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Luis Donaldo Colosio: magnicidio y contexto social (página 3)

Enviado por marcos cueva



Partes: 1, 2, 3

En el otro extremo está la historia de "un" Aburto, el "asesino solitario", finalmente encarcelado en el penal de alta seguridad de Almoloya de Juárez, en el Estado de México, cerca de la capital mexicana. Según las investigaciones, Aburto tenía algo así como un cuaderno (el condenado siempre adujo que era un "libro de actas") en el que parecía autorretratarse como "salvador de la patria". Cuando le llegó el turno de investigar el caso Colosio a la subprocuradora Olga Islas[143]ésta encontró todos los antecedentes "sanguinarios" de la familia Aburto en su lugar de origen, Michoacán, en el centro del país. La conclusión a la que llegó entonces la Procuraduría General de la República es que Aburto, un resentido (entre muchos antecedentes "criminógenos" en una "familia desintegrada"), decidió matar a Colosio por una especie de compensación: en efecto, el asesino veía en el candidato "una figura de autoridad" y algo así como el equivalente de un odiado padre (Rubén Aburto Cortés, quien luego haría sus propias declaraciones desde Estados Unidos inculpando al gobierno por la muerte de Colosio Murrieta). "Aburto-se resolvió- (…) presenta conflictos con las figuras parentales y, por lo tanto, con las figuras representativas de la autoridad".[144] De origen muy modesto, Aburto Martínez habría odiado a su padre por haber abandonado a la familia yendo a buscar trabajo en Estados Unidos. Con todo, Rubén Aburto consideraba a Mario como el más tranquilo de sus hijos y visitaba regularmente a la familia. En otra versión se le atribuyó a Mario Aburto el odio contra la "figura paterna" y todo lo que representara autoridad: "en el momento del acto criminal –narra Gustavo Hirales- demostró (Aburto, nota nuestra) un alto grado de perversión de la afectividad, que supone a la vez una aversión de la propia afectividad (sic), consistente en el gozo que le produjo el dolor ajeno"[145]. ¿Esta perversión de la afectividad podría ser - suponiendo incluso que Aburto sea el único culpable- el resultado de la creencia colectiva en un ineluctable mecanismo de culpas y castigos? El hecho es que Rubén Aburto, un poco a la manera en que Luis Colosio Fernández veía con inquietud la participación de su hijo en política, no vio con buenos ojos que Mario, falto de "malicia", se estuviera acercando a "gente del gobierno" o "de la política" (los nombres de aquéllos con quienes habría tratado Aburto Martínez son los de prácticamente todos los posteriormente sospechosos en el crimen de Lomas Taurinas, aunque Hirales sugiere que se trata de una fábula de los Aburto[146]En algún momento, Rubén Aburto se culpó por no haber puesto más atención a su hijo y "averiguado a qué clases de reuniones asistía"[147]. Eran reuniones de agentes judiciales en retiro o sin empleo, en Tijuana, y que "se ofrecieron" –sin que se supiera a cambio de qué- para vigilar el mitin del 23 de marzo. ¿Cierto o falso? Aburto es descrito posteriormente como un solitario, ciertamente "rebelde"[148], que aparece así en espejo exacto de un Colosio dejado a su suerte en su campaña, al grado de que su padre le advirtiera, no sin confesar miedo: "no te lo puedo explicar, pero te veo muy solo, hijo"[149]. "¿Quién es Mario Aburto? Se pregunta Gustavo Hirales. Nadie. Mario Aburto es, precisamente un don Nadie, uno entre millones, sin ningún rasgo que lo distinga de la masa anónima (Hirales dedica su libro a demostrar lo contrario, nota nuestra), al menos en apariencia", aunque "lleva la música por dentro".[150] Esta descripción es la que más de uno hubiera hecho de Colosio a finales de 1993. En julio de 1994, la familia de Mario Aburto se acercó a Juan Velázquez, representante legal de Diana Laura Riojas, para buscar contribuir al esclarecimiento del crimen, así fuera culpable el mismo Mario (lo que Rubén Aburto no creía que fuera acertado, al sostener que en el video que fue difundido una y otra vez no se ve quién dispara). Posteriormente, la misma familia trató de acercarse a Miguel Montes, el primer fiscal del caso y a quien a fin de cuentas Diana Laura Riojas no le creyó la tesis del "asesino solitario". ¿Qué pensar de Mario Aburto dentro de una "cultura del esfuerzo"? ¿Joven y sin malicia, aunque haya disparado, suponiendo que fue el "actor" principal, y cometido así un crimen imperdonable? En el relato de Hirales, aparece que como parte de su "delirio", en algunos casos se encuentra la creencia (en un sujeto con trastorno delirante/paranoide) de que una injusticia debe ser reparada por medio de una acción legal (sic)"[151]. ¿Estaba Aburto con hambre y sed de justicia, parafraseando a Colosio? ¿O se sobreentiende que el reclamo abierto de justicia es una "locura" dentro del "sistema" mexicano? ¿Cómo entender que se le haya atribuido a Aburto la "cualidad de violenta autodestructividad", con un "odio inconsciente a todo lo bueno y valioso", siguiendo la descripción que hace Hirales de la personalidad narcisista[152]Las cosas son más fantásticas, en apariencia, puesto que el retrato de Aburto es el de un hombre que, como Colosio, cree en hechos más que en palabras: "porque los verdaderos hijos de la Patria –sostiene el texto que se le atribuyó a Mario Aburto- lo demuestran con hechos, no con palabras". [153]Lo pudo haber dicho Colosio, una y otra vez: de hecho lo afirmó rotundamente al final del discurso del 6 de marzo de 1994. Además de conflictos con las figuras parentales, Aburto tenía, según se adujo oficialmente, otros problemas: "los rasgos de personalidad más relevantes –se escribió- son: bajo autoconcepto personal, sentimientos de inferioridad, difusión de identidad, sentimientos de autoimportancia y bajo control de impulsos"[154] Queriendo "salvar a la patria", Aburto le disparó a quien le tout Mexico –el mundo del privilegio- consideraba el más incapaz (por decirlo de manera suave) y estorboso de los candidatos, tanto dentro como fuera del Partido Revolucionario Institucional. Y además, el "desquite" ante la figura paterna no parece haber querido ser tan fuerte: según confesó al periodista J.Jesús Blancornelas, "pues saqué el arma (acababa supuestamente de comprarla, nota nuestra), quise hacer el disparo a los pies, en eso pasó una persona, y como nos iban empujando y todo eso, y por el camino que estaba todo pedregoso y por eso iba toda la gente tropezando y cayendo, como se puede ver en un video, que una persona dice que el del clavado se cayó ¿no? Este, otra persona, que de los lentes, también iba así por lo mismo del terreno ¿no? Se puede ver que efectivamente tenía fallas, entonces, cuando saqué yo el arma iba a disparar a los pies y pasó la persona (…) Entonces el arma no, no la disparé a los pies, entonces quise levantar el arma; este, en eso, cuando la levanté me tropecé y al tropezar se dio el accidente (…)".[155]El 29 de abril de 1994, Aburto declaró - según lo recoge José Luis Mang Palacios- que únicamente quiso herir al candidato en el pié, pero alguien lo pisó o pateó al momento en que sacaba la pistola[156]el colmo de la mala suerte para el involuntario homicida. Héctor Aguilar Camín también reconstituye los últimos segundos siguiendo las palabras de Aburto: cuando este tropieza, "entonces se olle un disparo tan fuerte que quedo aturdido y siento un movimiento muy fuerte en mi mano derecha al oírse el disparo, y no veo nada, no pudiéndome dar cuenta asta esos momentos que era lo que avia pasado"[157]. El arma "se disparó" sin que Aburto se diera cuenta: es más, el "asesino solitario" adujo haber oído un disparo sin tener claro porqué al mismo tiempo se movía su mano derecha. La "mala suerte" que perseguía a Colosio desde noviembre de 1993 se lo encontró por casualidad el 23 de marzo de 1994 en Lomas Taurinas, Tijuana.

