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Política social

Enviado por latiniando



Partes: 1, 2

Indice
1. Descripción temática
2. Fundamentación
3. Política social
4. Apéndice
5. Conclusión
6. Bibliografía

1. Descripción temática

Acción social, objeto de estudio de la sociología, es el análisis del comportamiento humano en los diferentes medios sociales. La acción humana está estructurada de acuerdo a normas compartidas y aceptadas por los miembros de una colectividad.

La sociología presenta una doble perspectiva complementaria al analizar la realidad social: subjetiva o interna y objetiva o externa. Ambos análisis se remontan a las dos concepciones sobre la acción social: la del sociólogo alemán Max Weber y la del teórico social francés Émile Durkheim. Weber define la sociología como "ciencia de la acción social" y afirma que "la acción humana es social siempre que los sujetos de la acción incorporen en ella un sentido subjetivo", esto es, los caracteres de una acción social se encuentran en la percepción y en la comprensión del sujeto de la conducta de los demás. Para Durkheim, el carácter social de la acción humana es objetiva, ya que obedece a las "maneras colectivas de obrar, pensar y sentir externas al individuo", que ejercen un poder coercitivo sobre su conducta. Véase Patrón de conducta.

La acción social ha sido estudiada por el sociólogo estadounidense Talcott Parsons, uno de los principales teóricos de la sociología contemporánea. Partiendo de la definición de Weber, en su obra La estructura de la acción social (1937) sitúa la acción en cuatro subsistemas: biológico, psíquico, social y cultural, que conforman el sistema de la acción. Para Parsons, toda acción es siempre global, es decir, está inscrita en esos cuatro subsistemas y es resultado de la interacción de las fuerzas o influencias de cada uno de ellos.

2. Fundamentación

Bajo el título Sociología y antropología se recoge un conjunto de estudios realizados por el antropólogo francés Marcel Mauss sobre temas que hoy forman parte de la denominada antropología cultural o etnología. Extraemos un fragmento de su larga introducción, "Introducción a la obra de Marcel Mauss", escrita por su colega francés Claude Lévi-Strauss, en la que subraya la importancia de analizar y comparar la organización social de las diferentes culturas y del papel que juega la interrelación entre el individuo y el grupo social a la hora de estudiar cualquier tipo de sociedad.

Fragmento de Sociología y antropología.
De Marcel Mauss.
Introducción, de Claude Lévi-Strauss.
Y es que por primera vez en la historia del pensamiento etnológico se lleva a cabo un esfuerzo por superar las observaciones empíricas y llegar a realidades más profundas. Por primera vez lo social sale de la esfera de la cualidad pura: anécdota, curiosidad, materia de descripción moralizante o de comparación erudita, y se transforma en un sistema, entre cuyas partes pueden descubrirse conexiones, equivalencias y solidaridades. Se comparan, en primer lugar, los resultados de la actividad social, bien sea técnica, económica, ritual, estética o religiosa —como son los instrumentos, productos manufacturados, productos alimenticios, fórmulas mágicas, ornamentos, cantos, danzas y mitos—, comparación que es posible por el carácter común que todos poseen de ser transferibles, de acuerdo con modalidades que pueden ser objeto de análisis y clasificación y que incluso cuando parece que no pueden separarse de determinados tipos de valores, sí pueden reducirse a formas más fundamentales, más generales. No sólo son comparables, sino con frecuencia sustituibles, en la medida en que valores diferentes pueden ser reemplazados unos por otros dentro de la misma operación, y, sobre todo, son las mismas operaciones, por diversas que puedan parecer, a través de los acontecimientos de la vida social: nacimiento, iniciación, matrimonio, contrato, muerte o sucesión, y por arbitrarias que parezcan, debido al nombre y distribución de los individuos que ponen en causa, como son los recipiendarios, intermediarios o donatarios, lo que permite siempre la reducción de operaciones, grupos o personas a un número más pequeño, donde, a fin de cuentas, sólo se encuentran los fundamentos de un equilibrio concebido y realizado de forma diferente, según cual sea el tipo de sociedad objeto de consideración. De este modo los tipos pueden ser definidos por sus caracteres intrínsecos y se pueden comparar entre sí, ya que sus caracteres no se califican cualitativamente, sino por el nombre y ordenación de sus elementos, que a su vez son constantes en todos ellos. Tomemos un ejemplo de un sabio que quizá mejor que ningún otro ha sabido comprender y explotar las posibilidades que este método abre: las interminables series de fiestas y regalos que acompañan el matrimonio en Polinesia, poniendo en relación decenas e incluso cientos de personas, que parecen desafiar la descripción empírica, pueden, sin embargo, canalizarse en treinta o treinta y cinco prestaciones que se llevan a cabo a través de cinco líneas, líneas que están entre sí en una relación constante y que pueden descomponerse en cuatro ciclos de reciprocidad entre las líneas A y B, A y C y A y E; la totalidad compone un determinado tipo de estructura social, en que, por ejemplo, los ciclos entre B y C o entre E y B o D, o incluso entre E y C, están excluidos, siendo así que cualquier otra forma de sociedad los colocaría en lugar predominante. Este método es tan riguroso que si se produjera un error en las ecuaciones así obtenidas es probable que hubiera que imputarlo más a una laguna en el conocimiento de las instituciones indígenas que a un defecto del cálculo. Así, en el ejemplo que acabamos de citar se constata que el ciclo entre A y B comienza con una prestación sin contrapartida, lo cual nos induciría inmediatamente, si no se conociera, a buscar la presencia de una acción unilateral, anterior a las ceremonias matrimoniales, aunque en relación directa con ellas, pues tal es el papel que dentro de esta sociedad en cuestión juega la abducción de la prometida, cuya primera prestación representa, según la terminología indígena, «la compensación». Este hecho se hubiera podido deducir de no haber sido observado.

Podemos fácilmente darnos cuenta que esta técnica operatoria es muy semejante a la que Troubetzkoy y Jakobson describían mientras Mauss escribía su Essai, lo cual iba a permitirles crear la lingüística estructural. El problema radica aquí también en distinguir un dato puramente fenomenológico, del cual no se ocupa el análisis científico, de una infraestructura más simple y a la cual debe su ser. Gracias a las nociones de «variantes facultativas», «variantes combinatorias», «términos de grupo» y a la de aneutralización», el análisis fonológico iba a permitir definir un lenguaje por medio de un pequeño número de relaciones constantes en las cuales la diversidad y complejidad aparente de su sistema fonético no hacen sino ilustrar la posible gama de combinaciones autorizadas.

Del mismo modo que la fonología para la lingüística, el Essai sur le don inaugura una nueva era para las ciencias sociales. La importancia de este doble acontecimiento (que desgraciadamente Mauss dejó en esquema) puede perfectamente compararse con la importancia del descubrimiento del análisis combinatorio para la matemática moderna. El que Mauss no se dedicara al desarrollo de este descubrimiento, incitando inconscientemente con ello a Malinowski (de quien hay que reconocer, sin que ello le perjudique, que fue mejor observador que teórico) a lanzarse solo a la elaboración del sistema correspondiente sobre la base de los hechos y conclusiones análogos a que ambos habían llegado, por caminos independientes, es uno de los grandes males de la etnología contemporánea.

Es difícil hoy llegar a saber en qué sentido hubiera desarrollado Mauss su doctrina, si lo hubiera hecho. El principal interés de una de sus obras tardías, la Notion de Personne, publicado también en este volumen, radica menos en su argumentación, considerada a veces cursiva e incluso negligente, que en la tendencia actualizada hoy de aplicar al orden diacrónico una técnica de permutaciones que el Essai sur le don concebía más en función de los fenómenos sincrónicos. En cualquier caso, probablemente Mauss habría encontrado ciertas dificultades en completar la elaboración del sistema (más adelante veremos por qué), pero nunca, sin embargo, le habría dado la regresiva forma que recibió de Malinowski, para quien la noción de función, concebida por Mauss al estilo del álgebra, es decir, implicando que los valores sociales se pueden conocer unos en función de otros, toma el camino de un simple empirismo cuyo objeto es únicamente el de señalar los servicios prácticos prestados a la sociedad por sus costumbres e instituciones. Cuando Mauss consideraba la relación constante entre los fenómenos, relación donde reside su explicación, Malinowski se pregunta únicamente para qué sirven, con el fin de hallarles una justificación. La posición adoptada ante este problema deshizo los anteriores avances, al dar entrada a una serie de postulados que carecían de valor científico.

