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La comunicación auténtica (página 2)

Enviado por Lus ngel Ros Perea



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Etimológicamente, comunicación deriva del latín cummunis: poner en común algo con otro. Y cummunis proviene del griego koinoonia, que significa a la vez comunicación y comunidad; es decir, existe una estrecha relación entre comunicarse y estar en comunidad. Es el mismo origen de comunidad, de comunión; expresa algo que se comparte: que se tiene o se vive en común. Comunicación es común unión. Estamos en comunidad porque antes hemos puesto algo en común a través de la comunicación; cuando nos comunicamos, nos relacionamos con los demás y somos escuchados en condiciones de igualdad. La comunicación no es un simple agregado a la convivencia, sino un hecho realmente esencial, intrínseco a la esencia misma del hombre como ser social.

En este sentido, comunicación es diálogo, intercambio; relación de compartir, de hallarse en correspondencia, en reciprocidad. Es a través del proceso de intercambio como los seres humanos establecen relaciones entre sí y pasan de la existencia individual aislada a la existencia comunitaria. CONSIDERACIONES ENTORNO DE LA COMUNICACIÓN

Consideremos por un instante la palabra "comunicación". Su raíz está relacionada con la palabra "común"; hablamos de una comunidad cuando la gente tiene algo en común. La comunicación es un esfuerzo por parte del hombre tendiendo a compartir algo con alguien: su saber, sus decisiones, sus sentimientos… Sólo logra su objeto cuando este esfuerzo da como resultado un algo común, como algo de conocimiento que ambas personas tienen en común.

Ahora bien, cuando hay ambigüedad (imprecisión) en la comunicación, todo lo que hay en común son las palabras habladas o escritas que otro oye o lee. Mientras continúe la ambigüedad no hay significado en común entre hablante y oyente. Para que la comunicación sea completa es necesario, por consiguiente, que las dos partes usen las mismas palabras con los mismos significados.

La comunicación es relación comunitaria mediante la emisión y recepción de palabras, frases, expresiones, ideas o mensajes entre interlocutores válidos y recíprocos, y constituye un factor esencial de la convivencia y un elemento determinante de nuestra sociabilidad. Es un proceso a través del cual entramos en cooperación mental con los demás hasta alcanzar una conciencia común. Es un proceso de interacción democrática, basada en el intercambio de signos, por el cual nosotros compartimos experiencias bajo condiciones libres e igualitarias de acceso, diálogo y participación. La comunicación, además de estar dada por un emisor y un receptor, se realiza entre dos o más personas o comunidades humanas que intercambian y comparten experiencias, conocimientos, sentimientos…

La comunicación es el fundamento de la comunidad. Es una categoría básica de relación y uno de los modos de estar con los demás. Comunicación equivale a comunidad, y ésta es una relación recíproca entre interlocutores: auténtica relación entre iguales. Únicamente hay verdadera comunicación cuando se da una auténtica acción recíproca entre emisor y receptor, hablante y oyente o agente y paciente, es decir, interlocutores que emiten y reciben en condiciones de igualdad.

La comunicación, como proceso de interacción social-democrático, basada en el intercambio de signos, por el cual los seres humanos comparten voluntariamente experiencias bajo condiciones libres e igualitarias de acceso, diálogo y participación, debe ser coherente y dar participación al "otro", al interlocutor. La comunicación debe propender por la apertura de espacios amplios de participación y de interacción colectiva, que permitan que el "otro" se exprese libremente, opine, critique, discrepe, disienta, controvierta y refute nuestros puntos de vista.

Solamente existe una relación genuina de comunicación cuando interactúan interlocutores que hablan y escuchan sin el ánimo de imponerse o de manipular, cuando se da un proceso de elaboración y comprensión mental de los mensajes, y cuando se producen efectos de convivencia y una situación de auténtica reciprocidad entre las personas que dialogan.

Entendiendo que a medida que permitamos que los demás se expresen, participen y confronten la realidad, de acuerdo con su forma de percibirla, interpretarla y vivirla, estaremos posibilitando un mejor entendimiento. Escuchar a las personas que piensan distinto no implica que debamos necesariamente cambiar de opinión, simplemente escuchar: dejar entrar la información, y luego decidir. El mundo caminará hacia un auténtico personalismo en el momento en el cual seamos capaces de reconocer al otro como persona, y esto implica reconocerlo como ser de posibilidades.LA DIFERENCIA ENTRE OÍR Y ESCUCHAR

A menudo tendemos a confundir oír con escuchar. Entre estas dos palabras hay significativas diferencias. Se puede oír sin escuchar, lo mismo que se puede ver sin mirar. Oír es percibir sonidos, reaccionar mecánicamente ante estímulos sonoros. Escuchar es una operación auditiva intencional, es decir, aplicación consciente del oído, característica del ser racional, para captar y comprender el estímulo sonoro. Si somos conscientes de esta diferencia, nos será más fácil posibilitar la verdadera comunicación para entender coherentemente al otro.EL COLOQUIO, UNA FORMA DE COMUNICACIÓN

A través del coloquio, plática o diálogo el hablante puede transmitir sus ideas y comunicar su mensaje o mensajes al receptor. Y también, quienes participan en un coloquio, pueden compartir sus pensamientos, discrepar, coincidir y, en suma, conocer a los restantes interlocutores. Desde este punto de vista, el coloquio ha sido considerado como un método eficaz para la práctica de la tolerancia y como una escuela del comportamiento.

El coloquio es una garantía de comunicación, pues el término coloquio equivale a conversar y conferenciar. El diccionario de la Real Academia Española define el coloquio, en su primera acepción, como la conferencia o plática entre dos o más personas; y en su segunda acepción, considera al coloquio como una composición literaria, prosaica o poética, en forma de diálogo.

La comunicación mediante el coloquio exige unos determinados supuestos o requisitos previos. En primer lugar y más concretamente al hablar del origen del lenguaje, precisamente fue gracias a la comunicación por lo que surgió el mensaje. Luego, en definitiva, el fin principal del lenguaje no es otro más que la comunicación, y para que haya comunicación es necesario que se realice la emisión de un mensaje y que, a su vez, ese mensaje sea recibido por un interlocutor distinto de quien ha enviado el mensaje.

En consecuencia, el coloquio surge de la combinación entre el mensaje que envía el hablante al oyente y la respuesta que el receptor se verá obligado a elaborar para replicar a su interlocutor. Por consiguiente, habrá coloquio cuando haya transmisión de un mensaje y siempre que dicho mensaje esté cargado de contenido; pues, podría suceder que un interlocutor emitiera palabras sin sentido, esto es, con significado ambiguo o ininteligibles, con lo cual no se cumpliría el principal requisito de la comunicación que consiste en la transmisión de mensajes; pero, como es obvio, sin contenido no hay mensaje. Y esto es así porque una de las características primordiales del mensaje es su efectividad; y la efectividad queda demostrada exclusivamente cuando el receptor haya comprendido o captado el mensaje enviado por el emisor.

Y así, el esquema universal que ilustra la estructura simplísima del coloquio, y que mostrará esta interacción necesaria entre mensaje y comunicación, lo cual hará posible que se lleve a cabo un verdadero coloquio, sería como sigue: Emisión + Recepción + Réplica = Coloquio

Conforme a todo lo anterior, se puede afirmar que entre hablante y oyente debe establecerse una comunicación mutua a fin de que el coloquio funcione, lo cual sólo es posible si se cumplen los tres estadios del citado esquema universal, esto es, que el hablante emita un mensaje que debe ser captado y comprendido por el oyente quien, a su vez, responderá y argumentará como lo considere conveniente y, de este modo, ya puede afirmarse que se produce la réplica; con lo que, definitivamente, se cerrará el círculo y se desarrollará el coloquio.

Además del mensaje y de la efectividad inherentes al coloquio, y teniendo presente que para su funcionamiento es necesario que se lleve a la práctica el esquema universal indicado anteriormente, conviene también enumerar los tres elementos principales del coloquio, a saber: interlocutores, situación y contexto.

1. Interlocutores

Puesto que en el coloquio se usa la lengua como herramienta de comunicación y la lengua es un sistema de signos, resultará que, para que se efectúe la comunicación por medio del coloquio es necesario que los interlocutores manejen y usen el mismo código. Los interlocutores no cuentan únicamente con este código estrictamente lingüístico, sino que también pueden recurrir a otras formas de comunicación calificadas por los estudiosos del lenguaje como circunstancias extralingüísticas, a las que pertenecerían, por ejemplo, cualquier clase de ademán, gesto o amago mímico, etcétera.

No obstante, lo propio es que los interlocutores sean personas y, como tal, proyecten en el coloquio su modo de ser y su actitud. De ahí que los interlocutores, cuando participan en el coloquio como emisores, lo hagan en primera persona; y cuando participan en el coloquio como receptores, lo hagan utilizando la segunda persona.

De este modo, en el coloquio se fomentarán el diálogo y la convivencia. Y las personas que participan en el coloquio se enfrentarán, como interlocutores que son, por medio del diálogo:

En un posible léxico coloquial sería forzoso registrar los modismos, las fórmulas de cortesía, los juramentos y términos de bendición o maldición.

