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4. Tiempo prestado
Durante varios meses conseguimos llevar una doble vida. La Beje era el centro de una red clandestina cuya actividad se extendía ya hasta los más remotos rincones de Holanda. Era demasiado vasta y estaba demasiado extendida. Creíamos que nuestro deber era continuar, pero sabíamos que el desastre era inminente.
Cierta vez, ya entrada la tarde, Rolf, agente de
policía de Haarlem, penetró en la tienda:
—Van a allanar una casa de Lunteren. ¿ Tienen
ustedes alguien que pueda ir a avisarles?
En ese momento no había en la Beje un solo correo
o escolta experimentado.
—Yo iré —declaró Hans Polij.
—Pues entonces, apresúrate —le pidió
Rolf.
Y dando a Hans los detalles necesarios, se fue a toda prisa. Hans
emprendió el viaje a Lunteren, pero jamás
volvió. Poco después se enteró Rolf de que
la Gestapo lo había arrestado.
"Hay que encararse a la realidad, Corrie", meditó
Rolf. "La Gestapo le sacará informes a
Hans. ¿ Cuánto tiempo crees que
podrá morderse la lengua?"
Esa noche mi padre, Betsie y yo oramos largo rato después
de que los demás subieron a acostarse. Sentíamos
que no nos quedaba otra alternativa que seguir adelante. Era la
hora del mal: no podríamos huir de él. Encontramos
consuelo en el texto del
salmo bíblico: "Tú eres, Señor, mi auxilio y
mi amparo, y en tu
palabra tengo puesta toda mi esperanza".
Irrupción
Estaba yo en cama con gripe cuando, de pronto, en el sueño
de la fiebre, oí un zumbador que sonaba insistentemente,
pisadas presurosas, voces que susurraban:
"¡Aprisa, aprisa!"
Me incorporé bruscamente. Mediaba la mañana del 28
de febrero de 1944 y varias personas pasaron corriendo junto a mi
cama. Vi los talones de Thea al desaparecer por la abertura que
daba acceso al cuarto secreto. Tres más de nuestros
huéspedes pasaron a mi lado con la cara
desencajada.
Por fin mi entorpecido cerebro comprendió que había llegado la temida crisis (más tarde nos enteramos que un traidor en el grupo de Pickwick nos había denunciado). Cuatro personas habían entrado ya en el cuarto secreto, pero, ¿ dónde estaba Mary? Apareció a la puerta del dormitorio, sin aliento, y precipitadamente cruzó la habitación. En seguida entró un hombre delgado y de cabellos blancos; recordé haberlo visto en casa de Pickwick: era un prominente colaborador de la Resistencia. Pasó tras de Mary. Cinco, seis. Sí, Leendert estaba fuera desempeñando una tarea, así que no faltaba nadie.
Corrí el tablero y salté nuevamente a la cama. En el piso bajo se oían portazos y fuertes pisadas en la escalera. Luego la puerta se abrió con violencia. Un hombre alto, corpulento, pálido, vestido con un traje azul, gritó escaleras abajo:
"Aquí tenemos otra más". Y en seguida me
ordenó: "j Levántese! ¡Vístase!"
Me puse un vestido sobre el pijama, aguzando el oído,
temerosa de oír algún ruido en el
cuarto secreto.
"¡Apresúrese!" ladró el de la
Gestapo mientras examinaba mis documentos. Pero
si él tenía prisa, yo la tenía mayor de que
saliéramos de mi habitación. Bajé tropezando
la escalera. En el comedor, mi padre, Betsie y varios de la
Resistencia
estaban sentados en sendas sillas arrimadas a la pared.
Había otro agente de la Gestapo vestido de civil y por lo
menos dos soldados. En el suelo, roto en
pedazos, yacía el letrero de "Alpina". Gracias a Dios
alguien había tenido tiempo de derribarlo del
alféizar.
—Aquí está la otra registrada en este
domicilio —dijo Kapteyn, el hombre que
me había hecho bajar—. Es la cabeza del grupo—.
Me metió en el taller de un empellón y me
empujó contra la pared—. ¿ Dónde
están los judíos?
—Aquí no hay judíos.
Me propinó un terrible bofetón.
-¿ Dónde escondes las cartillas de racionamiento?
¿ Dónde está el cuarto secreto?
—No se de qué...
Me volvió a pegar, y después otra y otra
vez: golpes terribles que me sacudían la cabeza hacia
atrás con violencia.
Sentí sabor de sangre. La cabeza
me daba vueltas, me zumbaban los oídos.
—¡Jesús mío! —clamé—
¡Protégeme!
Kapteyn detuvo su mano.
—Si vuelves a repetir ese nombre, ¡ te mato!
—pero bajó el brazo— Si tú no hablas,
lo hará la flaca.
Tambaleándome lo precedí al comedor. Como a
través de una niebla vi que hacía salir a
Betsie.
Encima de nosotros, repetidos golpes de martillo y el crujir de
madera que se
rompía nos revelaban que un grupo de gente avezada en el
registro
buscaba el cuarto secreto. Abajo, en el callejón,
sonó el timbre de la puerta. Pero, ¿ acaso no
veían que habíamos quitado el letrero de Alpina?
Volví los ojos a la ventana. Y allí estaba el
aviso, los pedazos cuidadosamente pegados uno con
otro.
Levanté la mirada y me encontré con que el
otro agente de la Gestapo, Willemse, tenía la vista fija
en mi.
—Me lo imaginé —declaró—. Era una
señal, ¿ no es así?
El martilleo cesó y Willemse fue a abrir la puerta del
callejón. Yo sólo acertaba a mirar con angustia el
letrero colocado en la ventana, según el cual todo en la
Beje marchaba como de costumbre. El aviso se había
convertido en una trampa.
