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Volar sobre el pantano (página 3)




Partes: 1, 2, 3, 4, 5, 6

Mi madre salió del recinto y al cabo de unos minutos volvió con una redoma de ron a la mitad. Papá se la arrebató sin decir nada; me sirvió un poco de alcohol de caña sobre el de grano que había vertido y me lo extendió.

-¡Hazte hombre!

Bebí un sorbo sintiendo grandes náuseas.

-¡Empínatelo!

Obedecí. Papá ejercía un fuerte dominio psicológico sobre mí. Me aniquilaba. Me intimidaba. Nunca se podía prever su siguiente actitud. Contravenir sus órdenes podía provocar que se echara a llorar amenazando con suicidarse o que comenzara a golpearme despiadadamente.

El de los calzones amarillentos quiso hacer una cabriola pero perdió el equilibrio y cayó quedándose de bruces en el suelo.

-¡Que baile el muchacho! -sugirió uno de los sujetos al ver desplomarse al cómico. Los otros tres aplaudieron y comenzaron a silbar. Mi padre me obligó a levantarme y ordenó:

-¡Enséñales tus piernas de futbolista y haznos una demostración de los ejercicios de entrenamiento!

Me quedé yerto, de pie, sin atreverme a dar un paso.

-Vamos. No tengas vergüenza. Muéstrales a estos gordos borrachos lo que es tener músculos fuertes.

Permanecí quieto, atrapado en la zona emocional, preso de un profundo apocamiento .

Papá me apresó por la cintura y me bajó los pantalones de un tirón. Al hacerlo, el dinero que llevaba en los bolsillos se salió y cayó junto a sus pies.

-¿Qué es esto?

No contesté.

-¿Lo robaste?

Me agaché para recoger los billetes y, al hacerlo, un reflejo insensato me hizo hablar sin medir las consecuencias:

-Sí. Hace tiempo que no juego futbol, pero robo por las noches.

Repentinamente y sin que hubiera ningún aviso que me permitiera protegerme, levantó la pierna derecha y me dio una fuerte patada en la cara. Caí al suelo con los ojos cerrados mirando en la negrura de mis párpados el brillo de cientos de luces amarillas.

Mientras él recogía el dinero, mascullaba que nadie me había enseñado esas mañas, que él a veces bebía pero nunca robaba, que en su casa podían ser cualquier cosa pero nadie les diría ladrones. (Palabras huecas, ya que después de haber sido despojado de los billetes, efectivamente hurtados, no volví a saber de ellos jamás.)

Cuando abrí los ojos vi, en el pasillo, la sombra de Alma que me observaba. Estaba llorando contemplando la ignominiosa escena. Ése fue el único estímulo capaz de devolverme un poco de energía. Dejando a mi padre ocupado en la recolección del papel moneda, eché a gatear llevando los pantalones en los tobillos. Apenas salí de la zona peligrosa, me puse de pie, tomé a mi hermanita de la mano y la llevé a su recámara tropezándome a cada paso con la prenda a medio quitar. Pusimos el seguro de la puerta, me subí los pantalones y nos abrazamos con mucha fuerza. Le acaricié la cabeza, quise pedirle perdón, decirle que no debía permitir que hicieran con ella lo que habían hecho conmigo, pero no pude hablar. Sólo la estreché y lloré. Ella se separó preocupada para analizar mi labio partido y amoratado. Abrió la puerta dispuesta a salir para prepararme un fomento pero se topó con mi madre que se acercaba dispuesta a desquitarse también de su propia tribulación.

-¿Por qué llegaste tarde? -preguntó.

-Estuvimos en una fiesta.

-¿Y el dinero?

-Es de un amigo. Me lo dio a guardar.

Eres ingrato. Ves cómo tengo que sufrir con tu padre y tú, en vez de cooperar, te largas a la calle como un golfo. Qué bueno que por la mala te das cuenta de cómo están las cosas en esta casa. Eres insensato. ¿Acaso nada te importa? ¿No te das cuenta de que soy mujer y estoy enferma? ¿No puedes tratar de llegar temprano para ayudar? Tu pobre hermana es la única que me apoya -hizo una pausa para limpiarse la frente en ademán de mártir y agregó-: Si sucede una tragedia, tú vas a ser el responsable.

Sus palabras me dolieron más que el golpe de mí padre. No razoné que mamá efectivamente había enloquecido un poco ante la presión indómita de tener que soportar a un esposo alcohólico. Sólo agaché la cara sintiendo el veneno de una gran amargura en el alma.

6

Alcoholismo y cerrazón

Esa noche dormí con una silla atrancando la puerta. ¿Dormir, dije? Pasé el tiempo solamente. Pendiente de los ruidos exteriores, pensando que en cualquier momento mis nuevos enemigos llegarían a reclamarme el dinero que ya no tenía, recordando las palabras del padre de Joel: 'Eres lo que guardas en la cabeza. Tus ideas te hacen libre o esclavo. Tu forma de pensar te quita o te da energía'. Si era cuestión de ideas -discurría en duermevela sudando y temblequeando-, tenía que leer muchos libros. No era una opción para salir del hoyo, era una obligación imperiosa e ineludible. Abrí los ojos como platos y miré el techo. ¡Dios mío! Acababa de recordar algo que podía sacarme del tornado. ¡El padre de Joel comentó entre su extenso regaño que era un alcohólico recuperado!

Apenas amaneció, me bañé y salí a hurtadillas de la casa. Tuve que pasar por el área de la sala en la que parecía haber acaecido una cruenta escaramuza. Había botellas tiradas, muebles desacomodados, olor a licor y beodos despabilados durmiendo por todos lados. Pude haber expoliado los bolsillos de mi vergonzoso progenitor para recuperar el dinero, pero preferí huir. Necesitaba ver al papá de Joel. Pedirle orientación, suplicarle que me guiara en mi problema, que me explicara las ideas que hacen libre, que me compartiera la forma de pensar que da energía.

Llegué a la casa de mi amigo a las siete treinta. Paseé una y otra vez frente a ella sin atreverme a tocar. Finalmente me senté en la acera y esperé. A las ocho de la mañana se abrió la puerta eléctrica del garaje y salió el automóvil del padre de Joel.

Lo detuve y le dije que necesitaba ayuda, que había pensado mucho lo que nos comentó la noche anterior y que no quería estar más tiempo asociado al mal.

-Instrúyame -supliqué-, ¿qué debo hacer?

El hombre miró su reloj impaciente

-Ponte a estudiar y a trabajar -me dijo-. Vence la flojera y haz el bien. Es todo lo que puedo aconsejarte.

Echó el carro en reversa y me aparté.

-Señor -insistí levantando la mano-. Mi problema es urgente. Por favor, auxílieme...

-Búscame en la noche -activó el control remoto para hacer cerrar el portón y embragó la primera velocidad- . Ahora tengo prisa.

-¡Mi padre es alcohólico! -grité cuando el automóvil se iba. Una enorme tristeza me invadió al verlo alejarse.

Agaché la vista y sentí nostalgia. Me quedé inmóvil por un rato, luego pateé una piedra y di media vuelta para abandonar el lugar, pero, de repente, el auto del padre de Joel apareció por el lado opuesto de la calle, como si el conductor hubiese reaccionado tardíamente decidiendo regresar dando la vuelta a la cuadra.

El hombre sacó la cabeza por la ventanilla y se me quedó viendo.

-¿Tu padre es alcohólico?

Asentí. Tartamudeé y aturrullado comencé a relatar con frases entrecortadas cuanto había ocurrido en mi casa la noche anterior.

-Sube al coche. Acompáñame al trabajo y en el trayecto platicamos.

Di la vuelta corriendo, abrí la portezuela y me senté a su lado.

-¿Ahora entiendes por qué estaba tan furioso anoche? -preguntó acelerando-. La ¡da cuesta abajo es una trampa en la que puede caer cualquiera.

-Sí -comencé a hablar con rapidez-. Mi padre era gerente de ventas de una compañía de alimentos en conserva. Ganó un premio y logró el mejor historial a base de trabajo e ideas novedosas. Pero decayó. Se ha convertido en un ser impredecible. Mi hermana y yo estamos desesperados y profundamente heridos por todo lo que nos hace.

El hombre permaneció callado por un largo rato. Su vista estaba fija al frente. Tal vez pensaba en la época en la que él mismo causó un daño similar a su familia.

-¿Y usted, cómo se curó? -pregunté poniendo el dedo en la llaga sin más evasivas.

-El alcoholismo no se cura. Yo me rehabilité, pero aún hoy, después de haber dejado de beber por más de diez años, si me confío, puedo tener una recaída de la que tal vez no me recupere jamás. El alcohólico debe vivir alerta, con un código vital, siempre consciente de su vulnerabilidad.

-Pero el licor -pregunté ávido de entender miles de cosas que, hasta la fecha, eran enigmas para mí-, ¿por qué si es un artículo creado para hacer que las personas estén alegres produce efectos tan terribles?

El hombre sonrió con amargura.

-El alcohol no es un artículo hecho para estimular el buen humor, en realidad es una sustancia depresora. Atraviesa las paredes del sistema digestivo libremente y quince segundos después de haberse ingerido entra al torrente sanguíneo intoxicando el cerebro. Retarda su funcionamiento, lo anestesia, por decirlo más llanamente. Adormece la zona que guarda la información sobre las restricciones, de modo que la persona se siente libre de ataduras, relajada; a la vez, la droga menoscaba su capacidad intelectual, le impide reaccionar adecuadamente ante los estímulos, disminuye su velocidad de razonamiento, memoria y reflejos.

