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La libertad

Enviado por latiniando



Indice
1. Introducción
2. La Libertad Y Sus Límites
3. Historia
4. Problemas Modernos
5. Apéndice
6. Conclusión
7. Bibliografía consultada

1. Introducción  

Libertad, capacidad de autodeterminación de la voluntad, que permite a los seres humanos actuar como deseen. En este sentido, suele ser denominada libertad individual. El término se vincula a de la soberanía de un país en su vertiente de ‘libertad nacional’. Aunque desde estas perspectivas tradicionales la libertad puede ser civil o política, el concepto moderno incluye un conjunto general de derechos individuales, como la igualdad de oportunidades o el derecho a la educación.

2. La Libertad Y Sus Límites  
Como es lógico, el reconocimiento de una libertad ilimitada haría imposible la convivencia humana, por lo que son necesarias e inevitables las restricciones a la libertad individual. La libertad se define como el derecho de la persona a actuar sin restricciones siempre que sus actos no interfieran con los derechos equivalentes de otras personas.

La naturaleza y extensión de las restricciones a la libertad, así como los medios para procurarlas, han creado importantes problemas a los filósofos y juristas de todos los tiempos. Casi todas las soluciones han pasado por el reconocimiento tradicional de la necesidad de que exista un gobierno, en cuanto grupo de personas investidas de autoridad para imponer las restricciones que se consideren necesarias. Más reciente es la tendencia que ha subrayado la conveniencia de definir legalmente la naturaleza de las limitaciones y su extensión. El anarquismo representa la excepción a todo esto, al considerar que los gobiernos son perversos por su propia naturaleza, y sostener que es preferible su sustitución por una sociedad ideal donde cada individuo observe los elementales principios éticos.
El equilibrio perfecto entre el derecho del individuo a actuar sin interferencias ajenas y la necesidad de la comunidad a restringir la libertad ha sido buscado en todas las épocas, sin que se haya logrado alcanzar una solución ideal al problema. Las restricciones son en no pocas ocasiones opresivas. La historia demuestra que las sociedades han conocido situaciones de anarquía junto a periodos de despotismo en los que la libertad era algo inexistente o reservado a grupos privilegiados. Desde estas situaciones hasta su evolución hacia los estados de libertad individual cristalizados en los gobiernos democráticos, conocidos en algunos círculos como ‘la menos mala de las soluciones’ respecto a ese deseo natural del hombre por ser libre.

3. Historia  
En la antigüedad, la esclavitud fue considerada como una institución necesaria para la sociedad. En la edad media, la más importante demostración de cómo los grupos organizados de personas se encontraban en disposición de exigir determinados privilegios a los poderosos fue la Carta Magna, impuesta en el siglo XIII al rey Juan Sin Tierra de Inglaterra por un grupo de barones ingleses. El documento tiene gran significado en la historia de las libertades de los pueblos. Cuando la época medieval tocaba su fin, el renacimiento planteó el problema de la libertad intelectual y de conciencia, con constantes desafíos a los dogmas de la Iglesia católica. La Reforma protestante trajo ideas bastante diferentes acerca de la consideración de estas libertades.
Las grandes revoluciones contribuyeron a definir la libertad individual y a asegurar su implantación. En el siglo XVII, la Revolución Gloriosa supuso la culminación de cientos de años de intentos de imponer restricciones a los monarcas absolutos ingleses. El Bill of Rights, aprobado en el Parlamento en 1689, trajo consigo el establecimiento de un gobierno representativo en Inglaterra.

La guerra de la Independencia estadounidense (1775-1783) combinó los problemas de la libertad individual con los de la libertad nacional, propios de la creación de un nuevo Estado. La Declaración de Independencia proclamó la libertad frente a Inglaterra, y la Constitución de Estados Unidos, cuyas diez primeras enmiendas, siguiendo el modelo del Bill of Rights, contienen la enumeración de los derechos civiles, supuso el primer eslabón en la cadena de las sucesivas constituciones nacionales.
La Revolución Francesa de 1789 destruyó el sistema feudal en Francia y estableció el sistema del gobierno representativo. La Ilustración, fuente intelectual de la Revolución Francesa, definió la libertad como un derecho natural del hombre a actuar sin interferencias de ninguna clase, al tiempo que estableció la necesidad de limitaciones a la libertad para con ello procurar la existencia de una organización social propia. Enterrada la teoría del origen divino del poder real, las nuevas teorías ponían el fundamento del poder en el pueblo, y que la tiranía comienza cuando, ignorando esa procedencia, se violan los derechos individuales. En la Revolución Francesa se encuentra el origen ideológico de la Declaración de los Derechos del hombre y del ciudadano, que sirvió como modelo para la mayoría de las declaraciones sobre la libertad adoptadas por los estados europeos del siglo XIX.
En Latinoamérica, los principios liberales que rigieron las luchas por la emancipación durante las dos primeras décadas del siglo XIX estuvieron enmarcadas también en los ideales de libertad, personal y de comercio, que dieron origen a la Revolución Francesa.
Diverso concepto de libertad fue el sustentado en la Revolución Rusa de 1917. El Estado resultante (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), de acuerdo con la ideología marxista en la que se basó su Constitución, mantuvo que todo reconocimiento de la libertad individual favorecía al individuo concreto, pero siempre en perjuicio de la mayoría de la población. La verdadera libertad era posible sólo por medio de la eliminación de la clase explotadora. El éxito de la revolución consistió en el anuncio de una nueva era de la libertad del hombre. Pero el gobierno de tipo dictatorial y opresor de Iósiv Stalin llevó a no poca gente a considerar que el socialismo, basado en la tesis de la propiedad colectiva de los medios de producción, desemboca sin remedio en la dictadura.

