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Fundamentos ideológicos de la emancipación latinoamericana (página 4)

Enviado por Juan Puelles Lpez



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Nueva Granada (Colombia y Ecuador)

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De manera similar al resto de la América española, Nueva Granada constituía básicamente "... una sociedad señorial que guardaba como algo precioso los valores de la madre patria"[165]. Sin embargo, los intereses rurales no eran aquí tan dominantes co-mo en Chile, Perú o Venezuela, ya que subsistía una aristocracia de funcionarios, co-merciantes y profesionales. La tierra se trabajaba fundamentalmente a base de una mano de obra asalariada, acompañada de un cierto número de esclavos que, sin embargo, no eran tan numerosos como en otras regiones ; la población, por otro lado, había sido so-metida con el paso de los siglos a un extenso proceso de mestizización, dando lugar a la aparición de una amplia "clase media" de agricultores y campesinos. El malestar creciente, por otro lado, a que daba lugar la inflexible economía de España, empeñada en extraer de la colonia cada vez mayores excedentes, trajo consigo inevitablemente la insurrección, bajo la égida de Juan Francisco Berbeo (1731-1795)[166]:

"En marzo de 1781 los rebeldes se negaron a pagar impuestos, atacaron al-macenes del gobierno, expulsaron a las autoridades españolas y eligieron líderes. Fue un movimiento popular y predominantemente mestizo. Contó con el apoyo de una minoría de indios animados por el ejemplo de Túpac Amaru y enfureci-dos por la invasión de los resguardos. Pero poca solidaridad podía haber entre las comunidades indias y los mestizos hambrientos de tierra. Formaba el núcleo de los comuneros una multitud de pequeños agricultores, la "clase media" que describió el virrey Guirior, que habían visto cómo se frustraban sus expectativas y cuya prosperidad se encontraba amenazada por el monopolio y los impuestos del gobierno. Eran las personas que marcharon a miles sobre Bogotá y que a du-ras penas pudieron contener al líder, Juan Francisco Berbeo, y sus asociados criollos, hombres de pretensiones sociales más elevadas que preferían negociar y llegar a un acuerdo con el gobierno".

Los comuneros eran, sin embargo, más reformistas que revolucionarios, y cuan-do Camilo Torres (1766-1816)[167] en su famoso "Memorial de los Agravios", publicado el año 1809, reclamaba la igualdad, no se refería a ellos, ya que lo que él realmente quería era igualdad con los españoles, y no con los mestizos. La élite criolla de la que éste formaba parte (Pedro Fermín de Vargas, Antonio Nariño, etc.), políticamente más avanzada que los comuneros, constituía, como núcleo de la oposición radical, un peligro mucho mayor para las autoridades coloniales españolas que la protesta social de aquéllos, aunque momentáneamente careciese de fuerza para rebelarse[168]

"En un momento en que Nueva Granada experimentaba un estímulo intelectual sin precedentes –la influencia de la Expedición Botánica, un proyecto oficial mente patrocinado para la clasificación de la fauna y la flora-, el aumento del ni-vel de la enseñanza, los libros y los periódicos, el desarrollo del debato político, muchos criollo empezaron a criticar cada vez más el papel de España en América. ¿Cómo podría esa débil, empobrecida metrópoli emprender reforma alguna o invertir en el desarrollo? Los Borbones expresaban una paternal preocupación por sus súbditos americanos. La realidad era un sistema de excepcional dureza e injustas restricciones, un comercio sofocado por el monopolio, y la colonia gobernada por "los establecimientos más impolíticos y anticomerciales que ha podido establecer y perpetuar la ignorancia del gobierno de América"- En las víspera de la independencia eran éstas las críticas más comunes".

La economía del Ecuador, por otra parte, tampoco era muy boyante, y las importaciones superaban con mucho a las exportaciones. Por ello no es de extrañar, como re-fleja John Lynch[169]que los intelectuales ecuatorianos de la época (v.gr., Juan García de José, José Rafael Revenga, etc.) no se decantasen demasiado por el libre comercio y tendiesen a defender la protección y la intervención estatales. De todas formas, no hay que olvidar que este país formaba parte, a raíz de la independencia, de una formación estatal más amplia que incluía, además, a las actuales Colombia, Venezuela y Panamá y que se denominó en realidad República de Colombia, pero que los historiadores prefieren llamar "Gran Colombia" para distinguirla de la Colombia actual[170]Esa nación, que comprendía los mismos territorios que la Nueva Granada colonial, fue creada, entre otras razones, por la influencia personal de Simón Bolívar, quien estuvo al frente de su Gobierno hasta que dejó el poder en manos de su vicepresidente, el liberal Francisco de Paula Santander (1782-1840)[171]:

"A Bolívar puede considerársele como un conservador moderado, y no por una convicción política abstracta –despreciaba a los teóricos doctrinarios-, sino por su innato realismo, que le hacía sentirse escéptico de la posibilidad de llevar a la práctica una rápida transformación de la sociedad hispanoamericana. El punto de vista de Santander era más típicamente liberal: deseaba una amplia gama de cambios en lo político, lo económico y lo religioso, y para conseguirlo es-taba dispuesto a experimentar con nuevas leyes e instituciones. Pero Santander, que procedía de la alta burguesía provincial terrateniente, era un liberal con una fuerte carga de pragmatismo. Por consiguiente, la diferencia entre ambos personajes era solamente de matices".

México

En general, y como hemos recordado repetidamente a lo largo de este trabajo, la independencia hispanoamericana tuvo que contender con dos enemigos y un aliado po-tencial ; los dos adversarios eran: en primer lugar, los ejércitos realistas españoles, y en segundo la oposición abierta o la inercia de los criollos, mientras que el aliado potencial eran las fuerzas populares, cuyas exigencias resultaban embarazosas en más de una oca-sión. Este esquema se vuelve a cumplir en el caso de México, aunque, por supuesto, con características propias[172]

"México era diferente y constituía un desafío más a la revolución america-na. Dividido en sus objetivos, presa de sus conflictos internos, México era propi-cio a una intervención exterior. Pero no podía recibirla. Lejos de los grandes centros de la revolución en el sur, más allá del alcance de los libertadores continentales, México luchó solo y su lucha nació de sí mismo. La revolución mexicana se diferencia de las de América del Sur en dos aspectos vitales ; empe-zó como una violenta protesta social desde abajo y España tenía más que perder en México que en cualquier otro lugar de América".

