Ella es maestra de un grupo de campesinos que se reúne en su casa por las tardes, después de las demoledoras faenas agrícolas, e intenta llegar al Cruce de Santana, a tomar el ómnibus que la conducirá hasta la escuela donde otros maestros imparten seminarios al personal docente. Tiene 24 años y siempre ha vivido entre maniguazos y bestezuelas, pero ignora que en las crecidas los ríos suelen remolcar los improvisados puentes del hombre, por eso intenta cruzar por el sitio equivocado, donde estaban los gruesos troncos, y sólo halla el vacío, la turbulencia que ahora la arrastra como si fuera la endeble rama de un almendro.
El ser humano es empecinado y se aferra con todas sus fuerzas a las muchas o pocas tablas de la vida. A la deriva, como en la manoseada narración de Horacio Quiroga, la mujer tiene un sueño o cree ver una imagen. Desde su delirio escucha una voz y clama a la deidad que conoce a través de una lámina oculta por su madre: la Virgen de la Caridad, la Santa Patrona de Cuba.
Al llegar a un recodo, las aguas la empujan hacia la orilla, su cuerpo se enreda con los gajos de la belicosa espadaña, porfía con los salvajes aguijones y finalmente logra franquear la ladera donde permanecerá, abatida y llorosa, quién sabe cuánto tiempo.
Después será el regreso, casi cuatro kilómetros de sermones y lágrimas, el estupor del padre y los abuelos, y mi incredulidad ante la historia de aquel río des-bordado que no pude palpar en su vestido.
Como casi todos los infantes de mi barrio, en las jornadas sin escuela yo jugaba pelota, fútbol o a los bandidos en el «lado de Lucas», una considerable extensión de tierra, justo detrás de mi casa, que por razones de fónica economía terminó llamándose «laodeluca», y donde una vez presencié cómo unos individuos bien aneblados por los humos etílicos y montados a caballo, emprendían una atroz carga al machete contra otro que iba a pie e intentaba defenderse con todo lo que encontraba a mano.
Durante algunas jornadas de mímesis y ensueño fui miembro de una temeraria cuadrilla de malhechores que, bajo el espeluznante nombre de Banda de la Mano Negra (BMN), asolaba las aburridas noches de la periferia. Abel, Alcides, en ocasiones el Popo, tres negritos altruistas, y yo, solíamos parapetarnos en las lúgubres zanjas detrás de un mayal, que con el decursar del tiempo el vecindario arrancó para evitar las permanentes incursiones y zaqueos de los roedores, y aterrorizábamos a los lucífugos (a veces lujuriosos) paseantes guajirescos, irrumpiendo de pronto en medio del discreto tránsito, travesura que generalmente concluía con el aterrorizado repliegue de la pandilla o, en el peor de los casos, con un airado encontronazo con los asaltados.
La BMN tenía su comandancia en un rancho de tablas de palma ubicado al fondo del solar donde vivía Alcides, disponía de vestuarios fabricados a cuenta y riesgo propios (léase capas, botas y máscaras de diversos tamaños y colores hurtadas a nuestros progenitores) y almacenaba sus herramientas de asalto (palos y piedras) y los botines productos de las fechorías debajo de una cepa de plátanos seca que Abel se había incautado quién sabe dónde.
En el centro de operaciones yo tenía unos guantes blancos y un antifaz rojo y negro que había hecho con tela de un viejo suéter y una bandera "Héroes del Moncada", distinción otorgada a mi padre por su rudo trabajo como empleado agrícola, afortunadamente olvidada debajo de su colchón.
