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Padre evocado en la vida y en la muerte por un hijo que entiende que el arraigo se obtiene recuperando los orígenes tal como fueron, y no necesariamente como han podido, como han debido ser, en una vida ajena e intensa que estuvo poco signada por el rigor, por la convención, por el comportamiento previsible. Padre siempre presente en la poesía de Marta Sosa en forma de verso, de afecto, de recuerdo, de nostalgia, de evocación, de aceptación o de reproche, cuya voz, en medio de sus atrevimientos, escucha "por estos muros / rondas por estos molinos de viento / sin melaza ni remolacha".
Argyle en el Caribe le sirve a Marta Sosa para trasladarse a Nogueira en Portugal, al Brasil en América, a los tantos rincones de Venezuela por los que transitó su padre, a veces solo, "sin vino ni bullicio (.) sin llamadas al alcance del teléfono"; padre que el poeta exhuma, extrae de su tumba, para que permanezca definitivamente, por siempre, "enterrado en mi corazón y no en la tierra", porque aquel es el sitio propicio para que el adiós no se haga efectivo, dándole así continuidad a una existencia que no se agota, que no se extingue a pesar de los funerales y la partida de defunción, porque el poeta decidió que su padre continúe viviendo "en medio de mí / y no en la tierra".
Padre de siempre que ahora es contemplado como nunca por su hijo "desde abajo / como una edad que no puedo negociar / donde el cielo asoma su impiedad / sin las canciones gustosas / de las copas ebrias". Progenitor que el poeta quiere, sin embargo, libertar para que transite a sus anchas otros caminos, otros mares de una eternidad que recién comienza, en ese momento en que "piedras que van cayendo / en la última cena de la vida". Postrera cena propicia para el adiós definitivo, para la despedida, para el final abrazo y la bendición terminante, cuando el poeta, rompiendo ataduras y sujeciones inveteradas, se libera de la presencia de su padre, quien conservado, sin embargo, en la memoria de su hijo, escucha esta paradójica orden que lo catapulta de una vez por todas a la eternidad definitiva: "padre que ya eres mío / abandóname".
Y el padre con renovada y obstinada terquedad se niega a abandonar al hijo, y décadas después, en otros y solitarios mares, el poeta rememora: "Trajiste a los hijos de la mano, lejos, / en ciudades apenas designadas, / con el dinero aguardando / a la hora siguiente de tu muerte, / escaso pero lleno de honor y sacrificios / para morir con el tranquilo orgullo / de ese extraño deber que se ha cumplido / para que nadie pudiese mirar / con lástima / tu lápida o tu casa, / al menos durante esa semana / en que el olvido no se decide a socavarte".
Amor de hijo que no se agota en la evocación del padre, porque Marta Sosa todavía tiene coraje, bríos, necesidad, deseo de enfrentarse a la remembranza de su madre, aquella buena y hacendosa mujer, cuyos cabellos recuerda el poeta y cuyas manos extraña, ahora cuando no hay quien lo acaricie y lo proteja de esa forma como sólo una mamá puede y sabe hacerlo, a pesar del tiempo transcurrido, de los aniversarios y recordatorios de una muerte que no se entiende ni se olvida.
Madre revivida por el poeta cuando se topó con la foto de una barrendera en la Habana que lustraba "adoquines / con su escoba de paja quebradiza", e inmediatamente, sintió nostalgia por las ternuras perdidas, por los besos y las caricias recibidas de una mamá oficiosa, regente de una casa impoluta, donde se encargaba, además de prodigar amor, de pulir "las piedras vulnerables / las que soportan el peso del mundo".
Sombra materna que el poeta recoge de entre sus propias sombras para traerla a la luz de un Caribe resplandeciente, luminoso, radiante, que es capaz de devolver el brillo a los recuerdos gastados, en franca lucha con un olvido que se alimenta de nieblas y de lluvias, de campanas que tañen con el frío viento de Nogueira, el mismo que comparten con los cipreses. Matrona dulce, artífice de una ternura irrepetible que es "sólo posible en quienes ya no existen". Madre bondadosa del poeta, capaz de cortar "en dos el calor" para proteger a su hijo de insolaciones y quemaduras innecesarias, posibles en un trópico desconocido, carente de sauces, cipreses y olivares donde guarecerse de un sol inédito que parece estar más cerca que nunca del hombre, ejerciendo todo su poder calórico y flamígero.
Progenitora irrepetible, dotada de una solidez suficiente para preservar la vigencia de una familia, la estabilidad de una relación, el destino de sus seres queridos, a quien el poeta le reconoce su carácter de basamento, de apoyo, de piedra angular y significativa: "piedra nuestra / que nos espera en los cielos / donde nunca llegaremos a ir".
La hermana, la hija del mismo padre y de la misma madre del poeta, la que lleva en sus venas las dos sangres de Nogueira mezcladas en tierra venezolana, es también objeto de la nostalgia por parte de un hermano que todavía sufre su ausencia, que no se acostumbra a que su compañera de infancia, su confidente ocasional, haya partido antes para reunirse con sus ancestros en un paraíso carente de campanarios anunciatorios, porque el vuelo de las campanas de la vieja iglesia de la aldea lusitana de la familia es suficiente para comunicarle al poeta que su hermana ya llegó a cielo seguro, y que reposa tranquila, "sentada en ladridos lejanos / de tus perras / la dorada y la negra".
Hermana que le habla al poeta "entre los matojos y camburales / en la última colina del camino /.desde los pájaros amarillos". Conversación póstuma que se produce entre las ruinas de un viejo palacio del Caribe, el Sans Souci, el sin preocupaciones, que Marta Sosa utiliza como escenario que no se corresponde con su nombre, debido a que el escritor manifiesta, con toda intensidad, una preocupación genuina por esa muerte extemporánea que llegó – inclemente e impasible - para reclamar la vida de su compañera hermana. Inquietud que se expresa en toda su magnitud como preguntas sin respuestas en medio de esa ruina presente y futura que es el Palacio de Sans Souci: "cuántas ventanas necesito para morir / cuántas puertas, habitaciones / corredores, baños suntuosos /.cuánto necesitamos para morirnos".
Conversación en tiempos de muerte y ausencia en la que la hermana del escritor platica desde ese sitio del que no se regresa, "desde tu última colina del camino", desde ese día en que todo fue inútil, inevitable, porque ni los mismos dioses pudieron detener esa muerte que llega inadvertida, que debe aceptarse, a pesar de no quererse, como una invitación de la pudrición que no transige con los esfuerzos realizados por defender "los lujos de la vida", esos que ahora no sirven para nada en el momento en que una hermana habla, mastica su muerte, "sin poder alcanzar las naranjas quemadas / rígido el cuerpo frente a las lagartijas".
Como si estuviese dotado de un poder soberano para otorgar coronas y proclamar majestades, el escritor le otorga el carácter de Reina a los fantasmas femeninos que ocupan su casa y desapaciguan sus memorias: "Apareces solitaria como un viejo recuerdo, / recorres la casa arruinada por la hierba, / las aguas y los vientos sin cansancio/ (.) Por mis ojos, sola, vagabundeas en esa hora / con tu cuerpo sin corona, adelgazado; / tu falda larga el viento limpia, / las manos sensitivas, agradecidas, vuelven a mirarlo todo / irrebatible y vivo como entonces, / discurriendo en voz baja con la muerte / en esa tarde húmeda, escasa de secretos / y lodos apacibles que te extrañe".
Marta Sosa también le canta a su hijo para rendirle homenaje a la madre, a Tosca su mujer, quien el 19 de mayo de 1971, bajo el signo de Tauro y a las 8:30 de la noche, dio a luz a Rodrigo en una clínica de Santa Rosalía, en medio de los amores y los temores de un poeta que acaba de ser hecho padre, por el hijo y por la madre, porque "Rodrigo mi hijo / es también el veredicto de Tosca mi mujer".
Va tomando conciencia el escritor de esa condición distinta, diferente, única que viene dada por la paternidad. Entiende el poeta que "un hijo es siempre la perfección órfica / el triángulo insuperable / que debe paladearse como una oración / de silencio". Paternidad compleja que implica, en primera instancia, un reconocimiento, una constatación de lo evidente, un agradecimiento doble: "hijo nuestro para ti sean las gracias / dadas por el padre que has hecho / y ante todo por la mujer que le diste".
Descubrimiento progresivo de un hijo por parte de un padre que paciente le contaba, noche a noche, el mismo cuento, "de treinta años atrás" para ver como "Rodrigo se encandilaba /. por los atractivos del miedo.que a esa edad tanto enamora". Conocimiento paulatino de un retoño que va dejando, poco a poco, de ser niño, para interactuar con lo que lo rodea, hablando "con todas las plantas del jardín / y con cada uno de los pájaros del aire". Hijo que "descubriéndose en el mundo / nos descubrió que existía".
Paternidad que con el correr de los años se traduce en una comprobación insoslayable: la de un hijo que deja de ser nadie para convertirse en alguien, en la medida en que Rodrigo, de un momento a otro, sin anuncios, en un genuino deseo de saber quién es -para desazón y sorpresa de Joaquín y Tosca- se pregunta: "por qué yo soy yo", para luego "abordar el llanto / estremecido". Pregunta fundamental de todo ser humano, primer encuentro con ese misterio que se llama vida, existencia, ser y estar en el mundo, descubrirse a sí mismo con una mirada inteligente.