El fundamento de que la posición adoptada por Mauss ante el problema es la única acertada ha quedado atestiguado por los más recientes desarrollos de las ciencias sociales que permiten confiar en una matematización progresiva. En determinados campos fundamentales, como es el del parentesco, el de la analogía con el lenguaje, tan repetidamente mantenido por Mauss, ha permitido descubrir las reglas concretas que permiten la creación dentro de cualquier tipo de sociedad de ciclos de reciprocidad cuyas leyes de funcionamiento sean ya conocidas, permitiendo así el empleo del razonamiento deductivo en un campo que parecía sujeto a la arbitrariedad más absoluta.

Por otra parte, al asociarse cada vez más estrechamente con la lingüística, con el fin de crear algún día con ella una amplia ciencia de la comunicación, la antropología social espera beneficiarse de las inmensas perspectivas abiertas a la lingüística, al aplicar el razonamiento matemático al estudio de los fenómenos de la comunicación.
A partir de ese momento sabemos que un gran número de problemas etnológicos y sociológicos, ya sea en el terreno de la morfología, en el del arte o en el de la religión, sólo esperan la buena voluntad de los matemáticos que en colaboración con los etnólogos podrán conseguir un progreso decisivo, si no todavía en el camino de la solución, sí, al menos, en el de una unificación previa, que es condición para su solución.
Fuente: Mauss, Marcel. Sociología y antropología. Colección de Ciencias Sociales. Madrid. Editorial Tecnos, 1991.

3. Política social

Forma de intervención del Estado en la sociedad civil. En un sentido sociales de una sociedad.
Los orígenes de las políticas sociales se remontan a las últimas décadas del siglo XIX en Europa, donde nacen con el objetivo de moralizar la economía liberal, a fin de evitar las injustas consecuencias sociales de la Revolución Industrial. En sus inicios, la política social ‘anglosajona’ se preocupó fundamentalmente por todas aquellas personas amenazadas por la pobreza: ancianos, vagabundos, enfermos, etc. La política social ‘latina’, en cambio, se interesó por las condiciones de la clase trabajadora, identificándose con la política laboral: prohibición del trabajo a los menores de edad, reducción de la jornada laboral, salarios más justos, seguridad en el trabajo, etc. Con el tiempo, las políticas sociales han ido transformándose y ampliando su radio de acción no sólo a las capas más necesitadas de la población, sino a la mayoría de los individuos que componen una sociedad.

Relacionadas con la provisión de servicios sociales, las políticas sociales forman parte del Estado de bienestar, su representación institucional, y abarcan una extensa gama de programas sociales, como políticas de salud, seguridad social, vivienda, educación u ocio. Hoy su objetivo es la búsqueda del bienestar y la mejoría de las condiciones materiales de vida de la población.

4. Apéndice

Estado: denominación que reciben las entidades políticas soberanas sobre un denominado territorio, su conjunto de organizaciones de gobierno y, por extensión, su propia extensión territorial.

La característica distintiva del Estado moderno es la soberanía, reconocida tanto dentro del propio Estado como por parte de los demás de que su autoridad gubernativa es suprema. En los estados federales, este principio se ve modificado en el sentido de que ciertos derechos y autoridades de las entidades federadas, como los länder en Alemania, los estados en Estados Unidos, Venezuela, Brasil o México, no son delegados por un gobierno federal central, sino que se derivan de una constitución. El gobierno federal, sin embargo, está reconocido como soberano a escala internacional, por lo que las constituciones suelen delegar todos los derechos de actuación externa a la autoridad central.

Aunque el siglo XX ha sido escenario del nacimiento de muchas instituciones internacionales, el Estado soberano sigue siendo el componente principal del sistema político internacional. Desde una perspectiva internacional, un Estado nace cuando un número suficiente de otros estados lo reconocen como tal. En época moderna, la admisión en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y en otros organismos internacionales proporciona una constancia eficiente de que se ha alcanzado la categoría de Estado.

La ONU es una de las muchas instituciones que han surgido de la creciente interdependencia de los Estados. El Derecho internacional ha proporcionado durante siglos un modo de introducir cierto margen de pronóstico y orden en lo que, en un sentido técnico, constituye todavía un sistema anárquico de relaciones internacionales. Otros vínculos internacionales son posibles gracias a tratados, tanto bilaterales como multilaterales, alianzas, uniones aduaneras, y otras uniones voluntarias realizadas para mutuo beneficio de las partes implicadas. No obstante, los estados disponen de libertad para anular estos vínculos, y sólo el poder de otros estados puede impedírselo.

En el plano nacional, el papel del Estado es proporcionar un marco de ley y orden en el que su población pueda vivir de manera segura, y administrar todos los aspectos que considere de su responsabilidad. Todos los estados tienden así a tener ciertas instituciones (legislativas, ejecutivas, judiciales, etcétera) para uso interno, además de fuerzas armadas para su seguridad externa, funciones que requieren un sistema destinado a recabar ingresos. En varios momentos de la historia, la presencia del Estado en la vida de los ciudadanos ha sido mayor que en otros. En los siglos XIX y XX la mayoría de los estados aceptó su responsabilidad en una amplia gama de asuntos sociales, dando con esto origen al concepto de Estado de bienestar. Los estados totalitarios, como la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y la Alemania nacionalsocialista, se atribuyeron un derecho, a menudo compartido con un partido hegemónico y único, de regular y controlar pensamientos y opiniones.

Estas prácticas plantean cuestiones importantes en lo que a la legitimidad de los estados se refiere. Desde la aparición de las ciudades Estado en la antigua Grecia, pensadores políticos y filósofos han discutido la verdadera naturaleza y fines reales del Estado. Con el paso de los siglos, y en la medida en que la tecnología y la evolución administrativa lo fueron permitiendo, estos pequeños estados, concebidos por Platón y Aristóteles más como una comunidad pequeña que como el marco donde se desarrolla la actividad política de la vida humana, fueron sustituidos por entidades territoriales cada vez mayores.

Los requisitos militares de crear y mantener dichas entidades se inclinaron hacia el desarrollo de sistemas autoritarios, y algunos autores enfatizaron acerca del necesario sacrificio de la libertad individual en beneficio de las necesidades del orden colectivo, ejercido con el respeto hacia el bienestar de todos los grupos de la sociedad. A partir de los siglos XVI y XVII, la tendencia a identificar al Estado con pueblos dotados de un cierto grado de identidad cultural común corrió pareja con una búsqueda de la legitimidad derivada de la voluntad e intereses de esos pueblos. Así la aparición de facto del nacionalismo, identificado con la consecución del Estado nacional fue fundamental durante la Revolución Francesa. La contribución ideológica en este aspecto de Jean-Jacques Rousseau y Georg Wilhelm Friedrich Hegel produjo a su vez una cierta sacralización de la nación como entidad moral capaz de conferir legitimidad tanto a sí misma como a sus acciones. La reacción a algunos de los excesos surgidos del conflicto entre estados nacionales que esta postura inspiró durante los siglos XIX y XX preparó por su parte un sustrato ideológico para el internacionalismo de finales del siglo XX y para los conceptos de seguridad colectiva, comunidades internacionales económicas y políticas, además de diversas formas de trasnacionalismo. Esto ha supuesto un desafío al propio concepto de Estado como forma preferida de organización política.

En las postrimerías del siglo XX la globalización de la economía mundial, la movilidad de personas y capital, y la penetración mundial de los medios de comunicación se han combinado con el propósito de limitar la libertad de acción de los estados. Estas tendencias han estimulado un vivo debate sobre si el Estado puede retener algo de esa libertad de acción que se asociaba en otros tiempos a la soberanía. Estas limitaciones informales a la independencia vienen acompañadas en algunas áreas, en especial Europa occidental, de proyectos de integración interestatal, caso del proyecto de Unión Europea, considerado por unos como una alternativa al Estado nacional y por otros como la evolución de nuevos y mayores estados. Sea cual sea el efecto de este proceso, el concepto clásico de Estado como entidad en cierto modo cerrada, cuyas transacciones internas son mucho más intensas que sus actividades interestatales, ha pasado a la historia conforme han ido surgiendo nuevas formas de colaboración e integración interestatal más flexibles.