En el puesto de mando yo amontonaba pedazos de carbón vegetal con los que escribía sobre las puertas de los vecinos «La Banda de la Mano Negra los maldice», «Tienen 72 horas para abandonar el lugar o…», «¡Váyanse de aquïiiiiiiiiiiiiiií!» o, simplemente, ¡Ja,je,ji,jo,ju!, mensajes consensuados en largas y acaloradas reuniones dirigidas por Abel, el mayor de todos, el camarada nobletón que nos defendía, el fornido negro retinto que lanzaba más rápido en el barrio cuando jugábamos pelota "al duro" y que a fines de la adolescencia abandonaría los estudios para manejar una combinada cañera KTP-2, triunfalista artefacto soviético ensamblado en Cuba, que terminó amputándole un pie y convirtiéndole en un alcohólico sin remedio.
Recuerdo una familia de guajiros recién mudados para la zona, víctimas todavía de las ancestrales historias de muertos y aparecidos, de enigmáticas luces entre-vistas en la nocturnería de grillos y lechuzas, que estuvieron a punto de abandonar el poblado, porque una fantasmagórica banda los había amenazado con la muerte y a mis padres, también ignorantes de la conformación y acciones de la radiante tropa, explicándoles que no hicieran caso, que eso debía ser asunto de los muchachos que se dedicaban a tirarle piedras a la casa de zinc del solar de enfrente para divertirse con el escándalo de los moradores.
Nosotros, entusiastas lectores de Tom Sawyer y entendidos en las aventuras del Corsario Negro, decidimos poner fin a nuestras biografías de malhechores. Impunemente descubiertos por los infames Honorata de Van Gul y el Indio Joe, en nuestro escondite entre los arbustos del jardín, desde donde habíamos escuchado la conversación, acordamos posponer los atracos para cuando fuéramos mayores y no hubiera tantos corsarios en la zona.
El suburbio donde yo vivía estaba formado mayormente por domicilios de tabla de palma y guano, dos o tres casas "de placa": edificaciones como largos cajones de ladrillos y mampostería con portal, y contadas viviendas techadas con cinc o fibrocén, ubicadas a ambos lados de calles de tierra, en un reparto donde no había luz eléctrica que paradójicamente ostentaba el nombre de "Vista Alegre".
Debo subrayar que salvo la honrosa excepción de Alcides, quien vivía en la casa contigua y logró hacerse médico, en mi barrio nadie estudió. La mayoría de los muchachos terminó en la cárcel, asesinos unos, cuatreros otros, y, los que lograron salvarse, se diluyeron en oficios sin rostro. Las niñas, entre los 12 y los 14 años, abandonaban los estudios y se convertían en madres solteras; las mujeres, maltratadas por esposos mujeriegos o alcohólicos se suicidaban prendiéndose fuego y algunos hombres se ahorcaban o eran conducidos a callejones sin salida por sospechosas bebidas caseras con nombres tan curiosos, y a la vez tan denigrantes, como Espérame en el suelo, Salta pa´trás, Champán de hamaca, Kini-kini, Chispa´e tren, Michael Jackson, Buque fantasma, Hueso ´e tigre, Warfarina, Caguín, Tres escobas, Voy abajo, Escupe lejos, Peo ´e mulo, Clavo de línea, Coñoc, El hombre y la tierra, La analfabeta (nadie sabe cuántos grados tiene), Carta de callejón, etc, etc, etc.
No sé si un día lo olvide, hoy repaso una ceiba enorme que florecía, algodones, la tierra húmeda y un niño solitario que perseguía insectos sedosos entre la abundante guanina, para ofrendarlos a su gato blanco y negro (de Cheshire?). Al frente un algarrobo y una palma, un pozo: pretil de piedras lóbregas, a un costado la guásima para mecer mis tres o cuatro años de extrañeza y diálogo invisible.
Estoy sentado en una laja del patio, me rodean domésticas criaturas. Un puerco (porque en Caguairanal –zona rural distante a ocho kilómetros del poblado de Cacocum- no había cerdos, sino puercos, y a mucha honra) casi me extirpa el índice cuando le muestro unos granos de maíz en la diestra inocente. De mi casa de tablas de palma, yaguas, guano y piso de sacos de yute empatados gracias a la protectora aguja infinita de mi madre, provienen resonancias. Aún no puedo saber de qué se trata, pero es la música, compañía irreemplazable del futuro. Una onda secreta me envuelve y me empuja hasta el radio de pilas. Son las once de la mañana y el programa es "La guantanamera". Este es el recuerdo más antiguo que tengo de mi encuentro con la décima.