Era tanta esa mala suerte que los encargados de la seguridad de Colosio, teniendo al parecer características similares a las suyas, fueron legitimados, lo que con el sonorense - que no era hijo del bajo mundo - no ocurrió en meses. De las entrañas de esas supuestas "raíces populares" surgió así toda una red de personajes que Samperio describió bien, dispuestos por uno u otro motivo al "sacrificio del cordero" –las palabras son del libro de Gisela Arriaga ya citado- con tal de obtener un "pedacito" de privilegio. Samperio habla del "otro México: el de las impunidades, el de la gente armada con costumbre de apretar el gatillo, dispuesta a amedrentar y torturar; sinuosos expedientes policíacos, y los antecedentes penales, en conexiones ocultas, laterales, patológicas, con la sociedad y la política".[158]

Todos los que fallaron (por decir lo menos) en asegurar la integridad física de Colosio (la integridad moral ya había sido asesinada desde el 28 de noviembre de 1993) alegaron no haber hecho otra cosa que cumplir con su deber. Incluso "un" Mario Aburto de tantos, el "asesino solitario", lo hizo también en cumplimiento del deber, porque algo así como la voz de la "conciencia patria" le dictó el "acto histórico" de ajusticiar a Colosio Murrieta, así fuera…por accidente. Gustavo Hirales ha dado cuenta de que un clima muy desfavorable se creó pronto en torno a Colosio: "Colosio –escribió Hirales- se las vio negras, en las caricaturas, y sobre todo en las columnas políticas se multiplicaban los ataques a su candidatura, uno de cuyos ejes era la supuesta pequeñez, la corta estatura política del candidato, frente a las dimensiones de estadista, de verdadero político de, por ejemplo, Manuel Camacho. Algunos, como el inefable (sic) Alvaro Cepeda Neri, le pidieron públicamente a Colosio que renunciara a su candidatura a favor de Manuel Camacho (…)"[159]. Queriendo "salvar a la patria", suponiendo que esto sea cierto y siguiendo entonces la tesis de Hirales del "asesino solitario", Aburto liquidó al político que le tout Mexico despreciaba, y le hizo así un extraño favor, involuntario, a la "cultura del privilegio", cuyos candidatos –varios- eran otros. Por cierto que para Hirales, quienes buscaron una conspiración no hicieron más que mal periodismo, en particular propalando rumores. Reivindicando su tesis, Hirales afirmó que "peor es otorgar callando, peor es ceder ante los rumores que suponen que la suspicacia y la falta de responsabilidad son el súmmum del criticismo y de la conciencia cívica: peor es dejar celebrando la impunidad de tantos Hearst de pacotilla, las pretensiones de ridículos, pero peligrosos, neo Catones y Savonarolas de tercera"[160] Con todo, los rumores empezaron antes de muerto Colosio, y en ellos participaron también personajes "populares", no nada más periodistas[161]

Lo llamativo no es la participación de este submundo en el caso, sino la disposición del poder a brindar toda clase de seguridades a los involucrados y los sospechosos, en un país en el cual desde tiempos coloniales se utilizan inocentes para –de nueva cuenta- asegurar los dos fines a los que se refirió Martin Luis Guzmán: acallar la vox populi, dejándola muda o desacreditándola, y librar de toda culpa al mundo del privilegio, que nunca fue tocado por el caso Colosio. ¿Habrían actuado estos personajes de este modo si el clima enrarecido no hubiera ido más allá de Lomas Taurinas? A lo mejor en ellos y en muchos otros pesó algo de sobrenatural: "presentíase –escribió alguna vez Fernando Benítez- que el general Obregón[162]sería muerto antes de llegar a la presidencia tal vez porque el pueblo creía en algún mecanismo sobrenatural de culpas y castigos".[163]

De que el clima estaba enrarecido, Colosio parece haberse dado cuenta incluso físicamente, en Lomas Taurinas, un lugar inhóspito. El video del mitin deja ver por un momento a un Colosio entre pensativo e inquieto. Hacia el final del mitin, Colosio quiso salir rápidamente: "no sabemos –escriben Cortés y Cordero- si algo presintió o si notó la tensión que se respiraba en el ambiente, pero definitivamente trató de apresurar el paso para alejarse de ese sitio". "Vámonos", insistió Colosio a uno de sus ayudantes militares apenas terminó el mitin.[164]

6. El padre y la autoridad: Luis Colosio Fernández

¿Quién sepultó a Colosio? Las breves pero elocuentes palabras de Diana Laura Riojas en el sepelio de su esposo, en Magdalena de Kino, probablemente se recuerden por mucho tiempo (aunque ya no muchos priístas acostumbren apersonarse en el aniversario luctuoso), porque fueron una muestra de dignidad, amor y además entereza. A la misma Diana Laura Riojas le quedaba poco tiempo y era conocido que estaba gravemente enferma, a tal punto que ése había sido uno de los argumentos para sugerirle la renuncia al sonorense, cuando aún vivía. Dicho de paso, el padre de Colosio Murrieta habría de referirse luego a su nuera como "mi hija". El hecho es que el 25 de marzo de 1994, al darle el último adiós a Colosio Murrieta, Diana Laura Riojas lo retrató así: "tenía –dijo en su discurso- una profunda vocación humanista; se definía a sí mismo como un mexicano de raíces populares; fue un hombre vertical, riguroso consigo mismo, exigente con sus amigos, pero siempre brindando una gran lealtad. Estaba convencido de que dice más el ejemplo que la palabra" (curiosamente, en El legado de Luis Donaldo, la Coordinación Nacional de Estudios Históricos, Políticos y Sociales del PRI no recoge con toda exactitud las palabras de Diana Laura Riojas)[165]. Por cierto que Luis Donaldo Colosio no parece haber sido perfecto: se le atribuye, además de "romances" que no parecen demasiado tórridos ni escandalosos, cierta forma de inseguridad, la misma que asomó en algún momento de su campaña, cuando pudo comprobar que su lealtad hacia la "generación del cambio" no le era correspondida.

Mirando hacia una trayectoria de vida, tal pareciera que, pese a sus vulnerabilidades, Colosio Murrieta aprendió en su familia el significado de la autoridad. "No pierdas piso" es lo primero que Luis Colosio Fernández le aconsejó a su hijo apenas nominado candidato.[166] "Luis Donaldo –escribe Jorge E. Reyes Esparza- hubiese aplicado gustoso a su padre el siguiente párrafo del aviador y escritor Antoine de Saint-Exupéry: "fue él quien me enseñó la muerte y me obligó cuando era joven a mirarla de frente, pues nunca bajó los ojos. Mi padre era del linaje de las águilas"".[167]Cuando alguna vez se le preguntó a Colosio por qué no lo había mareado una meteórica carrera, contestó: "porque tengo un padre que me lo recuerda todos los días".[168]

Luego de haber repetido hasta el cansancio el nombre de Colosio al tomar posesión como candidato sustituto del PRI a la presidencia, el mandatario Ernesto Zedillo (1994-2000) dejó que el asunto se fuera pudriendo, argumentando incluso que no era conveniente "arrastrar el cadáver de Colosio". Poco a poco, con el transcurrir del tiempo y salvo excepciones, gran parte de la sociedad mexicana fue sepultando en el silencio y el presunto olvido -¿por la serie interminable de omisiones?- la memoria de lo ocurrido.