Como consigna Lynch[173]las crisis agrarias del siglo XVIII trajeron a la super-ficie algunas de las contradicciones de la estructura colonial, que podríamos caracterizar en los siguientes puntos[174]

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  • a) La explotación de los indios: Aunque miles de ellos murieron en el transcurso de la Conquista, continuaron constituyendo la gran mayoría de la población de Nueva España, hablando sus propias lenguas y conservando gran parte de su cultura. Inevitablemente se convirtieron en la clase trabajadora. Aunque en teoría España los declaró libres y con derecho a percibir salarios, realmente sufrieron un tratamiento no mucho mejor que el de los esclavos. Su suerte era el resultado del sistema de encomiendas, en virtud del cual a to-dos los nobles, eclesiásticos y soldados españoles no sólo se les garantizaban grandes concesiones de tierra, sino también la jurisdicción sobre los indios que residiesen en las mismas. El Gobierno español intentó en varias ocasiones regular esa explotación del trabajo nativo en granjas y minas. Las reformas decretadas por la metrópoli, sin embargo, solían ser inefectivas por lo general.

  • b) La posición que ocupaba y el poder que llegó a adquirir la Iglesia Católica: Misioneros franciscanos, agustinos, dominicos y jesuitas entraron en el país junto con los conquistadores. Juan de Zumárraga fue nombrado primer obispo de México en 1528, y el país se constituyó en arzobispado en 1548. La Iglesia mexicana llegó a hacerse enormemente rica a través de las donaciones de los fieles y las promesas, que podían mantenerse a perpetuidad. Antes de 1859, cuando las posesiones eclesiásticas fueron nacionalizadas, la Iglesia era dueña de un tercio de todas las propiedades del país.

  • c) La existencia de una rígida jerarquía social: Los indios, los mestizos (un grupo en ascenso durante el período colonial), los esclavos negros, los negros libres y los mexicanos blancos. Estos últimos estaban a su vez divididos en dos bandos: en la cúspide social se encontraban los peninsulares, es decir, los nacidos en España, y debajo de ellos los criollos, gente de ascendencia europea pura, pero nacidos y criados en Nueva España. Los peninsulares eran enviados desde España para ocupar los puestos más altos de la administración colonial, tanto civil como eclesiástica. Se les mantenía separados del grupo de los criollos, a los que casi nunca se les confiaba un alto cargo.

La rigidez de la estructura social mexicana producía en la población una gran desigualdad en cuanto a riqueza ; así decía Manuel Abad y Queipo, obispo electo de Michoacán, que en Nueva España no había más que dos grupos: "... los que nada tienen y los que lo tienen todo [...] no hay graduaciones o medianías ; son todos ricos o miserables, nobles o infames", y Alexander von Humboldt observó igualmente "... aquella monstruosa desigualdad de derechos y fortunas". Los españoles y los criollos compartían las riquezas, pero no los derechos, y, como dice Lynch[175]a partir de la década de 1790 el resentimiento criollo se expresó mediante la agitación política, y la situación se agravó en 1808, al llegar la noticia del colapso de la Monarquía española ante Napoleón ; entonces se desencadenó una intensa lucha por el poder entre criollos (Ayuntamiento) y peninsulares (Audiencia y Consulado). Pero el verdadero inicio del movimiento in-dependentista mexicano no fue éste, sino que se originó en las revueltas populares lideradas por el sacerdote Miguel Hidalgo y Costilla (1753-1811) y más tarde por el también eclesiástico José María Morelos (1765-1815). Miguel Hidalgo, vástago de una acomodada familia criolla y de formación ilustrada, se dedicó a fomentar desde su cura-to, influido por los philosophes franceses, la agricultura y otras labores con el fin de elevar el nivel de vida de los indios ; Lynch dice de él lo siguiente[176]

"Su religión personal era muy superficial, falto quizás de una verdadera vo-cación, y fue padre de dos hijos. Pero era accesible e igualitario, y podía hablar los dialectos indios. Hizo de su parroquia un centro de discusiones de los asuntos económicos y sociales contemporáneos, al que acudían tanto los indios y las cas-tas como los criollos. Organizó un pequeño programa industrial para estimular la manufactura nativa en un mercado local –cerámica, seda, curtidos, telares y vini-cultura-, signo de su preocupación por los pobres y de su ansiedad por mejorar sus condiciones".

Todas estas actividades de Hidalgo hicieron que en 1810 fuese reclutado por la Conspiración de Querétaro, de la que acabó convirtiéndose en líder, encabezando diversas revueltas populares. Los criollos participaron en este movimiento, como decimos, sólo de manera periférica ; Hidalgo, en cambio, se apoyaba decididamente en las masas y se mantuvo fiel a sus seguidores, ampliando constantemente el contenido social de su programa: por ejemplo, abolió el tributo indio y la esclavitud, y llegó incluso más le-jos[177]

"En México, donde la esclavitud era una institución en declive, la abolición tenía implicaciones más sociales que económicas. Los terratenientes tenían for-mas más económicas y eficientes de trabajar la tierra, y preferían una fuerza de trabajo de peones vinculada, no por la esclavitud, sino mediante los arriendos y el endeudamiento. De este modo la prueba real de las intenciones de Hidalgo se-ría la reforma agraria. Este problema también lo enfrentó con los terratenientes, ordenando la devolución de las tierras que en derecho pertenecían a las comunidades indias".

El sucesor de Hidalgo tras ser éste fusilado fue, como hemos avanzado, José Ma Morelos, un cura rural mestizo de opiniones más radicales que las de aquél[178]aunque sin su formación cultural, quien, como consigna Lynch, "... intentó liberar a la revolución de la embarazosa imagen creada por el movimiento de Hidalgo, cuya anarquía y violencia había servido a la propaganda realista" ; las intenciones políticas de Morelos, por otro lado, eran de más altos vuelos que las de su predecesor[179]

"Morelos fue el más nacionalista de todos los primeros revolucionarios, y su nacionalismo parece que se basaba, no en un cuidadoso cálculo sobre el grado de madurez alcanzado por México, sino en una instintiva creencia en la independencia del país. Al contrario que su principal rival, Rayón, eliminó el uso del nombre de Fernando como máscara o como lo que fuera, y habló francamente de independencia. La revolución estaba justificada, según Morelos, porque los odia-dos españoles eran enemigos de la humanidad, durante siglos habían esclavizado a su población nativa, sofocado el desarrollo nacional de México y malgastado sus riquezas y sus recursos, y uno de sus objetivos básicos era que ningún español pudiera permanecer en el gobierno de México".

