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La cuestión del bien en San Agustín de Hipona (página 2)

Enviado por Herwin Almeida



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Logrando así alcanzar una idea clara acerca del concepto de bien, su naturaleza y su manera de influir en la obra creadora, reconocer la existencia de un Sumo Bien que participa su bondad a los entes creados por él mismo; pero también conocer la manera en que Dios; Sumo Bien actúa en el hombre y en toda su creación.

A lo largo de la historia diversidad de autores han asumido en gran medida la reflexión filosófica sobre este tema del bien.

Sócrates (470- 399 a.C.) en su planteamiento propone el estudio de dos problemas: uno el problema del saber y el otro el problema del valor.

Para el caso de nuestra investigación, es preciso detenernos a analizar un poco más el problema del valor en el cual el lado material ocupa el primer puesto. Sócrates trata de conocer qué es el bien en cuanto su contenido y más concretamente el bien moral.

En su época el tema de lo moral fue muy estudiado basándose en los conceptos de bueno?? de honradez y virtud??? de felicidad??

El bien podía ser entendido en 3 direcciones: "1. En el sentido de utilitarismo, como lo útil, lo conducente o un fin, 2. En el sentido de hedonismo, como lo agradable lo correspondiente a la inclinación o al placer, 3. En el sentido de naturalismo, como la superioridad y dominio del Señor"[1].

Continuando con nuestro recorrido por la historia Platón (427- 348 a.C.) Comienza su filosofía allí donde Sócrates termina; en el problema de la esencia del bien. Retoma el problema del bien moral resaltando algunos elementos de este como son: el saber, poder, verdad, intensión.

Para determinar la naturaleza de este bien Platón en su dialogo "Lisis", citado por Hirschberger, dice lo siguiente:

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Aristóteles (348- 322 a. C.) por su parte tomando la problemática del bien moral y su naturaleza indica claramente que el placer no constituye un principio.

En contra del placer advierte que: "el que obra rectamente conforme a la ley no hace el bien por amor al placer o satisfacción que el buen obrar le proporciona, sino por amor del mismo bien. La felicidad le viene al hombre por lo demás, no precisamente cuando va interesadamente a caza de ella sólo por amor de ella, sino cuando hace lo que es justo"[2].

Para dar una definición más exacta de lo bueno Aristóteles recurre a lo bello y más precisamente tratando de aclarar desde ella el valor moral. Aristóteles designa frecuentemente a lo bueno como lo bello.

En este punto de nuestra visión del bien a través de la historia, llegamos a San Agustín (354- 430.); centro de esta investigación. San Agustín en su juventud fue seguidor del maniqueísmo, en el que inicialmente le pareció hallar respuestas a sus dudas sobre el mal (contrario al bien; ausencia de este) en el mundo. Su pensamiento está marcado por dos grandes focos: el neoplatonismo y el cristianismo.

En la teoría del conocimiento expuesta en contra de los académicos o escépticos "sigue la metáfora platónica del Bien y la luz, sostiene que lo inteligible lo es porque está iluminado por una cierta luz incorpórea, que identifica con Dios, ser inteligible por excelencia que hace inteligibles todas las cosas. Dando un sentido ontológico a la verdad la identifica con Dios" [3]

Pero el desarrollo de su reflexión en torno a la idea del bien la expresa en el corto Tratado sobre la naturaleza del bien; el cual esta dirigido en contra de los maniqueos y en el que expone toda su doctrina sobre el bien, su naturaleza y la influencia de este en el hombre y en el mundo.

Para Santo Tomás de Aquino (1225- 1274), "el bien es lo que todas las cosas apetecen"[4]. Pues todo ente obra por un bien.

Todo aquello a lo que tiende una cosa está fuera de sí, pero cuando la encuentra y la posee siente gran satisfacción y descanso ya que es su propio fin; en otras palabras, cuando una cosa carece de cierta perfección que le es propia y que por su misma naturaleza tiende hacia ella al hallarla descansa en sí mismo. Por lo que podemos expresar junto con Santo Tomás, en su obra Suma contra gentiles: "el fin de cada cosa es su propia perfección"[5]. Aunque la perfección de todo ser no es otra cosa que su propio bien.

En conclusión, Santo Tomás dice que tanto las cosas que conocen el fin como las que no lo conocen, se ordenan al bien como su propio fin: "el fin de todas las cosas es el bien"[6].

Para David Hume (1711- 1776): "La medida de todas las cosas es el hombre, él decide lo bueno, lo bello y lo verdadero; al menos, nada más allá de él mismo se puede asegurar"[7]. Hume se propone describirlo.

El conocimiento, es conocimiento humano, de un ser más sensible que racional; sus decisiones morales se hacen desde los sentimientos y se miden por la felicidad que pueden promover. No sabemos cómo llegar a lo trascendente, a lo metafísico (Dios, el alma, la Realidad); vivimos encapsulados en nuestra subjetividad finita y sensorial[8]

En este mundo la vida buena no coincide necesariamente con la vida feliz. Kant (1724 -1804) no olvida la importancia de la felicidad en la vida humana por lo que la introduce en el Sumo Bien. "En el Sumo Bien se reúnen las dos aspiraciones humanas fundamentales, la de la virtud y la de la felicidad"[9]. Y Kant creerá que ésta síntesis tiene que realizarse de alguna manera para que tenga sentido la propia experiencia moral.

Como se ha visto en los párrafos anteriores, la cuestión del bien en el pensamiento del hombre ha sido un tema de gran interés a través de la historia, ha sido tomada y reflexionada por diversidad de autores en diversidad de épocas con contextos diferentes pero siempre con un objetivo común conocer que es el bien, su naturaleza y la manera como esta manifiesta en el hombre y toda la creación. Cabe recalcar que aún queda mucho por explorar, pero a lo largo de este trabajo investigativo se profundizará el aporte que San Agustín hace en torno a este problema.

En el capitulo primero de este trabajo monográfico se hace un recorrido por la historia de la humanidad, mostrando el problema desde un punto de vista religioso, es decir; la manera en que el hombre a través de la religión ha tratado de dar respuestas al problema del bien y del mal; posteriormente se continua dicho recorrido en el pensamiento de los grandes filósofos que anteceden y enriquecen la reflexión agustiniana, reflejando este problema no algo que solo interesa al hombre moderno, sino como un problema que ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad.

El capítulo segundo pretende dar a conocer, desde la filosofía de San Agustín, la naturaleza del bien, los modos como se ha entendido este problema; brindar un concepto elaborado acerca de su significado, su procedencia y clasificación; la jerarquización de los bienes en el orden natural; el modo como estos bienes pueden corrompersen y la consecuencia de dicha corrupción.

Y finalmente, en el capitulo tercero se enfatiza la manera en que el bien actúa en el hombre y en el mundo; haciendo un breve parangón entre el bien y el mal, recalcando la procedencia y dependencia que tienen todos los bienes de Dios. Concluye este capítulo desarrollando la idea del pecado como alejamiento de Dios, y el demonio como causa de dicho alejamiento; haciendo énfasis en lo que mueve al hombre a obrar el bien o el mal, finalizando con la oración que San Agustín eleva a Dios pidiendo la conversión de los maniqueos y la de todos aquellos que no ven en Dios la figura del padre misericordioso y la Bondad Absoluta.

Que al leer y analizar, por medio de este investigación bibliográfica, el desarrollo de la concepción que el hombre ha tenido acerca de la naturaleza del bien, logremos – al igual que San Agustín- reconocer a Dios como el Bien Absoluto, del cual todas sus criaturas dependemos y sin el cual somos sumisos al pecado; llegando así a examinar nuestra vida, para determinar la manera en que nos acercamos o alejamos de la Bondad que Dios nos brinda y tomemos conciencia de la libertad que poseemos para elegir entre el camino del bien o el camino del mal para nuestra vida.

Antecedentes

Desde los inicios de la humanidad en el hombre se ha hecho presente la cuestión del bien, que en ocasiones ha sido punto de grandes discusiones, pues para muchos es un tema que no se puede cerrar, debido a que sus concepciones son cada vez más diversas. Además de esto, cabe resaltar que este problema conlleva necesariamente a otros temas que se han tratado a lo largo del desarrollo del pensamiento humano.

Es así como nos adentramos en el problema del bien a través de la historia, resaltando algunos elementos que llevarán a reconocer en esta realidad una cuestión a la cual el hombre esta sujeto en toda su esencia.

En el libro del Génesis se refleja en gran medida la concepción que el pueblo judío tenía acerca de la bondad de Dios. En el capítulo primero de este libro se describe toda la obra creadora de Dios, resaltando como elemento esencial la presencia de Dios sobre las aguas y el caos que conformaban la tierra. En este relato el libro muestra la majestuosidad de Dios que crea las cosas de la nada pero con un elemento esencia: La bondad, que por consiguiente es transmitida por Dios único creador de ellas. "Dijo Dios: -Que exista la luz. Y la luz existió. Vio Dios que la luz era buena; y Dios separo la luz de las tinieblas…"[10]. Esta bondad que se refleja en el primer elemento creado por Dios –la luz- se ve inmerso en toda su obra creada. Finalmente el libro nos revela la creación del hombre hecho a imagen y semejanza de Dios. "Y dijo Dios: -Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que ellos dominen los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos y todos los reptiles. Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios los creó, varón y mujer los creó."[11]. De aquí que se concluya que Dios crea al hombre y le da el carácter de bueno pues ha sido creado por Él al igual que todas las demás cosas existentes, que como se dijo anteriormente llevan en su esencia esa bondad otorgada por su Creador. El libro narra el final de toda la obra creada "Y vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno."[12]. Esa bondad que Dios ve en su creación puede asociarse con la perfección otorgada por el creador a su creación o con el deseo del creador que toda su obra creada sea buena y no reciba ninguna clase de corrupción.