El único que no cejó en sus esfuerzos por obtener justicia fue Luis Colosio Fernández, padre del finado, e incluso a costa de su salud. Colosio Fernández murió el 6 de febrero de 2010 sin haber obtenido la justicia más elemental para su hijo. Cuando se lee la biografía de Luis Colosio Fernández (estuvo casado con Ofelia Murrieta, con quien procreó, además de a Luis Donaldo, varios hijos más), se entiende lo que significó la "cultura del esfuerzo" para esta familia descendiente de inmigrantes y llegados a rancheros. No fue nada más que el padre de Luis Donaldo Colosio tuviera que abrirse camino desde un origen modesto –no es exactamente lo mismo que pobre o "humilde"- y en medio de los estragos que causó la Gran Depresión de 1929 en Sonora, estado cercano a Estados Unidos. Leyendo con atención la biografía que logró hacer Samuel Palma, queda claro que fue la educación, así haya sido básica, pero con maestros de gran preparación[169]la que le ayudó decisivamente a Colosio Fernández a desempeñarse en el mundo del trabajo, con frecuencia de pocas oportunidades, en el que empezó muy desde abajo como "minero buscón" (gambusino) hasta llegar a auxiliar de contabilidad, gracias a su buena escritura. En Magdalena de Kino, "la actividad escolar era primordial", según lo recordaba Luis Colosio[170]Al mismo tiempo, en ese pueblo sonorense de entre cuatro mil o cinco mil habitantes en la época, y a diferencia de otras latitudes de México, "la convivencia social se realizaba de una manera llana y al margen de patrones que denotaran diferencias sociales, pues éstas prácticamente no existían por tratarse de una comunidad en formación y ocupada en los problemas de subsistencia"[171].

Para Luis Donaldo Colosio, uno de los hechos importantes en la infancia y la juventud fue la educación recibida, entre otros lugares en el colegio Juan Fenochio, nombre de un ilustre magdalenense. Ahí estuvo la educadora "Nachita" Fimbres, cuyo nombre es ahora el de una calle de Hermosillo.[172] Colosio Murrieta empezó a leer desde temprano a Salgari, d"Amicis, Molière y otros clásicos, mientras Luis Colosio se hallaba inscrito en el local Club de Libros del Mes[173]El mismo padre del futuro candidato fomentaba el estudio en grupo de los muchachos magdalenenses[174]

Colosio Fernández, quien ocupó diversos cargos en Magdalena de Kino, hasta ser alcalde del lugar, también fue objeto de críticas, por ejemplo por seguir militando en el PRI y ser senador de este partido, pero a lo mejor porque vistas las cosas de cerca, andando el tiempo fue quien mejor comprendió el contexto de lo acontecido el 23 de marzo de 1994: una "enfermiza lucha por el poder", según sus palabras, que es lo que acabó caracterizando a la llamada "generación del cambio" y seguramente también a la figura de Carlos Salinas de Gortari. El ex mandatario siguió en escena, ni siquiera tras bambalinas, y rompiendo todas las reglas no escritas del pasado priísta. La "generación del cambio" nunca supo lo que es la autoridad: muy por el contrario, cada vez que presintió toparse con ella, puso en tela de juicio al llamado "autoritarismo", el mismo que se le llegó a atribuir a Colosio en el trato. El padre de Colosio Murrieta entendió en cambio la autoridad de un modo muy distinto, y consideró que el hecho de "vivir como hombre" había representado para otros un desafío –entiéndase una afrenta-. A Luis Colosio sin duda le quedaba bien lo que decía su propio hijo: "decía que sin ejemplo las palabras se vuelven huecas, son retórica; señalaba que cualquiera puede leer bien un discurso, y puede tener quien se los escriba; pero enfatizaba que cuando la palabra corresponde a la conducta, a los compromisos, a la acción, los discursos cobran vida, se vuelven instrumento de comunicación política, enlazan sentimientos y suman voluntades"[175] Pero pese al ejemplo, al padre de Colosio Murrieta se lo dejó solo, por mezquindad ante el reclamo de justicia, según sus palabras.[176]

Luis Colosio Fernández comprendió cómo se asesta a veces un segundo golpe en una sociedad como la mexicana: el padre del candidato asesinado dejó en claro, en un breve discurso el 10 de febrero de 2004 (que recibió por cierto el apoyo de López Obrador), que "reclamar justicia no significa demandar un ajuste de cuentas o actos de venganza"[177]. Colosio Fernández lo dijo porque constató: "la justicia le ha sido negada a Donaldo"[178], y lo cierto es que ni las palabras del poder ni la vox populi, que por lo demás llamaban al padre del finado a "dejar las cosas por la paz" (¿el olvido resignado?), constituyeron jamás una verdadera justicia. "Nadie –dijo Colosio Fernández en el año 2001 - reclama que la opinión pública se convierta en evidencia. Nadie exige que la condena emitida por el pueblo constituya un veredicto de tribunal de justicia"[179]. Colosio Fernández no era un entusiasta de lo que llamó "la especulación popular" para resolver el caso, pero tampoco aceptaba que lo vieran como "viejo necio en busca de lo imposible"[180]. ¿Por lo demás, de que valía a unos y otros en la vox populi quedarse con tres tiros, cuatro Aburtos, varios autores intelectuales y casi nada en concreto? "Justicia-consideraba Luis Colosio Fernández- (…) es el elemento que cohesiona a las sociedades, porque en torno de ella se forja la cultura, se escribe la historia, se identifica a los actores, se repudian los actos que nos avergüenzan (el subrayado es nuestro) y se reconocen los hechos que nos engrandecen"[181]. "Al exigir justicia- decía el padre del candidato asesinado- se aspira a escribir la historia con verdad"[182]. Martin Luis Guzmán, ya citado en la introducción de esta monografía, dejó ver las dos maneras de escamotear esa justicia y de paso la verdad: ¿la aversión radical a la verdad sería a falta de justicia, o por temor a la misma desde la impunidad? Un perceptivo Colosio Fernández, alguna vez auténtico consejero de su hijo, a quien consideraba además como un verdadero amigo, pudo llegar incluso más lejos: "dicen –afirmó el 10 de febrero de 2004, - que los ambientes de campaña no matan, que un contexto no asesina; eso es cierto en el sentido literal, porque finalmente los asesinatos los cometen las personas. Pero ni duda cabe que Donaldo fue ultimado en un clima profundo de deterioro de sus relaciones con el presidente Salinas"[183]. ¿Hubo una injusticia colectiva? En el fondo, el clima de deterioro venía desde antes y no nada más de las altas esferas del gobierno. Donde no hubo auténtica autoridad (porque la sociedad mexicana suele desconocerla) para hacer justicia, o donde las "autoridades" –los funcionarios- no quisieron o no se atrevieron a asumirse como tales, en parte por asuntos de privilegios, a veces disfrazados de miedos, Colosio Fernández, a quien nunca dejó de inquietar la orientación de su hijo hacia la política, ocupó ese lugar, con la misma congruencia con la que había guiado alguna vez a Luis Donaldo. Donde nadie quiso hacerlo, Luis Colosio Fernández consideró importante poner el ejemplo. En la visión del mundo de Luis Colosio Fernández, autoridad fue anhelo de justicia y ejemplo: justamente lo que desde un principio y hasta hoy se ha querido rebajar en Luis Donaldo Colosio Murrieta, por cierto "padre ejemplar" en palabras de Diana Laura Riojas. Con ésta, el ideal de Colosio, más que en el "rollo" de la equidad, estaba en lo que su esposa llamaba el "binomio"[184], el de quienes, como dijera Saint-Exupéry (a quien cita varias veces Beyer Esparza hablando de Colosio), más que mirarse a los ojos miran en la misma dirección.[185]