-Pero en mayores dosis es peor que eso, ¿no?

-En grandes cantidades, el alcohol deprime el cerebelo afectando el mecanismo del equilibrio. En medidas mucho mayores ataca y anestesia el bulbo raquídeo que es quien regula las funciones vitales como la respiración y el corazón. Muchos jóvenes mueren de un colapso respiratorio por haber jugado competencias con sus compañeros tomando una botella completa sin detenerse. Por otro lado, existen evidencias de que cada vez que se inhiben las neuronas cerebrales se matan cientos de ellas... Un bebedor, al día siguiente, sólo tiene dolor de cabeza, pero no nota que su capacidad intelectual ha disminuido quizá una milésima parte. El cuerpo se va adaptando a la intoxicación adquiriendo dependencia. Con los años, la pérdida de aptitud mental será más notoria, pero para entonces tal vez exista ya algún tipo de cáncer, cirrosis hepática, úlcera gástrica y, por supuesto, problemas laborales, maritales y tutelares.

Me sorprendió que esos datos me los diera un alcohólico rehabilitado.

-Y se... señor -tartamudeé-, disculpe, ¿cómo se llama usted?

-Joel, también.

-Disculpe, don Joel. ¿Es común enviciarse lentamente?

-Claro, ¿por qué?

-Porque no sé cómo mi padre se hizo alcohólico. Toda su vida se distinguió por conocer de vinos y licores pero rara vez se embriagaba. Sin que él mismo se diera cuenta, fue aumentando sus dosis. ¿La dependencia se va dando tan lenta e imperceptiblemente?

-A veces. Todo está en función de las condiciones hereditarias y metabólicas del individuo. Hay quienes llegan muy rápido a la adicción mientras otros, como tu padre, se demoran muchos años en cerrar el círculo. El proceso, lento o veloz sigue los mismos patrones casi siempre. Primero se comienza como BEBEDOR SOCIAL, o sea tomando en reuniones o con amigos. Una vez que se experimenta la sensación de bienestar se comienza a ser un BEBEDOR DE ALIVIO, es decir una persona que busca un trago a solas para sentirse relajado y aliviado de sus presiones. De ese nivel al siguiente sólo hay un paso, se va adquiriendo tolerancia (la persona requiere cada vez dosis mayores para lograr los mismos efectos que antes) y entonces se ha convertido en un GRAN BEBEDOR, o sea alguien que puede tomar cantidades más grandes sin 'marearse' que se siente orgulloso de aguantar más que otros y de controlar el alcohol a su antojo. El ser un gran bebedor es la antesala del alcoholismo, la membrana que separa ambas fases es demasiado fina para saber dónde ha terminado una y comenzado la otra.

-Mi padre fue entre bebedor social y de alivio por más de veinte años. Toda una vida sin llegar a enviciarse, ¿comprende?

-Claro. Eso es muy común. Por eso las familias promedio tardan siete años frente a la evidencia del vicio antes de admitir que hay un alcohólico en casa y dos años más para buscar ayuda.

Yo no pude evitar tener los ojos muy abiertos. Siete más dos, nueve años viviendo en el infierno sin hacer nada. Hice la cuenta mentalmente. Era cierto. Nosotros llevábamos ocho.

-El cuadro es tremendo -comenté percibiendo un sabor metálico en el paladar-, pero hay algo que todavía no encaja en mi entendimiento. Yo siempre creí que una persona con cultura, que sabe beber, está libre de peligro. ¿Cómo es que alguien con la madurez de mi padre pudo caer en el vicio?

-El usuario del vino "fino" puede perseguir el placer del paladar o de la buena digestión, pero para algunos es muy fácil perder el enfoque. No hay nadie, ¿me entiendes? Ni tú ni yo ni nadie que esté exento del riesgo de caer. No depende de tu fuerza de voluntad, sino de confiarse "criando cuervos" con el alarde de que a ti nunca te sacarán los ojos. La droga va haciéndose amiga de tu organismo. Vela como una mascota agradable que crece más mientras más la alimentas, pero que te atacará a traición cuando menos lo esperes. Tu situación emocional, edad y condiciones físicas son elementos cambiantes que dan al alcohol diferentes patrones cada día, hasta que éste encuentra el ideal para atacar. No son las propiedades de una sustancia lo que la hace adictiva sino la COMBINACIÓN de esas propiedades con el estado químico del organismo de cada individuo en particular. La predisposición hereditaria es un factor importante pero no único. Ni médicos ni psiquiatras ni adivinos pueden predecir cuándo se darán las condiciones internas adecuadas para despertar la ira del animal, pero al ocurrir esto la persona enferma. Y la enfermedad puede disimularse un poco. No se necesita estar ebrio tirado en la banquete para tener problemas; sólo el cinco por ciento de los bebedores viciosos viven en la calle el resto son nuestros vecinos, abogados, médicos, psicólogos, vendedores, maestros, comerciantes; los vemos salir bañados y peinados por las mañanas y nadie sabe el tormento interior que pueden estar viviendo. Ellos mismos no lo reconocen y sus compañeros con frecuencia sólo piensan que tienen mal carácter. Un alcohólico recuperado que conocí compartió en su testimonio que para él era un martirio trabajar como dentista; en el consultorio no podía pensar en otra cosa, el deseo se convertía en una presencia casi física que le quitaba la concentración, se sentía enfermo y con náuseas, sólo cuando tomaba una copa el malestar se calmaba y podía pensar en otra cosa; haciendo un esfuerzo sobrehumano se mantenía sin beber por varias semanas y cuando parecía que todo iba a ser fácil, el deseo regresaba más fuerte e incontrolable.

El problema coincidía con mi caso familiar. Papá, al principio, vivió una lucha parecida. No se embriagaba a diario, pasaba días, a veces meses enteros, sin tomar una gota de alcohol, pero de pronto comenzaba de nuevo.

-Cuando el animal ha madurado en tu interior -continuó don Joel-, con frecuencia se comporta astutamente, se agazapa en tus entrañas vigilando, respirando con paciencia, esperando sin ninguna prisa el momento adecuado para cumplir su objetivo de matarte. El vicio realmente tiene vida propia. Son fuerzas que han sido despertadas quitándole el control de su vida a la persona afectada. Actualmente se pierden de 8 a 15 millones de días de trabajo al año por causas del alcohol, según cifras de la OMS 1 cerca del 10% de la población de todo el mundo es alcohólica. En Europa la mayoría de la gente considera que el alcohol es complemento indispensable para el alimento, a pesar de que para muchos se sale de control y de que el 10% de todas las muertes en general se deben al consumo de esta droga. En muchos países, del 30 al 50% de los internos en hospitales psiquiátricos requieren rehabilitación alcohólica. En la XXXII Asamblea Mundial de la Salud se declaró el alcoholismo como uno de los mayores problemas de salud pública en el mundo.

Me sentí furioso sin saber exactamente contra quién. ¿No era una estrategia malintencionada promover eventos para jóvenes en la televisión alterando los programas con un intenso bombardeo publicitario de alcohol?

-¿Y por qué, si se trata de una droga nefasta, no está prohibida como el opio o la marihuana? -pregunté.

-El alcohol es una DROGA LEGAL por tres razones. Primero: la adicción que provoca se ha heredado desde la antigüedad de una generación a otra. Segundo: el número de adictos actualmente es tan espantosamente alto que, de ser prohibida (ya se hizo en otras épocas), los bebedores voltearían el mundo de cabeza en una sangrienta revolución. Tercero: es uno de los negocios más lucrativos de la Tierra, un alto porcentaje del erario público de todos los países se mantiene por los impuestos que produce la venta de esta sustancia, cientos de miles de familias viven directa o indirectamente de las utilidades que representa esta empresa multimillonario.

-En los anuncios de televisión se vende algo tan distinto -dije como pensando en voz alta.

-Es cierto. Para vender esto "legalmente" hay que darle un giro engañoso a la imagen. Los expertos en mercadotecnia hacen creer a la gente que beber proporciona categoría, que ciertos licores son signo de buen gusto, cultura o delicadeza. La cerveza se relaciona con los deportes; el whisky, con reuniones elegantes; las bebidas mezcladas, con fiestas y romances juveniles... Algunos hablan de la cultura del vino, destacan sus cualidades digestivas y consideran sinceramente al licor como un manjar indispensable e insustituible, pero lo cierto es que el alcohol está presente en la gran mayoría de asaltos, accidentes automovilísticos, violaciones a mujeres, abusos sexuales a niños, maltratos a hijos, golpizas a esposas, desintegraciones familiares, divorcios, pleitos callejeras, además de ser la denominada DROGA DE ENTRADA.

-¿Algo así como la puerta para otras drogas?

-Exactamente; por lo regular se comienza tomando alcohol antes de consumir cualquier tipo de estupefaciente mayor.

-Es curioso que, siendo el alcohol también una droga, su consumo se vea con mejores ojos que el de cualquier otra.

-Bueno. Si la cocaína, por ejemplo, se anunciara por televisión, estuviera al alcance de nuestros hijos, se vendiera en la tienda de la esquina y todos nos viéramos forzados a aceptar una "inhaladita" en cada fiesta o reunión, puedes estar seguro de que también los cocainómanos serían vistos con mejores ojos.

-Pero el alcoholismo en sí es una enfermedad, ¿o no?