Siempre me preguntan por qué escogí la décima como instrumento expresivo y creo que si ausculto mi trayectoria vital y creativa concluyo en que muy pocas veces se me ha concedido la elección. No se trata de que la estrofa me eligiera, porque esas respuestas son siempre sospechosas. Desde que nací estuve tan cerca del ritmo sincopado de los cañaverales y los trenes de carga y, sobre todo, entre ruralescos seres del atardecer, que al regresar de las agobiantes faenas agrícolas solían recordar décimas aprendidas en remotos surcos y juglarías, que no encontré otro vehículo expresivo que no fuera el de la vibrante cadencia octosilábica contenida en la espinela. Ese fue, digamos, mi germinación poética. Luego necesité violentar las molduras, aventar el siseante impulso de la fogata hogareña y, para no desentonar con el contexto montuno donde yo viví, integrarme a la hilera de los noveles desmochadores de palmas consonánticas.
El río de mi infancia corre hacia el Infinito/entre las ceibas de la Creación, / y en su lento fluir /anuncia la plenitud con ardua resistencia… Una tarde lluviosa mi papá me trajo Robin Hood. En la cubierta había un hombre vestido de verde, si mal no recuerdo, con un arco en la mano. La flecha atravesaba la portada y se extendía más allá. No sé cuántas veces lo leí. A partir de entonces quise ser aquel hombre. Obligué a mi abuelo a que me hiciera un artefacto similar al de mi héroe. Era buenísimo y la flecha tenía un clavo en la punta. Con un suéter viejo cosí la caperuza. En cacocum tuve bosque de Sherwood, pero debí contentarme con sólo un alegre forajido en la banda. Ahora comprendo que mi vida ha sido lanzar flechas – como las eleáticas- que la mayoría de las veces no dan en el blanco.
Mi Padre nombra con serenidad las criaturas boreales:/ "estos son la Serpiente, el León y el Cordero". / A pesar del agua que la oculta,/junto a la luz está jaibit…A los ocho años, un día que no hubo clases, aunque debimos permanecer en el aula, escribí tres cosas de un tirón. Los ¿versos? a veces rimaban y a veces no. Alguien le mostró mis escrituras a la maestra y ella hizo que las leyera un viernes, frente a los niños de la escuela. Yo estaba aterrado y pensaba que todos se iban a reír de mí, sin embargo no lo hicieron. Quizás si alguno de aquellos seres diminutos hubiera desgranado un ji ji ji salvador me habría ahorrado tanto sufrimiento.
Lo increado desciende como un pacto, /río abajo del tiempo que el dios Tchetta destruye./ "La corriente es eterna" – escribo en las paredes de Duino o de Bierville- / y contemplo mi rostro sobre la piel del río. / Mi rostro Narciso deforme al amparo del dios… En la biblioteca de mi escuela – que estaba al lado del cementerio municipal- leí Tom Sawyer y los Cuentos de los Hermanos Grimm. Después escudriñé algunos libros de Julio Verne y Emilio Salgari hasta que tropecé con las novelas de mi mamá (Mi tío el empleado, Generales y doctores, La trampa, Juan Criollo, La conjura de la ciénaga, Gallego, Gobernadores del rocío, qué sé yo). Por esa época empecé El recurso del método, pero tuve que abandonarlo. Décima y folclor, del Indio Naborí, me consumía parte del tiempo. En aquel libro, que en realidad no me gustaba mucho, se explicaba qué cosa era la décima. Mi abuela y mi mamá, sin conocer la estrofa, la habían frecuentado. Ellas, y Naborí, son culpables de mis padecimientos octosilábicos crónicos.