Colosio Fernández descubrió igualmente, al observar las versiones contradictorias de los fiscales del caso, "las distorsiones que imponen a la ley quienes debieran de servirla", parafraseando el discurso del 6 de marzo de 1994 del extinto candidato del PRI. En apariencia, se habría tratado en las palabras de "intenciones" de resolver el caso, pero sin el menor ejemplo de nada. El padre del candidato asesinado descubrió sin embargo mucho más: las distintas facetas de lo que Martin Luis Guzmán llamaba la "simulación", y la capacidad del mundo del privilegio para ocultar, omitir, hacer montajes y convertir la realidad en espectáculo, hasta evaporar de la vista los hechos. Muchos, incluso gente cercana, no correspondieron al empeño de Luis Donaldo Colosio por mantener compromisos en los hechos: "muchos –afirmó Colosio Fernández- cayeron en olvido, en el recuerdo de ocasión, en la retórica fácil para levantar aplausos. Yo creo que esos homenajes sólo de salón, sólo de auditorio y de grandes vacíos, no le sirven y creo que hasta le ofenden"[186]. Sobre las investigaciones, el padre de Luis Donaldo Colosio fue claro. Además de rehuir el encontrar evidencias, se convirtieron en pantomimas y enredos, en "ineficiencias y complicidades"[187] y –lo más importante- en muestras de indiferencia, agreguemos aquí que de indiferencia moral, que a juicio de Colosio Fernández llevaron a que el pueblo de Sonora se sintiera engañado. En el discurso del 23 de marzo de 2001, un aniversario luctuoso más, Luis Colosio Fernández dio en el clavo del problema de una sociedad como la mexicana, de origen colonial: "¿no hay autoridad a quien demandar justicia?"[188]. El padre de Colosio no consideraba "religiosamente" que la opinión pública debiera ser una evidencia, ni que la vox populi ("la condena emitida por el pueblo") debiera ser el tribunal de conciencia: lo que Luis Colosio buscaba era la congruencia del Ministerio Publico.[189] Así, es Colosio Fernández quien se erigió en la auténtica autoridad, con lo que supone de moral, al denunciar –como lo había hecho su hijo antes- el uso de las leyes para cometer injusticias, y el de la palabra para hacer de oídos sordos y escamotear la verdad. Según lo dicho ese 23 de marzo de 2001, Luis Colosio Fernández esperaba justicia "para evidenciar que México no se equivocó"[190].

CONCLUSIONES

La actitud de la intelectualidad ante el asesinato de Luis Donaldo Colosio no consistió en acercarse a la dimensión moral del asunto, sino por lo general en seguir con toda suerte de especulaciones políticas, como si la política –en el mal sentido de la palabra- y las tareas intelectuales tuvieran forzosamente que entremezclarse. Y con olvidos o desconocimientos: don Ulises Roca, el cacique de la novela El agua envenenada de Fernando Benítez, decía a las claras: "la política es un juego complicado; se toleran los crímenes, pero de ningún modo los errores".[191] Como se ha buscado demostrar a lo largo de esta monografía, la "generación del cambio" rompió una regla tras otra, de las tantas que durante décadas habían sostenido al régimen mexicano. Sin embargo, salvo Colosio ningún miembro de dicha generación "erró" al subordinar el poder a la ética; el "sistema" pudo seguir así funcionando mientras el crimen se llevó a quien creía "ingenuamente" –lo sabía el submundo- que el poder debía sujetarse a un mínimo de escrupulosidad. Así, el mecanismo aparentemente sobrenatural de culpas y castigos se instaló colectivamente jugando sobre otro mecanismo: el de la distribución, desde el mundo del privilegio, de legitimidades e ilegitimidades. El historiador Enrique Krauze (quien contribuyó a la elaboración del discurso del 6 de marzo de 1994 y eliminó él todas las referencias a Salinas) lo dijo a su manera: Colosio no era, a juicio del heredero de Octavio Paz, "un animal político puro", pero era en cambio manipulable (Salinas, en todo caso, así lo habría pensado, a juicio de Krauze), débil por una "fractura de personalidad" (siempre según Krauze), sin fuerza interior, al grado de que se le llegaron a nublar los ojos en los momentos más difíciles[192]y "rodeado de un sino de tragedia"(shakespeariana…para Krauze)[193], que hacía que poco antes del asesinato "flotaba en el aire una cosa muy particular", asegurando Krauze que no fue el único que lo sintió.[194] El historiador sostiene por lo demás que para diciembre de 1993 ya se veía a Colosio "deprimidísimo"[195]. Krauze sostiene que Colosio Murrieta no quería el poder y no tenía además fuerza para ello[196]pero el discurso fúnebre de Diana Laura Riojas fue en otro sentido, aunque marido y mujer igualmente hubieran preferido una vida más tranquila: el sonorense, hijo también de una tierra de misioneros (la del padre Kino) quería ser presidente para construir otro México. Por lo demás, Krauze sugiere que Salinas de Gortari se veía a sí mismo como el Plutarco Elías Calles moderno, algo que le insinuó José Córdoba al historiador[197]No podía ser más que un delirio, ya que Elías Calles fue el fundador del Estado mexicano moderno, no el encargado de liquidar ese mismo Estado bajo toda clase de artimañas, de pretextos "neoliberales" y de "integración" en el mejor de los casos global (en realidad, con Estados Unidos).

Es un tanto insólita la reacción que tuvo Elena Poniatowska ante el asesinato de Colosio: "Esta es una infamia que no había sucedido en muchos años en el país. Espero que sea un acto cometido por dos locos y no por un grupo político, porque eso nos demostraría el grado de horror al que ha llegado la política mexicana".[198] Difícilmente puede aplicársele a esa intelectualidad la frase orgullosa de Luis Colosio Fernández: "a mi hijo no le afectó el poder".[199] Carlos Fuentes, por ejemplo, describió poco tiempo después del 23 de marzo de 1994 a un Colosio de fantasía. Alegando "no ver claro" en lo que había ocurrido, salvo por lo que el discurso del 6 de marzo pudo haber provocado, el escritor sostuvo que Colosio Murrieta era "un hombre que tenía una extraordinaria capacidad para crear alianzas, de atraer simpatías (…)", lo que pudo "haber asustado".[200] Ciertamente, Colosio buscó tender puentes con la oposición, tanto de derecha como de izquierda, pero si hubiera tenido esa "extraordinaria capacidad" de la que habló Fuentes y además hubiera gozado de tantas simpatías no se explica que haya quedado condenado al ostracismo aún estando "destapado". Colosio Murrieta, conocedor de literatura y ópera, admiraba en particular a Fuentes y al connotado intelectual mexicano Fernando Benítez. Pocos intelectuales se detuvieron muerto Colosio, con la muy notoria excepción del poeta y priísta chiapaneco Jaime Sabines, quien no escatimó palabras para realzar la calidad humana del sonorense ejecutado. "Lo admiré, escribió Sabines, lo quise, por su sencillez, su rectitud, su integridad humana". "Yo le decía, explicaba Sabines, que era como su padre, un hombre de la tierra, y que sigue siéndolo".[201]La mayoría no abundó, y en cuanto a Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz, quien casi no conoció a Colosio Murrieta, aseveró: "lo hemos querido tanto"[202].

"Todo el mundo" –le tout Mexico- sabía que el hombre de las alianzas importantes era Manuel Camacho Solís, y así lo confirma Jorge G. Castañeda en La herencia[203]En vez de trabajar desde abajo, Camacho se pasó buena parte del sexenio de Salinas haciendo eso, "alianzas" (en esa época se les llamaba "concertacesiones", en el argot político mexicano), con la idea de empujar la "transición a la democracia", en particular con la cercanía del Partido de la Revolución Democrática y de su llamado "líder moral", Cuauhtémoc Cárdenas, un también "centrista" -considerado en todo caso como lo más próximo a la socialdemocracia. Con su cercanía con la izquierda, "las organizaciones sociales", "la sociedad civil" y la intelectualidad[204]con su discurso "centrista" y seductoramente "antiautoritario", Camacho seguramente pudo ser visto como candidato a liquidar la carga de décadas de priísmo supuestamente "autoritario". En ese sentido era empujado Camacho Solís por la opinión pública –capitalina sobre todo- desde noviembre de 1993 y contra el "provinciano" Colosio. Por otra parte, el otro presidenciable, Pedro Aspe Armella, muy ligado al mundo empresarial, a la comunidad financiera internacional[205]y considerado como "tecnócrata", adalid de una política económica que benefició a muchos así haya sido con una recuperación transitoria, llegó a aparecer también como "candidato natural a la presidencia", según Jorge G. Castañeda[206]Aspe no era sin embargo un auténtico hombre del PRI, un "político", como tampoco lo era por cierto Zedillo, el último en la lista, pero el preferido de José Córdoba. Colosio se encontró ante una especie de pinza, muy bien descrita por Castañeda[207]y que, en un espectro que podía ir desde la izquierda hasta la tecnocracia, no tenía en mente otra cosa que terminar con décadas de priísmo: lo mismo, por cierto, que sugirieron textualmente los redactores estadounidenses de los Documentos de Santa Fe a principios de los "90, muchos de cuyos "blancos nacionalistas" previos en los "80 (Santa Fe I) desaparecieron (el panameño Omar Torrijos, el ecuatoriano Jaime Roldós). Para la derecha estadounidense era hora de terminar con los gobiernos "autoritarios y totalitarios" en América Latina: "A Estados Unidos –puede leerse en Santa Fe II- le es indispensable encontrar vías y medios para estimular una oposición legítima. Se están incrementando los signos de oposición al predominio de un partido único. La reforma interna del PRI (Partido Revolucionario Institucional) no será suficiente para contener el crecimiento de los partidos de oposición".[208]

