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La iniciación (página 2)

Enviado por HERBERT ORE



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Cuando se realiza el estudio de las iniciaciones en el tiempo, se encuentra que estuvo asociado a los misterios: "Hubo misterios instituidos en todos los pueblos conocidos por la historia en la era precristiana: en Egipto como en la India, en Persia, Caldea, Siria, Grecia y en todas las naciones mediterráneas, entre los druidas, los godos, los escitas y los pueblos escandinavos, en la China y entre los pueblos indígenas de América. Pueden observarse trazas de ellos en las curiosas ceremonias y costumbres de las tribus de África y Australia, y en todos los pueblos llamados primitivos, a los que tal vez, más justamente, deberíamos considerar como supérstite degenerados de razas y civilizaciones más antiguas.

Tuvieron fama especialmente los Misterios de Isis y de Osiris en Egipto; los de Orfeo y Dionisios y los Eleusinos en Grecia, y los de Mitra, que, desde Persia, se extendieron, con las legiones romanas, por todos los países del imperio. Menos conocidos y menos brillantes, especialmente en su período de decadencia y degeneración, fueron los de Creta y los de Samotracia, los de Venus en Chipre, los de Tammuz en Siria y muchos otros.

También la religión cristiana tuvo en el principio sus Misterios, como surge de los indicios de naturaleza inequívoca que encontramos en los escritos de los primitivos Padres de la Iglesia, enseñándose a los más adelantados un aspecto más profundo e interno de la religión, a semejanza de lo que hacía el mismo Jesús, que instruía al pueblo por medio de parábolas, alegorías y preceptos morales, reservando al pequeño círculo elegido de los discípulos –los que escuchaban y ponían en práctica la Palabra- sus enseñanzas esotéricas. La esencia de los Misterios Cristianos se ha conservado en las ceremonias que constituyen actualmente los Sacramentos.

Igualmente la religión musulmana, así como el Budismo y la antigua religión brahmánica, tuvieron y tienen sus Misterios, que han conservado hasta hoy muchas prácticas, sin duda anteriores al establecimiento de dichas religiones, reminiscencia de aquellos que se celebraban entre los antiguos árabes, caldeos y arameos y fenicios". Tomado de: Aldo Lavagnini – Manual del Aprendiz.

La iniciación en Egipto

Los egipcios practicaban la Iniciación en la Gran Pirámide que es una copia fiel del cuerpo humano y se puede decir simbólicamente que es la tumba del Dios Intimo que se halla dentro del hombre. Y para que el hombre vuelva a la Unidad con el Dios Intimo, debe buscar en su iniciación su mundo Interno, para ello, el aspirante debía penetrar en el interior de la Gran Pirámide en busca de la Iniciación.

Pero la iniciación no era pública por lo siguiente:

- Para velarlos a los ojos del profano y

- Para facilitar su comprensión al candidato.

Ahora describiremos una recreación de la iniciación en el Egipto: Amedes dice a Shetos, cuando llegan al pie del misterioso Santuario de la Iniciación:

Sus secretos caminos conducen a los hombres amados de los dioses, a un término que ni siquiera puedo nombrar. Es indispensable que ellos hagan nacer en ti el ardiente deseo de alcanzarlo: La entrada de la Pirámide está abierta para todo el mundo; pero compadezco a los que tienen que buscar la salida por la misma puerta cuyos umbrales han franqueado, no habiendo conseguido otra cosa que satisfacer su curiosidad muy imperfectamente y ver lo poco que les es dado referir.

Pero el aspirante insiste en el propósito de recibir la Iniciación y escala tras de su Maestro (el yo superior) el lado norte de la Pirámide, hasta llegar a una puertecilla cuadrada, siempre abierta, de reducidas dimensiones (tres pies de ancho y otros tres de altura), que da acceso a un pasadizo angosto. El discípulo y su guía recorren arrastrándose con dificultad. El guía va delante con una lámpara del saber humano que apenas alumbra su camino.

La palabra Pirámide viene de "PIR" equivalente a fuego, o sea, Espíritu.

La iniciación en la Pirámide equivale a la comunicación con los grandes misterios del Espíritu "La Unión en el Reino de Dios Interno con el Padre". Este fuego no es el fuego material, ni tampoco el fuego o luz de los soles, sino el otro fuego, mil veces más excelso, el del PENSAMIENTO.

La gran Pirámide Iniciática dentro de la cual penetraba el candidato, es el símbolo de nuestro propio cuerpo. ¿Dónde, en efecto, sino en él, nos iniciamos, más o menos a lo largo de la vida y de las vidas?

En esta Gran Pirámide Cuerpo, estamos iniciados evolutivamente hasta llegar a la condición de los Adeptos Divinos, iniciadores a nuestra vez, de los seres inferiores a nosotros.

Después de muchas angustias en pocos momentos, que al aspirante le parecen siglos, llega a una habitación de regulares dimensiones (dentro de la caja torácica). Allí le reciben dos iniciados (dos intercesores: el YO SUPERIOR Y EL ANGEL DE LA GUARDA. Ambos son creados por el mismo hombre con lo mejor de sus aspiraciones presentes y pasadas), a quienes no debe hacer ninguna pregunta. Pero el aspirante ignora esta prohibición, trata de pedirles explicaciones, mas se le informa que no debe malgastar el tiempo, ya que no obtendrá ninguna respuesta, porque los intercesores no son más que sus propias criaturas (y sólo el Dios Intimo es quien puede dar respuestas verdaderas).

Estos dos intercesores conducen el pensamiento al mundo interno y entran en un extenso corredor que conduce y termina por fin al borde de un precipicio profundo e insondable (el precipicio de las tentaciones de los deseos que conduce a la parte inferior del cuerpo físico; el aspirante debe ser tentado con esta prueba y debe bajar al pozo oscuro de su propio cuerpo).

Una luz (emanada del Yo Soy) puesta en el borde, le permite apreciar el peligro de una espantosa caída (cuando el pensamiento se dirige a este mundo inferior y se deleita en él). Mirando con atención, el aspirante distingue unas barras empotradas en un lado de la negra sima que aunque no sin riesgo, hacen posible el descenso (del pensamiento) por ellas a hombres de cabeza firme y ánimo imperturbable.

El aspirante prefiere bajar para no sufrir las dificultades del regreso. A bastante profundidad terminan los escalones de sus costillas, pero sin llegar todavía al fondo. En el último escalón (del vientre) busca la solución al terrible problema y entonces encuentra en la pared una abertura o una estrecha ventana y por ella podría entrar en otro corredor, todavía descendiente, pero en forma de espiral angosto. Al final de la pendiente del pasadizo, tropieza el neófito con una fuerte verja; la empuja y cede; pero, al cerrarse detrás de él, choca contra sus quicios y produce un fragor infernal.

Sigue adelante y otra reja le corta el paso. Al aproximarse ve que continúa un estrecho y bajo corredor sobre cuya entrada brilla este letrero: "Todos los que recorren este camino, solos y sin mirar atrás, serán purificados por el fuego, por el agua y por el aire. Si consiguen vencer el miedo (de la mente) a la muerte saldrán del seno de la tierra (de la profundidad del cuerpo humano) volverán a ver la luz (del Sol en el corazón) y tendrán el derecho de preparar el alma para recibir la revelación de los misterios de la Gran Diosa Isis" (Los misterios de la naturaleza humana).

Hasta aquí el aspirante, desde su entrada por la puerta de la Pirámide, o por su propio corazón, tuvo que caminar por cuatro corredores y estos corredores se comunican entre sí por estancias o verjas. El pensamiento durante su penetración en el mundo interno tiene que recorrer los cuatro corredores que unen y comunican entre los cuatro centros mágicos y poderosos dentro del cuerpo del hombre, que conducen a las cuatro etapas inferiores del mundo interno, siguiendo las leyes cósmicas de la involución; pero una vez llegado a la última etapa comienza nuevamente su ascenso después de ser probado en su evolución por el fuego, por el agua y por el aire.

El aspirante sigue el camino de la Iniciación.

Aunque nadie le ve, siempre está vigilado por sus intercesores y a la menor debilidad, acudirán presurosos y, por otros corredores le conducirán a la puerta de entrada para que se reintegre a la luz y a la vida exterior, no sin haber jurado que a nadie referiría lo ocurrido. El perjuro será castigado terriblemente porque este descenso a las etapas inferiores otorgan al aspirante los poderes de las tinieblas y ¡ ay de quien se atreve a comunicar estos poderes a los demás! y ¡ay de quien los utiliza para sus fines personales!

Al final del oscuro corredor encuentra el aspirante a tres iniciados que cubren sus cabezas y sus rostros con la máscara de Anubis. (Hay tres iniciadores que nos conducen en estas etapas antes de llegar al altar de los misterios Mayores: El Gran Iniciador, que es el Maestro Interno; el Iniciador Menor, que es el instructor mental y, el Iniciador Mediano, que es nuestro Poder de voluntad.)

Aquella puerta es en la Iniciación, la puerta de la muerte.

Uno de los enmascarados dice al aspirante: "No estamos nosotros aquí para estorbarle el paso. "Puedes seguir tu marcha, si los dioses te conceden el valor que necesitas. Pero ten por sabido, que si transpuesto este lugar (y llegas hasta el fuego sagrado de tu Divinidad), y en algún momento retrocedes, aquí estamos para impedirte que huyas. Hasta ahora libre eres para desandar lo andado, mas si prosigues habrás perdido toda esperanza de salir de estos lugares sin obtener la definitiva victoria. A tiempo estás; decídete. Si renuncias, aún puedes salir por este corredor (que comunica con el mundo exterior) sin volver atrás la vista: si avanzas, sigue el camino que ves frente a ti (que conduce al centro de la médula espinal) por donde debes escalar hasta el CIELO. Este camino debes recorrerlo sin vacilación (si no quieres ser retenido en vuestro propio infierno). Escoge".