-Claro. PROGRESIVA porque el afectado, aunque tenga periodos de lucidez bastante esperanzadores, en realidad empeora cada día, y MORTAL porque si no recibe ayuda a tiempo terminará invariablemente falleciendo por causa de su vicio.

-¿Es algo así como la diabetes o el cáncer?

-El alcoholismo es mucho peor que cualquier otra enfermedad. Normalmente cuando una persona padece problemas cardiacos, diabetes o cáncer, conserva sus lazos de afecto, su hogar, sus bienes y sus amistades; el alcohólico, por lo común, lo pierde todo. La dolencia no es sólo física, es sobre todo familiar, espiritual y mental. Daña a los que viven con la persona, mata sus relaciones efectivas, destruye su vida intelectual y material.

-Y usted, ¿cómo se rehabilitó? -volví a preguntar aferrado a la idea.

Don Joel orilló el automóvil y disminuyó la velocidad al mínimo.

-Sólo cuando me di cuenta de que estaba enfermo y caí de rodillas pidiendo perdón por mis atropellos, comencé a mejorar.

-¿Pidiendo perdón? -me reí abiertamente y mi risa fue sincera-. Usted no conoce a mi padre.

-Eres tú el que no conoce a los alcohólicos. El drama verdadero es que el enfermo no acepta que necesita ayuda. Tal vez acuda al médico para quejarse de dolores de cabeza, sudoraciones nocturnas, depresión, dolencias digestivas, pero no reconocerá que tiene problemas con la bebida.

Mi padre correspondía a la definición, pero mi madre también.

-En ese orden de ideas -opiné-, hay muchos que no reconocen sus errores y creen que todo es culpa de los demás. Vivo rodeado de gente así. Mi problema familiar es un embrollado laberinto sin salida.

Don Joel detuvo totalmente el vehículo y se quedó mirándome de una forma directa y acusadora.

-Voy a hablarte muy claro -enfatizó sus palabras casi como en la noche anterior-. Desembrolla tu laberinto: Tu padre tiene DOS ENFERMEDADES DISTINTAS e independientes. Parecen una sola y con frecuencia se comete el error de mezclarlas, pero en realidad son dos: UNA, el alcoholismo, y OTRA, la cerrazón. La gran mayoría de los que enferman de alcoholismo enferman también de cerrazón, pero no así en el caso contrario. Millones de personas padecen cerrazón sin ser alcohólicos.

No pude evitar quedarme con la boca abierta. Todo yo era un signo de interrogación enorme.

-¿De qué enfermedad habla?

-La cerrazón está constituida por una serie de síntomas que aparecen cuando el EGO enferma. No es un nombre médico registrado, pero espero que muy pronto lo sea, porque en realidad es un padecimiento psicológico. Así como existen neuróticos, esquizofrénicos, paranoicos, también 'cerrazónicos'; existen gente de mentalidad cerrada crónica, ¿me explico? Aumento de presunción y caprichos autoritarios son los primeros síntomas.

Don Joel embragó la primera velocidad y se reincorporó a la vialidad de la calle muy despacio.

Nos detuvimos en un semáforo y se volvió nuevamente para verme.

-El cerrazónico, no importa su edad física, tiene pensamiento arcaico. Es la enfermedad de la vejez mental. La persona cree haberío visto todo y saberlo todo, es soberbia, impaciente, ególatra, enseña sus conocimientos jactándose; disfruta señalando los errores, cuando le aconsejan se irrita y cuando le agreden ataca con ferocidad. Es el caso, por ejemplo, de madres aprensivas que se la pasan corrigiendo a todas sus conocidas porque sólo ellas saben el secreto de la salud infantil; el caso de hombres que ante la más mínima agresión de un conductor cercano se bajan del automóvil y se retan a golpes; son personas pedantes que se sienten dueños del mundo, con el derecho de dar lecciones a los demás, que quieren educar al planeta para que ya no haya tontos; personas que manipulan e intimidan a todo aquel que opine diferente, que minimizan el éxito del triunfador y aseguran que lo que otro hizo, ellos podrían haberlo hecho mejor.

-Viéndolo así -objeté-, todos somos un poco cerrazónicos.

-Sí, como todos somos un poco neuróticos, por adaptación defensiva al medio ambiente, sin embargo existen niveles normales y anormales. Cuando la neurosis o la cerrazón crecen y se vuelven crónicas, la persona YA NO ES SANA. Un enfermo de este tipo ablanda a sus allegados y los orilla a creerse culpables de los errores que él comete, tiene una gran capacidad para hacer sentir mal a los demás remarcando las fallas de todos y criticando destructivamente. Además, cuando la gente está apabullada se vuelve tierna y dulce creando confusión emocional. Muchos cerrazónicos rechazan toda relación con Dios y hacen escarnio de los que sí tienen espiritualidad tildándolos de ingenuos santurrones. Otros, por el contrario, son extremadamente religiosos y con su libro de reglas en la mano condenan y juzgan a los demás sintiéndose "la cuarta persona de la Trinidad'. Los allegados de un cerrazónico piensan que siendo como él les ha dicho que deben ser y soportando su mal carácter todo cambiará; es por eso que intimidad, prefieren no alterar la calma, quedarse callados y seguir consintiendo los caprichos ególatras. Miles de esposas de cerrazónicos asumen las responsabilidades que ellos van dejando, justifican y protegen al tirano cerrando también su mente y de alguna manera enfermando con él.

-Ésa es mi madre -interrumpí.

El conductor del vehículo que estaba detrás del nuestro tocó la bocina para que avanzáramos. La luz verde se había encendido hacía un rato.

-Hijos y cónyuges de cerrazónicos -comentó poniendo el vehículo en camino nuevamente- se sienten en un callejón sin salida y con frecuencia muchos sobrellevan el problema mediante las adicciones e incluso mediante el suicidio. En un estudio, el 75% de los adolescentes que se quitan la vida son hijos de alcohólicos. En otro, el número subió al 90%.

El automovilista que iba atrás nos rebasó vociferando obscenidades y tocando el claxon.

-Pero muchas veces -repliqué-, los familiares estamos esperando que la persona enferma toque fondo. Dicen que sólo así reaccionará y se dará cuenta de su problema.

-Eso es un mito absurdo. Quien 'toca fondo' y ha dañado toda su estructura vital ya no tiene nada que perder y es casi imposible que se rehabilite. Lo que ayuda más a un enfermo en recuperación es el poseer todavía una familia, un trabajo, amistades o casa que defender y conservar.

Me quedé meditando sus palabras sin opinar. Muchos años después, estoy seguro de que lo que ese hombre denominó tan acertadamente como cerrazón es la típica actitud que obstruye la entrada a las zonas de atención superiores. Para manejar el mecanismo de aprendizaje u otro mayor, hay que ser todo lo contrario a un cerrazónico: Tener humildad verdadera, reconocer los errores, saber pedir perdón, investigar, escuchar con interés, aprender de todos, sacar lecciones de cada hecho bueno o malo, observar, ser paciente, sencillo, comprensivo, reflexionar ante los consejos de los demás y seguir caminando sin responder nunca a las agresiones de los cerrados.

Llegamos al estacionamiento de su empresa. Me asombré sobremanera y me puse un poco nervioso al descubrir que se trataba de la misma compañía de alimentos en conserva en la que trabajaba mi padre.

El hombre extrajo de la cajuela de guantes un grueso libro muy usado, lo abrió en la portadilla y escribió el domicilio de un grupo de autoayuda para familiares de alcohólicos.

-Asiste a este lugar. Las reuniones son diariamente a las ocho de la noche. Ah, y si puedes lee el libro.

Se bajó del auto. Lo imité.

-Usted me acaba de explicar las dos enfermedades de mi padre -le dije-, pero no me deje así... ¿Cuál es el tratamiento?

-Liberarse interiormente, dejar de ser consentidor y practicar los careos amorosos. Esas son las tres piedras de rescate. Leyendo este libro y asistiendo al grupo de autoayuda, las entenderás.

¡Maldición, el padre de Joel y sus tecnicismos! Me urgía conocer esos conceptos, pero no podía quitarle más tiempo al hombre.

-De acuerdo -asentí. Nadie me dijo que la solución a mis problemas iba a llegarme gratis.

Le di las gracias con un fuerte apretón de manos me retiré y alegre, como si me hubiesen vuelto a poner las pilas.

El gusto no me duró mucho.

Iba llegando a mi casa y pude distinguir a lo lejos a toda la pandilla parada frente al edificio. Algunos estaban dentro del videoclub de mi tío Ro curioseando, otros vigilando en espera de sorprenderme al regresar.

Di media vuelta y corrí en dirección contraria.

-¡Allá va Zahid! -gritó uno de los vigías dando la voz de alarma a la pandilla. Todos salieron disparados detrás de mí.

7

Liberarse interiormente

El piloto había iniciado el descenso en un aeropuerto intermedio para volver a llenar de combustible el tanque. Observé la oscuridad de la noche a través de la pequeña ventanilla. No había sido un vuelo tranquilo. Más de una vez tuve que hacer pausas en mi relato para asirme de las coderas y esperar a que pasara la turbulencia.

Miré a Lisbeth meditando y tuve el deseo de besarla, pero no lo hice. ¡Cómo amaba a esa mujer! Éramos dos almas doblegadas por la injusticia que se habían hallado en el camino para complementarse y crecer.

-Si mi padre no hubiera sido alcohólico -susurré-, y don Joel no me hubiese instado a asistir al grupo de autoayuda, yo nunca te hubiera conocido.

Asintió con ternura.