Tan revueltas estaban las aguas que, al mismo tiempo, el líder obrero Fidel Velazquez llegó a sugerirle a Salinas que Aspe era el mejor candidato de remplazo, según Jorge G. Castañeda.[209] Por cierto que, siempre al decir de Jorge G. Castañeda, que más tarde la reclamaría a Córdoba estar al servicio de Brent Scowcroft (conocido consejero estadounidense de seguridad nacional), las relaciones de Colosio Murrieta con el franco-mexicano eran ríspidas, al grado que el sonorense pensaba "desterrar" lo más pronto al "supersecretario".[210] Jorge G. Castañeda tiende a descartar una autoría intelectual de Carlos Salinas de Gortari en el asesinato de Colosio. Cualquiera sea la verdad aquí, convertir a Salinas en el único culpable diluye la dimensión colectiva del crimen.

Una excepción en la indiferencia hacia lo acontecido con Colosio pareciera ser Héctor Aguilar Camín con su libro La tragedia de Colosio, que pretende algo así como la "neutralidad" en la narración, confundiendo neutralidad y verdad, y que se limita en principio a una transcripción reducida del inmenso expediente que dio a conocer uno de los fiscales del caso, el cuarto, Luis Raúl González Pérez. En realidad, en La tragedia de Colosio, los personajes de la "versión coral", que se manejan por cierto como en familia, hablan pero no dicen. En medio de lo que por momentos vira casi a extraña tertulia entre poderosos, aparece el testimonio de un "loco", el "asesino solitario" que decidió un buen día acabar con la vida de Luis Donaldo Colosio. En algún momento, el primer fiscal, Miguel Montes, afirmó que el asesino era histriónico y mitómano, rasgos por cierto no tan raros en los círculos del poder. El dictamen oficial estableció que Mario Aburto tenía "delirio crónico sistematizado de tipo reivindicativo". Como sea, en el libro de Aguilar Camín nadie tiene realmente en sus declaraciones palabras de afecto ni valoración alguna para la trayectoria y la integridad del sonorense muerto, aunque abundan en cambio las exculpaciones y los dimes y diretes. En espejo, pareciera a la distancia que un "loco" íntegro e incapaz de disimular se cruzó con otro "loco", un mal remedo del José de León Toral, a quien se le atribuyera el asesinato "solitario" de Alvaro Obregón en 1928. Hay algo más insólito, ya que de acuerdo con el apéndice de Aguilar Camín ("El camino de Aburto"), Aburto Martínez, a pesar de venir de una familia y una edad temprana difíciles, queda como un auténtico hijo del esfuerzo, que algún día quiere "hacerla" (lograr algo, en el lenguaje popular mexicano) y que no fuma, no bebe, no se droga, trabaja como puede y siempre que puede, es tranquilo, no demasiado mujeriego y por si fuera poco escribe supuestos "libros" sobre la injusticia social que prevalece en México. En suma, suponiendo que La tragedia de Colosio admita distintas lecturas (y no nada más una repleta de acusaciones apenas veladas contra Manuel Camacho Solís), Mario Aburto Martínez termina por aparecer en la "novela sin ficción" –como la llama Aguilar Camín- cual hijo del esfuerzo y no del privilegio, que busca "ser algo grande" y "hacer algún día algo"; alguien, en fin, que quiere justicia social y que México viva en paz, sin violencias como la de Chiapas. Otra vez, alguien como Colosio. Aburto asiste al mitin de Lomas Taurinas y sin otra intención que herirlo mata a Luis Donaldo Colosio. Luego de que casi toda la "generación del cambio" y el "Subcomandante Marcos" hayan roto con toda regla encontrada a su paso, un esforzado Aburto casi hace "algo grande" matando –sin regla alguna- a quien en Lomas Taurinas estaba rodeado de "legítimos" –aunque sufrientes- hijos de la cultura del esfuerzo, todos inocentes, salvo el mismo Aburto, que se creyó el Mesías.

A partir de aquí, tratándose de alguien que había conseguido levantar al Partido Revolucionario Institucional, Colosio llega a aparecer en realidad como un estorbo en la "transición a la democracia" que tanto interesaba a Salinas y a Camacho con tal de hacer "algo grande", y que finalmente logró Zedillo. La tragedia de Colosio insinúa y no dice nada, ni siquiera de la memoria colectiva a la que aspira dirigirse, salvo que Aguilar Camín señala que el expediente es infernal. Aguilar Camín desliza empero algo más, nada inocente: la supuesta "gratuidad" del crimen[211]y de la "tragedia". No es todo, puesto que el mismo Héctor Aguilar Camín escribe, después de admitir que no investigó nada por cuenta propia: "la montaña de pistas falsas aportadas por periodistas independientes, testigos imprecisos, conciencias justicieras (sic) y charlatanes protagónicos, ha sido una de las fuentes mayores de confusión en las averiguaciones del caso Colosio"[212]. A tanto esfuerzo inútil, el autor opone el privilegio de un expediente interminable, pero resumido.

En toda esta monografía, y contra lo que pudiera pensarse, el personaje más importante no termina de ser el malogrado Colosio Murrieta, sino su padre, que logró convertirse en autoridad moral, algo distinto de lo "sabio" que quiso atribuirle la lideresa del Partido Revolucionario Institucional, Beatriz Paredes Rangel. No haber hecho caso del reclamo de Luis Colosio Fernández no es nada más haberse negado a la verdad: significa que la sociedad mexicana es intolerante a la autoridad moral, con esa misma intolerancia que mostró a partir del 6 de marzo de 1994 y que quiso cubrir recurriendo al expediente de culpar a un solo hombre, el ahora ex mandatario Carlos Salinas de Gortari.

Gustavo Hirales llegó a considerar particularmente encomiable la actitud de Fernández de Cevallos, el candidato del Partido Acción Nacional, de derecha (en ese entonces en la oposición) en 1994, quien dijo que las investigaciones del caso Colosio debían mantenerse en el marco jurídico de las instituciones y no caer en especulaciones que podían confundir aún más las cosas.[213] Es el mismo Fernández de Cevallos que, arguyendo que la población estaba cansada de los fraudes del Partido Revolucionario Institucional, aseguró cuando estaba en campaña: "(…) nadie tiene seguro que el señor Colosio llegue a la presidencia".[214] Muchos años después, Fernández de Cevallos ratificó su modo de ver las cosas, su confianza en las investigaciones ministeriales y su negativa a hacer "imputaciones temerarias", aduciendo que difícilmente Salinas de Gortari podía permitirse un golpe como el del asesinato de Colosio, y que José Córdoba no tiene un "algún perfil de criminal", siendo amigo del mismo panista: "es un tipo (sic) –dijo el panista del ex "supersecretario"-al que no le conozco torceduras y, ciertamente, es hábil y tranquilo"(sic)[215]. A fin de cuentas, cuando le llegó el turno de condenar lo ocurrido en Lomas Taurinas, un consternado Fernández de Cevallos dijo: "soy un hombre que cuando tiene una alegría acude a Dios, y que cuando tiene una pena también acude a Dios, por lo que compañía de mi esposa e hijos asistí a un oficio religioso para dejar todo en las manos de Dios".[216]

Pocos días antes de morir, Colosio insistió en que quería para México un cambio con rumbo y responsabilidad. Y señaló sobre tantos habitantes de México: "(…) aún no tienen fincada en el futuro la derrota"[217]. Era el 6 de marzo de 1994.

