El Mundo en que Vivimos









"...y adoraron al dragón porque había entregado
el poder a la bestia. También adoraron a la
bestia diciendo: ¿Quién como la bestia,
y quién puede luchar contra ella?"
Apocalipsis 13,4
Unas pequeñas minorías ven entre indignadas y escandalizadas y las grandes mayorías aleladas ni se percatan, cómo han sido deformados los que debieron ser los fundamentos de una sociedad civilizada: democracia, libertad de expresión y derechos humanos.
La democracia, el término de que más se abusa, fue convertida en autoridad, no del pueblo, sino de unos cuantos muñidores de elecciones; libertad de expresión en instrumento de lavado de cerebros en manos de los dueños de los medios y los derechos humanos los ponen hasta de garantes de crímenes aberrantes contra esos mismos derechos. Ha sido así, como elevados y nobles principios que se volvieron derechos, terminaron desfigurados y envilecidos.
La democracia, la rebajaron a una desfigurada rebatiña de traficantes de votos; la libertad de prensa, fue transformada en una manipulación de masas para esclavos; la política, que fue concebida cómo el oficio más noble de la comunidad, es hoy un enfermo purulento e infecto y las altas dignidades de la sociedad están ocupadas por los más indignos.
Fue como pintarrajar una catedral gótica, tapando con colorines atractivos para la masa las primorosas tallas en piedra que tan denodadamente esculpió el artista.
La sociedad de sociedades hizo suya la máxima de los romanos: "Pan y Circo". Al populacho anestesiado lo mantienen inmerso en un baile de disfraces donde le es imposible distinguir nada. Las máscaras diseñadas por sus titiriteros les sonríen con una mueca perenne. Ya sólo importa el ruido de las percusiones y lo que los sustente y alucine.
Este fue el vulgo acondicionado por el poder secreto para sus fines.
I
Quienes creen que la convivencia entre los hombres sería civilizada dotándolos a todos de riquezas, desconocen el alcance de la codicia, cuyo apetito no se sacia con tener, sino con tener más que los demás.
Con el poder sucede lo mismo que con las riquezas, esto es, que el hombre se siente impelido a estar por encima de sus congéneres, lo cual crea una guerra de emulación sin fin.
He allí las fuerzas capaces de subvertir todo orden.
Desde el comienzo, al hombre no lo contuvo ninguna barrera y pasó por encima de dioses, leyes y religiones tratando de convertirse él mismo en dios, en ley y en religión y para ello debió emplearse a fondo en resolver el gran interrogante de: ¿Cómo detentar riqueza y poder, sin riqueza y sin poder?
Concluir que quien no tenga con qué satisfacer sus necesidades básicas, que padezca hambre, que padezca frío, no es dueño de sí mismo y pierde su libertad, pareció, como lo es, obvio.
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