La entonación y el ritmo de la prosa hablada serían otro elemento determinante del diálogo. Los diálogos deben ser auténticos, no inventados o supuestos. La invención sería contraproducente, por muy verídica que la suponga. Tampoco son de resultados positivos las encuestas, que carecen de espontaneidad. Todo diálogo debe llevar su contexto y su situación. El diálogo familiar es una síntesis viva de muchas cosas. El lenguaje escrito que más se parece al habla de la calle y del coloquio amistoso es el que empleamos en nuestras cartas familiares.

2. La situación

Como sabemos, el coloquio siempre se realiza en un determinado lugar, esto es, dentro de un contorno que les resulta familiar a los interlocutores o que, por el contrario, ni siquiera conocen.

La situación incluye el contorno físico siempre que influya en el coloquio, las incidencias de la acción que se desarrolla al alcance de los interlocutores y siempre que influyan en el diálogo (cuando hablamos y pasa un amigo haciéndonos cambiar el tema de la conversación). También hay que contar con un contorno conocido por los interlocutores aunque no sea inmediatamente percibido por ellos.

La situación es importante, ya que no sólo están en ella los interlocutores sino también los objetos que a menudo sirven de referencia o contexto situacional. Por otra parte cada situación determina de manera muy importante el contenido, es decir la naturaleza de los mensajes en el coloquio.

2. Contexto

Respecto al contexto cabe decir que implica referencia, y así, el emisor señala a una persona cercana, que se encuentra en el mismo lugar del coloquio, y dice este señor es un conocido o esta señora asiste a menudo a nuestros coloquios. De por sí, el coloquio no lo forma un grupo homogéneo de personas sino que en él participan interlocutores de todas clases, que se diferencian por su condición social, profesión, edad, cultura…; de ahí la riqueza del contexto y el "proceso nivelador" que iguala y unifica los criterios de los distintos interlocutores.

La comunicación y el derecho a ser diferentes

Un aspecto clave de la comunicación auténtica es el respeto por las diferencias; en este aspecto radica el éxito de la comunicación, porque si reconocemos que los demás son diferentes a nosotros, estaremos abiertos a aceptar opiniones y puntos de vista que difieren de nuestra forma de comprender la realidad, permitiendo que los demás se expresen libremente.

Leo Buscaglia en El arte de ser persona señala que tenemos el derecho de escoger nuestro propio yo, aunque ese yo sea diferente del yo de los demás. Tenemos el derecho a sentir lo que sentimos, aunque esos sentimientos sean desaprobados por los demás. Sólo a través de una sana relación con los otros se puede estructurar la personalidad autónoma y auténtica de cada uno de nosotros. Esto no significa que tenemos el derecho a imponernos a los "otros" más de lo que deseamos que los demás se nos impongan. Significa que tenemos el derecho de decidir, de desarrollarnos y de vivir congruentemente con nosotros mismos y de compartir sin justificación.

Entender al "otro" implica reconocerlo, tolerarlo y aceptarlo como es; sin tratar de cambiarlo, sin pretender que sea como nosotros, que piense y actúe como nosotros. El otro, por ser diferente puede ser complemento o quizás mi opositor, pero nunca mi enemigo. No existen enemigos; existen opositores con los cuales puedo acordar reglas para resolver las diferencias y los conflictos, y luchar juntos por la vida. Es importante aprender a valorar la diferencia como una ventaja que me permite ver y compartir otros modos de pensar, de sentir y de actuar. Hay que valorar la vida del otro como mi propia vida.La autoafirmación se puede definir como el reconocimiento que le dan los otros a mi forma de ver, de sentir e interpretar el mundo. Yo me afirmo cuando el otro me reconoce y el otro se afirma con mi reconocimiento. Todo acto de comunicación busca transmitir un sentido, una forma de ver el mundo, que se espera sea reconocida por los otros. La primera función de la comunicación es la búsqueda de reconocimiento, por eso el rechazo a la comunicación del otro produce hostilidad y afecta su autoestima.Quien sabe comunicarse consigo mismo, sabe comunicarse con los demás. Porque quien no se oye a sí mismo no puede oír a los demás. Tendremos la impresión de escucharlos, pero no de oírlos verdaderamente. No basta con escuchar al "otro", también hay que entenderlo. Los demás son esenciales en la relación de comunicación; si vemos al otro como persona, le estaremos reconociendo su igualdad. No esperemos que nadie sea perfecto. La otra persona tiene derecho a ser diferente. Uno de los sellos de la madurez es reconocer la validez de múltiples realidades, y entender que la gente piensa, siente y reacciona de diferentes maneras. La única persona a la que podemos cambiar y controlar es a nosotros mismos. No seamos reformadores. Vivamos y dejemos vivir. La comunicación es tan trascendental en nuestra existencia, que el secreto de vivir está en el saber comunicarse con los demás, en saber relacionarse con los demás. En este sentido sería bueno reflexionar sobre lo que nos dice Michele, citada por Buscaglia:

"Mi felicidad soy yo, no tú. No solamente porque tú puedes ser temporal, sino también porque tú quieres que sea lo que no soy. No puedo ser feliz cuando cambio meramente para satisfacer tu egoísmo; ni me puedo sentir contenta cuando me criticas por no pensar tus pensamientos o por no ver como tú. Me llamas rebelde, pero cada vez que he rechazado tus creencias, te has rebelado contra las mías. Yo no trato de moldear tu mente, sé que tratas con firmeza de ser sólo tú y no puedo permitir que me digas lo que debo ser porque me concentro en ser yo".

Según el investigador Nicolás Buenaventura y el filósofo Estanislao Zuleta, el derecho a ser distinto, esencia del humanismo moderno, es la síntesis de todos los derechos humanos, que giran alrededor del derecho a ser distinto. El reconocimiento de la diferencia, del ser otro, de ser tolerante, es el derecho que impera sobre los demás derechos. Opinar es el derecho a ser distinto. La privacidad, ser minoría o tener derecho a la vida, es el derecho a ser distinto.

En la ética humana, en la ética del amor, es imperativo respetar la diferencia, la opinión, la actitud y la actividad contraria de buena manera, ser tolerante, reconocer al otro como un ser distinto. El respeto por la diferencia implica respetar la libertad de cada uno, sus linderos, su pensamiento, sus palabras, sus ideas, sus gustos, sus vicios y sus virtudes, en fin, su particular estilo de vida, su peculiar ser como una totalidad.

Es necesario amar, apasionarse, interesarse e intrigarse por la diferencia. No basta con aceptar y respetar al otro como ser distinto, hay que aceptar que nos gusta, que nos atrae, que nos enamoramos de la diferencia. Con el encuentro de las relaciones sociales y sociables se busca trascender la ética del deber por la ética del amor.

Aceptar la diferencia implica aprender a escuchar al otro, palabra a palabra, e interiorizar su discurso, como el único regalo que damos al otro. La opinión contraria merece mi interés, mi respeto, mi amor, mi apropiación. El mismísimo Aristóteles, antaño, planteaba en La política que el Estado no sólo se componía de cierto número de individuos, sino que se conformaba "también de individuos específicamente diferentes", porque los elementos que la conformaban no eran semejantes. "La unidad sólo puede resultar de elementos de diversa especie, y así la reciprocidad en la igualdad… es la relación necesaria entre individuos libres o iguales…"

La diferencia exige oír las palabras y los silencios del otro, de mi interlocutor, en procura de facilitar, promover y posibilitar el diálogo de éste que busca luces para proseguir o esclarecer sus ideas. Oír a los demás es oírse a sí mismo. El arte de saber oír equivale al arte de amar. En este sentido hay que demostrar entusiasmo ingenuo y apasionamiento espontáneo por lo distinto, por la diferencia. Las relaciones de tolerancia y respeto mutuo llevan de la ética del deber a la ética del amor.

En este sentido hay que tener en cuenta el punto de vista del filósofo Estanislao Zuleta porque identifica democracia con el derecho a la diferencia, "la esencia misma del humanismo moderno" y no reconoce la democracia como el gobierno de la mayoría, sino como el derecho del individuo a diferir contra la mayoría; a diferir, a pensar y vivir distinto, en síntesis, al derecho a la diferencia. La UNESCO declaró que "todos los individuos tienen el derecho a ser diferentes, a considerarse diferentes y a ser considerados como tales". El mismo Voltaire, desde el siglo XVIII, nos invitaba a la práctica de la tolerancia, porque no hay ninguna ventaja en perseguir a aquellos que no son de nuestra opinión y en hacernos odiar de ellos. Ésta, como actitud y comportamiento, individual, social o institucional, caracterizado por la consciente permisividad hacia los pensamientos y acciones de otros individuos, sociedades o instituciones, se relaciona estrechamente con la democracia y la libertad. Tolerancia es respeto sincero y efectivo de las creencias y opiniones de los demás. Las conductas intolerantes son un ataque a la intimidad e identidad de los otros, y constituyen una grave lesión al derecho a ser diferentes. La tolerancia está ligada con la libertad y la responsabilidad. "Vivir en una democracia moderna quiere decir convivir con costumbres y comportamientos que uno desaprueba" (Política para Amador, de Fernando Savater). El gran humanista Erasmo de Rótterdam, ya desde el Renacimiento, nos alertaba sobre la intolerancia y el fanatismo. "Siendo él mismo el menos fanático de todos los hombres, un espíritu acaso no de suprema categoría pero del saber más dilatado, un corazón no mugiente de bondades pero de proba benevolencia, veía Erasmo en toda forma de intolerancia de opiniones el pecado original de nuestro mundo. En su opinión, casi todos los conflictos entre hombres y entre pueblos podían ser resueltos sin violencia, mediante mutua tolerancia, porque todos caen dentro de los dominios de lo humano; casi toda conflagración podía resolverse por medio de árbitros si los incitadores y exaltados de una y otra parte no dieran tensión al arco de la guerra… No puedo hacer otra cosa si no odiar la discordia y amar la paz y la comprensión entre las gentes; pues he reconocido lo obscuros que son todos los asuntos humanos." (Erasmo de Rotterdan, triunfo y tragedia, de Stefan Zweig). En nuestro país, la adecuada difusión de los derechos constitucionales, particularmente del derecho a la diferencia, resulta fundamental para que nuestra comunidad política alcance y mantenga niveles plausibles de justicia social, estabilidad y legitimidad. En este sentido, Estanislao Zuleta nos dice lo siguiente:

