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Saulo de Tarso

Enviado por Agustin Fabra



Partes: 1, 2

  1. Saulo: su vida
  2. Saulo y el judaísmo
  3. Saulo: su conversión
  4. Saulo: su apostolado
  5. Pablo: su personalidad
  6. Pablo: sus viajes misioneros
  7. Pablo encarcelado en Jerusalén
  8. Viaje de Pablo a Roma
  9. Martirio de Pablo
  10. Los escritos de Pablo
  11. Conclusión
  12. Anexos

SAULO : SU VIDA

Saulo (Shaúl, en hebreo) nació el año 5 en Tarso, en la región de Cilicia, en la costa sur del Asia Menor (la actual Turquía). Saulo fue quizás el perseguidor más encarnizado del cristianismo. Era un hebreo fanático, un líder religioso, descendiente de la tribu de Benjamín. El hecho de haber nacido en Tarso le dio la oportunidad de estar en contacto con una de las culturas más avanzadas de su tiempo. Tarso era una ciudad universitaria que se destacaba por su cultura y su escuela de filosofía.

Saulo, así como su progenitor, tenía la ciudadanía romana, un gran privilegio en esos días. Parecía estar muy bien versado en la cultura y el pensamiento helénico. Según la costumbre judía, desde los cinco años debió de aprender a leer en la Biblia hebrea.Tenía un gran dominio de la lengua griega, que era la corriente en Tarso, y al mismo tiempo desplegaba su habilidad dialéctica. Era de una familia adinerada y según la costumbre judía, Saulo aprendió también un oficio: fabricante de tiendas (Hechos 18:3), lo que significa o que fabricaba tiendas con lona comprada para ellas, o lo que es más probable, que tejía él mismo la lona. Cilicia era conocida por sus telas tejidas de pelo de cabra, de las que se fabricaban tiendas y mantas de viaje. Durante su actividad apostólica Pablo ejercía su oficio para ganarse el sustento (Hechos. 18:3) y vivir independientemente (1 Corintios 9:15).

La educación de Pablo fue judía y la recibió bajo la estricta doctrina de los fariseos, teniendo como profesor a Gamaliel, uno de los más grandes rabinos de su tiempo, que era nieto de Hilel. Pablo se daba el lujo de afirmar que él no sólo era fariseo, sino discípulo de fariseos (Hechos 23.6) El se jactaba diciendo: "En la práctica del judaísmo, yo aventajaba a muchos de mis contemporáneos en mi celo exagerado por las tradiciones de mis antepasados" (Gálatas 1.14).

SAULO Y EL JUDAISMO

En Jerusalén Saulo se vio sorprendido por las predicaciones de los nazoreos. Saulo no había llegado a conocer a Jesús, y nada sabía de su ministerio ni de su muerte y resurrección. Tampoco conocía con detalle la historia reciente de Jerusalén. Pero lo que sí sabía era que esos nazoreos eran todo lo contrario de lo que él era.

Allí donde él era capaz de relacionarse por cuestiones económicas y hasta sociales con griegos, romanos y otros gentiles, los nazoreos abominaban de cualquier tipo de relación con los incircuncisos. Allí donde Saulo era capaz de adaptarse a las costumbres de las gentes y ciudades que visitaba, los nazoreos eran intransigentes en sus costumbres, incapaces de perdonar la más ridícula de las transgresiones a la ley.

Saulo chocó de inmediato con los nazoreos hasta el punto de que llegaba a odiar el hecho de que se presentasen en el templo a predicar su doctrina, y durante varias semanas acudió allí para rebatir sus patrañas mientras el odio en su interior iba creciendo. Un día, a principios del 33, llegó a incitar a los judíos que estaban en el templo para echar de allí a los nazoreos, acto que realizaron provocando la muerte de Esteban y varias heridas de gravedad en Santiago. Santiago abandonó Jerusalén mientras se recuperaba de sus heridas y los demás discípulos de Jesús se mantuvieron a la expectativa de lo que ocurriese.

Saulo era un devoto de la ley judía, y esto fue lo que provocó su tremendo odio contra Jesucristo y la iglesia primitiva. Saulo se sentía insultado con el mensaje de los seguidores de Cristo, no por causa de la afirmación de que Jesús era el Mesías, sino porque le atribuía a Jesús el papel de Salvador, con lo cual se le quitaba a la ley todo valor en el propósito de la salvación. La nueva secta del judaísmo golpeaba la esencia de la formación judía de Saulo y sus estudios rabínicos. El exterminio de esta secta llegó a ser la pasión de Pablo (Gálatas 1,13).