-Todo mal lleva consigo, a la larga, un bien mayor.

Se recargó en el hombro pidiéndome que continuara el relato. Obedecí.

Tal vez la pandilla aún dudaba de mi culpabilidad, pero con mi loca carrera me delaté de inmediato. ¿Por qué no me enfrenté a ellos fingiendo no saber nada del atraco a la bodega? ¿Por qué no tuve la templanza para representar el papel de inocente? Era inútil tratar de corregir lo que ya estaba hecho.

Corría con todas mis fuerzas sabiendo de lo que huía. Ellos no perdonaban la traición. Aún si les devolvía el dinero, nadie me salvaría de una paliza colectiva, Sin embargo, no alcanzaba a calcular lo que pasaría cuando supieran que no lo devolvería.

Crucé la avenida principal a toda velocidad y casi propicié un accidente automovilístico. Los sentía detrás de mí, pisándome los talones. Entré en una casa particular saltando la barda y salí por el otro lado a la calzada. Al caer en la banqueta me torcí un tobillo.

Un autobús se hallaba en la bocacalle y terminaba de subir pasajeros. Cojeando, lo alcancé cuando ya se iba, toqué la puerta y el chofer se detuvo para abrirme. Mis perseguidores estuvieron a punto de pillarme. Fueron reuniéndose uno a uno después de la fatigosa carrera para ver cómo me alejaba en el autobús.

Aunque estaba a salvo de momento, ellos y yo sabíamos que muy pronto nos volveríamos a encontrar.

Me acomodé en el último rincón del transporte colectivo y jugueteé nerviosamente con el libro que me prestó don Joel. Era un volumen rústico sin solapas y bastante maltratado.

Lo acaricié, lo hojeé. Se titulaba 'Llenándose de energía interior" como subtítulo tenía una larga frase que versaba: 'Cómo librarse de las cadenas mentales con base en la terapia asertiva sistemática elaborado por el doctor Manuel J. Smith

Intenté, comenzar a leerlo una y otra vez, pero mi mente no podía concentrarse en las palabras. Ciertamente la pandilla era un problema al que iba a tener que enfrentarme tarde o temprano. Suponiendo que lograran esconderme de ellos por unos días, las vacaciones terminarían y entonces volvería a verlos en la escuela. ¡Caramba! Tenía que hacer algo. No podía vivir huyendo.

Cerré los ojos y procuré calmarme. Ya encontraría la solución. Por lo pronto debía conducirme con aplomo.

No sólo el temor me tenía atrapado en la zona emocional, sino que posiblemente me había quitado toda la energía de autoestima.

Hice mentalmente una combinación del título y subtítulo del libro formando una frase que me pareció vital en ese momento: 'Llenarse de energía interior liberándose de cadenas mentales...

Abrí el libro nuevamente, lo hojeé leyendo un párrafo al azar:

Nadie que viva sujeto a grilletes de pensamiento podrá ser feliz jamás. Desprenderse de los falsos mitos que nos hacen personas manipulables es el primer paso a la libertad interna.

Recordé que don Joel mencionó eso como la primera piedra de salvación. Regresé al capítulo uno y comencé a leer con gran interés:

Libérate de la creencia de ser el protector de la humanidad.

Tienes derecho a no cargar con las culpas de otros.

Ayudar, cooperar, conceder, dar son actitudes de servicio sublimes cuya grandeza estriba precisamente en ser una muestra voluntaria de la generosidad del alma; pero las mismas actitudes pierden su excelsitud cuando se viven a fuerza, por presión o manipulación de otros.

Es momento de empezar a madurar. Tienes derecho a negarte cuando otra persona te trate de obligar a pagar sus culpas.

"Préstame dinero, haz esto por mí, sacrifícate, regálame, cuídame, no me dejes padecer, dame lo que tienes..." iCuidado! Son frases que se usan para hacerte sentir responsable de algo que no eres. Millones de personas sufren terriblemente al creerse culpables de la perdición de un ser querido. Muchos padres que tienen hijos conflictivos viven con una espina clavada en el corazón sintiendo que fue culpa de ellos. Es verdad que nuestras actitudes pueden cambiar el rumbo de la existencia de otros, pero en muy pocas ocasiones somos responsables de su ruina. Cada uno puede enderezar el camino de su vida y tú no eres responsable si alguien no lo hace.

Libérate de la presión del sufrimiento ajeno. Tus hijos no son tú: Su vida no es la tuya. Ellos son almas independientes que tienen su propio proceso de crecimiento y que precisan vivir ciertos retos y dolores aunque tú no quieras. Deja de desgarrarte el corazón por sobreprotegerlos y simplemente ayúdalos a entender que los amas pero que no tienes porqué padecer por sus yerros, pues ellos son responsables de cada una de las consecuencias de sus actos. Al final de los tiempos estarán bien, puedes estar seguro.

Entender que tú no eres el protector de la humanidad, que el sufrimiento ayuda al progreso de quien lo padece y que no hay nada malo en el dolor, pues éste nos hace mejores, es básico para liberarse del primer grillete.

Recuerda siempre: Tienes derecho a no cargar con las culpas de otros. Sobre todo si te obligan a ello, porque entonces no lo harás por servicio o por misión sino por manipulación y nadie puede manipular a una persona madura.

Levanté la vista del libro un poco alterado. Eran conceptos que penetraban en mi entendimiento como proyectiles explosivos y hacían pedazos todas mis ideas.

El temor a la pandilla comenzaba a desaparecer y a cambio me invadía un sentimiento de ignorancia enorme. Estaba dejando la zona emocional para subir a la de aprendizaje y darme cuenta de que en ello se hallaba mi salvación. No podía darme el lujo de desconocer las técnicas que otros usaban para salir del lodazal, mientras yo me hundía en él. Cerré el libro y lo contemplé. Lo leería de cabo a rabo. Lo memorizaría, lo aplicaría. Volví a abrirlo y vi la dirección que don Joel anotó en la portadilla. Eché un vistazo a la calle y reconocí el rumbo. No estaba muy lejos del sitio en el que se reunía el grupo de autoayuda.

Era muy temprano para ir allí, pero no importaba. Esperaría leyendo.

Bajé del autobús y caminé directo al lugar.

Me sorprendí, al descubrir un elegante y amplio salón. Le dije al cuidador que era la primera vez que asistía a la reunión y que se trataba de un caso urgente. Él me informó cómo la nave era compartida por dos asociaciones distintas. La primera se reunía a las cinco de la tarde, pero me advirtió que era exclusivamente para mujeres.

-La de usted sesiona hasta las ocho de la noche -miró el reloj y emitió un silbido-. Apenas va a dar la una.

-No tengo adónde ir -le contesté-. ¿Hay algún lugar en el que pueda sentarme a leer mientras espero? Por favor.

El hombre hizo un movimiento de desagrado y me dejó pasar a una pequeña estancia que hacía las veces de recepción.

En las siguientes cuatro horas leí todo el libro y, como me quedé pasmado ante tan antagónicas ideas, olvidé el cansancio y el hambre. Había hallado verdaderamente una piedra de rescate para mi vida.

Cerca de las cuatro treinta llegó la primera mujer que asistía al grupo de autoayuda. Se quedó asombrada de ver a un hombre en la recepción, pero no hice el menor caso a su asombro y le pedí que me prestara un lápiz para marcar lo más importante del libro.

Lo hizo mecánicamente y comencé a subrayar de inmediato:

Libérate de la obligación de ser perfecto.

Tienes derecho a cometer errores y pagar por ellos.

Si te, equivocas acéptalo, no te defiendas, no busques justificaciones. Grábatelo con fuego: tienes derecho a cometer errores. Tantos como necesites cometer para ir aprendiendo las lecciones de la vida.

Así como es bueno que otros aprendan de sus tropiezos sin que tú estés obligado a salir al rescate, también entiende y acepta que tus propias caídas te hacen una persona mejor. ¿Hiciste algo mal ayer? Está bien. Es parte de tu caminar por la vida. Entiende que en el futuro seguirás cometiendo errores y no te sientas mal por ello ni te inhibas para tomar nuevos riesgos. Continúa moviéndote, decidiendo, actuando, aunque te equivoques.

Por supuesto, no basta con saber que las caídas son buenas, precisas entender también que los errores producen dolor y que debes enfrentar responsablemente las consecuencias de ese dolor. Por ejemplo: Vas andando por la calle distraído y te estampas con un poste. tienes derecho a golpearte la cabeza con todos los postes de la ciudad hasta que aprendas a esquivarlos, pero, por favor, no te enfades con el poste o contigo, no lo patees ni hagas escenas de frustración. El golpe duele pero es el precio de tu error. Págalo con gusto y aprende la lección. Cada error tiene su precio y debes aceptar pagarlo gustoso. Si es de dinero, con dinero, si es de dolor (físico o emocional), con dolor, si es de trabajo, con trabajo.