"Un síntoma inequívoco de la dominación de las ideologías proféticas y de los grupos que las generan o que someten a su lógica doctrinas que les fueron extrañas en su origen, es el descrédito en que cae el concepto de respeto. No se quiere saber nada del respeto, ni de la reciprocidad, ni de la vigencia de normas universales. Estos valores aparecen más bien como males menores propios de un resignado escepticismo, como signos de que se ha abdicado a las más caras esperanzas. Porque el respeto y las normas sólo adquieren vigencia allí donde el amor, el entusiasmo, la entrega total a la gran misión, ya no pueden aspirar a determinar las relaciones humanas. Y como el respeto es siempre el respeto a la diferencia, sólo puede afirmarse allí donde ya no se cree que la diferencia pueda disolverse en una comunidad exaltada, transparente y espontánea, o en una fusión amorosa.

No se puede respetar el pensamiento del otro, tomarlo seriamente en consideración, someterlo a sus consecuencias, ejercer sobre él una crítica, válida también en principio para el pensamiento propio, cuando se habla desde la verdad misma, cuando creemos que la verdad habla por nuestra boca; porque entonces el pensamiento del otro sólo puede ser error o mala fe; y el hecho mismo de su diferencia con nuestra verdad es prueba contundente de su falsedad, sin que se requiera ninguna otra" (El elogio de la dificultad)..

La tolerancia es el respeto de las opiniones y prácticas ajenas, aun contrarias a las propias. Fernando Savater señala que el derecho a la diferencia es lo que comparten todos los diferentes y lo que, pese a sus diferencias, los une. Así mismo, sostiene que éste es, sin duda, respetable, pero tanto en lo que tiene de salvaguardar las diferencias como en la exigencia de respetar un derecho que los ampara a todos. La vida en comunidad le impone a la persona el deber de respetar los derechos de los demás. Mientras más piensen otros más posibilidades tengo yo de pensar. Zuleta insiste en que todo derecho consiste en tratar como iguales a individuos que son desiguales. Cuando nos tratamos como iguales nos damos cuenta de nuestras diferencias.

Precisamente, Colombia, como "Estado social de derecho" y República "democrática, participativa y pluralista", debe ser el escenario propicio para que la comunidad sea tolerante tal como lo contempla el derecho a la diferencia. La Nueva Declaración Universal de los Derechos Humanos (1998) precisa que todos tenemos "derecho a obrar de acuerdo con nuestra conciencia" (art. 6) y a expresar las "ideas de palabra, por escrito, o en cualquier otra forma, realizar sus actividades con plena autonomía y libertad" (art. 7), inclusive el artículo 8 otorga el derecho a ser amados por los demás.

El derecho a la diferencia se relaciona con la alteridad, la cual no sólo reconoce al otro como diferente sino como distinto. ¿Qué es alteridad? "Es ser capaz de aprehender al otro en la plenitud de su dignidad, de sus derechos y, sobre todo, de su diferencia. Cuanta menos alteridad existe en las relaciones personales y sociales, más conflictos suceden" (www.adiltalcom.br). El reconocimiento de la alteridad facilita la coexistencia entre la extrema rareza y la reciprocidad. El temor del primer contacto, contrariamente a nuestra expectativa, no elimina al otro sino que lo refuerza en su ser. "El otro no viene tratado como un obstáculo ante mis deseos, o como medio de consecución de estos, sino como la misma condición de posibilidad de que yo, dinámicamente, pueda vivir como un ser humano" (El hombre es un ser que se realiza en el diálogo, de Javier Aranguren). Para decir yo necesito un tú, sentenció Martín Búber. "Descubrir un tú en el otro es romper la esfera del egoísmo individualista (ya que el otro me mueve a hablar)", señala Aranguren. La alteridad supone aceptar al otro como diferente. "El hombre sólo llega a su propio ser por conducto del otro, jamás por el solo saber. Llegamos a ser nosotros mismos sólo en la medida en que el otro llega a ser él mismo, a ser libre sólo en la medida en que el otro llega serlo. De ahí que la intercomunicación humana sea el problema central de nuestra vida", nos aclara el filósofo Kart Jáspers.

La práctica cotidiana del derecho a la diferencia permitirá la generación de nuevos espacios de tolerancia para que mejore la convivencia, por cuanto se propiciarán escenarios de respeto por las ideas, los pensamientos, las actitudes, las conductas, los ademanes, las opiniones y la cosmovisión de las personas. En nuestra convivencia tenemos que aceptar que no existen rivales o enemigos, sino interlocutores válidos que piensan, sienten y actúan en forma diferente. "Una forma de maltratar al prójimo es no considerarlo un interlocutor válido. Repudiarlo y no verlo como un otro legítimo en la convivenciaTe cosifico en tanto no te reconozco como sujeto, como un ser pensante con voz y voto. Aceptar al otro como un sujeto válido es mirarlo como un fin en sí mismo, como alguien que merece respeto y tiene derechos, así no estemos de acuerdo. Respetar es tomar al otro en serio, y tomarlo en serio es aceptar que tiene algo para decir que vale la pena escuchar. Umberto Eco afirmaba que la ética comienza cuando los demás entran en escena, es decir, cuando nos vemos obligados a defender y fundamentar las propias decisiones bajo la mirada ajena. Entonces ser ético es descentrarse y ponerse en los zapatos del otro" (Pensar bien, sentirse bien, de Walter Risso). Para los intolerantes, los demás no son personas para amar sino competidores a los que hay que ganarles y hay que tumbar. Si respetamos la diferencia, además del evidente progreso en las relaciones interpersonales y la disminución de los conflictos, se abrirán escenarios para la comunicación asertiva, empática, biunívoca; es decir, una dialéctica, entendida como el arte de dialogar, argumentar y discutir, en donde los interlocutores experimenten un acto comunicativo que sea intercambio recíproco y armónico de mensajes y no un canje de agravios.

El reconocimiento del derecho a la diferencia y la generación de escenarios donde se practique el hábito de la comunicación auténtica, capaz de interpelar a las comunidades, de inscribirse en su interior y de dinamizar procesos que fortalezcan un proyecto consistente de modernidad, son ingredientes de interés para la convivencia. Este "proyecto consistente de modernidad", según el comunicador social Campo Elías Narváez Carranza, en su ensayo Hacia una Nueva Pedagogía, debe permitir el florecimiento de escenarios donde construir ciudadanía y generar procesos de participación democráticos que sean la antesala a una sociedad no tanto en permanente armonía celestial y por tanto inexistente, sino en permanente conflicto y tensión, pero capaz de convivir con la diferencia y con lo diferente sin apelar necesariamente a la aniquilación física, social o política del otro o de los otros. José Saramago nos advierte que el "respeto por los sentimientos ajenos es la mejor condición para una próspera y feliz vida de relaciones y afectos" (El viaje del elefante). William Ospina señala en su libro ¿Dónde está la franja amarilla? que en nuestro país desde hace mucho tiempo se dio la tendencia a excluir y clasificar a los demás, a los otros, con la concomitante generación de intolerancia y de hostilidad social.

Reconocer el derecho a la diferencia, practicar la tolerancia y experimentar la alteridad es vivir racionalmente, vivir de acuerdo a los dictados de la razón, que es una facultad intelectual del hombre que le permite pensar, discurrir y juzgar, actuar acertadamente o distinguir lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso. La función de la razón (que, según Kant, es una para todos los hombres) en la práctica social "es la de instaurar un reino de libertad, de justicia, de igualdad, de tolerancia, de paz perpetua, de reconocimiento de la dignidad de la persona, de respeto de los derechos humanos, de democracia política" (Postmodernidad. ¿Ruptura con la modernidad?, de Daniel Herrera Restrepo). Los ideales de la modernidad (época a partir de la cual el hombre se debe guiar por la razón, atreviéndose a pensar por sí mismo), tal como los replantea Jurgen Habermas, deben estar "en función de una nueva realidad social donde reine no la arbitrariedad sino la tolerancia, el antidogmatismo, el reconocimiento de la particularidad y singularidad de los individuos y de las pequeñas comunidades, el respeto por la pluralidad de formas de vida, de manifestaciones culturales, de juegos del lenguaje… El reconocimiento de nuestra contingencia, de nuestra pluralidad, de nuestras diferencias constituyen de por sí la base para proponernos consensos acerca de aquello que nos permitirá trascendernos, humanizarnos y humanizar el mundo de nuestra vida cotidiana. Ciertamente, no existe la igualdad. Es un ideal, Pero la igualdad no es cuantitativa. Es razonable que existan razones para que en el trato humano se den diferencias que no pueden ser demostradas pero si argumentadas" (Postmodernidad. ¿Ruptura con la modernidad?). Herrera Restrepo nos advierte que nuestro yo sólo será reconocido como yo cuando descubra y reconozca en el yo al otro y el otro descubra en sí a mi yo.