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http://www.bibliotecas.tv/colosio/discursos/don_luis_23marzo2001.htm

 

 

Autor:

Dr. Marcos Cueva Perus

México, abril de 2010

Instituto de Investigaciones Sociales

Universidad Nacional Autónoma de México –UNAM

[1] Paz comparó también la ejecución de Colosio con los asesinatos de la familia Gandhi y de Luther King. Medina Martínez, Rafael (2001). El enigma de Colosio. México: Plaza & Janés.

[2] Sobre Colosio, “Fausto Alzati relata que cuando algo no le gustaba, no decía nada, pero a aquél que hacía algo mal simplemente le dejaba de hablar; la manera de demostrar su disgusto era de esa forma. Podía pasar en frente de la persona que actuó mal y no saludarla, como si no existiera. Y no le hablaba hasta que tenía que ir la persona a preguntarle qué es lo que pasaba”. Medina, Op.cit., p.76.

[3] “Es un hombre particularmente estoico, escribió Rafael Medina, muy duro consigo mismo; duro para juzgarse y también duro para juzgar a los demás”. Medina, Ibid., p. 76.

[4] Según la descripción de Samuel Palma. in Arriaga Tapia, Gisela. Colosio, la muerte del cordero, México: Fundación Cultural y Educativa José S. Healy, A.C., 1994, p. 196.

[5] Arriaga, Ibid., p.194.

[6] Tenga o no razón, Tomasini Bassols consideró que en las investigaciones oficiales sobre el asesinato se dejó extrañamente como cabo suelto la pista que conducía al agente secreto (del CISEN, Centro de Investigación y Seguridad Nacional) sinaloense Jorge Antonio Sánchez Ortega, quien habiendo estado en el mitin de Lomas Taurinas, drogado (lo negó pero las pruebas habrían sido positivas), habiendo salido positivo en la prueba de radizonato de sodio (prueba destinada a saber si alguien disparó o no un arma) y con sangre de Colosio en su ropa, fue dejado en libertad y nunca más realmente molestado, luego de haber declarado una auténtica sarta de mentiras (“sin acordarse” cuando fue la última vez que disparó un arma, siendo que se le habría visto una en Lomas Taurinas) o verdades a medias (llevaba sangre del candidato, pero no queda claro si ayudó a cargarlo). Además, cuando fue a ver a su hijo, la madre de Mario Aburto pensó que Sánchez Ortega era aquél, a tal punto llega el parecido físico. Las observaciones de Tomasini Bassols, filósofo de profesión, se encuentran en su página del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México: www.filosoficas.unam.mx/tomasini/Volumen-I.htm

[7] Del Río Ortegón habría oído, la mañana del 23 de marzo de 1994, a Colosio ser amenazado de muerte en caso de no renunciar. La amenaza habría venido “presumiblemente de Córdoba Montoya”. Medina, Op.cit., p. 103.

[8] Sefchovich, Sara (2008). País de mentiras. México: Océano

[9] Martin Luis Guzmán (1995). El águila y la serpiente, México: Porrúa, p.178.

[10] Guzmán, Ibid., p. 286.

[11] Villoro, Luis (1974). Signos políticos. México: Grijalbo, p.79.

[12] Medina, Op.cit., p. 101.

[13] Arriaga, Op.cit., p. 50.

[14] Beyer Esparza, Jorge E. (1999). Colosio. El ser para la acción. México: Noriega Eds., p. 241.

[15] Beyer Esparza, Op.cit., p. 224.

[16] Medina, Op.cit., p.29

[17] Romero, César, y Héctor Zamarrón de León (1994), El poder tras el crimen. El caso Colosio ¿carpetazo?. México: Planeta.

[18] Entre los méritos de Colosio está el de haber levantado a partir de 1988 al partido oficial, lidereándolo, luego del muy dudoso triunfo de Salinas de Gortari. Siendo líder del partido político, Colosio lo entregó revitalizado: se habían perdido gubernaturas, pero el PRI las mantenía casi todas, al igual que los escaños de diputados y senadores y las presidencias municipales, hasta 1992.

[19] “Discutir a Colosio”, es el curioso título del semanario. Etcétera, no. 44, México, 2 de diciembre de 1993, p. 2.

[20] Ramírez Garrido, Jaime. “El monstruo entre nosotros”, Etcétera, México, no. 45, 9 de diciembre de 1993, p. 10.

[21] Sánchez Gutiérrez, Arturo, “El destape de Luis Donaldo Colosio”, in Gonzalez Graf, Jaime (1994).Colosio: un candidato en la transición. México: Grijalbo-IMEP., p. 124.

[22] Ibid., p. 94.

[23] Ibidem., p. 95.

[24] Beyer Esparza, Jorge E, Op.cit., p. 128.

[25] Arvide, Isabel (1996). Asunto de familia, México: Grupo Editorial Siete.

[26] Arvide, Op.cit., p. 54.

[27] Por cierto, que Colosio haya tenido uno o dos compromisos con mujeres (en particular estando él en el extranjero, tanto en Estados Unidos como en Austria), antes de conocer a Diana Laura Riojas, no debiera ser otro motivo de “chisme” (rumor).

[28] Beyer Esparza, Op.cit., p. 148. Lo de “charro” es sorprendentemente atribuido a un mexicano norteño.

[29] Quintero, Laura y Rodríguez, Ignacio (1994). Colosio…Zedillo. ¿Por la “reforma del poder”?. México: Planeta p.81.

[30] Palma César, Samuel (2004). A diez años, Colosio habla. Recapitulación. Memorias de Luis Colosio Fernández, México: Fundación Académica Metropolitana p. 229.

[31] Palma, Op.cit., p. 223.

[32] Arvide, Op.cit., p. III.

[33] Alós, Gabriel (1994). Eclipse de sangre. México: Planeta, p.35.

[34] Romero y Zamarrón, Op.cit., p. 134.

[35] Originalmente, el lugar (misión) se llamó Santa María Magdalena de Buquivaba (“Casa del Agua”, en lenguaje de los indios pimas). En la actual Magdalena están los restos del padre Kino, quien fundó la misión en 1687.

[36] Arriaga,Op.cit.., p. 29.

[37] Arriaga,.Ibid.,p. 139

[38] Arvide, Op.cit., p. 40. Colosio jamás se refirió en ese discurso a “los mexicanos del sur”, o a “los demás”.

[39] Trejo Delarbre, Raúl, “La carrera de Colosio. Tres paradojas del abanderado priísta”, Etcétera, 2 de diciembre de 1993, no. 44, México, p 23. Durante el llamado “Maximato”, se le atribuye al sonorense Elías Calles una influencia decisiva sobre tres presidentes (otro sonorense, Obregón, había muerto, y la carrera del tercero, De la Huerta, estaba liquidada): ocurre sin embargo que durante el Maximato, salvo Abelardo L. Rodríguez que llegó a ponerle el alto a los aduladores de Calles, Ortiz Rubio era michoacano y Portes Gil, tamaulipeco (centro-occidente y noreste de México, respectivamente; Sonora está en el noroeste).

[40] Arriaga, Op.cit., p. 29.

[41] Palma, Op.cit., p.273.

[42] Aristegui, Carmen y Trabulsi, Ricardo (2009). Transición., México: Grijalbo, p.102.