Uno empieza siendo infiel/ a la casa donde vive. /A los cuartos, al aljibe,/ a los barcos de papel./ Uno olvida el carrusel/ que de niño conoció,/ dice que ya terminó/ pero cambia de juguete./ Uno es un torpe grumete/ a veces y a veces no… Tenía doce años cuando escribí mi primera espinela. Después no paré de llenar libretas forradas con nylon de estrofas en las que primero imitaba al Cucalambé, Fornaris, Milanés, Naborí, Adolfo Martí y después a Miguel Hernández, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Eliseo Diego, Alberto Serret… Ya era la década del 80 y, a través de los talleres literarios, en los que comencé a participar en 1984, conocí a muchos escritores holguineros y de otras provincias. Poco a poco supe que unos cuantos jóvenes intentaban renovar la estrofa de Espinel y me acerqué, tímidamente, al coro. Por esa época comencé a leer desaforadamente, a escribir sonetos y cuanta variante métrica se deslizara furtivamente ante mí. No había cumplido los veinte y ya tenía en mi haber once libretas de versos, intentos de cuentos, una obra de teatro, cerca de 300 sonetos, romances, coplas, octavas reales e italianas… Todo eso lo quemé unos meses antes de mudarnos para Holguín. Gracias a Dios. Hoy lamento que muchos de mis cuadernos publicados (la mayoría) no hayan corrido la misma suerte.
Naborí es uno de los poetas más grandes que he conocido. Yo sé que algunos jóvenes no piensan igual, pero ninguno ha escrito "Una parte consciente del crepúsculo". Las décimas a su padre y a su pequeño hijo muerto son terriblemente impresionantes, desgarradoras. Están junto a "La vuelta al bosque" y la "Elegía a doña Martina". Ese hombre le puso alma a la décima cubana. Sus textos llegaron temprano a mí y después fue su presencia física un sostenido aliento. Lo conocí personalmente en un evento en Pinar del Río. Yo presentaba unas décimas en un encuentro-debate y él me preguntó: ¿Muchacho, tú has leído a Lezama? Pensé que se insultaría o que me iba a regañar si respondía que no, que la obra del gordo de Trocadero no era habitual entre la línea del tren y la carretera de San Pedro de Cacocum y mentí públicamente. El se viró para su compañero de jurado. ¿No te lo dije, Adolfo? Yo respiré aliviado, pero el hecho de tener marcadas influencias del dichoso Lezama, según el jurado, no me permitió aspirar a algo más que una mención.
Por esos días era común encontrarse con Naborí en cualquier certamen al que concurriera la décima. Hoy me atrevo a decir que, aunque el autor de Con tus ojos míos era como mi padre poético, eso fue bueno y malo. De no ser porque el discurso de los jóvenes comenzó a imponerse, Naborí hubiera premiado a todo el que se apareciera con un cocuyo en la mano y un gran tabaco en la boca.
Claro, como te digo una co te digo la o, siempre conservaré sus libros, algunas fotos suyas, una larga entrevista telefónica que le hice para mi programa "Viajera peninsular", y, después que dejé de escuchar su voz agotada a través de los teléfonos insulares, no me dan deseos de volver a escribir décimas en serio.
En mi etapa de aprendizaje creo que el único metro que no intenté fue el hexámetro griego, porque ni Darío lo logró. Después hice algunos experimentos formales, como separaciones estróficas, combinaciones métricas, rimas poco usadas pero pronto comprendí que por ahí no andaba la cosa y los deseché. En alguno de mis cuadernos publicados estuvo ese afán transgresor, aunque me quedé un poco desilusionado. Las enseñanzas del Eclesiastés son contundentes: níhil novum sub sole.
Una verdadera renovación de las estrofas clásicas tendría que conjurar la forma para hacer estallar la idea. La solución quizás radica en retomar a la Sustancia difuminada por sucesivas evaporaciones y obligarla a descender al adoquinado atrio de la métrica. Esa tarea bien pudiera ser asumida por un arúspice o un auténtico vidente que, después de tres o cuatro décadas de haber pronunciado su voto de silencio, de permanecer en abstinencia, casi congelado bajo una palmera, entre arpas, violines y violonchelos, de pronto sacuda su estera meditativa y dos o tres versos resplandecientes se precipiten en alud por la montaña.