4. Problemas Modernos  
Desde que tuvieron lugar las revoluciones aludidas, el principal problema en relación con la libertad nacional se ha desarrollado en paralelo con las ansias de soberanía e independencia de pequeños países y colonias. A ello deben añadirse los problemas de las minorías raciales, siempre dispuestas a ganar autonomía interior en relación con el Estado.
Respecto a la libertad individual en su estado actual, el problema ha consistido en la protección y extensión de los derechos civiles, como son la libertad de expresión, la libertad de prensa, la libertad religiosa, la de expresión, reunión, cátedra, manifestación y otras, o lo que es lo mismo, en la búsqueda del punto en el que termina la libertad de una persona y comienza la de los demás. Así, la libertad de información o de expresión no puede ejercitarse sin límites, pues un ejercicio abusivo de las mismas puede vulnerar el derecho al honor o la intimidad de otra persona.

Aparte de la experiencia soviética y de sus países satélites (Polonia, Checoslovaquia, Hungría, etc.), otras amenazas a la libertad tuvieron lugar en la primera mitad del siglo XX europeo en forma de gobiernos totalitarios en Alemania, Italia y España. En estos países las libertades civiles fueron destruidas, y los derechos individuales quedaron por entero subordinados a las exigencias gubernamentales, de modo que quienes no comulgaban con esta política eran castigados (delitos de opinión, por ejemplo). La libertad se restauró al final de la II Guerra Mundial en Alemania e Italia, pero en España quedó restringida hasta la muerte de Francisco Franco en 1975. Otras dictaduras se han sucedido en numerosos países iberoamericanos, destacando los casos de Chile, Argentina, Paraguay y Panamá. En los dos primeros casos, tanto en 1973 (Chile) como en 1976 (Argentina) surgieron férreas dictaduras a cuyo fin renacieron los sistemas democráticos. El caso paraguayo es diferente, dado que, durante décadas fue gobernada por el dictador Alfredo Stroessner, el cual fue depuesto en la década de 1980. Asimismo, el caso panameño tiene matices, dado que la lucha del dirigente nacionalista Omar Torrijos por la defensa del Canal de Panamá tuvo un carácter distinto a la del general Manuel Antonio Noriega, acusado por Estados Unidos de tráfico de drogas. También en Nicaragua la dictadura de la familia Somoza acabó en una revolución que, luego de un gobierno provisional, desembocó en elecciones democráticas.

5. Apéndice

El valor positivo de la libertad humana:
La  afirmación de la existencia, del "valor de realidad"-del libre albedrío humano, testimoniada por la experiencia de él, no es todavía la afirmación de que este modo de la libertad sea valioso en su esencia.  Desde el punto de vista de lo meramente biológico-entendiendo por meramente biológico  lo que el hombre tiene en común con los seres vivientes infrahumanos-, la libertad de arbitrio es juzgada un contravalor o valor negativo-,una imperfección- por ARNOLDO GEHLEN.  De ésta, digámoslo así, "descalificación biológica" de libre albedrío humano a hechos  M.MULLER  un breve y optimo resumen, contrastándolo con la valoración tradicional: "la libertad es inseguridad, privación, por tanto, de fijeza y univocidad en el comportamiento.  La querencia de fijeza, y univocidad y estabilidad lleva el nombre de indeterminatio en la tradición de la filosofía clásica, en la llamada philosophia perennis,.  Y la definición de la libertad como indeterminación o inestabilidad,..., es antigua, pero solo significaba originariamente la característica negativa de un fenómeno en si mismo positivo,...,para GEHLEN,  es su perspectiva biológica esa característica es el rasgo predominanante.  La libertad es un fenómeno biológicamente negativo, la carencia de coordinación univoca del estimulo y la reacción".

El propio GEHLEN reconoce como antecedentes de su concepción algunas ideas de SCHILLER y HERDER, y hasta KANT e incluso de SANTO THOMAS (señaladas esta por J.PIEPER y A.SZALAI), todas ellas referidas de una u otra manera, a la indefensión natural del cuerpo humano, comparativamente a lo de los otros animales. Sin embargo, en ninguno de estos "antecedentes" aparece el libre albedrio humano como un hecho esencialmente negativo, aunque suponga en el organismo corporeo del hombre una cierta negatividad o imperfección.  Es-para decirlo con M.MULLER en su alusión a la idea tradicional de la libertad-"la característica negativa de un fenómeno en si mismo positivo".  El aspecto negativo del libre albedrío humano es la indeterminación que este requiere, por una parte, en el cuerpo mismo del hombre (carente de los dispositivos necesarios para la conducta inivocante determinada por los instintos en los demás animales) y, por otra parte, en la voluntad humana, naturalmente indeterminada en relación a todo bien limitado o que como tal aparece.  Pero el libre albedrío humano no se reduce a ese necesario aspecto negativo, que es más una condición que una nota constitutiva de su esencia.  La indeterminación es necesaria precisamente para la autodeterminación, en la cual consiste el aspecto positivo de la libertad de arbitrio de nuestra potencia volitiva.
De ningún modo puede ser explicada la autodeterminación como una consecuencia o un efecto de la indeterminación.  Sólo hasta cierto punto cabe lícitamente sostener que el hombre tiene que autodeterminarse porque en virtud de su propia naturaleza no se encuentra determinado.  Si no tuviese ya por naturaleza una cierta potencia de autodeterminación-es decir, sin poseyese esta potencia de una manera innata-,no podría autodeterminarse de modo alguno.  Para darse así mismo el correspondiente poder, tendría ya que tenerlo y ciertamente la indeterminación no puede darselo.  Para "sacar fuerzas de flaqueza" es menester tenerlas, aunque no estén activas, y el "hecho" de que la necesitamos no tiene poder bastante para determinar su producción.

