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Cultura Juvenil. ¿Hacia dónde transitan los adolescentes de hoy?



Partes: 1, 2

  1. Introducción
  2. Los hechos y su comprensión
  3. Me conecto, luego existo
  4. Existir para consumir
  5. Políticos postmodernos
  6. Nuevo giro narrativo
  7. Radiografía a nuestra época
  8. La cuestión del placer
  9. La ética procedimental
  10. La cuestión del poder
  11. La cuestión del mito
  12. Conclusiones para el discernimiento

INTRODUCCIÓN

Antiguos y nuevos fenómenos socio-culturales están afectando la forma en que vivimos las personas. De hecho nos encontramos inmersos en una mutación cultural sin precedentes. Esto exige de nuestra parte una mirada atenta a la educación que estamos dando a niños, adolescentes y jóvenes -entendida ella como proceso de socialización tendiente a formar buenos ciudadanos-, sobre todo en un tiempo en que valores, principios y normas parecieran depender de conveniencias colectivas y puntos de vistas que sólo contemplan y admiten la propia realización, y en un contexto en que las fronteras tienden a desdibujarse en el horizonte de modas, ideas, conductas y tendencias[1]

Maffesoli ha sido enfático en declarar:

  • "La resistencia de sociología oficial dificulta mucho el análisis sereno de la posmodernidad. En efecto, por referencia a la lógica del deber ser, los sistemas de pensamiento, que se reproducen en nuestras universidades, siguen obnubilados por los valores universales elaborados en el siglo XIX, valores de trabajo, de fe en el porvenir y de prevalencia de la razón. Quiérase o no, sin distingos de izquierda y de derecha, estos sistemas oficiales se apoyan en la concepción de un individuo racional, dueño de sí, y que contrae vínculos con otros individuos racionales para construir la sociedad. Empíricamente, se observa que otros elementos son los que entran en juego, en particular en las prácticas juveniles, elementos que radican al mismo tiempo en un hedonismo latente, en una importancia del cuerpo y en el énfasis en el presente. Allí están las grandes características de la posmodernidad que requieren ser pensadas. Es posible analizar, sin que el intelecto tenga que abdicar, las comunidades emocionales, aquello que llamo el tribalismo contemporáneo y la "cultura del sentimiento" que tiende a prevalecer en nuestras sociedades[2]

  • El objetivo de este ensayo es ofrecer una panorámica de estos cambios y desafíos culturales, y por lo mismo transversales a toda actividad pastoral, de tal forma que podamos enfrentar con más y mejores elementos conceptuales la educación de la juventud[3]previa hermenéutica y discernimiento de lo humano -renunciando a toda demonización- que descubrimos presente, muchas veces velado, en expresiones urbanas, conductas y actitudes donde, y a pesar de su naturaleza transgresora, encuentra eco la Palabra de Dios.

    LOS HECHOS Y SU COMPRENSIÓN

    La juventud, como categoría etárea define a aquellas personas que se ubican entre los 15 y 24 años de edad[4]pero en Chile se extiende hasta los 29 años[5]Es esta población la que está viviendo cambios como nunca antes. Según Guy Bajoit y Abraham Franssen "desde hace 20 ó 30 años, una mutación cultural está en curso, es decir, estaríamos viviendo el paso de un modelo cultural basado en la razón social a otro fundado sobre la autorrealización autónoma[6]y más aún, la reducción de la credibilidad que afecta al modelo de la razón social[7]y el aumento de la credibilidad que se vincula al modelo de la autorealización autónoma serían al final un proceso irreversible en la medida en que éste sería alentado por todos, incluso por aquellos que aparentemente se esfuercen por resistirlo"[8]. En suma, estaríamos inmersos un proceso de mutación cultural que provoca en la juventud una enorme dificultad para encontrar sentido a las cosas que hacen y -como consecuencia- la vida misma les resulta compleja. En un mundo en que se les exige cada vez más, se va produciendo un desfase entre las expectativas de éxito y los obstáculos que ellos descubren para lograr sus objetivos[9]

    Me conecto, luego existo

    Existen tres claros ejemplos de la mutación a la que aludimos: en la socialización, productos de consumo y el mundo político. Pensemos el primero. Mediante los procesos de socialización, la sociedad transmite los conocimientos y experiencias acumuladas de siglos a las nuevas generaciones. Tradicionalmente esta tarea ha estado en manos de la familia, que educa en los valores de convivencia; de la escuela, que traspasa el conocimiento científico-humanista y técnico necesario para el desarrollo y la producción; y las instituciones que tienen a cargo la formación en ministerios o encargos específicos. La pregunta es ¿quién socializa hoy? Ciertamente se mantiene lo tradicional, pero ha entrado en escena un nuevo ente socializador: Internet y las TICs. El mismo Papa Benedicto XVI lo acaba de reconocer en el mensaje con ocasión de la 45ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales: "Se extiende cada vez más la opinión de que, así como la revolución industrial produjo un cambio profundo en la sociedad, por las novedades introducidas en el ciclo productivo de la vida de los trabajadores, la amplia transformación en el campo de las comunicaciones dirige las grandes mutaciones culturales y sociales de hoy. Las nuevas tecnologías no modifican sólo el modo de comunicar, sino la comunicación en sí misma, por lo que se puede afirmar que nos encontramos ante una vasta transformación cultural. Junto a ese modo de difundir información y conocimientos, nace un nuevo modo de aprender y de pensar, así como nuevas oportunidades para establecer relaciones y construir lazos de comunión"[10].