El diálogo sincero

La relación de comunicación soberana y por excelencia es el diálogo; no el seudodiálogo manipulador y sometedor, sino el auténtico diálogo entre iguales, participativo, en plena libertad, sin maquinaciones ocultas o evidentes ni argumentos prohibidos. El diálogo genuino sólo se puede dar en condiciones de una verdadera democracia.

Algunos teóricos de la comunicación plantean que es casi imposible el acuerdo, pero esto no implica que el diálogo se tenga que interrumpir cuando los hablantes disienten, controvierten o tienen posiciones antagónicas. Si un diálogo no es objetivo, sincero, veraz y ético, puede romperse con facilidad. El mundo cotidiano nos presenta esquemas erráticos de conversación, que muchas veces los aplicamos, sin el debido cuestionamiento y la reflexión. Ello genera distorsiones y malentendidos en la comunicación, que nos involucran en conflictos. La diversidad degradada de los conflictos ha estado animada por la degradación de los lenguajes.Muchos  conflictos surgen porque partimos del  principio de que  el otro posee las mismas referencias que nosotros, usa los mismos itinerarios de pensamiento y debe saber lo queremos decir. Cuando  nos  comunicamos con los demás, por  lo  general no tenemos  en cuenta esta selección de información,  tan aferrados como estamos a la creencia de actuar sobre la misma realidad  que el otro, esto es fuente de incomprensión y malentendidos.

Cuando se dialoga es importante, además de escuchar y comprender al otro, interpretar convenientemente lo que el interlocutor quiere expresar, porque si no ocurre esto, puede romperse la comunicación.El diálogo auténtico requiere que se diga la verdad. "La verdad es algo tan fundamental que no sólo se comporta como uno de los problemas filosóficos por excelencia, sino que es también una de las bases del comportamiento social humano. No es posible establecer relaciones sociales significativas y duraderas sin tener la facultad de confiar en un otro. Una vez que la confianza se rompe, el establecimiento de relaciones con otros significantes se vuelve bastante difícil. De este modo, una vez que nuestro comportamiento comienza a basarse en aspectos que poco se relacionan con la verdad, las relaciones basadas en la confianza se rompen y poco queda de relaciones sociales valorables" (¿Qué es la verdad? www.misrespuestas.com). No sólo basta con decir la verdad, lo realmente importante es no mentir. "El culto a la verdad por la verdad misma es uno de los ejercicios que más eleva el espíritu y lo fortifica… Pues el que no se acostumbra a respetarla en lo pequeño, jamás llegará a respetarla en lo grande". (Miguel de Unamuno). Según Kant, la verdad hay que decirla por la razón misma. "si hablemos, nos dice el Mentor interactivo de Océano editorial, es para comunicar algo, y si lo que decimos es mentira, entonces no comunicamos nada. La mentira despoja de todo sentido al lenguaje". La veracidad, o hábito de decir la verdad, es una virtud, y la obligación de practicarla surge de un origen doble. (Por verdad, si entrar en intrincadas profundidades epistemológicas, se entiende que se trata de afirmar lo que concuerda con la realidad, referir los hechos tal como ocurrieron, que lo que se exprese esté en concordancia con lo que se piensa o se siente. Esa sería la "verdad" que tendremos que decir en el diálogo, porque la verdad como valor, como ideal, es supremamente compleja e insondable. Porque: ¿Qué es la verdad? ¿Dónde está la verdad? ¿Quién tiene la verdad? ¿Quién dice la verdad? ¿Cuál verdad? ¿La verdad lógica? ¿La verdad ontológica? ¿La verdad de hecho? ¿La verdad de razón? ¿La verdad pragmática? ¿La verdad sintética? ¿La verdad analítica? ¿La verdad semántica? ¿La verdad de Perogrullo? ¿La verdad verbal? ¿La verdad apodíctica? ¿La verdad metafísica? ¿La verdad moral? ¿La verdad diacrónica? ¿La verdad sincrónica? Por esta razón es mejor que entendamos la verdad en el sentido antes aclarado). En primer lugar, puesto que el hombre es un animal social (como diría Aristóteles), un hombre debe naturalmente a los demás aquello sin lo que una sociedad no perdura. Pero los hombres no pueden vivir juntos si no creen estar diciéndose la verdad uno a otro. De ahí que la virtud de la veracidad esté hasta cierto punto dentro del capítulo de la justicia. La segunda fuente de la obligación de veracidad surge del hecho de que el habla tiene claramente la finalidad por su propia naturaleza de la comunicación del conocimiento de uno a otro. Debe utilizarse, por tanto, para la finalidad para la que está naturalmente propuesta, y las mentiras deben ser evitadas. Pues las mentiras no son meramente un mal uso, sino un abuso, del don de la palabra, ya que, al destruir la confianza instintiva del hombre en la veracidad de su prójimo, tienden a destruir la eficacia de ese don. Según Aristóteles, la mentira es el ocultamiento del ser bajo apariencias. El lenguaje, plantea el filósofo José Ortega y Gasset, lo definimos "como el medio que nos sirve para manifestar nuestros pensamientos. Pero una definición, si es verídica, es irónica, implica tácitas reservas, y cuando no se la interpreta así, produce funestos resultados… Lo de menos es que el lenguaje sirva también para ocultar nuestros pensamientos, para mentir. La mentira sería imposible si el hablar primario y normal no fuese sincero. La moneda falsa circula sostenida por la moneda sana. A la postre, el engaño resulta ser un humilde parásito de la ingenuidad" (La rebelión de las masas). El filósofo Martín Heidegger señala que el único modo de llegar al ser es el lenguaje, pues allí es donde habita. El lenguaje lo oculta o lo muestra según su hablar. "El lenguaje no es un ente más, digno del estudio de la ciencia; es nuestro vínculo con el ser, vínculo propio de nosotros y propio del ser… La lengua es la poesía originaria, en la que un pueblo poetiza el ser." (Etimología de la verdad y verdad de la etimología, de Jorge Alejandro Flórez Restrepo. www.forodeeducación.com). En plano muy profundo Javier H. Murillo nos dice que el lenguaje es el resultado de una necesidad, la manifestación de un desbordamiento, de un desequilibrio o una insatisfacción.

El diálogo se nutre del debate y la controversia, y es a través de éstos que surge la verdad. El pluralismo democrático se evidencia en el debate y la controversia. En este sentido, según el discurso del presidente César Gaviria Trujillo (durante la clausura de la Asamblea Constituyente de 1991), los debates francos no serán criticados por generar conflicto. "Por el contrario, se dirá con razón: ¡Bienvenido sea el diálogo abierto, sin temas vedados, donde todos tenemos algo que decir, donde todos tenemos el derecho a ser oídos! En el ámbito de un diálogo auténtico debe imperar la tolerancia para escuchar y respetar ideas ajenas, sin abandonar las nuestras. Ello implica que "todos podremos expresarnos libre y plenamente, que hemos adoptado unas nuevas reglas de juego para que dejemos de pelear como enemigos y pasemos a dialogar como contradictores". El diálogo abierto posibilita un estilo armónico de convivencia. "El enfrentamiento surge casi siempre de la incomprensión, del encasillamiento de cada cual en su posición y en su forma de ver las cosas, sin atender a los problemas del otro. Una dinámica que haga posible una buena convivencia pasa inevitablemente por el diálogo abierto, por la predisposición a escuchar y a ponerse en el lugar del otro, como única forma de una convivencia viable" (Mentor interactivo).

Una persona con habilidades comunicativas debe vivir y hablar con inteligencia (saber lo que hace o lo que dice), prudencia (saber cómo, cuándo y dónde hacer o decir algo) y naturalidad (actuar y hablar de manera espontánea). Así mismo, en la comunicación, se debe conocer la esencia del mensaje (qué es lo qué se dice), su finalidad u objetivo (por qué se dice) y la forma cómo se dice. Porque la verdadera elocuencia consiste en decir todo lo necesario, y no decir más que lo necesario.

Con respecto a la prudencia para hablar, el filósofo Miguel Ángel Martí García (en un ensayo titulado El arte de hablar bien) señala que el aspecto más criticado es la incontinencia verbal o la imprudencia verbal, tal vez por ser el defecto más extendido. Son muchas las personas que se dejan llevar por una forma exagerada por el deseo de hablar, cayendo en todo tipo de incorrecciones y produciendo cansancio a los que se ven obligados a escucharles. En cambio, son más bien pocas las personas que se caracterizan por su prudencia y oportunidad a la hora de comunicarse con los otros. En decir lo que se tiene que decir y en escoger el momento oportuno estribaría el arte de hablar, aunque para ser más preciso, a estas condiciones habría que añadir el hacerlo en términos apropiados. No todas las personas cuentan con el número de vocablos suficientes para expresar lo que quieren decir; de ahí la importancia de poseer un vocabulario extenso, que pueda satisfacer nuestras necesidades de comunicación. Como es lógico estas necesidades no serán las mismas para un intelectual que para quien no lo sea; de todas formas, si el vocabulario es muy reducido, no cubre las exigencias mínimas que todo hombre necesita, no sólo para comunicarse con los otros, sino para entenderse a sí mismo, porque quien no posee la palabra para mencionar el concepto que representa, es que de alguna manera desconoce también el concepto y la realidad que sustituye.