Centroamérica

En esta zona, la decadencia española durante el siglo XVII permitió a la élite co-lonial ir adquiriendo cada vez más autonomía y, como la cooperación de la Iglesia y del Estado, dominar sin problemas a una clase trabajadora compuesta mayoritariamente por indios y mestizos. Durante el siglo XVIII, los Borbones intentaron regenerar el Imperio instituyendo reformas que promocionasen una nueva actividad económica, pero el resul-tado de las mismas no fue muy halagüeño, ya que tales innovaciones ponían en cuestión el tradicional acuerdo tácito que había existido desde siempre entre la élite terrateniente centroamericana y el aparato burocrático colonial[180]

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"Centroamérica se vio perjudicada, además de beneficiada, por la atención de los Borbones. En las postrimerías del período colonial experimentó una aflu-encia de artículos extranjeros a través del comercio libre y el contrabando, lo cual tendía a destruir la industria local y a mermar las reservas de capital. Tam-bién se hallaba sujeta a un exceso de impuestos a partir de 1793 ... Si bien las re-formas borbónicas no alcanzaron sus principales objetivos, sobre todo en el te-rreno fiscal, sí incrementaron el poder del estado a costa de las élites locales y trastornaron el tradicional orden de cosas. Los criollos mostraban ahora sin disi-mulo el malestar que en ellos despertaban los españoles de la península y la opi-nión local insistía en que "parece que hay una rivalidad enemiga entre estas dos clases de habitantes, cada una de las cuales ambiciona la preponderancia"".

Las posturas se hicieron más encontradas a partir de 1812, pero los criollos de la región seguían sin estar de acuerdo[181]"Si bien la élite criolla quería reformas econó-micas y fiscales, se mostraba dividida ante la cuestión del cambio político. Algunos de sus miembros acogieron con agrado la política liberal de las cortes españolas de 1812 y la creación de una diputación provincial elegida. Los representantes centroamerica-nos en Cádiz defendieron la reforma constitucional y el comercio libre, a la vez que un programa de esta clase resultaba atractivo para la élite local porque era una alternati-va no revolucionaria al régimen colonial". La élite criolla del Reino de Guatemala si-guió el ejemplo dado por México y se separó de España en 1821, uniéndose al Imperio Mexicano de Agustín de Iturbide. A la caída del Gobierno conservador de este último en 1823, los liberales se hicieron con el control, declararon la independencia de México y fundaron Provincias Unidas de América Central. Chiapas, no obstante, siguió forman-do parte de México, y Panamá se unió a la Gran Colombia de Simón Bolívar. Lynch ter-mina preguntándose[182]

"Pero, ¿qué era Centroamérica? La mayoría de la gente tenía sólo un vago sentido de la identidad nacional y hasta la élite se encontraba dividida por regio-nes e intereses. No existía una nación. ¿Habría siquiera un estado? Sin la unidad impuesta por España no había cohesión alguna, y sin el absolutismo español no había ninguna autoridad central. Los cabildos se declaraban independientes, no sólo de España, sino también unos de otros. La tendencia a alejarse del centralismo de los Borbones se convirtió en una estampida cuando una región tras otra declaró su propia independencia".

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Conclusiones

En este trabajo, dedicado, como indica su título, a analizar las bases ideológicas de la emancipación latinoamericana, hemos enfocado el término "ideología" desde las tres acepciones que le otorga Manuel de Puelles Benítez[183]

  • a) Concepción del mundo propia de un determinado grupo histórico concreto

  • b) Deformación de la realidad, falsa representación que, emanada de un grupo social, enmascara una situación de intereses ligada a una estructura social de-terminada

  • c) Algo irrealizable, no acorde con la realidad.

Según Ramón Vargas-Machuca[184]una "concepción del mundo" se distingue por tener una vertiente teórica y una práctica. El horizonte teórico epistemológico se re-fiere a que "... las concepciones del mundo encierran presupuestos, postulados, cierta-mente no contrastables, pero que juegan un papel en el conocimiento científico, en su progresión o retardo" ; en lo que respecta al horizonte práctico, hay que tener en cuenta que "... toda concepción del mundo exige una adhesión voluntaria o involuntaria a un conjunto de representaciones y creencias que empujan a un comportamiento definido". Para Wilhelm Dilthey (1833-1911), acuñador del término, por otra parte, las "concep-ciones del mundo" (Weltanschauungen) pueden estar definidas, en efecto, por numero-sos factores, combinando elementos intelectuales con elementos emotivos[185]Piensa, en consecuencia, que cualquier punto de vista filosófico se puede interpretar como una "intuición del mundo", y como tal sólo puede ser una metafísica ; no se amolda, por tan-to –ni lo pretende-, a las reglas del método científico experimental[186]Este trabajo, por tanto, no pretende, ni mucho menos, llegar a conclusiones de carácter científico, puesto que tenemos claro, con Dilthey, que la Historia de las ideas (y la Historia en ge-neral) pertenece al campo de las ciencias del espíritu y como tal reviste las siguientes características[187]

  • ? El mundo histórico está constituido por individuos ("unidades psicofísicas vi-vientes"), elementos fundamentales de la sociedad.

  • ? El objeto de las "ciencias del espíritu" no es exterior al hombre, sino interior, captado a través de la experiencia interna (Erlebnis).

  • ? Comprender (la individualidad se presenta en forma de tipo, definiéndose las siguientes "categorías de la razón histórica":

  • a) VIDA: Existencia del individuo singular en sus relaciones con los de-más individuos (ESPIRITU OBJETIVO)

  • b) CONEXION DINAMICA (instituciones, comunidades, épocas históricas, etc.).