    La generaciones nacidas antes de los "80 nos habituamos a pensar la realidad en términos concretos. Para quienes tenemos hoy 40 años de edad el mundo real es el que acontece en el espacio-tiempo, delante de nuestras narices. Para las nuevas generaciones, en cambio, existe otro mundo tan real como éste: el mundo virtual[11]con sus redes, personajes y gurúes, ciudades y transacciones. La escuela ya no es el único lugar legítimo para transmitir un capital simbólico preestablecido. No por nada, el 2010 Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, fue elegido "personaje del año" por la Revista Time. Podemos hasta concluir que para muchos adolescentes el mundo virtual termina siendo el real[12]Allí se dan cita en redes de amigos, transan sus bienes, conocen mundos nuevos y adoptan personalidades que de otra forma les estarían vedadas[13]No nos cabe duda de que la Red socializa a pasos insospechados. Y entre sus múltiples aristas positivas se cuenta la facilidad e inmediatez en las comunicaciones, el aprendizaje colaborativo y las infinidad de recursos y posibilidades para la investigación, democratizando con ello el acceso al aprendizaje y el conocimiento. Por ejemplo, ya comienza a ser frecuente en nuestro país la adquisición de e-books, libros digitales a la mitad, o incluso mucho menos, de su valor impreso. Pero no todo es bondad. Las redes sociales exponen a los usuarios más jóvenes a una falsa socialización, esto es, a pensar y suponer que las relaciones de amistad mantenidas en la Red se corresponden de igual modo con las del mundo real. La facilidad con que se acepta o rechaza una relación, dependiendo únicamente del interés personal, termina trasladándose a las relaciones parentales, fraternas y afectivas. Después de un continuo ir y venir de amistades la sensación de soledad aumenta y engendra individuos temerosos de relaciones "cara a cara" por la frustración e incapacidad de manejarlas con el mismo antojo y pericia con que se manejan las relaciones virtuales. Por otro lado, la Red expone la intimidad de adolescentes[14]y jóvenes hasta extremos riesgosos, vaciando sus vidas de toda autenticidad y originalidad. "El anhelo de compartir -advierte Benedicto XVI-, de establecer "amistades", implica el desafío de ser auténticos, fieles a sí mismos, sin ceder a la ilusión de construir artificialmente el propio "perfil" público"[15]. Una vida expuesta en la Red es un producto más de consumo en un sistema de oferta y demanda. A pesar de todas las advertencias, los adolescentes continúan siendo presa fácil de quienes les ofrecen plataformas y pasarelas para exponerse. Esto se explica únicamente por el poder cautivador que ejerce la pantalla para las nuevas generaciones, como si tuviese atributos de una auténtica autoridad que manda, seduce u obliga la voluntad, muy semejante a ese embrujo que las gitanas ejercían sobre personas habituadas a creer en fuerzas o poderes trascendentes. Esa fuerza oscura y dominante viene hoy desde el interior de las pantallas, de la Red. Podemos concluir que para el joven de hoy ya no se verifica la sentencia cartesiana "Pienso, luego existo", sino "Me conecto, luego existo[16]

    Existir para consumir

    La cultura actual, que nace bajo el alero de la crisis de la razón moderna, ha recibido el nombre común de postmodernidad[17]Y más allá de la discusión que existe entre los autores sobre la pertinencia del nombre, lo que nos importa es lo que está detrás, el nacimiento e instalación de algo que es mucho más que un movimiento de crítica o protesta en contra de lo establecido. Estamos en presencia de una cultura cuya dinámica principal parece ser el mercado y el consumo, que proclama y defiende la libertad como neoliberalismo. Y esto quiere decir poder ilimitado al más puro estilo de Davos[18]Se trata de una libertad que esclaviza, que antepone el valor del capital, consumo y placer por sobre cualquier validación humana, influyendo en las relaciones interpersonales con los mismos criterios con que influye en las relaciones comerciales. Es por ello que la posesión de bienes materiales se ha convertido en sinónimo de poder, éxito y felicidad, y más aún, de una existencia consistente: quien tiene existe con rostro concreto e historia significativa, y quien no, está condenado a hundirse en el anonimato. En este sentido, preocuparse por los demás resulta hoy un pésimo negocio. Lo único que importa es el éxito, pero el éxito personal. La libertad se ha transformado en un fetiche, en nuestra bandera de lucha para sostener en pie cualquier egoísmo.