Tal vez tu acompañante se ría y te diga que eres torpe, sonso, bruto. Ríete con él, pero no creas la gran mentira de que tú eres así. Porque no lo eres, simplemente cometiste un error. Calificar a las personas con un 'eres' acompañado de adjetivos denigrantes es una insolencia enorme. No permitas que algún manipulador te cuelgue etiquetas permanentes y si lo han hecho ya, arráncaselas con decisión para siempre. Tú NO ERES tonto, feo, inseguro, tímido, torpe, lento, malo para las matemáticas, malo para el deporte ni nada de lo malo que los demás te han hecho creer. Eres, en realidad, un gran ser humano, un hijo de Dios, un triunfador en potencia. Cuando te equivoques y alguien te diga "eres...', no lo tomes en serio. Tienes derecho a cometer errores. Tus errores te perjudicarán a ti y nadie sino tú serás responsable de las consecuencias de ese error. Recordé los 'eres' de m¡ madre (insensato, ingrato e irresponsable) y lo mal que me habían hecho sentir. Ella quizá tuvo razón en reclamarme por haber llegado tarde a casa, pero yo NO ERA nada de lo que me dijo, en todo caso cometí un error y los policías, don Joel y mi padre mismo me hicieron pagar caro por él. Era una bella forma de ver la vida y de quitarse las pesadas cadenas de la inseguridad.

Continué subrayando:

Libérate de la rigidez

Tienes derecho a cambiar de opinión

Desde la más tierna infancia se nos ha enseñado que una vez declarados nuestros deseos, ya no podemos retractarnos.

El no atreverse a rectificar el camino, por temor a que alguien se enoje, es un acto pueril e irresponsable. Erradica esa costumbre, quítala de tu cabeza. La rigidez es una excelente cadena que te hace fácilmente muñeco de otros, pues te obliga a mantenerte atado a decisiones que en su momento fueron buenas pero que ya no lo son. La gente y las circunstancias cambian; lo que antes consideraste conveniente puede no serlo a la luz de nuevas ideas. Tienes derecho a cambiar de opinión.

Como es de esperarse, hay que saber también que ejercer este derecho tiene un precio. Con frecuencia, al cambiar de opinión pagarás pérdida de bienes, retroceso en el. camino andado, molestia en otros, etcétera; pero valora lo que pierdes y lo que ganas para actuar después, con los pies en la Tierra, según te convenga. No te sientas atado de manos sólo porque afirmaste algo. Ésas son pamplinas que te hacen víctima de los manipuladores. Tienes derecho a cambiar de opinión. Si compraste algo y no te gustó, devuélvelo, si anunciaste hacer un negocio determinado, pero luego reflexionas que te beneficia otra cosa, el 'echarse para atrás' no será muestra de inmadurez sino de todo lo contrario. Por supuesto que pocos lo entenderán. Te tildarán de inconsistente, de no tener palabra y si logran intimidarte, cederás y harás algo que de antemano sabes perjudicial. Pero detente... Miles de personas, en una moral mal entendida, se esfuerzan por defender su posición aún sabiendo que es errónea, millones de seres humanos viven soportando situaciones terribles cuando por dentro quisieran cambiar y liberarse de las presiones que aceptaron en otra época. Los que no pueden superar la zona de aprobación suelen tener pánico a que los demás piensen mal de ellos, por eso se ven en la necesidad de hacer cosas que no quieren. Es muy sencillo y lo diremos más coloquialmente aún: Sólo los valientes huyen. Si exaltado por los calores del momento te retaste a golpes con alguien o juraste hacer algo que posteriormente evalúas inconveniente, piénsalo mejor, no hagas lo que ya no quieres hacer. tienes derecho a cambiar de opinión.

¿Pero qué clase de filosofía era ésta? Me asustaba y me aplastaba. No podía haber sustentado toda mi vida sobre bases falsas. Esos conceptos eran peligrosos, porque si una persona sin escrúpulos los hacía suyos podía botar sus responsabilidades, dejar hijos, mujer, trabajo y país sólo porque el candoroso cambió de opinión. Aunque claro, el resumen dictaminaba abiertamente que ejercer este derecho tenía un precio también.

(Con frecuencia pagarás molestia en otros, pérdida de bienes, retroceso en el camino andado, etcétera. Pero valora lo que pierdes y lo que ganas para actuar después, con los pies en la Tierra, según te convenga).

Algunos meses atrás Alma, mi madre y yo le prometimos a papá que estaríamos con él y lo ayudaríamos incondicionalmente, pero cumplir esa promesa nos estaba causando un profundo daño. Además, consentir sus errores sin dejarlo pagar por ellos lo hacía hundirse cada vez más en el fango de la irresponsabilidad. Todos en esa familia teníamos derecho a no cargar con las culpas de mi padre y a la luz de las circunstancias actuales mamá, Alma y yo debíamos retractarnos abiertamente frente a él de nuestra promesa de tener que soportarlo.

Volteé a mi alrededor.

La estancia se estaba llenando de mujeres. Agaché la cara y me apresuré a subrayar antes de que me pidieran el lápiz.

Libérate de la obligación de saberlo todo. Tienes derecho a decir "no sé" o "no entiendo".

Las personas de mente cerrada tratan de hacer sentir mal a los demás demostrándoles cuán ignorantes son. Te preguntan si has leído determinado libro, si conoces a cierto personaje, si estás enterado de las noticias, esperando que caigas en alguna torpeza para echártela en cara... Recuerda que no tienes por qué fingir o aducir que tal o cual cosa, en efecto, te parece conocida. Arráncate el grillete. Tienes derecho a decir 'no sé' o "no entiendo'. Si te preguntan qué piensas de aquello, no te angusties, puedes contestar con un simple NO SÉ. Si alguien te exige algo que te parece ilógico, dile que no entiendes por qué te pide eso, y no accedas hasta que te explique a tu entera satisfacción. Si alguien está enojado y no sabes la razón, dile abiertamente que no entiendes el porqué de su actitud. Observar con atención y aprender a reconocer una y otra vez que 'no saben' para hacer que los demás expliquen, es el secreto de los sabios. Si no sabes o no entiendes algo, dilo. En vez de sentirte pequeño enorgullécete cada vez que tengas la oportunidad de decir NO SÉ, o NO ENTIENDO, pues aprenderás algo nuevo y ese día tendrá más sentido para ti.

Libérate del complejo de "acusado" tienes derecho a no dar explicaciones.

Si no haces exactamente lo que otros quieren, te acorralarán, obligándote a defender.

Siempre que ejerzas tus derechos de madurez:

-Negándote a cargar con las culpas de otro

-Cometiendo errores y pagando por ellos

-Cambiando de opinión

-Diciendo 'no sé' o 'no entiendo'

Alguien te exigirá inmediatamente una justificación. En cuanto contestes, volverá a atacarte con otro '¿porqué?'. A cada respuesta tuya, el manipulador tendrá razones para hacerte sentir tonto y te convertirás en el 'acusado'. Oye, libérate de ese complejo. Tienes derecho a no dar explicaciones.

Si un manipulador te molesta o trata de que aceptes sus condiciones, no te enojes; manifiesta tu inconformidad serenamente con mucha perseverancia sin explicar nada más. Frente a una persona de mente cerrada que insiste en manejarse, necesitarás ser tenaz, pero sin salirte de tus cabales, diciendo claramente, en forma reiterativa, lo que deseas. No discutas ni trates de convencerlo con argumentos. Sólo di lo que quieres. Insiste aunque tus frases no contesten lo que él te pregunte, tal como si te hubieses tragado una grabadora que repite siempre lo mismo. La perseverancia exenta de ira desarma totalmente a los cerrados haciéndolos ceder aunque sea de mala gana. La fórmula clave es persistencia con serenidad. No lo olvides. Haz oídos sordos a las amenazas del manipulador. Si él dice no UNA vez, tú dirás sí DOS, si insiste SEIS veces, tú lo harás SIETE, si tiene ONCE frases para hacerte caer, tú tienes DOCE para mantenerte firme. Así de simple, sin gritar, sin molestarle, repitiendo una y otra vez tu punto de vista y evitando caer en el juego de contestar las preguntas o dar explicaciones y excusas.

Me distrajo en mi trabajo el ruido del micrófono dentro de la sala. Las chicas habían comenzado su sesión. Cuando levanté la vista había una joven muy bella de pie observándome. No era la que me prestó el lápiz, pues ésta seguramente me vio tan concentrado que prefirió dejármelo. No. La que me miraba aparentemente había llegado tarde y se había detenido antes de entrar a la sala para estudiarme.

Me puse de pie y me volví a sentar. Cerré el libro. Lo abrí y tartamudeé al decir que estaba esperando la reunión de Al-Anón.

-No molestaré. Me quedaré aquí. Sólo estoy leyendo.

La joven sonrió y dio la vuelta para dejarme en paz. Antes de que entrara al lugar le pedí que esperara un momento, me paré nuevamente y me acerqué para preguntarle en tono confidente:

-Dígame una cosa. Por pura curiosidad. ¿Cómo se llama usted? ¿Qué tipo de grupo es éste?

La joven se hizo para atrás con una evidente mueca de desconfianza. De mis dos preguntas, ¿qué tenía que ver una con la otra? Me miró con recelo y articulando lentamente contestó:

-Me llamo Lisbeth. El grupo es de autoayuda para mujeres violadas.

Y cerró la puerta.

8

Violación

Lisbeth tenía la vista perdida en los recuerdos.

La avioneta había vuelto a despegar después de cargar combustible y nos hallábamos cruzando por una zona de calma absoluta. Por unos momentos ambos habíamos olvidado que estábamos haciendo un viaje.

-Cuando te vi esa tarde -confesó hablando muy lentamente-, concentrado en tu libro al grado de no haber escuchado a la chica que te pidió su lápiz ni a la dirigente que te invitó a salir de allí, me pareciste muy extraño. Yo era una de las invitadas para hablar en público esa noche. Iba un poco nerviosa, pero eso no me hizo pasar desapercibida el raro suceso de que un joven estuviese leyendo a la entrada de un grupo de autoayuda para mujeres.

