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“Los delirios del amor” o “El lamento de la princesa”


Partes: 1, 2

  1. Estampa única
  2. Escena primera
  3. Escena tercera
  4. Escena cuarta

Juguete cómico-lírico en un cuadro único.

Estampa única

Interior del castillo de la princesa, a la que encontramos sola, sentada al lado del fuego, donde crepitan las llamas entre la leña, en un butacón señorial de decoración sobria. La piedra rosada del interior queda desnuda y pueden verse claramente los sillares y el sillarejo. Tras la ventana, cerrada, se ven los montes nevados y se escucha el gemido del viento, dando golpes en el ventanal. La princesa viste blancos vestidos, riquísimos, según el gusto de la moda del siglo XV. Frente a la chimenea, una puerta practicable.

Escena primera

PRINCESA: Por los males del amor Una mujer desdichada Se siente desconsolada Y dejada del favor. Pausa. La princesa exhala un hondo suspiro. Sí que es raro ese licor Agridulce aunque sabroso, Quién sabe si venenoso Que se sirve, traicionero, Como apetito ligero O refrigerio gozoso. Breve pausa. Llora un alma de mujer Por lo que le niega el niño Que quiebra el traje de armiño Con su flecha y su poder. Pero no puede doler Esa flecha desgraciada, Sino sólo la punzada Que, llegada al corazón, Arrebata la pasión De la dama enamorada… Quién pudiera consolar Esta tan honda tristeza Y sentir como certeza El privilegio de amar. De pronto se levanta y se dirige hacia el fuego. Pero todo ello es soñar, Que no es fiel ni amigo regio El amor que en privilegio Quiere volver a trocarse, Quizás para contentarse Como raro florilegio. Atizando el fuego. Quiere al duque el alma mía Con todo su frenesí, Porque, desde que lo vi, Toda yo soy osadía. Nada ya mi pecho enfría Ni acalora mis amores, Que, en este jardín sin flores, Vivo penando tristeza, Pena, desidia, pereza, Indiferencia y dolores. Volviendo a sentarse en el butacón. Y, con llegar la alborada, Que del sueño me despierta, Miro la ventana abierta Y no es bella la nevada, Ni lo es la tierra escarchada Donde cuajan los granizos Y el hielo, cuyos hechizos Hieren con fuego mi pecho Con el coraje y despecho De los vientos invernizos.

Arrellanándose en el asiento. Y es que, en este apartamiento Privado de todo amor, Es insufrible el calor Del hielo, el aire y el viento, Pues soportar el tormento De la ingrata indiferencia Colma toda la paciencia Y derrota al más plantado, Que el amor me ha envenenado Con su falta de indulgencia. Breve pausa. Qué dichosos los villanos Que no sienten el dolor De los desdenes de amor De los regios soberanos, Que, aunque, como son humanos, No les falta el buen querer, Adoran a la mujer, Sin sentir estas pasiones, Porque nobles corazones Sólo pueden padecer. Vuelve a levantarse. Paseando en círculos. Qué rara tribulación La que, en fin me desconcierta, Que el alma siento ya yerta De esta desesperación. Exhalación de otro suspiro. No es soberbia ni ambición Lo que el alma mía empuja. Yo sólo sé que me embruja Una rara expectativa, Cuando la intención esquiva Al noble duque dibuja. Pausa. Pero no me habrá olvidado. Tal vez esté con el rey, Tratando asuntos de ley, De política o de estado. Volviendo al asiento. La promesa que me ha dado Bien sé que la cumplirá. Digo que no mentirá Cuando su amor me promete, Cuando, fiel, se compromete, Porque sí se casará. Sentándose. Pues ¿no había de quererme El buen duque mi señor, Si me promete su amor Y dice que ha de tenerme? Pero parece que duerme Cuando su correspondencia Pospone sin diligencia, Sin piedad a mis alientos Con estos requerimientos Que en mí produce su ausencia. Un bostezo leve. Se despereza. No hace mucho aquel escrito Me mandó por un criado. ¡Y qué escrito tan logrado! Todo estaba bien descrito, Dicho todo tan bonito, Con palabras tan hermosas Que se hacían melodiosas Cuando, leyendo escuchaba Los versos que dedicaba A mis gracias tan hermosas.

Partes: 1, 2

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