Reconocimientos múltiples: del hijo por el padre, del hijo por el hijo, del padre por el padre, del padre por el hijo, que Marta Sosa intuye que no se dan "con la tarea escolar / en conversaciones / sobre los grandes signos / y en destinos altos", sino "en los juegos simples (.) en esos quince minutos...al mes / donde nos hicimos hijo y padre". Juegos puntuales, del padre y del hijo con los que se busca desentrañar "terrores / de la oscuridad.amansar los miedos y soñar la imaginación", pero sobre todo volver, recuperar "el paraíso perdido / donde padre e hijo se buscan se huelen / se palpan se miran / se lamen / se reconocen iguales".
Paternidad difícil, compleja, no exenta de reclamos, de admoniciones, de protestas, porque como bien lo reconoce Marta Sosa: "a fin de cuentas / ser padre y ser hijo / no es más que un acto primigenio / de protesta / la protesta de la fertilidad contra la muerte". Relación padre-hijo que más allá de las circunstancias, de las pérdidas y los encuentros; de los adioses y las bienvenidas; de las lejanías y los acercamientos, se basa en el descubrimiento, en el reconocimiento, en la certeza incuestionable, genética, de que los hijos son "los lazos de la sangre / más fuertes que la necesidad del yo". Y que estos lazos serán suficientes para cuando llegue el día de "entregarles por entero y para siempre / su propio destino" para "dejar de responder por ellos".
Fortaleza inexpugnable, fortín afectivo, bastión imbatible construido por un poeta que convoca a sus ancestros y descendientes, a sus vivos y a sus muertos, a su mujer, y a las mujeres y hombres dejados años atrás en Nogueira, a construir una familia verdadera, armónica en lo posible, basada en el reconocimiento de las fortalezas y las debilidades de quienes la integran, porque como ya se sabe: "nadie es perfecto / especialmente con estas historias / donde el abuelo / se repite en el padre / que se repite en el hijo". Consciente de estas realidades vitales, de estas imperfecciones existenciales, de las vicisitudes familiares, Marta Sosa le canta a su familia, la saca del olvido, la cubre de amor, para preservarla con su poesía de altibajos y desazones, porque, previsivo y maduro, sabe muy bien que "no todo, / por imperfecto que sea, / puede dejarse en manos del río / de Heráclito".
Eres un trago de rosas
Para Joaquín Marta Sosa, como para cualquier hombre enamorado, seducido, el amor es inevitablemente una pasión encarnada, un sentimiento con nombre y apellido, una mujer "de cuerpo hermoso" que despierta en el poeta sensaciones desconocidas, estados de ánimo inéditos, emociones no experimentadas pero suficientes para producir desacomodos y desconciertos que llevan al poeta a afirmar que: "el amor es un gran vacío / un dolor cortante / una fatiga intensa, / es la vida toda / azotada / como una tarde feroz".
Esa mujer que la emoción del poeta seleccionó de entre tantas otras, que tuvo la capacidad de embriagar de pasión al escritor; que irrumpió en medio de dudas y sorpresas, es asumida por Marta Sosa como concreción de vivencias extremas, de circunstancias dolorosas, de experiencias surtidas que conllevan el riesgo de destinos paralelos. Se inquieta el poeta cuando constata que: "Frente a mi primera palabra de amor / nos cerca, te rodea, / nos marca un rumbo disfrazado, / mantiene juntas nuestras manos / en tanto el corazón de cada uno / ve congelar su calor, se enrostra sus errores, / y la belleza que nos era prometida, / que no vimos, / se pierde por un túnel silencioso, enemistado, / para desconocernos aunque prosigamos".
Sin embargo, conciente de las diferencias, el poeta se explaya en las similitudes; crea para su amada versos que la asimilan con imágenes provenientes de dimensiones contrapuestas, de orígenes encontrados, de realidades contradictorias. No podía ser de otra manera, Marta Sosa reconoce que la mujer que escogió para que lo acompañara en las vicisitudes de su vida, en sus alegrías y tristezas, en sus angustias y esperanzas, es una "rara imagen de los contrarios unidos, / de los cielos terrenales sin disputa, / de los hechos serenos que nunca son inútiles".
De esta forma, el escritor, prolijo en comparaciones y sinonimias, compara a su mujer, con "una canción de vino", con "un trago de rosas", con "una cosecha de luna", con "una limpieza de flores", con "la materia con que los árboles dan estrellas". Pero como si estas referencias no bastaran, no fuesen suficientes para expresar un amor polisémico, inagotable en imágenes y metáforas, Marta Sosa es también capaz de equiparar a su amada, "recién salida de la luz / recién sembrada por las rosas", a esa otra que el amor del poeta hace idéntica a sí misma, con "la única sabiduría de su corazón", con "la sustituta del sol", con "un gran árbol repentino", con un "sol lleno de luna", con "un río de vino", con una "flor en el mar", con "una guitarra de rosas", con una "manzana dulce y roja en la punta de una rama".
Mujer flor, luna, árbol, sol, agua, corazón, guitarra, fruto, trago, que llegó desde las afueras de la existencia del escritor para instalarse por siempre en la vida de un poeta que abatido, totalmente vencido, reconoce:"llegaste cuando menos lo esperaba, / por eso me perturbas y te pido / que me salves de este desastre que provocas". Amante que hace que Marta Sosa acuda presto en busca de apoyos celestiales; el poeta convoca a divinidades desconocidas, a los dioses terribles de la noche y la venganza para salvarlo de ese amor que "cuando aparece derrumba puertas / aplasta y mata / me pone de rodillas", y lo destroza "como si fuese un huracán", mientras lo lleva por los aires y lo "derriba contra la tierra dura", destrozándole "los dientes uno a uno".
Amor dual, contradictorio, que en muchas ocasiones "no es puerto / ni cobijo", aunque tiene la virtud de "una rosa callada", capaz de hacer cantar pájaros en el cuerpo de la amada; de convertir a los corazones en guitarras afinadas, prestas a acompañar la voz de un poeta que, en medio del "incendio de los vinos", le dice sin remilgos a la escogida, a esa mujer cuyos ojos "son el mar / que invita al viaje del amor", y le reitera desprendido: "amada / toma todo el amor / que tengo para ti / ahora que entre todas las luces / la tuya es la más alta / y está allí / en el lugar de la luna".
Rosa de rosas, ola del mar bajo la sombra o sobre el sol, bella, primera flor, rostro lleno de fulgor, en fin, llámela como la llame, denomínela como la denomine, Marta Sosa convoca a su amada, a esa mujer que hace mover el corazón del poeta como "un gran viento de pájaros" para que comparta con él "el lugar de los jardines difíciles", ese sitio donde el escritor aspira a reunir todas las canciones en medio de serenidades e iracundias, de calmas y tempestades para convocar por igual a la felicidad y al desespero, al contento y a la tristeza.
Marta Sosa testimonia en sus versos un amor que está lejos de la placidez, de la tranquilidad, en el que se dan la mano – contradictoriamente - la aceptación y el rechazo, la bienvenida y el adiós, el sosiego y la desazón; amor combativo que cuando es verdadero "tiene la fragilidad de una gota". El propio poeta reconoce que en su relación con la mujer que ama, y muy a su pesar: "muchas veces no soy para ti / más que este ramo difícil / de flores oscuras", y se asusta "cuando tú, de nuevo, pones flores en los escombros". De allí que disfrute a plenitud de los momentos de esplendor, de las situaciones de grandeza, de esas circunstancias maravillosas que, en forma de encuentros apasionados, convierten al beso y la caricia en el único entendimiento posible de dos cuerpos que bajo el nombre de "amada y amante son llamaradas / candelas de rosas".
Amor paradójico: paz y guerra, hoguera y flor, tormenta y puñal, que se alimenta de "dos bocas al rojo vivo (.) enterrando el tiempo / mucho más allá de nuestros cuerpos". Pasión encendida que trastorna los sentidos y sus funciones, confundiendo el cuerpo del amante, haciendo que se alteren órdenes biológicos, funciones fisiológicas que producen un grito proveniente de un silencio feroz, conducen al poeta a confesar apasionadamente que: "nada deseo más que seguir mirándote / con todo mi cuerpo / oliéndote / desde mis ojos y mis manos / mordiéndote en los galopes de mi corazón".
Pasión sin tregua, alocada, desmedida, irracional, capaz de convertir "las horas / en soles abrasados", y de transformar el cuerpo de la amada en una Torre de Babel donde los muchos lenguajes se transmutan en una sola lengua que, a la luz de una hoguera, disfruta de los pétalos de esa flor única cubierta de agua, de un rocío benevolente que refresca las laceraciones, las quemaduras, las úlceras que genera "esta terrible temperatura de rosas, / un sol quemado en dos cuerpos".
Amor encarnado en músculos y huesos, en vísceras y órganos, nutriente de sueños eróticos, de eyaculaciones inevitables, de orgasmos ciertos que tienen como detonante el recorrido apasionado del cuerpo de la amada que se transita lentamente con una piel "erguida en gritos" que llega al vientre, a la juntura deseada, al vellón reconocido, para que manos y lenguas se sacudan como "música dulce y feroz", acompañante regocijada del vuelo de "una abeja perdida / que buscaba su miel". Sueño erótico que el poeta desea recurrente, repetible, a fin de que la vida sea siempre el mismo ensueño previsible, el mismo cuerpo, identificable, con nombre y apellido, que permita, en la ahora inútil vigilia, "desatarte el cabello entero" para no soñar más a la amada "con el cabello recogido / mirando a tu derecha". Sueño hoguera, fogata, lumbre, llamarada, que se nutre del resplandor del cuerpo amado para encender las fugas deseadas, los escapes compartidos en los que los amantes se confunden y se llaman nosotros "dentro del sueño, fuera del sueño, / y contra el sueño". Por eso, deleitado de sexo y embebido de las fantasías que inspira el cuerpo amado, el escritor confiesa, entusiasta, melodioso, transmutado en guitarra cuya música acaricia senos y sorbe pezones, que: "te he soñado y lo sigo haciendo".
