dotar de lógica a lo que se presenta sin lógica. Habitualmente, cuando a alguien le ocurre una desgracia suele interrogarse "¿por qué a mí?". Pero la cuestión aunque dolorosa es simple "¿por qué a mi no?".
Aquí la vida se asume desde la perspectiva de la defectibilidad. El individuo percibe la falla, el error, el fracaso, la equivocación, la defectuosidad, pero reacciona en términos de tolerancia, paciencia, resignación y comprensión hacia el ser y no de manera dura, agresiva, rigurosa, auto-castigándose por la imperfección o rechazando a alguien por haber fallado. También puede percibirse como inadecuado desde ésta posición epistemológica, pero a diferencia de quien se percibe desde la postura de la indefectibilidad, no llega a despreciarse. El creyente respeta su filiación. El reconocimiento de su ser limitado y la aceptación de su indigencia de ser, le permite transitar la existencia tal cual se le presenta sin tener que negarla o racionalizarla. Su propósito no es explicarlo, analizarlo y entenderlo todo, sino comprenderlo, acogerlo, recuperar y ajustar todo lo relativo al valor fundamental: la existencia y el ser.
El error provoca un despertar a un nuevo conocimiento o a una nueva consideración. El error es inseparable de su carácter didáctico, bien de mal. El error prende el sistema mental; hace ver que nuestra opinión o enfoque de las cosas no es la última palabra sobre el asunto. Siempre insinúa algo nuevo: la experiencia hace posible un conocimiento más adecuado de lo real. Una acción o evento desastroso puede corregir la visión que se tiene de la vida y modificar la actitud, de inflexible y dogmática, a tolerante y abierta.
En el verdadero espíritu de la ciencia, Melvin Cohn explica:
Ahora aprecio cuanto aprendo equivocándome. Puedo cambiar de idea cuando me confrontan con argumentos racionales, sin necesidad de que el cambio parezca ser puramente semántico o esperar que pase desapercibido. ¿Cómo sería un cura, general, burócrata, abogado, médico o político a quienes nunca se les permitiera equivocarse? No sería extraño que aprendieran despacio. Estoy agradecido de estar en una profesión donde darse cuenta de que uno está equivocado es equivalente a un aumento en el conocimiento.
-Melvin Cohn. Ann Rv. of Immunology 12, 2 (1994)
Su error, su equivocación, su fragilidad, su debilidad, su precariedad no se debe, en sí, a una falta de voluntad, no se reduce a un problema de esfuerzo o de carácter (aunque algunos sí lo sean), es una realidad impuesta por su naturaleza. No obstante el límite no es una realidad inoperante o estática. Ser-en-el-límite permite, por un lado, reconocer todas las dimensiones del hombre, sin negar nada, conteniendo toda la realidad, resaltando sólo la forma en que acontece y se desarrolla. No se priva al hombre de nada, es ser la realidad. El error y la falla como cualquier otra experiencia se integra y adquiere valor, no se desperdicia. La humanidad del hombre queda contenida en el sentido de la autoaceptación, sin necesidad de distorsionar ni negar sus límites. La autoaceptación es un acto de afirmación, una experiencia de reconocimiento del valor propio, independientemente de las deficiencias, contradicciones y dicotomías de la propia existencia.
La aceptación de uno mismo sólo se lleva a cabo en la aceptación de lo que realmente somos, independientemente de cómo somos y cómo funcionamos. Quien realmente se acepta no puede "desprenderse" de nada de su existencia: ni del pasado ni del presente. Idealizar al hombre no es una manera de realizarlo. Su propia realidad limitada es acogida. Lo que se acoge es algo esencial: nosotros mismos.
Bajo la epistemología del límite culpar nuestros errores es un error más grande que los errores cometidos. El remordimiento y el arrepentimiento en cambio se apoyan en la realidad del ser. Al ser chocado por la existencia y posiblemente quedar despedazado no opta por ciclarse recriminando su estupidez o la de los demás, sino que ante su daño (real) lo primero que busca hacer es abrazar sus "pedazos" para poder re-integrarse y continuar; posteriormente habrá de enfrentar las consecuencias y dar sentido a la nueva situación. La aceptación propuesta desde luego no significa indiferencia.
La epistemología del límite genera también una ética: el tribunal del perdón, una ética basada en la indigencia existencial del hombre.
Enraizada en cada una de las epistemologías que hemos señalado encontramos implicaciones éticas ante el ser limitado del hombre, en forma sintética: aceptación, arrepentimiento y perdón, o rechazo, culpa y condena.