Todo esto que acabamos de decir o significa, ni mucho menos, que nuestros pun-tos de vista con respecto a los fenómenos históricos se ciñan fielmente a la postura historicista, ya que también aceptamos en lo que vale la afirmación marxista de que, pues-tos a estudiar la esencia del hombre, no basta con considerar su "conciencia" o interioridad, como propugna Dilthey, sino que hay que tener en cuenta, además y sobre todo, sus relaciones externas con los demás hombres, y éstas son, básicamente, relaciones de trabajo, pues es en nuestra opinión la actividad laboral la que define en última instancia el carácter social del hombre[189]Tampoco aceptamos a rajatabla, por otro lado, la tesis del "materialismo histórico" según la cual las ideas que dominan en una época histórica determinada son las ideas de la clase dominante[190]Nuestra posición se acercaría más, en todo caso, a la de otro pensador historicista: Max Weber (1864-1920), el cual, en su tratamiento de la temática económica, adopta una posición crítica tanto frente a la "eco-nomía clásica" como en relación con el marxismo dogmático. En opinión de este autor, el "materialismo histórico" endurece en forma excesiva la relación entre las formas de producción y de trabajo y las demás manifestaciones de la sociedad, equivocándose de pleno al otorgar una importancia primordial a la estructura económica de la sociedad, relegando la "superestructura ideológica" a ser un simple reflejo de la misma[191]como hemos visto (algo parecido dirían, ya en la segunda mitad del siglo XX, los componen-tes de la Escuela de Frankfurt[192]

Nuestro punto de vista ha sido aceptar, con prácticamente todos los autores que se han enfrentado a esta temática, que al encontrarse los movimientos de emancipación de las colonias españolas en América inmersos en la serie de fenómenos de tipo más o menos revolucionario que ocurrieron por todo el planeta a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, y al encontrarse dichos territorios en el áreas de influencia europea, la principal fuente ideológica de los revolucionarios hispanoamericanos no fue otra que la Ilus-tración, sobre todo en relación con las Revoluciones de Francia y Norteamérica (especialmente esta última, que les caía más cerca). En ese enfoque coinciden, repetimos, la totalidad de los autores que hemos consultado para el trabajo ; John Lynch, por ejemplo, dice[193]

"¿Cuáles eran las fuentes intelectuales del nuevo americanismo? Las ideas de los philosophes franceses, su crítica de las instituciones sociales, políticas y religiosas contemporáneas, eran conocidas por los americanos, aunque no fueran aceptadas indiscriminadamente. La literatura de la Ilustración circulaba en Hispanoamérica con relativa libertad. En México tenían un público Newton, Locke, Adam Smith, Descartes, Montesquieu, Voltaire, Diderot, Rousseau, Condillac y D"Alembert. Entre los lectores se podían encontrar virreyes y otros funcionarios, miembros de las clases profesional y de negocios, personal universitario y eclesiástico ... Pero el nuevo movimiento intelectual no era un asunto que dividiese a los criollos de los españoles, ni era ingrediente esencial de la independencia. Po-seer un libro no significaba necesariamente aceptar sus ideas. A los lectores americanos a menudo los movía la curiosidad intelectual ; querían saber lo que pasaba en el mundo entero ; se resentían por los intentos oficiales de mantener-los en la ignorancia, y daban la bienvenida a las ideas contemporáneas como instrumento de reforma, no de destrucción".

Este acceso a las ideas ilustradas, por otra parte, hizo ver a los latinoamericanos su propia tierra con otros ojos, como se refleja en los escritos autóctonos de esa época, y muy especialmente en la obra de algunos de los jesuitas que fueron expulsados de España y las Indias en 1767, como es el caso de Francisco Xavier Clavijero, Andrés Cavo y otros que oportunamente se han tratado. A estos autores se les puede considerar como predecesores de la emancipación, puesto que sus escritos ayudaron, bien que modesta-mente, a definir la identidad latinoamericana, diferenciándola de la española. También hubo en esas fechas, lo mismo que en Europa, un gran auge del periodismo, y muchas publicaciones adoptaron puntos de vista críticos con respecto a la realidad socio-económico-política que les rodeaba y aceleraron de esta forma la eclosión de la mentalidad emancipadora. Sin embargo, no todas las ideas que condujeron a la emancipación latinoamericana vinieron del exterior. De hecho, y como era de esperar, ya desde el mismo momento de la Conquista se fueron fraguando opiniones favorables a los indios y a su dignidad como seres humanos, que estaba siendo mancillada sistemáticamente por patronos y encomenderos de todo tipo. Según los grupos dominantes, los indios eran unos seres inferiores que únicamente tenían derecho a trabajar hasta reventar para enriquecer a sus amos blancos ; paralelamente, sin embargo, surgieron opiniones (como, por ejemplo, la teoría del "buen salvaje", defendida siglos más tarde por Rousseau) que defendían la posición del indio y procuraban mantenerlo lo menos contaminado posible de los ma-les de la "civilización". Incluso hubo entre los misioneros algunos intentos de llevar a la práctica diversos proyectos utópicos en ese sentido.

Todos estos puntos de vista contribuyeron, por supuesto, en no pequeña medida a conformar la identidad hispanoamericana. Sin embargo, justo es reconocer –y el traba-jo termina precisamente con esa constatación tras hacer un recorrido por los distintos países que surgieron de los susodichos movimientos emancipadores e independentistas- que las revoluciones en cuestión no redundaron a la larga en absoluto a favor de los antiguos y únicos legítimos pobladores de América, es decir, de los indios, que continua-ron más o menos marginados, sino que únicamente beneficiaron a las clases dirigentes de las diferentes regiones. John Lynch resume esta situación en los siguientes puntos, que nos servirán para finalizar el presente trabajo[194]

  • a) Al Estado borbónico en Hispanoamérica no le sucedió inmediatamente una serie de nuevos Estados nacionales. Hubo una etapa intermedia en la cual los ejércitos libertadores o las bandas de los caudillos desafiaron primero, y lue-go destruyeron, el poder político y militar de España. En algunos casos fue un proceso largo y llevó aparejada la creación de Estados rudimentarios du-rante la guerra, los cuales podían recaudar impuestos y reclutar tropas. Pero tales Estados no eran necesariamente naciones. Incluso después de obtener la independencia, la creación de Estados nuevos precedió a la formación de na-ciones.

  • b) La independencia puso fin al monopolio español, eliminó al antiguo interme-diario y dio a Hispanoamérica acceso directo a la economía mundial. Comer-ciantes e industriales británicos, o sus agentes, se apresuraron a introducirse en los nuevos mercados, buscando ventas rápidas a bajo precio y vendiendo a los sectores populares además de a la élite. Inglaterra no era solamente la principal exportadora a Latinoamérica –seguida a cierta distancia por los Es-tados Unidos, Francia y Alemania-, sino que era también el principal merca-do para las exportaciones latinoamericanas.

  • c) Sin embargo, las economías latinoamericanas no respondieron inmediata-mente a la emancipación. Las guerras de independencia destruyeron vidas y propiedades ; por otro lado, el terror y la inseguridad provocaron fugas de mano de obra y de capital, a causa de lo cual resultaba difícil organizar la recuperación y aún más difícil diversificar la economía. La falta de acumulación interna y -todavía- de inversiones extranjeras contribuyó a obstaculizar el crecimiento económico.