Apoyado por sus amigos del Sanedrín, que de una forma tan inesperada habían encontrado un aliado tan formidable, Saulo se convirtió en defensor de la ortodoxia judía representada por el Sanedrín, iniciando una campaña de persecución a los nazoreos; campaña en la que el Sumo Sacerdote y el Sanedrín le dieron un fuerte apoyo. Esto no hubiera sido posible bajo el control de los romanos, pero destituido Pilato y estando Vitelio organizando las tropas para sofocar una rebelión de los nabateos contra Herodes Antipas, Jonatán, el Sumo Sacerdote del Sanedrín, tenía una cierta libertad para actuar impune e independientemente.

Los activistas nazareos empezaron a dispersarse en todas direcciones y Saulo consiguió cartas de presentación de Jonatán autorizándolo a perseguir a los nazoreos camino hacia Damasco, donde Saulo creía que habían ido a refugiarse.

Algunos historiadores afirman que la Damasco a la que Saulo se dirigió no podía ser la Damasco siria ya que Jonatán no tenía jurisdicción más que en Judea y enviar un grupo de alborotadores a una ciudad siria hubiera sido políticamente impensable. Por otro lado, Damasco en ese momento estaba ocupada por Aretas, rey de los nabateos, contra los cuales Vitelio y Herodes Antipas estaban intentando organizar un ejército. Es posible que el objetivo de Saulo no fuera Damasco, sino las ciudades que a mitad de camino, entre el mar de Galilea y Damasco, eran el refugio de varias comunidades nazareas. En tal caso Saulo no se dirigiría concretamente a Damasco, pero sí estaría viajando por el camino de Damasco cuando fue interrumpido su viaje.

Antes de su partida hacia Damasco, Saulo fue a despedirse de su maestro Gamaliel y éste, que había sido testigo de parte de la vida de Jesús y respetaba profundamente a Santiago, el jefe de los nazoreos, le recriminó la lucha que había emprendido, la que calificó de abominación a los ojos de Yavé. Ante las recriminaciones de su maestro, Saulo se sintió perdido en un mar de dudas. Emprendió el camino a Damasco dirigiendo a un grupo de

hombres que le debían ayudar en su empresa pero las dudas le atormentaban y se preguntaba si estaba haciendo lo correcto.

Cuando Vitelio regresó a Jerusalén en la Pascua del 37 y examinó las acciones que Jonatán había realizado, lo destituyó de inmediato nombrando a su hermano Teófilo como Sumo Sacerdote. Este nombramiento lo acompañó con la advertencia de que no toleraría actividades como las que había fomentado Jonatán y eso hizo que los siguientes años fueran relativamente tranquilos para los nazareos, dándoles ocasión de organizarse y afianzar su influencia en todas las ciudades por las que se habían extendido.

SAULO: SU CONVERSION

En las obras de arte y en la creencia popular se tiene la imagen de que Pablo se cayó de su caballo de camino hacia Damasco, cuando ni en las epístolas ni en los Hechos de los Apóstoles se menciona una caída desde un caballo y, es más, pudiera tratarse de un anacronismo.

Según los Hechos de los Apóstoles (9:1-9) "Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén. Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? El dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo la voz, mas sin ver a nadie. Entonces Saulo se levantó de tierra y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que, llevándole por la mano, le metieron en Damasco, donde estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió."

En sus epístolas no da detalles sobre este hecho, pero sí afirma que perseguía a los cristianos y que se le apareció Jesús "a mí, que soy como un aborto" (1Corintios 15: 3-8).

Se ha sugerido a través de no-creyentes, que este fenómeno podría tratarse de un ataque epiléptico, pues la epilepsia puede ocasionar ceguera temporal y visiones místicas acompañadas de sentimiento de placer (epilepsia extática). También se ha comparado este relato con una experiencia cercana a la muerte; se ha dicho que podría haber sufrido un delirio como consecuencia de una insolación, etc. En el caso de Saulo, sin embargo, resulta atípico que manifieste haber visto a Jesús cuando se dedicaba a perseguir a sus seguidores y se pase al "enemigo".

En cualquier caso, con independencia de si la visión en el camino de Damasco fue milagrosa o si tiene explicación científica, el resultado es que Saulo de Tarso, que se dedicaba a "perseguir sobremanera" y a "asolar con celo" las comunidades cristianas, según sus propias palabras (Gálatas 1: 13), tuvo un testimonio que lo marcó para el resto de sus días; literalmente se pasó al enemigo para ser el principal difusor del cristianismo arriesgando su vida, sufriendo encarcelamientos y, finalmente, para morir decapitado en Roma. Pablo fue fiel hasta la muerte al testimonio que lo convirtió en uno de los apóstoles más efectivos de Jesucristo.

Su vida fue totalmente transformada en Cristo: "Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo" (Filipenses 3:7-8).