Estructura social: conjunto de formas en que grupos e individuos se organizan y relacionan entre sí y con los distintos ámbitos de una sociedad. En sociología, la estructura es un instrumento para analizar la realidad social.

El concepto de estructura tiene una larga evolución. Ya se utilizaba en el siglo XVII en el campo de la historia natural para hacer referencia a las relaciones entre las partes de un todo. El término se usaba en anatomía, pero en el siglo XIX se trasladó a la sociología como consecuencia del empleo de ciertos términos orgánicos por los pensadores de la época (Auguste Comte, Karl Marx y Herbert Spencer). El teórico social inglés Herbert Spencer estableció el paralelismo entre la organización y evolución de los organismos biológicos, y la organización y evolución de las sociedades. La sociedad, considerada como un "organismo vivo", podía ser dividida en partes ordenadas y diferenciadas. Para Spencer, la estructura social sería la "trama de posiciones e interrelaciones mutuas mediante las cuales se puede explicar la interdependencia de las partes que componen la sociedad".

El sociólogo estadounidense Talcott Parsons elaboró su teoría del sistema y organización social en términos de estructura y función: la estructura, según Parsons, comprende los elementos del sistema relativamente constantes y estables, que serían: los roles (padre, maestro, etc.), las colectividades (familia, partido político, fábrica, etc.), las normas (los modelos) y los valores. Véase Funcionalismo.

Sin embargo, fueron A. R. Radcliffe-Brown y Claude Lévi-Strauss los representantes de dos concepciones diferentes y enfrentadas sobre esta teoría: Radcliffe-Brown comparó la sociedad a un mecanismo en funcionamiento cuyas partes pueden ser descritas y representadas por los propios participantes (modelo conceptual). Lévi-Strauss, opuesto a la concepción de Spencer y Radcliffe, consideró la estructura como algo "latente" en la realidad pero a modo de un "orden oculto", es decir, que sus partes sólo pueden ser interpretadas y explicadas (modelo teórico).

Pobreza: circunstancia económica en la que una persona carece de los ingresos suficientes para acceder a los niveles mínimos de atención médica, alimento, vivienda, vestido y educación.

La pobreza relativa es la experimentada por personas cuyos ingresos se encuentran muy por debajo de la media o promedio en una sociedad determinada. La pobreza absoluta es la experimentada por aquellos que no disponen de los alimentos necesarios para mantenerse sanos. Sin embargo, en el cálculo de la pobreza según los ingresos, hay que tener en cuenta otros elementos esenciales que contribuyen a una vida sana. Así, por ejemplo, los individuos que no pueden acceder a la educación o a los servicios médicos deben ser considerados en situación de pobreza.

Las personas que, por cualquier razón, tienen una capacidad muy por debajo de la media para ganar un salario, es probable que se encuentren en situación de pobreza. Históricamente, este grupo viene formado por personas mayores, discapacitados, madres solteras y miembros de algunas minorías. En los países occidentales, un sector considerable de población en situación de pobreza (el 30%) está constituido por madres solteras con hijos. Esto no se debe únicamente a que las mujeres que trabajan fuera de casa suelen ganar menos que los hombres, sino fundamentalmente a que una madre soltera tiene dificultades para poder cuidar a sus hijos, ocuparse de su vivienda y obtener unos ingresos adecuados al mismo tiempo. Otros grupos son los discapacitados con personas a su cargo, familias numerosas y otras en las que el cabeza de familia está en situación de desempleo o tiene un salario mínimo.

La falta de oportunidades educativas es otra fuente de pobreza, ya que una formación insuficiente conlleva menos oportunidades de empleo.

Gran parte de la pobreza en el mundo se debe a un bajo nivel de desarrollo económico. China e India son ejemplos de países superpoblados en vías de desarrollo en donde, a pesar de la creciente industrialización, la pobreza es notoria. El desempleo generalizado puede crear pobreza incluso en los países más desarrollados. La crisis de 1929 empobreció a millones de estadounidenses y europeos durante la década de 1930. Lógicamente las fluctuaciones económicas menos graves, denominadas recesiones, causan un aumento menor del índice de pobreza.

Decenas de miles de personas en situación de pobreza fallecen cada año a causa del hambre y la malnutrición en todo el mundo. Además, el índice de mortalidad infantil es superior a la media y la esperanza de vida inferior.

Parece inevitable que la pobreza esté, según los criminólogos, vinculada al delito, aun cuando la mayor parte de las personas con muy bajos ingresos no sean delincuentes y estos últimos no suelan sufrir graves carencias. Otros problemas sociales, como las enfermedades mentales y el alcoholismo, son más habituales, debido a que son causas y efectos de la escasez de recursos económicos y de una atención médica inadecuada.

La pobreza ha sido considerada como indicador de desigualdad de clase social y sexo en las sociedades industriales, en donde las mujeres que viven solas y las familias de clase baja presentan el nivel más bajo de pobreza. Asimismo, ha sido considerada como un indicador de trato económico desigual entre los países desarrollados y en vías de desarrollo, estando la riqueza acumulada en los primeros y la pobreza en los segundos, lo que forma la denominada línea Norte-Sur (véase Teoría de la dependencia). Las zonas más pobres del mundo son el sur de Asia (Bangladesh, India y Pakistán), los países subsaharianos, norte de África, Oriente Próximo, Latinoamérica y este de Asia.

Servicios sociales: en un sentido amplio, es la prestación de servicios sanitarios y educativos, la protección social del trabajo y la vivienda, los seguros y subsidios de renta, y la asistencia social individual. En un sentido restringido, los servicios sociales son actividades técnicas organizadas por las administraciones públicas y enmarcadas dentro de las políticas de bienestar social (véase Política social), cuyo objetivo es la prevención, rehabilitación o asistencia de individuos, de familias o de grupos sociales con amplias carencias y demandas, en pro de la igualdad de oportunidades, la realización personal, la integración social y la solidaridad. La finalidad global de los servicios sociales es la satisfacción de determinadas necesidades humanas dentro de una comunidad.

Los servicios sociales cubren, en general, los siguientes sectores de población: mujer, familia y menores, juventud, tercera edad, minusválidos, toxicómanos, delincuentes y reclusos, minorías étnicas, emigrantes y personas en situación de pobreza y marginalidad.
La familia ha sido la principal fuente de asistencia y provisión de servicios a lo largo de toda la historia de la humanidad. Sin embargo, siempre existió la polémica sobre la entidad que debía responsabilizarse a nivel suprafamiliar: el Estado, la Iglesia o la administración local. La caridad y la beneficencia pública son prácticas fundamentales de la sociedad medieval, en la que existía una red de gobierno local más organizada y compleja que en el Imperio romano, más centralizado, aunque el florecimiento de los Estados (desde pequeños principados a amplias jurisdicciones) ya dejaba entrever el auge del Estado de bienestar de la era moderna.

En Europa, durante el Antiguo Régimen, la Iglesia fue la principal responsable de la asistencia social y de la provisión de servicios sociales a la comunidad. En el siglo XIX, el auge de conceptos como clase social y sociedad, la centralización de la administración del Estado y las nuevas experiencias de mutualismo patronal y obrero culminarían en reformas fundamentales (como la de Bismarck en la Alemania de 1881 o, a principios del siglo XX, la de Lloyd George y Clement Richard Attlee en Gran Bretaña) surgiendo el embrión de la Seguridad Social y posteriormente el moderno Estado de bienestar.

El grado de desarrollo de los servicios sociales y el nivel de colaboración entre la administración central (el Estado) y local (ayuntamientos, comunidades, etcétera), así como entre las organizaciones de voluntariado, varía de manera considerable según el país, aunque la tendencia es avanzar hacia su descentralización y regionalización, hacia la cooperación entre los sectores público y privado, hacia la aplicación de un enfoque más preventivo que asistencial y hacia el desarrollo de la ayuda mutua dentro de las propias comunidades, con el fin de conseguir una mayor efectividad.

Sin embargo, en las sociedades occidentales con derechos sociales amplios, donde impera el Estado de bienestar, el mantenimiento de los servicios sociales también provoca fuertes controversias. El porcentaje habitual de la renta nacional invertido en servicios sociales por los países económicamente más avanzados es del 30 por ciento. Sin embargo, actualmente algunos gobiernos están interesados en reducir sus gastos sociales para que la comunidad libere al Estado de gran parte de las cargas de asistencia social y servicios sociales, pero hay que tener presente que estas medidas implican no reconocer estos servicios como derechos inalienables de los ciudadanos.