  • d) La política la hacían los nuevos líderes y los grupos económicos nacionales. Estos intentaban edificar sus particulares intereses dentro de una nueva metrópoli y reducir a las otras regiones o provincias a una especie de dependencia colonial. Capitales o puertos como el de Buenos Aires intentaron de este modo monopolizar los frutos de la independencia, interponiéndose como una fuerza controladora entre el comercio nacional y el de ultramar.

  • e) En último término las posibilidades del desarrollo de las economías nacionales fracasaron ante la estructura social de los nuevos Estados. La polarización de la sociedad latinoamericana en dos sectores, una privilegiada minoría que monopolizaba las tierras y los cargos públicos, y una masa de campesinos y obreros, continuó después de la independencia y cobró mayor ímpetu.

  • f) El nuevo nacionalismo estaba casi desprovisto de contenido social. Cierto es que la independencia fue inspirada por ideas liberales e incluso igualitarias que rechazaban la rígida estratificación del período colonial ; cierto también que dictó leyes contra la división de la sociedad en castas y que procuró integrar a los grupos étnicos en la nación. Pero en la práctica, las masas populares mostraban poca lealtad por sus respectivas naciones ; durante la guerra era necesario reclutarlas por la fuerza y después había que controlarlas estrechamente. La falta de cohesión social hacía que idealistas como Bolívar desesperaran de crear naciones viables. Los esclavos negros, y los peones vinculados que les sucedieron, recibieron muy pocos de los beneficios de la in-dependencia, y tenían escasas razones para albergar un sentido de la identi-dad nacional.

  • g) Los indios permanecieron como un pueblo aparte, ignorados por los conservadores y hostilizados por los liberales. Estos últimos consideraban a los in-dios como un impedimento para el desarrollo nacional, y creían que su autonomía e identidad corporativa debía ser destruida para obligarlos a entrar en la nación a través de la dependencia política y la participación económica. El liberalismo doctrinario fue el responsable de muchos de los irreparables daños sufridos por la sociedad india en el siglo XIX.

  • h) El sistema político de los nuevos Estados representaba la determinación crio-lla de controlar a indios y negros, la fuerza rural de trabajo, y contener a las castas, la más ambiciosa de las clases bajas. Esto también se reflejó inevitablemente en las divisiones económicas y en los intereses regionales.

  • i) La independencia debilitó algunas de las estructuras básicas de la iglesia. Muchos obispos abandonaron sus diócesis y volvieron a España. Otros fue-ron expulsados. Otros murieron y nadie ocupó su lugar. La responsabilidad de que hubiera diócesis desocupadas la compartían Roma, que tardaba en re-conocer la independencia, y los Gobiernos liberales, que sólo estaban dispuestos a aceptar a su propio candidato al puesto. La escasez de obispos iba acompañada inevitablemente de la escasez de sacerdotes y religiosos, y mu-chas parroquias quedaron desatendidas.

  • j) El tamaño y el costo de los ejércitos no guardaban ninguna relación con su función, en especial después de que se desmantelaran las últimas bases espa-ñolas ; porque no hacía falta ser muy perspicaz para ver que unos invasores europeos tendrían pocas posibilidades de sobrevivir en una América Latina independiente. De este modo, en los nuevos Estados había lo que en la práctica podían considerarse como ejércitos de ocupación, cuya función principal era el bienestar de sus miembros.

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Autor:

Juan Puelles López

[1] OTAS VARIOS, 1988, Atlas Histórico LAROUSSE, Barcelona, Planeta, pp. 214-15

[2] Microsoft Encarta-97, CD-Rom

[3] ibid.

[4] FERRATER MORA, José, 1979, Diccionario de Filosofía (III), Madrid, Alianza, pg. 1.623

[5] CASSIRER, Ernst, 1984, la filosofía de la Ilustración, México, FCE, pg. 12

[6] FERRATER MORA, op. cit., pg. 1.624

[7] ibid., IV, pp. 2.882-84

[8] Para Kant, conocer no es otra cosa que conjugar ˜lo dado™ con ˜lo puesto™, es decir, colocar los datos de los sentidos en el espacio y en el tiempo mediante unas categorías a las cuales se llega en virtud de una ˜deducción trascendental™ en tres pasos (unidad sintética de la apercepción=™yo pienso™): (a) Síntesis de la ˜aprehensión™ en la ˜intuición™ ; (b) Síntesis de la ˜reproducción™ en la ˜imaginación™ ; (c) Síntesis del ˜reconocimiento™ en el ˜concepto€™. Al verificarse este proceso (esquematismo trascendental) se opera, se-gún este filósofo, una revolución copernicana: es el sujeto el que gira en torno al objeto para determinar sus posibilidades de conocimiento y no al revés, y este último ya no es un simple dato de los sentidos €˜fe nómeno™-, sino que queda convertido en cosa en sí˜noúmeno™-, haciéndose así accesible a nuestra facul-tad cognoscitiva. [ABBAGNANO, N., 1973, Historia de la Filosofía (III), Barcelona, Montaner & Si-món, pp. 443 ss.]

[9] PAZ SANCHEZ, Manuel de, Cultura y mentalidades durante la Ilustración en Canarias, La laguna, Instituto de Estudios Hispánicos, pg.72

[10] COPLESTON, Frederick, 1979, Historia de la Filosofía (IV), Barcelona, Ariel, pp. 15-16

[11] JEREZ MIR, Rafael, 1975, Filosofía y Sociedad, Madrid, Ayuso, pg. 185

[12] ibid., pp. 229-30

[13] RUDÉ, op. cit., pg. 207

[14] PAZ SANCHEZ, op. cit., pg. 71

[15] VIERA Y CLAVIJO, Joseph de, "Memoriales de €˜EL PERSONERO€™", en PAZ SANCHEZ, op. cit., pg. 62

[16] LEDESMA, Manuel, "Ilustración y educación en Canarias", ponencia en las I JORNADAS DE HIS-TORIA DE LA EDUCACION, Universidad de La Laguna, fotocopia

[17] CAMPOMANES, Pedro R. de, 1978, Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fo-mento, Madrid, Editora Nacional, pp. 21 ss.