    El consumo se ha ido apoderando de nuestras vidas y ganando espacios en todas la relaciones humanas. Y esto se explica por el astuto giro que han dado las grandes compañías a cargo de la publicidad. Pensemos que hasta antes de los "80 un producto vale por lo que es, pero después de los "80 vale por lo que representa. Es en esta representación del producto donde el concepto de marca adquiere su peso real. Detrás de una marca no está el producto, sino lo que él representa: masculinidad, éxito, feminidad, plenitud, eternidad, fuerza, fama, poder, pertenencia, etcétera. Las consecuencias para las relaciones humanas, especialmente entre los jóvenes que se ven privados de acceder a las maravillas que les ofrece el mercado, suelen ser desastrosas. Lo que circula alrededor de una marca nos ha llevado a una búsqueda desenfrenada de consumir para existir, que por lo mismo se convierte en una existencia para el consumo, totalmente alienada[19]

    Políticos Postmodernos

    Si en décadas pasadas los políticos nos encantaron por sus discursos cargados de ideas, visionarios, desbordantes de la doctrina de sus partidos y fundados en sólidas razones, hoy lo hacen por su capacidad de mover masas. Lo que ha sucedido es el paso de la razón a la emoción política, sobre todo a partir de los "80 en adelante coincidiendo con la instalación del áurea mágica de las marcas en los consumidores. Los políticos se han dado cuenta de que todo sistema racional tiene un fundamento emocional[20]y en un contexto donde la razón es altamente cuestionada en su posibilidad intrínseca de dar cumplimiento al proyecto moderno las emociones cobran mayor fuerza argumentativa. Este mismo peso emocional provoca que la ciudadanía se sienta más empoderada para manifestar su malestar. De hecho así lo muestran amplias manifestaciones en todo el mundo, y actualmente en nuestro país. La gente no lucha desde el ideario del partido político en escenarios congresistas sino desde la experiencia de comunión corporal instalada en las plazas públicas y calles, desde las vísceras más que desde la razón, o al revés, desde la razón de las vísceras. Es el gobierno de la emoción por sobre la razón, que surte el mismo efecto de persuasión y movilización desde el político de carrera hacia las masas que desde éstas hacia los políticos. Es el gobierno de la gente, que ha aprendido también a renunciar a las marchas duras y a los discursos contestatarios y confrontacionales, para proponer ideales sociales que se expresan a través de nuevas formas y lenguajes, cargados de colorido, movimiento y pasión. Pensemos, por ejemplo, en las últimas marchas estudiantiles en Chile, donde ha habido notables expresiones artísticas que intervienen la ciudad desafiando la rutina del poder pero al margen de éste, de tal modo que desarticulan el aparato represivo de los gobiernos. La idea no es provocar, sino encantar.

    Nuevo giro narrativo

    Lo expuesto hasta aquí nos lleva a concluir que estamos ante un giro narrativo que se ha venido gestando desde hace siglos. La modernidad fundamenta sus postulados en la razón, y ve en ella el instrumento mediante el cual la humanidad alcanzaría finalmente la madurez de autonomía y libertad para llevar adelante el ideal de una humanidad más justa, fraterna e igualitaria[21]Pero bien sabemos que la razón instrumental fracasa en este intento[22]provocando el fin de los metarrelatos y la pérdida de fe en el Logos. Luego del desencanto inicial, muy pronto la Postmodernidad descubre un nuevo fundamento cultural: el pathos, la pasión, y pasa a re-encantarse con un mundo que nos resulta deslumbrante en sus posibilidades y maravilloso en las ofertas de consumo y placer. El hombre de hoy siente que aquí lo tiene todo, y si algo amenaza la existencia no es tiempo para pensar en nuevos proyectos venidos de la razón, sino para gozar la vida, la tierra, el universo y lo que está instantáneamente ante sus ojos, por el tiempo que dure. Esto que parece simple de entender significa una de las revoluciones más grandes que ha vivido la humanidad en los últimos siglos. Pensemos que en los albores de la historia, el hombre contempla el cielo y se maravilla ante él, y la respuesta a las preguntas que le devuelve su mirada no pasan más allá de los mitos. Será necesario que transcurran siglos hasta que en la antigua Grecia se produce un giro copernicano: el paso del mito al logos. Toda nuestra cultura occidental se construye sobre las bases racionales dadas por Grecia, Roma y el encuentro con la fe cristiana. A ello se sumará el aporte de las culturas locales, que dialogan y se encuentran con el occidente europeo a partir de conceptos comunes, como son trascendencia, orden natural, heteronomía, divinidad, naturaleza, entre otros. De esta confluencia de logos nacen las antropologías, ideologías políticas, cosmovisiones, religiosidades y sistemas que rigen el mundo. Es ésto, el paradigma cultural aquilatado a lo largo de siglos de historia de reflexión y experiencia, lo que hoy se encuentra en el piso. Y así como del mito pasamos al logos, ahora del logos pasamos al pathos, pasión, emoción.