El poeta le teme a la ausencia, al extrañamiento, a la distancia, a esos alejamientos temporales que podrían convertirse en eternos, en definitivos, en un para siempre. De allí que esos tiempos de ausencia, en los que se está sin la amada, Marta Sosa los califique como momentos perdidos del amor, como frágil y desconocida sombra, como "este corazón que no puede dejar de verte sin temblar". Momentos aciagos, de soledad, porque "sucede / que estoy en un lugar del día / donde tú no estás", en los que las horas se transforman en una gran dificultad ante la necesidad que tiene el poeta de contar con la presencia de su amada, con esa figura fulgurante que todo lo ilumina, para iluminarse después, como siempre y como nunca; sin ella a su lado, en su ausencia, el corazón del poeta "se cierra como una ventana oscura", y su cuerpo "es el de un prisionero / que vuelve a la oscuridad".
El olvido compite con la ausencia en los temores que Marta Sosa experimenta cuando ama; el poeta quiere "que no lloremos ni supliquemos en vano, que nunca el polvo / cubra nuestras rosas / ni el olvido nos impida buscarnos". Olvido ingrato, inclemente, capaz de destruir todo lo cimentado y de transformar el amor en reminiscencia pura y simple, carente de futuro. Por eso, el escritor le advierte tiernamente a la amada: "Si tú y yo / nos olvidáramos / perderíamos demasiado: / los bellos recuerdos / y, después de hoy, / todos los que serán / bellos recuerdos".
Amor posesivo en el que Marta Sosa, testarudo y voluntarioso, se erige en árbitro que decide, en juez que sentencia, en amante orgulloso que le enrostra a su amada la certidumbre de que sin él, ella, nada ni nadie es. Y para que no exista equivocación ni malentendido, el poeta le confiesa a esa mujer que es "recuerdo / encendido por todo mi cuerpo", que: "yo soy / el amor que desde mí / regresa a ti / y te hace idéntica / a ti misma". Y por si acaso hubiese todavía algún rescoldo de duda acerca de la posibilidad de una existencia autónoma, independiente, que pueda prescindir del amor que el poeta prodiga, éste le recuerda a la mujer de sus ensoñaciones: "Sólo de ti se puede decir / que eres amada por mí. / Eso te hace diferente". Amor posesivo, negador de todo trance, acto, episodio, que no provenga del poeta, que no se asocie con él y sus querencias, porque después de todo, con la suficiencia y la seguridad del que se sabe amado, Marta Sosa le puede decir a su amada, desafiándola y tranquilizándola a la vez: "Eres muy amada por mí: / ¿qué otra cosa necesitas?".
Amor excluyente, exclusivo, absolutista, anclado en la certeza de que la mujer seleccionada es la única y siempre será la única, porque el poeta reconoce, sin remilgos, a la vista y a la lectura de todos, que: "yo sólo me intereso por ti", "es a ti a quien amo", y que: "Todo está preguntando por ti / todo está preguntando por los pasos de tu corazón", y en consecuencia, ella, la escogida será "lo único perdurable / en medio de tanto azul / y de tanta mañana limpia". Mujer de hoy y de mañana, del presente y del futuro de Marta Sosa, a quien éste le confiesa solícito: "Vivo el amor para ti / con todos mis ojos enamorados / desde la primera tarde que te vieron", y que por eso no puede darle "otra cosa que amor".
Mujer exclusiva, nombre, cuerpo y rostro específico, a la que el poeta le anuncia, enfático y decidido: "Sólo tú / poblando mi corazón y mi memoria", y a la que le propone una vida en conjunto para hacer efectivo el amor a dos, a fin de que la pareja deje de ser concepto, entelequia, y se convierta en una realidad doble, plural, en ese nosotros que por siempre será "la reunión de todas las canciones", incluso después, mucho después, que el fuego de las hogueras iniciales haya mermado, confirmando el paso de los años y la aparición de un amor maduro que hace "vibrar la luz / con la misma canción / siempre nueva cada año".
Nuestro poeta apuesta por un amor duradero, alejado de circunstancias y contingencias; lo concibe sin límite temporal, destinado a persistir más allá de episodios y tropiezos, convencido "que eras la única mujer para ese amor". Nadie puede ni nadie podrá contra ese amor "que andará sobre las aguas sin hundirse / por ese milagro de este siglo", porque el poeta y su amada, en un pacto hidalgo, en un acuerdo por y para el amor, se han convencido de que "la de las rosas / es una sabiduría del tiempo", y por lo tanto, se seguirán amando "también cuando las cigarras / las flores y el verdor / ya no existan / sino para otra estación remota".
Amada mortal que, paciente, verá transcurrir el tiempo despiadado al lado de su poeta amante, quien, en el momento de las canas y las arrugas, tendrá todavía suficiente amor para decirle que, a pesar de los años transcurridos, de los inevitables embates de la edad y del cansancio: "prefiero tu cara / que ya no es joven / ni frescas tus mejillas / pero acogen mis caricias de amor". Amor maduro, reposado, no exento de pasiones pasajeras que se asienta, ahora, en la atalaya de lo construido, en los hijos y los hijos de sus hijos, en una dimensión temporal que reivindica lo permanente; confirmando lo que el poeta ya sabía desde los primeros tiempos de ese amor: "la que tú eres / no ha estado sino en mi corazón / inmóvil y silenciosa / a lo largo de estos días.".
Tiene predilección el escritor por "tus rotundos senos que el tiempo ha dejado caer", pero que están plenos, ahítos de sabiduría; de esa sapiencia que se nutre del tiempo cernido, de las vivencias acumuladas, de las experiencias decantadas, de las circunstancias superadas que son suficientes para que Marta Sosa deseche las calles repletas "de muchachas / y de muchachos / danzando en su juventud", para insistir, una vez más, en su amada; la escogida en la juventud del escritor que no transita por esas calles de "cuerpos como planetas radiantes", pero que todavía transmite una pasión serena asentada en un amor que supo aprovechar "la grandeza de las hogueras", que lleva al poeta a levantar "la copa de amor que necesito" para beberla sediento, goloso, solo y sólo en la "calle donde estés".
Amor resignado, enfrentado como todo amor humano a la muerte física, a esa circunstancia inevitable que arriba inesperada, sin advertencias, desechando formalidades y llamadas previas, para que lleguen las oscuridades y se instalen las sombras sobre rostros y cuerpos, haciendo que "las grandes danzas del amor, / el trabajo de las rosas, / todo habrá sido en vano". En ese momento, de ausencias definitivas y silencios insoportables, de hogueras extintas y rosas marchitas, Marta Sosa, el poeta que amó y fue amado, en medio de sus recuerdos y de la felicidad disfrutada en ese jardín difícil que fue su amor, podrá decir, para consuelo suyo y de la amada que ya no estará más a su lado, que continúa siendo "una rara flor sin pesadumbre".
Décadas después, en lugares otros, en vida aún el poeta y su mujer amada, lejanos ya juveniles arrebatos y encendidas pasiones, Marta Sosa, despojándose de intimidades, realiza un arqueo de ese amor permanente, paradójico y contradictorio, de su jardín difícil: "Más árboles hay después de treinta años / y algo más, / mejores pájaros quizás, / jardines por recorrer o que me asfixian. / Las voces son más suaves: / pero no todo es paraíso, / y no sé porque lo digo pues lo sabes".
Como cursa el sol por el aire inclemente
Sin perder un segundo así vivirás contra lo injusto
La justicia es un tema permanente en la poesía de Marta Sosa, quien, con el fin de evitar cualquier duda, tajante aclara: "No hago más que contar las cosas en su justeza o en su injusticia." Así el poeta se reclama profeta de un nuevo orden que anuncia gozoso, presto a disfrutar de unos novísimos advenimientos, de una existencia distinta que se base en lo esencial "del hombre erguido": el amor, ese sentimiento que se adueña del escritor y que lo "lleva de Dios a la vida. A la mujer. A los pobres de la tierra", porque, en su deseo de anunciar buenas nuevas, órdenes distintos: "el amor es el único camino alumbrado a oscuras..."
Se abre el poeta a la lucha para convertir cada camino en una huella, cada hombro en un canto, cada sendero en una antorcha, haciendo así nacer al combate: "Padre de todas las cosas". Batallas incruentas de un escritor convencido de que la vida debe ser un alerta permanente en "una tierra muriente" que reivindica el dinero, la frivolidad, el jet-set, la plutocracia, el bien-estar, como valores fundamentales de una sociedad blindada que afortunadamente "no puede matar / ningún verso del mundo". Contra esa primacía de los ceros a la derecha, contra el "dinero que te rumia", contra los mercantes y mercachifles, el poeta aconseja a los jóvenes de entonces, a su generación, a los que cumplieron y sucumbieron, que cuiden "hasta la última aguja / que te incomode el corazón" mientras los convoca a distinguir entre "los amigos del amor / y los amigos de la muerte / y elegir".