Por otro lado, expertos en el tema han demostrado que la inversión en bienestar social va unida al progreso económico, ya que los países que mantienen altos gastos sociales tienen asimismo un rápido crecimiento económico. En consecuencia, el gasto social, más que constituir la causa de una crisis económica, forma parte de su solución. Véase también Trabajo social.

Ocio: tiempo libre o tiempo no utilizado para el trabajo. Se trata de distinguir entre trabajo y ocio.
Desde el punto de vista histórico, el ocio se ha asociado con el estilo de vida de la aristocracia, mientras que el resto de la población no podía disfrutar de él porque tenía que trabajar para subsistir. De hecho, y según el protestantismo, el objeto de la vida es glorificar a Dios por medio del trabajo. Paradójicamente, el crecimiento económico se ha explicado en parte como resultado de una mayor aceptación del protestantismo, y hoy es justamente en estos países donde la gente dispone de más tiempo libre para el ocio al ser más ricos y tener mayores ingresos.

En la realidad social, sin embargo, oportunidades de ocio y recreación han pasado a formar parte de la vida en todas las sociedades. Han variado de acuerdo con las condiciones climáticas y la naturaleza circundante, y han ido progresando a medida que se han producido mejoras tecnológicas y se ha logrado un mayor control sobre el medio ambiente.

El estudio de estas diferencias, tanto en el seno de las sociedades como en las relaciones de unas con otras, ha dado lugar a una extensa bibliografía. El ocio, según parece, no es una pérdida de tiempo sino una actividad recreativa. De igual manera, el trabajo ya no se define tan sólo como una actividad, sino como una modificación del mundo físico y mental a través de un esfuerzo, y sólo se considera como trabajo si no constituye un motivo de recreación para la persona. En última instancia, la diferencia entre trabajo y ocio radica en el significado que demos al concepto de recreación.

La pérdida de tiempo, tal y como Marx y De Tocqueville señalaron desde puntos de vista muy diferentes, es típicamente un fenómeno colectivo que surge como consecuencia de fallos del mercado. Ciclos de prosperidad y recesión, o fluctuaciones de la actividad económica de veinte años o más, pueden hundir o fomentar la prosperidad de una comunidad. La productividad está ligada a la especialización en la división del trabajo, pero, de igual manera, expone a la zona o región especializada a las vicisitudes de las fluctuaciones en la oferta y la demanda. Así, por ejemplo, Europa parece estar padeciendo una alta tasa de desempleo al final del siglo XX, debido no sólo a estos factores, sino también al desajuste entre las demandas del mercado de trabajo y las aptitudes de los trabajadores. Como resultado, se produce una desocupación forzosa allí donde la meta de la innovación para reducir las necesidades de trabajo ha sido ofrecer más ocio.

Ha habido también una reestructuración generalizada de la división del trabajo en las sociedades industriales avanzadas. Las mujeres han entrado en el mercado de trabajo de forma masiva, empleadas tanto a tiempo parcial como a tiempo completo. Hace 50 años, las mujeres con niños pequeños estaban virtualmente confinadas en la economía doméstica. Hoy la mayoría de las mujeres trabaja fuera de casa y, por lo tanto, su tiempo para el ocio ha disminuido. De igual manera, los niños emplean más tiempo en el proceso educativo, permanecen en él hasta una edad más avanzada, juegan menos y se emplean en un trabajo remunerado con menor frecuencia.

De cualquier manera, la tendencia actual apuesta por menos trabajo y más ocio o tiempo libre. Las horas de trabajo, diarias, semanales, anuales, así como vitales (a lo largo de toda la vida), se han visto paulatinamente reducidas, en especial para los hombres y, en particular, para los menos cualificados. La edad tradicional de jubilación de 65 años se anticipa e iguala con frecuencia entre los sexos, mientras que la esperanza de vida es mayor por lo que el mundo del ocio nos atrae cada vez más. Como consecuencia, surgen multitud de programas de construcción de estadios, complejos deportivos, centros de ocio y ciudades universitarias; el ocio se ha convertido en una industria gigantesca que, paradójicamente, ocupa a un número creciente de personal laboral. La televisión se acerca a niveles de saturación y el turismo o los viajes al extranjero se han generalizado. Distinciones tradicionales de sexo y edad pierden progresivamente su sentido en este contexto. La gente puede divertirse en oficinas y fábricas, del mismo modo que con el trabajo realizado desde su propia vivienda.

Trabajo: el esfuerzo necesario para suministrar bienes o servicios mediante el trabajo físico, mental o emocional para beneficio propio o de otros.

En el lenguaje actual tiende a diferenciarse entre trabajo remunerado y trabajo gratuito. Se suele denominar trabajo remunerado al empleo bajo contrato a cambio de un sueldo o salario; suele ser considerado como un intercambio de esfuerzos en un lugar determinado y dentro de un horario específico. Sin embargo, estas características están asociadas a la industrialización, con su organización en fábricas y oficinas, que, en su conjunto, fue una actividad masculina. Así, el trabajo en el sentido de empleo ha sido básicamente masculino hasta la reciente incorporación de la mujer. Históricamente la definición de trabajo en su sentido más amplio es incorrecta, ya que de hecho en su mayor parte ha sido realizado por mujeres, especialmente en el hogar y en las prácticas de crianza. Véase Trabajo de las mujeres.

El impacto de la cultura industrial ha sido tan grande que se ha llegado a asociar el concepto de trabajo con el de la fábrica o la empresa, cuando, por el contrario, actualmente se realiza cada vez más en lugares como el hogar, la comunidad y los centros de recreo. En el siglo XX se ha reducido el número de horas de trabajo (por día, semana, año) al mismo tiempo que se han ampliado el periodo de la infancia y los beneficios de la jubilación.

Aristocracia: (del griego, aristos, 'mejor' y kratos, 'poder'), forma de gobierno en la que el poder soberano es conferido a un número reducido de ciudadanos que, teóricamente, son los más cualificados para gobernar, en oposición a la monarquía, en la que la autoridad suprema recae en una sola persona, y a la democracia, donde la máxima autoridad es ejercida por el conjunto de los ciudadanos o por sus representantes. En una aristocracia, aunque el poder se concentra en unos pocos, teóricamente, la administración del Gobierno procura el bienestar de la mayoría. Cuando los intereses de la totalidad del pueblo quedan subordinados a los intereses egoístas de los gobernantes, la aristocracia se convierte en una forma de Gobierno denominada oligarquía.

Existieron aristocracias en Atenas, con anterioridad al periodo de las guerras persas del siglo V a.C., y en Esparta, prácticamente durante toda su historia. Lo mismo ocurrió en Roma durante el periodo de la República, desde el siglo VI hasta el I a.C. Durante el periodo Heian (794-1185) Japón era una aristocracia de hecho, con unos cuantos miembros de la alta nobleza (la mayoría de un solo clan, el Fujiwara) gobernando en nombre de emperadores títeres. Durante la edad media europea no existió una verdadera aristocracia, puesto que, aunque el poder político se hallara en manos de unos pocos, cada señor feudal era dueño absoluto de su propio dominio. En Inglaterra el gobierno vigente desde la subida al trono de la casa de Hannover en 1714 y a lo largo del siglo XIX, aunque de naturaleza parlamentaria, era en realidad una aristocracia, pues tanto el rey como el Parlamento eran controlados por unas pocas familias de nobles whig. Tras el proceso de emancipación de América Latina, en algunos de los nuevos países surgidos del mismo, se dieron algunas inclinaciones hacia formas de gobierno aristocrático, que no prosperaron.

En la actualidad, el término aristocracia se usa en un sentido más genérico en diferentes contextos para referirse a un grupo reducido y selecto considerado superior en diversas categorías, como por ejemplo, la aristocracia de linaje, de riqueza o intelectual.

Protestantismo: una de las tres principales confesiones religiosas del cristianismo, junto a las representadas por la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa. El protestantismo empezó como un movimiento reformador de la Iglesia cristiana occidental en el siglo XVI, que daría lugar a la Reforma protestante que separó a las Iglesias reformadas de la Iglesia católica. El objetivo declarado por los reformadores pioneros era el de restaurar la fe cristiana como había sido en sus orígenes, manteniendo lo que ellos consideraban valioso de la tradición romana que se había desarrollado en los siglos intermedios.