[18] VARELA, Julia, 1985, "La Educación Ilustrada, o cómo fabricar sujetos dóciles y útiles", en Revista de Educación, no extraordinario, pp. 250-53

[19] WEBER, Max, 1987, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Barcelona, Península, pp. 42-45

[20] SOMBART, Werner, 1972, El burgués, Madrid, Alianza, pp. 127-33

[21] ABBAGNANO, 1973, Historia de la Filosofía (II), Barcelona, Montaner & Simón, pp. 347-48

[22] SELDON, Arthur, y PENNANCE, F.G., 1975, Diccionario de Economía, Barcelona, Oikos-Tau, pp. 357-59

[23] GOODWIN, Barbara, 1993, El uso de las ideas políticas, Barcelona, Península, pp. 64 ss.

[24] BELMONTE, José, 1971, Historia Contemporánea de Iberoamérica (I), Madrid, Guadarrama, pg. 25

[25] CHEVALIER, François, 1979, América Latina, de la independencia a nuestros días, Barcelona, La-bor, pp. 270-71

[26] VICENS-VIVES, J., e.a., 1972, Historia social y económica de España y América (V), Barcelona, Vi-cens-Vives, pp. 446 ss.

[27] ibid., pp. 455-56

[28] ibid., pg. 449

[29] MADARIAGA, Salvador de, 1959, El ocaso del imperio español en América, Buenos Aires, Sudame-ricana, pp. 243-44

[30] JOHNSON, John L., 1970, The Military and Society in Latin America, Stanford (California), Univer-sity Press, pg. 15

[31] VELAZQUEZ, Ma del Carmen, 1965, Hispanoamérica en el Siglo XIX, México, Fornaca, pp. 108-115

[32] RAMA, Carlos M., 1982, Historia de las relaciones culturales entre España y la América Latina, Madrid, Siglo XXI, pg. 67

[33] Vid. supra

[34] CHEVALIER, op. cit., pp. 277-89

[35] VELAZQUEZ, op. cit., pp. 98 ss.

[36] CARNOY, Martin, 1977, La educación como imperialismo cultural, México, Siglo XXI, pp. 151-54

[37] RAMA, op. cit., pg. 289

[38] BELMONTE, op. cit., pg. 370

[39] RAMA, op. cit., pg. 290

[40] IBARRA, Ana C., 1989, "La contribución de Sarmiento al liberalismo argentino", en Cuadernos Ame-ricanos, no 13, pp. 155 ss.

[41] CHEVALIER, op. cit., pg. 271

[42] RAMA, op. cit., pg. 293

[43] ibid., pg. 289

[44] CHEVALIER, op. cit., pg. 280

[45] CARNOY, op. cit., pg. 155

[46] ibid., pp. 170-71

[47] ibid., pg. 199

[48] PEREZ-MALLAINA BUENO, Pablo E., 1980, "Profesiones y oficios en la Lima de 1850", en Anua-rio de Estudios Americanos, no 37, Sevilla, CSIC, pp. 225-26

[49] FAGG, John Edwin, 1970, Historia General de Latinoamérica, Madrid, Taurus, pg. 670

[50] ibid., pg. 713

[51] VILA SELMA, José, "Introducción", en BELLO, Andrés, Antología de Discursos y Escritos, Madrid, Editora Nacional, pg. 25

[52] ABAD NEBOT, Francisco, 1977, "Andrés Bello en la historia social del pensamiento", en Revista de Indias, año XXVII, no 147-48, pg. 239

[53] FERRATER MORA, op. cit., IV, pp. 2.882-84

[54] ABBAGNANO, op. cit., III. pg. 26

[55] COPLESTON, op. cit., VII, pp. 23-24

[56] Vid. supra, (nota)

[57] ABAD NEBOT, op. cit., pp. 244 ss.

[58] Según Kant, la experiencia se nos hace posible desde el momento en que podemos ˜hablar™ (o pensar) acerca de ella, mediante juicios, ya sean analíticos (˜a priori™) o sintéticos (˜a posteriori™). Analizándolos llega Kant a la conclusión de que ni unos ni otros son capaces de decir algo acerca de lo real con carácter universal y necesario ; no resultan, por tanto, útiles a la ciencia. Propone entonces sus juicios sintéticos ˜a priori™, que cumplen la condición de ser ciertos y de estar dotados de contenido. Sin embargo, estos nue-vos juicios, al ser aplicados a temas metafísicos (Dios, Libertad e Inmortalidad), producen contradiccio-nes en forma de antinomias y paralogismos de la razón pura, concluyendo Kant que la metafísica es im-posible como ciencia y quedando Dios, la Libertad y la Inmortalidad definidos como ˜postulados de la razón práctica€™. [FERRATER MORA, op. cit., III, pp. 1.839-48]

[59] GARCIA HOZ, Víctor, 1974, Diccionario de pedagogía (II), Barcelona, Labor, pg. 820

[60] ABBAGNANO, N. y VISALBERGHI, A., 1976, Historia de la Pedagogía, Madrid, FCE, pg. 449

[61] BOWEN, James, 1985, Historia de la Educación Occidental (III), Barcelona, Herder, pg. 397

[62] ibid., pg. 372

[63] ibid., pg. 374

[64] Lancaster, efectivamente, llegó a tener a su cargo a 800 niños y 200 niñas al mismo tiempo.

[65] CARNOY, op. cit. Vid supra (nota 26)

[66] Vid supra

[67] CARNOY, op. cit., pp. 198-99

[68]˜LA NACION™, op. cit., pg. 436

[69] ibid.

[70] ibid.

[71] CHEVALIER, op. cit., pp. 290 ss.

[72] RAMA, Carlos M., 1978, Historia de América Latina, Barcelona, Bruguera, pg. 13

[73] ibid., pg. 15

[74] GRIFFIN, Charles C., 1962, Los temas sociales y económicos en la época de la Independencia, Cara-cas, Fundación John Boulton y Fundación Eugenio Mendoza, pg. 11

[75] GANDIA, Enrique de, 1957, "Los orígenes de la Independencia americana según el general Daniel Florencio O€™Leary", en Revista de Indias, año XVII, no 67

[76] EYZAGUIRRE, Jaime, 1973, Ideario y ruta de la emancipación chilena, Santiago de Chile, Edición Universitaria, pp. 96 ss.

[77] Vid. supra

[78] EYZAGUIRRE, op. cit., pp. 104 ss.

[79] ibid., pg. 91

[80] PORRAS BARRENECHEA, Raúl, 1974, Los ideólogos de la emancipación, Lima, Milla Batres, pp. 65 ss.

[81] Resulta cuando menos curioso que todos los políticos independentistas peruanos que aquí se citan tu-viesen apellidos de origen vasco.