Al contestar el aspirante que nada le arredra, los tres guardianes, dejan pasar, cerrando la puerta (la cuarta). Otra vez queda solo en un largo pasadizo a cuyo extremo advierte un resplandor. A medida que adelanta, su luz se hace más intensa llegando a ser deslumbradora. Pronto llega a una estancia abovedada donde, a un lado y a otro, arden enormes piras cuyas llamas se entrecruzan en el centro (de la base de la columna vertebral).

Esta parte está cubierta por un enrejado incandescente. Los clavos apenas le permiten poner el pie en lugar seguro de quemaduras, y al recorrerlo no era sólo el peligro de padecer abrasado el que le amenaza, sino el morir asfixiado en aquel ambiente irrespirable.

Cerrando los ojos, el aspirante penetra en la ígnea habitación; pero ¡oh increíble encanto! Al tocar sus pies el enrejado fino, (cuando el pensamiento puro penetra sin temor en el fuego sagrado) las llamas desaparecen, las hogueras se apagan instantáneamente y el paso entre ellas se hace posible sin temor a afrontar una muerte espantosa. Y no se crea que se trata con esto de un mero símil, sino de una realidad tangible. En las entrañas misteriosísimas de nuestro cuerpo, como en las de nuestro Planeta arde, según la física, un gran fuego, y duerme según la Metafísica un fuego aún más intenso, es el fuego del Cósmico pensamiento. Estos fuegos ocultos a la mirada del profano, que vive fuera de su Templo, son vistas y sentidas solamente por el Iniciado.

El dominio de los tres cuerpos es necesarísimo para la última prueba que equivalía al coronamiento de toda la iniciación. Significaba la completa dejación de todo lo vulgar, lo terrenal, para alcanzar la suprema luz; la que sólo brilla ante los ojos cerrados por la muerte física.

Esta última prueba consistía en colocar al discípulo dentro de un sarcófago.

Echado dentro de él, tenía que pasar inmóvil toda una noche entregado a profunda meditación y a especiales rezos. En estas condiciones, realizaba la proyección de cuerpo ASTRAL, según los métodos que le habían enseñado, y su cuerpo invisible, arrastrado por las corrientes de los planos superiores, ascendía a las alturas donde le era dicha la última palabra, donde conocía el último secreto de la absoluta verdad. Al lucir el nuevo día levanta de la base del sarcófago un hombre distinto: un Adepto perteneciente a la suprema jerarquía de la INICIACION. Sus poderes eran indescriptibles, y sus obligaciones y responsabilidades eran espantosas. Sólo un maestro de la Secreta Sabiduría podía ser capaz de afrontarlas.

La entrada en el mundo astral, necesita el dominio de los tres cuerpos arriba indicados, el aspirante debe ser puro en cuerpo físico, en cuerpo de deseos y en cuerpo de pensamientos o en otro término, en pensamientos, deseos y obras.

La verdad es interna y para llegar hasta ella debemos entrar en nuestro mundo interno y hacer de nuestro cuerpo físico un sarcófago. Por medio de la profunda meditación y la oración mental, el espíritu penetra en las corrientes divinas, asciende hasta el Padre quien "al vencedor le dará maná escondido; y le dará una piedrecilla blanca y en la piedrecilla un nombre nuevo escrito, que no sabe ninguno sino aquel que lo recibe".

La religión en Egipto.

La religión egipcia fue una religión esotérica, cuyos ritos eran sustraídos de la vista del pueblo, al menos en su parte esencial. El templo egipcio era fundamentalmente distinto de una iglesia moderna, que está abierta a todos, aun a los incrédulos: los "profanos", los que no formaban parte del sacerdocio, no podían entrar en el santuario del dios o de la diosa.

Después de un patio público había una sala cuyo techo soportaban numerosas columnas (sala hipóstila, literalmente: "bajo las columnas"). Esta parte del templo, donde los fieles depositaban sus ofrendas al dios, era accesible bajo ciertas condiciones. Luego, seguía el santuario, al que solo podían entrar los sacerdotes: los Colegios sacerdotales eran los únicos depositarios de los ritos, de los símbolos y de las doctrinas de la religión.

Los ritos de iniciación.

Isaac Asimov en su libro "Historia de los Egipcios" dice: Es posible que el culto del sol condujera de forma natural a la noción del ciclo de vida, muerte y renacimiento. Cada tarde el sol se ponía por el Oeste, y cada mañana se elevaba de nuevo. Los egipcios imaginaban al sol como un infante que aparecía por el Este, crecía con rapidez, alcanzando el pleno desarrollo a mediodía, la madurez al ir cayendo hacia el Oeste, y la vejez y la muerte al irse poniendo y desaparecer. Pero tras realizar un peligroso viaje a través de las cavernas del mundo subterráneo, volvía a aparecer por el Este, a la mañana siguiente, con el aspecto fresco y joven de un muchacho, renovando así su vida.

En los santuarios se desarrollaba un ritual sumamente complejo, casi siempre consagrado a un mito central: la leyenda de Osiris, cuya muerte y resurrección simbolizaban el ritmo de las estaciones. Osiris, el dios-hombre, y su hermana-esposa, Isis, eran las dos divinidades más populares del antiguo Egipto, y su culto, particularmente el de Isis, había de difundirse más tarde en toda la cuenca del Mediterráneo. Alrededor del mito de Osiris, muerto y descuartizado por su hermano Seth, y luego resucitado gracias a los poderes mágicos de su mujer Isis, giraba la mayoría de los ritos de iniciación. Osiris, el dios que muere y resucita, encarnaba a un tiempo: la vegetación, que se corrompe en la tierra y renace en primavera; el Sol, que parece desaparecer y reaparece a la mañana siguiente; el dios que ha conquistado la inmortalidad y, como tal, juzga a los hombres después de muertos.

En él había de tomar ejemplo el iniciado: después de la muerte, el hombre podía "devenir otro Osiris", adquirir, como ese dios, existencia eterna; pero el iniciado podía, en esta vida, deificarse, morir simbólicamente, para renacer a una existencia divina.

Morir para renacer, tal era la lección que enseñaba el mito de Osiris, La leyenda se ponía en acción en los santuarios, en el curso de ceremonias secretas, durante las cuales los miembros de la jerarquía sacerdotal eran actores en una serie de espectáculos simbólicos, destinados a dar al iniciado la sensación de que moría y luego renacía a una existencia inefable.

Simbolismo y doctrina.

La Simbología egipcia es aún, a pesar de los numerosos trabajos de los egiptólogos, poco conocida. Como no podemos examinar todos los curiosos emblemas que se encuentran en los templos egipcios mencionemos simplemente los símbolos que más a menudo se asociaban a las figuraciones de la diosa Isis: los cuernos, el globo, el cántaro, la media luna, el niño al que está amamantando, el vestido que le llega hasta los pies, la barca, la hoz, y el Ankh, o cruz ansada (o cruz de San Antonio), cuyo significado sigue siendo misterioso; sin embargo, se da la siguiente interpretación: "Es el símbolo de la vida eterna, el circuito vital irradiado por el Príncipe que baja a la superficie (sobre la pasividad que él anima); penetra en las profundidades hasta el infinito, lo que está expresado por la línea vertical."

En lo que respecta a las doctrinas secretas, citaremos algunos rasgos de esas síntesis doctrinales, en que se hallan reunidas casi todas las doctrinas clásicas del esoterismo: la organización del mundo por la acción de un Demiurgo ígneo, manifestándose fuera del caos primordial, de las Aguas tenebrosas; la aparición de las potencias divinas por parejas sucesivas compuestas por un dios y una diosa; la generación múltiple de éstos en el seno de la gran Unidad, que permanece siempre idéntica a sí misma; la posibilidad de una identificación del alma humana con el principio de que procede.

La teología, egipcia ejerció gran influencia sobre el pensamiento en el mundo de entonces cuando Alejandría llegó a ser el principal centro intelectual; las huellas se encuentran fácilmente en ciertas Gnosis, en los diferentes Misterios del imperio romano y, según parece, hasta en el cristianismo: según ciertos autores, en el culto de Isis estaría el origen del culto cristiano de la Virgen, pues la diosa egipcia era la simbolización de la Naturaleza, siempre fecundada, pero siempre virgen.

Las Vírgenes negras.

La tierra es de un modo natural fecunda, de una fecundidad siempre renovada, la Diosa-Tierra era particularmente invocada por las mujeres estériles que deseaban tener un hijo. Más tarde, las Vírgenes Negras siguieron teniendo esa reputación milagrosa de conceder la fecundidad y, por extensión, de ser protectoras de los niños de corta edad.

Las gentes sencillas, muy atadas a esas prácticas, no hacían otra cosa que presentir la grandiosa concepción cosmogónica y naturalista que esta función milagrosa representaba.

En efecto, en la mayoría de los antiguos relatos sagrados de la humanidad, todo en el universo nacía siempre del encuentro y la síntesis de un principio masculino y un principio femenino. Así, la Tierra, virgen en su origen, fue fecundada por los rayos del sol, y es gracias a esta acción bienhechora que pudo dar vida a todo lo que existe, la Naturaleza y la Humanidad. Desde entonces, sin caer no obstante en un politeísmo primitivo, los antiguos hicieron de la tierra, de la Diosa-Tierra, la representación simbólica del gran principio femenino de todas las cosas, y del Sol, la del principio masculino por excelencia.