¿Y si un día descubro que no existe el Poema, / que en vano fue la búsqueda de ese alado misterio/ distante del Vacío donde tañí el salterio / humilde y quedé a solas con la ilusión suprema / de atrapar lo inasible? ¿Y si después de todo/ no existe la Sustancia prodigiosa que urdía/ en mis noches: la imagen sin tiempo, la baldía/ figuración? ¿Qué hago con mis horas de lodo/ poético, invertidas ingenuamente…?
Para ser coherente conmigo, aunque sé que lo publicado no podía ser de otra forma porque en cada momento escribí de acuerdo con mis posibilidades, si un día tengo fuerzas voy a seleccionar un grupito de cosas para ver si logro tranquilizarme, asunto verdaderamente laberíntico para mí porque nada me complace, y no es una pose. Yo soy un grafómano, alguien que encuentra el verdadero placer en el acto de escribir y no en la publicación. No me importa si castigo o no a los lectores, porque lo mío es desprenderme de lo que me acompaña. Aunque lo que haga en el momento no tenga calidad literaria eso me salva de cosas terribles, porque yo puedo ser muy peligroso para Ronel González.
Ahora me interesa apuntar algo: lo ideal para un poeta, algo así como un Vallejo, un Rilke o un Eliot sería preservar la obra durante años y publicarla solamente cuando no se pueda soportar su permanencia junto al autor, después de haberla comprendido, analizado y corregido cientos de veces. Eso, repito, es lo ideal. Pero sucede que no todo el mundo tiene ni está dispuesto a encerrarse en un castillo ni escribe Cuatro cuartetos.
Algunos autores que escriben poco critican a los que se enfrentan a la página en blanco con mayor frecuencia. Y hay de todo. Poetas que publican mucho y lo hacen mal, otros que lo hacen bien (pensemos en Octavio Paz o en Jorge Luis Borges, por ejemplo), creadores que lo hacen poco y trascienden y seres extremadamente vanidosos que apenas escriben, se pasan la vida hablando horrores de los demás pues consideran que su camino es el mejor, porque han leído que Cavafis no publicó nada, y al final lo hacen pésimamente (mutis). El asunto de la cantidad por supuesto que no define nada pero, por favor, vamos a dejarnos de mirar de reojo a los que escriben mucho (que en Cuba somos unos cuantos) y tratemos de propinarle un buen gancho al hígado (no a los testículos que según tengo entendido es golpe bajo) a la creación poética.
…¿Acaso/ tendré que resignarme y no temblar de absurdo/ miedo, por la indudable sentencia de lo inútil/ que ha sido mi existencia? ¿Será el Azar tan burdo,/tan Azar? ¿De qué modo vivir después del fútil/ descubrimiento? ¿Cómo librarme del fracaso?
Confieso sentir envidia por los escritores que dicen en las entrevistas que se divierten escribiendo. Muy pocas veces yo he conseguido eso porque el ejercicio de la literatura me resulta angustioso. Evidentemente soy un individuo con trastornos severos de personalidad, alguien que le da salida a sus obsesiones a través de la palabra escrita, pero ya no me preocupo demasiado por eso. Cuando escribo sufro y cuando no lo hago enloquezco. Tampoco soporto acumular cosas escritas, tengo que salir de ellas inmediatamente y la vía es entregarlas a una editorial. Si no las publican las rompo y escribo otras, las envío a concursos o las regalo. He escrito tanto que después que comencé a publicar, cuando un libro se ha demorado demasiado conmigo lo he destruido. He quemado siete libros, algunos aprobados en editoriales. Un amigo cercano lo sabe y me lo ha reprochado. Tampoco tengo paciencia para corregir o reescribir. Prefiero destruir y hacer cosas nuevas. Ah, y cuando un libro sale publicado lo acaricio durante unos días, pero no lo leo. Me parezco a los demás escritores en que me deprime descubrir erratas, aunque en mi caso no es asunto de muerte. Guardo el libro y me fajo con la escritura porque yo vivo en función de la creación. Todo lo que hago o descubro de alguna manera se convierte en materia literaria.