SAULO: SU APOSTOLADO

Saulo se preparó a fondo para iniciarse en ese nuevo camino: el de Cristo. Al finalizar los tres años de aprendizaje que exigía su ingreso en la comunidad nazorea, Saulo, como miembro de pleno derecho, regresó a Jerusalén e intentó presentarse a otros miembros de la comunidad, pero recordando los desmanes que había cometido, sólo Pedro y Santiago accedieron a entrevistarse con él.

Sin desalentarse, Saulo comenzó a predicar cerca del templo pero aquellos que le conocían de años atrás como perseguidor de los nazareos intentaron matarlo. La rabia de los judíos ortodoxos contra este "traidor" era tan fuerte que tuvo que escaparse dejándose bajar de la pared de la ciudad en una canasta. En parte para protegerlo y en parte para librarse de tan incómodo como notorio personaje, Santiago lo envió a su ciudad natal, Tarso.

Saulo no se dejó engañar; sabía que Santiago le había enviado lejos de Judea con el fin de quitárselo de en medio, pero recién ingresado en la secta nazarea, Saulo obedeció a su superior y se consoló pensando que, aunque lejos de Judea, tal vez aún podría ser útil a Yavéh. Durante cinco años Saulo permaneció en Tarso haciendo periódicas visitas a ciudades vecinas.

Cilicia, donde estaba la ciudad de Tarso, tenía muchas similitudes con Judea: las caravanas eran muy frecuentes, continuamente había gente de paso de muchos reinos y los romanos gobernaban con mano dura a los habitantes. Pero en Judea la mayor parte de los residentes eran judíos que odiaban a los romanos dominadores y que confabulaban contra distintas facciones para quitarse el poder las unas a las otras. En Cilicia, en cambio, los judíos eran minoría y los habitantes de la región no se preocupaban por estar dominados por los romanos mientras el comercio siguiese trayendo dinero a sus puertas.

El ambiente era más distendido, y aunque también se producían disturbios de vez en cuando, nadie, ni siquiera los judíos de Cilicia, querían que se fueran los romanos.

Al predicar a los judíos de su tierra, Saulo notó que a éstos les interesaban las noticias de Judea, y se emocionaban cuando oían la historia de Jesús, pero esto no se traducía en el odio visceral a los romanos que caracterizaba a los judíos de Jerusalén, sino que el objeto de ese odio era la casta sacerdotal de los saduceos que habían provocado la muerte de Jesús.

Así pues, cada vez que contaba la muerte y resurrección de Jesús minimizaba la culpa de Pilato y exageraba la maldad de los saduceos. Y otra cosa que notó fue que no sólo los judíos estaban interesados en esta historia. Con el tiempo se llegó a dar cuenta de que también los gentiles sentían curiosidad por ella y que la doctrina de la resurrección, aunque resultara nueva para ellos, les atraía poderosamente.

Poco a poco, de manera tan imperceptible que ni él mismo llegó a darse cuenta, sus enseñanzas se centraban más y más en la figura de Jesús y en su resurrección, y eso atrajo la atención de muchos judíos y gentiles.

No era Saulo el único que predicó a los gentiles, hubo otros que también lo hicieron en Antioquía y los dirigentes nazareos enviaron a Bernabé con el fin de verificar que la conversión de los gentiles se realizase de forma adecuada. Teniendo que comunicarse con muchos judíos helenizados, Bernabé pensó que Saulo podría ayudarle en su tarea, por lo que acudió a Tarso a buscarlo.

Durante un año de trabajo en Antioquía, Bernabé vio que las predicaciones de Saulo llegaban a más gentes que las suyas y se dio cuenta de que él mismo empezaba a incorporar en sus discursos diversos elementos de los discursos de Saulo. Y uno de los elementos que desarrollaron en gran medida fue la predicación en griego. Si hasta entonces habían predicado siempre a los judíos y a unos pocos gentiles que sentían curiosidad, ahora, aunque seguían predicando a los judíos, había muchas ocasiones en que su mensaje iba exclusivamente dirigido a los gentiles, y en esos casos usaban mayoritariamente el idioma griego.

Otro elemento que Bernabé tomó del discurso de Saulo fue la interpretación que éste daba al mesianismo de Jesús. Los nazoreos esperaban no sólo un Mesías, sino El Mesías Salvador que los liberaría del yugo de los romanos. Debido a su resurrección, los nazareos tenían claro que Jesús era el Mesías Salvador.

El discurso de Saulo rompía varios moldes y abría las puertas de la esperanza para los pobres y los oprimidos que, si se mantenían en la fe de Jesús como mesías salvador, alcanzarían la gloria en el reino de los cielos. Para Saulo, lo más importante era creer que Jesús era el Mesías; no un mesías que había fracasado en su intento de libertarlos de los romanos, sino un Mesías que había triunfado sobre la muerte y que era la salvación de todos los que creyesen en él.