Elección trascendente, escogencia fundamental, que busca reconciliar la vida con la justicia, la existencia con el amor, a objeto de que las batallas que deban darse, en las que se juega la vida y ya no la suerte, arrojen frutos distintos, frutas diferentes, en esa impostergable e indelegable tarea dirigida a "que el fuego sagrado no aniquile la paz / ni destruya el tiempo del sol", permitiendo así que se haga efectiva la prédica de Marta Sosa: "No más ciudades de negro y hollín / ni disparos que matan las quince canciones".
Justicia totalmente asimilada con el amor que el poeta reclama y exige a los otros y a sí mismo, con la finalidad de restituir "a su buena materia / la cierta función de las cosas", incluso, diríamos, la divina función de Dios padre, con quien "sobre el tiempo que nos asiste" quiere dialogar Marta Sosa. Diálogo desigual, pleno de exigencias, sin embargo, en el que el escritor invoca y convoca a Dios todopoderoso para conversar acerca de los signos de unos tiempos que le han dado la espalda a lo mejor de lo creado por el creador: al hombre mismo. Con esta angustia en la pluma, el poeta le dice a Dios que, por favor, desde el "reino de la aurora" contemple como su heredad viene siendo mancillada, conculcada, destruida, por aquellos que "olvidan el pulmón vecino, la aproximada tristeza, / sigilosos en las fases de su terrestre contrabando".
Dios convocado por un poeta que se reconoce en el límite de sus versos, en el abismo de su voz, cuando le exige al Padre todopoderoso que mire "templos y sombreros tendidos desde el hambre", y le suplica su "vuelta en peregrinaje" para que continúe estando presente "en la imagen del hombre / y en sus plegarias oscuras"; para combatir juntos a aquellos descreídos que han construido "un ataúd de silencio", conocedores de que "ninguna carreta recorre las nubes" de un cielo que es indudable expresión del amor y correcta concreción de la justicia. "Plegaria humana" en la que el poeta habla por todos los hombres: "En mí se abre una voz, un grito, un hombre se aferra a su rostro", por ese prójimo, por esos semejantes que han de venir a su ventana "y se hundan / en los ríos resbalados" de un Dios siempre dispuesto a lavar pecados y blanquear espíritus. Dios pastor, Padre eterno, invitado por el escritor a que acuda una vez más a salvar al hombre del hombre, al prójimo de su prójimo; y que se instale de una vez por todas, para siempre, "en tu único templo / en tu único día, / alójate en la dermis del hombre con tu fibra recóndita".
Escritor conmovido por lo que ocurre a su alrededor, por la victoria permanente de la muerte y del odio en directo menoscabo de la vida y del amor, porque ciertamente, efectivamente, "ya nada pasa sino la muerte, / sin fronteras ni meandros, la terrible muerte / de quien no grita ni habla". De allí que Marta Sosa, en una plegaria por la vida, "¿Por qué más muerte, señor?", quiera, insista, desee, "subir a las almenas y a los balcones", para "permanecer a instancias de mi vigilia / con el ceño apostado en todos los hombros", mientras le pide a Dios, a su Dios, que lo sostenga "en el titilar de la vida / .como relámpago de ti", a fin de restituir los orígenes, el génesis mismo, y de recuperar los valores y mandamientos, "las palabras y las gargantas y los oídos / nacidos en la oración de la primera montaña".
Dios bondadoso y justiciero que, en la poesía de Marta Sosa, ya puede dejar "de ser DIOS de las angustias", volver a sus alturas, sereno, sin sobresaltos, porque el poeta se encargó con sus versos y sus plegarias vitales de que la humanidad, arrepentida volviera "a la sola palabra", al amor, "repartida en una mano henchida de multitud". Luego de este nuevo reencuentro, de esta renovada religación, de esta novísima alianza entre el padre y la humanidad "en el primer camino / en la senda de la piedra o metal originarios", Marta Sosa, apaciguado, sosegado, y como quien se ha quitado un pesado fardo del cuerpo y de la conciencia, puede en total tranquilidad de espíritu decirle al creador: "Dios regresa en paz. / Estoy dispuesto a trizar mis espejos. / Dios la paz sea contigo (.) y con todos!"
Justicia divina que en la poesía de Marta Sosa es ejercida indistintamente por el Padre o por el Hijo, porque uno y otro, distinguidos, se hacen presentes en los versos de un poeta que entiende que "todo está cimbrado de angustia y de fiebre". En esos momentos difíciles, aciagos, en los que "todo está transido y cambiante", el escritor sólo tiene fuerzas para creer, para confiar esta vez, en "el Dios arrodillado y mortal, / el que lava las penas y las vergüenzas", porque ese Dios hecho hombre, encarnado, "invicto e indiferente entre los siglos, / las cenizas, las imprecaciones y los torvos sucesos" es el único - "siempre el mismo sobre los tiempos, como silvestre estrella" - que permanece solidario, firme, comprometido "ante los pobres / que nos estrecharon con su mano solar el corazón", y para quien Marta Sosa ofrenda "rotundas notas silenciosas (...) he allí el Crucifijo / he allí el crucificado".
Cristo que anticipa su regreso en los versos del poeta para concretar la parusía, su segunda venida entre los hombres, con el claro objetivo de hacer que la justicia divina y la humana coincidan, se integren, sean una en la medida en que comparten solidarias el amor por el prójimo, la dignidad del semejante.
Profundizando en la lectura de sus anuncios y de sus proverbios, no cabe ninguna duda acerca de la similitud, de la sinonimia estricta que Marta Sosa establece entre el amor y la justicia; en efecto, el poeta sólo quiere: "el amor destilado en racimos / para los quietos combatientes del mundo" y, en consecuencia, exclama conminatorio y sugerente a la vez: "Húndete combatiente / y el amor sea contigo!". Amor combatiente y combativo que se expresa en tiempos rudos, difíciles, cuanto, "la ira triza las calles", y los jóvenes deben "pasar las tardes / sembrando nuestras voces turbulentas", reclamando sueños, destinos, esperanzas, futuros y, en especial, "el sitio incansable del amor".
En la poesía combativa, justiciera de Marta Sosa el amor por la mujer es también un canto por la justicia, una oración por los excluidos, por los pobres, por los que sufren y por aquellos que han sido marginados del amor; confirma que "diluido entre las calles floto y reposo / guarecido en los bolsillos de la gente simple". El poeta ama en su mujer a los demás y cuando ama a éstos la sigue amando: "Te amo mujer / y por amarte padezco todas las turbias heridas / de cada soldado en su infernal trinchera". A los fines de que este amor de dos destinos sea posible, el escritor se instala, se erige "en centinela / o cuerpo de primera fila en la diaria batalla". Entiende el poeta que tanto con la vigilancia como con el combate será posible que el hombre "se despoje de su última hiel" a fin de hacer efectiva esa justicia que reclama insistente, machacante, terco y decidido. Justicia que como su mujer es una "bandera tensa, para siempre".
Justicia irrenunciable, personal, intransferible, que Marta Sosa asume para sí, transmutándose, integrándose a la lucha de los demás, a la esencia, al cuerpo de los que sufren, para ser uno con ellos, un real poeta encarnado - "todos nuestros huesos se encadenan en tu ruta" - y, de esta manera poder leerse "en los ojos de la gente" y escribirse "en sus epitafios". Nuevo orden insoslayable, indetenible, al que el escritor se suma valiente, decidido, sin ninguna reserva, apostando siempre por el hombre mismo y por el hijo de Dios que también se hizo hombre para que nada de lo humano le fuera ajeno.
Plegarias humanas y divinas se amalgaman en una poesía que, convertida en oración personal y colectiva, no pretende diferenciar el amor individual del grupal; el canto del hombre del canto de los hombres; el hombro de los hombros. Marta Sosa se asume como representante de un pueblo de Dios en marcha que se propone hacer efectivo el único y fundamental mandamiento del amor por encima de todas las cosas. Evangelio poético contemporáneo, apócrifo a su manera; que Marta Sosa escribe en versos para contrarrestar la prosa arcana de aquellos cuatro evangelistas que una iglesia católica reconoció como únicos y valederos, para convertirse en incuestionable, tajante, en francamente ortodoxa.
Palabra de Dios que no es parábola ni sentencia, ni mucho menos consejo o admonición, porque Marta Sosa entiende que "terminó la hora de la profecía"; que ya pasó el tiempo de las sugestiones, y es necesario actuar con firmeza, con decisión, antes que las fuerzas del odio derroten a las del amor, a las de la justicia que el cielo quiere imponer en la tierra.
Mensaje encendido de un poeta que proclama la necesidad de que el nuevo hombre se camine en los pies y en los deseos de sus semejantes; de que todo combatiente recuerde "al amor como fruto único y salvado". Versos para la batalla que nuestro escritor carga con el mismo verbo que fue el origen de la vida y de la muerte; versos preparados para un pugilato desigual en el que la palabra puede, sin embargo, ser pólvora y estallido sin fines cruentos y letales. Evangelio contemporáneo que más que la guerra persigue obtener la paz, porque el poeta declara sin ambages: "He venido para que amainen las tempestades / y fluya el granito de los ventisqueros".
En su cruzada por ese nuevo orden basado en el amor del que nace la justicia, Marta Sosa, a diferencia de Emile Zola, no acusa sino convoca; convoca con ardor a los hombres y sus compromisos de lucha y esperanza, a las banderas que congregan un ideal que todavía no se alcanza, a los sitios plagados de lucientes escarchas como "nidos de iglesias levantadas", que serán dignos y suficientes para la cosecha de amor y de justicia que espera obtener el poeta como legítima recompensa a su convocatoria multitudinaria, colectiva, de todos aquellos hombres que hasta él llegan "por los caminos abiertos / de bayonetas y osarios", para que al fin se instaure la buena nueva deseada, la bienvenida, la anunciada por el poeta desde sus primeros versos: "la nuestra majestuosa y cantada! / La de los hombres!