Las cuatro tradiciones protestantes principales que emergieron tras la Reforma fueron la luterana, la calvinista, la anabaptista y la anglicana. A pesar de las considerables diferencias que hay entre ellas en cuanto a prácticas y doctrina, coinciden en su rechazo a la autoridad del papa y en la importancia que se concede a la Biblia y a la fe individual.

El término protestantismo se otorgó al movimiento después de la II Dieta de Spira (1529), que fue una asamblea imperial donde la mayoría católica retiró la tolerancia otorgada a los luteranos durante la primera, celebrada tres años antes. Seis príncipes luteranos y los dirigentes de 14 ciudades libres alemanas firmaron una protesta, es decir, manifestaron su disconformidad y se reafirmaron con ahínco en su fe, con lo que los luteranos pasaron a ser conocidos como protestantes. El término ha ido asociándose cada vez más a las iglesias que no son la católica, ni la ortodoxa ni otras iglesias de la tradición oriental. A principios de la década de 1990, en el mundo había 436 millones de protestantes (contando con los 73 millones de anglicanos), lo que suponía la cuarta parte de la cristiandad.
En realidad, el movimiento protestante precedió a la Reforma del siglo XVI. Algunos movimientos disidentes de la Iglesia medieval tardía anticipaban la Reforma con sus denuncias de la corrupción generalizada de la Iglesia de Roma, así como de aspectos importantes de las enseñanzas católicas
Al empezar el siglo XII los valdenses, seguidores del mercader francés Pierre Valdo, practicaban lo que consideraban el sencillo y no corrupto cristianismo de la Iglesia primitiva. El movimiento, localizado en Francia e Italia, sobrevivió a una violenta persecución oficial y, durante la Reforma, muchos valdenses se convirtieron al calvinismo.

Alrededor de 1380 los lolardos aparecieron en Inglaterra, guiados por las enseñanzas del teólogo John Wycliffe, quien negaba la autoridad de los prelados eclesiásticos (que consideraba corruptos en el plano moral), la transubstanciación y otras enseñanzas tradicionales, y abogaba por la fe bíblica. Los lolardos fueron perseguidos, pero sobrevivieron e influyeron en la Reforma inglesa.

Las enseñanzas de Wycliffe calaron en el reformador bohemio Jan Hus, cuyos seguidores (los husitas), reformaron la Iglesia bohemia y consiguieron una independencia virtual tras el martirio de Hus, excomulgado por Alejandro V y quemado vivo por orden del Concilio de Constanza en 1415. Muchos se convirtieron al luteranismo en el siglo XVI.
Algunas novedades en la Europa del siglo XVI explican el triunfo de Martín Lutero y otros reformadores en comparación con sus antecesores. Tanto el poder del Emperador como el del Papa estaba declinando y ambos estaban preocupados por el avance de los turcos en Europa central y en el Mediterráneo. Además, la invención de la imprenta en el siglo XV posibilitó la difusión de tratados religiosos entre la nobleza y el pueblo llano, en especial en el norte de Europa.
Es un hecho aceptado por la mayoría de los historiadores que la publicación de las 95 Tesis de Martín Lutero en el día de Todos los Santos, en 1517, marcó el comienzo de la Reforma; en ellas atacaba la venta indiscriminada de indulgencias para financiar la construcción de la basílica de San Pedro en Roma, la gran empresa del papa Julio II. Lutero era un monje agustino y profesor de teología en la Universidad de Wittenberg. Consideraba que no era suficiente para obtener su salvación seguir las enseñanzas católicas tradicionales. Empezó a pensar que esa salvación se encontraba en la doctrina de la justificación de la gracia divina a través de la fe sola, mientras que la teología católica había oscurecido ese aspecto dando la misma importancia a las buenas acciones, a las obras. Pensaba que la venta de indulgencias era un abuso basado en ese énfasis equivocado en la importancia de las buenas acciones.

Al principio, Lutero quiso reformar la Iglesia desde dentro, pero se topó con una firme oposición. Al no querer retractarse y pedir que se demostrara su error mediante las Escrituras, negó la autoridad de Roma y fue excomulgado. Bajo la protección de Federico el Sabio, elector de Sajonia, escribió libros y panfletos, y sus ideas se extendieron rápidamente por toda Alemania y otros lugares de Europa. En Escandinavia se establecieron con gran rapidez iglesias luteranas que proclamaron su carácter nacional.

Pocos años después de la reivindicación heterodoxa de Lutero surgió un movimiento reformador independiente y más radical en Zurich (Suiza) dirigido por el pastor suizo Ulrico Zuinglio. Los estudios bíblicos de Zuinglio le llevaron a la conclusión de que sólo lo que se autorizaba de un modo literal en las Escrituras debía conservarse en la doctrina y en las prácticas de la Iglesia. El luteranismo conservaba muchos elementos de la liturgia medieval, pero Zuinglio abogaba por una ceremonia simple y, en oposición a la Iglesia católica y al luteranismo, consideraba la eucaristía una ceremonia tan sólo simbólica. Las reformas de Zuinglio, adoptadas de forma pacífica mediante votación por el Consejo de Zurich, pronto se extendieron a otras ciudades suizas.

El principal reformador de la generación posterior a Lutero y Zuinglio fue Juan Calvino, teólogo francés que hubo de establecerse en Ginebra en 1536. Las reformas de Calvino no eran tan extremas como las de Zuinglio, pero iban acompañadas de un estricto régimen que unía en la práctica Estado e Iglesia en el mantenimiento de la moral y la doctrina correctas. Calvino escribió la primera exposición sistemática de la teología protestante, puso en marcha un sistema de gobierno para la Iglesia presbiteriana y fundó importantes instituciones educativas que formaron a hombres como John Knox, introductor del calvinismo en Escocia, donde se convirtió en la Iglesia presbiteriana. El calvinismo también se extendió a Francia, donde sus seguidores eran conocidos como los hugonotes, y a los Países Bajos, donde reforzó la voluntad para conseguir la independencia de la España católica.

La Iglesia anglicana fue instaurada en Inglaterra cuando Enrique VIII (en 1534) asumió la autoridad eclesiástica que antes desempeñaba el papa. El objetivo del rey era conseguir la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, más que reformar la doctrina de la Iglesia. Impuso estrictas leyes que defendían las principales características del catolicismo medieval. Sin embargo, bajo los reinados de Eduardo VI e Isabel I, la Iglesia anglicana llegó a convertirse en una institución protestante sin paliativos, como quedó definido en los Treinta y nueve artículos. Los ritos anglicanos y la organización de la Iglesia conservaron a pesar de todo muchas de las formas del catolicismo romano, apareciendo ante los ojos de muchos como una vía intermedia. Por esto los anglicanos recibieron las críticas de algunos disidentes calvinistas: los puritanos.
Mientras que los luteranos, los calvinistas y los anglicanos constituían Iglesias estables, aparecieron algunos grupos protestantes más radicales. Todos ellos pensaban que los reformadores no habían ido tan lejos como hacía falta en la dirección de un cristianismo bíblico más sencillo. Atacaban, por tanto, con la misma fuerza a las Iglesias protestantes que a la Iglesia católica, por lo que eran perseguidos con virulencia por ambas. Algunos de estos grupos provocaron revueltas políticas o invadieron iglesias destruyendo sus vitrales, sus estatuas y sus imágenes; otros renunciaron al uso de la fuerza. La mayor parte rechazaba la unión entre la Iglesia y el Estado. La más importante de estas sectas fue la anabaptista. Estaba concentrada en Alemania y los Países Bajos, y tuvo un importante papel en las Guerras Campesinas. Rechazaban el bautismo de los niños y lo reservaban para los creyentes adultos. Los menonitas, una secta anabaptista originaria de Holanda y Suiza, eran pacifistas que intentaban formar comunidades cooperativas independientes según los principios del Nuevo Testamento. En Inglaterra, un grupo guiado por Robert Browne rechazaba que el gobierno de la Iglesia recayera en presbíteros u obispos, y se convirtieron en los llamados separatistas o independientes. Estos primeros movimientos ejercieron influencia sobre los cuáqueros, que aparecieron hacia 1640 como seguidores de George Fox (1624-1690). Profesaban el pacifismo y la "luz interior".