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En este fragmento bíblico se reconoce varios elementos que pueden ayudar en la reflexión del bien en el hombre. En primer lugar el relato deja ver claramente el bien persistente en la creación de Dios (hombre y mujer) que saben y cumplen los designios de Dios.

La serpiente era el animal más astuto de cuantos el Señor Dios había creado; y entabló conversación con la mujer: -¿Con que Dios les ha dicho que no coman de ningún árbol del jardín? La mujer contestó a la serpiente: -¡No! Podemos comer de todos los árboles del jardín; solamente del árbol que está en medio del jardín nos ha prohibido Dios comer o tocarlo, bajo pena de muerte[13]

Y en segundo lugar la astucia o el mal que se hace presente en la obra creadora, poniendo a prueba esa bondad otorgada por el creador. De esto se logra deducir la debilidad humana por el mal y el querer del hombre por ser como Dios; único conocedor de lo bueno y de lo malo. "¡No, nada de pena de muerte! Lo que pasa es que Dios sabe que cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como Dios, conocedores del bien y del mal"[14].

Ahora, en este recorrido por el pensamiento humano, acerca de la cuestión del bien, demos un salto y pasemos a la antigua Grecia, más concretamente a Éfeso, en donde hallamos a Heráclito (544- 484 a. C.); él en sus planteamientos acerca del devenir de las cosas deja ver un pequeño hilo conductor que muestra como fue su concepción acera de la idea de bien, dice: "El devenir es justamente una cierta tensión entre contrarios, y esa tensión es la que pone en curso al movimiento. Es siempre uno y lo mismo, lo vivo y lo muerto, despierto y dormido, joven y viejo. Al cambiarse es aquello, y luego lo otro; y al cambiar de nuevo, otra vez es esto"[15]. De aquí se logra distinguir una realidad que afloran en el pensamiento y en el actuar humano, el bien que se hace presente en el devenir, el cual es progresivo y beneficioso; el devenir es necesario para la transformación a través del movimiento.

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"Dios es el día y la noche, invierno y verano, guerra y paz, sociedad y hambre; su ser cambia; como el fuego que, a tenor de la especia que se mezcla con él, se le denomina según este o aquel perfume"[16].

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En contraposición al pensamiento de Heráclito aparece Parménides con su pensamientos acerca del Ser y el No- Ser; estos se podrían comparar con el bien (ser) y el mal (no- ser). Al respecto Parménides dice: "Se ha de pensar y decir siempre que sólo el ser es, porque es ser; en cambio la nada no es"[17]. De lo anterior se concluye que el ser propuesto por Parménides es bueno.

Continuando con este recorrido por el pensamiento humano para conocer un poco más a fondo el marco histórico, conceptual y cognoscitivo de la idea del bien que se hace presente en el pensar humano, es momento de adentrarse a la filosofía propuesta por Sócrates (479- 399 a.C.). Es bueno recalcar que Sócrates era un hombre impulsado por su interior a buscar la verdad, y dedicó toda su actividad a examinarse a sí mismo y a los demás respecto al bien del alma, la justicia y la virtud en general. Pensaba que la vida sin este tipo de reflexiones no merecía ser vivida. "En el ambiente en que se mueve Sócrates tiene que luchar entre dos concepciones igualmente erróneas del bien moral: la utilidad y el placer"[18]. En su planteamiento propone el estudio de dos problemas: uno el problema del saber y el otro el problema del valor.

En esta investigación es preciso detenerse a analizar un poco más el problema del valor en el cual el lado material ocupa el primer puesto. Sócrates trata de conocer qué es el bien en cuanto su contenido y más concretamente el bien moral. "Lo bueno es lo moralmente útil, y todo el mundo busca la felicidad y la utilidad"[19].

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El bien podía ser entendido en 3 direcciones[20]1. En el sentido de utilitarismo, como lo útil, lo conducente o un fin, 2. En el sentido de hedonismo, como lo agradable lo correspondiente a la inclinación o al placer, 3. En el sentido de naturalismo, como la superioridad y dominio del Señor. Sócrates tiene que habérselas con el hedonismo. Hablando de lo bueno como saber, podemos concluir de los diálogos platónicos que el hombre debe ser sabio y prudente. "el inteligente es sabio, el sabio es bueno".

Continuando con los planteamientos de su maestro Sócrates la escuela megárica "intenta una síntesis de eleatismo y socratismo. El ser inmóvil e invariable de los eleáticos es para Euclides de Megara (fundador de esta escuela 450- 380 a. C.) el bien, del que continuamente ha estado hablando Sócrates"[21]. De lo anterior se aprecia en forma clara cómo el socratismo adquiere un giro marcadísimo hacia la parte metafísica, dando de tal forma los primeros pasos a esta investigación para adentrarnos a conocer en Dios (según San Agustín) el bien supremo o bondad absoluta.

Por su parte en dirección opuesta a esta escuela gira la escuela cirenaica, cuyo punto de arranque está dado por Aristipo de Cirene (435-355 a. C.). Tal escuela es regida por el hedonismo. Mediante está posición los cirenaicos proponían la búsqueda del valor en el placer: "El valor hay que buscarlo exclusivamente en el placer, concretamente en el placer que se percibe en la impresión sensible"[22]. Esta posición propuesta en la escuela cirenaica por Aristipo busca llegar a una solución evidente del problema de la fundamentación del valor. Y es aquí donde aparece su visión acerca de lo bueno; "todo valor fundado especulativamente en ideas y conceptos lo tiene él por dudoso e inseguro. Sólo ofrece para él plena garantía el bien que esté fundado y se perciba inmediatamente en una experiencia inmediata. «Sólo lo experimentado por nosotros como afección o pasión es evidente o manifiesto»"[23]. Lo anterior deja de manifiesto en Aristipo el bien como aquello que evidentemente revele placer mediante experiencias inmediatas que sean cercanas y más concretamente próximas al hombre proporcionando bienestar, lo cual debe buscarse para el fortalecimiento de la conducta y para aumentar de esta manera el valor hacia las experiencias y las cosas, es decir, las cosas tiene su valor (y este puede ser comparado con la bondad de las cosas) en la medida en que proporcionan placer al hombre a través de experiencias próximas y concretas.

La filosofía de Sócrates tendrá punto final en el problema de la esencia del bien. Y es aquí donde Platón (427- 347 a.C.) comienza su filosofía. Vale la pena recordar que el concepto de valor era tan multiforme en aquel tiempo como lo es hoy en día. Dicho término podía implicar múltiples aspectos, un aspecto económico, técnico, vital, estético, religioso y ético. En Platón representaba un problema ético. Esta concepción es vista por Platón gracias a los planteamientos de Sócrates, puesto que en él había visto el valor ético hecho vida y realidad práctica. Se puede resumir, en pocas palabras, toda la base que Sócrates había legado para lograr formular teóricamente este problema ético en su consigna vital: «Sé sabio y serás bueno.»

Pero ahora debemos preguntarnos ¿en qué consistía aquella sabiduría? ¿Simplemente en el saber? Porque también los sofistas habían puesto en sus planteamientos la esencia del valor humano en el saber y el poder. Pero a diferencia de estos y como lo aclaran cada vez más los exégetas históricos Sócrates trata puramente del "Saber del bien"[24]. Pero ahora aparece otro gran interrogante precisamente acerca de qué cosa sea ese bien. Platón ve esta insuficiencia de la respuesta socrática al problema de la esencia del bien moral desde el comienzo. Esto se refleja en algunas de las obras platónicas, en ellas rechaza positivamente la tesis de que el solo saber y poder constituyan por sí mismo el bien. "Más aún habría que decir, según aquella tesis, que quien hace el mal a sabiendas es mejor que quien hace involuntariamente, pues el primero demuestra más saber que el último"[25]. Frente a esta posición en "Hipias I 296d, se establece con toda claridad esta afirmación: queda, por tanto, excluido que saber y poder hayan de ser sin más buenos siempre"[26]. De esta manera se logra apreciar a grandes rasgos la manera en que Platón enfrente la problemática moral a cerca del valor y por consiguiente de aquello que es bueno.

Platón en el diálogo Lisis proporciona un considerable avance en el problema de determinar la naturaleza de ese bien y agrega un nuevo elemento que va a estar constituido por la finalidad (a manera de intensión) de dicho bien.

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De él dependen todos los demás valores que puedan darse[27]

En lo anterior ha de apreciarse lo que Platón ha querido poner de relieve con estas reflexiones de enorme profundidad, es decir, el carácter de aprioridad del valor. "Algo tiene valor, es bueno, si se nos presenta ya de antemano con una nota interna y objetiva de valor, con poder para solicitar y exigir nuestra estimación y nuestro amor"[28].

Continuando con el pensamiento platónico acerca del bien, en el diálogo El Convivio se muestra que el bien posee también una relación con el sujeto y sus inclinaciones.