Por lo tanto, para hablar bien junto a la prudencia y la oportunidad es necesario disponer de un vocabulario apropiado. La prudencia y la oportunidad nos garantizan que nuestros juicios, valoraciones, calificaciones, se ajusten a la realidad, porque nuestras palabras no van más allá de la realidad, y tampoco se quedan más cortas, porque se da una perfecta adecuación entre nuestro juicio de la realidad y la realidad misma. Si además contamos con un vocabulario apropiado, esta adecuación no se dará únicamente en el campo axiológico y ético, sino también ontológico. Cada realidad tendrá su palabra, con lo cual nuestra conversación será exacta y evitaremos circunloquios que hacen pesada la comunicación entre las personas. Indudablemente encontrar a una persona que se exprese bien, con fluidez, haciendo uso de un léxico amplio, es algo que produce admiración, porque son muy numerosas las que lo hacen de una forma deficiente. Unos porque son jóvenes, y aquí habría que hacer mención expresa de los adolescentes que, con su vocabulario tan reducido y sus expresiones tan repetitivas, acaban construyendo un argot, que da poco gusto escucharlo. Y otros porque carecen de cultura, y tienen un vocabulario mínimo, que no les permite expresarse con propiedad. Por eso producen admiración quienes se expresan bien, y saben acudir a todos los recursos que el lenguaje tiene como medio de comunicación. No se trata, como es lógico, de ir pronunciando grandes discursos. Se trata de decir lo que uno quiere decir con precisión, con justeza, utilizando las palabras más adecuadas. En definitiva, poner por obra el consejo de Quilón: «Que tu lengua no corra por delante de tu pensamiento».

El diálogo tiene relación con la conversación, porque a través de ésta podemos expresarnos, comprendernos, aclararnos, coincidir, discrepar y comprometernos. En una conversación auténtica cada uno busca convencer a su interlocutor o interlocutores, pero también acepta poder ser convencido; y es, en este propósito mutuo, como se construye la autoafirmación de cada uno y la de todo el grupo. Por eso la mentira deteriora toda comunicación.

Compromiso ético y alteridad en la comunicación

Hablar implica un compromiso ético. Como la palabra es la expresión del pensamiento y de la identidad, es fundamental primero pensar y luego hablar. El uso adecuado de la palabra fomentará condiciones éticas de convivencia social y de mayor tolerancia pública entre las personas. Si "hablando se entiende la gente", es preciso cuidar la palabra como cauce de la comprensión recíproca, requisito primero de toda convivencia. Si no podemos comprendernos es difícil la convivencia plena y lograda, que implica intercambio armónico y recíproco de ideas y proyectos comunes. Pero ese "axioma" de que "hablando se entiende la gente" tenemos que analizarlo con espíritu crítico, porque el pensador José Ortega y Gasset, en su Rebelión de las masas, nos advierte que "dóciles al prejuicio inveterado de que hablando nos entendemos, decimos y escuchamos tan de buena fe, que acabamos muchas veces por malentendernos mucho más que si, mudos, procurásemos adivinarnos". Así mismo, aclara que "más que un hombre, es sólo un caparazón de hombre constituido por meros ídolos del foro; carece de un «dentro», de una intimidad suya, inexorable e inalienable, de un yo que no se pueda revocar. De aquí que esté siempre en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa. Tiene sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones…" (Los "ídolos del foro" son los ídolos del lenguaje y la comunicación. En la comunidad, en la interrelación e interacción con los demás, en el foro, las cosas no son lo que son en realidad, sino como dicen que son. Las palabras, instrumentos primordiales de comunicación, se hallan cargadas de tantas imprecisiones y ambigüedad que su uso implica responsabilidad y pensar antes de hablar).

El filósofo Reynaldo Suárez Diaz, en su libro Pensamientos para hombres libres, nos dice que desde que nacemos nos sumergimos en una sociedad, vivimos con otros, dependemos de otros. "Mi vida misma, mi existencia, supuso la alteridad, la unión de dos seres. El hombre no se da a sí mismo el ser, lo recibe; no tiene generación espontánea, nace de otros. El otro es un constitutivo esencial de mi existencia y una necesidad para toda actividad humana. Pienso. Pero ¿qué pienso? Todo pensamiento supone un objeto. No hay lenguaje ni comunicación sin interlocutor. Existimos con alguien". Sabiamente, el filósofo Gottlieb Fichte aclara que el hombre sólo se convierte en hombre con otros hombres. Para ser hombres hay que ser varios.

Fernando Savater en el capítulo séptimo de Ética para Amador ("Ponte en tu lugar") se refiere a la importancia ética de ponernos en el lugar de los demás. Como en el mundo no estamos solos, debemos aprender a convivir con los otros sin importar cómo piensen. "Lo que a la ética le interesa, lo que constituye su especialidad, es cómo vivir bien la vida humana, la vida que transcurre entre humanos". Por el hecho de existir necesariamente tenemos que convivir con otras personas. "Lo que hace humana a la vida es el transcurrir en compañía de humanos, hablando con ellos, pactando y mintiendo, siendo respetado o traicionado, amando, haciendo proyectos y recordando el pasado, desafiándose, organizando juntos las cosas comunes, jugando, intercambiando símbolos..." Esa coexistencia lleva implícito el respeto otro, el obrar bien. Es necesario el reconocimiento del otro, como persona distinta a mí, como ser infinito en posibilidades. "Cuando un ser humano me viene bien, nada puede venirme mejor". Sólo podemos amarnos entre seres humanos. Debemos procurarnos la felicidad y procurar la de los demás. "¿Si cuanto más feliz y alegre se siente alguien menos ganas tendrá de ser malo, no será cosa prudente intentar fomentar todo lo posible la felicidad de los demás en lugar de hacerles desgraciados y por lo tanto propensos al mal?". Las personas deben ser tratadas como personas. Cuando nos ponemos en su lugar, las estamos tratando así. "Ponerse en el lugar del otro es algo más que el comienzo de toda comunicación simbólica con él: se trata de tomar en cuenta sus derechos. Y cuando los derechos faltan hay que comprender sus razones". Todo hombre tiene derecho a que se pongan en su lugar y comprendan su hacer y su sentir. "Ponerte en el lugar del otro es tomarle en serio, considerarle tan plenamente real como a ti mismo". Ponerse en lugar de otra persona, no es sólo atender sus razones, sino "participar de algún modo de sus pasiones y sentimientos, en sus dolores, anhelos y gozos". Ponerse en el lugar del otro, implica ser justo, tratar a los demás con justicia. La justicia como virtud es la "habilidad y el esfuerzo que debemos hacer cada uno -si queremos vivir bien- por entender lo que nuestros semejantes pueden esperar de nosotros". Para vivir bien hay que ser justo y libre, pero nadie puede ser justo y libre por nosotros. "Lo mismo que nadie puede ser libre en tu lugar, también es cierto que nadie puede ser justo por ti si tú no te das cuenta de que debes serlo para vivir bien. Para entender del todo lo que el otro puede esperar de ti no hay más remedio que amarle un poco, aunque no sea más que amarle sólo porque también es humano... y ese pequeño pero importantísimo amor ninguna ley puede imponerlo".