    La ausencia de metarrelatos explicativos provoca una sed de narraciones que den cuenta de los dramas de la existencia y una los cabos sueltos de la vida. Se trata de pequeñas historias dadoras de sentido, que se exponen en escenarios virtuales como Facebook y Twitter, y en programas de telerrealidad que se extienden en todas las pantallas del mundo. En esas pequeñas narraciones, vacías de todo contenido argumentativo, inconsistentes y efímeras, las personas ven su propia vida como si se tratase de una vitrina de lo humano o de un laboratorio de la existencia, en el que podemos intervenir con la ilusión de estar haciéndonos cargo de los problemas vitales fundamentales, pero sin el riesgo que implica vivir arrojados en el mundo.

    El problema mayor es que anunciamos un Logos, que es razón de lo que somos, creemos y esperamos, pero al mismo tiempo en nuestro quehacer pedagógico enseñamos un logos, una razón ética y estética, científica, humanista y técnica. El desafío, entonces, es cómo y desde dónde dialogar cuando las razones de la razón que han sostenido y dado fundamento a la tradición cristiana y pedagógica se desmoronan en una mutación cultural sin precedentes. La tentación de imponernos por la fuerza del autoritarismo, perdiendo con ello significación, se hace presente. Por lo mismo, hoy más que nunca debemos estar atentos a la advertencia de Maurice Blondel: "Nada puede entrar en el hombre que no salga de él y no corresponda de alguna manera a una necesidad de expansión"[23]. Y de aquí nace la urgencia de mirar con atención y analizar el nuevo perfil que caracteriza a adolescentes y jóvenes, por supuesto con matices, pero también al mundo adulto en la medida en que nos vemos involucrados en una cultura que parece moverse animada por el deseo, el poder y los nuevos mitos que la sustentan. A esto último nos referiremos en seguida, por ahora el objetivo es atrevernos a mirar nuestra época, para, insisto, intentar responder a la pregunta qué de humano descubrimos en ella que nos permita anunciar al mundo una Verdad enfrentada a múltiples y pequeñas verdades, sin caer en una actitud de acomodo oportunista, sino teniendo presente el criterio inmanentista de Blondel: en el hombre entra sólo aquello que sale de él mismo, es decir, que ya esté previamente en él como necesidad de expansión.

    Radiografía a nuestra época[24]

    • Nomadismo Postmoderno: Existe un rechazo a las identidades bien definidas, a las relaciones estables y a las convicciones profundas[25]El acento se pone más bien en la movilidad, el cambio, la renovación. La identidad tiende a ser plural, somos todo y nada a la vez. La vida misma es intensa y cambiante, como un juego de máscaras, probando y ensayando siempre. En esto se nota particularmente el influjo de las relaciones virtuales extrapoladas a la realidad espacio-temporal.

    • Relativismo de los valores: todo lo absoluto viene puesto en duda. Vivimos la época del "depende". Se ironiza y sospecha de cuanto parezca pertenecer a una cultura fundada en la razón, mientras, por otro lado, se relacionan realidades que parecían opuestas, como la felicidad y la desgracia, la muerte y la vida, el bien y el mal. Todo parece ser parte de lo mismo, pues la verdad de un valor depende del contexto. A modo de ejemplo, demos lectura a opiniones respecto de Dios expresadas por alumnos de un tercer año medio, y entenderemos mejor de lo que hablamos:

    • "Yo creo en Dios porque no hay pruebas de que no exista y porque como posibilidad es algo positivo creer en él, además en el caso de que no exista nada después de la muerte creer no me costó nada"

    • "¿Por qué se dice que Dios es el creador de todo? Nunca lo vi creando un computador, una tele, un celular, una casa. Para mi el único y gran creador es el hombre, nadie más.

    • "Para mi Dios es un sentimiento solamente, debido a que no se puede ver, tocar o palpar, para mi dios es amor, somos hijos de Dios, somos hijos del amor, del amor de una pareja como lo son nuestros padres, simplemente es eso, pero se tiende a personificar a Dios, se tiende a hablar de alguien y no de algo".

    • "Creo en Dios como el universo mismo…Dios es la naturaleza, Dios es la bondad en la gente, Dios es todo igual que el universo…"

      • Lo importante es ser cool: el ideal de compromiso y voluntarismo social, religioso, político, de antaño, se abre paso a una actitud serena, desprendida. Los adolescentes se dejan llevar por el ambiente, en ellos no cabe la problematización de la existencia, la vida es un fluir, y reclama una actitud cariñosa y gozosa que se manifiesta en sus gustos y en su modo de vestir.