Al traducir el mensaje al griego, el idioma de la mayoría de los viajeros que había en Antioquía, Saulo y Bernabé usaron la palabra que significaba consagrado: Kristos. Y así nació la denominación con la que se conocerían desde entonces los creyentes en Jesús: los cristianos; los "ungidos o consagrados por Dios".

Desde entonces Pablo fue un hombre verdaderamente nuevo y totalmente movido por el Espíritu Santo para anunciar el Evangelio. Saúl desde ahora se llamará con el nombre romano: Pablo. Ambos nombres tienen un significado claro: Pablo significa "hombre de humildad", y el significado de Saulo es "aquel que ha sido pedido al Señor".

Él mismo nos dice que fue apedreado, azotado, naufragó tres veces, aguantó hambre y sed, noches sin descanso, peligros y dificultades. Fue preso y, además de estas pruebas físicas, sufrió muchos desacuerdos y casi constantes conflictos los cuales soportó con gran entusiasmo por Cristo, por las muchas y dispersas comunidades cristianas.

PABLO: SU PERSONALIDAD

Físicamente Pablo no era impresionante ni atrayente; sus adversarios le echaban en cara que «su presencia era poca cosa y su palabra despreciable» (2 Corintios 10:10); él mismo alude también a su exigua estatura corporal (2 Corintios 10:12-14). Su salud era débil; Pablo sufría una enfermedad que él mismo califica de aguijón de su carne y bofetón de Satán (2

Corintios 12:7-9); es un sufrimiento doloroso, humillante y crónico, como lo confirma el propio Pablo (Gálatas 4:13-15).

Pablo poseía temperamento de jefe, voluntad de hierro, constancia inquebrantable, sentido para la iniciativa, extraordinaria capacidad de trabajo y resistencia, y un carácter conquistador; su carácter era, además, apasionado, impetuoso y dominador, que se entregaba de modo total al amor o al odio. Mas, junto a su férrea voluntad, Pablo tenía también un alma de fina sensibilidad y condescendencia, y un corazón lleno de ternura que se pegaba a los hombres y despertaba fuerte simpatía, que sentía profundamente la necesidad y el dolor de los demás.

Como pensador Pablo fue esencialmente un espíritu intuitivo, que concebía la religión más por visión inmediata que por razonamiento discursivo. Sin embargo, fue también un poderoso dialéctico, y su capacidad natural se perfeccionó aún más por su formación rabínica.

La naturaleza y el arte le decían muy poco; era más bien un psicólogo introspectivo. Sus comparaciones e imágenes están tomadas generalmente de la vida ciudadana, de los soldados o del derecho.

Pablo fue un escritor de ingenio, que disponía de un vocabulario extenso y de un conocimiento sólido de la lengua griega. Su lengua es el griego corriente entre la clase

culta de su tiempo, salpicado con numerosas expresiones tomadas de la versión griega de los LXX, que era la más común entre los judíos de la diáspora. Su estilo es cuidado, sus frases se hallan muchas veces sobrecargadas de incisos y hay ocasiones cuando se presiente más el estilo oral que el cultivo de la escritura.

Era un hombre que creaba interés en torno a sí, que atraía a los demás y emanaba amistad. La lista de veintisiete nombres en Romanos 16:1-16 nos descubre una pequeña parte del círculo de sus amigos íntimos. Escribe una carta a un amigo rico para salvar la vida y recomendar a un esclavo al cual ha hecho su hermano en Cristo en la prisión. Es agradecido con los pequeños favores, y se interesa por la iglesia en Jerusalén cuando los malos tiempos ponían a los pobres en dificultad.

El fuego de su sensible corazón queda bien patente en sus sentimientos para con sus fieles. Lleno de confiado abandono para con los de Filipos, sufre un acceso de indignación cuando los de Galacia se disponen a traicionar su fe, y experimenta una dolorosa contrariedad ante la inconstancia vanidosa de los de Corinto. Sabe manejar la ironía para fustigar a los inconstantes e incluso los reproches severos; pero es por su bien. Y no tarda en suavizar sus reprensiones con acentos de conmovedora ternura.

Su predicación es, ante todo, el kerigma apostólico; la proclamación de Cristo crucificado y resucitado conforme a las Escrituras. Su mensaje no es cosa suya; es el mensaje de la fe común, sólo que con una aplicación especial a la conversión de los gentiles. Pablo se siente solidario con las tradiciones apostólicas; las cita cuando se le presenta la ocasión porque les debe mucho. No conoció a Cristo en vida, pero conoce sus enseñanzas y también recibió su visita personal.

Si bien Pablo resiste al mismo Pedro cuando se entera de que este último consideraba como verdaderos cristianos a los judíos convertidos que seguían practicando la Ley judía y tendía a formar dos comunidades separadas entre sí, sabe mostrarse también conciliador cuando es necesario y pone su mayor esmero en la colecta a favor de los pobres de Jerusalén y la considera como la prenda mejor de la unión entre los cristianos gentiles y los que aún siguen la Ley.