-Y yo ya no pude proseguir la lectura después de que entraste al salón. Me dediqué a espiar la asamblea incapaz de creer que una mujer como tú necesitara estar allí -la abracé por la espalda-. Ahora platícame cómo llegaste hasta ese lugar. ¿Qué ocurrió con Martín después de que lo hallaron drogado?

Respiró hondo y echó un vistazo a su reloj.

-Falta poco para que lleguemos. No va a darme tiempo de relatar todo.

-Qué importa. Empieza ya.

-Zahid. Podríamos dar por sentados los hechos sin entrar en detalles.

-Ése no fue el trato.

-Lo sé pero -se detuvo-, me incomodaría mucho tener que recordar, además tal vez te sientas lastimado al oírlo.

la miré con un poco de molestia.

-De acuerdo -asintió-. Pero no digas que no te lo advertí.

Te conté que papá me; llevó a ver a Martín, drogado, en una barriada oscura, que cuando volvimos a casa confesé mi embarazo y que todo mi mundo se derrumbó al verme rechazada por las personas más cercanas.

Estaba tirada en el piso cuando sonó el teléfono. Era el padre de Martín que insistía en preguntarme si yo sabía qué sustancias había ingerido su hijo.

Después de que el padre de Martín me dio santo y seña del hospital en el que estaban, dejé el auricular en la mesa para dirigirme a la calle. A mi alrededor todo era bruma, como si muebles y familiares estuviesen envueltos en una gasa que me impidiera distinguirlos.

-¿Adónde vas? -preguntó papá.

-Qué te importa -contesté.

-Son las once de la noche. No puedo permitir que salgas sola a esta hora.

-¿No puedes permitir? -comencé a carcajearme como una loca-, ¿y con qué derecho? Te lavaste las manos de tu responsabilidad, así que también renunciaste a tu autoridad sobre mí.

Papá se quedó clavado en su sitio sin poder articular palabra ante mi repentina recriminación.

Salí a la calle y caminé a grandes pasos como si en mi desesperada huida pudiera confundir al maligno fantasma que me había declarado suya. Me sentía ingenua, estúpida, seducida.

Di vuelta en una esquina y me enfrenté a un largo y solitario tramo de calle. Los automóviles pasaban a intervalos de cinco a diez minutos. Uno de ellos se detuvo delante de mí y esperó pacientemente a que llegara a su lado; los jóvenes tripulantes me aseguraron no haber visto mujer más bella esa noche y me preguntaron si deseaba ir a algún lugar. Les contesté que no y seguí caminando; adelantaron el vehículo para insistir. Los ignoré y, después de un rato, arrancaron haciendo rechinar las llantas y dedicándome algunas señas obscenas detrás de los cristales.

Me preguntaba una y otra vez ¿qué había visto en Martín? ¿Por qué cedí con él?

Cuando le dije que estaba embarazada prometió que respondería, pero aun si dejaba la droga para siempre, ¿me arriesgaría a casarme con él? En una sociedad machista ¿quién tenía más oportunidades de rehacer su vida?, ¿una mujer divorciada con un hijo o una madre soltera? Las opciones no eran muchas.

Es mejor estar sola que mal acompañada me dije, "aunque, a decir verdad, es mucho mejor estar bien acompañada que sola; si él se repone y hace su mejor esfuerzo", concluí, "tal vez me arriesgue a casarme; luchar por fundamentar una familia me hará sentir mejor que dejar a todo el mundo condolerse de mí y seguirme tratando como una niña boba que se equivocó. Además, si fracaso en mi matrimonio, de cualquier modo me sentiré mejor al haber puesto todo de mi parte.

La congoja volvió a invadirme y me limpié las lágrimas con furia. Debía levantar la cabeza y, sin sentimientos de vergüenza, salir adelante con mi hijo de una u otra forma, pero, ¿por qué me había pasado esto? Al ver que no me controlaba, troté un poco hasta que las fuerzas se me acabaron y me detuve. Me puse en cuclillas y solté a llorar inconsolable.

De pronto sentí la presencia de un automóvil detrás de mí. El ronroneo del motor a escasos metros de distancia me hizo darme cuenta de que alguien me observaba. El auto tenía las luces apagadas. No me moví. Tuve la premonición de que se trataba nuevamente de los jóvenes falderos. ¿Qué más podía ocurrirme? Me hallaba postrada, indispuesta para defenderme. Permanecí en el suelo unos minutos más, esperando sin voltear. Al ver que pasaba el tiempo y nadie se acercaba, el instinto de conservación me hizo ponerme de pie y echar a caminar con la cabeza agachada. Abrupta, repentinamente mi cuerpo chocó con el cuerpo de un hombre que estaba parado frente a mí. Me asusté. Levanté la vista. Era mi padre.

Nos miramos unos segundos.

Ya no había recriminación en sus ojos; había pena, preocupación.

Ya no había enojo en los míos. Solamente una gran tristeza.

Entonces lo abracé y me abrazó. Entre lágrimas le dije:

-Perdóname, por favor... Te fallé. Les fallé a todos. No sabes cómo me siento. Perdóname...

Él no articuló palabra. Durante un rato permanecimos enlazados y mientras estábamos así comprendí lo terrible que debe de ser para un padre ver a su hija desmoronarse, desviar su camino, renunciar a sus sueños, todo por una decisión sexual equivocada.

-Te amo, Lisbeth -dijo al fin con una voz vacilante-. El golpe fue muy duro para mi. Nunca imaginé que podía ocurrirle algo así a ti. No quise lastimarte.

Oí su 'te amo' tan distinto al de unas horas antes...

Las lágrimas no me permitieron contestarle, ni a él le dejaron decir nada más. Padre e hija, abrazados en la oscuridad de una calle solitaria, intentábamos reconfortarnos mutuamente por un hecho que nos lastimaba en lo más profundo y transformaba para siempre nuestras vidas.

Me llevó al automóvil. Abrió la puerta y al hacerlo preguntó:

-¿Quieres ir al hospital?

Asentí.

Condujo en silencio. Me eché a sus piernas como una niña, la niña a la que él enseñó a nadar y a jugar tenis, la niña que siempre fue su orgullo y su alegría. Acarició mi cabeza diciéndome que nada había cambiado entre nosotros.

Llegamos al hospital y de inmediato encontramos a los padres de Martín.

-¿Cómo está? -pregunté.

-Grave. Disculpa que te haya llamado a la casa, pero los médicos deseaban, mejor dicho, necesitaban saber respecto a las sustancias o combinación de sustancias que había ingerido.

No cavilé, de momento, que el comentario del hombre me agraviaba al dar por sentado que yo era cómplice con su hijo, de consumir soporíferos.

Con ojos esperanzados vimos llegar a un médico. De inmediato los progenitores lo interrogaron y el galeno informó que el muchacho se hallaba grave, pues las pruebas indicaban que había ingerido una sobredosis de crack combinada con alcohol.

-Doctor -cuestionó mi padre de inmediato-, sé que no es el momento ni el lugar, pero dígame una cosa. ¿El muchacho tiene riesgo de haber contraído el SIDA?

-No. Despreocúpese a ese respecto. El tipo de droga que consume no es inyectada y eso lo exenta del mayor porcentaje de riesgo.

El padre de Martín caminó detrás del médico y nos quedamos solos con la obesa madre. Ella nos miró con cierto deje de perfidia. Tal vez se había molestado por la pregunta de papá o simplemente había hallado el momento de arrojar el veneno de su agusanada alma de madre posesiva.

-A mi pobre hijo siempre le ha ido mal -comentó-. Al pobrecito le han afectado mucho los problemas amorosos. Desde que se separó de su esposa no se ha repuesto. Las mujeres le han hecho mucho daño.

Por un momento creí que estaba hablando de otra persona. Fue mi padre quien reaccionó más rápido.

-¿Qué dice usted, señora? ¿Martín se había casado antes?

La mamá de mi novio se fingió turbada haciéndonos creer que se arrepentía por haber hablado "de más', pero sus frases fueron perfectamente calculadas.

-Sí -aclaró con fingida timidez-. Tenía dieciocho años y la mujer veinticuatro. Ella era una mañosa. Trató de atraparlo embarazándose. Y lo logró. Se casaron por el civil, pero sólo duraron juntos dieciocho meses. ¿Acaso no lo sabía usted?

Negué con la cabeza. Lo único que sabía de Martín era que trabajaba en una empresa vinícola como ejecutivo de ventas, que tenía un hermoso automóvil y un elegante porte, que decía ser ingeniero y que estaba dispuesto a formalizar su relación conmigo.

-¿Martín es ingeniero? -me oí preguntar.

-No. Siempre quiso serlo, pero cuando se casó, tan jovencito, tuvo que dejar de estudiar y ponerse a trabajar para mantener a su familia. Sólo llegó hasta segundo año de preparatoria. Le fue mal. Su esposa lo manipulaba.

-¿Y no trabaja en una compañía vinícola?

-Lo hizo, pero renunció. Lo explotaban. Su jefe era un tirano. Ahora le ayuda un poco a mi esposo. Es un muchacho muy bueno, pero se está reponiendo emocionalmente.

¿Un muchacho muy bueno? Y seguramente yo era, para la miope madre sobre protectora, otra arpía que intentaba atrapar nuevamente a su inocente bebé. Sentí un coraje enorme. Todo lo que pudiera decir sería usado en mi contra.

-Vámonos, papá.

Mi padre me tomó del brazo y ambos dimos media vuelta sin despedirnos.