      • El tiempo es vivido como inmediatez placentera del presente: no se debe despreciar la ocasión de alcanzar un placer. El único tiempo que importa es el hoy, dionisíaco. Sin utopías ni proyectos que orienten el futuro, la única posibilidad de trascender es aquí y ahora, en este mundo, y el camino es el placer. El pienso, luego existo, tiende a ser sustituido por el siento, luego existo; y, a nivel ético, se asume el emotivismo ético donde lo bueno y lo malo también se miden de acuerdo a los sentimientos que provoca un hecho. "Si me gusta, si me siento bien en o con determinada situación", entonces es buena. Así, la imaginación y el sentimiento llegan a ser mayores referentes que la realidad de los hechos, porque se tiende a vivir constantemente a nivel afectivo y sensorial en detrimento de la razón en cuanto conocimiento, memoria y reflexión. Los jóvenes están predispuestos a vivir de sensaciones[26]sin contacto con la realidad, surgidas de los deseos propios y, por tanto, aparentemente sin límites, resultando trabajoso y deprimente relacionarse con la realidad, que, por supuesto, los frustra.

      • Quizás un ícono de esta filosofía de vida es el credo del Colectivo Kourtrajmé: "Juro no justificar la gratuidad de mis escenas: violencia, sexo, drogas, racismo, animales", "juro no dar sentido a mis películas sino hacer películas para los sentidos", "juro que cada composición artística debe estar dominada por mi instinto y no por mi razón"[27].

        • Culto al cuerpo: el cuerpo joven , esculpido, pero también recargado de tatuajes, piercings, es sinónimo de identidad, pero simultáneamente el asiento de la libido, el "élan vital" que marca el ritmo de la vida en una sociedad hedonista y de consumo. Hoy estamos expuestos a la amenaza de un nuevo dualismo, inverso al heredado del neoplatonismo[28]es decir, en nuestro tiempo no rechazamos ni descalificamos el cuerpo como carne que aprisiona el alma, sino al espíritu que le anima. Nos hemos olvidado que la persona es aquella unidad óntica de racionalidad y animalidad, constituyéndose históricamente a partir de relaciones libres y responsables. Muy por el contrario, la cultura de consumo exalta el cuerpo joven en cuanto posibilidad de placer total, y el acto sexual como su máxima concreción.

        • Llama la atención la forma en que en el último tiempo el cuerpo ha venido ocupando espacios urbanos, en expresiones artísticas como "cuerpos pintados", pero también como modos instalados por la juventud para ganar presencia y exigir reconocimiento de parte del mundo adulto, como sucede en los casos del Flashmob[29]y el reciente arribo a nuestro país del Planking[30]que ya cuenta con su sitio oficial en Facebook[31]

        • Hegemonía de los pares: la autoridad de los padres y de la familia, vertical, pierde peso frente a la autoridad horizontal de los hermanos, amigos, compañeros de viaje. Los amigos dialogan, toleran y perdonan todo e inician a la vida. La comunicación entre pares sustituye a la guía del maestro, y la iniciación a la educación, así como los procesos de socialización son reemplazados por los pactos, que no se fundamentan en la razón, sino en los sentimientos. El educador deberá estar muy atento a este cambio de paradigma, pues sus propuestas encontrarán aquí la más fuerte oposición. La moral es asumida como una realidad privada, separada de principios universales que permiten la convivencia humana. Por otra parte, existe la tendencia de confundir lo religioso con lo parapsicológico, irracional y mágico, es decir, fenómenos que van más allá de la realidad comprensible y provocan una resonancia emotiva que no es otra que la proyección de uno mismo. La religión también sufre un proceso de privatización y la espiritualidad es vivida como terapia[32]

        • Exhibicionismo mediático: lo íntimo es mostrado en televisión, pero también en Internet a través de blogs y fotologs. El pudor ya no existe, pertenece al pasado. La sexualidad es un espectáculo en el hiper-realismo de las pantallas que saturan por doquier.

        • Pensamiento blando[33]los adolescentes ya no luchan contra sus pulsiones de muerte, no se esfuerzan por oponerse al mal presente en sí mismos o en los demás. Al contrario, se dejan llevar en un vaivén de vida y muerte. Asumen que somos animales, que en nosotros conviven de igual a igual las fuerzas de la vida y la muerte, y hay que aceptarlo, integrarlo. Y de hecho así lo hacen en su música, en los bailes, en el juego. La verdad poco importa. Lo que realmente importa es la convivencia de ideas y valores, el multiculturalismo y politeísmo religioso. Todo tiene su lado bueno, sólo hay que saber descubrirlo. La armonía y la comunión es el nuevo paradigma para entrar en el debate. La propuesta es aceptar nuestras zonas oscuras, pensar que todo encaja y concuerda, que todo fluya…

        • Nuevo paraíso: el viejo mundo, con sus tradiciones, valores y estructura, ha muerto. Hoy es el tiempo de un nuevo comienzo, pero ya no creado por el logos, sino por la imaginación. Hemos cumplido el predicamento de la Teodicea de Leibniz[34]vivimos en el mejor de los mundos posibles, y hay que aprovecharlo. Los nuevos templos son los pubs, los malls, la calle, el "carrete" sin fin, pero también los mundos virtuales. Y los "íconos religiosos" vienen dados por la tecnología, ellos ofrecen a los adolescentes el sentido de pertenencia, de comunión, identidad, ese sentimiento de "estar en otra".