En todas las religiones en las que se venera a una Diosa-Tierra, siempre aparece indisolublemente asociado con ello un culto solar. Tanto entre los egipcios, como en el caso de los incas, los griegos o los celtas, no hay Diosa-Tierra sin Dios-Sol, su complemento indispensable.

¿Y el color negro? Precisamente este color es el que se utiliza simbólicamente para representar esa tierra primitiva que, una vez fecundada, será fuente de toda vida. Diosa-Tierra implica color negro.

La iniciación griega

Durante mucho tiempo se consideró a Grecia como la tierra donde floreció lo que se llama "el espíritu clásico"; el gusto del orden y de la armonía, el sentido del equilibrio. En realidad hay pocos países donde el esoterismo y las religiones de los Misterios hayan proliferado más: al lado del espíritu "apolíneo" floreció el espíritu "dionisíaco" bajo sus múltiples formas.

Dioniso.

El culto de Dioniso es una de las más antiguas religiones de Misterios de Grecia; y se le atribuye un substrato religioso indoiranio. (Dioniso es Div-an-aosba, el dios ario de la "bebida de inmortalidad", el páredro de la gran Diosa-Madre que se encuentra en todo el Mediterráneo prehelénico.)

El toro, la serpiente, la hiedra y el vino son los signos de la característica atmósfera dionísica, infundida por la insaciable vida del dios. Su numinosa presencia significa que el dios está cerca. Dioniso está estrechamente asociado con los sátiros, los centauros y los silenos. Siempre porta un tirso. Además de la parra y su alter ego salvaje estéril, la hiedra venenosa, estaba también a él consagrada la higuera. La piña que coronaba su tirso le relacionaba con Cibeles, y la granada con Deméter.

Dioniso tuvo un nacimiento inusual. Su madre fue Sémele (hija de Cadmo), una mujer mortal, y su padre Zeus, el rey de los dioses. Cuando Dioniso creció, descubrió la cultura del vino y la forma de extraer su precioso jugo, la leyenda narra lo siguiente: Dioniso se encontró con un frágil tallo de parra, sin pámpanos, racimos o fruto alguno. Le gustó, y decidió hacer algo para preservarlo. En primer lugar, lo introdujo en un huesecillo de pájaro. Tan a gusto se encontró el tallo, que siguió creciendo. Fue entonces cuando tuvo que trasplantarlo al interior de un hueso de león. Posteriormente, hubo de pasarlo a un hueso de asno, de mayor tamaño. Al tiempo, el tallo se convirtió en una parra y dio su fruto. Entonces descubrió Dioniso las propiedades del zumo fermentado, por la génesis del tallo se interpretan los estados que infunde el vino al bebedor. Si bebe, se encontrará alegre y fuerte (como un pájaro y como un león, respectivamente). Pero, en caso de excederse, el bebedor se volverá tonto (como un asno).

Es posible que la mitología dionisíaca fuese más tarde incorporada al Cristianismo. Hay muchos paralelismos entre las leyendas de Dioniso y Jesús: se decía de ambos que habían nacido de una mujer mortal engendrados por un dios, que volvieron de entre los muertos, y que transformaron el agua en vino.

Quizás habría que agregar fuertes influencias egipcias, pues la pareja Dioniso-Deméter recuerda la pareja Osiris-Isis . Sea como fuere, se comprueba la existencia, en todas las partes del mundo helénico, de Colegios, asociaciones secretas o tíasos, que celebraban a Dioniso con un culto exaltado, cultos agrarios que simbolizaban la Primavera: danzas con carácter sexual muy acentuado, ebriedad colectiva, sacrificios sangrientos y prácticas mágicas diversas. Análogos a esos Misterios dionisíacos, eran los de Sabazio y su páredra Anaitis, cuyo ritual se parecía a los misterios frigios de Atis y de Cibeles, cuya influencia había de ser, más tarde, tan grande sobre el paganismo romano.

Los Misterios de Eleusis.

De carácter más oficial eran los Misterios de Eleusis (cerca de Atenas), consagrados a Deméter; su finalidad era celebrar la unión de Zeus y de la diosa, es decir, del Cielo y de la Tierra, y de renovarla místicamente para asegurar y promover la fecundidad de la naturaleza. Lo que en ellos se encontraba, como por lo demás en todos los Misterios antiguos, no era una enseñanza, sino espectáculos simbólicos, pues la parte central de esos misterios era la reconstitución de las bodas de Zeus y Deméter. Se distinguían los "pequeños" y los "grandes" misterios, en los que se hacían iniciar sucesivamente; de ahí la distinción de dos clases de iniciados: los mistos y los epoptos.

Los misterios estaban basados en una leyenda en torno a Deméter. Su hija Perséfone, también llamada Core ("la Muchacha") fue secuestrada por Hades, el dios de la muerte y el inframundo. Deméter era la diosa de la vida, la agricultura y la fertilidad. Descuidó sus deberes mientras buscaba a su hija, por lo que la Tierra se heló y la gente pasó hambre: el primer invierno. Durante este tiempo Deméter enseñó los secretos de la agricultura a Triptólemo. Finalmente Deméter se reunió con su hija y la tierra volvió a la vida: la primera primavera. Desafortunadamente, Perséfone no podía permanecer indefinidamente en la tierra de los vivos, pues había comido unas pocas semillas de una granada que Hades le había dado, y aquellos que prueban la comida de los muertos, ya no pueden regresar. Se llegó a un acuerdo por el que Perséfone permanecía con Hades durante un tercio del año (el invierno, puesto que los griegos sólo tenían tres estaciones, omitiendo el otoño) y con su madre los restantes ocho meses.

Los misterios eleusinios celebraban el regreso de Perséfone, pues éste era también el regreso de las plantas y la vida a la tierra. Perséfone había comido semillas (símbolos de la vida) mientras estuvo en el inframundo (el subsuelo, como las semillas en invierno) y su renacimiento es, por tanto, un símbolo del renacimiento de toda la vida vegetal durante la primavera y, por extensión, de toda la vida sobre la tierra.

Había dos partes en los Misterios Eleusinios: los mayores y los menores. Los misterios menores se celebraban en anthesterion (sobre marzo), si bien la fecha exacta no siempre era fija y cambiaba ocasionalmente, a diferencia de la de los mayores. Los sacerdotes purificaban a los candidatos para la myesis de iniciación. Sacrificaban un cerdo a Deméter y entonces se purificaban a sí mismos.

Los misterios mayores tenían lugar en boedromion (el primer mes del calendario ático) y duraban nueve días. El primer acto de los misterios mayores (14 de boedromion) era el traslado de los objetos sagrados desde Eleusis hasta el Eleusinion, un templo en la base de la Acrópolis de Atenas. El 15 de boedromion, los hierofantes (sacerdotes) declaraban el prorrhesis, el comienzo de los ritos.

Las ceremonias comenzaban en Atenas el 16 de boedromion con los celebrantes lavándose a sí mismos en el mar en Falero y sacrificando un cerdo joven en el leusinion el 17 de

boedromion.

La procesión comenzaba en el Cerámico (el cementerio ateniense) el 19 de boedromion y la gente caminaba hasta Eleusis, siguiendo el llamado "Camino Sagrado", balanceando ramas llamadas bakchoi por el camino. En un determinado punto de éste, gritaban obscenidades en conmemoración de Yambe (o Baubo, una vieja que —contando chistes impúdicos— había hecho sonreír a Deméter cuando ésta lloraba la pérdida de su hija). La procesión también gritaba "¡Iakch' o Iakche!", refiriéndose a Yaco, posiblemente un epíteto de Dioniso, o una deidad independiente, hijo de Perséfone o Deméter.

Tras llegar a Eleusis, había un día de ayuno en conmemoración al que guardó Deméter mientras buscaba a Perséfone. El ayuno se rompía para tomar una bebida especial de cebada y poleo llamada ciceón (kykeon). En los días 20 y 21 de boedromion, los iniciantes entraban en una gran sala llamada Telesterion donde les eran mostradas las sagradas reliquias de Deméter. Esta era la parte más reservada de los misterios y aquellos que eran iniciados tenían prohibido hablar jamás de los sucesos que tenían lugar en el Telesterion, so pena de muerte.

Respecto al clímax de los misterios, hay dos teorías modernas. Algunos sostienen que los sacerdotes eran los que revelaban las visiones de la sagrada noche, consistentes en un fuego que representaba la posibilidad de la vida tras la muerte, y varios objetos sagrados. Otros afirman que esta explicación resulta insuficiente para explicar el poder y la longevidad de los misterios, y que las experiencias debían haber sido internas y provocadas por un ingrediente fuertemente psicoactivo contenido en el kykeon.

La siguiente a esta sección de los misterios era el pannychis, un festín que duraba toda la noche y era acompañado por bailes y diversiones. Las danzas tenían lugar en el Campo Rhario, del que se decía que era el primer punto en el que creció el grano. También se sacrificaba un toro bastante tarde durante la noche o temprano la siguiente mañana. Ese día (22 de boedromion), los iniciandos honraban a los muertos vertiendo libaciones de vasijas especiales.

Los misterios terminaban el 23 de boedromion y todos volvían a sus casas.

En el centro del Telesterion estaba el Anaktoron (palacio), un pequeño edificio de piedra al que sólo el hierofante podían entrar. Los objetos sagrados se guardaban en él.