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Haciendo énfasis en el amor del hombre por lo bueno aparece esa relación en la cual el hombre es pertenencia y brinda su amor como propio puesto que de cierta forma este está en su naturaleza. Y es así como aparece evidente en el hombre la noción de considerar como bueno lo que nos hace felices. Es necesario clarificar que si se hace aquí alusión a las necesidades y al sentimiento de felicidad del sujeto, no significa por ello ningún eudemonismo o hedonismo.

En este punto de la investigación aparece en el convivio un elemento fundamental que ayudará posteriormente a adentrarnos a la filosofía agustiniana; y es que Platón en el convivio "no canoniza todo eros sino sólo aquel eros que se prenda de aquello que participa en algún modo de la belleza y bondad originarias ?? Monografias.comy que, merced a esa participación, es también valioso y bueno"[30]. Es tal vez este uno de los planteamientos platónicos que más concuerda con la filosofía agustiniana, puesto que San Agustín adopta parte de este pensamiento cuando habla de la iluminación en términos cristianos. Pero hay que aclarar entonces que la belleza o bondad primera y originaria no es valiosa porque nosotros la amemos, sino al revés, nosotros la amamos y buscamos porque es valiosa.

Esta bondad o belleza primera es a priori respecto de nosotros, siempre es, sin aumento y disminución, sin límites y sin tener que fundarse en otro ser; como bien de forma única, descansa en sí mismo y se basta. El bien moral es absoluto.

Platón ya ha tratado el tema del bien, pero es en la República donde se cuestiona en definitiva cuál es el contenido del bien, llegando a la conclusión que no puede decirse directamente en el contenido de la idea de bien.

Solo recalcando la eficacia que el bien despliega se puede entender su significado pero indirectamente. Para explicar esto Platón se basa en la célebre comparación de la idea del bien con el sol.

Como el sol en el reino del mundo visible da visibilidad, vida y crecimiento a todas las cosas, así en el reino de lo invisible la idea del bien es la causa de que todo ser sea conocido y de que posea existencia y esencia. Todo lo que es, lo es sólo en virtud de la idea del bien. Y la idea misma del bien no sería ya ser, sino que estaría más allá del ser, aventajando a todo en poder y en dignidad. Esto nos lleva a pasar de un plano ético a un plano metafísico.

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va a imprimir un sello propio a la metafísica platónica, de forma que desde ahora el supremo principio de ser, y derivadamente todo ser en general, ha de aparecer y de considerarse como bueno[31]

Al respecto se dice: "desde que Platón creó este mundo de las ideas, toda la «philosophia perennis» ha admitido que Dios, creador del mundo, es bueno, como también se admite juntamente que el ser como tal es bueno"[32]. Aparece aquí alusión a la iluminación al afirmar en Dios la suma bondad pero hay que recordar que la filosofía griega no tuvo una visión como la que posee el cristianismo de la creación, por tanto Dios creador no hace referencia al mismo Dios creador del Génesis; sino que este Dios se manifiesta como el bien absoluto y que por tanto logra y comparte por su misma bondad, el bien a los seres y por tanto, como se dijo anteriormente el ser como tal es bueno.

A manera de conclusión se dice que será bueno, "lo que cada cual apetece, y precisamente porque lo apetece y porque aquieta su apetito es bueno"[33]; dejando a un lado el placer como posición central frente a lo bueno. Y esta controversia en torno al placer y lo bueno se aclara en el Filebo donde Platón se declara a favor de una vida entreverada de placer y virtud, inteligencia y pasión. "Pero el placer jamás será convertido por Platón en principio de la moralidad"[34]. Además se hace aclaración al placer como forma de acompañamiento al bien, no como principio de este.

Platón plantea tres razones por las cuales el placer no se constituye en principio del bien: En primer lugar, dice que "no es adecuado hacer de un sentimiento subjetivo, momentáneo y sensible, el último criterio del valor"[35].

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Esto lleva a pensar que también aquello que se nos presenta como placer puede ser desagradable, ya que también el dolor recorre una escala indefinida de altibajos. Finalmente, "el placer pertenece al mundo del devenir, pues consiste en una experimentar y sufrir vivencial"[36]. Estas tres razones llevan a concluir que "no todo lo que trae consigo placer es bueno, sino que lo que es bueno trae también placer"[37].

Aristóteles (383/384- 322 a. C.) cree que el bien supremo del hombre es la felicidad. Ésta es la máxima virtud. Pero a diferencia de su maestro Platón, para quien el Bien es único, la felicidad (o el bien en Platón) consiste en el ejercicio perfecto de cada actividad propia del hombre. En este sentido, hay muchos tipos de bien, unidos cada uno de ellos a una virtud distinta. Es necesario partir de la experiencia propia y de los hechos para alcanzar el máximo grado de perfección y virtud en cualquier actividad. De este modo, se alcanza la felicidad o la bondad, a la que se llega por muchos caminos.

Aristóteles será el primero en identificar el bien con la felicidad. Puesto que el fin supremo de todos los seres humanos es alcanzar la felicidad, será bueno todo aquello que contribuya a dicho fin. Ahora bien, ¿qué se entiende por felicidad? ¿Cómo conseguirla? Para Aristóteles, lo que caracteriza al hombre es la razón, la cual le ha llevado al estudio a la vida intelectual. Una vida buena para Aristóteles será una vida dedicada al estudio. Ser feliz consiste en autorrealizarse de esta manera, porque para él era lo más propio del hombre, lo que le distinguía de todas las demás criaturas. De este modo se logra una vida buena o eudemonía. Una vida buena es una vida equilibrada que no comete excesos de ningún tipo: "la virtud está en el término medio".

Según el filósofo, toda actividad humana tiende hacia algún fin (telos). El fin de la actividad de un zapatero es hacer, producir un zapato bien hecho; El fin de la medicina es procurar o restablecer la salud del enfermo, etc. Se ve que los fines no son idénticos ya que dependen de la actividad que se lleve a cabo para obtenerlos. Las actividades tampoco son iguales. Aristóteles distingue entre la praxis, que es una acción inmanente que lleva en sí misma su propio fin, y la poiésis, que es la producción de una obra exterior al sujeto (agente) que la realiza.

Por ejemplo, el fin de la acción de construir una estatua no es la propia producción de la estatua, sino la estatua misma. Pero ésta, además, tiene un fin para lo cual la estatua misma es un medio: conmemorar un hecho, venerar a un dios, etc.

Así, se ve que unos fines se subordinan a otros, existiendo una jerarquía entre ellos y en las actividades que los producen. Por lo tanto, habrá que determinar cual es el fin último del hombre al que estarán subordinados los otros fines. Habrá que buscar un fin que ya no sea medio para ningún otro fin.

En la publicación del portal web e-torredebabel acerca de la concepción aristotélica de felicidad se refleja claramente como el bien supremo del hombre o como se va a llamar más adelante la eudemonía:

Puesto que la felicidad (o placer) es aquello que acompaña a la realización del fin propio de cada ser vivo, la felicidad que le corresponde al hombre es la que le sobreviene cuando realiza la actividad que le es más propia y cuando la realiza de un modo perfecto; es más propio del hombre el alma que el cuerpo por lo que la felicidad humana tendrá que ver más con la actividad del alma que con la del cuerpo; y de las actividades del alma con aquella que corresponde a la parte más típicamente humana, el alma intelectiva o racional. Como en el alma intelectiva encontramos el entendimiento o intelecto y la voluntad, y llamamos virtud a la perfección de una disposición natural, la felicidad más humana es la que corresponde a la vida teorética o de conocimiento (por ello el hombre más feliz es el filósofo, y lo es cuando su razón se dirige al conocimiento de la realidad más perfecta, Dios), y a la vida virtuosa. Finalmente, y desde un punto de vista más realista, Aristóteles también acepta que para ser feliz es necesaria una cantidad moderada de bienes exteriores y afectos humanos[38]

En resumen, Aristóteles hace consistir la felicidad en la adquisición de la excelencia (virtud) del carácter y de las facultades intelectivas[39]

Y así lo indica el portal web e-torredebabel haciendo referencia a la ética Nicómaco de Aristóteles[40]Como, a lo que parece, hay muchos fines, y podemos buscar algunos en vista de otros: por ejemplo, la riqueza, la música, el arte de la flauta y, en general, todos estos fines que pueden llamarse instrumentos, es evidente que todos estos fines indistintamente no son perfectos y definitivos por sí mismos. Pero el bien supremo debe ser una cosa perfecta y definitiva. Por consiguiente, si existe una sola y única cosa que sea definitiva y perfecta, precisamente es el bien que buscamos; y si hay muchas cosas de este género, la más definitiva entre ellas será el bien. Mas en nuestro concepto, el bien, que debe buscarse sólo por sí mismo, es más definitivo que el que se busca en vista de otro bien; y el bien que no debe buscarse nunca en vista de otro bien, es más definitivo que estos bienes que se buscan a la vez por sí mismos y a causa de este bien superior; en una palabra, lo perfecto, lo definitivo, lo completo, es lo que es eternamente apetecible en sí, y que no lo es jamás en vista de un objeto distinto que él. He aquí precisamente el carácter que parece tener la felicidad; la buscamos siempre por ella y sólo por ella, y nunca con la mira de otra cosa. Por el contrario, cuando buscamos los honores, el placer, la ciencia, la virtud, bajo cualquier forma que sea, deseamos sin duda todas estas ventajas por sí mismas; puesto que, independientemente de toda otra consecuencia, desearíamos realmente cada una de ellas; sin embargo, nosotros las deseamos también con la mira de la felicidad, porque creemos que todas estas diversas ventajas nos la pueden asegurar; mientras que nadie puede desear la felicidad, ni con la mira de estas ventajas, ni de una manera general en vista de algo, sea lo que sea, distinto de la felicidad misma.