Muchas de estas pequeñas sectas más radicales huyeron de la represión emigrando a América. Los primeros fueron los puritanos. Más tarde llegaron a Nueva Inglaterra los congregacionistas y los baptistas. A las colonias del centro de la costa occidental de lo que hoy es Estados Unidos llegó una gran variedad de facciones, entre las que estaban los luteranos, los menonitas y los anabaptistas. En las colonias del sur se instaló la Iglesia anglicana.

La historia del protestantismo primitivo estuvo marcada por luchas donde se entremezclaban los motivos políticos con los religiosos. En Alemania, las guerras religiosas del siglo XVI y la guerra de los Treinta Años en el XVII fueron encarnizadas y devastadoras. En Francia los hugonotes calvinistas lucharon en una sangrienta guerra civil contra los católicos, y ello culminó con la masacre de la Noche de San Bartolomé en 1572, en la que murieron muchos caudillos hugonotes. Después de varios enfrentamientos civiles los hugonotes vieron garantizado su culto gracias al Edicto de Nantes (1598), pero muchos se vieron forzados a emigrar cuando Luis XIV lo revocó en 1685. En Inglaterra, la guerra civil entre el Parlamento y la monarquía correspondía también en gran parte a una contienda intestina entre puritanos y anglicanos. A partir de la Paz de Westfalia (1648), el protestantismo entró en una fase de consolidación. El siglo XVII fue un periodo en el que se definió y expuso con rigor la ortodoxia protestante, enfatizando la autoridad de la Biblia y la lógica religiosa. Esta tendencia se llamó más tarde escolasticismo protestante por analogía con la teología católica sistemática de la edad media.

Hacia 1670 surgió en Alemania el pietismo como respuesta al intelectualismo de la ortodoxia. Bajo la dirección del sacerdote alemán Philipp Jakob Spener, la gente empezó a reunirse en sus hogares en pequeños grupos para estudiar la Biblia y orar. El pietismo daba más importancia a la conversión privada y a una piedad sencilla y activa que a la aceptación de proposiciones teológicas correctas. Se extendió por Alemania y de ahí pasó a Escandinavia y América.

La influencia del pensamiento científico y de la Ilustración en la teología protestante se reflejó en el racionalismo, una tendencia que apareció entre los siglos XVII y XVIII. Sus predecesores fueron corrientes como el arminianismo, que negaba la doctrina calvinista de la predestinación de acuerdo con las enseñanzas de Jacobo Arminio (1560-1609), teólogo protestante holandés, y el latitudinarismo, que fue una tendencia tolerante y antidogmática que apareció dentro de la Iglesia anglicana, durante el siglo XVII. El racionalismo introdujo el espíritu crítico en la teología al defender que se examinaran las creencias tradicionales a la luz de la razón y la ciencia. Al considerar más importantes las coincidencias generales entre las religiones que las pequeñas cuestiones teológicas, cuestionó duramente las rígidas ortodoxias que se habían desarrollado durante el siglo XVII. La expresión más pura de la tendencia racionalista fue el deísmo, una concepción filosófica sobre la religión que negaba las revelaciones, los milagros y los dogmas de cualquier credo.

Otra forma de racionalismo protestante que tuvo importancia en el siglo XVIII fue el unitarismo. Se originó en el siglo XVI en la Europa continental, donde era llamada socinianismo por su fundador el reformador italiano Fausto Socino (1539-1604). Después del Acta de Tolerancia de 1689, el unitarismo fue profesado de forma clara en Inglaterra; durante el siglo XVIII empezó a tener también seguidores en Nueva Inglaterra. Los unitarios negaban la Trinidad y la divinidad de Jesucristo, y valoraban sobre todo sus enseñanzas morales y su ejemplo.

La reacción contra las tendencias intelectualistas y formalizantes del protestantismo que había iniciado el pietismo continuó durante el siglo XVIII con el surgimiento de varios movimientos populares que apelaban a las emociones de la experiencia religiosa. En Inglaterra esta reacción adoptó la forma del metodismo, fundado por John Wesley y su hermano Charles Wesley. Ambos se hallaban bajo la influencia del pietismo y el arminianismo. Predicaban la conversión y la inquietud por los pobres en grandes asambleas celebradas a la intemperie por toda Gran Bretaña. Provocaron un renacer del fervor religioso entre las clases británicas más humildes, que se sentían saturadas por el extremo formalismo y el racionalismo dominante de la Iglesia anglicana. Debido a la desaprobación oficial, el movimiento acabó por separarse de la Iglesia anglicana y se incorporó a los denominados no conformistas.

En las colonias americanas el evangelista inglés George Whitefield y otros sacerdotes itinerantes predicaban en grandes reuniones religiosas a cielo abierto. Inspiraron el primer Gran despertar, un renacimiento generalizado del entusiasmo religioso.

Durante el siglo XIX, el protestantismo se convirtió en un movimiento a escala mundial como resultado de una intensa actividad misionera. También se fue haciendo cada vez más variado al aparecer nuevas sectas y tendencias religiosas. El teólogo protestante más influyente de la época fue el alemán Friedrich Schleiermacher (1768-1834). Schleiermacher interpretaba la religión como un sentimiento intuitivo de dependencia del Infinito o de Dios, que consideraba una experiencia universal de la humanidad al completo. La importancia de la experiencia religiosa más que de los dogmas fue retomada por la escuela teológica del liberalismo. Los teólogos liberales se propusieron reconciliar la religión con la ciencia y con la sociedad moderna mediante nuevas técnicas históricas y críticas de la ciencia bíblica. Intentaron distinguir el Jesús histórico y sus enseñanzas de lo que consideraban embellecimientos mitológicos y dogmáticos.

También existían tendencias más conservadoras, como por ejemplo el Movimiento de Oxford de la Iglesia anglicana que sostenía con fuerza las tradiciones católicas. Aunque algunos de sus adalides, como John Henry Newman (1801-1890), acabaron ingresando en la Iglesia católica, los anglo-católicos (como se les llamaba) continuaron ejerciendo una importante influencia dentro de la Iglesia anglicana. Restauraron el ayuno y la confesión, y fundaron hermandades religiosas femeninas.

El movimiento evangelista mantuvo su importancia en el mundo protestante, sobre todo en Estados Unidos. Aparecieron muchas nuevas sectas evangélicas como los adventistas.

Los protestantes destacaron en muchos movimientos humanitarios y reformadores durante todo el siglo. En Inglaterra, los protestantes evangélicos dirigieron la agitación política que llevó al Parlamento a abolir la esclavitud en los territorios sometidos al dominio británico. En Estados Unidos los protestantes evangélicos también hicieron campaña en contra de la esclavitud (con lo que se provocaron cismas en algunas Iglesias) y en contra de la intemperancia y la prostitución. Otros movimientos respondieron a los problemas de la Revolución industrial. El socialismo cristiano y el evangelio social intentaban aplicar principios cristianos para implantar cambios sociales fundamentales.

El siglo XX produjo dos reacciones contra el liberalismo teológico. Una fue el fundamentalismo, un movimiento evangélico en su primera expresión que se basaba en la infalibilidad de la Biblia. Otra fue la teología de la crisis, o nueva ortodoxia, que se desarrolló como respuesta al sufrimiento que provocó la I Guerra Mundial y que está ligada al teólogo suizo Karl Barth. Barth volvía a expresar doctrinas centrales de la Reforma como la esencia pecaminosa de la humanidad, y la dependencia esencial y trascendental de la humanidad respecto a Dios. Sin embargo, a diferencia de los fundamentalistas, Barth aceptaba las conclusiones de los estudios bíblicos modernos.

Tras la II Guerra Mundial, el evangelismo, una evolución más moderada del fundamentalismo, se convirtió en una fuerza destacada dentro del protestantismo. También se incrementó la participación en cuestiones políticas y sociales: muchos protestantes militaban en movimientos contra la guerra y en el movimiento estadounidense en defensa de los derechos civiles que lideraba el ministro baptista Martin Luther King.

Otro factor importante fue la aparición del movimiento ecuménico que favoreció la unión de muchas Iglesias protestantes en todo el mundo y llevó a la formación del Consejo Mundial de las Iglesias (1948). Los protestantes establecieron diálogos con la Iglesia católica y con la Iglesia ortodoxa, así como con otras creencias no cristianas.