        Hasta ahora hemos analizado la mutación cultural en la que estamos inmersos, y cómo ella está influyendo en el modo en que las personas, especialmente los jóvenes, nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás y el mundo. Ahora es tiempo que nos dediquemos a preguntar y responder por la cuestión de fondo que explica y, al mismo tiempo, anima estos cambios. Al parecer existe consenso en que todo descansa en tres pilares: placer, poder y nuevos mitos.

        La cuestión del placer

        El Manifiesto[35]de la Internacional Hedonista grafica muy bien lo que decimos:

        • ¡Quiere alegría, placer, goce y libre albedrío para todos los seres humanos!

        • No ve el hedonismo como el motor de una estúpida sociedad de divertimento, sino como una oportunidad de mejorar la situación actual.

        • No es una organización, sino una idea, cuya interpretación depende de cada uno.

        • Cada persona es responsable de sus actos.

        • Los hedonistas y las hedonistas se unen en diferentes alianzas para realizar acciones con o sin un objetivo específico.

        • Reconoce que los caminos hacia una vida feliz son largos y tortuosos. No existe una única fórmula mágica, sino muchas.

        • Las ideas nacen en todas partes. No hay una ideología, ningún plan maestro, ninguna presidenta sabia, ningún líder, sino un proceso de concienciación en el que cada persona podrá contribuir con sus ideas y actitudes.

        • No sabe cómo conseguir estos fines, sabe sólo que algo tiene que cambiar para conseguir la libertad y el placer.

        • Está convencida de que la política y el activismo pueden ser divertidos.

        • Donde empieza la jerarquía, se acaba la diversión. Donde se acaba la diversión, empieza la jerarquía.

        • Está convencida de querer vivir en un mundo en el que las altas tecnologías permitan a todos los seres humanos vivir sin obligaciones laborales ni explotación, entregados a las artes y a otras cosas agradables.

        • Confía en la colaboración y libre asociación de individuos en igualdad de derechos.

        • Reconoce que también los pequeños acercamientos a los fines hedonistas conllevan a una mejora de la situación inicial. Amplían las posibilidades de resolver futuros conflictos.

        • Crea zonas y situaciones hedonistas temporales en las que pone en práctica sus ideas y fines.

        • Espera que a pesar de todos estos conflictos se produzca una autoreflexión irónica. Sólo ésta nos protegerá de llegar a creernos demasiado importantes.

        • Toma los colores: rosa, negro, dorado, plateado, blanco.

        • ¡Quiere una convivencia agradable, anarquía, las ideas de Epicúreo, alegría variopinta, sensualidad, desenfreno, amistad, justicia, tolerancia, libertad sexual, paz, acceso libre a la información, arte, una vida cosmopolita, un mundo sin fronteras ni discriminación y todas esas cosas bonitas que, lo peor no es que no existan, sino que existan sólo para algunos.

        • ¡Quiere alegría, libertad, todo!

        • Hay suficiente espacio para todas las ideas: ¡haced lo que queráis, no lo que debáis!

        • El hedonismo[36]es algo que le pasa al mundo, a este mundo, y a esta cultura nuestra. En términos generales, la cultura postmoderna nos ha introducido el apetito desmedido por el placer en sí, o placer por el placer, sin medir causas, consecuencias ni medios, todo es válido a la hora de conseguir lo placentero. Y el placer adviene, de este modo, medida de todos los valores.

          Según Spaeman, habitamos una sociedad sin contenidos ni fines, pero

          "no obstante, sugiere un contenido: el hedonismo individualista. El único fin reconocido por ella es la satisfacción de las preferencias individuales. Al no disponer de criterios para evaluar estas preferencias, cada evaluación no es sino la expresión del hecho que los intereses de unos prevalecen sobre los de otros. Éste era precisamente el punto de vista de Karl Marx. Para Marx, la idea de la justicia social no es sino un velo ideológico sobre el hecho de la opresión. Para él, la única posibilidad de establecer armonía entre intereses antagónicos es la eliminación de parte de los mismos en beneficio del resto, la homogeneización de las preferencias y el desarrollo de la sociedad de la abundancia, donde ya no es necesaria la justicia distributiva porque todos pueden contar con cuanto deseen. Evidentemente, la promiscuidad sexual es parte integrante de ese sistema. Y se entiende asimismo que toda identidad histórica, cultural nacional y religiosa debe desaparecer con el fin de hacer posible esta homogeneidad de intereses"[37].