Cómo quisiera repartir los amigos
Marta Sosa no puede concebir la vida sin sus amigos, así lo expresa en el primer título; Vida con amigos, que concibió para compendiar el conjunto de poemas que le dedicó el escritor a la amistad; como una ofrenda a esa dimensión de lo humano que subraya lazos que no provienen de la sangre, del matrimonio o del sacramento, y que tomamos prestado para nominar este capítulo del libro.
Los amigos le sirven al poeta para erigirse tanto en poemas, en versos que ensalzan un sentimiento de solidaridad y entrega; como en dedicatoria específica, concreta, con nombre y apellido que expresa un afecto, una emoción particular que amerita ser explicitada, hacerse pública, a fin de que no queden dudas acerca de la admiración y el respeto que el poeta experimenta por un reducido y escogido número de seres humanos que habitan en su corazón y que son su patria.
Los amigos son, en toda la extensión de la palabra, verdaderos "territorios privados" que Marta Sosa delinea, limita, marca, con unos versos especialmente concebidos para demostrar el alcance, la dimensión del sentimiento que el escritor practica. De esta forma, no tiene ningún empacho el poeta en subrayar el carácter salvador de la amistad, su vocación redentora, capaz de alzar "palabras que te salvan" en esos momentos últimos, aciagos, cuando lo más doloroso, en medio de tormentas, truenos, relámpagos e inundaciones, es no tener cerca una "mano amiga ni figura conocida cerca que llamar". Amigo fundamental, insustituible al momento de darle ánimos, de insuflarle valor a un pasajero que, en su viaje principal, conoció el fragor de la tormenta, en medio de la oscuridad de una madrugada que intuyó como la última de su vida, hasta que en el desorden que imponen la lluvia, el viento y la ola, emergió una figura amiga capaz de advertirle: "Amigo no te desesperes los días son así / los relámpagos vienen de la vida / a los barcos el agua más salobre no carcome ni incinera".
Amistad que le permite al poeta hurgar en sí mismo, adentrarse en sus interioridades, comer de su alma y beber de su espíritu, con la finalidad de entenderse mejor, de conocer con mayor exactitud ese personaje a veces poco explorado que somos nosotros mismos. Amigos de Marta Sosa que, paradójicos, son y no son necesariamente un espejo al que puede recurrirse cuando se requiere confirmar identidades y recuperar santos y señas. Amistad que le permite concluir al poeta que los amigos, en esa dimensión paradójica y a veces contradictoria que acompaña a este afecto, "son lo que yo soy y quiero ser / son todo lo que estamos dispuestos a ser / lo que ya no seremos (.) son todo lo que pudimos ser". Compañeros plurales, que sin ser espejo fidedigno del reflejo de la vida del escritor son, sin embargo, un indicio, un criterio, una pauta, el derrotero de una existencia que amerita del otro, del semejante, del prójimo más cercano, de ese que se denomina amigo, para que estar en el mundo pueda tener algún punto de referencia, en la medida en que la amistad ofrece patrones de contraste y similitud, de diferencia e identidad.
Para Marta Sosa la amistad es una verdadera casa que debe desechar las tentaciones del rencor, las llamadas del odio, las reconvenciones de la intriga para favorecer las llaves que abren los portones de la solidaridad y los zaguanes de la comunión espiritual. En esa casa del poeta y de la amistad es posible contemplar en la arena que la circunda "las huellas de mis amigas de mis amigos / de sus cuerpos de sus juegos alegres", en aquellos momentos de plenitud y esplendor cuando "el mar no era frontera (.) el pasado no existía de tan leve / el futuro era el botín de toda maravilla".
Amigos que van y vienen, que una circunstancia privilegia y, en un santiamén, otra circunstancia arriba para poner de lado a algunos e incorporar a otros a ese inventario, fijo y renovable a la vez, donde permanecen presentes unos afectos; y a otros, más antiguos, más lejanos, hay que convocarlos a través del recuerdo, ejercitando una "memoria de pasión y frío / que tan adentro imprime sus retratos / invisibles a los ruidos del alma / de tanto como queman". Amigos visibles y permanentes que conviven con algunos que no lo son tanto; compañeros inseparables en su momento que hoy ocupan nuevos territorios y militan en separadas latitudes, impidiendo la celebración de esa convención del afecto, de ese inmenso foro de la amistad: "nunca estuvimos todos juntos / ni hubo fiesta para todos", que permitiría el reencuentro, la renovación de los votos, el riego de las simpatías.
Ausencias que también hicieron imposible la foto colectiva, el retrato compendio, el daguerrotipo compilador de todos los que se continúan queriendo, a pesar de que el tiempo y el espacio se hayan encargado de situarlos en dimensiones y lugares difíciles de visitar con la frecuencia deseada por el poeta. Foto imposible, descabellada, inexistente, que al compás de las circunstancias y de los acontecimientos, no pudo ni podrá ser tomada, porque de ella: "fuimos saliendo uno a uno / o en pequeños grupos".
Amigos del ayer, del pasado, que la poesía de Marta Sosa rescata, para él, para ellos, y para los demás, porque el poeta entiende que sólo el verso es propicio y oportuno, que: "No hay manera de llamarlos / por íntima que haya sido la amistad".
Reconoce el escritor que el tiempo impone su verdad de calendario y que las horas acumuladas, las tantas horas sumadas en forma de meses, años, lustros, décadas, ejercen un efecto demoledor sobre una memoria que se muestra inútil, indefensa, a la hora de identificar a plenitud, con certeza, ademanes, características, señas particulares, "siguiendo sus pasos se fueron / sus manos se perdieron / y es imposible recordarlas / acaso alguna huella de la cara / ciertas manías - algunos gestos especiales / pero ni siquiera la voz".
"Amigos que no he vuelto a ver / que a ver no volveré", sentencia el poeta en un lamento maduro, en un reclamo sensato contra esa realidad ineludible que favorece la soledad, que aparta presencias y aleja reencuentros. Amistad evocada, actualizada por un escritor que entiende que, a pesar de todo, "nadie vuelve al pasado ni sería de justicia" y que si se regresa, si se retorna a esos tiempos pretéritos donde campearon amigos y emociones compartidas, sólo debe ser "para redimir en cada uno los tantos corazones que tuvimos / el lugar donde corrió un agua de diamante / entre los dedos de mi amiga la mano de mi amigo".
"Los nombres se borran" nos recuerda Marta Sosa, como resultado de esa indagación dolorosa, íntima y silenciosa que realiza en torno a los amigos idos, a los afectos experimentados, a las emociones vividas con unos seres humanos que se han desvaído en la memoria y diluido en el recuerdo. Amigos de otros tiempos "a muchos de los cuales no recuerdo", son convocados por el poeta con la finalidad de "pronunciarles un perdón / abrazarlos otra vez", aunque sepa que "por el misterio de esas cosas de Dios", en este momento estricto, en este presente impuesto, en este instante insoslayable, "nuestra cercanía / es una distancia infranqueable" que nos hace, nos exige estar "a solas con nosotros / tocados por esas miradas / que nunca vamos a olvidar".
Memoria borrosa de un poeta que todavía recuerda, sin embargo, las aventuras, las correrías magnificadas de unos muchachos traviesos e inocentes que en Catia, Sarría, Agua Salud, Dos Caminos o Campo Claro hacían de las suyas; como el jodedor Jesús García quien "tenía una libreta / con mil chistes" o como tantos otros: "...ponce, / esteban, el andino" que "a lo mejor nos hemos cruzado / por la calle (.) sin reconocerlos ni saludarlos, porque "qué va todo pasó / dejando pocos rastros / o ninguno".
Amistad que se sumerge en una desmemoria que la memoria intenta rescatar, preservar, aun cuando sólo tenga para ser eficaz y exitosa unos flashes, unos fogonazos, unas imágenes diluidas en las que un grupo de adolescentes frescos e irresponsables, una tribu efímera, encendió "el primer cigarro (.) en alguna callejuela del tiempo con neblina" que también dio origen al primer acto libertario recordado por el poeta, a ese que se produjo en medio "de las toses terribles / de nuestra libertad".
Marta Sosa reconoce que una de las virtudes de lo humano consiste en hacer "sucinta la historia" debido a esa innata, genética capacidad que tiene el hombre para el olvido; a fin de que el recuerdo pase a ser una categoría inútil, una realidad absolutamente innecesaria en aquellos momentos cuando los nombres ya nada significan, dejan de tener historia, se asocian con "películas / libros y canciones (.) maledicencias obstáculos" para convertirse en una afrenta a una memoria agotada, imposibilitada de traer al presente aquella amiga, aquel amigo que naufragaron en un mar sin aguas, carente también de nombre y de ubicación en el espacio.
Amigos indispensables para un poeta que vive, que respira, en la misma medida en que le da vida a sus amigos, recuperándolos de hundimientos y naufragios, de desapariciones y extrañamientos, de ausencias y separaciones, de exilios y ostracismos que una realidad indolente impone como una carga, como un desafío para una memoria que no tiene otro destino que "reencontrar los fantasmas queridos / enterrar todos los odiados".