PABLO: SUS VIAJES MISIONEROS

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Primer viaje: Del 46 al 48 d.C.

Salida: Antioquía de Siria / Llegada: Antioquía de Siria

El primero de ellos, según los Hechos de los apóstoles (13:1-2), fue motivado por lo que él denominó una revelación del Espíritu Santo a emprenderlo junto con Bernabé y con Juan Marcos, quien era sobrino de éste último. El viaje se realizó entre los años 46 al 48 después de Cristo. Embarcaron en Seleucia, que era el puerto de la ciudad de Antioquía de Siria, y de allí se dirigieron por barco a Chipre; realizaron su tarea misional en esa isla, en la costa oriental, en una ciudad llamada Salamina, que estaba muy cerca de la hoy ciudad de Famagusta; de la costa oriental cruzaron la isla a la costa occidental a una ciudad llamada Pafos, de allí se embarcaron al Asia Menor, hasta la ciudad de Perge, en Panfilia, pasando por la ciudad de Atalía, que por entonces era una provincia del imperio Romano; de allí sólo con Bernabé se dirigió a la ciudad de Antioquía de Pisidia. Se asentaron un tiempo en Antioquía de Pisidia y de esa ciudad partieron para la ciudad de Iconio que se encontraba en la provincia romana de Galacia. Por allí pasaba una ruta principal que unía la importante ciudad de Éfeso con Siria. De allí fueron a la ciudad de Listra en la región de Licanoia. Pablo y Bernabé partieron de Listra a Derbe y de esta ciudad regresaron sobre sus pasos a Listra, luego a Iconio y luego a Antioquia de Pisidia; de allí fueron a Perge y de Perge al puerto de Atalia donde se embarcaron de regreso hacia Antioquía de Siria.

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Segundo viaje: Del 49 al 52 d.C.

Salida: Jerusalén (Judea) / Llegada: Antioquía (Siria)

El segundo viaje de Pablo lo realiza junto a otro discípulo llamado Silas o Silvano. Salen de Jerusalén, de allí a Cesárea, luego fueron a Tolemaida (Palestina), pasaron por Tiro y Sidón, para pasar por Siria y de allí al Asia Menor, llegando a Antioquía. Desde allí fueron a Tarso, la ciudad natal de Pablo. Este viaje se realizó durante los años 49 al 52. Ya en Asia Menor llegan a la ciudad de Derbe y luego a Listra, allí se les une Timoteo y se dirigen a Troas, ciudad junto al mar Egeo. La ruta clásica de la época era pasar por las siguientes ciudades para llegar desde Listra a Troas: Iconio, Antioquía y Dorylaeum; de ahí se dirigen a Macedonia haciendo pie en la ciudad de Neápolis y luego llegan a Filipos, de donde, atravesando por Anfípolis y Apolonia de Iliria, se dirigieron a Tesalónica. De Tesalónica fueron a Atenas, y de ahí a Cencrea y Corinto (Hechos 18:18) y por mar a Éfeso, y de allí a Cesárea, donde finalizó este segundo viaje en Antioquía de Siria.

Es de destacarse el hecho de que Pablo, en Cencrea, se había afeitado la cabeza porque tenía hecho un voto (Hechos 18:18). También en Jerusalén Pablo hace el mismo voto, junto con otros cuatro hombres. El que emitía un voto era considerado un nazir (Números 6:2), o sea, se había consagrado a Yahvé y debía abstenerse de beber vino o bebidas embriagantes, ni tampoco comer uvas frescas o uvas pasas durante el tiempo que durase su voto, que generalmente era de treinta días.

En este segundo viaje Pablo dió un discurso en el Areópago de Atenas, que era el consejo supremo de la ciudad de Atenas que en la colina del mismo nombre celebraba sus sesiones. Pablo aprovechó esa oportunidad para hablar a los griegos sobre su "Dios desconocido", a quien los griegos le tenían dedicado un altar.

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Tercer viaje: Del 54 al 58 d.C.

Salida: Antioquía (Siria) / Llegada: Jerusalén (Judea)

El tercer viaje y último de Pablo, fue entre los años 54 a 58. Partió Pablo desde Antioquía para Tarso por tierra y pasó por Derbe, Listra, Iconio y Antioquía de Pisidia. De allí fue a Éfeso y de Éfeso partió hacia Esmirna, Pérgamo y Troas (Tróade), de ahí partió a Macedonia pasando por Neápolis, Filipos, Anfípolis y Tesalónica. Por mar fue Corinto y luego por tierra a Berea y Tesalónica, volviendo por el mismo camino hasta Troas. Desde esa ciudad fue por mar a Asón, Mileto y Pátara, y de allí vuelve a Jerusalén pasando por Tiro y después por mar a Tolemaida y Cesárea. Finalizó el viaje en Jerusalén en el año 58.