Kapteyn apareció con Betsie a la puerta del
comedor. Mi hermana tenía los labios hinchados y un
cardenal le oscurecía la mejilla. Se dejó caer en
la silla contigua a la mía.
—¡Oh, Betsie! ¡Te lastimaron!
—Sí. Ese hombre me inspira una gran pena.
"¡Las prisioneras, cállense!" aulló Kapteyn con el blanco rostro más pálido que de costumbre. El timbre de la puerta volvió a sonar. El recién llegado apenas había tomado asiento en la silla que le indicaron, cuando la campanilla volvió a sonar ótra vez. En poco tiempo el comedor se llenó de gente arrestada. Pero finalmente dejaron de llegar. Alguien habría comprendido que las cosas andaban mal y seguramente dio la alarma.
Un hombre apareció a la puerta.
—Si aquí hay un cuarto secreto
—declaró—, debe haberlo construido el mismo
diablo.
Willemse miró a mi padre, a Betsie y a
mí.
—Aquí hay un cuarto secreto
—insistió con calma—. Muy bien, pondremos
guardia alrededor de la casa hasta que se conviertan en momias
los que están allí.
En el horrorizado silencio que siguió, Willemse nos
ordenó bruscamente que nos pusiéramos en pie y que
nos dirigiéramos a la puerta con nuestros abrigos y
sombreros.
Noticias de casa
Después de pasar la noche en la comisaría de
policía de Haarlem, a los arrestados en la Beje, junto con
otros prisioneros, nos llevaron en autobús a La Haya. Me
quedé helada al ver a nuestro viejo amigo Pickwick subir
al autobús empujado por dos soldados. Su calva cabeza era
una masa de contusiones; tenía los pelos de la barba
cubiertos de sangre seca. No
nos miró, y al llegar a nuestro destino se lo llevaron a
otro lado. En una gran sala del cuartel de la Gestapo
empezó la interminable rutina de tomar nombres, domicilios
y ocupaciones.
—¡Eh, tú, viejo! —llamó en voz
alta el interrogador en jefe— Quisiera mandarte a tu casa.
Sólo dame tu palabra de que no nos traerás
más dificultades.
Vi la figura de mi padre, muy erguida, con su aureola de
cabellos blancos.
—Si me voy a casa ahora —contestó
claramente—, mañana mismo le abriré mí
puerta al necesitado que llame a ella.
—¡Vuelve a la fila! —gritó el hombre de
la Gestapo— ¡ Pronto!
Era ya entrada la noche cuando nos llevaron en camión, por
calles agujereadas por las bombas, hasta el
suburbio de Scheveningen, donde las pesadas puertas de la antigua
penitenciaría, ahora utilizada por los alemanes, se
cerraron con estrépito a nuestras espaldas. Otra larga
espera, de pie, con la cara pegada al muro. Y luego: "Las
prisioneras, ¡ síganme!" Miré vivamente a mi
alrededor. Allí estaba papá, cerca de la pared,
sentado en una silla que debió de ofrecerle un
guardián.
—¡ Papá! —grité
desesperada— ¡Que Dios te acompañe!
Volvió hacia mí la cabeza. La dura
luz de las
bombillas del techo relampagueó en sus gafas.
—Y a ustedes, hijas mías.
A Betsie y a mí nos encerraron en celdas
separadas. Al cabo de dos
semanas me pasaron a una celda solitaria. Con el trascurso de las
semanas se adueñó de nosotros un terrible tedio
penitenciario. Pero el 20 de abril, en que los guardias nos
dejaron para ir a festejar el cumpleaños de Hitler, pudimos
comunicarnos a gritos de celda a celda. Grité nombres
hasta quedarme ronca, oí que los repetían a lo
largo del interminable y húmedo corredor; finalmente,
algunos de ellos empezaron a volver a mí. "Betsie ten Boom
está en la celda 312. Quiere que te digamos que Dios es
misericordioso".
¡ Ah! ¡ Era Betsie! ¡ No podía
ser más que ella! Y el corazón me
saltó en el pecho al descubrir que todos los demás
atrapados en la irrupción en la Beje, al parecer
habían sido puestos en libertad. Del
unico del que no tenía noticia era de mi padre.
Sin embargo, el 3 de mayo el postigo de mi puerta, por donde me
pasaban los alimentos, se
abrió y se cerró con estrépito. Y en el
suelo vi una
carta de mi
hermana Nollie. Temblaba al abrirla.
"Corrie, ¿ podrás armarte de valor?
¿ De mucho valor? Tengo
penosas noticias que comunicarte. Papá sobrevivió a
su arresto diez días, pero no más. Ya descansa en
el seno del Señor".
Me quedé en pie mucho tiempo, con el papel en la mano. Nollie no daba pormenores.. Sólo mucho más tarde supe que mi padre había enfermado en la celda y que había muerto en el corredor de un hospital. Como se extravió su expediente y cualquier otro testimonio de su identidad, lo habían enterrado en el cementerio destinado a los indigentes.
También recibí de Nollie un paquete con un suéter, pijama, bizcochos, una botellita de aceite vitaminado, jabón, aguja e hilo y una toalla de color rojo vivo. (Más adelante logró incluso enviarme de contrabando una pequeña Biblia metida en una bolsita que se podía colgar al cuello.) La escritura de mi hermana, en la envoltura del paquete, parecía inclinarse hacía arriba (cosa extraña en ella), apuntando al sello de correo. Después de humedecer el papel y de quitar cuidadosamente el sello, descubrí debajo de él unas palabras escritas a lápiz en diminutos caracteres: "Todos los relojes de tu armario están a salvo".