Amigos que son fruta, fuente, alimento nutriente de un escritor que lucha contra una vejez inevitable y bienvenida, en la que todavía su juventud tiene cabida en forma de mayor amor, de afecto multiplicado, de cariño incrementado que no tiene destinatarios distintos de aquellos amigos "en sus nombres recordados y olvidados / en sus rostros nítidos difusos / que reverberan en toda habitación de la memoria".
Amistad exaltada y preservada por un poeta que la asimila con la vida, porque entiende que con la certeza de una amistad verdadera, vigente y luminosa "no moriremos de pronto / no envejeceremos de repente / no nos olvidaremos de golpe". Afecto multiplicador de todas las emociones del poeta que propicia dolores mayores, llantos intensos, amores encendidos, pasiones aumentadas, "en esta comunidad de tantas cosas que ignoramos / amadas y perdidas"; como puede ser no haber conocido más a "clara, maría, antonio, hermanos míos" que, a lo mejor, quién lo sabe, hubiesen podido ser los mejores amigos de un poeta que experimenta "en el amargo paladar algún recuerdo que me escalda."
Por encima del escritor, en una dimensión cuantitativa y cualitativamente más encumbrada, se encuentran esos "estremecimientos del corazón", "aquellos amigos / para quienes los días ocurridos / las fiestas con sus penas o vergüenzas / levantan una catedral". Templo consagrado a la amistad, esa que el poeta llama "solidaridad tal vez / clamor por algún dios" que demanda, amerita, requiere, un espacio sagrado, consagrado a un sentimiento genuinamente humano que nace, como la oración, en lo más recóndito del hombre mismo: la "discreta sin fastos / imbatible en su llama pequeña / tan pequeña como la eternidad más larga".
Marta Sosa entiende que la amistad también puede ser esquiva, puede que no se dé, que no acontezca, que las condiciones requeridas para que aparezca y cristalice no existan, no se hagan presentes, y que el encuentro entre dos seres que comparten gozosos, golosos, atrevidos, en permanente descubrimiento, gustos, creencias, convicciones, afinidades, y ¿porqué no? fobias, prejuicios y rechazos; no llegue a producirse, debido a que la cábala, la providencia, las circunstancias, las confluencias astrales, no fueron propicias para que uno y otro abrieran respectivamente sus corazones.
Reconoce el poeta, entre la razón y el desencanto, que "Los buques pasan como fantasmas / con su esqueleto de luces", y que es posible que en ese navegar "sobre una superficie ignota", los demás "en su propia madrugada / como de un sueño negro de tinieblas" no sean capaces de ver los mismos buques que nosotros vemos, que Marta Sosa ve, transformándolos "en fantasmas / de una amistad que jamás existió / que pudo no existir / que nos pasó de lado", aunque no siempre se alejen lo suficiente: "sin irse nunca del todo / por esos horizontes siempre iguales a sí mismos / siempre novedosos".
Viajes de la amistad que el escritor privilegia, exalta, ensalza, distingue, porque entiende que la vida toda es un navegar entre un sitio y otro, entre Nogueira - el punto alfa de su existencia - y tantos otros destinos que todavía no se constituyen en punto omega de su peregrinaje; aunque reconozca que muchos de esos itinerarios, de esos tránsitos, de esos cuadernos de viaje, son producto de afectos ajenos, de voluntades extrañas, de albedríos diferentes, porque, indefectiblemente: "los amigos obligan ciertos viajes / de los que regresamos abatidos / tal vez por la victoria", por ese éxito que Marta Sosa ha buscado más bien en los poemas, en los libros que circulan de mano en mano, en los recitales, en ese "viaje a la profundidad de nuestros ojos / a los oídos temibles / a la pasión sin saciedad".
Devoción que Marta Sosa, en ese largo repasar de los afectos prodigados, en esa revisión implacable de sus emociones más genuinas, también concibe, interpreta, como un remordimiento que envuelve por igual a los compinches, tanto a sus amigos inocentes e iniciales, a los panas de cigarro, ron y salchichas, con los que "ajenos al reclamo de los dioses" descubrió "el lujo tierno de la felicidad serena"; como a sus amigas, ese otro remordimiento lúdico de la madurez del poeta. A ellas, a esas "amigas del liceo, en los patios de recreo alguna fiesta el cine un mitin", que fueron "amores sin corona" que, sin embargo, lo "miraron con malicia" a pesar de la "timidez mi obsesión de ventanas cerradas", Marta Sosa las llama "ahora en un lugar donde no están" para que regresen quizás a enseñarle nuevamente "las razones capitales / los oscuros tambores que llaman emoción". Amigas sin rostro ni nombre que Marta Sosa quisiera tener ahora a su lado "para abrazar besar a alguna / con todo el sentimiento agradecido", aun cuando sabe, reconoce, que a estas alturas de la vida, en los nuevos sobresaltos de su corazón, en el tiempo de los hijos y los nietos, es muy posible que no las encuentre "en estas sombras / en estas ciudades tan silentes por donde pasan / padre / las ventanas de mi tren desaforadas".
Amor adolescente que Marta Sosa sitúa en las fronteras de la amistad, en aquellos tiempos carentes de putas y lupanares, de "delirios secretos / encuentros sin explicación / fulgores de espacios vacíos / lujuria entonces / temor atávico a los burdeles", cuando el poeta sólo tenía "dos o tres números en la agenda telefónica", para que su mano cabalgara "sobre unos pechos en el cine", en medio de un rubor, de un temor, de una desazón "que nos privó de sentimientos de músicas que ya nadie podrá oír / bailes esquivos amores" que para un poeta, poco consciente, escaso calculador de las posibilidades amorosas de la amistad, se tradujo en una "valentía que no cruzamos nunca". Recuerdos vagos, espurios, que Marta Sosa quisiera completar, volver a la vida, resucitar, para no echarlos mucho de menos, en estas circunstancias vitales, de tantos años transcurridos sin saber, a ciencia cierta, cuáles senos se acariciaron, a cuál mujer se besó, "ahora cuando todo se torna irremediable / y las cartas van y vienen sin destino".
Amistad que para el poeta implica moverse, indistintamente, en dos extremos irreconciliables: la vida y la muerte, lo trivial y lo trascendente, lo anodino y lo significativo. Marta Sosa reivindica, por un lado, una amistad que se asienta en lo cotidiano, en lo más elemental, en el negrito salvador que sustituye "...las tristezas confesadas los ardores contrariados (.) las conversaciones largas / los viajes ocasionales donde las novedades aguardaban". Dominio de lo inasible y aparentemente intrascendente que, sin embargo, implica una victoria diaria, importante, independientemente de lo pírrica que pueda parecer "sobre el sueño y el cansancio". Café combativo, violento, oscuro y portentoso, dador de vida, tomado temprano, al amanecer, con los amigos del alma, "mientras los truenos y las águilas / descosían los acantilados / en el más lejano porvenir".
Por otro lado, Marta Sosa concibe a la amistad, ya no como un café al amanecer sino como un acto de rebeldía, como un bando, como una proclama frente a la muerte, contra esa figura de velo y guadaña que agazapada, vigilante y atenta, nos visita de vez en cuando, a ver qué pasa, qué ocurre cuando un accidente de carro, una impericia en el mar, un trago de más, un infarto repentino, un derrame súbito, una depresión insuperable, pone entre paréntesis la vida y el futuro de quien lo protagoniza o experimenta. Muerte a la que el poeta, en abierto desafío a su poder destructor y aniquilador, opone una amistad imbatible que se nutre de un afecto que se declara incapaz de "dejar a los amigos", "porque mientras más nos lleven / y la cantidad de recuerdos sea mayor / menos morimos". Amistad redentora, salvadora, resucitadora también de los amigos que transitaron el camino del más allá, porque con el recuerdo, con la remembranza, Marta Sosa espera confirmar que "han muerto poco quisiéramos decir / creer quisiéramos / nuestros amigos muertos".
Marta Sosa entiende que, al igual que sus héroes, sus amigos merecen todo el respeto posible. Por esta razón, para descargarse de culpas y deslastrarse de remordimientos, el escritor utiliza sus versos como una forma de ofrecer disculpas y pedir perdón: "y trato amigos de estar en paz al menos con ustedes / perdón sin embargo por los odios los resentimientos / las ocasiones mal habladas / disculpas por las vanidades ofensivas / por las veces en que quise tener / la última palabra / por los irrespetos perdón".
Así como ofrece excusas y demanda absoluciones por los malos ratos, los momentos difíciles, las circunstancias engorrosas a los que pudo haber sometido a sus amigos, Marta Sosa también esgrime, como mecanismo de reconciliación y concordia, las ocasiones en las que el contento, la alegría y la felicidad se hicieron presentes en las relaciones con sus amigas y amigos. A estos fines, el poeta pide: "también que no olvidemos / tantos momentos habitados por la maravilla / parecidos a la felicidad a la que fuimos prometidos".
Y no podía ser de otra manera, porque la amistad, en el largo plazo, es un balance, una cuenta que arroja déficit y superávit, buenos y no tan buenos momentos, circunstancias de alegría e instantes de infelicidad. Encuentros y desencuentros caracterizan a la amistad verdadera, a esa que exige y demanda que, a fuer de genuina, no transige sino que reclama. El poeta habita la amistad en todas sus manifestaciones y no tiene remilgos al momento de reconocer ofensas, de recordar felicidades, de pedir perdón y demandar reconocimientos; en fin, cuando debe enfrentar las dos caras de ese sentimiento bifronte que se llama amistad, "territorio privado" de Marta Sosa.