Estas observaciones criticas a GEHLEN son también aplicables a ZUBIRI.  No es que ZUBIRI mantenga-de ninguna manera lo ha afirmado- el libre arbitrio del hombre es un hecho esencial y primordialmente negativo; pero, en cambio es verdad el libre albedrío humano queda interpretado por ZUBIRI como algo que emerge de la relativa indeterminación-"inconclusión"-de la tendencias humanas: "no es que las tendencias humanas dejen un margen dentro del cual puede jugar la libertad.  Es algo más que eso.  Pero lo más grave y decisivo es que las tendencias exigen precisamente de que hayan libertad, y lo exigen por su inconclusión, por lo que nos colocan inexorablemente es en situación de libertad.  La libertad no es algo que se superpone para manejar dentro de ciertos límites lo anterior a ellos, lo natural, si no que es exigido por la inconfusión de lo natural para poder subsistir, incluso en tanto que natural ".  O también: "la función primaria de la tendencia es hacer posible por su inconclusión la emergencia de la libertad.
De ahí que las tendencias, es un ser como el hombre, si bien no son formalmente libres, si bien en muchos casos son participativamente libres, la verdad es que en todo caso son exigitivamente la raíz de la libertad, que es cosa distinta".
Si ZUBIRI se hubiese limitado a sostener lo que dice en el inicio del segundo de los dos pasajes consignados, a saber que la función primera de las tendencias es hacer posible, por su inconclusión la emergencia de la libertad, se podría discutir si la función  primera de la tendencia es precisamente esa y no otra pero no estaría justificado aplicarle a ZUBIRI la misma objeción arriba hecha al pensamiento de GEHLEN.  Pues el hacer posible la emergencia de la libertad no es tanto como exige esa emergencia y como poner en situación de libertad al hombre.

Pero es el caso que en el primero de los dos textos, en el final del segundo afirma ZUBIRI, que las tendencias inconclusas requiere la libertad, siendo en el hombre, exigitivamente, la raíz de ella para lo que natural pueda subsistir, incluso en tanto que natural.  Ya estas afirmaciones coinciden básicamente con la doctrina de GEHLEN, por cuanto en ella la autodeterminación viene exigida-, y, por cierto, también para que el hombre pueda subsistir-precisamente por la indeterminación.  Insisto no es igual "hacer posible" que "exigir".  Ni "exigir algo" es lo mismo que "ponerlo".  (las ganas de comer exigen el alimento que las quita, más no por ello lo ponen, ni me confieren tampoco el poder de elegirlo, por más que sean efectivamente una tendencia inconclusa, al menos en el sentido de que no determinará concreto alimento he de tomar, ni como concretamente he de tomarlo).

6. Conclusión

1-  El valor del libre albedrío humano no es el valor de lo mas radical en el ser específico del hombre ni tampoco el más alto de los valores que a este le son posible sino el más alto de los valores que el hombre tiene como virtud de su innata realidad.
No puede ser el valor de lo más radical en la índole específica del hombre-ni tampoco, por tanto, el más radical de los valores de esta índole-porque el libre albedrío humano presupone la libertad trascendental del entendimiento y de la voluntad, cuyos valores son por ende, más radicales que el de la libertad de arbitrio de nuestra potencia volitiva.  El más radical de los valores de nuestro ser específico es el valor de nuestro entendimiento y ellos no solo porque el entendimiento hace posible los actos libres de la voluntad, sino porque también hace posible a la libertad misma, tanto en su libertad trascendental, cuanto la libertad de arbitrio que ella tiene. "La inteligencia-dice, con acierto solo parcial, ZUBIRI-es lo que hace posible que una facultad intrínsicamente es libre pueda efectivamente ser libre en acto, ejecutar en acto segundo su propia libertad".  El acierto de ZUBIRI, es solamente parcial, porque la inteligencia no podría hacer posible que fuese libre el ejercicio del libre albedrío humano sino hiciese también en nuestra potencia volitiva tengan intrínsicamente esta forma de libertad.  La libertad humana está dotada de libertad de arbitrio porque todo bien limitado, captado de una manera intelectiva precisamente como no absoluto, puede ser querido, o sea, porque la voluntad no quiere necesariamente lo que el entendimiento representa como un bien que lo que es con alguna limitación.  Sin la lucidez intelectiva que hace posible captar en cada bien limitado la limitación correspondiente, la voluntad se comportaría de un modo tan necesario como el propio apetito sensorial o, mejor dicho, solo habría apetito sensorial, no facultad volitiva, en tanto que esta implica, ya en si misma, intrínsicamente-,que su sujeto está dotado así mismo de la facultad de entender.