¡ A salvo! Esto significaba que Meyer, Henk, Harry y todos los demás habían logrado salir del cuarto secreto y burlar la vigilancia de los soldados. ¡ Estaban libres!
Rompí a llorar entre sollozos.
Viacrucis sobre rieles
A fines de junio, a medida que se extendían por Europa los
rumores de que la invasión de los aliados progresaba,
muchos prisioneros de Scheveningen fueron trasladados a Vught,
campo de concentración situado en la región rural
del sur de Holanda. Tras de pasar muchos meses incomunicada me
sentía diaria e infinitamente agradecida de convivir de
nuevo con otros seres humanos. Me parecía que, teniendo a
Betsie a mi lado, podría soportar cualquier prueba.
Durante los largos días que pasábamos tras las
alambradas de púas de Vught, trabajábamos: mi tarea
consistía en montar piezas de radio para
aviones de caza. Pero por las noches, en la barraca, Betsie y yo
leíamos la Biblia de Nollie o celebrábamos en
secreto ejercicios espirituales para los que podían
congregarse en torno de nuestra
litera.
A fines de agosto, según los rumores, las tropas aliadas avanzaban rápidamente a través de Francia hacia las fronteras alemana y belga, y los guardias de nuestro campo se mostraban visiblemente inquietos. Cierta mañana, a principios de septiembre, nos hicieron marchar por un camino de tierra hasta un ramal del ferrocarril, donde una hilera de furgones se perdía de vista en ambas direcciones. A lo largo de la vía se alineaba casi un millar de mujeres, y más allá subían, obligados, a los vagones los hombres que, rapados, componían la sección masculina del campo.
Betsie jadeaba de manera extraña al término de nuestra marcha de kilómetro y medio. Enferma de anemia perniciosa desde la cuna y delicada del pecho toda su vida, la prisión le había restado más vigor todavía. Tuve que subirla casi en vilo al vagón que nos asignaron. A bordo, nos arrinconaron en el extremo del estrecho vehículo. En el rincón había docenas de delgadas hogazas de pan negro, amontonadas unas sobre otras: nos esperaba, pues, un largo viaje. No cabían en el vagón más de 30 o 40 personas, y sin embargo los guardias seguían metiendo mujeres por uno y otro lado; las empujaban con el fusil y les lanzaban maldiciones. Hasta que consiguieron hacer subir a 80 prisioneras, no se corrió y cerró la pesada puerta. Muchas de las mujeres, que sollozaban, se desmayaron, si bien en aquella apretura quedaron de pie. Por fin establecimos un sistema por el cual, medio sentadas, medio recostadas, y abrazándonos unas a otras con las piernas, como la tripulación de un trineo olímpico, pudimos bajar hasta el nivel del piso. Pero aquello era un manicomio.
Durante tres increíbles días con sus noches, entre detenciones, arranques y avances lentísimos, el tren nos trasportó en dirección oriente. Por fin, la mañana del cuarto día, el tren se detuvo, la puerta se abrió y nos apeamos casi a rastras. Los vagones que conducían a los hombres habían desaparecido. Frente a nosotras se extendía un sonriente lago azul y al lado opuesto, entre rojos ciclamoros, se levantaba el blanco campanario de una iglesia. Con labios hinchados y agrietados bebimos grandes cantidades de agua del lago. Después, sosteniéndonos difícilmente en pie, anduvimos en desordenadas columnas ante unos habitantes de la localidad. La avistamos desde la cima de una colina: semejante a una vasta cicatriz en el verde paisaje alemán, se extendía una ciudad de barracas bajas, de color de hollín, rodeadas por muros de hormigón coronados de alambre electrificado y torres de vigilancia. En el centro, una chimenea cuadrada y gris dejaba escapar un tenue vapor oscuro que se perdía en el cielo azul. Como una maldición apenas susurrada se fue corriendo la voz: "jRavensbruck! Era el campo de exterminio para mujeres, de negra fama.
Puertas adentro había una fila de llaves de agua. Nos lanzamos sobre ellas alargando brazos, manos, piernas, metiendo la cabeza bajo los chorros de agua helada para limpiarnos la suciedad y el hedor de los furgones. Las guardianas se precipitaron a golpearnos con sus fuetes, cortos y duros, hasta apartarnos de los grifos, y nos alejaron de allí. Pasamos dos días y dos noches a la intemperie, sobre el piso de ceniza endurecida del patio de revista. Llovió, y la segunda noche, con la tierra y las mantas todavía mojadas, Betsie empezó a toser. La envolví en el suéter azul que me envió Nollie y le di unas gotas de aceite vitaminado pero a la mañana siguiente mi hermana sufría dolorosos retorcijones. Una y otra vez debió suplicar a la impaciente celadora que le diera permiso para ir a la zanja que hacía las veces de letrina.
La tercera noche nos llevaron la oficina de registro de las nuevas internadas. Cada mujer, al llegar hasta una mesa donde se sentaban las oficiales, debía echar su manta, su funda de almohada y cuanto llevara consigo, en un montón cada vez más alto. Pocos escritorios más adelante debía quitarse la ropa y después, bajo el escrutinio de una docena de soldados de las SS, pasar desnuda a la sala de duchas. Al salir, vestía únicamente una delgada bata carcelaria y zapatos.
¡ Pero Betsie necesitaba el suéter! ¡ Y las vitaminas! Y ella y yo teníamos necesidad de la Biblia, que yo llevaba colgada al cuello, escondida bajo mi ropa de trabajo. ¿ Cómo podría pasar tales cosas ante tantos ojos vigilantes?