La mayor parte de las Iglesias protestantes conservaron las doctrinas centrales de las tradiciones católica y ortodoxa como la Trinidad, la expiación y la resurrección de Cristo, la autoridad teológica de la Biblia, y el carácter sacramental del bautismo y de la eucaristía o Cena del Señor. Sin embargo, algunas doctrinas y prácticas distinguen la tradición protestante de las dos tradiciones cristianas más antiguas.

Lutero pensaba que la salvación no depende del esfuerzo o del mérito humano, sino de la gracia otorgada por Dios, que es aceptada por la fe. Las buenas acciones no son despreciadas, pero se consideran más bien fruto de la gracia de Dios que obra en la vida del creyente. La doctrina de la justificación de la gracia a través de la fe se convirtió en un componente esencial de muchas Iglesias protestantes. Lutero y otros reformadores pensaban que el catolicismo había insistido demasiado en la necesidad que tenían los creyentes de hacer méritos, de labrarse un camino hacia la gracia de Dios realizando buenas acciones, ayunando, peregrinando y (como se pensaba generalmente en tiempos de Lutero) comprando indulgencias. A los protestantes les parecía que todo esto hacía innecesario el sacrificio de Cristo y dejaba a los seres humanos, que por definición son todos pecadores, en la duda respecto a su posibilidad de redimirse. Los reformadores enfatizaban la misericordia de Dios, que otorga la gracia inmerecida a los pecadores a través de la actividad salvadora de Jesucristo.

Los protestantes consideran que la Biblia es la única fuente y la norma exclusiva y esencial de sus enseñanzas, y rechazan la postura católica que otorga al papa la autoridad suprema en materias de fe y de moral. Lutero y otros reformadores tradujeron la Biblia para permitir que los laicos pudiesen estudiarla y seguir su propio criterio en cuestiones de doctrina. A pesar de este acuerdo general en cuanto a la primacía de la Biblia, los protestantes discrepan respecto a los estudios bíblicos y a su interpretación. Aquellos que aceptan los resultados de la "más alta crítica" (es decir, el estudio crítico de la Biblia desde el punto de vista histórico que se llevó a cabo durante los siglos XIX y XX) consideran que algunos pasajes bíblicos no son auténticos o lo son en un sentido alegórico o simbólico. Los protestantes conservadores, como los fundamentalistas y gran parte de los evangélicos, sostienen la infalibilidad absoluta de las Escrituras, no sólo en cuestiones de fe, sino también en lo que afecta a la historia, la geografía y la ciencia. Otras diferencias estriban en que algunos protestantes consideran que el criterio individual es el que decide todas las cuestiones relativas a la interpretación de la Biblia, en tanto que otros delegan en las instituciones de sus respectivas Iglesias para guiar a sus miembros en su fe.

Los líderes de la Reforma reaccionaron contra la institución católica del sacerdocio exaltando el "sacerdocio de todos los creyentes". Incluso sostienen, como Lutero, que la vocación de cualquier cristiano, al contribuir a la sociedad y servir así a su vecino, es tan válida ante Dios como cualquier otra vocación religiosa en un sentido convencional. A pesar de ello, casi todos los movimientos protestantes cuentan con sacerdotes institucionalizados. Mientras que el sacerdote católico se considera un administrador de la gracia de Dios a través de los sacramentos, el ministro protestante se considera un laico que ha sido formado para realizar ciertas funciones dentro de la Iglesia (como predicar y administrar los sacramentos). Como consecuencia de esta creencia en la igualdad esencial de todos los miembros de su comunidad o confesión, el gobierno de las Iglesias protestantes siempre ha tenido una tendencia democrática, aunque con amplios matices. Las principales formas de gobierno en las Iglesias protestantes son la episcopal (los obispos ejercen su autoridad), como en las Iglesias anglicana, episcopal y metodista; la presbiteriana (en la que se elige a los presbíteros o los ancianos, para que representen a las congregaciones en las estructuras decisorias), como en las Iglesias presbiteriana y reformada; y la congregacionalista (en la que la congregación misma es la máxima autoridad), como, entre otras muchas, en las Iglesias congregacionalista y baptista.

En comparación con la misa católica y la liturgia ortodoxa, el culto protestante es más simple y se centra en el sermón del sacerdote. Los reformadores establecieron que los servicios se celebraran en la lengua vernácula e introdujeron himnos que la congregación debe cantar. Algunos servicios protestantes (como el pentecostal) son casi espontáneos y carecen de estructura predeterminada: se centran en la participación de la comunidad de fieles y en los dones espirituales, como el don de lenguas. Todas las tradiciones protestantes redujeron el número de sacramentos de los siete católicos romanos a dos: el bautismo y la eucaristía.
El protestantismo mantiene aún su carácter dinámico y los cambios se han acelerado desde 1960. Algunas confesiones han adoptado formas de culto muy informal para atraer a los jóvenes; otras se han dividido respecto al ordenamiento de las mujeres como ministras de la fe, la modernización del lenguaje litúrgico, las fusiones con otros credos, así como respecto al perenne debate sobre la interpretación de la Biblia y su relación con la verdad científica. Los protestantes, como individuos y como colectivos, siguen involucrados de forma muy intensa en materias y conflictos políticos y sociales. Algunos militan en el bando más reaccionario y otros en el más liberal o radical. Las características que definieron a los primeros protestantes (la voluntad de cuestionar las opiniones recibidas, de denunciar los abusos y de desafiar a las autoridades establecidas) se han mantenido a lo largo del siglo XX. El protestantismo sigue extendiéndose durante este siglo y ejerce una profunda influencia sobre las culturas y las sociedades contemporáneas.

Jubilación: momento en la vida de una persona en que cesa de trabajar y comienza a percibir una pensión. El cese de la actividad laboral o empresarial puede deberse a la edad o imposibilidad física del trabajador. En la mayoría de los países, la edad de jubilación es de 65 años. Sin embargo, en los países más industrializados se tiende cada vez más a anticipar la edad de jubilación; esto ha provocado un aumento de las suscripciones de planes de ahorro y de pensiones a nivel privado.

La jubilación está perdiendo su clara delimitación frente a las demás fases de la vida (infancia, adolescencia y edad adulta). El hecho de que en numerosos países se desarrollen programas de actividades para la tercera edad, en los que se desempeña un nuevo periodo de aprendizaje, ha hecho que varios autores hablen de una 'segunda infancia'. Por otro lado, la mejor calidad de vida y las mayores expectativas de vida han llevado a algunos autores a distinguir la tercera edad de la 'cuarta edad', etapa que hoy hace referencia a aquellas personas con edades muy avanzadas que sufren un mayor deterioro físico y psíquico.

Turismo: actividad multisectorial que requiere la concurrencia de diversas áreas productivas —agricultura, construcción, fabricación— y de los sectores públicos y privados para proporcionar los bienes y los servicios utilizados por los turistas. No tiene límites determinados con claridad ni un producto tangible, sino que es la producción de servicios que varía dependiendo de los países; por ejemplo, en Singapur, una actividad turística importante son las compras, pero no el entretenimiento; en Londres, tanto el entretenimiento (teatro, cine, conciertos, museos y monumentos) como las compras son entradas importantes para el sector del turismo.
El 4 de marzo de 1993 la Comisión de Estadística de las Naciones Unidas adoptó las recomendaciones de la Organización Mundial del Turismo (OMT) sobre las estadísticas del turismo. La definición aceptada oficialmente es: "El turismo comprende las actividades de personas que viajan a (y permanecen en) lugares fuera de su medio normal durante más de un año consecutivo por motivos de ocio, negocios u otros propósitos". Las recomendaciones distinguen las siguientes categorías de turismo: 1) turismo doméstico, que abarca a los residentes de un país que visitan ese mismo país; 2) turismo de entrada, que implica a los no residentes de un país 'A' visitando el país 'A', por ejemplo turistas japoneses que viajan a España; 3) turismo de salida, que comprende a los residentes de un país que visitan otros países, por ejemplo un residente de Roma, Italia, visitando Bruselas, Bélgica. Las tres clasificaciones básicas pueden combinarse entre sí para derivar en las siguientes categorías de turismo: 4) turismo interno, que abarca el turismo doméstico y el turismo de entrada; 5) turismo nacional, que incluye el turismo doméstico y el turismo de salida; y 6) turismo internacional, que comprende el turismo de entrada y de salida.
Todos los tipos de viajeros que hacen turismo son descritos como visitantes, un término que constituye el concepto básico de todo el sistema de estadísticas turísticas; el término 'visitante' puede ser subdividido en visitantes de un día o excursionistas y en turistas, de la forma siguiente: los visitantes son quienes viajan a un país distinto de su país de residencia habitual, fuera de su medio ambiental usual, durante un periodo que no exceda los 12 meses y cuyo propósito principal de visita es cualquiera que no sea el ejercicio de una actividad remunerada en el lugar visitado, 2) los visitantes de un día o excursionistas son aquellos que no pasan la noche en un alojamiento público o privado en el país visitado y 3) los turistas son visitantes que permanecen una noche como mínimo en el país visitado.