"Aristóteles presupone la unidad del fin y del bien, no llegando a considerar en ningún momento la posibilidad de un conflicto entre fines morales. Además, su teleologismo identifica el fin al que algo tiende con el bien, ya que el bien de algo es llevar a buen término el fin que tiene que cumplir, la realización de su esencia y de sus potencialidades"[41].

Tiene que haber un fin último, querido por sí mismo y que sea el fundamento de todos los demás. Si esto no sucediera, y los fines siempre fueran medios para otros fines, y así hasta el infinito, se encontraría con la paradoja de que los fines son fines de nada, lo cual les haría absurdos e innecesarios (ineficaces). Y como, de hecho, hay fines, por lo tanto, debe haber uno que sea fin en sí mismo y no sea medio para ningún otro.

Este fin último o bien es la felicidad (eudaimonía), y por eso, se dice que la ética aristotélica es eudemonista, porque considera que el fin (bien) último que persigue el hombre es la felicidad. Ahora aparece el problema de definir qué sea la felicidad y qué es lo que la procura. Para unos, la felicidad se alcanza con riquezas; para otros con honores y fama; otros muchos creen obtenerla a través del placer.

Sin embargo, dice Aristóteles, todos estos no son más que bienes externos que no son perseguidos por sí mismos, sino por ser medios para alcanzar la felicidad. Es ésta la única que se basta a sí misma para ser: es autárquica y perfecta. Los demás bienes externos se buscan porque pueden acercar más a la felicidad, aunque su posesión no implica que se sea feliz.

Tampoco esto significa que el bien sea trascendente al hombre; es decir, que se trate de un Bien en sí, separado de todos los bienes particulares. Aristóteles rechazará la concepción platónica del Bien, aquélla que ignora que sólo es posible realizar el bien en situaciones concretas y particulares, y nunca iguales: "Porque ni aun la salud en común no parece que considera el médico, sino la salud del hombre, o por mejor decir la de este particular hombre, pues en particular cura a cada uno"[42]. Por lo tanto, pese a que no haya un acuerdo entre los hombres acerca de qué proporciona la felicidad como bien último del hombre, la ética ha de dedicarse a dilucidar qué clases de bienes hay. Según Aristóteles, pueden dividirse en tres tipos:

1. bienes externos: riqueza, honores, fama, poder

2. Bienes del cuerpo: salud, placer, integridad

3. Bienes del alma: la contemplación, la sabiduría

No por poseer riquezas garantizamos nuestra felicidad. Tampoco solamente la consecución del placer nos hace felices. Normalmente necesitamos algo más para serlo y en eso nos distinguimos de los animales. Aunque estos bienes particulares no basten, sin embargo ayudan. En esto Aristóteles mantiene una postura moral bastante desmitificada y realista: el bien no puede ser algo ilusorio e inalcanzable. Sin ciertos bienes exteriores (salud, riqueza, etc.) la felicidad será casi imposible de alcanzar.

"Lo bueno y lo feliz coincidirán, pues, con lo virtuoso. Bajo el nombre de virtud Aristóteles comprende lo que designamos hoy con el hombre de valores"[43]. Con lo anterior no se debe figurar a Aristóteles como un fanático de los valores. La eudemonía está constituida por los valores éticos y espirituales; "pero para ser ésta perfecta y completa, deberán añadirse a las internas cualidades del hombre una serie de bienes exteriores. Tales bienes son: noble nacimiento, plenitud y madurez de vida; bienestar y ausencia de cuidados, exención del trabajo servil que se ve necesitados a ejercitar por ejemplo los artesanos y hombres de negocio; los hijos y la familia, amigos, salud corporal, belleza, vida social y cultura"[44]. El conjunto de bienes citados anteriormente que conforman la felicidad son los que el hombre debe esforzarse por conseguirlos.

Respecto a la duración y manifestación de los bienes y valores a lo largo de la vida del hombre se puede decir que "no es bueno y feliz el hombre que sólo por un breve espacio de tiempo vive de aquel modo, sino cuando aquel género de vida ha llegado a hacerse un estado duradero; pues una golondrina no hace verano"[45]

Entonces ¿En qué consiste la felicidad (eudemonía)?, al respecto Aristóteles "viene a poner la esencia de la eudemonía, y con ello el principio del bien moral, en la perfecta actuación del hombre según su actividad específica"[46]. Si es el bien supremo, aquel que ya no es medio para ningún otro fin, habrá que determinar en qué consiste el bien para cada ser. 

El bien es el acto (energéia) propio de cada ser, es decir; aquel que viene determinado por su propia esencia o naturaleza. Y puesto que la naturaleza del hombre viene determinada por la función específica de su alma, el pensamiento, la felicidad consistirá fundamentalmente en un bien del alma: la contemplación. El mayor bien para un hombre será el pleno desarrollo de aquello que le es más esencial: la inteligencia; la actividad contemplativa. Será la virtud de la sabiduría la que le procure al hombre la verdadera felicidad, aunque deba conjugarla con otras virtudes y con los bienes exteriores.

Evitando caer en un hedonismo Aristóteles advierte claramente que el placer no es algo primario, no constituye un principio. El placer desempeña exclusivamente una función de acompañamiento. En contra del placer advierte que:

El que obra rectamente conforme a la ley no hace el bien por amor al placer o satisfacción que el buen obrar le proporciona, sino por amor del mismo bien. La felicidad le viene al hombre por lo demás, no precisamente cuando va interesadamente a caza de ella sólo por amor de ella, sino cuando hace lo que es justo. Así pues, hay que asentar firmemente que a cada uno le cabe tanto de felicidad cuando posee de virtud y sabiduría y con arreglo a ello ordena su conducta. Apelo en prueba de ello y como testimonio a Dios, que es feliz y dichosos no precisamente en virtud de bienes externos, sino sólo y por sí mismo, pero no por la condición de su naturaleza[47]

De lo anterior se abstrae la idea de que el hombre alcanza su felicidad en la medida en que tenga amor por el bien, sin necesidad de expresar el gozo a cambio, o un placer prematuro, lo importante aquí es destacar la condición de búsqueda de la felicidad a través de un sentimiento que es el amor por el bien. Y cuando se logré alcanzar este amor, la felicidad llegará por añadidura, sin necesidad de una espera muy larga.

Por otra parte la escuela estoa al referirse a cerca de la eudemonía dice que el hombre encuentra su felicidad en una vida conforme a la razón y a la ley; además al igual que Aristóteles plantean la virtud como única fuente de esta. Es en la virtud donde se busca y se encuentra la autentica felicidad; y "la virtud es fidelidad a la ley, conciencia del deber, señorío de sí y abnegación, sostenido rigor y dureza contra sí mismo"[48].

 

La escuela epicureista cuyo fundador es Epicuro de Samos (341-270 a.C.) Pone su meta en la ética cuyo principio gira entorno a la idea de que lo moralmente bueno consiste en "el placer"[49]??El significado de la palabra bueno para lo epicúreos se entiende en relación a lo que tiene que ver con lo apetecido por los hombres.

"Por agradarnos una cosa y traernos placer la llamamos buena; porque nos desagrada y nos acarrea molestias, la llamamos mala"[50]. No es para él el principio ético un bien objetivo en sí, sino que el placer subjetivo se convierte en principio del bien. "el placer es el principio y el fin de la vida feliz"[51].

Los neoplatónicos: su fundador Plotino (204- 270 a.C.) para ellos "Solo el uno es el nombre que le cuadra a Dios, según Plotino, y el uno en el sentido de negación de pluralidad y juntamente en el sentido de lo primero. También lo llama lo bueno absoluto.

Nada queda aquí de los enunciados hasta cierto grado determinados que Aristóteles aplicaba al primer principio"[52].

Des esta manera concluye este recorrido por la historia del pensamiento humano acerca de la concepción del bien y es así como se adentra en la profunda fuente de bondad y conocimiento de bien que proporciona San Agustín, y es de vital importancia la comprensión del pensamiento antiguo para lograr capturar la esencia de los planteamientos propuestos por este autor. Ya se ha hablado constantemente del bien y la bondad y como actúa en la moral humana pero ahora nos preguntamos ¿Qué es el bien?, ¿Cuál es su naturaleza?

Naturaleza del bien

2.1 ¿CÓMO SE HA ENTENDIDO EL BIEN?

A lo largo de la historia el bien se ha entendido de diversas maneras y con diferentes puntos de vista; las muchas culturas han tratado durante siglos de brindar explicaciones acerca de la presencia del bien en la vida, desarrollo del hombre y del mundo que lo rodea, estas explicaciones no solo se han dado en el orden filosófico sino también en orden antropológico, mitológico, social, científico, etc. Y como ya es conocido por medio del capitulo anterior la cuestión del bien aparece en el hombre como un problema, respecto a su búsqueda y su alcance.

Pues bien, es el momento de conocer un poco acerca de la naturaleza del bien y para ello es preciso iniciar definiendo el término "bien", utilizando algunos textos bases: según el Diccionario Teológico: "el bien Se refiere a una cosa o a un estado de cosas (situaciones) de carácter positivo en el mundo… Así pues, este término indica algo que tiene que ver con un posible cambio, tanto si éste acontece al agente como si es provocado por él"[53].