A primera vista, pudiera parecerles a algunos que las implicaciones éticas de la antropológica de Peter más que ayuda al hombre resultan en escándalo. Por un lado quita lo que ciertas personas consideran es su motivación para mejorar: el ideal de la perfección[1] Para ellos pareciera verdadera la premisa de que si se aceptan no pueden cambiar. Para otros resulta amoral o hasta inmoral, aparenta otorgar un "permiso para delinquir", una especie de absolución garantizada de por vida: el perdón, la aceptación compasiva de la falla y del error del pasado. Pareciera que exalta la libertad y elimina la responsabilidad. Esa libertad que, reconoce Frankl, le otorga a la persona oportunidad para comportarse inmoralmente pero, como también afirma, ofrece la oportunidad de alcanzar una auténtica ética fundada en la decisión del hombre de comportarse como un ser ético.
Nos concentraremos en "la respuesta", en la responsabilidad que supone la ética del límite.
Si desde el punto de vista de la Terapia de la Imperfección, el sentido de realidad y la humildad mental son elementos centrales para reconocer el ser limitado del hombre, en la ética del límite lo central es la actitud ante el límite. En la dimensión espiritual del hombre el concepto original del límite es abordado bajo el concepto de pobreza. Se pretende restablecer una relación fructífera del hombre con su propia realidad espiritual inacabada. Particularmente aquí, el hombre se muestra desnudo de poderes y de seguridades. En este terreno, el ser-en-el-límite se experimenta como "pobreza del ser". Pobreza de ser que encontramos en todas direcciones. Somos pobres en la manera de donarnos y de acoger a los otros. Somos pobres como amigos, como padres, como esposos, como seres amantes. Es pobre nuestra manera de sentir y de perdonar. Es pobre nuestra atención y respeto de los demás. Es muy pobre nuestra fidelidad, nuestra comprensión, nuestra manera de comunicar. Es pobre nuestra manera de rezar. Aún en momentos de abundancia encontramos nuestra pobreza paso a paso. El hombre es indefenso no sólo frente a los ritmos del universo y de la naturaleza, sino incluso frente a las propias exigencias de absoluto, de infinito, de definitivo, de totalidad. La exigencia del hombre no se estabiliza nunca. En el destino de ser siempre indigente, el hombre encuentra siempre su propio misterio: el de un ser finito y limitado que él nunca puede colmar ni saciar.
En el mito del Génesis, después de la "primera falla" se origina el viaje del hombre hacia su humanidad. La "falla prima", requirió de aprendizaje y fue también objeto de misericordia. El tránsito inicial, con la desobediencia, fue el recorrido de la inocencia a la conciencia del mal. Y se abrió así la posibilidad de acometer otro viaje más decisivo para el hombre: el de orientarse hacia su humanidad. El atravesar desde su "hominización" a la humanización.
Al igual que en el relato bíblico cada hombre acomete el viaje de orientarse hacia su humanidad, un viaje personal a tientas. Es siempre un terreno nuevo. No hay mapas, porque el mapa es precisamente el resultado de la persona, la consecuencia misma del viaje. Los valores y las tradiciones ciertamente pueden ser referentes pero, requieren, por el hecho de ser universales, ser descubiertos en los sentidos únicos inherentes a las situaciones únicas de nuestra vida. La ética del límite comporta una dirección que acompaña al hombre independientemente de su "localización en la vida": permanecer humano.
En el viaje, el hombre se puede trazar otra ruta, desorientarse: pretender pasar de la hominidad a la "divinidad-humana". La primera tentación que se hace al hombre en la narración bíblica es "seréis como dioses"[2]. Y en este desvío, el hombre y no Dios, lanza la primera culpa: "...la mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí"[3] . No sólo ha culpado a la mujer, su propia especie, ya que ella es "carne de su carne"[4], sino que el mismo Dios es indirectamente culpado. No se dijo "...por mi debilidad te desobedecí, ¡perdóname!".
La exaltación del concepto de divinización-perfección "ser como dioses" dio como resultado un irremediable efecto antieducativo "no es suficiente como Dios me ha hecho": la convivencia con los propios límites se volvió insoportable y creció la soberbia. La desobediencia misma tenía por objeto no necesitar a Dios, ser él mismo "completo" (perfecto).