Apreté en el puño la botella de vitaminas antes de arrojar las otras cosas en la pila y, mentalmente, oré: "Dios mío, Tú nos diste este libro precioso, Tú lo has mantenido oculto durante registros e inspecciones, Tú has..."
Sentí que Betsie se tambaleaba contra mí,
pálido el semblante, los labios apretados. Supliqué
a un guardia que pasaba que nos indicara el excusado. Él
hizo un brusco movimiento de
cabeza en dirección de la sala de duchas.
Tímidamente, Betsie y yo nos salimos de la fila y nos
encaminamos hacia la gran sala, olorosa a humedad, que en ese
momento estaba vacía, aguardando al siguiente grupo de
mujeres desnudas y tiritando.
—Por favor —le dije al soldado de las SS que
custodiaba la puerta—. ¿ Los excusados?
—¡Usen el desagüe! —repuso, cortante; y
nosotras entramos en la sala, a la cual, minutos más
tarde, volveríamos desnudas.
Dentro, junto a la puerta, se apilaban las prendas que deberíamos ponernos después de la ducha: vestidos ordinarios en cuya espalda habían cortado una gran X remplazándola con tela de otro color. Y en seguida vimos algo más: amontonados en un rincón una pila de viejos bancos de madera. Viscosos de moho, me parecieron, sin embargo, un regalo del cielo.
"Quítate el suéter!" pedí a Betsie siseando. Envolví en él la Biblia y el frasco de vitaminas y luego oculté el precioso envoltorio detrás de los bancos.
De manera que cuando, diez minutos más tarde, nos hicieron entrar de nuevo en la sala, no éramos pobres sino ricas: ricas por aquella nueva prueba de que nos hallábamos al cuidado de Dios, que también estaba allí, en Ravensbrück.
La barraca de castigo en Ravensbrück estaba al lado de la nuestra. De allí nos llegaban los ruidos del infierno mismo: golpes infligidos con ritmo regular, gritos de dolor que seguían el ritmo de los golpes. Por la mañana, durante la interminable ceremonia de pasar lista, teníamos que estar en pie, con las manos temblando a los costados, ansiando cubrirnos con ellas las orejas.
Pero a medida que el resto del mundo resultaba cada vez mas extraño, se me patentizó la razón de que mi hermana y yo nos halláramos allí. Desde la mañana hasta la hora en que se daba orden de apagar la luz, en todo momento libre nuestra Biblia era el centro de un creciente círculo de auxilio y esperanza. Semejantes a niños en torno de una hoguera, nos congregábamos alrededor del libro sagrado para acercar nuestro corazón a su calor y a su luz.
"¿ Quién, pues, podrá separarnos del amor de Cristo? ¿ Será la tribulación?, ¿o la angustia?, ¿o el hambre?, ¿o la desnudez?, ¿o el riesgo?, ¿o la persecución?, ¿o el cuchillo?"... "Pero en medio de todas estas cosas triunfamos por virtud de aquel que nos amó". Mientras Betsie leía, yo miraba alrededor, viendo cómo la luz saltaba de una cara a otra. En todas estas cosas vencimos: no era un deseo, era un hecho.
En ocasiones yo sacaba la Biblia de su envoltorio con manos temblorosas por el misterio que encerraba ya para mí. Era un libro nuevo, acabado de escribir; a veces me maravillaba de que la tinta estuviera seca. Mil veces había leído del arresto de Jesús, de cómo lo abofetearon, de cómo hicieron mofa de Él, de cómo lo azotaron. Ahora, en todos aquellos acontecimientos percibía otros rostros, otras voces.
Cada día el Sol se levantaba un poco más tarde, el aire tardaba mas en calentarse. Todas las mañanas le daba a Betsie una gota de aceite vitaminado, pero, ¿ cuánto duraría el frasquito? "Sobre todo", le advertí, "si sigues ofreciéndolo cada vez que alguien estornuda".
La segunda semana de octubre nos trasladaron permanentemente a la barraca 28. La mitad de las ventanas tenían los vidrios rotos y los habían sustituido con andrajos. Una puerta abierta en el centro daba acceso a una vasta sala donde 200 mujeres se inclinaban sobre agujas de tejer y montones de calcetines militares de color gris.
A ambos lados, unas puertas se abrían hacia dos salas, todavía más grandes: los dormitorios. El olfato nos dijo que el lugar era inmundo, que la ropa de cama estaba sucia y hedía a orines. No había camas individuales, sino grandes tarimas cuadradas, en tres pisos superpuestos, apretadas una contra otra por los extremos, dejando entre ellas uno que otro pasillo estrecho. Para llegar a nuestro sitio, en la segunda hilera y en el centro de un gran bloque, tuvimos que encaramarnos a fuerza de brazos y después gatear encima de tres tarimas cubiertas de paja.
De repente sentí una picadura en una pierna.
—¡Pulgas! —grité— Betsie,
¡esto está lleno de pulgas! ¿ Cómo
podremos vivir aquí?
"Muéstranos cómo. Muéstranos
cómo". Betsie profería estas palabras con tanta
naturalidad que tardé un segundo en advertir que estaba
orando. Para ella la diferencia entre la oración y el
resto de la vida se borraba cada vez más.
—iCorrie! —exclamó emocionada— Ya
ÉL nos ha dado la respuesta... en la Biblia ... esta
mañana:
‘Procurad que ninguno vuelva a otro mal por mal; sino
tratad de hacer siempre el bien unos a otros y a todo el mundo.
Vivid siempre alegres. Orad sin intermisión. Dad gracias
por todo; porque esto es lo que quiere Dios"... ¡ Eso es,
Corrie! "Dad gracias por todo". Eso es lo que podemos hacer.