          Para el mundo, el hedonismo se traduce en negación del tiempo histórico, es decir, de la memoria. Y esto porque el pasado nos trae de vuelta el dolor, como fantasmas que pesan sobre las conciencias perturbando el placentero presente, en tanto que el futuro amenaza con poner fin al disfrute exigiéndonos hacernos cargo, asir con nuestras manos el destino del mundo. Ahora sí parece que vivimos en el mejor de los mundos posibles, una comunidad de hombres masa, virtual y feliz, orgullosa de sí misma, en una palabra: exitosa[38]Cada día que pasa se cumple la profecía de Ortega y Gasset: estamos ante el imperio de la masa, y goza de muy buena salud.

          Es el momento de preguntarnos qué sucede con el discurso ético en el contexto de esta mutación cultural. Por qué a los adolescentes les resulta casi natural disentir de sus padres y familias, en tanto que ellos no logran encontrar argumentos para hacer valer sus puntos de vista. El problema es quizás precisamente este: habitamos una sociedad cuya ética se construye a partir del consenso de múltiples puntos de vista, cuyo fundamento de verdad depende de situaciones, contextos y circunstancias. Los adolescentes han comenzado a moverse por convicciones personales antojadizas, fruto de la sobreexposición a los medios de comunicación masiva, más que por valores. Una nueva ética ha comenzado a gestarse en el seno de la postmodernidad.

          La ética procedimental

          Para Barone y Raquel Manríquez-Gómez[39]existe plena sintonía entre postmodernidad y globalización, en su veta neoliberal. La globalización neoliberal tiene el poder de crear aquellas realidades que describe. Y en este sentido seduce a la humanidad, en especial a los jóvenes, con un mundo de beneficios en igualdad de oportunidades, a lo que suma un extendido sentimiento de fraternidad universal: ya no existen fronteras de ningún tipo, somos una única comunidad que crece hacia espacios de mayor inclusión. Sabemos que en la práctica esto no existe, y que habitamos una cultura en donde prima más bien lo fragmentario y efímero, el ensayo permanente.

          En este sentido, la postmodernidad comulga muy bien con la globalización neoliberal, pues le ayuda a encontrar un camino limpio y llano en donde sembrar sus planteamientos. La duda y la sospecha extendida sobre los valores tradicionales, las instituciones y el Estado permiten la supremacía del individuo por sobre la colectividad. Lo público cae en descrédito y lo privado se instala como lo único válido en un mundo en el que todos los discursos son posibles y la verdad parece no tener cabida. Este "espíritu del tiempo" influye inevitablemente en la ética, pues el discurso público sobre la moral personal se percibe como anacrónico y hasta irrelevante[40]La única ética válida en las relaciones interpersonales es la propia, una ética de consensos conocida bajo el nombre de "ética procedimental".

          "La "ética procedimental" se asienta sobre la convicción básica según la cual, siempre, en ética, es necesario un consenso y siempre un compromiso es posible. Justamente es esto lo que es preciso discutir. La "ética procedimental" se ubica en una postura netamente positivista. Las normas morales no serían sino convicciones que la sociedad se daría a sí misma, de idéntica manera como si se tratara de reglas de juego. Situando las exigencias primordiales del bien y la verdad en el plano de las convicciones personales, la sociedad se erige como fundamento último de los valores morales. ¿En nombre de qué afirmar que tal actitud es justa o injusta? En nombre de la pertenencia del individuo al cuerpo social. ¿Qué sucede entonces con el concepto de dignidad de la persona humana, puesto que ya no existe un absoluto moral? A la sociedad no le queda otro camino sino arrogarse el derecho divino de fijar las fronteras entre la vida y la muerte. ¿El "umbral de la humanidad", por ejemplo, en los lindes de una existencia o en su apagamiento, depende ahora sólo de las prescripciones de la ley positiva, variables de una sociedad a otra? ¿En nombre de qué protestar contra la violación de los derechos del hombre en una sociedad que no permitiría en ella más que una expresión limitada de ellos, o que no querría reconocerlos? ¿Cuál es el lugar que se le deja a la "disidencia" moral? La naturaleza humana tiene horror al vacío. A partir del momento en que la secularización desterró a Dios, era inevitable que otra instancia asumiera la autoridad y los poderes que Él detentaba: la sociedad se entroniza así como la nueva potencia tutelar. No es seguro que la libertad humana haya salido ganando con este cambio. La "sagrada" pretensión de una sociedad cerrada a toda trascendencia se expone al riesgo de una nueva opresión, sutil y más temible aún: hacer gala del prestigio del consenso y de la expresión mayoritaria"[41].