Desterrado de asombros fue escrito entre los 20 y los 23 años, aproximadamente. Titulado inicialmente "Palingenesia", por un largo poema final que tuve el cuidado de desaparecer, lo envié a la primera edición de Pinos Nuevos y fue seleccionado, pero esa colección era para autores inéditos y ya yo tenía cinco poemarios publicados. Logré dejar el cuaderno en Letras Cubanas e inauguró la colección Cemí, junto a un poemario de Sonia Díaz Corrales, cosa que me alegró muchísimo, pero que después me decepcionó cuando vi el título en la cubierta que parecía diseñada para un western.
Finalmente el libro se publicó en 1997 y eso me dio tiempo para trabajarlo, mientras escribía otros poemas. Llegó un momento en que lo dejé en 30 cuartillas y la editora me dijo que así no se podía publicar y entonces le añadí sonetos de mi libro inédito Consumación de la utopía (publicado en 1999 y en el 2005).
Desterrado… se demoró tanto en salir, que cuando se presentó en la Feria Internacional del Libro de La Habana ya su joven autor había publicado una docena de títulos y, por supuesto, había perdido el interés por su obra.
Sin embargo, ese poemario me trajo mucha alegría por las frases cariñosas que me dijeron algunos amigos y porque realmente después de su escritura y publicación yo comprendí que no era el mismo.
Hoy no me avergüenza confesar que hasta ese momento yo era un suicida en potencia (quizás lo sigo siendo, pero de otro modo) y que en mi poesía de esos años subyacen aquellos secretos impulsos. Me apasionaban los poetas suicidas y, aunque más de una vez estuve a punto de saltar al vacío porque las circunstancias que yo vivía y mi permanente cuestionamiento existencial me movían a ello, mi obsesión escritural me alejó, creo que definitivamente, de esa luctuosa atracción.
En ese libro hay poemas intensos, quizás porque entonces yo estaba en el límite y todo lo que vivía lo hacía con mucho ímpetu, como si constantemente me fuera a dormir con los pequeños. Incluso me parece que jamás volví a rozar esa intensidad. Mi obra se hizo más densa, a veces rayana en el hermetismo (me refiero a mi poesía en verso libre e inédita). A medida que me aproximaba a la madurez, al menos biológica, mis preocupaciones eran otras. Ahora me interesaba buscar a toda costa esa zona misteriosa que a veces devela la poesía. Al final no sé si fue que evolucioné –y decir esto me sobrecoge- o que me quedaban muy pocas cosas por escribir. De hecho, al año siguiente, me dio por hacer una selección poética, que tampoco me complació, donde quise sanear mis agresiones literarias, pero la reducida tirada, el amontonamiento de los textos, la imposibilidad de revisar las pruebas y, sobre todo, mi decepción, también me hizo desechar Zona franca, un tomito que muy pocas personas conocieron, pese a las buenas intenciones de la Asociación Hermanos Saiz.
La furiosa eternidad fue otro de mis intentos profilácticos. Desde los 80 yo era conocido –gracias a los talleres literarios- entre los decimistas cubanos, por haber participado en diversos eventos y concursos y por publicar unas cuantas espinelas. Había obtenido cuatro Premios de la Ciudad de Holguín en décima, un Premio Nacional de los Talleres Literarios y el Premio Cucalambé, sin embargo ninguna editorial nacional había publicado un cuaderno de décimas mío. Fue en Las Tunas donde Alex Pausides, entonces editor de Unión, me pidió un libro y le entregué La furiosa eternidad, selección de lo que había escrito hasta 1995. El Indio Naborí me escribió una nota para la contracubierta y Virgilio López Lemus hizo el prólogo.