El no comentó nada en el trayecto a casa. Tampoco volvió a preguntarme cómo fue que me dejé engañar. Estaba tan indignado como yo.

Semana y media después, recibí una llamada telefónica de Martín. Me negué a contestar. Papá me prohibió hablar con él y yo obedecí, sin embargo, como el joven insistía una y otra vez, pasados los días llegué a pensar que, al menos, debía darle la oportunidad de aclarar las cosas. Era el padre de mi hijo. ¿Quién me aseguraba que su mamá no inventó todo para alejarme de él y obligarme a enfrentar sola mi embarazo? Necesitaba saber realmente en qué me había engañado.

A escondidas concertamos una cita. Le dije que estaría esperándolo en la esquina, que pasara por mí, pues deseaba escuchar su versión. Sólo mi madre sabía de la entrevista secreta.

Cuando él llegó, ya no me sentí impresionada por su bello automóvil ni por su elegante aspecto.

-El coche es de tu papá, ¿verdad?

-¿Quién te lo dijo?

-Deja de fingir, ¿quieres?

-¿Adónde te llevo?

-A un lugar tranquilo para que podamos hablar muy claro.

Condujo con seguridad. Yo lo observaba de perfil, incapaz de creer que alguien tan apuesto pudiera ser tan falso.

-¿Ya no te drogas?

-Nunca lo he hecho -contestó sin mirarme-. Esa noche mis amigos me obligaron. Perdí el conocimiento. Fui víctima de una guasa.

No le creía, pero guardé silencio. Iba distraída en mis reflexiones y no me di cuenta de que estábamos entrando a un motel. Cuando el coche se detuvo miré a mi alrededor.

-¿Y esto? ¿Adónde me trajiste?

-Es un lugar tranquilo. Aquí podemos hablar con calma y en privado.

-Espérame un momento.. Si crees que tienes derechos, estás muy equivocado. Primero vamos a poner las cartas sobre la mesa y a hablar de condiciones y responsabilidades.

-No seas ridícula. Tú y yo somos como esposos.

-¿Qué dices? -grité histérica- ¡Vámonos de aquí inmediatamente!

Azarado por mis exclamaciones encendió el motor del automóvil y salió del motel. Aceleró por la vía rápida y sus facciones fueron tomando un matiz de profunda amargura. Iba tan rápido que por un momento creí que deseaba matarme y matarse.

-¿Puedes conducir más despacio?

-¿De modo que no tengo ningún derecho?

Me agarré fuerte del asiento y comencé a sentir las gotas de sudor resbalar por mi frente. Salimos de la ciudad y nos internamos en una carretera solitaria.

-¿Adónde vamos? ¡Regrésame a mi casa!

El camino estaba en tan mal estado que parecía fuera de servicio. Finalmente nos orillamos en un paraje rodeado de árboles y detuvo el coche.

Al fondo del terreno había una pequeña cabaña de madera abandonada.

-Muy bien -dijo volviéndose hacia mí con los ojos inyectados de sangre-, ¿te parece bien este lugar para platicar de condiciones y responsabilidades?

Eché un vistazo a los lados. Estaba oscureciendo y no había forma de escapar o pedir ayuda.

-Sí -traté de mostrarme tranquila-, cuéntame sobre tu pasado y no te atrevas a mentirme. ¿Es cierto que te casaste a los dieciocho años y que tienes un hijo con otra mujer?

-Ella me manipuló. Yo era muy niño. No lo hice por amor. Puedo tratar de rehacer mi vida, ¿no crees? Contigo es diferente. Quiero formar un hogar de verdad.

Se acercó y me abrazó. Me puse tensa.

Déjame lo empujé-. Quiero que hablemos.

-¿De condiciones y responsabilidades? -se burló.

Me volvió a abrazar y comenzó a besarme la cara con mucha intensidad. Por un momento me quedé quieta sin saber qué hacer. Se mostraba realmente tierno en sus movimientos, pero la diferencia era que en esa ocasión sus besos me daban asco.

Imprevistamente bajó una mano para acariciarme el busto. Lo aparté con arrebato y me separé.

-Basta. No estoy dispuesta.

-Ven acá -me jaló nuevamente aprisionándome y esta vez su tono sonó protervo y furioso-. Eres mía, ¿no lo entiendes? ¿No te das cuenta de que nadie podrá quererte ya? Éstas son las cartas sobre la mesa: ¡Eres mía! No hay más que hablar.

-Déjame...

Me estrujaba con tal fuerza que comencé a sentir asfixia.

-Te deseo, te necesito -trataba de ser sensual pasando su asquerosa lengua por mi cuello y oreja.

Me debatí asustada.

-No me digas que no te gusta hacer el amor. La vez anterior cooperaste más. ¿Qué te pasa? ¡Disfrútalo!

-No puedo respirar.

Me soltó y comenzó a desabotonarme la blusa. Lo vi como a un extraño.

-Por favor -lo detuve.

-Eso mismo te digo yo, por-fa-vor... -y me volvió a inmovilizar con un abrazo

¿Qué era eso? ¿Seducción violenta o violación sutil?

Sin permitirme mucho movimiento terminó de abrirme la blusa y me arrancó el sostén. Yo estaba aterrada, Cuando me resistía se mostraba terriblemente hosco y me apretaba los senos con tanta fuerza que lastimaba, pero cuando me quedaba quieta, se mostraba amable y hasta cariñoso.

-No me gusta este lugar para hacer el amor -le dije intentando disuadirle de que parara y ganar tiempo-. Tenías razón, ¿por qué no vamos al hotel?

Se detuvo y pareció estar de acuerdo. Arrancó el motor. Me apresuré a acomodarme la ropa.

Cuando todo indicaba que nos iríamos de allí, dio la vuelta a la llave y apagó el auto.

-¿Estás tratando de pasarte de lista?

-No, mi amor.

Le toqué un hombro, pero me notó nerviosa y me agarró.

-Harás lo que yo te diga donde yo lo diga. Así que vuelve a desabotonar esa blusa.

En ese momento salieron dos jóvenes de la deteriorada cabaña de madera. Saludaron a Martín con la mano y se acercaron.

Al verlos caminar detecté que les costaba trabajo mantener el equilibrio.

-Yo pensé que no había nadie -dijo mi raptor como quien se dirige a los miembros de su familia.

-Aquí estamos -contestó uno de ellos-, sólo nosotros...

-¿Tienen polvo?

Entonces me di cuenta de que estaba atrapada.

Abrí la puerta del coche e intenté huir, pero mi movimiento fue tan rápido e impensado que caí al suelo junto al coche. Martín se estiró acostándose sobre el asiento y me atrapó una muñeca. Los enajenados se apresuraron a ayudar a su amigo.

-¿Se quiere escapar la nena?

-Es una zorra...

Los recién aparecidos comenzaron a brincar como incluyéndose oportunamente en el juego. Uno de ellos se acercó, puso un zapato sobre mi antebrazo para que no pudiera levantarme mientras Martín terminaba de descender del carro y se bajaba la bragueta del pantalón. Su gesto era cruel y decidido. Me miraba de una forma que yo no conocía en él. Terminó de sacarse los genitales y se sentó en mi vientre inmovilizándome.

Los dos mirones se reían.

-Come.

-Suéltame, cerdo -escupí e hice la cabeza a un lado.

Se adelantó para aplastarme los brazos con sus rodillas y una vez con las manos libres me enderezó la cabeza para obligarme a mirarlo.

-Por favor -le supliqué-. Vas a dañar al bebé.

-Cállate -alzó mi cabeza y me azotó-. Lo estás echando todo a perder.

Lo miré aterrada. ¿Por qué me golpeaba? Aún no entendía que había surgido en él un deseo irracional de poseerme, de imponerse sobre mí. Sonrió con desprecio y volvió a golpearme la nuca contra el piso una y otra vez. Comprendí que mi vida peligraba.

Muchas veces escuché que en una violación es mejor no resistirse, pues sólo se trata del acto sexual, pero en realidad eso no es un acto sexual, es un ataque bajo y denigrante. Semanas después, en el grupo de autoayuda escuché el testimonio de una mujer a la que le introdujeron una botella que luego le rompieron adentro. Tuvieron que darle veinte puntadas y estuvo a punto de morir.

¡Si puedes defenderte -me dije-, hazlo y ahora!

En mi infancia estudié artes marciales, pero era una disciplina compleja que llevaba años dominar; más que karate una mujer debe desarrollar la auto confianza, la agilidad para gritar, correr, clavar las uñas en la garganta, dar puñetazos en la nariz, meter los dedos en los ojos, golpear los testículos y algunos otros actos que más que fuerza requieren maña y decisión. En ese instante, mi sexto sentido me indicaba que si me resistía me mataría, pero mi autoestima se rebelaba a ser denigrada de esa forma.

Cruzó por mi mente la idea de morderlo, pero dudé y se dio cuenta.

-No te atrevas.

Me abofeteó cuatro veces con la mano abierta.

Sentí que la cara me reventaba de ardor.

Se puso de pie y al instante aproveché para levantarme a medias y correr, pero uno de los amigos me atrapó de los cabellos.

-Ven acá.

Entre los tres, a tirones me quitaron una a una mis prendas de vestir hasta dejarme totalmente desnuda. Me arrojaban de los brazos de uno a los de otro sin dejar de reír. Martín sólo se bajó el pantalón. Me hizo girar poniéndome de espaldas y, por la fuerza, me obligaron a agacharme. Fue muy doloroso. Grité, lloré, pero no había nadie cerca.