El bien puede referirse a un individuo o cosa en particular, y por consiguiente tiene que ver con el cambio en dos sentidos: si es dado al individuo o casa en particular o si por el contrario este bien es producido por él.

De igual forma se puede afirmar del bien que es un concepto fundamental en los diversos campos de estudio, pero en particular en el filosófico; y en un sentido más estricto en la ética, basándose necesariamente con las acciones y decisiones humanas, pero también con los fines, objetivos mediatos o inmediatos que con estas decisiones se persigue alcanzar.

Pero necesariamente también se habla de bien en la existencia (problemática) o sentido de lo bueno, en sí mismo o de un Sumo Bien. Todo hombre, busca de un modo u otro el bien, pero la discusión está en determinar en ¿qué consiste?

Al igual "se ha hablado a veces de "el bien"- también con mayúscula: "el Bien"- como si esta expresión designara alguna realidad o algún valor. Cuando tal realidad o valor son considerados absolutos, se habla del Sumo Bien, summum bonum"[54].

Se reflejan dos nociones diferentes pero fundamentales a la hora de comprender un poco más a fondo el concepto de bien: primero haciendo énfasis a el bien material, es decir una determinada posesión y luego el bien moral, un valor que se de o se obtenga debido a un comportamiento determinado en la conducta humana.

Al hablar de Sumo Bien nos referimos a lo que San Agustín[55]ha denominado en el tratado Sobre la naturaleza del bien como Dios, diciendo que Él es el supremo e infinito bien, sobre el cual no hay otro; caracterizando dicho bien como inmutable y, por lo tanto, esencialmente eterno e inmortal.

Pero de igual forma el concepto de bien es usado "para designar alguna cosa valiosa, como cuando se habla de «un bien» o de «bienes»"[56]. Aquí aparece como un valor, es decir, una posesión; dando ejemplos más concretos podemos hablar de «bienes» como: una casa, un automóvil, una camisa, etc.

Pero entonces también se puede hablar de bien, "para indicar que algo es como es debido"[57], encontrando ejemplos como: "esta casa está bien", "Tomás hace las cosas bien".

Relativo al concepto de bien aparece "la bondad", cuando con esta palabra se quiere expresar de una manera abstracta toda cualidad buena, o cuando se trata de indicar que algo es como debería ser. A manera de apreciación se puede decir que los conceptos el "Bien", "la bondad", y "lo bueno" se usan a menudo como sinónimos.

En el Diccionario de la Lengua Española[58]se designa el bien como aquello que es útil, bueno y agradable. La bondad como cualidad de bueno y natural inclinación a hacer el bien. Y lo bueno como aquello útil, beneficioso o agradable.

Por otra parte hay quienes dicen que para comprender mejor el significado del concepto de bueno o bondad es necesario contraponer a estos los conceptos de mal o maldad. El mal se contrapone al bien, por tanto, la maldad a la bondad.

Es muy importante hacer la distinción entre el sentido moral y el no moral de "bueno", en la frase «hemos llevado a cabo una buena acción» el bien que aquí se refleja debe entenderse como moralmente bueno; por el contrario, en la afirmación «esta fruta es buena» lo bueno se refleja en un sentido no moral. Entonces podemos decir, que Bueno se refiere a una cualidad propia de aquello que se habla.

Cuando se refiere al bien moral, este hace énfasis al valor positivo de la acción realizada, es decir, la naturaleza de la acción. Mientras que en el bien no moral se habla de bien como cualidad o característica; en otras palabras el bien como atributo en la esencia misma del ser. Se podría de igual modo considerar que si algo es bueno lo es porque participa de algún modo de la bondad, o del Bien.

2.2 ¿QUÉ ES EL BIEN?

En el breve Tratado sobre la naturaleza del bien, San Agustín hace una exposición de argumentos en contra de la doctrina maniquea, uno de ellos dice: "Dios es el supremo e infinito bien, sobre el cual no hay otro: es el bien inmutable y, por tanto, esencialmente eterno e inmortal. Todos los demás bienes naturales tienen en él su origen, pero no son de su misma naturaleza"[59].

Es así como podemos afirmar que para San Agustín el bien no es otra cosa que Dios, que es el supremo bien, el bien por excelencia y no hay otro fuera de Él. De este Sumo Bien proceden todos los demás bienes, es decir este Bien Supremo que es Dios comparte su bondad a las cosas pero como bien aclara San Agustín estos otros bienes proceden de él pero no tienen su misma naturaleza, "lo que es de la misma naturaleza que él no puede ser más que él mismo"[60].

Además vale aclarar como lo dice el mismo Agustín que solo el Dios que es Sumo Bien es inmutable y por tanto todas las demás cosas que el creo de la nada están sometidas al cambio y la mutabilidad.

San Agustín exalta la grandeza de Dios diciendo que "es tan omnipotente, que de la nada, es decir, de lo que no tiene ser, puede crear bienes grandes y pequeños, celestiales y terrestres, espirituales y corporales"[61].

Entonces, si Dios es Sumo Bien y Creador; de la misma manera debe ser justo. Por eso en el orden de la creación aquellas cosas que hizo de la nada no las igualó a aquellas que engendró de su propia naturaleza. De ahí que todos los bienes concretos existentes particulares, grandes y pequeños; cualquiera que se su grado en la escala de los seres, tienen y deben tener en Dios su principio y su causa eficiente.

San Agustín afirma que "toda naturaleza, en sí misma considerada, es siempre un bien: no puede provenir más que del supremo y verdadero Dios, porque todos los bienes, los que por su excelencia se aproximan al Sumo Bien y los que por su simplicidad se alejan de él, todos tienen su principio en el Bien Supremo"[62].

Toda la naturaleza, por ser acto creado por Dios, es en sí misma buena puesto que Él es el Supremo Bien; además, en el orden de lo creado se capta un escala de grados de bondad, porque algunos bienes se aproximan más a Él y otros por ser más simples se alejan; en sí todos los bienes provienen de un bien que lo abarca todo y que es plenitud de bondad.

Ahora bien, si se hace memoria a la educación que un niño puede recibir por parte de sus padres acerca de si Dios es o no bueno; se puede afirmar de igual modo con San Agustín: "Siendo Dios bueno, como tú sabes o crees – y ciertamente no es lícito creer lo contrario-, es claro que no puede hacer el mal"[63].

Esta aclaración se convierte entonces en punto de partida para comprender mayor la naturaleza del bien, siendo así que Dios en su esencia es eterna y perfectamente bueno; supremo e infinito bien, de este modo queda claro y resuelto la cuestión si Dios es el autor del mal.

Al respecto se logra dar otra caracterización a ese Bien Supremo que como se ha dicho es Dios; siendo de igual forma justo y como dice San Agustín: Dios premia a los buenos y también castiga a los malos.

Necesariamente San Agustín al referirse al bien va a referirse a Dios y como lo aclara en el tratado sobre la naturaleza del bien[64]nosotros los cristianos católicos adoramos y veneramos al único Dios Verdadero del cual proceden todos los bienes, grandes y pequeños.

Dios es el principio de todo modo, grande o pequeño, de toda belleza grande o pequeña y e todo orden grande o pequeño.

Y es así como San Agustín da una serie de características para referirse a una cosa como mejor o buena, diciendo que todas las cosas son tanto mejores en cuanto son más moderadas, hermosas y ordenas; por el contrario, para referirse a aquellas que tengan bondad en menor grado, dice en cuanto posean menor moderación, menor hermosura y menor orden, estas son menos buenas.

Ahora bien, si se hace énfasis a los términos de modo, belleza y orden es necesario conocer en primer lugar su significado.

Respecto al modo el diccionario de filosofía da a conocer diferentes significados en los cuales puede girar este término:

Modo: Con éste término se ha entendido las diferentes formas de ser del predicado, las determinaciones no necesarias (o no incluidas en la definición de una cosa); las formas, las especies, los aspectos, las determinaciones particulares de una objeto cualquiera y la especificación de las figuras del silogismo conforme a la cualidad y a la cantidad de las permias[65]

De la belleza o lo bello encontramos que "es lo que causa placer y agrado; lo bello es un atributo inmanente en las cosas; lo bello es una apariencia; lo bello es una realidad absoluta; lo bello es casi una especie del bien y se funda en la perfección"[66].

Finalmente hablando del significado de la palabra orden el diccionario de filosofía nos dice que "para Aristóteles es una de las formas o clases de la medida. Es una determinada relación recíproca de las partes: relatio partium ad invicem"[67]. Pero también se hace la distinción de la palabra para San Agustín diciendo que "es el atributo que hace que lo creado por Dios sea bueno. Dios ha creado las cosas según forma, medida y orden. Es perfección. Es la subordinación de lo inferior a lo superior, de lo creado al Creador"[68].

2.2.1 Procedencia del Bien

Iniciemos diciendo que todo ser mudable es necesariamente susceptible de perfección o forma. Al respecto San Agustín dice: "Así como llamamos mudable a lo que puede cambiarse, así llamaría yo formable lo que es capaz de recibir una nueva forma"[69]. Pero como ningún ser puede formarse así mismo, porque ningún ser puede darse a sí mismo lo no tiene, es por tanto necesario, para llegar a tener forma, que le preceda un ser formado.