2-  Los progresos de las ciencias y, en especial, lo de la sicología y lo de la ciencias de la educación nos permiten ser realistas a la hora de formular los conceptos antes vertidos.  Entre los avances podemos citar el mayor conocimiento de: los mecanismos y procesos en la comunicación humana de los antecedentes sanos para una socialización óptima del ser, la instrucción racional de los procesos de las soluciones de los problemas humanas, en las relaciones personales y sociales, las tomas de decisiones grupales y humanas, la nueva irrevelada visión de la creatividad y especialmente las posibilidades de su potencia y mejora, la visión dialéctica y bidireccional de las relaciones interpersonales.  El crítico papel del autocontrol, las posibilidades del autoconocimiento y de la auto-sensibilización, la revalorización del papel de los sentimientos y de su expresión.
Los Padres, los amigos, los maestros, la gente de la calle, nos van mostrando el mundo desde que nacemos. La madre pone el pecho en la boca del recién nacido, y éste chupa, se alimenta, y recibe al mismo tiempo una caricia. Lo viste, lo arropa, y el niño vive esas prendas como abrigo. Agitan ante él el juguete. Le impiden acercar la mano a una llama, o se quema con ella, y entran en el horizonte de su vida la prohibición, el dolor, el peligro. Intenta el niño levantar una mesa, y descubre el peso –y la impotencia-. Se da un golpe contra la pared y cuenta con la resistencia de las cosas. Lo amenazan jovialmente y aprende a distinguir entre lo serio y la broma. Le cuentan cosas, y descubre que antes que él había otros, y sucesos que no eran suyos. Le prometen algo, y se pone a esperar en el futuro. Lo elogian o le regañan, y el niño empieza a darse cuenta de que hay lo bueno y lo malo, la aprobación y la desaprobación. Le reprochan haber hecho algo que no ha hecho, y tropieza con la injusticia. Lo engañan, y ve que junto a la verdad, en la cual vivía sin saberlo, hay la falsedad o la mentira. Empieza a explorar la casa, el jardín, las calles del pueblo o de la ciudad, el campo, y ve que hay "más allá", que el mundo es abierto, dilatado, desconocido, atractivo, peligroso, hermoso o feo. Distingue muy pronto dos formas de los "otros": hombres, mujeres; y muy poco después una tercera forma: los "semejantes", los niños, a diferencia de los "mayores".

Le hablan y oye hablar. Distingue voces, y los tonos, y sabe cuándo se dirigen a él o no. Le gustan más o menos: se siente atendido, acariciado, mimado, reprendido, olvidado. Va entendiendo "de qué se trata"; luego, lo que se dice. Conoce algunas palabras, y otras que no; adivina su significado unas veces, otras quedan oscuras. Empiezan a "enseñarle" cosas: a andar, a comer, a vestirse, a pronunciar, a mover las manos, a jugar, a hacer las cosas "bien", a saludar, a contar, luego a leer, a escribir, a rezar, a callarse, a esperar, a obedecer, a resignarse. Y luego, noticias, informaciones, ritos, ciencias.
Casi toda la vida va regida por esas formas que nos han sido "inyectadas" por los demás, conocidos o desconocidos, sobre todo al verlos vivir ante nosotros. Estamos en la creencia de que las cosas son "así", de que hay que hacer tales o cuales cosas, de que podemos contar con ellas de cierta manera. Nuestros deseos, nuestros proyectos, nos llevan a hacer algo de acuerdo con esas líneas de conducta. Solamente cuando tropezamos con algo imprevisto, cuando las cosas no se comportan como esperábamos, cuando alguien se enfrenta con nosotros, no podemos seguir viviendo espontáneamente. Nos paramos. ¿A qué? A pensar.

Lo primero que hacemos es ver si alguien sabe qué hay que hacer. Si no lo encontramos, recordamos lo que sabemos, lo que hemos aprendido, los conocimientos adquiridos, para ver si nos sirven, si nos permiten salir del apuro. Un tercer paso es tratar de conseguir más conocimientos, preguntar a otros maestros, otros libros, otras ciencias.
Pero puede ocurrir que, entre tantos saberes, nos encontremos perdidos, en la duda. No sabemos qué hacer, no sabemos qué pensar. Ha aparecido ante nosotros algo nuevo, con lo cual no contábamos. O lo que creíamos o pensábamos choca con lo que vemos; ¿cómo decidir? O, finalmente, sabemos muchas cosas, estamos rodeados de objetos, recursos, aparatos, pero nos preguntamos ¿qué es todo esto? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué es esto que llamamos vivir, y para qué, y hasta cuándo? ¿Y después, que podemos esperar?

El nacimiento de la filosofía
Cuando el hombre primitivo estaba agobiado por las dificultades, cuando le era difícil seguir viviendo, comer, beber, abrigarse, calentarse, defenderse de las intemperies, de las fieras, del miedo a lo desconocido, no tenía respiro para hacerse preguntas. No solo cada día, cada hora tenía su afán. Y no sabía casi nada. Pero cuando, al cabo de los siglos, el hombre consiguió alguna riqueza, cierta seguridad, instrumentos que le permitieron desarrollar una técnica, noticias y conocimientos, cuando su memoria no fue sólo suya y la de sus padres, sino la de la tribu o la ciudad o el país –una memoria histórica-, cuando hubo autoridades y mando y alguna forma de derecho y estabilidad, consiguió el hombre holgura, tiempo libre, se pudo divertir, cantar, tocar algún instrumento, bailar, componer versos, dibujar o esculpir, levantar edificios que no eran sólo cobijo, sino que debían ser hermosos, inventar historias, y a veces representarlas. Y entonces, en esa vida más compleja, mas atareada y a la vez con más calma, sintió sorpresa, la admiración, el asombro, la extrañeza: ante lo bello, lo magnífico, lo misterioso, lo horrible. Y empezó a lanzar sobre el mundo una mirada abarcadora, que en lugar de fijarse en tal cosa particular contemplaba el conjunto: y al entrar en sí mismo, al ensimismarse como decimos con una maravillosa palabra en español, empezó a atender al conjunto de su vida y a preguntarse por ella. Así nació, seis o siete siglos antes de Cristo, en Grecia, una nueva ocupación humana, una manera de preguntar, que vino a llamarse filosofía.