Podemos empezar ahora mismo a dar gracias a Dios por todo lo que
hay en esta nueva barraca.
—¿Por ejemplo? —pregunté.
—Porque nos han mandado aquí juntas.
Me mordí los labios, y exclamé:
—Oh, sí, Señor Jesucristo.
—Por. lo que tienes en las manos. Miré la
Biblia.
—¡Tienes razón! ¡ Gracias, gracias,
Señor!
—Sí —añadió Betsie—.
Gracias por el apiñamiento que hay aquí. Porque eso
significa que muchos más escucharán la palabra
divina
—me miró con expectación—. ¡
Corrie! —me instó.
—Sí, muy bien. Gracias por esta muchedumbre
atestada, apiñada y sofocante.
—Gracias —prosiguió Betsie serenamente—
por las pulgas y por... Aquello sí era demasiado.
—Betsie, ni siquiera por Dios podría dar gracias de
que tengamos pulgas.
—"Dad gracias por todo" —insistió, citando la
Biblia—. No dijo "en placenteras circunstancias". Las
pulgas forman parte de este lugar, donde Dios nos ha
puesto.
Entonces nos pusimos de pie entre las tarimas y dimos gracias por las pulgas. Pero yo estaba cierta de que esta vez Betsie no tenía razón.
Sucias de sudor y agotadas por la larga jornada de trabajo, las demás mujeres de la barraca 28 empezaron a llegar poco después de las 6. La construcción había sido calculada para 400; ahora contenía 1400.
Nueve mujeres compartíamos la tarima que nos
asignaron a mi hermana y a mí, aunque estaba calculada
para cuatro. Ocho excusados, fétidos y obstruidos daban
servicio a
toda la sala. Para llegar a ellos no sólo teníamos
que gatear sobre nuestras compañeras de tarima, sino sobre
las que yacían en las que nos separaban del pasillo. Por
otra parte, bastaba el menor movimiento de
las ocupantes de las plataformas superiores para que cayera sobre
quienes dormían debajo una lluvia de polvo y paja, a la
que seguía una descarga de palabrotas. Constantemente
estallaban reyertas entre las exhaustas y desnutridas
mujeres.
En ese momento reñían algunas porque las mujeres
que dormían mas cerca de las ventanas las habían
cerrado por causa del frío. Al instante se alzaron docenas
de voces exigiendo que las abrieran de nuevo. Oíamos
forcejeos, bofetadas, sollozos. "Jesús mío",
clamó Betsie en voz alta, en la oscuridad," que descienda
tu paz en esta sala. Donde Tú estás presente, oh,
Señor, no puede haber rencillas".
Poco a poco los ruidos de furia se calmaron.
—Hagamos un trato —propuso alguien que hablaba
alemán con fuerte acento escandinavo—: vente a
dormir aquí, que es más caliente, yo tomaré
tu lugar junto a la ventana.
—Yo te propongo otra cosa —se oyó decir con
voz de acento francés—: abriremos las ventanas hasta
la mitad, así nosotras sólo nos congelaremos a
medias y tú sólo te sofocarás a medias.
Estallaron risas que se extendieron luego por la sala. Betsie
había llegado a la barraca 28.
Un silbato nos levantaba a las 4 de la madrugada y salíamos precipitadamente en busca de pan y café. A las últimas en llegar no les tocaba nada. Se pasaba lista en la Lagerstrasse, ancha avenida que conducía al hospital del campo. Allí nos sumábamos a los 35.000 ocupantes de otras barracas. Las filas se alargaban hasta perderse de vista, a la pálida luz de los faroles. Los pies se entumecían sobre el gélido piso de ceniza apisonada.
A Betsie y a mí nos asignaron trabajos pesados en un conjunto de molinos, a dos kilómetros y medio del campo. A mediodía nos daban una papa hervida y una sopa delgada. Al volver al campo, después de la abrumadora jornada de once horas, apenas podíamos mover las piernas hinchadas y doloridas. De regreso en la barraca formábamos otra cola para recibir una cucharada de sopa de nabos. Pero entonces Betsie y yo nos abríamos paso hasta el fondo del dormitorio, donde había una pequeña bombilla encendida, y allí celebrábamos nuestro "oficio" religioso.
Aquellos oficios no se parecían a ningún otro. En una misma reunión podía haber un rezo en latín del magníficat por un grupo católico, algún himno cantado en voz baja por los luteranos y un salmo apenas musitado por mujeres de la fe ortodoxa griega. Después Betsie abría la Biblia, o bien la abría yo. En voz alta traducíamos el texto holandés al alemán. Y podíamos oír cómo las vivificantes palabras pasaban de boca en boca a lo largo de los pasillos, en francés, polaco, ruso, checo, y nuevamente en holandés. Era un modesto preludio de la gloria.
En la Lagerstrasse o en la sala central de la barraca estábamos sometidas a una vigilancia muy estricta. Sin embargo, en nuestro vasto dormitorio podíamos hacer casi todo lo que queríamos. No entendíamos por qué, pero nos hicimos más audaces en la celebración de nuestros oficios.
Sucedía otra cosa extraña. La botella de aceite vitaminado seguía dando gotas, aun cuando, además de Betsie, tomaban el aceite otra docena de mujeres que dormían con nosotras. Cada vez que yo inclinaba el frasco aparecía una gota.—Posiblemente —susurré a Betsie— sólo pasa por ese agujerito una molécula, quizá dos, y luego se expanden en el aire.
Mi hermana rió suavemente.
—No te afanes en explicártelo, Corrie.
Acéptalo simplemente como la sorpresa de un Padre que te
ama.