Por lo cual, si algún ser tiene ya su forma, no tiene necesidad de recibir lo que ya posee, y pero si por el contrario no tiene forma, no puede recibir de sí mismo lo no tiene. Como ya se dijo ningún ser puede, pues, formarse a si mismo.

Para referirse a que el cuerpo y el alma reciben su forma de otra forma inconmutable y siempre permanente, San Agustín cita aquel pasaje de la escritura: "Tú los cambiaras y se cambiarán; mas tú siempre permaneces el mismo y tus años no fenecerán"[70]. Y advierte que la providencia gobierna todas las cosas.

Ahora bien, si a todo lo que existe se le priva absolutamente de forma; dejaría de existir. Como todas las cosas que existen tienen forma y por ello pueden ocupar el lugar que les corresponde en el orden de la creación, es evidente que en ellas existe la providencia, por lo tanto si ella no existiese; tampoco podrían existir las cosas.

San Agustín respecto a la procedencia de los bienes advierte: "Pero si tú, además de los seres que existen y no viven, y de los que existen y viven, pero que no entienden, y de los que existen, viven y entiende, encuentras algún otro género de criaturas, entonces no dudes decir que existe algún otro bien que no procede de Dios"[71]. Deja claro entonces la existencia de varios tipos de criaturas y que todas ellas proceden de Dios.

Pero entonces, San Agustín elabora una clasificación en relación a estos tres géneros de seres antes mencionados:

Estos tres géneros podemos agruparlos en dos categorías con estos dos nombres, a saber, cuerpo y vida; porque a los seres que viven, pero que no entienden, como son los animales, y los que entienden, como son los hombres, podemos muy bien denominarlos con la palabra vida. Ahora bien, estas dos cosas, el cuerpo y la vida, donados a las criaturas (pues el mismo Creador se llama vida, y vida por excelencia), estas criaturas, digo el cuerpo y la vida por lo mismo que son formables, como acabamos de verlo poca antes, y por el hecho de que, si totalmente perdieran su forma, quedarían reducidas a la nada, prueban suficientemente que subsisten por aquella forma, que siempre es idéntica a sí misma[72]

Por consiguiente, cualesquiera bienes, grandes o pequeños, no pueden proceder sino de Dios. Cualquier forma, aún la más imperfecta, que resta en cualquier ser mudable y frágil procede de aquella forma que desconoce la mutabilidad y la debilidad; que no permite que los mismos movimientos de los seres que progresan, o de los que retroceden la perjudiquen. Es por eso que toda perfección que encontremos en dichos bienes (criaturas) debe ser referida y alabada a Dios mismo que es el Creador y del cual proceden dichos bienes.

2.2.2 Clasificación de los Bienes

San Agustín clasifica los bienes en tres grupos: grandes, pequeños y medianos. Hay pues, bienes grandes; más conviene recordar que no sólo los grandes bienes, sino también aquellos más pequeños pueden provenir sino de aquel de quien procede todo bien, que es el mismo Dios.

Para San Agustín[73]las virtudes, por las cuales se vive rectamente, pertenecen a la categoría de los grandes bienes; las diversas especies de cuerpos, sin los cuales se puede vivir rectamente, cuentan entre los bienes mínimos, y las potencias del alma, sin las cuales no se puede vivir rectamente, son los bienes intermedios.

Respecto de las virtudes señala que de ellas nadie usa mal; de los demás bienes; es decir, de los intermedios y de los inferiores cualquiera puede no sólo usar bien, sino también abusar.

Pero aclara: "de las virtudes nadie abusa, porque la función propia de la virtud es precisamente el hacer buen uso de aquellas cosas de las cuales podemos abusar; pero nadie que usa bien abusa"[74].

Por la libertad e infinita Bondad de Dios no solo se nos ha otorgado los grande bienes, sino también los medianos y los pequeños, pero aclara San Agustín "a esta bondad debemos alabar más por los bienes grandes que por los medianos y más por los medianos que por los pequeños; pero también por todos puesto que nos los dio y en gran medida"[75].

La libertad que usamos para elegir entre los diversos bienes que existen, la que usamos para optar por el camino del bien o del mal, es uno de esos bienes que Dios ha puesto a disposición de sus criaturas, junto con otros bienes como la memoria, la razón, etc. Dichos bienes se contiene en sí; por ejemplo, necesitamos de la memoria para recordar que tenemos memoria y por ella recordamos aquellas cosas que hemos olvidado.

En lo posible el hombre que hace buen uso de la voluntad (que es un bien intermedio) junto con la verdad, que es una de las grandes virtudes que el hombre más anhela; posee entonces una vida bienaventurada y esta a su vez hace parte de los grandes bienes, junto con la sabiduría y la verdad y así son comunes a todos los hombres.

Pero hay que aclarar; el hombre que posea tal vida bienaventurada no puede hacer bienaventurado de igual forma a otro hombre; puesto que si esto fuera así, este hombre debería copiar sus mismas virtudes; y por el hecho de ser criaturas diversas no las pueden poseer en el mismo grado. Cada hombre tiene libertad propia para escoger las virtudes necesarias para alcanzar la bienaventurada vida y esta no puede ser transmitida ni prestada a otro como se presta por ejemplo, una prenda de vestir.

2.2.3 Bienes Generales

Para San Agustín estas tres cosas: el modo, la belleza y el orden son los bienes generales, que se encuentran en todos los seres creados por Dios, lo mismo en los espirituales como en los corporales. De lo anterior se puede afirmar que Dios está entonces sobre todo modo de sus criaturas, sobre toda belleza y sobre todo orden de estas; puesto que Él es su creador y estas cosas se encuentran en Dios en plenitud y perfección absoluta porque como ya se ha dicho; Él es el Bien Supremo y perfecto.

Esta superioridad respecto a la criatura; vale aclarar, en Dios no es una superioridad local o pasajera sino que posee un poder inefable y divino, porque de Dios procede todo modo, toda belleza y todo orden.

Siendo así que donde se encuentran estas tres cosas en alto grado de perfección; allí hay grandes bienes, donde la perfección de estas tres propiedades es inferior, se trata pues de bienes inferiores; y donde faltan estos tres grados o bienes generales; sencillamente no hay ningún bien.

Al respecto de la grandeza de estos tres grados; añade San Agustín: "De la misma manera donde estas tres cosas son grandes, grandes son las naturalezas; donde son pequeñas, pequeñas o menguadas son también las naturalezas, y donde no existen, no existe tampoco la naturaleza"[76]. Concluyendo así que toda naturaleza es buena dependiendo; claro está, del valor que posee en ella los grados de modo, forma y ordeno; siendo así que existen naturalezas grandes o superiores y naturalezas pequeñas o inferiores.

Pero como es claro en esta investigación existe un contario al bien, este es el mal; que San Agustín define como la ausencia de todo bien o como lo hace hablando de estos tres grados; "el mal no es otra cosa que la corrupción del modo, de la belleza y del orden naturales"[77].

Siendo entonces el mal la corrupción de los tres grados del orden natural; la naturaleza mala es pues, la que está corrompida, porque la que no está corrompida posee los tres grados de modo, belleza y orden intactos; es decir, no está corrompida, es buena. Pero aún así- hay que aclarar- aunque la naturaleza esté corrompida es buena; en cuanto es naturaleza y en cuanto que está corrompida es mala.

2.3 JERARQUIZACIÓN DE LA NATURALEZA DE LOS BIENES

Para lograr comprender mejor la idea que se maneja en la jerarquía de los bienes superiores o inferiores partamos del siguiente ejemplo: en la mentalidad de los hombres es más apreciado el oro aunque esté algo deteriorado que la misma plata, aún cuando esta sea perfecta y no esté deteriorada, y en relación con la plata es más estimada la plata deteriorada por el tiempo o cualquier otro factor que el plomo pulido y perfecto.

En estos tres elementos; oro, plata y plomo se hacen presentes como en cualquier bien, los tres elementos estudiados anteriormente; modo, belleza y orden. Siendo así que su naturaleza y su grado de valor está regido por el grado de presencia mayor o menor de los bienes generales.

Así sucede como lo indica San Agustín que "una naturaleza que ha sido ordenado con mayor perfección en cuanto al modo y a la belleza naturales, aún estando corrompida, sea mejor que otra incorrupta, pero de orden inferior por su modo y su belleza"[78]. Es así como ocurre en el ejemplo ya citado que por razón de la cualidad que va unida la presencia exterior, que el oro desgastado es mucho más apreciado por los hombres que la plata perfectamente pulida.

Del mismo modo cualquier espíritu, aunque esté corrompido o viciado, es superior a cualquier cuerpo, aunque este no haya sufrido corrupción alguna; esto dada su condición en grado de valor de ser naturaleza que da la vida a un ser corporal, en relación al cuerpo que la recibe. Quedando así determinado que un espíritu aunque esté corrupto posee mayor grado de bondad en relación a una naturaleza corporal que este libre de corrupción puesto que la primera naturaleza cuenta con la virtud de dar vida a una naturaleza corporal.

2.3.1 CORRUPCIÓN DE LAS NATURALEZAS

En la jerarquización de los bienes ya se ha tomado el tema de la corrupción de las naturalezas pero es necesario aclarar que existe una naturaleza incorruptible que es el Sumo Bien y la naturaleza que puede corromperse deber ser un bien relativo.

