El último golpe lo arrojó de bruces al piso lúgubre y sucio. Su pecho exhaló todo el oxigeno: Pensó que perdía el soplo de vida. (¡Diablo! Me mató( su razón entró en un laberinto oscuro y profundo hasta quedar en una inconsciencia análoga a la muerte.
Los demás hombres que le golpeaban, al verlo perder el hilo de equilibrio que como un títere lo sujetaba, desistieron del ataque creyendo haber dado muerte a su contrincante: Quedó inerte, sin señales de vida. Su cuerpo desparramado entre las aguas inmundas de la estrecha cerda, semejaba un espantapájaros viejo y desempleado.
La vida entre los reclusos aconteció normal.
Los hombres semidesnudos; en calzoncillos raídos por el tiempo y la reclusión, parecían seres prehistóricos. La escasa luz daba un aspecto tenebroso al pequeño cuarto aún en las horas pico del medio día. El asfixiante calor persistía todo el tiempo, hasta en las madrugadas del diciembre más frío de la República. Acontecimientos que no alteraron el estado de inmovilidad esquelética del caído.
La habitación no tenía camas. Existían espacios construidos a la pared, que semejaban tramos de gaveteros, en los cuales se adentraban los hacinados para dormir entre viejos semicolchones hediondos y poblados de numeras pulgas.
El cuarto de baños e inodoro se encontraba al fondo del lateral izquierdo de la cerda; la ausencia de puerta no garantizaba la intimidad de los usuarios. Por la carencia de agua, la limpieza era escasa y constantemente expedía un humor pestilente y nauseabundo que los reclusos no advertían por estar habituados al mismo.
Los diecinueve huéspedes del viejo cuarto existían al margen de los bullicios de los presos de las cerdas contiguas; que con toques de objetos, palabras obscenas y canciones desentonadas llenaban el ambiente, dando un aspecto al lugar como el laborear de multitudes de un manicomio.
Algunos de los residentes del cuarto de prisiones jugaban al dominó y a las cartas otros; unos trataban de escribir misivas a viejos amores olvidados y, alguien defecaba en el retrete, cuyas heces expedían su penetrante hollín que hacía revolver el estomago del inoloro. Estas escenas cotidianas no incidían en la inconciencia del hombre dado por muerto.
Tres días con sus noches transcurrieron al margen de la existencia del condenado. Su tez estaba empalidecida: Parecía un cadáver. Filiberto que jugaba dominó no había advertido la identidad del malogrado hombre que yacía entre humedad y sucio. Exclamó aterrado de la curiosidad:
-¡Pero bueno, si este hombre es Tinglá! Yendo hacia la masa humana que permanecía derribada boca arriba. Lo tomó por los brazos y levantó su cabeza poniendo su mano en la nuca.- ¡Ayúdenme! Solicitó sin que esa escena alterara el quehacer de los demás reclusos.
Filiberto como pudo arrastró al hombre hacia el cuarto de baño y haciendo uso del agua ennegrecida y pestilente, despertó del sopor mortal que envolvía al preso.
-¿Tinglá, muchacho que te pasó? Sin recibir más respuesta que quejidos cargados de un dolor que salía de las propias entrañas del hombre, que tres días antes había desafiado a los más afamados presos "probós" de la cárcel.
Unos de los compañeros de juego de Filiberto, se acercó a la escena y sin más interés que curiosidad, cuestionó- ¿Tu lo conoces? Déjalo, que ese hombre no se salva de la paliza que le dieron. ¿Cómo se llama? Continuó en su interrogatorio sin importancia.
-Publio Díaz. El Tinglá.
El baño que le daba Filiberto comenzó a surtir efecto en la conciencia de Tinglá, que con movimientos toscos de cabeza, balbuceó palabras ininteligibles que los otros presos encontraron graciosas y todos rieron a carcajadas sin tomar en cuenta la gravedad del parlante.
-¿Cogieron la placa? ¿Era un carro chevrolet el que me dio? ¿Estoy en el cielo o en el hospital? ¡Coño, consíganme un teléfono para llamar a mi casa!
Se levantó haciendo un equilibrio de malabarista y con pasos toscos tambaleó por toda la habitación sin tocar el más centrado objeto hasta adentrarse en uno de los agujeros de concreto utilizados como cama que estaba de alquiler.
Acomodándose como si estuviese en su propia cama y adoptó la posición casi fetal que siempre solía tomar para dormir. Uno de los presos que días atrás lo había llevado a ese estado de inconciencia, le tomó del brazo y le dijo.
-Pendejo, es que te quieres acabar de morir. Esas camas son de alquiler, si no sales ahora mismo te acabo de apuñalar.
Filiberto que todavía se encontraba en el cuarto de baño cumpliendo con su designada tarea de limpiar el inodoro, salió del lugar y con una voz de suplica inquirió al "probó"[1]: -Por favor no lo mates, es mi amigo, su familia te pagará el alquiler. Logrando la calma inmediata.
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