Luego, un día, Mien se nos acercó cuando formábamos cola para la comida vespertina. Mien, bonita joven holandesa, nombrada para trabajar en el hospital, traía con frecuencia a la barraca 28 algún tesoro robado de la sala del personal hospitalario. Esta vez se trataba de un saquito de vitaminas y compuesto de levadura. Esa inesperada riqueza nos dejó maravilladas.
Al volver en la tarima saqué el frasco de la
paja. "Primero terminaremos las gotas", decidí.
Pero aunque mantuve la botellita un buen rato boca abajo, no
salío una sola gota mas.
A mediados de noviembre empezó a llover copiosamente. A
menudo pasábamos el día entero con el agua hasta
los tobillos, y por la noche la barraca hedía a cuero de
zapato en descomposición.
El vigor de Betsie había seguido menguando, y cuando al
toser empezó a escupir sangre, la asignaron
permanentemente a la "brigada de tejedoras" de la barraca.
Tejedora veloz, mi hermana terminaba su cuota de calcetines mucho
antes de mediodía, y luego se pasaba horas enteras leyendo
la Biblia en voz alta, yendo de tarima en tarima entre las
mujeres que tejían.
Una noche, al volver a la barraca, observé que Betsie tenía los ojos brillantes. "He descubierto por que gozamos de tanta libertad en la sala grande", me dijo. Esa tarde hubo cierta confusión acerca del tamaño de los calcetines, y su grupo había pedido a la celadora de la sala central que entrara y resolviera la cuestión. "Pero no quiso pasar de la puerta, como tampoco quisieron hacerlo los guardias. ¿ Y sabes por qué? Porque dijo que el lugar estaba infestado de pulgas".
Mi pensamiento volvió atrás. Y recordé a Betsie con la cabeza inclinada, dando gracias a Dios por las criaturas cuya utilidad yo no había sabido advertir.
"No hay foso tan profundo"
Por un azar administrativo, en el mes de diciembre se me
asignó a mí también al grupo de tejedoras.
De esa manera empezaron para mi hermana y para mí las dos
semanas más jubilosas del tiempo que pasamos en
Ravensbrück, pues, juntas en el refugio de las pulgas del
Señor, Betsie y yo comunicábamos la palabra de Dios
a todas las mujeres presentes en la sala. Mientras
orábamos, el Señor nos hablaba para preguntarnos
qué pensábamos hacer por el mundo después de
la guerra. Betsie
no tenía duda alguna de lo que debía responder por
sí misma y por mi. Tendríamos una casa, una casa
grande (más grande que la Beje), a la que toda persona afectada
por la existencia en el campo de concentración pudiera
acudir para quedarse allí hasta considerarse capaz de
retornar al mundo ordinario. Una casa hermosísima, Corrie.
Los pisos son de parqué, hay estatuas en las paredes, y
una escalinata grande y majestuosa. ¡ Y jardines!
¡Les hará tanto bien, Corrie, el cuidar de las
flores!"
La miré asombrada. Hablaba como si describiera
algo que tenía ante sus ojos.
Pero aquella barraca atestada y sucia era la dolorosa e
inacabable realidad. Y, mientras tanto, hacía cada vez
más frío.
La semana anterior a la Navidad Betsie
despertó incapaz de mover piernas y brazos. Maríjke
de Graaf, holandesa, me ayudó a llevarla fuera en brazos.
Después de pasar lista, la metimos de nuevo en cama.
Betsie hablaba lenta y confusamente, pero intentaba decir
algo.
—Es un campo, Corrie... un campo de concentración.
Pero... ¡nosotras lo dirigimos!
Tuve que agacharme para oírla. El campo de que
hablaba estaba en Alemania.
Había dejado de ser una prisión para convertirse en
un refugio donde seres humanos deformados por aquella
filosofía del odio y el culto de la fuerza
tenían la oportunidad de aprender otra forma de vida. No
existían allí muros, ni alambradas de pifias, y en
las ventanas de las barracas había tiestos de flores:
—¡ Les hará tanto bien observar cómo
crecen las plantas! La gente
puede aprender de las flores a amar.
Para entonces ya sabía yo a que gente se
refería: a los alemanes.
—¡ Quieres decir que tendremos un campo en Alemania,
Betsie? ¿ En lugar de esa gran casa en Holanda?
—¡No, no! Primero tendremos la casa. Ya está
lista y nos espera... ¡Y tiene unas ventanas enormes!
El sol entra a
torrentes...
Un acceso de tos la interrumpió. Cuando por fin se
quedó quieta, una mancha de sangre ennegrecía el
jergón. Dormitó a ratos todo ese día y la
noche siguiente, despertando varias veces con la emoción
de alguna nueva noticia de nuestro trabajo en la Holanda y la
Alemania de posguerra.
"Las barracas son grises, Corrie; pero las pintaremos de
verde claro, brillante, como de primavera
Al otro día, cuando sonó la sirena, Marijke y yo
volvimos a sacar a Betsie del dormitorio para que pasara lista.
Pero en esta ocasión, una celadora dijo por fin: "La
prisionera está ya en condiciones para ser trasferida al
hospital". Dos ordenanzas pusieron la frágil forma de mi
hermana sobre una camilla y yo los seguí. Una polaca amiga
nuestra se arrodilló y se persignó.
Afuera, me acerqué a la camilla para escudar a Betsie
contra el azote del aguanieve. Pasamos junto a la interminable
cola de las enfermas que esperaban asistencia y entramos en una
gran sala. Me incline para oír las palabras de
Betsie.