Hay un paralelismo entre lo que ocurrió a la humanidad entonces y lo que ocurre al hombre y a la mujer cuando llega a cierta altura de su vida. Todavía es mayor el paralelismo si se piensa que no todos los pueblos han cultivado la filosofía, y que sólo algunos hombres se hacen esas preguntas. Los demás siguen viviendo sin claridad, o se contentan con la certidumbre que da la acción, o aquella otra en que se está por una creencia, o con otra distinta que dan los conocimientos, las ciencias particulares, que nos enseñan tantas cosas. Hoy, tantas que nadie las sabe, que, por tanto, funcionan para cada hombre como otra forma de creencia: creemos que se saben todas esas cosas, que las sabe la ciencia. Pero ¿quién es la ciencia?

Para que alguien se haga las preguntas de la filosofía hace falta que se den varias condiciones. 1) Que se sienta perdido, que no sepa qué hacer o qué pensar, que no sepa a qué atenerse. 2) Que los conocimiento particulares no lo saquen de su duda, no le den una certeza suficiente, porque lo que necesita saber es qué es todo esto, quién soy yo, qué será de mí 3) Que tenga la esperanza de poder encontrar respuesta a esas preguntas, de poder salir él mismo de la duda. Lo cual quiere decir: 4) Que suponga que esas preguntas pueden tener respuesta, que tienen sentido. Y finalmente: 5) Que el hombre perdido y lleno de dudas tiene algún medio de interrogar a la realidad y obligarla a manifestarse y responder, a ponerse en claro, a manifestar la verdad. Ese medio es lo que se suele llamar pensamiento o razón.

La vida humana
" Ya se han escrito todas las buenas máximas, solo falta ponerlas en práctica.", lo decía Pascal.
Siempre mi vida ha girado en un constante aprendizaje de aplicación de la filosofía en la vida. Pero resulta que eso es tan extraño, complejo y misterioso que llamamos filosofía se parece mucho a lo que todos los hombres hacen todos los días desde el principio del mundo. Por lo cuál, tal vez no sea tan extraño, y desde luego es algo muy propio del hombre.
Yo me encuentro en el mundo, rodeado de cosas, haciendo algo con ellas, "viviendo". Cuándo caigo en la cuenta de eso, llevo ya mucho tiempo viviendo, es decir, que mi vida ha empezado ya, no he asistido a su comienzo. Entre las cosas que encuentro está mi propio cuerpo, que se presenta como una cosa más, que me gusta más o menos, que funciona bien o mal, que no he elegido. Es cierto que me acompaña siempre, que lo llevo siempre "puesto", que lo que le pasa me interesa y me afecta, que por medio de él veo, toco, me relaciono con todas las cosas; que por él esta aquí estoy yo aquí, y que gracias a él cambio de lugar.

Y también encuentro eso que llaman las "Facultades psíquicas": la inteligencia, la memoria, la voluntad, el carácter. A lo mejor mi inteligencia es buena para algo, pero mala para otras cosas; o recuerdo bien los versos y mal los números de teléfono; o tengo voluntad débil, o mal genio. Nada de eso he elegido, nada de eso soy yo, sino que es mío, como el país o la época en que he nacido, la familia a la que pertenezco, mi condición social, etc.
Con todo eso que encuentro a mi disposición, bueno o malo, tengo que hacer mi vida, tengo que elegir en cada momento lo que voy a hacer, quién voy a ser. Lo más grave es que la parte más interesante del mundo no está presente, no dispongo de ella, porque lo que elijo es quién voy a ser mañana, y el mañana no existe; existirá... mañana; es el futuro. Y el futuro es inseguro, incierto, está oculto.

¿Qué hacer?, ¿Que elegir?, ¿Que camino tomar?, no tengo más remedio que tratar de ver juntas todas mis posibilidades, para poder elegir entre ellas. Y, ¿Cómo elegiré? depende de quién quiero ser, de mi proyecto. Es decir, que tengo que imaginarme primero como tal persona, como tal hombre o mujer, y ese proyecto imaginario es el que, ante las posibilidades que tengo ante mí, decide. Dicho con otras palabras, para vivir tengo que ponerme ante todo a pensar, a imaginarme a mi mismo y ver en su conjunto el mundo. Por eso, el gran filósofo español José Ortega y Gasset hablaba de la razón vital, sin la cuál no puedo vivir porque solo puedo vivir pensando, razonando.
Vemos ahora que la filosofía no es más que hacer a fondo, con rigor, con un método adecuado eso que todos hacemos a diario para poder vivir humanamente. Los individuos y los pueblos y las épocas que filosofan viven con mayor claridad, no se dejan arrastrar, saben lo que hacen, tienen una iluminación superior a los demás. Y tienen también la audacia de creer que ellos mismos pueden intentar buscar la verdad, orientarse por si mismos cumpliendo las reglas de método, del camino que puede conducir a ese descubrimiento. La consecuencia es que el que filosofa pretende ser más el mismo, más de verdad, ser lo que se llama más auténtico.