Había cuatro categorías de gente que participaba en los Misterios eleusinios:

Los sacerdotes, sacerdotisas e hierofantes

  • Los iniciados, que se sometían a la ceremonia por primera vez

  • Los otros que ya habían participado al menos una vez y eran aptos para la última categoría

  • Aquellos que habían alcanzado la epopteia (revelación), que habían aprendido los secretos de los mayores misterios de Deméter.

Lo anterior es sólo un resumen, pues una gran parte de los Misterios de Eleusis nunca se pusieron por escrito. Por ejemplo, kiste y kalathos eran, respectivamente, un cofre y una cesta con tapa sagrados, cuyos contenidos sólo conocían los iniciados. Aún hoy se desconocen cuáles eran, y probablemente nunca se sabrá.

Jack Christian en su Libro "La Masonería Historia e Iniciación" relata como los miembros de la comunidad eleusina iniciaban a sus elegidos: "Tras tres investigaciones el candidato se presenta a su logia para ser interrogado sobre sus opiniones e intenciones ¿Qué se exige del candidato? Primero una conducta moral irreprochable. Un criminal es rechazado inmediatamente, luego un juramento por el que se compromete a no revelar nada de lo que se le enseñe: Finalmente se le pide que abandone su fortuna y bienes materiales. Estas tres condiciones subsisten en la actual masonería".

El Orfismo.

Mencionemos también los Misterios de Orfeo, centrados alrededor del mito de Zagreo (idéntico a Dioniso), desgarrado y resucitado. La cosmogonía órfica se parece bastante a las doctrinas egipcias o hindúes. En ella se ve a la Noche producir el Huevo del mundo, cuyas dos mitades forman el Cielo y la Tierra, y de donde nace el Eros luminoso, principio de vida. Pero lo que da al estudio del Orfismo el mayor interés son sus doctrinas sobre la Salvación del alma, que, encerrada en el cuerpo como en una prisión, transmigra continuamente de un ser a otro en un ciclo sin fin; la iniciación, junto con la abstinencia y renunciación, permiten romper el "ciclo infernal" de los renacimientos: Los hombres descienden de los titanes, nacieron de las cenizas de esos enemigos del Dios, fulminados por Zeus en castigo de su crimen; por consiguiente, su naturaleza comporta un elemento malo, que a veces se designa como terrestre. Pero también comporta un elemento divino o celeste, pues los titanes habían devorado al hijo de Zeus. Sin admitir formalmente la noción de la caída o del pecado original, ese dualismo atestigua la idea de una mácula impresa a la especie humana y, por ese medio, plantea los términos de un problema de salvación... El ciclo sin fin de los renacimientos es la eternidad del dolor; se trata de librarse de él, y esa liberación es la finalidad de la vida órfica. El Orfismo parece haber influido fuertemente en Platón, y por lo demás podemos preguntarnos si el famoso mito de la Caverna, en la República, no relata una iniciación practicada por una secta órfica a la que pertenecía Platón.

El credo órfico propone una innovadora interpretación del ser humano, como compuesto de un cuerpo y un alma, un alma indestructible que sobrevive y recibe premios o castigos más allá de la muerte. Para los órficos es el alma lo esencial, lo que el iniciado debe cuidar siempre y esforzarse en mantener pura para su salvación. El cuerpo es un mero vestido, un habitáculo temporal, una prisión o incluso una tumba para el alma, que en la muerte se desprende de esa envoltura terrena y va al más allá a recibir sus premios o sus castigos, que pueden incluir algunas reencarnaciones o metempsicosis en otros cuerpos (y no sólo humanos), hasta lograr su purificación definitiva y reintegrarse en el ámbito divino.

El proceso de purificación puede ser largo y realizarse en varias transmigraciones del alma o metempsicosis. De ahí el precepto de no derramar sangre humana ni animal, ya que también en formas animales puede latir un alma humana (e incluso la de un pariente). Al iniciarse en los misterios, el hombre adquiere una guía de salvación, y por eso en el Más Allá los iniciados cuentan con una contraseña que los identifica, y saben que deben presentarse ante los dioses de ultratumba con un saludo amistoso, como indican las laminillas órficas que se entierran con ellos. Las laminillas áureas apuntan instrucciones para realizar bien la katábasis y entrar en el Hades (no beber en la fuente del Olvido, sí en la de la Memoria, proclamar "también yo soy un ser inmortal", etc.).

Sin embargo, antes de entrar a comentar estas cuestiones, conviene recordar brevemente los rasgos arguméntales más característicos de este mito. Para ello resulta de gran utilidad resumir la descripción que hizo Virgilio al final de la Geórgica IV, la primera versión de la historia que ha llegado completa hasta nosotros.

Cuenta Virgilio, al finalizar la mencionada Geórgica IV, que Orfeo era un cantor y músico tracio de poderes extraordinarios, pues con los sones de su voz y los armónicos acordes de su música lograba que las fieras lo siguiesen, que los árboles e, incluso, las rocas se inclinasen y moviesen a su paso y que los hombres se calmasen al oírlo. Precisamente su participación, junto con otros héroes de gran prestigio y fama, en el viaje de los Argonautas tuvo por finalidad utilizar los poderes de su capacidad musical para marcar la cadencia de los remeros y apaciguar las tempestades marinas con sus cantos:

Tan grande era la fuerza de su música que, cuando la nave Argos pasó por delante de las Sirenas que intentaban seducir a los marineros de la nave, Orfeo utilizó un recurso distinto del de Ulises: cantando aún mejor que ellas consiguió que los tripulantes se mantuviesen quietos en sus bancos.

Orfeo estaba profundamente enamorado de su mujer Eurídice. Sin embargo, la fatalidad quiso que Aristeo persiguiese un día a Eurídice para violarla. Cuando huía, una serpiente venenosa le mordió y Eurídice murió. Orfeo quedó desconsolado. Embargado por la tristeza, dejó de cantar sumiendo a la naturaleza que le rodeaba en una profunda melancolía. Por fin, añorando desesperadamente a su mujer decidió ir a la puerta del Hades donde consiguió, con su música, que hasta la más inflexible de las diosas, la diosa del Hades (Hécate o Perséfone) se apiadase de él hasta el extremo de que le permitió hacer algo que estaba vetado a todos los demás mortales: descender al Hades para recuperar a su mujer. Únicamente le impuso una estricta condición: que cuando la encontrase y retornase con ella al mundo terrenal, Eurídice debía seguirle y Orfeo, en ningún caso, podría girarse hacia atrás para comprobar si la mujer le seguía. Si incumplía esta orden, la perdería definitivamente. Orfeo aceptó el reto. Caminando por el Hades consiguió paralizar con sus cantos toda la vida y movimientos del antro infernal (la rueda de Ixión y la piedra de Sísifo dejaron de rodar y las Danaides abandonaron momentáneamente su inútil trabajo de llenar de agua las jarras agujereadas) hasta que, por fin, encontró a Eurídice. Ella, tal como había sido prescrito, siguió sumisamente sus pasos a lo largo del camino de retorno hacia la luz del sol. Sin embargo, Orfeo, cuando ya estaba pisando el umbral de la salida del Hades, no pudo contener su humana curiosidad y se giró hacia atrás para comprobar si su mujer le seguía, aunque tan sólo llegó a intuir como una sombra espectral se desvanecía hacia las profundidades del abismo infernal. La amenaza de la diosa del Hades se había cumplido implacable.

Orfeo, ahora doblemente desconsolado, intentó volver a buscarla. Sin embargo, la ley fijada por Perséfone le impedía retornar al Hades. Desesperado, no le quedó más remedio que vagar solitario, consumido por la aflicción de su doble desgracia. Había perdido a su mujer por dos veces consecutivas. La última por no haber sabido contener su curiosidad y respetar la orden divina.

Sobre lo que sucedió después hay muchas versiones, aunque todas giran alrededor del mismo argumento: que Orfeo volvió a su país, Tracia, y que allí tuvo muchos problemas con las mujeres que le acosaban y pretendían. Añorando todavía a su esposa, se negó a mantener ningún tipo de relación con ninguna otra mujer, hecho que las mujeres tracias interpretaron como un insulto y un menosprecio hacia ellas. Otros testimonios informan que sólo se rodeaba de hombres, lo que le valió la fama de haber instaurado la homosexualidad o, incluso de entenderse sólo con niños, circunstancia que también le valió la fama, esta ya mucho más dudosa en los tiempos que corren, de haber inventado la pederastia.

Orfeo acabó su vida descuartizado por las mismas mujeres tracias que sentían una pasión irresistible por él. Se cuenta que su cabeza y su lira fueron a parar al río Hebro y que, siguiendo su curso, continuaron cantando hasta que llegaron a la isla de Lesbos. Isla que, por este motivo, fue consagrada a la lírica.

De todas las hazañas y aventuras que jalonan el relato hay, sin duda, una de excepcional y digna de ser recordada: la bajada al Hades. Muy pocos héroes se atrevieron a realizar una empresa de semejante riesgo: Ulises, para consultar el alma de Tiresias; Hércules, para buscar y secuestrar al Cancerbero por orden de Euristeo, y Teseo, quien junto con su compañero Piritoo visitó el Hades para secuestrar a la misma diosa Perséfone, acción que frustró Hades, su marido, al simular un banquete y dejar clavado en su asiento al intruso hasta que éste fue liberado por Hércules.