"... debemos comunicar lo que hemos aprendido aquí, debemos decir a la gente que no hay foso tan profundo que Él no lo supere en hondura. Nos escucharán, Corrie, porque hemos estado aquí".
Una enfermera había advertido mi presencia. De
mala gana retrocedí hasta la puerta de la sala mientras
acostaban el cuerpo consumido de Betsie en un estrecho catre,
pegado a la ventana. Corrí afuera del edificio y por la
ventana mi hermana y yo cambiamos sonrisas y palabras
silenciosas, hasta que un policía del campamento me grito
que me marchara. Las últimas palabras que vi tomar forma
en los labios amoratados de Betsie fueron: "¡ Hay tanto que
hacer!"
Aunque lo pedí insistentemente esa tarde y esa noche, no
pude obtener permiso para salir de la barraca. Pero a la
mañana siguiente, en cuanto se termino de pasar lista, me
dirigí al hospital, con permiso o sin el.
Hice pantalla en los ojos con las manos para mirar por la
ventana. Sobre la cama yacía una forma tallada en viejo
marfil amarillento. Aquella forma estaba desnuda: podía
verse cada una de sus marfileñas costillas, así
como el contorno de los dientes por entre las mejillas
apergaminadas.
Tardé un momento en comprender que era a Betsie a
quien veía. Y luego dos enfermeras se colocaron a los pies
y a la cabecera de la cama, tomaron las cuatro esquinas de la
sábana y se llevaron el bulto fuera de la sala.
Me aparté de la ventana y eché a correr. Luego
comencé a andar. Anduve largo tiempo y, cosa
extraña, ningún policía del campo me
detuvo.
—¡Corrie! —era Mien, nuestra amiga holandesa
que trabajaba en el hospital— Te he buscado por todas
partes. ¡Oh, ven conmigo!
Me tomó del brazo y me llevó de nuevo al hospital. Era posible colarse por una gran ventana, tan torcida que no cerraba herméticamente. La ventana correspondía a las letrinas de la parte posterior, o sea el mismo lugar adonde llevaban los cadáveres.
Cuando vi adónde me conducía Mien, hice
que me soltara el brazo.
—Ya lo sé, Mien, ya lo sé.
Pero ella volvió a aferrarme, y a empujones me
obligó a entrar por la ventana dentro del pestilente
cuarto.
Volví la cabeza... No quería mirar el desgarrador
espectáculo de una fila de cadáveres alineados ante
la pared del fondo. Pero Mien me echó un brazo sobre los
hombros y me condujo hasta el lado opuesto de la
habitación.
—¿ La ves, Corrie?
Levanté los ojos para mirar la cara de mí hermana. ¡ Jesús mío! ¿ Qué has hecho? Porque ante mi yacía Betsie, como si durmiese, con cara lozana y joven. Las arrugas de la preocupación, los surcos abiertos por el dolor, los profundos huecos causados por el hambre y la enfermedad habían desaparecido. Ante mí estaba la Betsie de Haarlem, feliz y en paz. O sin duda, mas fuerte y más libre, la Betsie que gozaba de la gloria, resplandeciente de alegría y salud. Incluso sus cabellos aparecían graciosamente peinados, como si un ángel la hubiera acicalado.
Al fin, perpleja, me volví a mirar a Mien. Una
enfermera nos abría la puerta: "Pueden salir por el
vestíbulo", nos indicó en voz baja.
Miré una vez más la cara radiante de mi hermana. Y
Mien y yo abandonamos el lugar.
En el vestíbulo había sobre el suelo un
montón de ropa; encima estaba el suéter azul de
Nollie. Me incliné para recogerlo, pero Mien me
asió del brazo: "¡ No toques eso!
¡Piojos negros! Van a quemarlo todo".
Y así debí dejar atrás el último
vinculo físico que me unía a Betsie. Ahora lo que
me ligaba a ella era la esperanza de ganar el cielo.
Visiones realizadas
La belleza del rostro de Betsie me sostuvo en los días
siguientes, al ir de una a otra de las mujeres que la
habían amado, describiéndoles su paz y su
alegría.
Y de repente, fui liberada de Ravensbrück. Los
acontecimientos se sucedieron con pasmosa rapidez. Se me
entregó un pase del ferrocarril que me daba derecho a
cruzar Alemania hasta la frontera holandesa. Se me proveyó
de ropa: prendas interiores, una blusa de seda, zapatos casi
nuevos, sombrero y me puso delante, para que la firmara, una hoja
donde yo declaraba que no había sufrido ninguna enfermedad
en Ravensbrück, que no había tenido accidentes y
que se me había tratado bien. Firmé.
El viaje de regreso, aquel enero de 1945, fue una interminable y confusa serie de retrasos causados por daños a la vía férrea y por mi propia debilidad física. Pero al fin me encontré de nuevo en Holanda, y luego en el gran edificio de ladrillo donde estaba el asilo de Willem, estrechando en mis brazos a Tine y a dos de mis sobrinas, mientras Willem venía hacia mí por el corredor, cojeando y apoyado en un bastón. Nos abrazamos largo tiempo, mientras yo les contaba de la enfermedad y muerte de Betsie. No habían tenido noticias de su hijo Kík desde que lo deportaron a Alemania, meses atrás.
Pasé dos semanas en Hilversum, pero no podía descansar hasta que estuviera de regreso en Haarlem. Obtuve por fin la autorización para el viaje, cuya última parte hice en un automóvil negro, con matrícula oficial, suministrado por Pickwick, quien parecía hallarse tan activo como siempre. Al llegar a la Barteljorisstraat, salté del auto casi antes de que se detuviera y caí en brazos de Nollie. En la relojería riendo y sollozando al mismo tiempo, estaba Toos, nuestra fiel dependienta y contadora.