La historia de la filosofía
Es larga y compleja la historia de la filosofía. Iniciada en Grecia a fines del siglo 7 o a comienzos del 6ª. De C. (Tales de Mileto, Anaximandro, Anaxímenes, Parménides, Heráclito, Empédocles, Anaxágoras, Demócrito, Sócrates), llevada a su perfección por Platón y Aristóteles, desarrollada luego, en Grecia y en Roma (Séneca, Marco Aurelio, Plotino), cristianizada luego, sobre todo en San Agustín, y en la Edad Media (San Anselmo, San Buenaventura, Santo Tomás de Aquino, Escoto, Ockam), sin olvidar a los judíos (Maimónides) o musulmanes (Avicena, Averroes, Ebenjaldún), continuada en el Renacimiento por Nicolás de Cusa, Luis Vives, Erasmo, Giordano Bruno, llevada a nuevo esplendor por Descartes, Spinoza, Leibniz, Bacon, Locke, Hume; Zubiri, Wittgenstein y tantos otros, esa historia ha sido vista a veces como una historia de errores de la mente humana; pero no es así.

Hay una continuidad y coherencia en la historia de la filosofía, que hace que los verdaderos filósofos se entiendan, aunque cada uno tenga que formular el problema a su manera propia, desde su punto de vista personal, que no excluye forzosamente los otros, porque las perspectivas reales son muchas y complementarias. Un gran filósofo dijo: "Todo lo que un hombre ha visto es verdad". Quería decir que la falsedad viene sólo de lo que cada uno añade a lo que verdaderamente ha visto; y ahí es donde puede producirse la contradicción y la discordia. La historia entera de la filosofía es el camino de la mente humana para conocer la realidad, para aproximarse a ella y descubrirla, rectificar los errores e integrar la visión personal con las de los demás.

La visión responsable
Ante una cosa, el filósofo no se pregunta, como el científico, por sus propiedades particulares –mineral, vegetal, animal, cuerpo celeste, echo psíquico o histórico, forma social o política, ley, enfermedad, obra literaria o artística, etcétera-; se pregunta por lo que tiene de realidad, es decir, por el tipo de realidad que le corresponde. No es lo mismo una piedra o un pino o un caballo, o bien el número 7, o el triángulo isósceles, o la raíz cuadrada de 2; o una sirena o un centauro; o un soneto; o Don Quijote; o Cervantes; o Dios.
El filósofo se pregunta cuál es el puesto que en la realidad tiene cada uno de esos objetos, dónde hay que ponerlo, cuáles son sus atributos y su manera de comportarse y cómo se lo puede conocer. Y tiene que preguntarse igualmente por la realidad en su conjunto, por su estructura, las jerarquías o grados de realidad que hay dentro de ella, las relaciones o conexiones entre todas las cosas que son en un sentido o en otro, reales.
Se puede pensar que la filosofía es muy difícil, que no se puede comprender, que sólo muy pocas personas la entienden. No es así; hemos visto que en el fondo es lo que todos los hombres hacemos todo el tiempo; si es así, ¿cómo no vamos a comprender eso que sin darnos cuenta hacemos?

Cuando se es muy joven, no se comprende la filosofía, pero no porque sus razonamientos sean muy complicados –los de las matemáticas suelen ser más difíciles- sino porque el niño no ve el problema, no ve en que consiste la pregunta. Cuando se llega a la primera juventud se puede entender, y el joven que "ve" la filosofía suele entusiasmarse. Los discípulos de Sócrates y Platón eran muchachos muy jóvenes. Y es mejor acercarse a la filosofía con frescura, con inocencia, sin saber nada, dispuesto a abrir los ojos y mirar.

La única dificultad que tiene la filosofía es que tiene una estructura, un orden, distinto del que tienen otras ciencias, por ejemplo la matemática. Ésta tiene una estructura lineal: si un libro de matemáticas tiene veinte teoremas, necesito entender los tres primeros para entender el cuarto, pero no necesito saber el quinto; cada uno se apoya en los anteriores, pero no en los posteriores, y se estudian y aprenden linealmente. En la filosofía, las verdades se apoyan unas en otras, mutuamente. Si se lee la primera página de un escrito filosófico, no se la comprende íntegramente; al leer la segunda la primera empieza a aclararse, y así sucesivamente; la comprensión total de la primera página no se logra hasta que se ha llegado a la última. Ésta estructura circular (o espiral) es lo que se llama sistema: un conjunto de verdades, cada una de las cuáles esta sostenida y probada por todos los demás.

Por esto es un error, cuando se lee un libro filosófico, no pasar del principio hasta haberlo entendido perfectamente: no se entenderá nunca. Hay que seguir, recibiendo nuevas aclaraciones a medida que se avanza, hasta el final. Las iluminaciones se van sucediendo, se van viendo nuevas conexiones, se descubren relaciones inesperadas, y por eso la lectura de un libro filosófico es apasionante, como la de una buena novela.
Esta comparación no es justificada: la filosofía es una teoría dramática, una aventura humana, del hombre que filosofa creadoramente o del lector que revive esa teoría. No se entiende nada humano más que contando una historia, y la filosofía tiene ese elemento dramático o novelesco, que la hace plenamente inteligible. La dificultad de la filosofía reside en esa estructura: una vez reconocida y aceptada, resulta ser lo verdaderamente inteligible; lo que de verdad se comprende; a su lado, todas las demás formas de intelección carecen de última claridad.