Para adentramos más en el modelo de humanidad de la ética del límite, recurriremos a la figura de Jesús, que sin necesidad de incluir o excluir el contexto religioso, nos permite disponer de un referente histórico, un hermano del hombre, que presenta en sus rasgos esenciales, uno de los sistemas mentales más fieles al límite y ejemplo de esta postura ética.
En la lectura del Nuevo Testamento para ser espiritual no es necesario ser perfecto, la Misericordia hace la diferencia. Y aunque el hombre no podrá jamás ser perfecto como Dios, no cumplir con la primera promesa de la historia "seréis como dioses", su corazón puede sin embargo volverse compatible con la miseria que sufren su propio ser y otros corazones y de ésta manera ser misericordioso como Dios.
¿Cuál fue la actitud de Jesús ante los imperfectos de su tiempo? ¿Cómo reaccionó de cara a las imperfecciones de la existencia y de la vida? Y por otro lado ¿cómo trató Jesús, cómo se comportó, frente a quienes en el Templo y por las calles, ostentaban una supuesta perfección?
Jesús apunta directamente a la humanidad del hombre sin hacer ninguna "falsificación conceptual": en el Evangelio el hombre permanece humano. Entrar en contacto con el Dios de Jesús no requiere pasar el examen de la perfección, sí el de la humildad y del arrepentimiento. El Dios de Jesús "sabe de qué estamos plasmados, se acuerda que somos polvo", "no nos trata según nuestros pecados"[5]. Después de Jesús, el imperfecto puede entrar en contacto con Dios sin pasar por la sala de espera. Por primera vez, también el imperfecto puede hablar con Dios de tú a Tú, le puede llamar Padre. El contacto con el imperfecto no es causa de contaminación ni impureza. La misericordia, el amor, y no la perfección, es el requisito para cumplir los mandamientos de la Ley. Por eso cuando los fariseos se escandalizan porque come con "los imperfectos", él los manda a aprender que significa "Misericordia quiero, que no sacrificio"[6]. Al mismo lugar los manda cuando le reclaman por quebrantar la ley[7]
Jesús observa la ley pero también respeta al hombre. No rechaza a quienes admiten su propia imperfección, la indigencia, la pobreza moral o física. Jesús no condena ni siquiera a quienes son encontrados en franca violación de la ley mosaica[8] Cuando le llevan a la mujer sorprendida en adulterio, que debería ser muerta apedreada, le preguntan queriendo poner una trampa, qué dice él que se haga. Jesús se inclina y escribe con el dedo. Es la única vez que se menciona en el Evangelio que Jesús escribe algo, pero no se sabe que escribe. Los fariseos y escribas no "prestaron atención", tal vez estaba escribiendo con su dedo, después de dar ejemplo de ello siempre, "Misericordia quiero, que no sacrificio", pero como le insistían, dice el pasaje, Jesús les enfrenta con sus propios límites. Al retirarse todos y quedar sólo con la mujer, él mismo es comprensivo con la falta, le despide pidiéndole que no peque más.
¿Qué le quiso decir Jesús con eso? ¿Acaso la deja ir porque no halla testigos, pruebas y acusadores? ¿Le deja ir "sólo" por esta vez? ¿Le dará una nueva oportunidad, para cazarla cuando vuelva a caer al "bache"? ¿Acaso la mujer no deberá volver a fallar? ¿No le está ordenando que como ya le ha perdonado una vez, en adelante, en su viaje por la vida, deberá adquirir la perfección, la indefectibilidad? ¿No tendrá que seguir lo que para Petrocchi exige el "principio de perfección": explotar al máximo sus talentos y "reducir al mínimo sus defectos", confrontarse constantemente con la personalidad "optimal" en términos de autocrítica?
Jesús no ha actuando como un juez. El "juicio" se lo deja a la razón y el juzgar a Dios, pero tampoco es indiferente. El camino de Jesús no acontece en el terreno de la perfección y la culpa, sino del perdón y de la compasión. Jesús no le hace cuentas a la persona, cuando ella ha reconocido y se ha arrepentido. Cuando se trata del perdón, las siete veces de la Ley, las siete veces siete que aventura Pedro, se convierten en las setenta veces siete de Jesús. Un "número" que no se cuenta, se actúa. No una cantidad sino una cualidad. Precisamente una actitud.
La parábola del hijo pródigo[9]resume las posturas epistemológicas que hemos tratado, pero sobre todo resaltan la postura ética del límite. Por un lado está el hijo mayor, en la posición epistemológica de la perfección y representante del tribunal racional de la condena. Obra moralmente y su actuar es moralmente incensurable. No es irresponsable, no es flojo, es bueno, incluso para señalar la falla. Su cualidad es la rectitud. Hay "razón" para el disgusto. ¡El Padre no hace justicia!