En este tercer viaje Pablo ofreció un gran discurso, que constituyó en su testamento pastoral (Hechos 20:17-35). Sucedió en la ciudad de Éfeso y ahí se dirigió a los jefes de la principal de las iglesias por él fundadas. Los puntos de contacto con sus epístolas son muchos; el espíritu es el de las epístolas pastorales. Pablo ahí hizo sus últimas recomendaciones a los presbíteros de Éfeso posiblemente intuyendo ya que sería el último al dar a entender una separación definitiva, posiblemente su muerte.

A los siete días de haber regresado Pablo a Jerusalén de este último viaje misionero fue arrestado en el Templo, al ser visto por judíos procedentes de Asia, los que habían oído predicar ahí a Pablo.

Seguidamente se detallan en una lista los nombres antiguos de las ciudades y regiones visitadas por Pablo, así como el nombre actual (si la ciudad aún existe) y el país al que geográficamente pertenecen en la actualidad. También se detallan aquí las ciudades que tuvieron especial significado en los viajes de Pablo.

Nombre antiguo de la ciudad

Región antigua

Nombre actual

País actual

Antioquía

Antioquía de Pisidia

Anfípolis Apolonia de Iliria Asón

Atalia Atenas Berea Cencrea Cesárea Corinto Derbe Éfeso Filipos Iconio Jerusalén Listra Mileto Neápolis Pafos Pátara Perge Salamina Seleucia Sidón Tarso Tesalónica Tiro Tolemaida Troas

Sirio-Fenicia Pisidia Macedonia Macedonia Misia

Panfilia Tesalia Tesalónica Acaya Samaria Acaya Licaonia Asia Menor Macedonia Licaonia Judea Licaonia Caria Macedonia Chipre

Licia Panfilia Chipre Siria

Sirio-Fenicia Cilicia Tesalia

Sirio-Fenicia

Sirio-Fenicia

Misia

Antalya Aksehir Desaparecida Poligiros Desaparecida Antalya Atenas

Veria Desaparecida Tel-Aviv Corinto Benbir-Klissa Desaparecida Desaparecida Konya Jerusalén Llistra Desaparecida Kavala

Pafos Fethiye Desaparecida Famagusta Latakia

Sidón Tarso Salónica Desaparecida Acre Desaparecida

Siria Turquía Grecia Grecia Turquía Turquía Grecia Grecia Grecia Israel Grecia Turquía Turquía Grecia Turquía Israel Turquía Turquía Grecia Chipre Turquía Turquía Chipre Siria Líbano Turquía Grecia Líbano Líbano Turquía

NOTAS:

- Algunas ciudades de la época de los viajes de Pablo ya no existen actualmente

(Desaparecida).

- Todos los viajes de Pablo en lo que hoy es Turquía los realizó a la Península de

Anatolia (Asia Menor), y ninguno en la parte de la Turquía europea.

- Las Regiones antiguas están enmarcadas hoy día dentro de los límites territoriales de los países descritos en la última columna.

CIUDADES RELACIONADAS CON LA VIDA DE PABLO

Tarso de Cilicia: Ciudad natal de Pablo.

Jerusalén: Ciudad donde estudia la ley de Moisés con el gran rabino Gamaliel, asiste al Concilio de los Apóstoles y, antes, al martirio de Esteban; y allí es, a su vez, apresado por los romanos.

Damasco: En sus cercanías se convierte a Cristo.

Antioquía de Siria: Iglesia fundada por Bernabé. Lugar de partida de tres primeros viajes misioneros; allí reciben los discípulos por primera vez el nombre de cristianos.

Galacia: En la región situada en el centro del Asia Menor, a los cristianos Pablo escribe desde Éfeso una carta para defender a los hermanos de los "judaizantes" o falsos hermanos, que querían imponer a los convertidos de la gentilidad las observancias de la ley de Moisés.

Filipos: Centro importante de la región de Macedonia. Durante su segundo viaje misionero Pablo funda en esta colonia romana una iglesia con la cual estará siempre ligado por los lazos más firmes de amor cristiano.

Tesalónica: En esta ciudad (capital de la provincia romana de Macedonia) funda una iglesia a la que escribe dos cartas desde Corinto. La primera es el escrito más antiguo del Nuevo Testamento, y estando en Tesalónica recibió ayuda de la comunidad de Filipos.

Atenas: Ciudad griega donde Pablo predicó a un grupo de hombres de cultura durante su segundo viaje misionero.

Corinto: La iglesia de allí fue fundada por Pablo en su segundo viaje. Allí predica y trabaja en ella. A esta comunidad dirigirá dos cartas, la primera desde Éfeso y la segunda desde Filipos.