Siendo que Dios es el Sumo Bien; por lo tanto eterno, perfecto e incorruptible, puesto que en Él se encuentran en plenitud el orden, la belleza y le modo y teniendo presente que la corrupción no es más que la destrucción de algunos de estos bienes generales- porque si se diera destrucción total de ellas toda naturaleza se acabaría ya que estos elementos de modo, belleza y orden la constituyen- entonces queda claro que la única naturaleza que es esencialmente incorruptible es Dios.

Por el contrario, aquella naturaleza que está sujeta a la corrupción es un bien imperfecto, o como lo llama San Agustín[79]"relativo", ya que la corrupción no puede dañarle más que suprimiendo o disminuyendo la nota o el carácter de bondad que hay en ella.

Pero como lo aclara San Agustín en el Capitulo Séptimo del Tratado sobre la naturaleza del bien[80]Dios Sumo Bien conceda a sus criaturas más excelentes la opción de mantenerse inmunes a la corrupción- (estas criaturas son los espíritus racionales)-, es decir, si conservan su obediencia al Señor su Dios permanecerán unidas a su belleza y bondad incorruptibles: pero si no quieren voluntariamente permanecer sumisos a Él, sencillamente caerán en la corrupción y estarán sujetos a las garras del pecado, es decir, del mal.

Toda naturaleza corruptible, en cuanto que ha recibido de Dios su ser, es naturaleza, pero no serían corruptibles si hubieran sido formadas de Él porque serían lo que es Dios mismo.

Por lo tanto; aclara San Agustín, "ninguna cosa puede damnificar a Dios en manera alguna, ni se puede perjudicar injustamente a cualquier otra naturaleza sometida a Dios"[81].

2.4 EL CASTIGO

Debe ser claro para nosotros que Dios es un bien tan grande, que todo gira en beneficios para quien no se separa de Él, ganando de esa manera permanecer en su amor y su perfecta belleza, pero aquellas criaturas (espíritu racional) que no deciden permanecer en Dios serán cobijadas por la corrupción, es decir se alejarán de ellas la Bondad y Belleza de Dios.

Pero como es claro en la mentalidad cristiana, Dios en su infinita misericordia está dispuesto a aceptar a aquellas criaturas que se han alejado de Él y retornarlas nuevamente a esa bondad y belleza de la cual gozaban. Esto lo logran mediante el cumplimiento de una pena, conformando así la justicia, porque es lo que corresponde al pago por una falta cometida.

En cuanto a la belleza y orden del conjunto de las demás cosas que han sido hechas de la nada, por tanto creadas por Dios y que de Él han recibido la belleza y la bondad; es decir, que son buenas en cuanto a ese orden y belleza recibidos pero que ciertamente son inferiores al espíritu racional; se mantienen puesto que en el orden temporal de los seres existe una belleza relativa que aparece y desaparece; sucede así, que los seres que perecen o dejan de ser no desfiguran o deñan el modo, la belleza y el orden de su conjunto; sino que dicha sucesión armoniosa de los seres que se producen y se desvanecen mantiene el modo, belleza y orden existentes desde su creación.

Además, es necesario aclarar en cuanto al castigo por una falta o culpa cometida que es de inconveniencia del juicio Divino y no del humano fijar o determinar la naturaleza y gravedad de la pena a pagar por la correspondiente falta.

Si se accede al perdón de los pecados mediante el pago de un castigo es por Bondad Divina; y si se accede a perdonar a los pecadores el castigo que merecen, es efecto de la bondad infinita de Dios.

A esto hay que agregar la idea que la naturaleza resulta más ordenada cuando sufre justamente en el castigo que cuando se gloría impunemente en el pecado.

No obstante, la naturaleza siempre será buena en cualquier circunstancia en la que se encuentre mientras conserve el modo, la belleza y el orden. Pero dejara de ser buena si se pierde el modo, la belleza y orden; porque en tal caso dejara de existir.

Como pertenece al juicio Divino y no al humano determinar la cualidad y cantidad del castigo por la culpa cometida resulta certero resaltar la profundidad de la riqueza, de la sabiduría y del a ciencia de Dios al determinar con su justicia; regida por la eterna bondad que le precede, los juicios y caminos para con su criaturas.

Y también que por la bondad de Dios son perdonados los pecados a los arrepentidos- reconciliándolos con el Sumo Bien- claro ejemplo de esto se presente en la persona de Jesucristo enviado por Dios; el cuál murió en la cruz por nosotros, no en su naturaleza Divina, sino en la nuestra que tomó al nacer en el seno de una mujer.

San Pablo ensalza en estos términos la Bondad de Dios y su amor hacia los hombres: "Ahora bien, Dios nos demostró su amor en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Con mayor razón, ahora que su sangre nos ha hecho justos nos libraremos por él de la condena"[82].

Así pues, si todas las naturalezas conservan el modo, la belleza y el orden que les es propio intacto, el mal no existiría, pero si alguna quisiera destruir o corromper estos bienes no por eso vencería la voluntad de Dios puesto que Él sabe retornar su creación al estado de bondad de manera que si ellas por su perversa voluntad abusaran de los bienes naturales Dios por la justicia de su poder sacará bienes de los males; ordenando rectamente su creación por medio de castigos para los que se desordenaron con los pecados y se alejaron de su bondad y belleza.

Siendo así que nadie puede perjudicar a la naturaleza de Dios, y también que la naturaleza de Dios no infiere daño injusto a nadie y que no permite que ninguna injusticia quede sin castigo. Por eso dice el apóstol: "Quien cometa injusticia lo pagará, porque Dios no hace diferencia entre las personas"[83].

La bondad de Dios es tal que logra perdonar las culpas a los pecadores y para que cada una de sus criaturas retorne al seno de su bondad y reconstruya los bienes generales destruidos las expone al castigo con el fin de purgar sus faltas.

Dicho castigo no es impuesto por designios humanos, sino que es el mismo Dios quien se encarga de imponer la cantidad y calidad de sanción por la pena cometida permitiendo así una purificación de su creación. A esto vale recalcar que en Dios no hay ninguna clase de corrupción puesto que Él es la Perfección Absoluta y en Él la Bondad se encuentra en plenitud.

No es decisión ni voluntad de Dios que su creación se corrompa sino que son los mismo espíritus racionales quienes eligen apartarse de Él y dañar la bondad existente en ellos desde el momento en que fueron creadas por Dios y les participó en cierto grado esa bondad y belleza propia de su creación.

Además es necesario recordar que en toda la creación existe un orden que a pesar de que algunas criaturas se corrompan o se separen de Dios no se deteriora puesto que Dios mismo en su condición de creador y único dueño de su creación puede en un momento determinado retornar al orden inicial en el cual se formaron todas las cosas de la nada.

En el contexto en que gira esta exposición San Agustín arremete contra los maniqueos para hacerles ver el error en el que se encuentra y buscar de esa manera que dejen a un lado todas las impías blasfemias que exponían en sus tesis y escritos.

Es necesario advertir que el maniqueísmo para justificar su error defendía y enseñaban la existencia de dos naturalezas: una buena, a la cual llaman Dios y otra mala, que Dios no ha creado.

Arremetiendo contra esta secta San Agustín justifica que una de sus mayores blasfemias contra Dios está en el pensar que "es la mezcla de la naturaleza mala la que hace que la naturaleza de Dios, que es esencialmente buena, sufra o padezca grandes males, pues por sí misma no puede y nunca hubiera podido sufrirlos"[84].

Según esto, la naturaleza incorruptible ha de ser admirada en el sentido que por si sola no puede inferirse daño alguno y no porque no puede ser perjudicada por otra naturaleza que difiera de ella.

2.5 EL DOLOR

San Agustín se refiere al dolor en varios contextos y de varias formas: en primer lugar lo hace en cuando al castigo que Dios impone a los adultos mayores que son padres, al castigarlos con la muerte de sus hijos y, en segundo lugar, se refiere al dolor que se hace presente en el hombre y los animales.

Es una realidad humana saber que es imposible que haya podido ser creado tanto el hombre como el universo, sin motivo alguno, siendo así que ni la hora de un árbol hay sido creada inútilmente, lo cual conlleva a pensar que todas las cosas hechas por Dios en la creación tiene una misión que cumplir mientras estén en esta vida terrena.

En este sentido hay que pensarse que el dolor, es pues parte de dicha realidad, que nace como consecuencia de la misión, es decir, como proceso de purificación porque en momentos determinados del cumplimiento de dicho deber, el hombre puede llegara extraviar su visión hacia la bondad y misericordia de Dios y alojarse en las garras del pecado y la maldad, lo cual hace que por medio del dolor y los sufrimientos lleguemos nuevamente a reconocer nuestras faltas y errores y aprendamos a controlarnos.

Según la visión agustiniana los tormentos que agobian a los hombres aparecen como castigo por las faltas y pecados cometidos; es decir, el dolor es muestra del castigo impuesto por Dios y como tal, medio de purificación para que de esta forma se pueda retornar a la bondad que perdieron al momento de caer en tentación y pecar.

Es por eso que San Agustín arremete con aquellos hombres que cuestionan el dolor de los niños pequeños que padecen algún sufrimiento y que por su inocencia aun no conocen la corrupción del pecado diciendo: "las almas que los animan no comenzaron a existir antes que los mismos hombres, los lamentos suelen ser mayores y como inspirados por la compasión"[85]. Cualquier corrupción de las almas de estos niños es nula puesto que el alma es trascendente y anterior a cualquier naturaleza corpórea.

