Se pretende en este trabajo interrogar no solamente la relación médico-paciente a la hora de la muerte, cuando ambos intuyen que poco o nada tiene para hacer la Medicina. Es la hora en que aceptarán que la vida es irreversible, que camina inexorablemente hacia un estado que el hombre desconoce: hacia la muerte, hacia un mundo que los físicos suelen denominar de "quietud mortal" y al que los religiosos suelen llamar "eternidad".
La vida, ese oculto río de la sangre que cantó Rilke[1]en una de sus elegías, río que dramáticamente se mueve en la vecindad del desequilibrio y el caos, finalmente alcanza su punto indescriptible de paz y no retorno con la muerte. Y en este trabajar con la muerte debemos los médicos aceptar que entramos en el territorio de la temporalidad, de cómo se registra y se vive el tiempo en cada caso en particular, de quién puede y quién no pensar en términos de lo por venir, de qué significa la palabra "futuro" y qué abandonar un proyecto vital... Aceptar, en definitiva, -como escribe Cornelius Castoriadis- que "la vida contiene e implica la precariedad del sentido en continuo suspenso, la precariedad de los objetos investidos, la precariedad de las actividades investidas y del sentido del que solemos dotarlas" [2]
El desafío del médico ante la muerte es sin duda ese: aceptar la precariedad de todos los proyectos, en todas las edades, en todos los seres, incluso en él mismo, para poder comunicarle a sus pacientes el grado de esa realidad inmodificable.
Hemos aprendido sin embargo los médicos a tomar una "distancia adecuada" que, sin caer en la asepsia profesional y la indiferencia, nos permite llevar adelante un trabajo que contempla cierta "disociación instrumental", la cual, a su vez, permite identificarnos con quien trabajamos y también pensar acerca de la problemática que el enfermo trae.
Es en ese movimiento parcial de acercamiento al otro, en el intento de ubicarnos en la situación y problemática de quien probablemente muera, donde se ponen en juego las limitaciones de la Medicina y es cuando surgen nuestros ansiedades y temores más profundos.
Es quizá entonces necesario abordar otros territorios del pensamiento que nos brinden cierta seguridad, cierta paz, otro saber y mayor fortaleza espiritual: para algunos la filosofía, para otros la religión o cualquier otra disciplina que nos permita conectarnos con lo más profundo de nuestro ser, ya que -al autolimitarnos en el compromiso afectivo para defendernos de la frustración y el dolor ante la pérdida de una vida-, inevitablemente, lo aceptemos o no, tropezaremos con aspectos no resueltos de nuestro propio mundo interior y con otros aspectos a veces imposibles de resolver de nuestra propia psiquis.
Porque trabajar con la muerte, hacerle frente aunque ella amenace el cuerpo de otro, es percibir, entender, que una parte nuestra también ha de morir. Aunque lo neguemos, aunque en el Servicio de Cuidados Paliativos nos subyugue la tecnología y pretendamos que ella reemplace hasta nuestra capacidad de ternura y comprensión, aún a riesgo de caer en lo que Rof Carballo (1993), describe en uno de sus últimos trabajos, como "la perversión alexitímica de nuestra cultura" [3]Los psiquiatras norteamericanos denominan alexitimia a la incapacidad de expresar sentimientos y emociones y -lo comprobamos a diario- es esa "enfermedad" un mal común entre los médicos, un hacer, resguardados en la aparatología, como si no nos afectara el dolor del otro.
Siguiendo a Carballo, el continuo incremento del conocimiento intelectual y tecnológico de los últimos siglos ha producido un progresivo desarrollo del hemisferio cerebral dominante, encargado del pensamiento racional y del lenguaje. Por el contrario, la emoción, la capacidad de comprender a los demás y de "encantarse con el mundo", representadas por el hemisferio derecho, tienden a una atrofia progresiva. "Si esto es así –escribe el psiquiatra y pensador español-, estamos condenados a que se produzca la desaparición de la poesía, del arte, de la comunicación humana, y, cómo no, de la empatía médica" [4]
Paralelamente a un aumento prodigioso en saberes sobre las estructuras vivas y a un enriquecimiento del poder terapéutico y de los medios diagnósticos, es indudable que hoy el médico se ve abrumado en su misión por la afluencia desbordante de pacientes. Ha ido creciendo paralelamente, en toda la sociedad occidental, lo que se ha llamado el "vacío", la desilusión acerca del sentido de la existencia, y el médico no es ajeno a esta filosofía deshumanizante, acosado por algo que es excéntrico a su misión tradicional. "Poco a poco -acusa Rof Carballo-, el médico, antes sustentado en su duro oficio por el prestigio que le daban sus pacientes, se vuelve ente anónimo, funcionario de un gran centro asistencial o de la Seguridad Social, administrada con mayor o menor acierto por las autoridades sanitarias e, inevitablemente, por los políticos" [5]
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