El descensus ad inferos representa el mayor reto con el que pueda enfrentarse un humano y su mera realización constituye el acto heroico por excelencia. Ningún otro desafío puede comparársele pues ninguna otra hazaña puede equipararse con el peligro de enfrentarse con las fuerzas de ultratumba y arrostrar los riesgos que comporta ese acto excepcional. Desde el punto de vista de la evolución del pensamiento occidental esta gesta resulta decisiva porque, tras la aventura de Orfeo, se oculta el origen de la creencia en la existencia de un mundo del más allá relacionado con una noción nueva y mistérica, llamada a revolucionar el pensamiento y mentalidad religiosa del mundo griego: la inmortalidad del alma y su posterior sometimiento a los ciclos de reencarnaciones.

Sin embargo, y fuese cual fuese la interpretación del viaje de ultratumba por parte de Orfeo, está fuera de cualquier duda que su mítica bajada al Hades representó el inicio de su prestigio y de la posterior aparición de los grupos órficos que a él se consagraron. La convicción de que Orfeo había penetrado en la morada de los muertos y de que había salido con vida de él le hizo pasar por un ser extraordinario porque había visto y conocía los más profundos secretos del más allá. Al mismo tiempo, su viaje de entrada y salida del Hades simbolizaba el ciclo de la vida-muerte-vida al que, según la creencia órfica, estaba sometida el alma.

A pesar del renombre que le reportó a su autor el viaje al Hades en busca de su mujer, esa acción fue interpretada de otro modo por Platón, que mostró su opinión discordante en el Banquete al argumentar que Orfeo, en realidad, había actuado como un cobarde:

"En cambio a Orfeo, el hijo de Eagro, lo despidieron del Hades sin conseguir nada, después de que le hubiesen mostrado el fantasma de su mujer, a quien él había ido a buscar. No se la entregaron porque lo consideraban un cobarde y, como citarista que era, no se atrevió a morir por amor como Alcestis, sino que se las ingenió para entrar vivo en el Hades".

Orfeo: El poder de la palabra.

Los testimonios más antiguos coinciden en resaltar el carácter fascinante y encantador de la voz y la lira de Orfeo. Los poetas y autores trágicos destacaron algunos rasgos de su poder musical que han llegado a ser proverbiales, como su capacidad de encantar a los animales hasta conseguir calmarlos o, incluso, de arrastrar tras de sí a los seres inanimados como los árboles y las piedras:

Los poetas identificaron el poder de su música con la fuerza de su palabra, por extensión de su capacidad musical, el discurso, el logos de Orfeo, fue considerado como un poder persuasivo que, como en el caso de Ifigenia, todos envidiaban y querrían poseer para dominar a los demás:

Tan poderoso debió de resultar su poder de convicción que Platón llegó a comparar la capacidad persuasiva de un sofista del renombre de Protágoras con el poder encantador de Orfeo:

"De cada ciudad por la que pasa Protágoras, encantándolos con su voz como Orfeo, lleva tras de él extranjeros endulzados por su voz".

El Pitagorismo.

El cuerpo es una tumba (soma sema), dicen los pitagóricos. Hay que superarlo, pero sin perderlo. Aquí aparece la conexión con los órficos y sus ritos, fundados en la manía (locura) y en la orgía. La escuela pitagórica utiliza estos ritos y los transforma. Así se llega a una vida suficiente, teorética, no ligada a las necesidades del cuerpo, un modo de vivir divino. El hombre que llega a esto es el sabio, el sophós (parece que la palabra filosofía o amor a la sabiduría, más modesta que sofía, surgió por primera vez de los círculos pitagóricos). El perfecto sophós es al mismo tiempo el perfecto ciudadano; por esto el pitagorismo crea una aristocracia y acaba por intervenir en política. Los pitagóricos seguían una dieta vegetariana a la que llamaban por aquel entonces dieta pitagórica.

Consideraban que la muerte era una necesidad que convenía al devenir (naturaleza) de la vida universal, o como un incomodo bien ante las situaciones de extrema postración humana.

Tenían una concepción de unidad de cuerpo y alma, en donde el alma después de la muerte se separaba del cuerpo, esa separación era la misma muerte. Después de la muerte del individuo el alma, que es una especie de sombra fantasmagórica, peregrinaba a través de todo, con el fin de reencarnar sucesivamente en otros cuerpos. Este es el fundamento de la palingenesia, denominada también metempsicosis o trasmigración del alma. Por esta razón los pitagóricos no rechazaban ningún estilo de vida, puesto que el alma podía transitar por cualquiera de ella. El alma era considerada la antítesis del cuerpo (negación), era el lado de la perfección humana, lo bueno, lo puro, lo racional, y el cuerpo era todo lo que simbolizaba lo malo o lo corruptible.

Para los Pitagóricos, no sólo la tierra era esférica, sino que no ocupaba el centro del universo. La tierra y los planetas giraban a la vez que el sol en torno al fuego central o "corazón del Cosmos" (identificado con el número uno).

Pitágoras, originario de la isla de Samos, nació en la ciudad fenicia de Sidón, en el año 590 antes de J. C. Llevado de un deseo ardiente de saber, recorrió gran parte de Asia; vivió en Egipto durante veinticinco años, y fue iniciado en los misterios de Diaspolis después de haber salido triunfante de austerísimas pruebas. Desde allí pasó a la tierra de los caldeos, en donde tuvo relación con los sacerdotes hebreos y con el segundo de los Zarathustras. De vuelta a su país natal, dio leyes a muchas ciudades libres de Grecia; tuvo como discípulos a más de un soberano, fundó diversas repúblicas en Italia; apaciguó las sediciones que arruinaban a numerosas comunidades; restableció la calma y la paz en gran cantidad de familias; civilizó las costumbres feroces de muchas naciones; hizo que volviesen a florecer la religión y la moral, y suavizó los sistemas de gobierno; en una palabra, la felicidad germinaba doquiera se adoptaban sus principios.

Se sabe que sus discípulos creían que las palabras del maestro eran oráculos de un dios, y que, para establecer un dogma, no alegaban más que esta célebre frase: Él lo ha dicho. Su casa recibía el nombre de santuario de la verdad, y el patio, el templo de las musas.

De su escuela salieron Arquitas, ilustre geómetra de quien dice Horacio que con infinitos cálculos midió la tierra y los cielos y se elevó hasta las regiones celestes; Lisis, el preceptor de Epaminondas; el famoso Empédocles, taumaturgo; Timeo de Locres, cuyos escritos todavía se conservan; Epicarmio, de Sicilia, quien, según afirma Cicerón, fue hombre meritísimo, y muchos más, entre los cuales citaremos a los tres sabios legisladores: Zaleuco, el que dio leyes a la ciudad de Locres; Carontas, que gobernó la de Thurium, y Zalmoxis, esclavo de Pitágoras, que redactó un sistema de legislación para el reino de Tracia.

Jack Christian en "La Masonería Historia e Iniciación" de los pitagóricos relata: "Un hermano, es otro uno mismo. Esta máxima no era teoría, sino que se aplicaba a menudo. En ciertos combates, por ejemplo, algunos pitagóricos pertenecientes a ejércitos enemigos deponían las armas cuando habían hecho el signo ritual que les permitía identificarse". Para su iniciación "el postulante iba desnudo. Al finalizar el ritual le entregaban una toga blanca, signo de la rectitud y de la irradiación del bien que penetraba en su alma", hoy los masones en forma similar al iniciado ofrecen un delantal blanco.

Para identificarse los pitagóricos se daban un apretón de manos a la manera egipcia, los masones han conservado el símbolo, así como el uso de los catecismos en el que se alternaban preguntas y respuestas rituales.

Aldo Lavagnini en el Manual del Aprendiz dice: La escuela establecida por Pitágoras, como comunidad filosófico-educativa, en Crotona, en la Italia meridional (llamada entonces Magna Grecia), tiene una íntima relación con nuestra institución. A los discípulos se les sometía primeramente a un largo período de noviciado que puede parangonarse con nuestro grado de Aprendiz, en donde se les admitía como oyentes, observando un silencio absoluto, y otras prácticas de purificación que los preparaban para el estado sucesivo de iluminación, en el cual se les permitía hablar y que tiene una evidente analogía con el grado de Compañero, mientras el estado de perfección se relaciona evidentemente con nuestro grado de Maestro.

La escuela de Pitágoras tuvo una decidida influencia también en los siglos posteriores, y muchos movimientos e instituciones sociales fueron inspirados por las enseñanzas del Maestro, que no nos dejó nada como obra suya directa, en cuanto consideraba sus enseñanzas como vida y prefería, como él mismo decía, grabarlas (otro término característicamente masónico) en la mente y en la vida de sus discípulos, más bien que confiarlas como letra muerta al papel.

Los primeros cuatro siglos de la era cristiana vieron un gran desarrollo de los cultos de Misterios y de las organizaciones iniciáticas de toda especie. Se asistió a la renovación, y aun a la resurrección, de antiguos cultos y antiguas doctrinas, así como al nacer de nuevos movimientos. La metrópoli intelectual de ese período había de ser Alejandría.