Colosas: Pequeña ciudad en la región de Frigia, al este de Éfeso. Esta iglesia fue fundada por un discípulo de Pablo, Epafras, y a ella dirige una carta sobre los peligros que los amenazan.

Éfeso: Iglesia fundada por Pablo en el tercer viaje.

Cesárea: Ciudad en la costa de Palestina donde vivió preso durante dos años, siendo procuradores Félix y Porcio Festo. De aquí partió Pablo para Roma en el viaje de la cautividad.

PABLO ENCARCELADO EN JERUSALEN

La Judea que encontró Pablo en el año 58, a su regreso de su tercer viaje apostólico, estaba al borde del caos. El odio y el resentimiento de los judíos hacia sus dominadores romanos se hallaban en su punto culminante y una chispa hubiera bastado para desencadenar una sublevación general. Bajo el gobernador romano Cumano (del 48 al 52) habían estallado varias revueltas, y los frustrados rebeldes habían formado guerrillas clandestinas, conocidas por el nombre de sicarios. El sucesor de Cumano, Félix (año 57), no tuvo mayor fortuna en el restablecimiento del orden, pese a sus implacables medidas, o quizás debido a ellas.

Pablo llegó a Jerusalén a tiempo para celebrar la fiesta de Pentecostés y allí fue recibido calurosamente por Santiago y los hermanos de la ciudad. Tras entregarles sus donativos se dirigió al Templo. Al pasar por entre los peregrinos llegados de Asia, un grupo de judíos de aquella zona lo reconoció y aprovechó la ocasión para hacerlo arrestar. En voz alta le acusaron de introducir paganos en los atrios del Templo, delito que podía ser castigado con la pena de muerte. Sólo la llegada de los soldados romanos le salvó de morir apaleado por la enfurecida muchedumbre.

El tribuno de la cohorte de Jerusalén lo envió a Cesárea para que fuera juzgado ante el gobernador Félix. Allí, una delegación de judíos encabezada por el sumo sacerdote Ananías le acusó de blasfemia y de traición, y exigió su ejecución. El astuto Félix, deseoso de evitar conflictos, se negó a pronunciar la sentencia, pero retuvo a Pablo prisionero en Cesárea durante dos años, aunque Félix permitió que Pablo pudiera recibir la visita de sus amigos.

VIAJE DE PABLO A ROMA

Durante la prisión de Pablo, Félix se enfrentó a un importante estallido de violencia. El intento de los judíos por expulsar de Cesárea a los ciudadanos de habla griega desencadenó una guerra, en la que los soldados de Félix dieron muerte a cientos de personas. Los judíos se quejaron a Roma y el nuevo emperador, Nerón, sustituyó a Félix por Porcio Festo.

Festo tenía gran interés en aplacar a los judíos. Por eso cuando Ananías y los suyos renovaron su petición de que Pablo fuese juzgado en Jerusalén, Festo se inclinó inicialmente a aceptar tal propuesta. Pero Pablo invocó un derecho legal inherente a su ciudadanía romana, y anunció: "Apelo a César".

En el otoño del año 60, cuando contaba 55 años de edad, Pablo fue embarcado junto con otros presos rumbo a Roma bajo la custodia de un centurión llamado Julio. Parece ser que

iba con él Lucas (Hechos 27:1), quien al parecer le había acompañado en alguna parte de su tercer viaje apostólico.

El grupo zarpó en una pequeña embarcación de carga en Cesárea y navegó costeando el Asia Menor. En Mira transbordaron a un gran barco de transporte de grano que se dirigía a la península itálica. Su siguiente escala fue en el lugar llamado Puertos Hermosos, al sur de Creta, pero al no reunir ese puerto buenas condiciones para fondear, el patrón trató de alcanzar otro mejor acondicionado: el de Fenice, al oeste de Puertos Hermosos. En ruta, la nave fue desviada por una tormenta invernal y, tras dos semanas de navegar sin rumbo, siguiendo la dirección del viento, fueron a naufragar en la isla de Malta, a casi mil kilómetros de Creta. A instancias de Pablo, el capitán y los pasajeros alcanzaron a nado la orilla. Las gentes de Malta les ofrecieron sustento y albergue, y se quedaron ahí durante el invierno. Pablo realizó curaciones y predicó durante aquellos meses.

En la primavera del 61 reanudó el viaje hacia Roma, junto con sus compañeros, a bordo de otra nave alejandrina de transporte de granos. Se dirigieron hacia el norte, a Sicilia, y luego al puerto italiano de Pozzuoli, desde donde se desplazaron a pie hasta Roma. Un pequeño grupo de cristianos romanos salió a recibir a Pablo al Foro de Apio, a unos 60 kilómetros de Roma, y juntos marcharon por la Vía Apia hacia la capital.