El hijo menor, aunque ya ha conocido el límite, participa de la misma perspectiva que su hermano. Nada parecía al hijo pródigo tan urgente como el castigo. El Padre tenía derecho a condenarlo, a darle su escarmiento, él mismo pide ser desconocido como hijo. Pero el padre no lo desconoce. ¡El Padre no hace justicia!
La preferencia por el análisis y el cálculo constituyen un laberinto donde ambos hermanos ya no encuentran la salida a la comprensión y al perdón. La razón les ha facilitado focalizar y documentar el error. Lograr evidenciarlo. La razón está "en su terreno". Esa es su función: analizar, descomponer en todas sus "piezas" la acción errónea o equivocada. Pero, en una primera instancia, la razón no se manifiesta capaz de transformar la falla. La razón no construye sobre el error. Tal vez nosotros también deberíamos cuestionarnos la actitud del padre: ¿Es que las exigencias ya no son educativas? ¿Hay que limitarse a ceder en todo? ¿Con qué disciplina vamos a criar a nuestros hijos? ¡El Padre no hace justicia!
La epistemología del padre sin embargo "trabaja" el error. Él representa al tribunal de la misericordia. La culpa que siente el hijo menor no es suficiente, también necesita saberse sujeto de perdón y lo duda. El padre no es, como el hijo mayor, víctima de su propia "rectitud", él si es capaz de la única cosa necesaria: restituir la dignidad de su hijo menor, obrar compasivamente, perdonar la falla. El padre asume el riesgo de las decisiones de sus hijos. Si bien, de su sistema mental no emanan consejos ni indicaciones autoritarias, ni la infalibilidad y el dogmatismo derivan de su perspectiva, sí en cambio, produce "esquemas" que de alguna forma integran la falla. La parábola del Hijo pródigo despliega una ética centrada en la compasión por la condición humana en contraste con la moral de la impasibilidad manifestada por el hijo mayor. La ética se vuelve una forma de orientarse en la realidad, una forma de conocimiento que desemboca en la compasión por el ser indigente. El cambio de epistemología que realiza con respecto a los hijos es una mirada nueva que ofrece una oportunidad de volver a "encontrar", de "hallar" aun después de la pérdida. Lo muerto puede resucitar; salir de la actitud del desprecio que constituye la verdadera pérdida. Una ética para quienes una vez perdidos, como el hijo pródigo, por el hecho mismo de ser humanos, puedan volver a casa con humildad pero sin entregarse a la culpa, sin necesidad de recurrir al auto-rechazo y la desesperación.
La conducta del hermano mayor presupone una actitud ética. En efecto, la rectitud es la norma más alta que posee. La conducta del hermano mayor está organizada desde los valores afines a la rectitud: la objetividad, la integridad, la justicia, la honradez, y la severidad. Es un hombre objetivo
Sabemos que la condición para que se dé un "acto humano" y no simplemente un "acto del hombre", como distingue la filosofía es que haya libertad, pero una libertad referida al máximo criterio, síntesis de todos los valores, que es: hay que hacer el bien y evitar el mal. Es así como debe comportarse el hombre: buscando el bien y evitando el mal. ¿Cómo ha entonces de conducirse el hombre para humanizarse?
Podemos decir que la compasión no es necesariamente un componente de "recto actuar", pero sí lo es, en cambio, del actuar "humano". Aunque el hermano mayor era un hombre justo, fiel a las normas del padre, le faltaba una "única cosa necesaria": obrar con compasión. Su decir era recto, como ya vimos, pero no "humano". El adjetivo "humano" además de decir especie, naturaleza y género relativo al hombre, alude a dos atributos existenciales, defectuosidad y compasión, que manifiestan otra dimensión del ser del hombre. Defectuosidad y compasión hablan de humanidad, no de hominidad; determinan lo existencial, no lo biológico.
Peter propone una "ética para errantes" cuyo fin no es instruir sobre el "recto" actuar, sino sobre el actuar "humano". No examinaremos entonces la coherencia del errante con sus juicios y preceptos morales en principio válidos, sino la relación del errante con su propia finitud. Siendo una ética fundada en la aceptación, la actitud que asume el errante ante sus yerros señalará la diferencia entre una acción humana y una acción que desconoce lo humano.