[82] NAVARRO FLORIA, Pedro, 1989, "Ilustración y radicalización ideológica en el Consulado de Bue-nos Aires (1755-1810)", en Revista de Indias, año XLIX, no 186, pp. 411 ss.

[83] RESTREPO CANAL, Carlos, 1963, "Pensamiento político de los hombres de Estado neo-granadinos en 1810", en Revista de Indias, año XXIII, no 91-92, pp. 99 ss.

[84] " " , " , 1968, "Causas de la independencia de los países hispanoamericanos e ideas de sus libertadores", en Revista de Indias, año XXVIII, no 111-112, pp. 143 ss.

[85] ALVAREZ RUBIANO, Pablo, 1951, "El espíritu de reforma en las colonias españolas en el siglo XIX. Proposición de Tabasco a las Cortes de Cádiz", en Revista de Indias, año XI, no 45, pp. 433 ss.

[86] LUHMANN VILLENA, Guillermo, 1984, "La biblioteca de un peruano de la Ilustración: el contador Miguel Feijo de Sosa", en Revista de Indias, año XLIV, no 174, pg. 367

[87] CHECA GODOY, Antonio, 1993, Historia de la prensa en Iberoamérica, Sevilla, Alfar, pg. 15

[88] José Clavijo y Fajardo radicó normalmente en Madrid. Mientras tanto, en las Islas Canarias se iba desarrollando paulatinamente una prensa autóctona, que, por supuesto, reunía similares características en cuanto a contenido a la que se hacía en la Península o en el resto de la Europa Ilustrada. La primera im-prenta de Canarias se estableció en Tenerife en 1751 ; sin embargo, el primer periodismo insular tenía un carácter manuscrito ; se trataba de tres publicaciones debidas a Joseph de Viera y Clavijo, a saber, ˜El Pa-pel Hebdomadario™ (1758-59), ˜El Personero™ (1764) y ˜La Gaceta de Daute™ (1765). Simultáneamente círculó, en 1768, un ˜Correo de Canarias™ de autor anónimo. El primer periódico impreso en las Islas fue el ˜Seminario Misceláneo Enciclopédico Elemental™, publicado en La Laguna en 1781.

[89] MADARIAGA, op. cit., pg. 291

[90] COLLIER, Simon, 1967, Ideas and Politics of Chilean Independence, 1808-1833, Cambridge, Univer-sity Press, pp. 130 ss.

[91] MARTINEZ RIAZA, Asunción, 1985, "Función de la prensa en los orígenes del liberalismo peruano. La opinión pública ante la independencia", en Revista de Indias, año XLV, no 175, pp. 97 ss.

[92] SALA VILA, Nuria, 1993, "La Constitución de Cádiz y su impacto en el Gobierno de las comuni-dades indígenas en el Virreinato del Perú", en Boletín Americanista, no 42-43, Universidad de Barcelona, pg. 51

[93] ibid., pg. 60

[94] EYZAGUIRRE, op. cit., pp. 119 ss.

[95] ibid., pp. 126 ss.

[96] Thomas Payne /1737-1809), publicista y político norteamericano de origen británico, de familia cuáquera emigrada a América en 1774, tomó partido a favor de los colonos insurgentes. Fue un entusiasta de la Revolución Francesa ; perseguido por el Gobierno británico, se refugió en Francia (1792), donde recibió la ciudadanía francesa y un escaño en la Convención. Mal visto por los jacobinos y enemistado con la mayoría de los políticos, regresó a los Estados Unidos en 1802. Es autor, entre otras obras, de un tratado de filosofía deísta. [Nueva Enciclopedia Larousse]

[97] EYZAGUIRRE, op. cit., pp. 135 ss.

[98] RAMA, Historia de América Latina, op. cit., pp. 46-52

[99] MADARIAGA, op. cit., pp. 228-29

[100] RAMA, op. cit., pp. 103 ss.

[101] MADARIAGA, op. cit., pp. 230 ss.

[102] HOYO SOLORZANO, Cristóbal del, 1983, Madrid por dentro, Santa Cruz de Tenerife, Aula de Cultu ra, pg. 411

[103] ibid., pg. 414

[104] MADARIAGA, op. cit., pp. 279 ss.

[105] ibid., pp. 108 ss.

[106] ibid., pg. 289

[107] ibid., pp. 422-23

[108] LYNCH, John, 1989, Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826, Barcelona, Ariel, pg. 9

[109] SALAZAR BONDY, Augusto, 1968, ¿Existe una filosofía de nuestra América?, México, Siglo XXI, pg. 11

[110] ibid., pp. 14 ss

[111] ibid., pp. 17-18

[112] CASTILLA, Ramón, 1954, "Raíces del Americanismo filosófico", en Revista de Indias, año XIV, no 57-58, pg. 438

[113] ibid., pp. 439 ss.

[114] PICON-SALAS, Mariano, 1985, De la conquista a la independencia (Tres siglos de historia cultural hispanoamericana), México, FCE, pg. 152

[115] ibid., pg. 154

[116] CASTILLA, op. cit., pg. 442

[117] Vid. supra

[118] COPLESTON, op. cit., VI, pp. 65 ss.

[119] PICON-SALAS, op. cit., pp. 92 ss.

[120] ibid., pp. 175 ss.

[121] IBARGÃœENGOITIA, Antonio, 1972, Filosofía mexicana, en sus hombres y en sus textos, México, Porrúa, pp. 80-87

[122] ibid., pp. 88-95

[123] PICON-SALAS, op. cit., pg. 105

[124] ibid., pp. 188-89

[125] ibid., pg. 187

[126] MADARIAGA, op. cit., pp. 329-30

[127] PICON-SALAS, op. cit., pg. 198

[128] ibid., pp. 202-203

[129] Según este autor, adscribible al €˜empirismo inglés€™, no existen las ideas innatas ; el conocimiento hu-mano consta únicamente de tres partes: sensación (representación de algo exterior), reflexión (experiencia que tenemos de nuestros propios estados, incluidas las €˜sensaciones€™) y combinación por el espíritu de las ideas simples. Así dice (en €˜Ensayo sobre el entendimiento humano€™, 1690): "Supongamos que la mente es, como nosotros decimos, un papel en blanco, vacío de caracteres, sin ideas. ¿Cómo se llena? ¿De dón-de procede el vasto acopio que la ilimitada y activa imaginación del hombre ha grabado en ella con una variedad casi infinita? A esto respondo con una palabra: de la experiencia. En ella está fundado todo nuestro conocimiento, y de ella deriva todo en último término. Nuestra observación, ocupándose ya so-bre objetos sensibles externos o ya sobre las operaciones internas de nuestras mentes, percibidas y refle-jadas por nosotros mismos, es la que abastece a nuestro entendimiento con todos los materiales del pen-sar. Estas son las fuentes del conocimiento ; de ellas proceden todas las ideas que tenemos o podemos te-ner". [ABBAGNANO, op. cit, II, pp. 294-97]

[130] LOCKE, John, 1982, Pensamientos acerca de la educación, Barcelona, Humanitas, pp. 387 ss.