El filósofo Luís José Álvarez González en su Ética latinoamericana señala que la categoría de alteridad se forma a partir del término latino alter, que significa otro. Alteridad significa, por tanto, negación de la mismidad que caracteriza a la totalidad cerrada. La alteridad, como actitud, parte del reconocimiento del otro como distinto al yo y de lo otro frente a lo mismo; supone aceptar que existen diferentes mundos como totalidades de sentido, que yo no poseo la verdad absoluta ni la raíz del derecho. El significado de la alteridad se extiende en tres direcciones diferentes, aunque complementarias. Primeramente la podemos concebir como búsqueda de lo otro, en el sentido de posibilitación. Se parte de la negación de lo mismo como horizonte de proyección; de que existen siempre nuevas posibilidades para la realización del hombre. Éste, como ser histórico, puede asumir dos actitudes opuestas frente a la historia: puede someterse a sus fuerzas y dejarse arrastrar positivamente por ellas o, por el contrario, hacerle frente y dirigirla, construirla. En segundo lugar, la alteridad implica apertura al otro, como actitud de fraternización. Aceptar la realidad de otro exige que nos abramos a él, que comprendamos y acojamos su realidad, que nos pongamos al servicio de su vida. Cobra así el amor su pleno sentido como búsqueda desinteresada de la realización del otro. La solidaridad es auténtica cuando está cimentada sobre este espíritu de la alteridad, cuando parte de la igualdad de todos frente a la vida y desde esa igualdad decide ayudar al desfavorecido para que recobre su dignidad de vida. En tercer lugar, la alteridad nos lleva a tomar conciencia de nuestro ser-otro frente a las totalidades que pretenden uniformar o anular las diferencias. Implica una actitud de identificación. Los grupos dominados cobran conciencia gracias a ella de lo que en realidad son como grupo o como pueblo, de su verdadera identidad son como pueblo, de su verdadera identidad histórica. Para alcanzar una vida auténtica y de libertad, es necesario optar por la alteridad del propio ser personal, como individuo. Y del ser de nuestro pueblo, como colectividad.El acto comunicativo nos exige reconocer al otro. La palabra tiene la connotación de reconocer al otro. Reconocer al otro significa permitir que el otro entre al colectivo. La palabra no debe agredir al otro. Debemos acercarnos al otro a través de una comprensión del otro. En el diálogo se debe tener claro que el otro no es mi esclavo o que me va a engañar. "No se habla para convencer al otro de algo o para sacar algún provecho oculto, sino que hablamos los amigos porque nos enriquecemos mutuamente en un ámbito de donación natural" (Aristóteles). Javier Aranguren indica que en el diálogo es posible la solidaridad, evitando mirar por encima del hombro al otro que dialoga; es posible el desinterés, entendido no como indiferencia ante las consecuencias de mis actos, sino como capacidad de apreciar al otro en lo que es y no por los beneficios que me reporte. El saber no da lugar a la agresión, porque la agresión con la palabra tiene demasiadas implicaciones negativas que conllevan a una accidentalidad del diálogo, y cualquier relación entre los hombres que acabe por anular el diálogo, de acuerdo con Speaman, anula también su propia condición de relación humana: es una farsa de humanidad. La auténtica realización no se da a partir del ocultamiento del rostro del otro, o del silenciamiento de la palabra del otro; todo lo contrario, se da en la revelación del rostro del otro, en la escucha de su palabra, en el compartir su propia realización. Si no reconocemos al otro, viviremos en soledad e indiferencia, y éstas, según Javier Aranguren, "son una vía de anulación del diálogo, y con ello de más propiamente definitorio de lo humano: es la pérdida de la ejecución práctica de la racional (discurso, lenguaje, diálogo)".Cuando creemos que se nos contradice, pensemos si más bien se nos quiere decir algo diferente. Sólo quien mira con nuevos ojos descubre distintas versiones de la realidad que amplían el horizonte.

Reconocer al otro como persona implica intentar descubrir el sentido de lo que hace y soporta, de lo que parece pasarle, de lo que lo perturba, de lo que lo hace sentirse incómodo o de mal humor. Es tomar conciencia de que compartimos un mundo común en el que, como posibilidad del nosotros, se funda el sentido de la experiencia comunicativa en la que se desvela críticamente lo que hay en nosotros de mezquino y de elevado, de bueno o de malo. Sólo así de vivencia la verdadera alteridad como reconocimiento y aceptación del otro como un ser distinto a mí, un ser infinito en posibilidades al igual que yo. La alteridad, que nos facilita la vida en comunidad, se relaciona con la generosidad. "Sólo existe generosidad en la medida en que percibo al otro como otro y la diferencia del otro en relación a mí. Entonces soy capaz de entrar en relación con él por la única vía posible, porque, si salgo de esa vía, caigo en el colonialismo, voy a querer ser como él o que él sea como yo -la vía del amor, si quisiéramos utilizar una expresión evangélica; la vía del respeto, si queremos usar una expresión ética; la vía del reconocimiento de sus derechos, empleando una expresión jurídica; la vía del rescate del realce de su dignidad como ser humano, si queremos utilizar una expresión moral. O sea, eso supone la vía más corta de la comunicación humana, que es el diálogo y la capacidad de entender al otro a partir de su experiencia de vida y de su interioridad" (www.adital.combr).

El reconocimiento del otro como diferente implica la aceptación de los demás, permitiendo que sea él mismo, sin que tratemos de imposibilitar su proyecto existencial, porque en nuestra sociedad de intolerancia sólo reconocemos a los otros si son iguales a nosotros; si es diferente sólo lo dejamos pasar de largo como si no existiera. Tenemos, por el contrario, que reconocer que el otro es diferente y, por tanto, tener sus creencias religiosas, su concepción del bien, del mal, de la justicia, de la igualdad, de la belleza, de la libertad, de la verdad, de la amistad o del amor, su cosmovisión, sus niveles de conciencia, tener partido político, tener ideales, valores, principios, vicios, virtudes y emociones, preferencias por cualquier equipo deportivo, etcétera. Basta que estemos de acuerdo con los otros en unos mínimos principios de convivencia como son los derechos humanos.

Toda persona, como ser único e irrepetible, libre y autónomo, como ser en el mundo, como ser que coexiste y como ser que se comunica, realiza su humanidad de acuerdo con su situación, más o menos semejante, pero jamás idéntica. Ésta va haciéndose como ser histórico al enfrentarse a los acontecimientos para crear nuevas formas de vida y socialización. El fundamento de esta opción es la alteridad o búsqueda del "otro", que es también búsqueda de lo nuevo, de lo diferente, a fin de formar nuevas posibilidades de convivencia para destruir el hábito de la repetición y de la resignación. Este cometido presupone que la persona responsablemente trascienda todos los determinismos que le impone el medio, buscando su desarrollo físico e intelectual, despertando y avivando sus propias potencialidades como individuo libre y como ser social, y, luego, como ser personal. El valor de la persona se concreta cuando ésta toma conciencia del "otro" o alteridad, lo que presupone la aceptación de otras realidades distintas a aquélla, de otros individuos concretos que son seres personales, o que están también en vías de personalización. La persona por su condición natural de ser un ser gregario, necesariamente tiene que coexistir, vivir con "otros", con el "otro", y el "otro" es todo aquello que "no soy yo". La alteridad "se aplica al descubrimiento que el "yo" hace del "otro", lo que hace surgir una amplia gama de imágenes del "otro, del "nosotros", así como visiones del "yo" (Diccionario de filosofía latinoamericana. www.ccydel.unam.mx)

La alteridad tiene estrecha relación con la justicia, que también se nos presenta como un ingrediente de la práctica comunicativa dentro del sistema democrático. Justicia, además de ser entendida como un asunto de distribución o administración, "significa el reconocimiento del otro como en cuanto otro (alteridad-fin), como entidad con derecho a la vida y a su realización. En el sentido de darle a cada uno lo que se merece, no es un imperativo coercitivo, sino la afirmación de los otros, de la alteridad; es un enunciado ético que debe materializarse en el derecho a la vida de los demás… la justicia exige todas las condiciones materiales para que todos los individuos se realicen como fines" (Introducción a la filosofía, de Eudoro Rodríguez Albarracín). Todos tenemos necesidad de justicia para nuestra autorrealización. "La justicia es una necesidad social, porque el derecho es la regla de vida para la asociación política, y la decisión de lo justo es lo que constituye el derecho" (Aristóteles). "El bien ético es el sí al otro y, por lo tanto, es justicia", señala el filósofo Enrique Dussel. ¡Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados!", dice la Biblia.

En el diálogo es necesario el reconocimiento sincero de la condicionalidad recíproca, de su alteridad. Los versos del Nobel de literatura Octavio Paz así lo sugieren: "Para que pueda ser he de ser otro. / Salir de mí, buscarme en los otros. / Los otros que no son si yo no existo, / los otros que me dan plena existencia".

LA RESPONSABILIDAD SOCIAL DE LA COMUNICACIÓN

Uno de los graves problemas de nuestra sociedad obedece a un deterioro de los lenguajes colectivos, y cómo los medios de información están contribuyendo a degenerar la representación colectiva de vida social y de vida ética. Hay comunicadores que alimentan el acto violento a través de la palabra. Mientras no reconozcamos los vínculos que hay entre la palabra y lo que ella implica para los oyentes, existe una forma irresponsable de asumir el decir. Hay una diferencia entre lengua y lenguaje. La lengua tiene que ver con un signo de identidad cultural, territorial, política, etcétera El lenguaje es lo que consiste, lo que conlleva, lo que construye la comunicación. Para que haya comunicación no necesariamente tiene que haber palabras. Puede haber una agresión, sin una sola sílaba o puede haber un admiración, un reconocimiento, sin una sola sílaba. La expresión de las palabras, la expresión de los acuerdos, no siempre está animada semánticamente; es decir, el problema no es el significado de la expresión "común acuerdo", el problema son los intereses que subyacen a esa expresión. El juego entre el lenguaje y la palabra es el que permite que nos definamos como sujetos políticos. Una de las problemáticas en política es la inadecuación entre la palabra y sus contenidos. RELACIONES PERSONALES Y COMUNICACIÓN

John Powell, en su libro ¿Por qué temo decirte quién soy?, nos dice que en las relaciones humanas es fundamental la comunicación. Todos necesitamos comunicar ideas, opiniones, esperanzas, sentimientos, etcétera. Debemos hacerlo bien para hacer más agradable nuestra convivencia. Una comunicación inadecuada genera malos entendidos, frustraciones, desperdicio de tiempo, explicaciones inacabables y alienación de los demás.

