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"No la maté, Señor Juez" (Cuento literario) (página 2)


Partes: 1, 2


El Tinglá dormitó entre sueños y conciencia, por varias horas. En sus desvelos comenzaba a recordar los hechos que como sucesos demoníacos lo habían llevado a la prisión, condenado a veinte años.

Soñaba y recordaba que se encontraba en la habitación de María de Los Ángeles. Una hermosa mulata con cara de santa, sus labios parecían pétalos rosados de margaritas; la anatomía de su cuerpo de medidas perfectas contrastaba majestuosamente con su estatura de princesa. Su dulce voz expedía melodías angelicales que saturaban su pecho de amor. Su juventud radiante le daba un encanto de diosa que reafirmaba con sus finos modales.

Su lecho era ilusión permanente. Cada día esperaba en el colmado de la esquina, degustando su tradicional trago de rom, la llegada de María de Los Ángeles, que arribara de la zona franca donde trabajaba.

Recordó esa noche.

La habitación de María de Los Ángeles, era pequeña. Su cuarto de soltera. La había conocido en una fiesta de carnaval. Fue en el Malecón un veintisiete de febrero, él estaba vestido de comparsa "Gulolla", ella, maquillada de manera exuberante e inusual. Forma muy peculiar utilizada en las épocas para ganar la atención del público, como así suelen maquillarse las muchachas para el carnaval.

Pero María de Los Ángeles estaba especial: Su cara de santa parecía una divinidad bajada del cielo.

Sus ojos color miel acentuaban con los delicados colores del carmín de sus labios, dando un extraño y mágico toque a su figura que semejaba una afrodita secular. Tinglá no pudo contener su admiración y con dos profundas lágrimas caídas sin que él se diera cuenta, pidió que aceptara visitas a su casa.

María de Los Ángeles encontró graciosa la forma de su enamorado, y dio su dirección y asentimiento al también atractivo mozo. Desde ese momento construyeron un amor radiante y fecundo; cuyos causes desbordaban en la admiración de todo el vecindario que los conocía. Tinglá la visitaba todas las noches.

Esa noche, ella había llegado a la misma hora de costumbre. Tinglá había entrado al pequeño cuarto a la misma hora de todos los días. Habían cenado los usuales espaguetis a la boloñesa que María de Los Ángeles diestramente cocinaba, cuya habilidad había heredado de su abuela y que Tinglá admiraba y convertía en motivo de orgullo entre sus amigos.

María de Los Ángeles contaba sus planes de matrimonio en medio de la ilusión de vivir juntos, procrear dos hermosos mellizos; que según su madre, en la familia había nacido mellizo en casi todas las generaciones y que ella genéticamente tenía muchas posibilidades de ser fecundada por dos genes al mismo tiempo.

Tinglá atesoraba la idea de encontrarse en el altar, pronunciando su asentimiento al matrimonio; se maravillaba con la imagen de ir al campo de sus padres, en Tamayo, allí visitar sus antiguos amigos e ir a la casa de su madrina Ambrosia, a la que había prometido que daría en bautizo a todos sus hijos.

Se entrelazó en un fuerte abrazo cálido y saturado de fervor con María de Los Ángeles, que suavemente lo estrechó entre su pecho tibio y vibrante; percibió su exquisito olor dulce del perfume Carolina Herrera que le había regalado para su cumpleaños y que siempre constituyó símbolo de su amor. Así quedaron cabalgando en las nubes de la pasión.

Despertado del éxtasis, Tinglá, aún aferrado a los multiples besos que daba a María de Los Ángeles y muy a su pesar, abandonó la habitación de soltera de su amada. Paseó por las calles oscurecidas del barrio Los Mameyes; sentose en la acera del parque aledaño al Monumento del Faro a Colón y allí, estuvo embebido en sus pensamientos por más de media hora: Admitió que su vida no tiene objeto sin María de Los Ángeles. <<em>Me vacía el alma dejarla sola>. Caviló por un instante acariciando la idea de volver con ella. Luego se marchó.

Los rayos solares que atravesaban los orificios de la ventana valenciana del cuarto atestado y húmedo, despertaron de un sueño trasnochado a Tinglá, que saboreaba aún el recuerdo de una noche cargada de incidentes y emociones. Quedó absorto, observando los detalles de la habitación: El almanaque carente de los primeros meses del año mil novecientos setenta y tres; las rendijas cubiertas con papel periódico de la junta de madera que conformaban el tapiz frontal de su cuartucho y los remiendos en hoja lata de los setos laterales de la casa. Permaneció por varios minutos atraído curiosamente por los movimientos que daba el viento a la cortina de tela que servía de puerta interior de su habitación.

Los toques en la puerta los hicieron reaccionar. –Un momento. Se levantó del lecho, estirando sus músculos del reposo, se dirigió hacia la puerta principal en la habitación donde convergían tradicionalmente la sala y la cocina; sorteando los muebles, la mesa y las sillas dispersas, tomó el picaporte improvisado de la puerta, la entreabrió sacando la cara y divisó la presencia de dos agentes policiales que inmediatamente cuestionaron:

-¿Es usted Tinglá?

-Si. Afirmó el hombre sin tener la más extraña idea de por qué dos agentes policiales lo procuraban.

-El Teniente quiere verlo. Con voz amable y autoritaria alternó uno de los policías.

-Es cosa de diez o quince minutos; venga así no importa. Advirtiendo que Tinglá se acaba de levantar de la cama.

-Un segundito, pasen. Los agentes entraron a la casa, hurgando con la mirada los enseres y amueblado del cuarto, mientras Tinglá se calzaba unos zapatos negros sin méritos. Tomando una camisa gris que le había regalado María de Los Ángeles en su cumpleaños preguntó: -¿Qué hora es?