[131] Vid. supra

[132] Vid. supra

[133] Vid. supra

[134] FEIJOO, B.J., 1985, "Cartas eruditas", en VARIOS, Historia de la Educación en España (I), Ma-drid, MEC, pp. 27-28

[135] PICON-SALAS, op. cit., pg. 218

[136] Economista peruano, partidario de la doctrina mercantilista

[137] Patriota venezolano. Uno de los fundadores del Colegio de Abogados de Caracas.

[138] Geógrafo y naturalista colombiano, conocido de Humboldt y precursor de la Geografía moderna

[139] Patriota, distinguido jurista, literato y amante de las ciencias. Fundó el Colegio de Abogados de su país y la Cátedra de Derecho Civil. Fue redactor de Semanario, primer periódico que defendió la causa de la emancipación hispanoamericana.

[140] PICON-SALAS, op. cit., pg. 219

[141] ibid., pp. 225 ss.

[142] ibid., pg. 228

[143] Vid. supra

[144] PICON-SALAS, op. cit., pg. 229

[145] Vid. supra

[146] ibid., pp. 231-32

[147] ibid., pg. 233

[148] LYNCH, op. cit., pg. 46

[149] ibid., pg. 50

[150] ibid., pg. 96

[151] ibid., pg. 107

[152] BUSHNELL, David, y MACAULAY, Neill, 1989, El nacimiento de los países hispanoamericanos, Madrid, Nerea, pp. 128 ss.

[153] ibid.

[154] ibid., pg. 131

[155] BUSHNELL & MACAULAY, op. cit., pp. 117-18

[156] LYNCH, op. cit., pp. 158-59

[157] ibid., pg. 164

[158] ibid, pp. 165 ss. Los tributos excesivos, la €˜mita€™ y los abusos de los corregidores fueron las principa-les causas de una rebelión india que, en Noviembre de 1780, estalló en el valle del Tinta. Durante ésta, el corregidor Arriaga fue apresado y ejecutado por orden del cacique José Gabriel Condorcanqui, hijo del cacique Miguel Condercanqui y descendiente por línea materna de Túpac Amaru, el último soberano inca, de quien adoptó el nombre. Túpac Amaru había sido educado en el colegio jesuita de San Francisco de Borja y se dedicó a la arriería hasta que acaudilló la gran rebelión india que, en seguida, se propagó por toda la sierra. Aunque su objetivo inicial fue luchar contra los excesos y el mal gobierno de los espa-ñoles, no pudo evitar que la guerra se convirtiera en racial. Los rebeldes fueron vencidos el 8 de Enero de 1781, en Tinta, por las tropas del mariscal del Valle. Perseguido por el general Ventura Landa en Tanani-co, Túpac Amaru fue hecho prisionero, juzgado severamente y decapitado al fin, después de ser obligado a presenciar el asesinato de toda su familia, el 18 de Mayo de 1781. Las posteriores rebeliones criollas invocaron el nombre de Túpac Amaru para obtener el apoyo de los indios. [Enciclopedia Planeta Multi-media]

[159] LYNCH, op. cit., pp. 170 ss.

[160] Este término (del quechua mitis= semana de trabajo) se utilizaba en la América colonial para referirse al repartimiento forzado de indios para todos los trabajos públicos, y especialmente la minería. Se inició en torno a 1570 en las minas de plata de Potosí. En el imperio incaico significaba el servicio personal que los súbditos habían de realizar en las tierras del Inca y de los sacerdotes para satisfacer los impuestos. Al-gunos días del año, y por sorteo, el trabajo se realizaba también en servicios públicos, como minas y cons-trucciones. [Enciclopedia Interactiva Santillana]

[161] BUSHNELL & MACAULAY, op. cit., pg. 121

[162] LYNCH, op. cit., pg. 193

[163] ibid., pp. 193-94

[164] Negros libres

[165] BUSHNELL & MACAULAY, op. cit., pg. 112

[166] LYNCH, op. cit., pg. 226

[167] ibid., pp. 229-30

[168] No confundir con el famoso cura guerrillero del mismo nombre, nacido en 1929 y muerto en 1966, también colombiano, fundador en 1956 del Frente Unido del Pueblo Colombiano.

[169] LYNCH, op. cit., pg. 231

[170] ibid., pg. 254

[171] BUSHNELL & MACAULAY, op. cit., pp. 93-95

[172] ibid., pg. 95

[173] LYNCH, op. cit., pg. 293

[174] ibid., pg. 295

[175] Encarta-97

[176] LYNCH, op. cit., pp. 296-97

[177] ibid., pp. 302 ss.

[178] ibid., pg. 306

[179] En realidad, Hidalgo lo que pretendía era hacer de Nueva Granada un estado independiente bajo la corona de Fernando VII.

[180] LYNCH, op. cit., pp. 308-309

[181] ibid., pg. 326

[182] ibid., pg. 327

[183] ibid., pp. 329-30

[184] PUELLES BENITEZ, Manuel de, 1986, Educación e ideología en la España Contemporánea, Bar-celona, Labor, pg. 10

[185] VARGAS-MACHUCA, Ramón, 1976, Artículo "Concepción del mundo", en QUINTANILLA, Mi-guel A. (dir.), Diccionario de Filosofía Contemporánea, Salamanca, Sígueme, pp. 93-94

[186] FERRATER MORA, op. cit., III, pg. 2.292

[187] ABBAGNANO, op. cit., III, pp. 492 ss.

[188] ibid., pg. 489

[189] ibid., pp. 491-92

[190] FERRATER MORA, op. cit., III, pp. 2.121 ss.

[191] ibid., pp. 2.148 ss

[192] ABBAGNANO, op. cit., III, pp. 502 ss.

[193] FERRATER MORA, op. cit., III, pp. 1.126 ss.

[194] LYNCH, op. cit, pg. 32


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