Cuando los países utilicen esas nuevas definiciones aumentará la calidad y fiabilidad actual de las estadísticas turísticas, que no son fáciles de analizar debido a las inconsistencias en las definiciones y clasificaciones utilizadas. Teniendo en cuenta esas limitaciones, el turismo sigue siendo reconocido como una actividad de importancia económica global.
En 1994 la OMT estimó la existencia de 528,4 millones de turistas que generaban 321.466 millones de dólares en ingresos; además predijo que para el año 2000 el turismo sería la actividad económica global más importante, superando incluso al comercio de petróleo y de mercancías fabricadas. Para los países desarrollados y en vías de desarrollo es una fuente importante de ganancia de divisas, una fuente de ingresos personales, un generador de empleo y un contribuyente a los ingresos del estado. El volumen de la actividad turística en una base global no está distribuido uniformemente; la OMT estimó en 1992 que el 62% de las actividades turísticas se producían entre países desarrollados. Esta estadística ilustra el hecho de que el turismo es disfrutado sobre todo por residentes de países desarrollados que poseen los ingresos necesarios, el tiempo libre suficiente y la motivación para viajar.
El turismo puede ser reconocido desde el momento en que se empezó a viajar; la narrativa de Marco Polo en el siglo XIII, el grand tour de la aristocracia británica a Europa en el siglo XVIII y los viajes de David Livingstone por África en el siglo XIX son ejemplos del turismo temprano. A Thomas Cook se le considera el fundador de los viajes organizados en la medida en que utilizó, en 1841, un tren alquilado para transportar turistas de Loughborough a Leicester. Antes de 1950 el turismo europeo era sobre todo una actividad nacional, exceptuando algunos viajes internacionales, en particular dentro de Europa continental. En el periodo de recuperación que siguió a la II Guerra Mundial, una mezcla de circunstancias dio ímpetu a los viajes internacionales. Los factores que más contribuyeron son: el número creciente de personas empleadas, el aumento de ingresos reales y tiempo libre disponible y el cambio de la actitud social con respecto a la diversión y al trabajo. Esos factores se combinaron para estimular la demanda de los viajes y vacaciones al extranjero. La aparición de agencias de viajes especializadas que ofrecían viajes organizados que incluían el transporte, el alojamiento y los servicios en un precio global, posibilitó los viajes al extranjero a un nuevo grupo de consumidores cada vez más creciente. El 'paquete' o viaje 'organizado' democratizó los viajes; las vacaciones en el extranjero dejaron de ser exclusiva de las clases sociales ricas y elitistas.
Las economías de escala que posibilitaron los viajes al extranjero a tanta gente, ampliaron también el horizonte de los viajes. Al mismo tiempo que las líneas aéreas con el desarrollo tecnológico adquirían aviones mayores y más rápidos, las distancias se acortaban en términos de duración de los viajes. Hoy, un avión de 400 pasajeros puede volar desde Londres a Johannesburgo, Suráfrica, en 11 horas sin escalas; o de Londres a Bangkok, Tailandia, en 14 horas. Las vacaciones con destinos de largo recorrido son ahora realistas en relación a la duración del vuelo, además de atractivas en términos de precio, pues las tarifas aéreas cuestan mucho menos que hace 15 años. Los viajes de largo recorrido se están convirtiendo en un sector creciente en la demanda del turismo internacional.

Además del turismo por vacaciones hay también un importante mercado de turismo de negocios. Los viajeros por negocios utilizan el transporte, el alojamiento y los servicios en forma similar a los viajeros que van de vacaciones. Sin embargo, como sus gastos son más de negocios que personales, aunque su estancia sea más corta en general, tienden a efectuar muchos más desembolsos por visita que los viajeros vacacionales. En la actualidad se ha desarrollado un sub-mercado especialista, el sector de reuniones, incentivos, convenciones y exposiciones, representado en muchos países del mundo. En casi todas las ciudades importantes pueden encontrarse centros cualificados de convenciones y exposiciones. Muchas ciudades asiáticas, por ejemplo Yakarta, Hong Kong y Singapur, han desarrollado en los últimos años excelentes instalaciones que compiten favorablemente con los centros establecidos en Europa y Estados Unidos. Las convenciones y exposiciones atraen a visitantes de distintas partes del mundo. En 1994 se estimó que este mercado generó 97.000 millones de dólares en ingresos globales.

El rápido crecimiento del turismo internacional se ve reflejado en el incremento de los miembros de la OMT, que en 1995 contaba con 125 países miembros y 250 miembros afiliados. Con algunas excepciones, la mayoría de los países han establecido una Organización Nacional del Turismo (ONT), generalmente promovida por el Estado. Estas organizaciones son el foco de la actividad del gobierno y el sector privado para representar en el extranjero las ventajas turísticas del país. El apoyo gubernamental a las ONT se basa en la necesidad de asegurar los beneficios económicos derivados del turismo. La importancia del turismo como entrada de moneda extranjera se ve con claridad en países como la India y Tailandia, donde el turismo es la primera fuente de ingresos de divisas. España, donde el turismo tiene una importancia económica de primera magnitud, recibió en 1995 la visita de 51 millones de turistas.

Sin embargo, el crecimiento del turismo a escala internacional ha acarreado problemas, sobre todo en lo referente a su impacto en las sociedades y en el medio ambiente. La aceptación sin restricciones de los beneficios del turismo en la década de 1970 empezó a dar paso a una propuesta más equilibrada sobre el papel del turismo en el desarrollo, especialmente en lo referente a sus impactos no económicos. Los planificadores del turismo empiezan a incluir factores socioeconómicos y medioambientales en su trabajo. Algunos factores que se consideran negativos son, la excesiva ocupación en las costas, por ejemplo en España, la mala planificación de los lugares de temporada en Pattaya, Tailandia o el turismo sexual en Bangkok, Cuba y Manila. En la década de 1990, las ventajas económicas ya no son el único criterio para apoyar el desarrollo del turismo; éste está cada vez más unido al concepto de sostenibilidad.

Un turismo sostenible puede definirse como "un proceso que permite que se produzca el desarrollo sin degradar o agotar los recursos que posibilitan ese desarrollo". La sostenibilidad en el turismo, como concepto, se define como 'eco-turismo', 'turismo verde', o 'turismo responsable'. Cualquiera que sea su descripción, se considera como un medio de reconocer que la Tierra posee recursos limitados y que el turismo, como en otros sectores, tiene límites para el desarrollo, sobre todo en lugares específicos. Hoy preocupa mucho el uso turístico de los parques de animales de Kenia, el deterioro de la Gran Barrera de Arrecifes de Australia y el daño causado por los montañeros o alpinistas irresponsables en las áreas montañosas del Nepal. La interdependencia del turismo, la cultura y el medio ambiente se ha convertido en una consideración crítica al formular las políticas turísticas. La sostenibilidad no sólo se aplica a los proyectos turísticos a pequeña escala; es igualmente importante, si no más, en zonas donde existe un gran volumen de turistas, como en los países de la cuenca del Mediterráneo, donde la contaminación medioambiental es de la mayor importancia.

No hay ninguna razón para creer que el turismo declinará como actividad internacional en el futuro. Todo se inclina a suponer que aumentará para convertirse en un aspecto significativo del desarrollo económico y social en muchos países. El desafío, pues, es asegurar que ese crecimiento pueda acomodarse dentro de una estructura sostenible.

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