La iniciación romana

A medida que las mentes quedaban menos satisfechas con la religión romana, muy formalista, se comprobaba la invasión creciente del paganismo por los cultos orientales, que respondían a la búsqueda de la salvación; los Misterios se multiplicaban: Misterios de Dioniso, de Hécate, de la Gran Madre, de Serapis, de Cibeles, de Isis. El culto de Isis, particularmente, se desarrolló, y subsistió mucho tiempo frente al cristianismo. Conocemos el ritual de iniciación en esos misterios de Isis sobre todo por Plutarco, y también por Apuleyo, en su célebre novela Las Metamorfosis o el Asno de oro. Toda una doctrina esotérica podía apoyarse en esos Misterios: "Los vestidos de Isis están teñidos con toda clase de colores abigarrados, porque su poder se extiende sobre la materia que recibe todas las formas y sufre todas las vicisitudes, puesto que es susceptible de ser luz, tiniebla; día, noche; fuego, agua; vida, muerte; principio y fin. Pero la túnica de Osiris no presenta ni sombra ni variedad; sólo tiene un color puro, el de la luz. El Principio, en efecto, está virgen de toda mezcla, y el Ser primordial e inteligible es esencialmente puro". Las doctrinas isíacas ejercieron muy fuerte influencia sobre las corrientes de pensamiento de entonces, y los ocultistas nunca dejaron de aludir a la inscripción famosa del templo de Isis en Sais: "Soy lo que fue, es, o será, y ningún mortal ha levantado mi velo".

El Culto de Isis y los antiguos misterios.

La fama de Apuleyo va unida más a su novela: El Asno de oro que a sus obras filosóficas y oratorias. El autor construye en once libros, un fondo místico-religioso.

El episodio central de la obra es la transformación por arte de magia en asno de Lucio, un joven de Corinto, y las peripecias que sufre hasta recuperar su forma humana gracias a la intervención milagrosa de Isis. El joven Lucio, dominado por una malsana curiosidad por los hechizos y encantamientos, llega a Tesalia, la supuesta patria de la magia. Allí escucha pavorosas aventuras de encantamientos que no hacen sino acrecentar su curiosidad. Se hospeda en casa de un viejo usurero llamado Milón, cuya mujer practica la magia con la colaboración de su criada; Lucio seduce a Fotis, la criada, e intenta así conocer las artes de hechicerías de su ama. Por un error en los encantamientos se ve convertido en asno, conservando su facultad de raciocinio.

Las llaves del Infierno, así como de la Puerta de salvación, están en manos de la diosa Isis -narra Apuleyo- la admisión a los misterios consiste en acercarse a una especie de muerte voluntaria y tener la vida sólo a su disposición; puesto que una vez que llega al término la existencia de los mortales, estos se encuentran en los límites de dos mundos, Isis escoge para sus elegidos una nueva vida, abriendo el camino de la salvación, porque han sabido guardar un respetuoso silencio sobre sus augustos misterios.

Paralelamente se desarrollaban el neoorfismo y también el neopitagorismo, cuyo profeta fue el misterioso Apolonio de Tiana, especie de conde de Saint-Germain griego; en templos secretos se destinaban toda una serie de ritos misteriosos, atribuidos al propio Pitágoras, para dar al iniciado la impresión de que se comunicaba con la esencia divina, indivisa y sin mezcla, sustrayéndose de ese modo a la fatalidad inexorable de las leyes físicas. En el siglo IV, la filosofía religiosa estaba enteramente invadida por la teúrgia, las ciencias ocultas, la alquimia y los ritos iniciáticos extraños o terroríficos; un inmenso trabajo místico, se producía en los Colegios culturales del mundo mediterráneo: "Podemos situar el lugar de esa profusa trasformación en Egipto; los antiguos himnos, los encantamientos, las antiguas magias de los templos, las fórmulas misteriosas, las recetas secretas se amontonaban, llevados por las corrientes místicas nacidas en Grecia, en Irán, en Palestina, en el valle del Nilo. Se encuentra al dios bíblico Iao-Sabaoth que se identificará con el dios asiático Sabazio, Orfeo que será crucificado como Jesucristo. Sincretismo más mágico que filosófico, por lo demás, amontonamiento de técnicas, de fórmulas eficaces, forma preliminar de lo que llegará a ser la Gnosis cristiana." De esa mezcla, confusa, pero grandiosa, de ideas, de sentimientos y de ritos, el cristianismo no podía dejar de retener numerosos elementos.

Mitra.

Hay que hacer un lugar aparte a la religión de Mitra, de origen iranio, traída al Imperio por legionarios romanos. Esta religión del dios solar fue la mayor rival del cristianismo antes del triunfo definitivo de éste. El culto se celebraba en santuarios subterráneos, la mayoría de las veces grutas. Los iniciados, que disponían de signos secretos de reconocimiento, formaban una jerarquía de siete grados: Buitre (corax); Oculto (cryptius); Soldado (miles); León (leo); Persa (perses); Correo del Sol (heliodromus); Padre (pater). Las pruebas a que se sometía al postulante eran conocidas por su severidad. Las mujeres no podían ser iniciadas, en cuanto a los varones, parece que no se requería una edad mínima para ser admitido, e incluso fueron iniciados varios niños. La lengua utilizada en los rituales era el griego, con algunas fórmulas en persa, aunque progresivamente se fue introduciendo el latín.

Esta religión fue combatida con saña por la Iglesia cristiana triunfante, que veía en ese culto un rival muy peligroso; como el cristianismo, el mitraísmo interponía un mediador entre la Divinidad suprema y el hombre; veamos la oración que el neófito dirigía a Mitra: "¡Salve, Señor, dueño del agua, salve, soberano de la tierra, salve, príncipe del espíritu! Señor, vuelto a la vida, la paso en esta exaltación, y en esta exaltación muero; nacido al alumbramiento que da la vida, soy liberado en la muerte y paso en la vía por ti ordenada, según la ley que has establecido y el sacramento que has instituido."

En el mitraísmo existían siete niveles de iniciación, que estaban relacionados con los siete planetas de la astronomía de la época (Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter y Saturno), en este mismo orden. La mayoría de los miembros llegaban sólo al cuarto grado (leo), y sólo unos escogidos accedían a los rangos superiores.

En los ritos, los iniciados llevaban máscaras de animales relativas a su nivel de iniciación y se dividían en dos grupos: los servidores, por debajo del grado de leo y los participantes el resto.

Parece ser que el rito principal de la religión mitraica era un banquete ritual, que pudo tener ciertas similitudes con la eucaristía del cristianismo. Según el comentarista cristiano Justino, los alimentos ofrecidos en el banquete eran pan y agua, pero los hallazgos arqueológicos apuntan a que se trataba de pan y vino, como en el rito cristiano. Esta ceremonia se celebraba en la parte central del mitreo, en la que dos banquetas paralelas ofrecían espacio suficiente para que los fieles pudieran tenderse, según la costumbre romana, para participar del banquete. Los Cuervos (Corax) desempeñaban la función de servidores en las comidas sagradas. El rito incluía también el sacrificio de un toro, pero también se sacrificaban otros animales.

La estatua de Mitra Tauróctonos desempeñaba sin duda un papel en estos ritos, aunque no está muy claro cuál. En algunos mitreos se han descubierto pedestales giratorios, que permitirían mostrar y ocultar alternativamente la imagen a los fieles. En algún momento de la evolución del mitraísmo, se utilizó también el rito del taurobolium o bautismo de los fieles con la sangre de un toro, practicado también por otras religiones orientales. Conocemos por Tertuliano la severa condena cristianas a estas prácticas.

Otros ritos debieron estar relacionados con las ceremonias de iniciación. Gracias a Tertuliano, se conoce el rito de iniciación del Soldado (Miles): el candidato era "bautizado" (probablemente por inmersión), se le marcaba con un hierro candente y por último se le probaba mediante el "rito de la corona" (se le colocaba la corona en la cabeza, y el neófito debía dejarla caer, proclamando que Mitra era su corona). Posteriormente los iniciados asistían a una muerte ritual y simulada, en la que el oficiante era un pater, posiblemente ligada a la reencarnación como último paso de la ceremonia iniciática. En el grado de Leo, sabemos por Porfirio, que se colocaba miel en la lengua de los recién nacidos y que esta práctica procede del culto iranio en la que la miel representaba la luna. Para los iniciados mayores se vertía la miel sobre las manos y éstos la lamían como señal de comunión. Seguramente, cada nivel de iniciación tendría su propio ritual.

La influencia del mitrismo en el cristianismo se debió gracias a la Iglesia Católica, la cual adoptó muchas ideas no bíblicas, como por ejemplo, el 25 de diciembre como fecha de nacimiento del Mesías, aún cuando la Biblia jamás menciona la fecha de nacimiento de Jesucristo.

Así el mitrismo tiene las siguientes similitudes con el cristianismo:

  • Tras su nacimiento, Mitra fue adorado por pastores.

  • El transitus (viaje de Mitra con el toro sobre los hombros) recuerda al Vía Crucis del relato evangélico.

  • El mitraísmo era una religión de salvación: el sacrificio de Mitra tiene como finalidad la redención del género humano.

  • Mitra recibía los apelativos de La Luz, La Verdad y El Buen Pastor.

  • El banquete ritual de los fieles de Mitra tiene similitudes con la eucaristía cristiana.

  • El día sagrado del mitraísmo era el domingo.

  • El nacimiento de Mitra se celebraba el 25 de diciembre.

  • Los atributos del pater -máximo nivel de iniciación en el mitraísmo- eran el gorro frigio, la vara y el anillo, muy similares a la mitra, el báculo y el anillo de los obispos cristianos.

La Gnosis, el Maniqueísmo y el esoterismo cristiano.