-Son las diez de la mañana. Respondió un policía.

Salieron los dos agentes policiales y el reo. Llegados al destacamento fue presentado al Teniente que se estaba afeitando con una navaja desechable de Gillette: -Que espere ahí… o no, tráncalo hasta que yo termine. Los agentes cumplieron la orden.

Tinglá, no comprendía lo que ocurría. Se encontraba haciendo mil conjeturas; repasaba una y otra vez los últimos acontecimientos de su vida que pudieren ligarlo a un hecho punible y no encontraba razones. Su espera se hacía interminable. Sus nervios se alteraron cuando escuchó la voz del Teniente que de manera imperativa ordenaba: -Búsqueme al hombre que trajeron horita.

-¿Por qué razón usted la mató? Interpeló amenazante el Teniente.

-¿A quién? Yo no he matado a nadie Señor. Respondió perplejo el preso.

-No venga ahora a hacerse el Pendejo. Tú sabes lo que hiciste anoche. Barbarazo, la violaste y luego la estrangulaste. ¡Coño a gente como ustedes hay que matarlos… si no fuera porque me jodo yo, ahora mismo te matara! Parloteó el Teniente salpicando de saliva a Tinglá. Calló unos instantes. Mientras Tinglá en su interior deseaba que no fuera María de Los Ángeles la estrangulada y que si fuere acusado de un crimen, no fuera el de su amada.

-Todo el mundo te vio cuando saliste de la casa de María de Los Ángeles. Discutieron, tú estabas celoso, te acostaste con ella y luego de rabia y loco de celos la estrangulaste. Y para colmo, con la frialdad que te caracteriza fuiste a tu casa y tranquilamente te echaste a dormir. El preso quedó inmóvil, sus músculos no articulaban movimientos, sus manos crispadas herían su interior con las uñas de sus dedos de obrero. Su visión se obnubiló y quedó a oscura.

Tinglá en medio de la audiencia, escuchaba las mismas palabras del Teniente que esta vez pronunciaba el Ministerio Público, en el juicio que había sido fijado para el esperado quince de noviembre del mil novecientos setenta y tres.

Hacía calor. La mirada del Juez, de los fisgones y del alguacil de Estrados estaban clavadas curiosamente en la cara de Tinglá, que se resistía a creer todo el vendaval de acontecimientos que habían signado su vida en los últimos meses. Recordaba que iba a contraer matrimonio con María de Los Ángeles, y que sería el hombre más feliz del mundo. De repente había perdido a su amada, y con ella, la dicha que añoró a su lado; que consideraba más valiosa que la libertad que la sociedad trataba de robarle.

Luego de las conclusiones determinantes del Ministerio Público, el Juez Presidente de la Sala Penal, inició un previo y conciso interrogatorio: -¿Dígame que le motivó a cometer el crimen?

-Yo no la maté, señor Juez.

-¿Entonces quien la mató? Cuestionó alternativamente el Magistrado. Vaciló unos momentos y acercando su cabeza al reo cuestionó nuevamente: -¿Entonces quien la mató? ¿Yo?

En esos momentos Tinglá tomó el cristo en sus manos y con furia golpeó implacablemente la cabeza del Juez, quien vio en medio de la sorpresa y el dolor como la mitad superior del cristo de madera volaba hasta caer en el extremo trasero de la sala de audiencia.

-Condenado a veinte años de trabajo público. Fue la última palabra que pronunció el juez al momento de caer desmayado en el mostrador del estrado.

La voz de Filiberto interrumpió del estado de agonía del preso que varias horas, entre movimientos y balbuceos se debatía en una agonía interminable: -Tinglá, Tinglá… te están llamando. Es uno de las custodias que te llama. Tinglá entreabrió los ojos y con movimientos toscos y aturdidos por el dolor trató de levantarse, se medio incorporó y de bruces calló en el semicolchón. Luego de un instante, por la insistencia de Filiberto pudo abrir completamente los ojos; haciendo malabares levantó la cabeza y luego sacando fuerzas de su voluntad levantó lentamente su cuerpo molido:

-Si diga señor.

-Camine que usted está de libertad.

Estas palabras resultaron increíbles para el preso, pues entre procesos judiciales preventivos, condenas y los días de inconciencia habían transcurrido seis meses y él fue condenado a veinte años.

Con la ayuda de Filiberto se incorporó por completo y siguiendo al guardia en un vaivén de pasos inciertos caminó por el pasillo de la oscura prisión.

Al llegar a su casa encontró a su amigo Alberto que no había podido informar su situación que lo esperaba con una botella de rom: -¿Supiste todo?

-No.

-La Pilla que siempre estuvo enamorado de tu novia, entró a la habitación después que tu saliste aquella noche, quiso violar a María de Los Ángeles, ella forcejó la obligó a entregársele y luego la estranguló.

Tinglá, intrigado y resistiéndose a creer la muerte de María de Los Ángeles, cuestionó: -¿Pero, como se supo todo?

-El desgraciado, bebiendo en el colmado lo contó todo, entonces yo fui al destacamento y lo cogieron preso, del cargo de conciencia confeso todo.

Tinglá pidió que Alberto sirviera un trago, lo tomó de un solo sorbo y recordó sus únicas palabras pronunciadas en el juicio: -<<em>Yo no la maté, señor Juez>

In memoriam al señor PUBLIO DIAZ,

Que Dios lo acoja en su Seno.

 

 

 

Autor

Carlos Manuel Ventura Mota

[1] Mote dado a los presos que adquiere el control del penal o la prision.


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