-Así, protegeremos al bebé. Caí en una especie de trance, como si mi alma hubiera abandonado el cuerpo por unos momentos para disuadirme de lo que estaba pasando.

Cuando se habla de abuso sexual solemos pensar: "eso a mí no me ocurrirá", pero conservadoramente se sabe que al treinta por ciento de las chicas les ocurre. Cualquier mujer puede ser víctima de una violación. De la misma forma, cualquier hombre puede violar. La mayoría decide no hacerlo. Las mujeres en cambio no pueden decidir. Además existe un agravante terrible y poco comentado. Tres cuartas partes de los abusos, según la encuesta para la seguridad de la mujer, fueron realizados por gente muy cercana: novios, amigos, compañeros de escuela o trabajo, jefes y familiares. Se tiene la falsa creencia de que los violadores son seres desequilibrados que salen en las noches enmascarados y armados y, aunque los hay de ese tipo, son los menos. Por lo regular el hombre que fuerza una relación, lo planea, fantasea con la idea antes de llevarla a cabo y con demasiada frecuencia la víctima vive cerca de él, a veces en la misma casa o colonia.

No recuerdo lo que me obligaron a realizar después. Y lo que recuerdo no quisiera comentarlo. Aún ahora me parece difícil de concebir y expresarle en palabras. Los tres estuvieron haciéndome todo tipo de ultrajes por más de una hora. Lo más absurdo fue que cuando terminaron, me obligaron a vestirme y a subir al auto como si nada hubiese pasado. Los amigos se sentaron en el sillón trasero y Martín condujo el coche de regreso a la ciudad.

-A todas las mujeres les gusta un poco de fuerza -teorizó-, les agrada provocar y cuando consiguen lo que buscan, estoy seguro de que no pueden dejar de disfrutarlo también.

Era increíble lo que estaba oyendo. Ahora sé que ésa es una idea muy generalizada. Muchos chistes, cuentos y hasta películas demuestran la grotesca escena de una joven que ansiaba ser violada y que inclusive al ser poseída deseaba más. No hay nada tan absurdo y perjudicial para nuestra sociedad que hacer ese tipo de bromas estúpidas. Es fácil reírse de lo que no se entiende. Es cierto, la mujer puede disfrutar un acto sexual, de la misma forma que un varón puede disfrutar, por ejemplo, un momento de compañía con su hijo mientras le enseña a nadar, guardando la respiración debajo del agua, sin embargo, yo me atrevería a preguntar si ese mismo hombre disfrutará guardando la respiración con la cabeza dentro de un excusado lleno de mierda obligado por un sujeto armado. No se puede comparar un momento de entrega amoroso con una ofensa humillante y perversa.

En el camino de regreso, uno de los amigos de Martín dijo que la próxima vez me invitarían a ver una de sus películas para que me relajara más y así no tuvieran que lastimarme. Hoy sé que la pornografía fomenta las violaciones. Escenas en las que se utiliza a la mujer sexualmente y con violencia modifican la forma de ver las cosas para muchos hombres y aunque la mayoría nunca hará nada malo, otros pocos se atreverán a hacerlo, excitados por las modalidades sexuales a las que se están familiarizando a través del cine sucio.

Cuando llegamos a mi casa, abrí la puerta y di grandes pasos, pero en el jardín delantero, antes de llegar a la puerta, me detuve hecha pedazos.

Vi a través del cristal de la sala la silueta de mi padre que caminaba en el interior.

9

Diferencias sexuales

Me solté el cinturón de seguridad e intenté ponerme de pie en la avioneta. El techo era tan bajo que sólo logré dar un paso encorvado. Estaba furioso, verdaderamente afectado. Pocas veces había sentido tanta rabia en mi vida.

-¿Qué ocurrió con ese maldito? -le pregunté a mi esposa-, ¿se murió? Porque si está vivo es mejor que se cuide.

-¿Lo ves? Te dije que era preferible no hablar de esto.

Me derrumbé en el asiento y cerré los ojos. Recordé cómo el líder de nuestro grupo forzó a una joven precisamente después de que estuvimos excitándonos en un centro de nudismo; era virtualmente imposible poseer a las chicas que se exhibían sin ropa, en aquellas mesas, pero saliendo de la zona controlada, había muchas indefensas, a disposición, como nos demostró el dirigente de la pandilla. El peor castigo para mí era saber que, aunque no participé, impedí la violación de una mujer cuando la presencié y que esa mujer pudo haber sido mi esposa...

-Termina, por favor.

Quise correr hacia mi padre, llamarlo, pero no me moví. ¿Era lógico quejarme de haber sido violada después de contravenir órdenes muy claras, citándome con el joven con el que antes tuve relaciones sexuales? ¿Quién me creería? Y en todo caso, ¿a quién le importaría? Si descartaba la participación de los dos espontáneos, mi posición era similar a la de una mujer casada que pretendiera acusar a su esposo de abuso sexual. En la sociedad se da por sentado que si consentiste una vez, estás obligada a consentir siempre.

Oí el carro de Martín que se iba. Estaba deshecha moralmente. Me sentía sin fuerzas, como una muñeca inútil a la que se le ha acabado la cuerda para siempre.

Después de un rato salió ni madre. Me preguntó qué me pasaba y le dije que nada, pero tampoco me moví. Ella detectó algo raro y quiso adivinar.

-¿Lo ves? -se acercó-. Ese joven no te responderá. Vamos a tener que aceptar la idea.

Asentí. Me rodeó la espalda con su brazo.

-Pero cambia de cara. Si no quiere casarse, tal vez sea mejor -caminó llevándome hasta la casa-. Sé que debes estar muy decepcionada, pero no te preocupes. Todo mejorará. Cuéntame, ¿le hablaste claro?, ¿le hiciste ver sus obligaciones y responsabilidades? ¿Qué te contestó? ¡Por Dios! ¡Te ves muy mal! No te aflijas tanto...

Me negué a decir una sola palabra. Anduve realmente ¡da, como muerta venida del más allá. Fui directo a mi habitación con pasos lentos y mecánicos. Ella me siguió, pero se detuvo en el corredor al verme indispuesta a hablar. Cerré la puerta en su cara, puse el seguro y me derrumbé en el suelo.

Pasé la noche tirada, quieta, atrapada por el peso de un peñasco que me laminaba. Me sentía asquerosa, nauseabunda, repugnante; sumida en la inmundicia, sin ánimos de salir. No era, ante mis ojos, más que un despojo humano, una bola de porquería, víctima de una putrefacción nunca antes imaginada'. Como el principal abusador era alguien tan cercano, me sentía un poco culpable de haberlo provocado. Nada es más paralizante que creerse partícipe y responsable de algo así. La energía de autoestima se va al suelo drásticamente.

A las ocho de la mañana, mamá comenzó a tocar la puerta de mi habitación.

Desperté y logré levantarme muy despacio para ir al baño. Mis pasos eran vacilantes como los de un minusválido que está aprendiendo a caminar. Abrí la ducha y sin templar el agua me introduje vestida al chorro helado. Lo que fue un gesto de masoquismo se convirtió en estímulo que me hizo reaccionar; el agua fría activó mis células y propició que la depresión fuera sustituida por un gran coraje. Me quité la ropa y salí a buscar en el mueble del lavado los enseres de limpieza para el excusado. Tomé desinfectante en polvo, piedra pómez y fibra metálica, regresé a la regadera y comencé a restregar mi cuerpo con mucha fuerza. En algunas partes me produje rasguños profundos. Deseaba mudar de materia, cambiar de piel, convencerme de que la gente no notaría mi pestilencia. Me vestí con una prenda de manga larga y cuello alto para que nadie notara las heridas que me hice al lavarme; no me arreglé, ni me peiné.

Fui al Colegio en busca de mi maestra de psicología. Entré al aula en la que se encontraba impartiendo cátedra sin pedir permiso.

-Voy a acabar con mi vida -pronuncié apenas se volvió para mirarme; mi voz sonó temblorosa.

La clase se interrumpió.

-Hola, Lisbeth. ¿Hay algún problema?

-Voy a matarme.

-¿Qué dices? -la profesora se acercó alarmada al adivinar en mí una angustia legítima.

Los estudiantes me observaban callados. No me moví.

-Siéntate -me invitó-. En cuanto termine la clase hablamos. Negué con la cabeza, di la media vuelta y salí de ahí.

-¡Detente! -ordenó caminando detrás de mí; no obedecí. Me alcanzó y me hizo volver hacia ella.

-¿Qué te pasa?

-¡Odio a toda la gente! Tengo miedo de caminar por la calle, me siento una basura rodeada de más basura. Veo a los hombres y pienso que son animales. He perdido la ilusión de vivir. Y el hijo que llevo dentro... Hace unos días me consolaba. Ahora quisiera destruirlo.

La psicóloga se quedó gélida observándome. Tiempo después me confesó que se sintió impactada al comprender que mi problema era serio en verdad.

-Vamos a mi privado.

-¡Si te ultraja una persona en quien confías -grité ignorando su invitación-, no puedes volver a confiar en nadie más! ¿Me entiendes?

Entonces comencé a desahogarme. Fueron momentos muy fuertes e importantes Para mí. La psicóloga me escuchó atentamente. grité. lloré y maldije en medio del patio sin importarme la mirada curiosa de los transeúntes. Mi catarsis fue tomando diferente tonalidad al paso de los minutos y comencé a desear mayor privacidad.

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