Los autores católicos negaron siempre que la religión cristiana primitiva comportara un culto secreto y doctrinas esotéricas. Sin embargo, el Nuevo Testamento posee ciertos textos bastante perturbadores (Ejm. El Evangelio de San Juan y alguna Epístola de San Pablo, así como el Apocalipsis). Sea lo que fuere de este problema muy controvertido, no es menos cierto que ha existido cierto número de cristianos que, deseando ir más allá de la Fe, buscaban el Conocimiento (Gnosis) perfecto, que va más allá de las apariencias sensibles y permite explicar la razón de ser de todas las cosas. ¿Qué es Gnosis sino un conocimiento (el vocablo griego gnosis no significa otra cosa), pero un conocimiento que no solo está enteramente dirigido hacia la búsqueda de la Salvación, sino además, al revelar al hombre a sí mismo y al develarle la ciencia de Dios y de todas las cosas, le trae la salvación, o mejor, es por sí mismo Salvación? Es decir, que el término Gnosis puede aplicarse a gran número de sistemas teosóficos, que han sido sostenidos en todas las épocas y en las más diversas religiones: las aspiraciones "gnósticas" reaparecen sin cesar en el pensamiento religioso, pues siempre hay hombres que quieren librarse de los lazos de la materia para elevarse hasta la Causa primera, hasta el Dios, desconocido. Sin embargo, en sentido restringido, la Gnosis, o, más exactamente, el Gnosticismo, designa el vasto movimiento que se desarrolló, durante los primeros siglos de nuestra era, en el seno del cristianismo. Aquellos "Gnósticos", que decían ser los depositarios del Conocimiento perfecto y salvador, disimulado bajo los símbolos de los Libros santos, transmitido oral y secretamente por los Apóstoles y las Santas mujeres (herederos de la tradición misteriosa traída por Cristo), no formaban un cuerpo homogéneo, sino que estaban divididos en gran número de pequeños grupos, de cenáculos, de capillas, de conventículos, de sociedades secretas, manteniendo relaciones unos con otros, pero a veces opuestos entre sí.

Por esta razón el Imperio romano debió unificar estas, a través del Concilio de Nicea. Isaac Asimov en su libro "El Imperio Romano" nos relata la trama central del Concilio de Nicea y dice : Fue por esa razón por lo que convocó el Primer Concilio Ecuménico en Nicea. En el curso de sus sesiones, mantenidas desde el 20 de mayo hasta el 25 de julio de 325, los obispos se pronunciaron a favor de Atanasio. Se emitió una declaración oficial (el "Credo de Nicea") que mantenía la posición de Atanasio y a la que todos los cristianos, se esperaba, debían suscribir.

Esto fijó la posición de la Iglesia, de modo que la concepción atanasiana fue y siguió siendo la doctrina oficial del catolicismo y en adelante podemos llamar a los atanasianos sencillamente los católicos.

¿Pero en que consistía la concepción atanasiana? Al respecto Asimov apunta: En 325 (1078 A. U. C.) los obispos se reunieron en la ciudad de Nicea, en Bitinia, ciudad situada no muy lejos de Nicomedia, que había sido la capital de Diocleciano y era ahora la de Constantino. Era también un lugar de fácil acceso desde los grandes centros cristianos del Este, particularmente desde Alejandría, Antioquía y Jerusalén. El Occidente estuvo escasamente representado a causa de las grandes distancias, pero acudieron obispos hasta de España.

El punto principal en discusión era la herejía arriana. Cierto diácono de Alejandría llamado Arrio había predicado desde hacía décadas una doctrina estrictamente monoteísta. Sólo había un Dios, sostenía, diferente de todos los objetos creados. Jesús, aunque superior a todo hombre y a toda cosa creada, era sin embargo un ser creado y no era eterno en el mismo sentido en que lo era Dios. Había aspectos de Jesús que eran similares a Dios, pero no idénticos a él. (En griego, las palabras que significan "similar" e "idéntico" difieren en una sola letra, una iota, que era la letra más pequeña del alfabeto griego. Es sorprendente los siglos de encono, desdicha y derramamiento de sangre que provocó esa disputa representada por la presencia o ausencia de esa pequeña marca.)

Monografias.com

Primer Concilio de Nicea

La creencia alternativa, expresada de la manera más elocuente por Atanasio, otro diácono de Alejandría, era que los miembros de la Trinidad (el Padre, que era el Dios del Antiguo Testamento, el Hijo, que era Jesús, y el Espíritu Santo, que representaba las acciones de Dios en la naturaleza y el hombre) eran todos aspectos iguales de un solo Dios, todos ellos eternos y no creados, y todos idénticos, no sólo similares.

Las doctrinas gnósticas, cuyos orígenes son aún bastante mal conocidos (se hallan elementos egipcios, iranios, griegos, judaicos, etc.), presentan diferencias bastante sensibles de un doctor a otro, de una secta a otra, y se necesitarían numerosas páginas solo para enumerarlas. No obstante, puede encontrarse en ellas cierto número de rasgos comunes: superioridad del conocimiento sobre la fe y las obras para asegurar la salvación del hombre (Ejm. la distinción de Valentín entre los "hílicos", hombres materiales entregados a la perdición, los "psíquicos", hombres que se salvan por sus buenas acciones, y los "neumáticos" [del griego Pneúma = "Espíritu"] o Gnósticos, que son los únicos capaces de llegar a la plenitud de la iluminación); emanación, del seno del Ser misterioso e insondable, del universo, por muchísimos intermediarios (los Eones), de los cuales el último es por lo general un "Demiurgo" malo o simplemente inferior, que ha creado el mundo sensible en que vivimos; posibilidad que tiene el iniciado de volver a su Fuente primera desarrollando el germen divino que hay en él, pues la iluminación interior (traída por el Espíritu Santo, que es "Dios en su aspecto activo, iluminador y salvador") nos da a conocer "dónde estamos y qué somos, de dónde venimos y adonde vamos". Todas esas especulaciones nacieron de una misma intuición fundamental: la angustia ante el problema del también un movimiento nacido de la Gnosis, pero que, a la inversa de ésta, constituyó una Iglesia, animada de un espíritu de proselitismo y de conversión.

El Maniqueísmo.

Doctrina del reformador persa Maní (216-276), religión universal, conquistadora, que extendió su influencia tanto en Occidente como en Oriente, penetrando China y el Turquestán. Los maniqueos formaban dos categorías: los Auditores o Catecúmenos, por una parte; los "Elegidos", por la otra, que estaban sujetos a riguroso ascetismo. Esa división se encontrará entre los "Creyentes" y los "Puros" en los Cataros o Albigenses. Estamos bien informados sobre la doctrina maniquea, la forma más radical que existe de dualismo entre los Principios del Bien y del Mal. Los ritos, el culto secreto que celebraban los Elegidos se conocen igualmente bastante bien: eran ceremonias y sacramentos muy simples.

Los maniqueos creen que el espíritu del hombre es de Dios pero el cuerpo del hombre es del demonio. En el hombre, el espíritu o luz se encuentra cautivo por causa de la materia corporal; por lo tanto, creen que es necesario practicar un estricto ascetismo para iniciar el proceso de liberación de la luz atrapada. Desprecian por eso la materia, incluso el cuerpo. Los "oyentes" aspiraban a reencarnarse como "elegidos", los cuales ya no necesitarían reencarnarse más. Para ellos Buda y otras muchas figuras religiosas habían sido enviadas a la humanidad para ayudarla en su liberación espiritual.

En la práctica, el maniqueísmo niega la responsabilidad humana por los males cometidos porque cree que no son producto de la libre voluntad sino del dominio del mal sobre nuestra vida. Por esto consideraban al pavo su animal sagrado, porque sus colores en el plumaje revelaban los distintos estados espirituales por el que pasaba el cuerpo para lograr purificarse y transformarse en el espíritu divino.

Por otro lado la Gnosis ha sido siempre la gran tentación de muchos espíritus religiosos: muchos hombres se han visto acosados .por el eterno problema del Bien y del Mal; otros han querido poseer el Conocimiento perfecto, que explicaría todo, respondería a todas las preguntas "¿por qué?"; También hubo quienes sintieron la atracción de las ceremonias misteriosas. La Iglesia católica nunca dejó de tener que combatir esas tendencias "heterodoxas". Si, luego de su triunfo, consiguió destruir el mayor número de las obras -muy numerosas- escritas por aquellos "heréticos", resultó en vano; la tradición gnóstica jamás dejó de ejercer su influencia, pero de manera secreta, lejos de las miradas; y el eco lejano, siempre vivaz, se encuentra en ciertos ritos y símbolos de la Masonería.

Los Celtas.

En el año 476 finaliza el imperio romano de Occidente. Una gran página de la historia ha quedado definitivamente atrás. En este gran caos, los hombres que siguen pensando que la vida tiene sentido no lo buscan ya en Roma: se vuelven hacia Irlanda, patria inviolable del celtismo que, sin embargo, entreabre sus puertas al cristianismo traído, una vez más, por los monjes. Su encuentro con los albañiles culdeos es positivo; los culdeos son ahora monjes constructores organizados en colegios. Admiten el matrimonio y no reconocen la autoridad suprema del papa romano, al que consideran un simple obispo. Entre los culdeos están los descendientes de los druidas y de los bardos celtas, cuya vocación cristiana fue, sobre todo, un modo de pasar desapercibidos. Pese a estas restricciones, los monjes procedentes del continente y los constructores autóctonos se entienden a las mil maravillas para crear grandes ciudades enteramente monacales. Algunos barrios son atribuidos a los maestros albañiles y a los maestros carpinteros que gozan, así, de cierta autonomía. Necesitan a los monjes, los monjes los necesitan a ellos. Se trata de edificar una nueva civilización con la fe cristiana y de construir edificios sagrados y profanos para que los hombres recuperen un equilibrio social.