Pablo quedó bajo arresto domiciliario durante dos años, en espera del juicio al que debía ser sometido. Esto significaba que era libre de moverse dentro de la ciudad, pero no podía salir de Roma. Aprovechó este tiempo para fortalecer la pequeña iglesia cristiana de Roma, junto con Pedro. Se mantuvo en contacto por carta con las iglesias que había fundado en otras ciudades y probablemente contaría con la ayuda de Aquila y Priscila, que habían regresado a Roma tras la muerte del emperador Claudio en el año 54.

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MARTIRIO DE PABLO

En esos años debieron llegar hasta Pablo las noticias relativas al empeoramiento de la situación en Judea. Los acontecimientos se precipitaban hacia un trágico desenlace a medida que la hostilidad entre judíos y romanos se tornaba más acusada y abierta. También aumentaba la intolerancia de los judíos contra los cristianos. A la muerte de Festo (año 62), el sumo sacerdote judío, Ananías, aprovechó el breve vacío de poder para ordenar el asesinato de Santiago, el llamado hermano de Jesús y líder de la naciente iglesia cristiana en Judea.

Poco después un halo siniestro se cernía sobre los cristianos de Roma. Una cálida noche de verano del año 64 estalló un gran incendio en el extremo norte del Circo Máximo. Las llamas se propagaban con celeridad alimentadas por las frágiles mercancías de las tiendas cercanas e impulsadas por un fuerte viento. El incendio persistió durante cinco días, destruyendo y reduciendo a cenizas la mayor parte de la ciudad de Roma.

Los ciudadanos de Roma sospechaban que el incendio se debía a la iniciativa del emperador Nerón para reconstruir la capital con mayor magnificencia. Pero para desviar las sospechas que recaían sobre él, Nerón acusó a los cristianos de Roma de haber originado el incendio, y se desencadenó una vasta persecución. A los cristianos sospechosos se les acorralaba sistemáticamente y, después de ser interrogados, se les ejecutaba en crueles espectáculos públicos. Algunos hicieron de antorchas humanas para iluminar los jardines de recreo de Nerón; otros fueron envueltos en pieles de animales y lanzados a las fieras en el circo. Pedro fue igualmente víctima de esa cruel campaña y fue crucificado con la cabeza hacia abajo por considerarse él mismo indigno de morir como Jesús.

Pablo resultó atrapado también en el torbellino de esa depravada persecución. Al parecer se le había levantado el arresto al no insistir nadie en Jerusalén en acusarlo. Salió de Roma y visitó las iglesias de Grecia y algunas del Asia Menor. En Tróade los enemigos del cristianismo lo detuvieron y le acusaron de traición. Una vez más Pablo pidió ser juzgado en Roma y volvió a la capital, donde no tardó en sucumbir víctima del odio de Nerón.

Como ciudadano romano que era le fue otorgado el juicio solicitado y, declarado culpable, fue sentenciado a muerte en el año 67. Sin embargo, al ser ciudadano romano, tenía el privilegio de que su muerte fuera por decapitación y no de otra forma más cruel aún.

Pablo fue decapitado horas después a las puertas de la ciudad de Roma, según era costumbre con los ciudadanos romanos. Los cristianos trasladaron reverentemente sus restos a un cementerio cercano y le dieron sepultura. Su sepulcro se encuentra en la actualidad en la basílica romana de San Pablo, en las afueras de Roma.

LOS ESCRITOS DE PABLO

No debemos olvidar que las Cartas que Pablo nos dejó son escritos para una determinada ocasión y propósito; no son tratados de teología, sino respuestas a situaciones concretas. Son exposiciones que Pablo destina a lectores concretos y, en último término, a todos los fieles de Cristo. Por ello no hemos de buscar en ellas una formulación sistemática y completa del pensamiento del Apóstol, sino buscar siempre la palabra viva contenida en ellas en forma de puntos particulares. A pesar de ello no dejan de ser esas Cartas extraordinariamente valiosas, tanto más que su riqueza y variedad nos permiten encontrar lo esencial del mensaje paulino. En ellas se descubre una misma doctrina fundamental centrada en torno a Cristo, muerto y resucitado, pero adaptada, desarrollada y enriquecida a lo largo de aquella vida entregada a todos.

Algunos intérpretes de sus escritos han atribuido a Pablo un eclecticismo o intención de querer conciliar las doctrinas, que a tenor de las circunstancias le habría hecho adoptar puntos de vista divergentes y aún contradictorios, sin concederles valor absoluto puesto que sólo le interesaba ganar los corazones para Cristo. Otros han contrapuesto a ese punto de vista un fijismo según el cual el pensamiento de Pablo, estructurado desde un principio por la experiencia de su conversión, no habría experimentado después ninguna evolución. La verdad está entre ambos extremos: el mensaje de Pablo, evolucionado en una línea homogénea, se ha desarrollado realmente bajo el influjo del Espíritu Santo, que dirigía su apostolado.

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