La ética del límite se considera una ética pre-reflexiva, primaria y que por lo tanto no intenta chocar con otras éticas explícitas o reflexivas. El cambio desde la indigencia está en valores todavía más primarios y encarnados en nuestra humanidad, no se trata ya de un desencanto permanente del hombre consigo mismo, sino de una reconciliación creativa del hombre, diríamos que el límite produce verdadera integridad en el ser humano. Así, desde el límite todo intento, cualquier esfuerzo de cambio, cualquier intención mínima, ese ejercicio de dirección y propósito, aunque fallido, aunque insuficiente, aunque produzca "retroceso" sigue siendo un acto valioso.
Por una parte, la parábola evidencia la condición frágil del hombre; pero por otra, recurre a la clemencia ante esta misma condición. Desde este punto de vista la parábola es un triunfo de lo humano entendido como compasión sobre lo "humano" entendido como error.
A manera de corolario utilizaremos dos reflexiones que Peter ha desarrollado:
Tú no eres tu error. Una de las grandes dificultades para aceptarnos es la tendencia a confundirnos con el error. De esta manera, el error, que es lo pasado, se actualiza, se "fija" a la persona, termina volviéndose lo que somos y nosotros nos volvemos nuestro error. Lo errado termina siendo la persona y no la acción.
La indulgencia no es indolencia. La bondad hacia la propia condición limitada no es sinónimo de desidia moral. Lo humano en términos de compasión no conduce al relajamiento de las buenas costumbres, al laxismo ético o al pragmatismo del "vive y deja vivir", al relativismo o al escepticismo moral. La ética del límite no es una ética permisiva, sino una ética tensa hacia la responsabilidad espiritual frente al carácter frágil y rompedizo de la existencia. Se resiste al rechazo de sí mismo.
De regreso a casa, el hijo pródigo tuvo que iniciar otros viajes: uno de ellos consistió en toparse inevitablemente con su conducta pasada y en reconocer y aceptar el camino recorrido hasta entonces.
…Al terminar la fiesta que el padre brinda en honor del hijo pródigo, este queda a solas. En su habitación ve dos pares de sandalias. Unas son nuevas, se las acaba de regalar su padre. Las otras son las viejas. Con las que había llegado. Las contempla y siente un inmenso gozo.
... El gozo no provenía del haber fallado, sino de descubrir su "humanidad" desde la compasión que el padre le había manifestado. ... en darse cuenta que no sólo se le dio un ser finito. Sino que se le ha dado, además, la tarea de ser un ser finito. La tutela de su ser limitado.
Frankl V.E. (1995). El Hombre en busca de Sentido. Herder, Barcelona.
Jung C.G. (1985). Il problema psichico dell uomo moderno. Boringhieri, Torino.
Peter R. (2001). Una terapia para la persona humana. BUAP, México.
-------- (2002). La imperfección en el Evangelio. INTERCONTINENTAL-UIA-UPAEP, México
-------- (2003). Honra tu límite: fundamentos filosóficos de la terapia de la imperfección. BUAP, México
-------- (2003). Ética para errantes. BUAP, México.
-------- (2004). Introducción a lo Humano. La Epistemología del límite. BUAP, México
Petrocchi, G. (1994). Psicología y psicoterapia cristiana. Criterios diagnósticos, metodologías clínicas estrategias psicoterapéuticas del movimiento psicológico inspirado en la enseñanza bíblica sobre la personalidad humana. Edicep, México.
Autor:
Dr. Alejandro Fabre
alejandro.fabre[arroba]upaep.mx
[1] Para el cristiano creyente subrayamos que la petición divina atiende al amor completo "perfectos como mi Padre" que sustituye a las antiguas prácticas de la época de Jesús: "ojo por ojo, diente por diente" y "amarás a tu prójimo y odiaras a tu enemigo", y la eleva hasta amar a los que nos dañan. Claramente entendible en la versión "Sed misericordiosos como mi Padre es misericordioso" de Lc. 6, 36. No atiende a una exigencia general de ser perfectos, que resultaría una interpretación patológica ante el problema del límite del hombre.
[2] Gén. 3, 5
[3] Gén. 3, 5
[4] Gén. 2, 23
[5] Sal. 103, 14 y 10
[6] Mt.9,10-13.
[7] Se hace referencia a quebrantar una interpretación y no el espíritu de la Ley. Mt. 12, 1-8.
[8] Jn. 8, 2-11.
[9] Lc.15,11-31
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