No existen personas perfectamente acabadas o terminadas, porque ser persona implica necesariamente hacerse persona, existir en proceso. Si yo soy algo como persona, ese algo es lo que yo pienso, juzgo, siento, valoro, respeto, estimo, amo, temo, deseo, espero, creo y me comprometo.

Todo conocimiento y maduración personal, al igual que todo deterioro y regresión personal, pasa a través de nuestras relaciones con los demás. Lo que yo soy, en cualquier momento dado del proceso de mi hacerme persona, vendrá determinado por mis relaciones con los que me aman o se niegan a amarme y con aquellos a los que yo amo o me niego a amar.

Lo seguro es que una relación sólo será buena si es buena la comunicación en que se basa. Si somos capaces de decirnos con toda sinceridad el uno al otro quiénes somos, es decir, qué es lo que pensamos, juzgamos, sentimos, valoramos, respetamos, estimamos, amamos, tememos, deseamos y esperamos, en lo que creemos y con lo que nos comprometemos, podremos ambos crecer. Entonces podrá cada uno de nosotros ser lo que realmente es, decir lo que realmente piensa y expresar lo que realmente ama. Este es el verdadero sentido de la autenticidad como persona: que mi exterior refleje verdaderamente mi interior. Lo cual significa que yo puedo ser sincero en la comunicación de mi persona con los demás, pero que no puedo hacerlo a menos que mi interlocutor me ayude. Sin su ayuda, yo no puedo crecer ni ser feliz ni estar realmente vivo.

Tengo que ser libre y expresar mis pensamientos, hacer saber mis opiniones y mis valores, exponer mis miedos y mis frustraciones, reconocer mis fallos y compartir mis éxitos, antes de poder estar realmente seguro de lo que soy y de lo que puedo llegar a ser. Debo ser capaz de decir quién soy antes de poder saberlo. Y debo saber quién soy antes de poder obrar auténticamente, es decir, de acuerdo con mi verdadero yo.

De algún modo misterioso y casi indefinible, la otra persona se convierte en un ser especial a mis ojos, en una parte de mi mundo y en una parte de mi propio yo. En cuanto ello es posible, yo entro en el mundo de su realidad y él entra en el mundo de mi realidad. Se ha producido una especie de fusión, aun cuando cada uno de nosotros sigue siendo su propio e inconfundible yo.

Yo me abro a mí mismo para el otro y abro mi mundo para que pueda entrar; y él se abre a sí mismo para mí y me abre su mundo para que también yo pueda entrar. Yo le permito experimentarme como persona, en toda la plenitud de mi ser personal, y él me ha permitido a mí experimentarme de la misma manera. Y por eso debo decirle quién soy y él debe hacer lo mismo conmigo.

La vida humana tiene sus leyes, y una de ellas es ésta: debemos usar las cosas y amar a las personas. Pero aquel que vive la vida exclusivamente instrumentalizando o cosificando a los demás, no tarda en descubrir que ama las cosas y usa a las personas. Y esto significa una auténtica sentencia de muerte para la felicidad y la realización humana. En consecuencia, al establecer cualquier vínculo con una persona hay que verla siempre como un fin y nunca como un medio. Este ideal plantea que ningún hombre debe ser un medio para que otro hombre realice sus fines, y que la persona siempre será un fin y nunca un medio. En este sentido no importa sólo lo que se haga, sino la motivación de fondo de quien actúa. Aristóteles recomendaba que en todas las cosas es preciso preferir siempre lo que conduce a la realización del fin más elevado.

Niveles de la comunicación

La comunicación tiene varios niveles. Jhon Powell, en el precitado libro, precisa que a medida que evolucionan esos niveles, se perfecciona ésta y se facilitan las relaciones interpersonales.

1º. Comunicación "tópica". Este nivel representa la más débil respuesta al dilema humano y el más bajo nivel de autocomunicación. Puede decirse que no hay comunicación alguna, a menos que sea por puro accidente. En este nivel, hablamos con frases hechas, tales como: "¿Cómo estás?" "¿Cómo está su familia?" "¡Muy lindo su vestido!". En realidad no queremos decir casi nada de lo que, de hecho, decimos o preguntarnos. Las personas no comparten nada en absoluto.

2º. Comunicación "hablar con otros". En este nivel no nos aventuramos demasiado lejos de la prisión de nuestro aislamiento para adentrarnos en la verdadera comunicación, porque no revelamos casi nada de nosotros mismos. Nos contentamos con referir a otros lo que ha dicho fulano o lo que ha hecho mengano. Pero no hacemos ningún comentario personal, autorevelador, sobre tales hechos, sino que nos limitamos a referirlos. Ni damos nada de nosotros ni pedimos nada de los otros a cambio.

3º. Comunicación de "mis ideas y mis opiniones". En este tercer nivel ya comunico algo de mi persona. Estoy dispuesto a dar ese paso, para salir de mi solitaria reclusión, y a asumir el riesgo de referirte algunas de mis ideas y revelarte algunas de mis opiniones y decisiones. Quiero estar seguro de que vas a aceptarme con mis ideas, mis opiniones y mis decisiones.

4º. Comunicación de "mis sentimientos". Las cosas que más claramente me diferencian y me individualizan respecto de los demás, que hacen que la comunicación de mi persona sea objeto de un conocimiento realmente único, son mis sentimientos o emociones. Si deseo realmente que sepas quién soy yo, debo hablarte con sinceridad, con claridad. Si sólo te hago saber el contenido de mi mente, estaré ocultándote una gran parte de mí mismo, especialmente en aquellas áreas en las que soy más genuinamente persona, más individual, más profundamente yo mismo.

. Comunicación "cumbre". Toda amistad profunda y auténtica, y en especial la unión de quienes están casados, deben basarse en una transparencia y una sinceridad absolutas. Entre amigos íntimos, o en el matrimonio, ha de darse de vez en cuando una comunión emocional y personal total y absoluta. Ambas personas experimentarán una empatía mutua casi perfecta: yo sé que mis reacciones son totalmente compartidas por la otra persona, y en ella se reduplica perfectamente mi felicidad o mi aflicción.

La comunicación "cumbre" requiere de unas reglas indispensables para que sea el nivel más óptimo de comunicación. Si la amistad y el amor humano han de madurar entre dos personas, debe darse entre ambas una absoluta y sincera revelación mutua, y esta clase de autorevelación sólo se consigue mediante una comunicación sincera, transparente. Una de las más gratas experiencias del ser humano es encontrar un amigo sincero; cuando tengamos la inmensa fortuna de encontrarlo, podremos sentirnos plenamente satisfechos de contar con un ser tan grandioso: un amigo.

Una comunicación sincera da lugar a una verdadera y auténtica relación (un verdadero encuentro entre personas); no sólo un encuentro en el que únicamente va a darse una comunicación mutua entre personas, con el consiguiente compartir u experimentar recíprocamente el ser personal de otro, sino que va a desembocar en un sentido cada más claramente definido de la identidad de cada una de las partes de la relación. Así mismo, la comunicación sincera o transparente consiste en que, al haberme comprendido a mí mismo por haberme comunicado, constataré cómo mis pautas de inmadurez se transforman en pautas de madurez: cambiaré.

Si una persona entabla una relación sin la determinación de comportarse con la absoluta sinceridad y transparencia, entonces no hay amistad ni crecimiento posible; lo único que habrá será, más bien, una especie de asunto superficial que podríamos tipificar en las riñas, las malas caras, los celos, los enfados y las acusaciones propias de adolescentes. Comparto con el filósofo Miguel de Unamuno que la suprema virtud de un hombre debe ser la sinceridad. "El vicio más feo es la mentira, y sus derivaciones y disfraces, la hipocresía y la exageración. Preferiría el cínico al hipócrita, si es que aquél no fuese algo de éste. Abrigo la profunda creencia de que si todos dijésemos siempre y en cada caso la verdad, la desnuda verdad, al principio amenazaría hacerse inhabitable la tierra, pero acabaríamos pronto por entendernos como hoy no nos entendemos. Si todos, pudiendo asomarnos al brocal de las conciencias ajenas, nos viéramos desnudas las almas, nuestras rencillas y reconcomios todos fundiríanse en una inmensa piedad mutua. Veríamos las negruras del que tenemos por santo, pero también las blancuras de aquel a quien estimamos un malvado" (Verdad y vida).

La comunicación óptima, la comunicación sincera, la comunicación transparente, requiere de saber escuchar. Muchas personas se consideran tímidas, calladas o muy nerviosas cuando están en grupo con otras personas, porque creen que no tienen nada importante qué decir. Pero para ser un buen "conversador" no necesariamente se tienen que tener muchas cosas importantes qué decir, lo verdaderamente importante es saber escuchar. Es mejor permanecer callado cuando no hay nada importante que decir. El secreto para resultar verdaderamente interesante es saber escuchar. Cuando uno escucha con real afecto a las personas que nos hablan, cuando uno trata de ponerse en el lugar de ellas cuando nos hablan, cuando con nuestra actitud estemos diciendo "¡cuéntame más!"; entonces los demás se abrirán con toda sinceridad y empezarán a considerarnos "conversadores" interesantes.

Tipos de comunicación

Según el profesor Samuel Arango, la comunicación como fenómeno humano se mueve en diferentes tipos, todos ellos decisivos en el momento actual de la humanidad.