Amistad a la que el poeta le asigna además, en forma tajante y última, el carácter de patria, al reconocer, después de tantos años vividos, de tantos amigos transitados, que "todo lo sigo obteniendo de ustedes / cercanos y lejanos / amigas amigos". "La única patria son los amigos", nos dice Marta Sosa después de haber sufrido en carne propia, en alma propia, la ausencia, total o parcial, definitiva o transitoria, de aquellos con los que compartió penas y alegrías, angustias y esperanzas. Patria que el escritor desea armónica, pacífica, despojada de conflictos, reconciliada; ejemplo viviente de la convivencia humana, enriquecida en y por la amistad, y que para que sea posible, factible, verdadera nación de él y de todos sus amigas y amigos, demanda: "borremos perdones y disculpas / gracias escuchen reverencias / a través del tiempo que nos junta", de la patria que nos acoge y nos protege, añadiríamos nosotros.
Apego que nace, crece y muere, porque todo desafortunadamente tiene su fin, conoce un término, experimenta un nunca jamás; incluso aquellos sentimientos que se consideraban imperecederos, pero que soportan también los adioses, la muerte, el desencuentro, el olvido que los hasta entonces amigos no se atrevían a nombrar, a permitir, a experimentar. Marta Sosa no escapa a las circunstancias de la despedida, a la renuncia a su única patria, a la devolución de sus territorios privados. Contemplando una "guacamaya resplandeciente de azul verde amarillo", el poeta observa como vuelan, se alejan, se dicen algo que el viento desdibuja, y que no es otra cosa que un adiós que Marta Sosa recoge y reproduce: "adiós adiós repetimos / sabiendo que no volveremos a pasar / adiós amigos que recuerdo adiós amigas que no olvido / y que en alguna otra vida ésta se repita / tan implacable y dulce / como ahora".
Yo: instrumento acaso de un destino
Marta Sosa no se sustrae a la atracción que ejerce la heroicidad sobre unos seres humanos deseosos de reconocer, de rendirle homenaje a esos hombres que descollaron del común para transformarse en punto obligado de referencia cuando de libertad, patria, justicia, entrega, solidaridad, enseñanza o desprendimiento se trata.
Héroes de aquí y de allá, del presente y del pasado, de la historia y la farándula, de la política y el deporte, del pensamiento y la acción, de todos los hombres y exclusivos del poeta, son convocados por Marta Sosa para que su poesía se transforme en homenaje adicional, en señal de respeto y reconocimiento para algunos de aquellos que se ocuparon de construir su propio destino y sobre todo, el de los demás.
El escritor no puede prescindir de la figura del Libertador, de Simón Bolívar, el llamado con propiedad Padre de la Patria, quien es visto desde una dimensión más humana y menos legendaria por un poeta que se adentra en el corazón del héroe para padecer con él, para compadecerse de amores, despechos, victorias y fracasos. Marta Sosa se encuentra con Bolívar en medio de un nuevo delirio, ya no en el Chimborazo sino en Santa Marta, momentos antes, minutos previos al fallecimiento del héroe - suponemos - en esos instantes finales en los que pareciesen repasarse los momentos más significativos de la vida, que como film autobiográfico desfilan cargados de pasiones, por la memoria de aquel que, en este caso, por su carácter de héroe, se salvó de la verdadera y única muerte: el olvido.
Marta Sosa sufre y ama con Bolívar, se sienta a su lado en su mismísimo lecho de muerte para compartir con el Libertador, ahora despojado de casacas, charreteras, espadas y condecoraciones, las circunstancias de una vida que se la llevó una obsesión por la libertad y por la justicia. Bolívar sudoroso, tembloroso, entre tos y tos –imaginamos - le confiesa al escritor "en este cuarto y solo con mis horas / me pregunto si el gobierno me fastidia / a pesar de los discursos que me embriagan", y se vuelve a preguntar si "el poder sería un aburrimiento", para constatar que al final de tanto sacrificio, como recompensa a tanto afán libertario: "nada resta / sólo la jura de los enemigos".
Bolívar moribundo, sumido en la fiebre que producen recuerdos ambivalentes, duales: los de la alegría, el amor y la felicidad; y los otros, los tristes pero también inevitables, los de la muerte, el fracaso y el dolor. Entre unos y otros discurre la poesía de Marta Sosa, quien le sirve de escribano solidario a un Libertador que en el límite de sus fuerzas le dicta las reflexiones que va procesando su corazón; cuando el cerebro, la razón, ya no sirven para más, y el héroe, el mismo que se ruborizaba un poco cuando le aplicaban ese calificativo, concluye que: "sólo veo delante vejez mendicidad / miseria / calamidades que me turban / prefiero morir estoy enfermo / abatido como un pobre cualquiera".
Héroe que recuerda gustoso las aventuras vividas en una Europa que también sucumbió a sus ideales y a su poder seductor, cuando entre fiesta y jolgorio, entre brindis y borracheras, "mientras sastre y sombrerazo me atildaban", se ganó el amor de Fanny du Villars, a quien en un arranque de seriedad en medio de tanta frivolidad, le confiesa: "Felices (Fanny) quienes sueñan y creen (.) sobre todo en un mundo mejor (...) quise ser un simple ciudadano (Fanny) / la felicidad de los otros / la mía / y ninguna conseguí salvo en ciertos breves tiempo".
Amores van y vienen en la larga procesión de evocaciones que la emoción le organiza a Bolívar, y que Marta Sosa recoge en sus versos para que esa nueva campaña admirable del recuerdo no se pierda entre páramos y soledades. De esta forma, el Libertador tiene tiempo tanto para Fanny como para todas aquellas con las que quiere ahora, en la antesala de la muerte, reencontrarse, tal como ocurre con Bernardina, a quien le pide: por favor, "no me acuses de indiferente y poco tierno / sí quiero verte / tocarte saborearte y fundirme contigo".
Manuela no está ausente, por supuesto, de la tragedia amorosa de ese hombre que dejó regado su amor en cuerpos y corazones de variadas mujeres, sin que ninguna de ellas pudiese reclamarlo como propio y exclusivo. Pasión de distintos tonos y talantes que Bolívar protagoniza como una gesta libertadora paralela donde nadie gana sino todos pierden. Manuela, siempre dispuesta a atender los deseos de su amado, se presenta también en Santa Marta, en los últimos momentos de vida de su bienamado General, para que éste le confiese, en voz queda y en los albores de su último aliento: "puertas Manuela que me dispongo a trasponer / y no es verdad / que al sepulcro / bajaré tranquilo".
Desterrada de su muerte, convocada desde aquella otra vida por la que muchos apuestan con las probabilidades en contra, regresa también Teresa, doña María Teresa Rodríguez del Toro y Alayza, con quien años atrás, tantos años que parecen centurias, un joven recién salido de la adolescencia contrajo nupcias para, en palabras del propio Bolívar y ya no de Marta Sosa: "evitar la falta que puedo causar si fallezco sin sucesión; pues haciendo justa liga, querrá Dios darme algún hijo, que sirva de apoyo a mis hermanos y de auxilio a mis tíos."
Teresa regresa al lecho de su marido, del que se ausentó un aciago 2 de enero de 1805, para que éste le confiese todo el amor que no pudo ser, puesto que esos breves diez meses de matrimonio, a pesar de la intensidad de besos y caricias, no fueron suficientes para que el amor creciera y se consolidara. Le dice el viudo a su desposada de entonces y de siempre: "Teresa / Sólo quedas tú a quien nada puedo negar / esas horas de duelo y tú llorando conmigo". Pero el olvido, que es más implacable que la misma muerte, se aposenta indolente en el lecho de los recuerdos del Libertador para que un Bolívar, resignado y dolido, constate que: "al final Teresa te olvidé también / nunca más volviste a mi memoria / pájaro sin vida fugaz / persiguiendo un rastro ya borrado".
En sus remembranzas últimas y definitivas, Bolívar, en estricta intimidad con su Teresa de siempre y de nunca, le reitera que: "sólo quedas tú esas ilusiones / que dominan a la eternidad" y que sigue siendo: "tu amante más fiel pero no siempre", porque en su corazón abierto y generoso nunca faltó el espacio requerido para que otros amores y otras pasiones anidaran, condenadas también, en esa maldición de soledad que siempre acompañó al héroe, a no tener futuro y a ser motivos propiciatorios del olvido.
Yace pues el Libertador en su lecho de muerte, un 6 de diciembre, según le rememora Reverend y nos lo recuerda Marta Sosa, rodeado de escasos amigos y acompañado de muchos recuerdos; reconfortado porque "de las armas de mis compañeros de mi mando / la libertad brotó espesa terrible / anhelada / (yo: instrumento acaso de un destino", y sobre todo porque "los escombros qué importan / qué importan si lo que amamos / tiene vida en la memoria / todavía".
Muere al día siguiente el héroe de todos, el incuestionado, el que dejó de ser hombre para convertirse en leyenda, en "el Padre de América, el Hijo de la Gloria y el Espíritu Santo de la Libertad", al decir de un sacerdote de verbo herético por bolivariano. Muere "víctima de mis perseguidores / que me han conducido a las puertas del sepulcro / de un destino al que tanto contribuí / y que sin mí se perdería". Fallece en Santa Marta, concluyendo su delirio en medio de una pregunta desgarradora: "¿soy apenas el relámpago de un momento fulgurante / que desaparece para siempre / de inmediato?". Pregunta que, afortunadamente, Marta Sosa responde negativamente con un poema elegiaco que no deja dudas acerca de la continuidad de Bolívar y la vigencia del Libertador.