[43] Citado por Krauze, Enrique (2001). Daniel Cosío Villegas. Una biografía intelectual México: Tusquets., p.63.

[44] Colosio, Luis Donaldo, s/f. Tolerancia política y paz social, México: PRI (Comité Ejecutivo Nacional, Secretaría de Información y Propaganda), Palabra de Campaña 1, p. 109. El texto recoge los distintos discursos de campaña del candidato priísta, hasta el 19 de enero de 1994. Nos hemos apoyado en dicho texto para reproducir algunos de los pronunciamientos de Colosio al comenzar su campaña.

[45] Arriaga, Op.cit.,p.229.

[46] Trueba Lara, José Luis (1994). Magnicidio. La muerte de un candidato. México: Editorial Posada, p. 86.

[47] Morales, Cesáreo y Palma, César (1995). Colosio: la construcción de un destino., México: Rayuela Eds. p.21.

[48] Morales y Palma, Op.cit., p.21.

[49] Beyer Esparza, Jorge E., Op.cit., pps 219-220.

[50] Arriaga, Op.cit., p.179.

[51] Colosio, Op.cit., p.30

[52] Colosio, Ibid., p.70

[53] Arriaga, Op.cit., p. 229.

[54] Colosio, Ibidem., p.166.

[55] Colosio,Ibidem., p.221.

[56] Arriaga, Op.cit., p.192.

[57] Colosio, Op.cit., p. 384.

[58] Colosio, Ibid., p. 373.

[59] Morales y Palma, Op.cit., p. 181.

[60] Colosio, Op.cit., p. 369.

[61] Morales y Palma, Op.cit., p. 101.

[62] Morales y Palma, Ibid., p. 23.

[63] Beyer Esparza, Op.cit. p. 105.

[64] Beyer Esparza, Ibid., p. 106. “Colosio, agrega, consideraba que la cultura y la información que ésta implica, eran instrumentos en la toma de decisiones y no luces para la feria de vanidades”. Ibidem., p. 106.

[65] Eguiá, Colilá. (1995). A quemarropa. El asesinato de Luis Donaldo Colosio: un enfoque bajacaliforniano. México: Grijalbo, p. 155.

[66] Arriaga, Op.cit., p.192.

[67] Eguiá, Op.cit., p. 153.

[68] Beyer Esparza, Op.cit., p. 50.

[69] Samperio, Guillermo. (1995) ¿Por qué Colosio? Una historia. Un relato. México: Océano, p. 65.

[70] PRI, Coordinación Nacional de Estudios Históricos, Políticos y Sociales (1994). El legado de Luis Donaldo. México: CEN-PRI, p. 21.

[71] Trueba Lara, Op.cit., p.145.

[72] Colosio, Op.cit., p.263.

[73] Colosio, Op.cit., p. 360.

[74] Romero y Zamarrón, Op.cit., p.152.

[75] Samperio, Op.cit., p.85.

[76] Quintero y Rodríguez, Op.cit., p. 88.

[77] Samperio, Op.cit., pps 95-96.

[78] Reyes Razo, Miguel. “Echeverría insta a volver a los principios de la Revolución”, in El Sol de México, México, lunes 8 de febrero de 2010, p. 7ª, y Reyes Razo, Miguel. “Don Luis fue un hombre sabio; dan último adiós”, El Sol de México, México, lunes 8 de febrero de 2010, p. 6ª.

[79] Arreola, Federico (2004). Así fue. La historia detrás de la bala que truncó el futuro de México. México: Nuevo Siglo/Aguilar, p. 24.

[80] Arriaga, Op.cit., p. 150

[81] Arriaga, Ibid., p.150.

[82] Arvide, Op.cit., p. 109.

[83] Arriaga, Op.cit., p. 143.

[84] Arriaga, Ibid.., p. 143.

[85] Arriaga, Ibidem., p. 144.

[86] Arriaga, Ibidem., p.150.

[87] Las familias Poniatowska y Aspe están emparentadas.

[88] Trueba Lara, Op.cit. p. 28.

[89] Arriaga, Ibidem., p. 54.

[90] Quintero y Rodríguez, Op.cit., p. 92.

[91] Morales y Palma, Op.cit., p. 132.

[92] Quintero y Rodríguez, Op.cit., p. 113.

[93] Muriel, Eduardo (1994). Crónica y análisis de un magnicidio. México: Diana.

[94] Quintero y Rodríguez Ibid., p. 136.

[95] Gutiérrez Díaz, Roger, “Elecciones verdaderas, una de sus exigencias. Ser pueblo y conocer la sierra son nuestras armas: Comandante Marcos”, in La Jornada, México: martes 4 de enero de 1994, p. 12.

[96] Medina, Op.cit., p. 112.

[97] Medina, Ibid., p. 113.

[98] Quintero y Rodríguez, Ibidem., p.84.

[99] Medina Martínez, Op.cit., p. 113.

[100] PRI, El legado de Luis Donaldo, p. 8.

[101] Colosio, Luis Donaldo (1994). Política democrática, compromiso con México. México: Partido Revolucionario Institucional- Comité Ejecutivo Nacional. Secretaría de Información y Propaganda, p. 158.

[102] Colosio, Op.cit., p. 159.

[103] Cortés, Dora Elena y Cordero, Manuel (1996). ¡Complot! México: El Universal, p. 10.

[104] Lo recoge palmariamente el criminalista Muriel, Op.cit., pps 126-140.

[105] Rodríguez García, Arturo. “De Lomas Taurinas a Saltillo”. In Proceso, no 1659, México, 17 de agosto de 2008, pps. 40-42. El reportero recuerda que en las declaraciones a la fiscalía especial del caso Colosio, en especial la de Raúl González Pérez, los responsables del Cisen, aún modificando las versiones, se encargaron de “tapar” las circunstancias de la detención de Sánchez Ortega.

[106] La carta (memorándum) está reproducida in Aguilar Camin, Héctor (2004). La tragedia de Colosio, México: Alfaguara, pps. 144-145.

[107] Ibid., p. 147.

[108] Arreola, Op.cit. p.99.

[109] Arreola, Ibid., p.129.

[110] Romero y Zamarrón, Op.cit., pps 126-127. Zedillo “coordinaba” la campaña de Colosio desde oficinas de lujo que el equipo de confianza de Colosio no quiso compartir.

[111] Benitez, Fernando, El rey viejo México: Fondo de Cultura Económica,p.84

[112] Benítez, Op.cit., p. 148

[113] Muriel, Op.cit., pps 59-88.

[114] Blancornelas, J. Jesús, Héctor Javier González Delgado, Adela Navarro Bello y Francisco Javier Ortiz Franco (1997). El tiempo pasa. De Lomas Taurinas a Los Pinos. México: Océano.

[115] Blancornelas, Gonzalez , Navarro y Ortiz, Op.cit., p. 57.

[116] Blancornelas, Gonzalez , Navarro y Ortiz, Ibid.,, p.61.

[117] Blancornelas, Gonzalez , Navarro y Ortiz, Ibidem., p.62.

[118] Blancornelas, Gonzalez , Navarro y Ortiz, Ibidem. p. 139.

[119] Blancornelas, Gonzalez , Navarro y Ortiz, Ibidem., p. 84.

[120] Blancornelas, Gonzalez , Navarro y Ortiz, Ibidem.p.49.

[121] Blancornelas, Gonzalez, Navarro y Ortiz, Ibidem., pps 229-231.

[122] Blancornelas, Gonzalez , Navarro y Ortiz, Ibidem., p. 221.

[123] Medina Martínez, Op.cit., p.96.

[124] Fernández Menéndez, Jorge y Joaquín López-Dóriga V. (1996). Domiro, México: Rayuela Eds., p. 39.

[125] Fernández y López-Dóriga, Op.cit, p. 40.

[126] Fernández y López-Dóriga, Ibid., p.62.

[127] Fernández y López-Dóriga, Ibidem., p.18.

[128] Ibidem., p. 22.

[129] Ibidem., p. 108.