Agustín enfoca esta visión del dolor en un inocente con la finalidad de Dios pretendiendo obtener algún bien en la corrupción de los mayores al castigarlos con los dolores y muertes de sus queridos hijos. "Puesto que después que en los niños pase dichos dolores será como si jamás los hubieran padecido, puesto que su alma está libre de corrupción alguna dada la pureza que los caracteriza". Mientras que los padres como signo de advertencia ante la muerte y sufrimiento de sus pequeños decidirán cambiar su terquedad y obrar justa y rectamente, lo que los llevará la retorno de la voluntad y bondad de Dios; librándolos de la condenación eterna.

Pero si por el contrario a pesar de las aflicciones dadas por Dios como muestra de su aceptación al cambio no determinan vivir justamente, entonces, "no tendrán como excusarse del castigo del último juicio"[86]. Entonces el dolor en los hombres adultos aparece como realidad purificadora y preventiva; es decir, una forma de advertencia divina por la cual el hombre logre cambiar su modo de proceder y comprenda que por su actuar ha desagradado a Dios.

Pero es necesario aclarar que no todos los sufrimientos y dolores son muestra del castigo ante la desobediencia de Dios, puesto que hay hombres que nacen con padecimientos y deben soportarlos toda su vida. Al respecto hay que decir que al igual que en los niños pequeños, dichos sufrimientos son muestra de la voluntad de Dios y de la ordenación del bien en su criaturas, lo que hace que en el día del juicio, tales espíritus no sean condenados por los sufrimientos terrenales puesto que estos no fueron otorgados como castigo por las faltas cometidas.

Todas las afirmaciones agustinianas acerca del dolor son respuesta a "los calumniadores; estos hombres, que no son precisamente ni investigadores ni diligentísimos de estas cuestiones, sino charlatanes embaucadores"[87].

Es así que a través del dolor que experimentan las criaturas nos damos cuenta de la unidad que existe entre Dios y su creación, puesto que como se ha dicho el dolor es muestra de purificación y advertencia de Dios para que las criaturas que están alejadas de su bondad y amor retornen a Él.

Según San Agustín: "No hay cosa alguna, de las que no experimentan ni dolor ni placer, que no llegue a la perfección propia de su género o no consiga en absoluto la estabilidad debida a su naturaleza sino gracias a la unidad"[88]. En relación con Dios, todas la criaturas están unidas a Él puesto que de Él provienen y por Él fueron creadas, la perfección de una naturaleza que no ha caído en las garras de la maldad y del pecado; que por lo tanto permanece pura y sumisa a Dios se alcanza gracias a la unidad que lo ata a su Creador.

Pero entonces respecto a las que sí sufren el dolor dice San Agustín: "Tampoco hay ninguna entre las que si sienten las molestias del dolor y los encantos del placer que, al huir del dolor y buscar el placer, no dé a entender suficientemente que huye de la descomposición y busca con ansia la unidad"[89].

Si a esto le otorgamos una interpretación alegórica podríamos decir entonces que el hombre está inmerso en dos caminos por los cuales podría optar: el primero es el del dolor; por lo tanto, la desesperación y el segundo el del placer. Si huye del dolor y se acerca a los encantos del placer demuestra su necesidad de escapar de la corrupción de la maldad para refugiarse en la unidad que lo ata con su Creador; a pesar de que el placer en el cual busque refugio llegue a conducirlo plenamente al encanto de Dios.

Una de las realidades que San Agustín deja en claro es la existencia del dolor solo en las criaturas buenas: "el mismo dolor, que algunos consideran como el principal de los males, ya se dé en el alma o en el cuerpo, no puede existir más que en las naturalezas que de por sí son buenas"[90]. Y aclara: "En efecto, todo lo que resiste al dolor rehúsa en cierto modo no ser lo que era, porque era algún bien"[91].

En este mismo sentido vale la pena retomar la idea que el dolor es muestra de la misericordia de Dios; que valiéndose del castigo quiere retornar a aquellas criaturas descarriadas que optaron por la figura del mal. Mediante el dolor las naturalezas que lo sufren, o que lo experimentan de algún modo, caen en cuenta que en el seno de Dios, es decir en su bondad están bien y que al caer en el error de escapar de Él necesariamente tiene que sufrir. Necesitando así la purificación otorgada por el dolor para retornar a la bondad anterior de la cual escaparon.

El dolor también cumple su función y tiene una finalidad específica[92]el dolor es útil cuando fuerza a la naturaleza que la sufre a ser mejor; es decir, a retornar a la bondad infinita de Dios. Pero si por el contrario la conduce a ser menos buena, entonces el dolor es inútil.

San Agustín[93]dice que la resistencia de la voluntad a un poder superior produce el dolor en el alma, y que la resistencia de los sentidos a un cuerpo más poderoso lo origina o casa en el cuerpo.

También debemos decir que hay males en la realidad de las criaturas que son mucho peores sino producen dolor, "porque peor es alegrarse de la iniquidad que dolerse de la corrupción"[94].

Por eso, hablando de la corporeidad de las criaturas es mejor la lesión o herida con dolor que la putrefacción sin dolor, que propiamente se llama corrupción. Es por eso que en la Escritura se lee: "No dejarás que tu Santo experimente la corrupción"[95]. Porque Jesús no experimento nunca dicha corrupción según lo aclara San Agustín.

La corrupción en el alma aumenta a media que va disminuyendo en ella el bien. Pero si el bien fuese totalmente destruido o aniquilado; entonces, no permanecería naturaleza alguna, porque no habría ya nada que pudiera sufrir la corrupción, y así ni siquiera habría corrupción, porque faltaría el ser en el cual pudiera darse.

El bien en el hombre y en el mundo

3.1 EL BIEN Y EL MAL

Son dos realidades completamente opuestas a las que el hombre debe enfrentarse en las decisiones para la vida, encaminadas a la búsqueda de su felicidad y bienestar; estas son: lo que es bueno y lo que es malo.

Si pensamos tanto el bien como el mal, están inmersos en el mundo y por consiguiente en el entorno humano. Con lo bueno el hombre, vive unido a su Creador, a sus semejantes y a la demás creación que como ya es sabido ha sido puesta a disposición del hombre.

Con el mal, el hombre no solo se aleja de Dios, sino de su bondad y por tanto corrompe la bondad que por ser criatura de Dios posee desde el momento de su creación. Cuando se acepta el camino de la maldad se admite un sinnúmero de consecuencias para el hombre o para cualquier criatura que así lo desee vivir.

Con el mal en el mundo, no solo se corrompe el bien, sino que se cae en el pecado; es decir, en el alejamiento de Dios y en la corrupción.

Tanto el bien como el mal son realidades que afectan la parte física y moral de las criaturas. El bien físico hace referencia a aquellas cosas que poseemos, que son nuestras y que sirven de base para llenar un espacio de la felicidad terrenal que necesitamos, esto es una casa, el vestido, etc.

El mal físico, está referido a una dolencia corporal, por ejemplo o tal vez, la frustración de sus deseos naturales, las situaciones límite como: enfermedad, accidente, muerte, etc.

Cuando hablamos de bien moral, necesariamente nos referimos a la conducta moral humana; esa sintonía que caracteriza el ser criaturas de Dios, cumplir su voluntad, vivir en comunión con el resto de la creación y con los semejantes. Los bienes morales completan y llenan a plenitud esa continua búsqueda de la felicidad: la paz interior, el amor, la misma felicidad, etc.

El mal moral aparece desde el momento en que Dios crea al hombre como ser libre, por esta misma razón es que el hombre cae en el pecado, y con esto no quiero decir que Dios haya hecho libre al hombre a propósito para que pecara y así poder castigarlo; no, Dios en ningún momento quiso el mal moral, en este caso, el pecado para sus criaturas, pero permitió que existieran, con el fin de poder alcanzar un bien aún más grande de modo que el hombre pudiera ser libre y así amara a Dios también de una forma libre y voluntaria, de tal modo que esto sea fruto de su propia elección.

Es por eso que nos dedicaremos a profundizar estos aspectos en el pensamiento agustiniano, teniendo presente las realidades que invaden al hombre como lo son: el bien y el mal, pero no por eso perdiendo de vista que toda esta exposición gira en torno a la naturaleza que San Agustín demuestra del bien y que gira entorno al único Sumo Bien, verdadero como lo es Dios.

3.2 TODOS LOS BIENES PROCEDEN DE DIOS

En el capítulo XII del Tratado sobre la naturaleza del bien[96]San Agustín arremetiendo contra los maniqueos advierte que si estos al admitir la existencia de una naturaleza que no ha sido creada por Dios, quisieran reflexionar sobre todas estas consideraciones, tan claras y ciertas, no pulularían en blasfemias tan horribles como el atribuir al sumo mal tantos bienes y a Dios tantos males.

Para corregir su error Agustín escribe que les bastaría darse cuenta que "el bien no puede proceder sino de Dios"[97]. Por lo que sería absurdo que los grandes bienes provengan de un principio y de otro muy distinto los pequeños; puesto unos y otros, grandes y pequeños, tienen su origen en el Sumo y Soberano Bien, que es Dios.

Dios es el principio de todos los bienes en particular, grandes y pequeños. Se ha hablado ya de estos bienes, pero entonces ahora enumeremos cuantos bienes nos sea posible y que dignamente podamos atribuirlos a Dios como a su autor, y observemos si fuera de ellos queda alguna naturaleza.

Partes: 1, 2, 3


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