A la filosofía le corresponde la evidencia. Nada es filosóficamente entendido sino se ve que es así, que tiene que ser así. Y ésta evidencia tiene que renovarse en cada momento, si se trata de una comprensión filosófica. Supongamos que un profesor demuestra perfectamente en la pizarra que los tres ángulos de un triangulo valen dos rectos, o el teorema de Pitágoras, o la regla de la división. Si se nos pregunta porque es así, porque aquello es válido, contestaremos que "está demostrado", que un profesor nos lo demostró de manera concluyente cuando estudiábamos en el colegio o el instituto. No nos acordamos de la demostración, pero recordamos perfectamente que el profesor la dio de manera convincente. ¿Vale esto en filosofía? No. Esta evidencia debe estar renovándose en cada instante, tiene que estar presentando sus títulos de justificación; no se puede aceptar nada por autoridad –ni siquiera por el recuerdo de la evidencia, por la evidencia pasada-, sino por la evidencia actual.
Por eso la filosofía puede definirse como la visión responsable: es una visión, algo que en cada momento se esta viendo; pero no basta; es una visión que se justifica, que muestra sus razones, que "responde" de lo que ve y responde a las preguntas.

Las preguntas radicales
La filosofía se hace las preguntas radicales, aquellas que necesitamos responder para estar en claro, para saber a qué atenernos, para orientarnos sobre el sentido del mundo y de nuestra vida, para saber quiénes somos y qué tenemos que hacer y qué podemos esperar, qué será de nosotros. Entre muchas certezas y conocimientos, necesitamos una certidumbre radical, tenemos que buscarla, si queremos vivir como hombres lúcidamente, y no a ciegas o como sonámbulos.
Se dirá: ¿Es que podemos alcanzar esa certidumbre? ¿Es posible ese saber superior y más profundo, ese núcleo del pensamiento filosófico que se llama metafísica? No sabemos si es posible: sabemos que es necesario, que lo necesitamos para vivir.

Las ciencias son diferentes. Un problema científico que no tiene solución no es un problema. En filosofía, no. En primer lugar, porque no se sabe si acaso pueda tener solución con otro método, planteado de otra manera mejor; en segundo lugar, porque la filosofía no necesita tener éxito: tiene que enfrentarse con sus problemas, no puede contenerse con eliminarlos. Es la condición de la vida humana; el hombre no necesita tener éxito, le basta con intentar hacer, lo mejor posible, lo que debe hacer. La filosofía no puede renunciar a sus problemas fundamentales, porque entonces renuncia a si misma, deja de ser filosofía (es lo que le pasa a gran parte de lo que hoy se llama filosofía).

No hace falta ser un filosofo creador, original, para tener acceso a la filosofía.

El que lee filosóficamente a un filósofo, o lo escucha, repiensa su filosofía, se la apropia, la hace suya. Repite dentro de sí mismo el movimiento mental que llevó al filósofo a preguntarse algunas cosas, que lo condujo con un método riguroso de evidencia en evidencia, a ciertas visiones: soluciones o un nuevo planteamiento más adecuado del problema.

El filósofo es un hombre audaz, que se atreve a enfrentarse con la realidad, interrogarla, levantar el velo que la cubre y tratar de ponerla de manifiesto, hacerla patente. Por eso, la tentación del filósofo es soberbia. Pero si es verdadero filósofo, tendrá que llegar a una profunda humildad: primero, porque tendrá conciencia de que la realidad es problemática, que ninguna verdad la agota que cuando dice "A es B", no quiere decir "A es B y nada más", sino que su propia visión se podrá y deberá integrar con otras, que no se excluyen forzosamente; segundo, porque lo que hace no es dictar a la realidad cómo es o debe ser, sino al contrario. Ver cómo es, reconocer que es así, aceptarlo. La filosofía requiere el valor de enfrentarse con la realidad –toda realidad, sin amputaciones ni exclusiones, en todo su problematismo-, pero significa la aceptación de la realidad, el sometimiento a una verdad que el filósofo no produce ni impone, sino descubre.
Los otros conocimientos, las otras ciencias, la experiencia de la vida, las crisis históricas, todo eso lleva al hombre a algunas preguntas esenciales que van más allá, que no tienen respuestas prácticas ni dentro de cada una de las ciencias positivas. Hay problemas que no tienen su lugar en la física, la psicología o la historia; pero son problemas para el físico, el psicólogo o el historiador, para el hombre que cada uno de ellos es (como para el hombre de la calle). Esas mismas ciencias plantean un problema que excede de ellas mismas: ¿cuál es su puesto en el conjunto del saber? Y ¿cuál es la realidad de su objeto? El físico estudia la naturaleza, la mide, descubre sus leyes; pero no se pregunta qué es la naturaleza o por qué hay naturaleza. La pregunta por la realidad histórica no es tema de la historia. Las ciencias particulares dan por supuesto su objeto (por eso se llaman ciencias positivas), pero el hombre no puede dar nada por supuesto si quiere tener una ultima claridad. Esa es la función, la exigencia de la filosofía.