[130] Ibidem., p. 22.

[131] Ibidem., p. 108.

[132] Ibidem., p. 22.

[133] Presa, Constantino (2009). El segundo tirador. ¿Estás preparado para la verdad?, México: Editorial Kino SA de CV

[134] Presa, Op.cit., p. 208.

[135] Presa, Ibid., p. 123.

[136] Presa, Ibidem.,, p. 55

[137] Presa, Ibidem., p. 165.

[138] Presa, Ibidem., p. 224.

[139] Presa, Ibidem., p. 101.

[140] Presa, Ibidem., p.147

[141] Blancornelas, Gonzalez , Navarro y Ortiz, Op.cit., p. 49.

[142] Blancornelas, Gonzalez, Navarro y Ortiz, Ibid., p. 49.

[143] Ola Islas dejó tres pistas abiertas: Jorge Antonio Sánchez Ortega, Fernando de la Sota y Raúl Loza Parra (quien mandó filmar el luego famoso vídeo del asesinato de Colosio).

[144] Blancornelas, Gonzalez , Navarro y Ortiz, Ibidem., p.160.

[145] Hirales, Gustavo (1995). El complot de Aburto. La verdad sobre la muerte de Colosio. México: Diana. p.151.

[146] Hirales, Op.cit., pps. 48 y 81. Ruben Aburto actúa –pareciera sugerir Hirales- como si estuviera “conspirando”.

[147] Cortés y Cordero, Op.cit.,p.144.

[148] Hirales, Ibid., p.86.

[149] Medina, Op.cit., p.12. En su relato novelado, Ramón Durón pone en boca de Luis Colosio Fernández las siguientes palabras, refiriéndose a su hijo pocos días antes del asesinato: “(…) y le escuché su voz como si no fuese la de él, como si yo ni lo conociera, y lo que más me espantó fue esa profundidad en su mirada, donde le ví algo así como temor, como si estuviese distante”. Durón Ruiz, Ramón (1995). Colosio. Sus últimos días. México: Triana.

[150] Hirales, Ibidem., p.85.

[151] Hirales, Ibidem., p.151.

[152] Hirales, Ibidem., p.157.

[153] Hirales, Ibidem., p.115.

[154] Blancornelas, González, Navarro y Ortiz, Op.cit., p. 160.

[155] Blancornelas, González, Navarro y Ortiz, Ibid., p. 106.

[156] Mang Palacios, José Luis. El poder y la muerte. Magnicidios mexicanos del siglo XX. ¿Quién mató a Colosio? México: Diana, p.167. Igual versión aparece en La tragedia de Colosio.

[157] Aguilar Camín, Héctor (2004). La tragedia de Colosio. México: Alfaguara. p. 318.

[158] Samperio, Op.cit., p. 115.

[159] Hirales, Op.cit., pps 18-19.

[160] Hirales, Ibid., p.12.

[161] En la obra de teatro El atentado, el escritor humorístico mexicano Jorge Ibarguengoitia, al retratar a “Suárez”, jefe de la policía al momento de investigar la muerte de “Borges” (no es otro que el general Obregón, asesinado en 1928), le hace decir sobre un atentado en la Cámara: “ Para la policía todos son sospechosos. Primer sospechoso: el señor Presidente de la República (…) Segundo: el Presidente Electo (…) Tercer sospechoso: el ministro de Gobernación. Cuarto: el Presidente de la Cámara. Quinto: los católicos. Sexto: el ministro de Guerra. Tampoco hay que descartar que se trate de una simple rivalidad entre dos partidos que luchan por conseguir el dominio de la Cámara, o bien, de dos individuos que luchan por conseguir el de una mujer. Podría ser también cuestión de celos: profesionales, políticos, afectivos (…) Quizá, inclusive, no hubo ni siquiera una razón, bien puede tratarse de una mera equivocación, o de un capricho, o bien de un ensayo (…)”. Ibarguengoitia, Jorge (1978). El atentado. México: Joaquín Mortiz., pps 15-16.

[162] Alvaro Obregón (sonorense) fue asesinado cuando acababa de reelegirse en 1928.

[163] Benítez, Fernando (1984). Lázaro Cárdenas y la Revolución Mexicana. II. El caudillismo. México: CREA-FCE., p. 186.

[164] Arreola, Op.cit., p. 57.

[165] Partido Revolucionario Institucional. El legado…, Op.cit., p.7.

[166] Beyer Esparza, Op.cit., p. 220.

[167] Beyer Esparza, Ibid., p. 31.

[168] Beyer Esparza, Ibidem., p. 220.

[169] Palma César, Samuel (2004). A diez años, Colosio habla. Recapitulación. Memorias de Luis Colosio Fernández. México: Fundación Academia Metropolitana. p.143.

[170] Palma, Op.cit., p.146.

[171] Palma, Ibid., pps 145-146.

[172] Márquez C., Ramón (1995). ¿Te acuerdas, Donaldo?. México: Notimex, pps 52-53.

[173] Márquez, Op.cit., pps. 60-61.

[174] Márquez, Ibid., p. 87.

[175] Palma, Op.cit., p. 46.

[176] Palma, Ibid., p. 48.

[177] Palma, Ibidem., p. 53. -

[178] Palma, Ibidem., p.53.

[179] www.biblioteca.tv/.../Palabras_de_Luis_Colosio_Fern_ndez_Aniversario_Luc_7.shtml-

[180] Op.cit.

[181] Palma, Ibidem., p. 50.

[182] Palma, Ibidem., p.53.

[183] Palma, Ibidem., pps 52-53.

[184] Arriaga, Op.cit., p. 217.

[185] Beyer Esparza, Jorge E., Op.cit., p. 96.

[186] Palma, Op.cit., p.48.

[187] Véase http://www.bibliotecas.tv/colosio/discursos/don_luis_23marzo2001.htm

[188] Op.cit.

[189] Ibid.

[190] Ibidem.

[191] Benitez, Fernando (1961). El agua envenenada, México: FCE. p. 74.

[192] ¿O Colosio tenía que aguantar humillación tras humillación? Así como se le nublaban los ojos, se le “subían los colores” por timidez o por vergüenza, algo ya poco común.

[193] Hay algo en esa tragedia, mucho más local y menos “shakespeariano”, que recuerda a la canción preferida del sonorense Arnulfo R. Gómez, “Cuatro milpas”, con la cual se hizo acompañar y fue a parar al paredón en 1927.

[194] Aristegui y Trabulsi, Op.cit., pps 192-193.

[195] Aristegui y Trabulsi, Ibid., p. 193.

[196] Aristegui y Trabulsi, Ibidem., p.193.

[197] Aristegui y Trabulsi, Ibidem., p.192.

[198] Medina, Op.cit., p. 109.

[199] Arriaga, Op.cit. p. 238.

[200] Arriaga, Ibid., p. 226.

[201] Medina, Op.cit., p.41.

[202] Medina, Ibid., p.35.

[203] Castañeda, Jorge G (1999). La herencia. Arqueología de la sucesión presidencial en México.México: Alfaguara.

[204] Castañeda, Op.cit., p. 470.

[205] Castañeda, Ibid., p. 470.

[206] Castañeda, Ibidem., p. 465.

[207] Castañeda, Ibidem., p. 497.

[208] Documento de Santa Fe II (1988), in Selser, Gregorio (1990) Los documentos de Santa Fe I y II, México: Universidad Obrera de México, p. 161.

[209] Castañeda, Ibidem, p.500.

[210] Castañeda, Op.cit., p.486.

[211] Aguilar Camin, Op.cit., p. XIII.

[212] Aguilar Camin, Ibid., p XXI.

[213] Hirales, Op.cit., p.221.

[214] Trueba Lara, Op.cit., p. 37.

[215] Aristegui y Trabulsi, Op.cit., p.136.

[216] Quintero y Rodríguez, Op.cit., pps. 197-198.

[217] Morales y Palma, Op.cit., p. 176.

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