Aunque hoy creo que faltan algunas décimas en ese volumen y que sobran otras, La furiosa… recoge los textos de una primera etapa, digamos pública, de mi creación y, aunque el prologuista no mencionó la angustia de esos textos, son poemas en su mayoría autodestructivos. Un poeta que comienza diciendo que la vida es un cine cerrado ¡y de qué manera! y concluye con una desesperada letanía, bastante autoconmiserativa y patética, alusión a su propia muerte, que deja implícitos sus más hondos conflictos personales con sus seres queridos, con el lugar donde vive, con la isla; que le canta a la melancolía, a la tristeza, a la traición, que constantemente se está desgarrando…no puede ser un individuo pleno, un ente sinflictivo. No obstante, Naborí percibió la tormenta y lo dijo. Otras personas también lo sintieron.
La furiosa eternidad incluye, en menor medida, mi desamparo y mi intensidad de entonces. Quizás no esté a la altura de Desterrado de asombros, pero es que se trata de una estrofa muy particular.
Aunque no lo haya logrado del todo, con ese libro publicado por la editorial de la UNEAC quise dejar por sentado una actitud: mi enfrentamiento permanente a la pacatería que tienen muchos poetas con la décima. Vamos a ver si toda la poesía que hoy se escribe en verso libre (que la mayoría de las veces emplea la métrica aunque sus autores lo ignoran), que se autodefine como postmoderna, experimental, etc. le dirá algo a los lectores del futuro. Al menos yo tengo la esperanza de que una buena parte de la creación cubana en décimas de esta época sea recordada.
Terminé de escribir Consumación de la utopía en 1998 y lo entregué a Unión en el 2000, pero la publicación en ese año de La furiosa eternidad impidió que el sonetario se conociera antes, porque son –según me dijeron- características de esa editorial.
El libro tuvo una edición inicial en los Estados Unidos (1999) gracias al Frente de Afirmación Hispanista de México y fue prologado por el poeta Francisco Henríquez. La cubierta y una parte de la impresión de los sonetos quedaron bastante bien, a pesar de las palabras mayúsculas que interrumpen la lectura y el desorden de los poemas para agruparlos de acuerdo con ciertos intereses "cósmicos" de la editorial. Después se publicó en el 2005 en La Habana, con prólogo de la Doctora María Dolores Ortiz.
De la forma en que nació Consumación… puede sugerir una nueva antología de mi obra poética y de cierto modo lo es, porque en él reúno gran parte de los sonetos que escribí, pero fue un poemario que se armó solo, a la par de otros. Incluye cinco o seis textos que no me disgustan, otros que pudieran haberse mejorado, pero ya dije que no me agrada mucho la idea de reescribir. Mi gran utopía era lograr decir cosas a través del soneto, que es la forma clásica por excelencia, y creo que están ahí, en parte.
No sé si este es mi mejor libro, tal vez sí. Pienso que los "Sonetos del clarividente" no son malos, aunque ahora me disgusta tanta confesión y lamentación, en la sección "Poética" hay algo, me parece, y los sonetos amatorios no son terribles, pero eso hay que dejarlo para después.
No soy un escritor para niños y jóvenes porque no tengo claro quién es el destinatario de esos libros. No creo en la existencia de un género conocido como literatura para niños o literatura infantil. Entre mis lecturas favoritas hay obras escritas por Mark Twain, Exupéry, Michael Ende, Astrid Lindgren, etc., que otros escritores no se atreven a mencionar cuando los periodistas les piden que seleccionen sus diez o veinte libros predilectos.
Cuando escribí El Arca de No Sé muchas cosas las hice pensando en los adultos y en mí, por supuesto. A pesar de eso a algunos niños les han funcionado y tengo experiencias y anécdotas preciosas, pero todos esos textos son un complemento de lo otro, con distinto lenguaje tal vez. Algunos de esos poemas son importantes dentro de mi obra y ayudan a armar mi biografía.