La herencia celta está presente siempre en el ánimo de estos albañiles. Recuerdan el hábito blanco ritual de los druidas, sus maestros espirituales, los ritos iniciáticos donde el profano entra en una piel de animal muriendo para el "hombre viejo" y renaciendo para el "hombre nuevo". En las asambleas de constructores, se lleva un delantal. Si alguien interrumpe con la voz o el gesto al que tiene la palabra, un dignatario que se encarga de este oficio avanza hacia el mal albañil y le presenta su espada. Si se niega a callar, el dignatario le dirige dos nuevas advertencias. Finalmente, corta en dos su delantal. El miembro indigno es entonces expulsado de la comunidad; tendrá que rehacer con sus propias manos otro delantal antes de poder asistir de nuevo a las reuniones.

El celtismo es también Lug, el dios de la Luz señor de todas las artes. Se manifiesta en la persona del jefe del clan, poseedor del mazo. La iniciación se traduce, primero, en la práctica de un oficio y nadie es admitido en Tara, la Ciudad Santa de Irlanda, si no conoce un arte. En Tara, la sala de los banquetes rituales se denomina "morada de la cámara del medio"; recordemos que el consejo de maestros francmasones se denomina "cámara del medio". A través de los monjes culdeos, el gran aliento de la iniciación céltica da una intensa vida a la expresión cristiana; encontrará su más perfecto símbolo en la figura de Merlín el Mago, del que se olvida a menudo que fue Maestro de Obras. Recurrió a guerreros y artesanos para transportar piedras procedentes de Escocia y de Irlanda para construir un gigantesco cementerio en honor del rey Uter Pendragon. Merlín enseñó a los constructores que el espíritu debe prevalecer siempre sobre la fuerza y que sólo el Maestro de Obras, el mago de la piedra, es capaz de llevar a cabo la Obra Total.

En el siglo VI, Bizancio es la que da a las cofradías artesanales ocasión de expresar su genio: de 532 a 537, se erige Santa Sofía la Magnífica. Bajo el reinado de Justiniano (522-565), las corporaciones gozan de numerosos privilegios y reciben abundantes encargos. En Bizancio se forma también un lenguaje artístico donde los símbolos procedentes de los viejos imperios de Oriente Próximo ocupan el mayor lugar. Los escultores los incorporan a su alma; los transmitirán a sus hijos que preservarán su autenticidad hasta el siglo XII.

En el siglo VI se produce también la epopeya del monje Benito. En 529, funda el gran monasterio del Monte Casino cuyo vigor espiritual influirá en toda Europa.

Curiosamente, ese oppidum había sido antes uno de los lugares de culto de Mitra; todo ocurre como si la tradición iniciática de Occidente afirmara, siempre y en todas partes, su inalterable coherencia. En el Monte Casino nace, verdaderamente, el personaje del abad, ese Cristo hecho visible para la comunidad de los monjes, ese Maestro que se ocupa de cada Hermano y le proporciona los alimentos espirituales y materiales. El abad es el primer Maestro de Obras de la Edad Media, el modelo del Venerable de la masonería, pues considera la herramienta como una fuerza sagrada y convierte el trabajo en una plegaria. Los monjes de San Benito trabajan la materia, repiten cada día las acciones de los santos y unen la inteligencia de la mano a la intensidad de su fe.

En 590, San Colombano funda el monasterio de Luxeuil. Bajo su dirección, los monjes construyen personalmente los muros que les albergarán. A fines de aquel siglo VI, favorable a las cofradías, los monjes se convierten en copistas y reproducen los grandes textos de la cultura antigua, que tan abundantemente utilizarán los albañiles de las catedrales de la Edad Media. Hacia 600, ese impulso prosigue de modo notable; bajo la dirección de san Agustín, los albañiles edificaron la iglesia de Canterbury y muchas otras obras maestras. Maravillado por las obras, el papa Bonifacio IV les liberó, en 614, de todas las cargas locales y de los delitos regionales. En adelante, los albañiles podrán atravesar muy fácilmente las fronteras y viajar con pocos gastos. Esta decisión papal fue muy importante; ratifica ya el carácter original de las cofradías iniciáticas que, de 630 a 635, construyen la iglesia de Cahors cuyo obispo, San Desiderio, es uno de los primeros constructores en piedra sillar.

Durante el dominio lombardo en Italia, un edicto que data de 643 habla de los maestros albañiles que serían originarios de Como. Esos maestros habrían dispuesto de amplios poderes, pudiendo pagar salarios a numerosos obreros y redactar contratos; estaban, al parecer, a la cabeza de algunas cofradías muy independientes y viajaban por toda Europa sin tener que dar cuentas a nadie. Después del siglo IX se pierde el rastro de los "Maestros de Como".

¿Qué ocurre en Francia durante el siglo VIII? Aparece el abad laico, es decir, un superior de monasterio que no ha pasado por la vía eclesiástica. Carlos Martel alienta esta tendencia; bajo su reinado, se empieza a hablar mucho de un Maestro de Obras llamado Mamón Grecus, encargado de iniciar a los artesanos franceses en la albañilería o "masonería". Directamente llegado de Oriente, habría llevado en su equipaje el antiguo simbolismo. No se trata, a nuestro entender, de una oposición marcada contra la Iglesia sino más bien de una voluntad de independencia de las sociedades iniciáticas con respecto a todas las demás instituciones.

Bajo los merovingios, de 428 a 751, los artesanos se agruparon, poco a poco, en las ciudades. La orfebrería es muy apreciada y los maestros fabrican numerosos objetos valiosos para la corte real. Sabemos con certeza que se forman algunas asociaciones; los hermanos son llamados entonces "convidados" y prestan juramento de ayudarse mutuamente tanto en el plano espiritual como en el material. Celebran banquetes rituales y nombran grandes maestros que se encargan de las relaciones con las autoridades civiles. La Iglesia, que les había concedido el patronazgo de un santo, les condena por intemperancia pero no toma ninguna medida concreta para dificultar su existencia. Sin duda, algunos obreros se entregaron a excesivas borracheras que en nada comprometían la reputación de las cofradías. Además, la protección directa de los reyes impedía al clero manifestaciones de hostilidad en exceso pronunciadas. Tampoco debe desdeñarse la calumnia, puesto que las sociedades iniciáticas han sido siempre objeto de acusaciones a cual más mendaz. Insensibles a los ataques, las cofradías merovingias vivieron días apacibles.

En 753 estalla en Bizancio la "querella de los iconoclastas" que dura hasta 843. Es una crisis de extremada gravedad que alcanza su punto culminante en el Concilio de Constantinopla, donde se condena el culto a las imágenes. Se ordena la destrucción de las reliquias, los iconos y las esculturas; pandillas de exaltados aprovechan la decisión para desvalijar monasterios e iglesias y destruir, de forma salvaje, las obras de arte que encuentran a su paso. El destino de las corporaciones artesanales se ve gravemente comprometido; si las "imágenes" están prohibidas, ¿cómo va a ser posible transmitir los símbolos y mantener vivo el ideal iniciático por medio de las obras de arte? Rechazar el objeto sagrado significa matar la civilización que se ha ido formando lentamente.

Imaginables son, entonces, las angustiadas gestiones que los maestros de las cofradías se vieron obligados a hacer ante las autoridades religiosas y civiles para que la decisión del Concilio de Constantinopla fuera revisada. En 843, lo lograron: el culto de las imágenes es autorizado de nuevo, la actividad escultórica se reanuda con total libertad.

Tal vez un gran señor de Occidente no fuera ajeno a tan afortunado cambio de situación. Cuando Carlomagno es coronado emperador el 25 de diciembre del año 800, concibe la idea de un imperio grandioso en el que el arte, la política y la religión no estén disociados. Dora de nuevo el blasón de los monasterios donde exige, con la mayor diplomacia, que sean formados educadores, arquitectos y administradores. Preñados de amor a Dios y respeto por el hombre, los monjes carolíngios acogieron a los artesanos llegados de Oriente Próximo y el nieto de Carlomagno, Carlos el Calvo, favorecerá la expansión de las cofradías de albañiles. El esplendor de la capilla palatina de Aquisgrán, donde todo es símbolo y luz, resume muy bien el entusiasmo de aquel tiempo en el que la construcción del templo convertía al artesano en un auténtico creador.

La masonería de la Edad Media es un organismo sólido, capaz de suscitar vocaciones duraderas. ¿Sobre qué descansa su enseñanza? En primer lugar, sobre una formación larga y rigurosa. El aprendizaje dura siete años durante los cuales el joven masón se inicia en la técnica y en el alma de todos los gremios; lleva a cabo luego una vuelta a Francia, de logia en logia, para codearse con el máximo de masones y ampliar su conocimiento de la vida. Se convierte realmente en masón cuando presenta una obra maestra ante una asamblea de maestros. Culminar un aprendizaje es, esencialmente, saber servir a la comunidad y conocer las actitudes rituales interiores y exteriores que hacen al hombre consciente de sus deberes; el buen aprendiz ama y respeta la herramienta que le sirve para perfeccionar la materia y perfeccionarse a sí mismo. En cuanto penetra en una obra, se le pide que saque las herramientas de la caja al comenzar el trabajo y que las limpie por la noche; las contempla, pero no tiene todavía derecho a utilizarlas. Cuando haya percibido en su carne toda la nobleza de la herramienta, podrá tomarlas con rectitud en sus manos.

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