Por otra parte, la filosofía no empieza nunca en cero. No solo parte de innumerables noticias, experiencias, conocimientos, sino que descansa sobre un subsuelo de creencias, se inicia en una situación social, histórica, personal que condiciona el horizonte de los intereses, las curiosidades, las inquietudes; que hace que un filosofo mire en una u otra dirección, que eche de menos, claridad sobre unas cosa y no sobre otras. La filosofía tiene siempre, para emplear una expresión de Ortega, una "prefilosofía" que normalmente olvida y deja a su espalda.
Hay que aclarar este importante cuestión. La idea de una filosofía sin supuestos, que no parta de otros saberes, que empiecen en cero, como antes dije, es completamente ilusoria. Pero si la filosofía olvida todo eso, no tiene plena realidad, no se aclara sobre si misma, no es estrictamente filosófica. Tiene que contar con todo eso que es su punto de partida que la condiciona, pero tiene que dar razón de ello, es decir, justificar filosóficamente. Nada de eso será filosofía hasta que la filosofía lo absorba, lo ilumine, justifique, y así lo eleve hasta el nivel de la filosofía misma.

En este sentido, toda filosofía es histórica, esta "a la altura del tiempo", es la propia de cada época. Y no puede olvidar que lleva dentro toda las demás del pasado, que a llegado a ese nivel, es un proceso sin el cual se la podría entender. La filosofía no es separable de su historia, pero esta remite al presente: nos obliga a hacer filosofía, por que todas las demás, de pretérito, no nos sirve, no son suficientes, porque están pensadas en situaciones distintas de la nuestra, porque no se enfrentan, al menos de manera adecuada, con nuestros problemas, aquellos que nos obligan a filosofar. La filosofía del pasado no queda arrumbada o rechazada: queda absorbida, incorporada en la actual; el filósofo filosofa con todos los demás que lo han precedido, y no puede reducirse a ninguno.

La verdad de la vida
"Una vida no examinada (es decir, sin filosofia) no es vividera para el hombre", decía Platón. "Todas las ciencias son más necesarias que la filosofía-decía Aristóteles-; superior, ninguna." La filosofía "no sirve para nada", y por eso no sirve a nadie: es la ciencia de los hombres libres. "Si la sabiduría es Dios, el verdadero filósofo es el amador de Dios", decía San Agustín. Y Spinoza la ve como amor Dei intellectualis. "amor intelectual a Dios". Y Ortega, en su primer libro. Definía la filosofía como la "ciencia general del amor".
Esa conexión entre amor y filosofía es esencial, porque la filosofía busca la conexión general de todas las cosas-eso es precisamene la razón-, y eso es obra del amor. Por eso la filosofía consistió, desde el principio, en la máxima dilatación del espíritu, hasta llegar a preguntarse por el todo. ¿Qué es todo esto? Por este camino se llegó a descubrir la naturaleza, más allá de cada cosa,y como principio de explicación de ellas (la naturaleza de las cosas). La idea cristiana de creación llevó a ver el mundo como criatura, con una realidad fundada en la de Dios creador. La evidencia del carácter único e irreductible de eso que llamamos "yo" llevó al pensamiento moderno (Descartes y sus continuadores) al idealismo, a la afirmación del yo pensante como la realidad primaria, de quién serían "ideas" todas las cosas. Pero nuestro tiempo ha visto que, si bien es verdad que nada puedo saber sin mí, sin ser yo testigo de los demás. Yo no me encuentro nunca solo, sino rodeado de cosas, en un mundo, haciendo algo con él, algo que se llama vivir. Y al vivir encuentro, de una manera o de otra, todo lo que hay, presente y manifiesto o latente y oculto, accesible o inaccesible, desde mi propio cuerpo y las cosas que me rodean hasta Dios, del cual encuentro en mi vida al menos la noticia o revelación.
La filosofía es el descubrimiento de un horizonte de preguntas ineludibles. Volverse de espaldas a ellas es renunciar a ver, aceptar una ceguera parcial, contentarse con lo penúltimo. Significa, pues, la filosofía un incalculable enriquecimiento del mundo. Es además una disciplina moral: la exigencia de no engañarse, de no aceptar como evidente lo que no lo es. (Sin que esto quiera decir que hay que rechazar lo que no es evidente, porque muy pocas cosas lo son.) Es sobre todo, una llamada a la lucidez, a ese "señorío de la luz sobre las cosas y sobre nosotros mismos", de que hablaba Ortega. Y con ello, una llamada a la autenticidad, a la verdad de la vida, a ser cada uno quien verdaderamente pretende ser.
El último fruto de la filosofía es la aceptación del destino libremente elegido, eso que se llama vocación

7. Bibliografía consultada

"El Valor De La Libertad" de Antonio Millán Puelles.
"Pedagogía visible y educación invisible" de Victor García Hoz.
"Psicología y educación para la prosocialidad" de Robert Roche Olivar
Los estudios de un joven de hoy, de la Editorial Fundación Universidad-Empresa, Madrid 1982.
Diccionario de la Lengua Española.
El libro de la virtudes, Javier Vergara Editor, Buenos Aires, 1995.
Platón, Diálogos, Porrúa, México, 1976.
Ser hombre, de Elías M. Zacarías.
Fundamentos de Filosofía, Madrid 1986
Las Virtudes Fundamentales, Josef Pieper, Ed. Rialp, Madrid, 1988.
Filosofía Cristiana, José M. De Torre, Ediciones Palabra, S.A.,Madrid, 1982.

  

 

 

Autor:


Lic. José Luis Dell'ordine


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