Mi interés por la investigación literaria viene desde mi adolescencia. Siempre quise ahondar en la historia de las estrofas que escribo y, por esa razón, me dediqué a hacer una especie de poética de eso. Es difícil penetrar, desde la provincia, en temas trascendentes para la cultura nacional y muchas veces no me ha quedado más remedio que escribir historias poéticas de mi terruño, pero he intentado rebasar, con mis limitaciones, esas fronteras.
Participé en una investigación acerca de la poesía en Holguín, desde sus orígenes hasta 1930, después hice una primera historia de la décima escrita en el territorio y posteriormente intenté develar la creación en décimas de los poetas origenistas. Esos trabajos, premiados en concursos, me han permitido conocer y conocerme mejor, comprender fenómenos, repensar la creación poética.
Escribir acerca de las décimas de Lezama, por ejemplo, fue una experiencia única. Hoy creo que la obra del autor de Paradiso no sólo es excepcional, sino que sus singulares décimas –aunque muchos decimistas no opinen igual- son altamente significativas dentro de la historia de esta estrofa, por las transgresiones formales y conceptuales, la originalidad de su autor y porque considero estas décimas como un aporte a la cultura iberoamericana. Lezama hizo, sencillamente, algo distinto y eso lo vuelve una fortaleza, un paradigma.
Lo del Diccionario de autores de la décima cubana ha sido una jubilosa tortura que no se ha concretado en letra impresa, pero que existe en una multimedia que hice en el 2005 y que estará engavetada mientras las instituciones culturales holguineras no hagan nada por promoverla, a pesar de ser un resultado investigativo de la Casa de Iberoamérica y de haber sido prologada por Naborí.
También he preparado algunas antologías poéticas, algunas cronologías, alguna bibliografía y he escrito acerca de algunos poetas cubanos. Pero no pretendo dedicarme completamente a eso. También la investigación tiene sus riesgos. No quisiera convertirme en un académico ni en un alto (o bajo) parlante de salones y corredores universitarios.
Después de La furiosa eternidad (2000), donde reuní lo más representativo de mis décimas escritas hasta los 25 años, Atormentado de sentido; para una hermenéutica de la metadécima (Editorial Sanlope, 2007) involucra estrofas concebidas entre 1996 y el 2006, es un nuevo instante en mi producción poética, una apertura y una fuga. Es decir, un gran empeño intelectivo –sobre todo a partir de la mitad hasta el final del libro- que debe significar un irrepetible conato expresivo en mi obra.
No me considero ensayista, pero sí un voluntarioso emisor de criterios acerca de la décima, por lo que la fusión terminológica propia del ensayo con la praxis estrófica me incitó a concretar un volumen viaducto, una especie de arcaduz discursivo, de vaso comunicante eficaz para insistir en un metalenguaje decimístico que genera su propia elucidación.
Mi obsesión por demoler las fronteras entre la creatura erigida en versos blancos y la entidad espinela (impuestas por presuntuosos autores de amorfos poematismos no por los cultores de la décima como han pretendido algunos desinformados), por acceder a un penetrante receptáculo ideológico que equipare la estanza con lúcidos ámbitos de la poesía nacional, mi intención de que sea efectiva e irrebatible la noción décima- símbolo de la nación cubana, todo eso pretende armonizar este libro bisagra respecto a mis anteriores fragmentos radiactivos. Un decimario global que por un lado imanta la confesión lírica, patética si se quiere, de una tradición donde El Cucalambé, Navarro Luna y Naborí son los ejemplos más insignes, coherente con mi travesía biológica y creacional, y que por otra parte moviliza exploraciones generacionales, individuales o francamente epistemológicas, es este volumen: deferencia y discordia intelectual y cosmovisiva.
Autora:
Lic. Ana Li Pérez Pérez
Biblioteca Provincial de Holguín "Alex Urquiola"
Holguín, Cuba
2009
Ronel González Sánchez
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