Marta Sosa continúa su viaje por los caminos de la justicia y la libertad, demandando posada en el recuerdo de dos hombres que desde tiempos y trincheras distintas, aunque hermanados y contemporaneizados por la similitud de ideales e intenciones, apostaron por un destino mejor para la humanidad, asentado en "la rebelión para transformar el futuro... / la ciega razón embrutecida por sí misma / en nombre de la felicidad y del vivir". Marx y Allende se introducen en la poesía de Marta Sosa, quien se decide a reordenar creencias, a decantar dogmas y a proponer nuevos blasones que ostenten también el lema de la justicia y la libertad.
Marta Sosa evoca la vida cotidiana de Karl Marx, su ir y venir, entre fósforos y cigarrillos, por un apartamento londinense que poco a poco fue quedando vacío por efecto de las deudas, de los embargos, de la voluntad de unos acreedores a los que poco les importaban unos manifiestos, unas proclamas encendidas y encendedoras, porque como bien lo confirma el poeta: "(los manifiestos son aburridos:) / toda necesidad llega a pecar de aburrimiento".
Reconoce el escritor la valentía del otro escritor que fue capaz de construir una esperanza "con paciencia y ardor" para "todos los despreciados.../ respetándolos por vez primera", convirtiéndose, a su vez, en "nuestra guerra contra embargos / persecuciones mudanzas / contra la pobreza dura". Carlos Marx, héroe remoto de tantas causas a lo largo del mundo, a quien Marta Sosa le reconoce, a pesar de lo equivocado que estaba, que "sin él sin sus errores tan enormes / el mundo tuyo y mío / sería bastante peor de aquello que ya es". "Artista de la destrucción" es denominado Marx por un poeta que reconoce que "lo único inmortal hasta cuando ya deje de serlo / son las mujeres y los hombres / cada uno, todas y todos / en sus intransferibles circunstancias". Quizás por esta razón individual, que va más allá de las nociones de pueblo, de proletario, de "amenazados del mundo", es que Marta Sosa concluye que "la historia es ese amasijo de intimidades / que ella persiste en ocultar".
Allende y sus acciones en aquel inolvidable día de septiembre de 1973 son objeto de una narración minuciosa por parte de Marta Sosa, quien se concentra en esa jornada tremebunda, cuando las fuerzas de la reacción se alzaron para ponerle fin a un gobierno tan justiciero como precario que encontró en su Presidente un mártir, un héroe que siempre entendió, sostuvo, que: "los pueblos de América no tienen otra posibilidad / luchar / no tienen otra posibilidad".
Recuenta el escritor, en un reportaje entre el periodismo y la poesía, la larga jornada que culminó con la inmolación de Allende, ese día trágico de septiembre cuando "a la Moneda llegan 23 hombres y 23 fusiles / pasan por la puerta principal / renuncie / ríndase" pronuncian para encontrar una rápida e inmediata respuesta por parte de un Presidente que siempre prefirió la muerte a una vida marcada por la injusticia y la opresión: "defiendo a Chile irrevocablemente / al precio de la vida".
Minuto a minuto sigue Marta Sosa la odisea de Salvador Allende, subrayando el momento mismo en que "LE DISPARAN: un balazo en el estómago / un balazo en el hombro derecho / todas las bocas de cada fusil se concentran sobre él / lo acribillan / era innecesario / pero tenían que sentir que lo mataban".
Nuestro escritor se suma con su poesía a aquellos que quedan en el palacio incendiado, en una Moneda destrozada, para sentar al presidente Allende en la silla presidencial, a la vez que le colocan la banda presidencial en el pecho y lo envuelven con la bandera nacional, porque a pesar de su muerte, Allende continúa comunicándose con su pueblo y con su gente, en medio de las grandes alamedas ensangrentadas: "a los que serán perseguidos ¡no importa! / Me seguirán oyendo / siempre estaré junto a ustedes".
Asesinato innecesario de un héroe que entendió que su muerte era necesaria, y que antes de que lo mataran decidió matarse por su propia mano, para dar a entender que tantas balas no tenían sentido ni finalidad en un cuerpo inerme y ya sin vida que había recibido, instantes antes, en el mentón, una ráfaga última y aleccionadora por parte de aquel Presidente de América que entendió a cabalidad que su causa, su existencia misma, no iba a quedar en manos de unos asesinos viles e inmisericordes, porque como bien lo expresa Marta Sosa: "¿qué otra manera tenía / para dejarnos con su vida?"
Y si de muertos que continúan viviendo en la memoria de los vivos se trata, Marta Sosa tiene palabras breves, emocionadas, para recordar al médico guerrillero, a Ernesto Guevara, al Ché, que ahora convertido en "osamenta vacía que contuvo por años / a veces los mejores / la casi totalidad de nuestra vida" regresa "de una tumba rechazada", sin ningún Rocinante que le sirva de cabalgadura para continuar en el camino con su adarga bajo el brazo.
Así regresa el Ché, "convertido en osamenta sin rigor", sin el costillar del caballo amigo entre sus piernas, reducido a puros huesos sin brillo y sin juventud, "con una chamarra que huele a desprecio irremediable" para seguir, sin embargo, "incendiando no se sabe qué reclamos / que la memoria nos había reservado sin olvido".
Marta Sosa ama la rebeldía; la ejerce y la concreta en forma de poesía que le dedica a James Dean, ese héroe del escritor que proviene de dimensiones distintas a la política partidista y a la reflexión ideológica que tanto apasionaron al escritor en sus años de combatiente por una justicia social que debía nacer del amor. El poeta sigue a su héroe de la pantalla grande por una estrecha calle de Broadway que "tiene la piel aceitosa del agua de lluvia"; lo observa caminar, protegerse del frío y de la llovizna; mirar a los lados en medio de ausencias y silencios que sólo se alteran por la caída de un agua pertinaz que moja, indolente, el pelo, los ojos, el infaltable cigarro de un galán que avanza apesumbrado en medio de sombras que avanzan distintas pero acompasadas.
Al paso del actor, del galán de Al Este del Paraíso y de tantos otros éxitos cinematográficos que desacomodaron a una generación, Marta Sosa se pregunta: "tu rebeldía no sin causa / qué puede hacer en esta situación / alejado de todo, dejando atrás / el Actor"s Studio / aniquilado por las obligaciones del contrato (.) tú niño inquieto y ávido de cariño".
Ahí va el divo James Dean al encuentro con su propia muerte, mimado y consentido por muchachas que se mueren de amor por el actor, invitándolo ".a sus camas, a los bares oscuros / a las esquinas despobladas / con vidrios rotos de cerveza", y envidiado por muchachos que "miran con tu mirada / como tú / colocan las manos / en idénticas hebillas de cintura". Va dejando todo atrás, se sienta al volante de un Porsche Spyder que a toda velocidad se lanza por caminos de música, agua y cerveza, para estrellarse en choque frontal "donde se detuvo cada una de todas tus partículas / se detuvo cada una desgarradas por la muerte".
Circunstancias de muerte acompañan a los héroes de un poeta que no la teme pero tampoco la reverencia y que, en el caso de James Dean, la traduce en millones de cartas de muchachas y muchachos que llegan a unos buzones inexistentes para no ser contestadas jamás, y que quedarán "como el Porsche Spyder arruinado, silencioso / destrozado sin un grito". Misivas y más misivas arriban sin esperanzas de ser respondidas, mientras el rebelde con causa se sienta en la eternidad, "en aquella mecedora / la cara oculta en el sombrero / de ese sol inaguantable / sobre la baranda / los pies calzados con sus botas / cruza las manos en la cintura / duermes".
Marta Sosa también le rinde sentido homenaje al Tarzán de sus días juveniles, interpretado, en ese entonces, por Johnny Weismüller, con quien compartía, en secreto, las fugas de su casa en aquellos momentos de aventura en que concurría al ".matinée del Sarría". El poeta rememora la fortaleza de aquel Tarzán, contraponiéndola al de hoy, al enfermo que ya no profiere gritos en la selva africana sino que emite alaridos de dolor, tendido en la sala de un hospital público americano. En vista de las circunstancias, de la cercanía de un final inexorable y, a todas luces, inevitable, el poeta se permite hacerle un par de confidencias a Tarzán, a ese Johnny que llenó de placer sus mejores fantasías: "a Chita, mona servil y fea, nunca la pasé; / pero Jane fue mi primero y secreto amor, indefensa / como una flor de lluvia".
En medio de sus añoranzas, "sin saber de Jane su rostro verdadero ni su nombre ya borrado", Marta Sosa le transmite a Tarzán su admiración genuina y verdadera "cuando trasquilabas a aquellos traficantes / de los poderosos y bellos animales de la selva / (¿prócer de la ecología?): / porque toda ganancia era lícita si derivaba del trabajo".
Y si de ecología se trata, no puede sustraerse el poeta a todo el poder que se desprende de la carta que el Jefe Indio Seatle envió como respuesta a la misiva de Franklin Pierce, a la sazón Presidente de los Estados Unidos de América, quien le proponía comprarle los anchos territorios donde habitaba su tribu: "somos parte de la tierra / y ella es parte de nosotros / a las flores perfumadas pertenecemos y ellas nos pertenecen / el venado grácil, el veloz caballo, el gran águila / son nuestros hermanos".
Carta de Seatle que se transforma en bofetada moral infligida en el rostro del presidente Pierce y de su gabinete, cuando el jefe indio prosigue: "para Uds. la tierra no es hermana / sino enemiga / y conquistan cada uno de sus pedazos / hasta darle muerte / para seguir adelante con la misma labor / años y años".
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