  • Comunicación consigo mismo. Existe una tendencia, resultado de las diversas crisis modernas, a regresar a los viejos principios del "Conócete a ti mismo". El mundo pide un regreso a la filosofía elemental y clásica del desarrollo personal como base del desarrollo social. El hombre debe aprender de nuevo a comunicarse consigo mismo, a interiorizarse, a llevar una vida que lo proyecte más allá del simple espacio físico. Debe asumir procesos de comunicación interior, esenciales para su desarrollo.

  • Comunicación humana. Sin duda que una de las grandes problemáticas de la humanidad está relacionada con los procesos de comunicación humana, interpersonal. Es necesario profundizar en este proceso en el cual cada ser humano, luego de reconocerse a sí mismo, valorarse, autoestimarse, elabora un proceso semejante con los demás seres que le rodean. Debe aprender a conocer a otros, a valorarlos, a estimarlos, a respetarlos, a manejar las diferencias con dignidad. nuevos procesos de comunicación con base en la interrelación respetuosa y edificante de hombres nuevos.

  • Comunicación social. Cuando entran en juego los medios de comunicación, nuevamente el hombre debe plantearse su papel, su responsabilidad para crear un mundo mejor. Los medios manejados con criterios humanos y humanistas en cuyo caso el protagonista es el hombre como tal. La noticia dejará de ser fría e insignificante cuando los actores sean personas inmersas en un mundo de interrelaciones.

  • Comunicación intercultural. La aldea global es un hecho dado por la economía del nuevo milenio. El hombre tiene que aprender a comunicarse con diferentes culturas de tal manera que el entendimiento se amplíe y se respeten las grandes diferencias. Se desarrollan nuevos esquemas comunicativos que permitan interacción de culturas muy dispares. Un pensamiento amplio, generoso, abierto a lo universal.

LA FUERZA DE LA RAZÓN EN LA COMUNICACIÓN

Cuando hablamos o escuchamos conversaciones es frecuente oír que los interlocutores digan: "Tiene toda la razón". "No tiene la razón". "Fulano tiene la razón". "Perencejo no tiene la razón". Pero ¿qué es la razón? La razón es una facultad intelectual de toda persona que le permite pensar, discurrir y juzgar, actuar acertadamente o distinguir lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso. La razón es un conjunto de hábitos deductivos, tanteos y cautelas, algunos dictados por la experiencia y otros basados en pautas de la lógica. La combinación de todos ellos constituye una facultad capaz de establecer o captar las relaciones que hacen que las cosas dependan unas de otras, y estén constituidas de una determinada forma y no de otra.

La razón también es un procedimiento intelectual crítico que utilizamos para organizar la información recibida, los estudios realizados o las experiencias que tenemos, aceptando unas cosas y descartando otras, intentando siempre vincular mis creencias entre sí con cierta armonía. Es una facultad capaz, en parte, de establecer o captar las relaciones que hacen que las cosas dependan unas de otras, y estén constituidas de una determinada forma y no de otra. Lo característico de la razón es que nunca es exclusivamente mi razón. La razón es universal porque todos los seres humanos la poseemos, y que la fuerza de la convicción de los razonamientos es comprensible para cualquiera.

Una cosa es lo racional y otra lo razonable. Lo racional es la búsqueda de los mejores instrumentos para vérnosla con los objetos; lo razonable, el procedimiento de tratar con sujetos a los que suponemos tan dotados de intenciones respetables como nosotros mismos.

La razón puede servir de árbitro para zanjar muchas disputas entre las personas. Esa facultad llamada razón es precisamente lo que todos los humanos tenemos en común y en ello se funda nuestra humanidad compartida. La racionalidad es la superación del mundo de la pluralidad hasta reducirlo a su fundamento. El razonamiento es el instrumento del filósofo.

La razón nos permite revisar lo que sabemos, compararlo con otros conocimientos, someterlos a examen crítico, debatirlos con otras personas que puedan ayudarme a entender mejor; buscar argumentos para asumirlos o refutarlos. Nos sirve para examinar nuestros supuestos conocimientos, rescatar de ellos la parte que tengan de verdad y a partir de esa base tantear hacia nuevas verdades.

Una de las primeras misiones de la razón es delimitar los diversos campos de la verdad que se reparten la realidad de la que formamos parte. Nuestra vida abarca muchas formas de realidad muy distintas y la razón debe servirnos para pasar convenientemente de unas a otras.

Razonar no es algo que se aprende en soledad sino que se inventa al comunicarse y confrontarse con los semejantes: toda razón es fundamentalmente conversación. Razonar consecuentemente exige la universalidad humana de la razón, el no excluir a nadie del diálogo donde se argumenta. Razonar es pensar, razonar es argumentar.

Utilizar la razón es buscar y sopesar argumentos antes de dar como cierto lo que creemos saber. La razón no exige nada especial para funcionar, ni fe, ni preparación espiritual, ni pureza de alma o de sentimientos, ni pertenecer a un determinado linaje o a determinada etnia: sólo pide ser usada.

Quien sepa raciocinar (utilizar bien la razón) podrá percibir la realidad de manera más objetiva. Gracias a la dinámica del raciocinio la mente va adentrándose cada vez más en el camino de las ciencias hasta llegar a la verdad. El razonamiento es una operación humana, consecuencia de la naturaleza del conocimiento del hombre que no es de suyo intuitivo, sino que necesita del discurso. Mediante esta actividad el entendimiento pasa del conocimiento virtual al estrictamente efectivo, esto es, de la posibilidad al hecho positivo del conocimiento formal.

Cuando la fuerza se impone sobre los argumentos estamos muy mal. Si hablamos del mundo racional desde el cual ejerce la palabra, obviamente no podemos admitir que sea por la vía de la violencia o por la fuerza que se obtengan esas peticiones, que sea por la vía de las argumentaciones. En el diálogo se debe imponer la fuerza de la razón, la fuerza de los argumentos, no la fuerza del dogma, la fuerza del condicionamiento. El filósofo Fernando Savater sostiene que en una sociedad democrática, las opiniones de cada cual no son fortalezas o castillos donde encerrarse como forma de autoafirmación personal: tener una opinión no es tener una propiedad que nadie tiene derecho a arrebatarnos. Ofrecemos nuestra opinión a los demás para que la debatan y en su caso la acepten a la refuten, no simplemente para que sepan dónde estamos y quiénes somos. Y desde luego no todas las opiniones son igualmente válidas: valen más las que tienen mejores argumentos a su favor y las que mejor resisten la prueba de fuego del debate con las objeciones que se le plantean. No sólo tenemos que ser capaces de ejercer la razón en nuestras argumentaciones sino también desarrollar la capacidad de ser convencidos por las mejores razones, vengan de donde vengan. No basta con ser racional, es decir, aplicar argumentos racionales a las cosas o hechos, sino que resulta no menos imprescindible ser razonable, o sea escoger en nuestros razonamientos el peso argumental de otras subjetividades que también se expresan racionalmente. Según el jurista Gustavo Isaac González (Filosofía del derecho), un argumento es la expresión o manifestación externa del razonamiento, una forma de diálogo, y eso constituye la esencia de la dialéctica, para conseguir no la propia certeza sino la convicción ajena, para defender un aserto, para evidenciar una verdad, para refutar al adversario o rectificar su error, lo mismo que para suplir la ignorancia.La mente adiestrada para pensar bien tiene sus facultades analíticas y críticas bien desarrolladas. La mente adiestrada para discutir bien los tiene aún más agudizados. La una requiere una tolerancia para los argumentos originada en el tratar con ellos paciente y simpáticamente. El impulso animal de imponer nuestras opiniones a los demás es así controlado; aprendemos que la única autoridad es la razón misma (los únicos árbitros en cualquier disputa son las razones y las pruebas). No tratamos de ganar autoridad mediante una discusión de fuerza y peleando con quienes no están de acuerdo con nosotros. Los verdaderos problemas no pueden ser resueltos por la mera fuerza de la opinión; debemos apelar a la razón, no depender de grupos de presión.

El filósofo Estanislao Zuleta, en su ensayo Kant y la educación, precisa que Kant, que asumió la razón como razón pura, como práctica de la crítica y la demostración, estableció los siguientes derechos y deberes de la razón. Entre los derechos, tenemos: 1. No se le puede prescribir una dirección ni imponerle límites a la razón sobre lo que debería o no debería ser objeto de su competencia. "Resulta contradictorio buscar ayuda en la razón y, al mismo tiempo, prescribirle un partido, una tesis, una doctrina". 2. La publicación y el debate. "La razón debe tener la posibilidad de ser debatida por el público… el derecho a publicar es incluso un derecho esencial desde el punto de vista de las libertades políticas. Reconoce que la libertad política no puede consistir en el derecho a hacer cualquier cosa". En cuanto a los deberes, precisa: 1. Ser consecuente. "Si las consecuencias necesarias de la tesis de que hemos partido resultan contradictorias o incluso absurdas, debemos abandonar dicha tesis". 2. El debate consigo misma. Éste es un deber permanente de la razón, porque de sí misma deben surgir los argumentos contra la tesis que está sustentando. 3. El principio de honestidad. "Consiste en no presentar aquellos argumentos en los que no se creen en el fondo y de los cuales uno mismo sospecha". Este principio debe regir tanto en el debate con el otro y consigo mismo.

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