La vida, como un reloj, empezó a funcionar de nuevo: pasaba la mañana reparando relojes en el taller; casi siempre, al mediodía, me dirigía, saltando sobre el adoquinado en mi bicicleta sin neumáticos, hasta casa de Nollie. Y sin embargo, mi inquietud persistía. Aún andaba yo en busca de algo.
Un día descubrí qué era ello:
Betsie. Era a Betsie a quien echaba de menos en todo momento. Era
a mi hermana a quien yo había esperado encontrar de vuelta
en Haarlem. Pero no estaba aquí. Y entonces, por vez
primera desde su muerte,
recordé sus palabras:
"Debemos comunicarlo a todos, Corrie. Debemos comunicarles lo que
hemos aprendido".
Esa misma semana empecé a predicar. Dando saltos, montada
sobre mi bicicleta, recorría las calles de Haarlem con el
mensaje de que la alegría llega más hondo que la
desesperación. Era una buena nueva que la gente
tenía necesidad de oír en aquella triste primavera
de 1945. No había tulipanes que cubrieran los campos con
alfombras de color, porque la población consumió todos los bulbos
como alimento. No había familia sin
tragedia. En iglesias y clubes y casas particulares,
proclamé las verdades que Betsie y yo habíamos
aprendido en Ravensbrück.
También hablé de la primera visión
de Betsie: de un hogar donde los que habían sido lacerados
podrían aprender a vivir de nuevo sin temor. Al terminar
una de mis pláticas, cierta esbelta y aristocrática
dama se me acercó: la señora Bierens de Haan, y me
ofreció abrir su casa para que allí se realizara la
visión de Betsie ten Boom.
La señora de Haan salió a encontrarme a la entrada
de su finca, en el suburbio de Bloemendaal, y tomamos por un
paseo de añosos robles cuyas copas se entrelazaban encima
de nosotras. Al doblar un recodo nos hallamos ante una
mansión de 56 habitaciones, que se levantaba en el centro
de un extenso prado. Alcé la vista hacía el techo
de dos aguas y las altas ventanas con emplomados. Con la boca
seca inquirí:
—~ Tiene adentro pisos de parqué, una ancha
galería alrededor de un vestíbulo central y ... y
estatuas en bajorrelieve a lo largo de las paredes?
La señora de Haan me miró
atónita.
—Entonces, ¿ ha estado usted
aquí antes?
—No —contesté—. Me la describió
alguien que sí estuvo.
El dia 5 de mayo se rindieron las fuerzas alemanas destacadas en Holanda. Y en junio llegaron a la hermosa residencia de Bloemendaal las primeras personas de muchos cientos que vendrían después. Cada una era un ser humano vulnerado, y, para todas, la clave de la salud resultó ser la misma. Todas tenían algo que perdonar: el vecino que la había denunciado, el guardia brutal, el soldado sádico.
Lentamente, cada uno de ,esos desdichados desahogaba el amargo dolor que anidaba en lo más hondo de su ser. Su alivio se iniciaba generalmente en el jardín, tal como Betsie había previsto. Entre las flores en botón o las hortalizas camino de madurar, la conversación se apartaba gradualmente del pasado doloroso para referirse al tiempo que haría el día de mañana. Cuando la mención de los compatriotas holandeses que habían colaborado con el enemigo ya no provocaba una explosión de ira, comprendía yo que estaba cercana la curación del que hablaba. Pero cuando por fin decía: Esas personas a que usted se refería (los despreciables colaboracionistas, o traidores, a quienes yo había cedido la Beje como refugio) ...¿cree usted que les agradaría recibir algunas de estas zanahorias que cultivamos aquí? entonces me convencía de que había ocurrido el milagro.
Seguí hablando en público, recorriendo Holanda, Europa y los Estados Unidos. Pero el lugar donde encontré más hambre de escuchar el mensaje de Betsie fue Alemania. Aquel país estaba en ruinas, sus ciudades convertidas en cenizas y escombros... pero lo más terrible eran los espíritus y corazones calcinados.
Fue en Alemania donde me buscó el director de un organismo de socorro. Había oído hablar de mis actividades de rehabilitación en Holanda, me dijo, y el y sus colaboradores se preguntaban si yo ... "Hemos encontrado un lugar cerca de Darmstadt. Es un antiguo campo de concentración que acaba de ser desocupado por las autoridades".
Nos dirigimos a Darmstadt en automóvil. Rollos de
alambre de púas enmohecido circundaban todavía el
lugar. Recorrí lentamente un sendero de cenizas
endurecidas, entre barracas grises. Abrí una puerta que
chirriaba, me detuve entre las filas de camastros
metálicos.
"Jardineras en las ventanas", dije. "Tendremos jardineras en
todas las ventanas. Hay que quitar el alambre de púas, por
supuesto, y necesitaremos pintura.
Pintura verde,
verde claro: del color de lo que nace en primavera".
La casa de Bloemendaal alojó exclusivamente a ex prisioneros y víctimas de la guerra hasta 1950. En la actualidad sigue funcionando en su nuevo edificio propio y recibe además otros pacientes. El campo de Darnzstadt sirvió como lugar de esperanza y renovación hasta 1960, año en que fue demolido para hacer sitio a una nueva construcción en la próspera Alemania actual. Corrie ten Boom, hoy de 86 años, continua viajando (ha trabajado y enseñado en 63 países, en ambos lados de la Cortina de Hierro), en obediencia a la convicción de Betsie: el deber que tenían de comunicar a la gente lo aprendido. N. de la R.
Tomada de Selecciones del Reader’s Digest, Octubre de 1978
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