          En el seno de las familias, y en lo que respecta a formación y orientación juvenil, el espíritu de la ética procedimental se ve alimentado por la incapacidad de asumir roles parentales claros, responsables y bien definidos. Ya lo decía Pilar Sordo: "Nos hemos ido retirando del frente que implica ser autoridad para nuestros hijos, se nos olvidó ser autoridad. Se nos olvidó que como padres nuestra función primordial es educar a nuestros hijos"[42]. La familia chilena se ve hoy enfrentada a serias ambigüedades y graves contradicciones entre lo que se quiere enseñar y lo que se vive en la práctica cotidiana. Es evidente que estamos ante un grave problema social: el discurso sobre los valores no es claro y los adultos hemos perdido el horizonte de la realidad. Es común escuchar en papás o formadores que, frente a situaciones complejas, dicen no saber qué hacer con los hijos, qué decirles, cómo abordarlos. No son pocos quienes se sienten frustrados al comprobar que no logran comunicarse con los hijos, que sus palabras no llegan a donde deberían. Es pertinente entonces que nos preguntemos cómo encarar nuestro compromiso con los valores, porque está en juego la felicidad de los hijos y el destino de la sociedad entera. Esta pérdida del sentido común en la formación es lo que ha intentado encarar el famoso Juez de menores de Granada, Don Emilio Calatayud Pérez[43]refiriéndose sobre todo al decálogo de "cómo formar delincuentes", porque cuando la familia, como primera educadora de los hijos, no vive esta tarea, entonces está formando potenciales delincuentes.

          Demos paso, ahora, a la reflexión sobre la segunda cuestión de fondo: el poder.

          La cuestión del poder

          Bajo la apariencia de libertad[44]se esconde en nuestras sociedades un macabro juego de poderes[45]económicos, políticos, religiosos, militares, entre otros, que trabajan manipulando al público, sobre todo a través del manejo de las grandes cadenas informativas y noticiosas. No olvidemos que vivimos en una sociedad globalizada, y en ella quien interviene las comunicaciones tiene el poder suficiente para influir en lo que la gente piense, cree u opine, en otras palabras, el mundo en que habitan las personas puede ser hecho a imagen y semejanza del magnate que domine los medios[46]y ello ocurre delante de nuestras narices sin que nos demos cuenta porque el poder actúa recurriendo principalmente a los mensajes subliminales. Y cuando no, las compañías invierten grandes sumas de dinero para vincular una marca a espacios o programas televisivos donde aflore con fuerza la emoción. Pensemos, por ejemplo, el gran negocio que es Teletón para sus auspiciadores. Esta asociación entre poder e información es lo que convierte a las redes sociales en plataformas altamente apetecidas y, por otro lado, a sujetos como Julian Asange en verdaderos riesgos para las grandes cúpulas de poder.

          El objetivo que está detrás de todo esta manipulación es crear cuerpos sin mente y acciones sin reflexión, para que hagamos lo que ellos quieran. Los ciudadanos nos encontramos en medio de un fuego cruzado de empresas multinacionales, gobiernos, religiones, ideologías, etcétera. Es fundamental, entonces, desarrollar más el espíritu crítico, estar alertas y preguntarnos qué hay detrás de las sonrisas y rostros amables, encantadores…

          La seducción que ejerce el placer en los ciudadanos y la manipulación del poder no serían posibles si no hubiese un mito que los sustente, o mejor dicho, si no estuviésemos asistiendo a la inversión de los mitos, que la es última cuestión de fondo en este breve recorrido.

          La cuestión del mito

          Mircea Eliade dedicó su vida investigar los mitos y ritos en las culturas, y nos ayudó a comprender y conocer mejor a esas ancestrales divinidades que en tiempos inmemoriales fundaron el mundo. Toda cultura cultura produce sus mitos y los celebra. La Postmodernidad también produce los suyos[47]pero lo hace a través de la industria del cine, música, artes visuales y modas. ¿Qué diferencia existe entre estos mitos y aquellos estudiados por Eliade?

          Los mitos antiguos relatan historias de dioses y ancestros lejanos, habitando un universo que no se mezcla con el humano. Esos dioses existen desde antes de la creación del hombre, y entre ellos y nosotros no sólo existe una distancia espacial y temporal, sino además categorial y moral. Aunque parezca una obviedad, la divinidad no es humana. En la Postmodernidad, en cambio, los dioses son tan humanos como nosotros, se visten, hablan, viven, actúan… como nosotros. El orden superior de las antiguas divinidades ya no existe. Los dioses actuales y sus mitos no son más que proyecciones de nuestro propio narcisismo. Nos reconocemos en ellos, amplificados por la magia del espejo…La innata fascinación del hombre ante el misterio se vive hoy en religiosidades difusas, que permiten manipular y controlar a voluntad el misterio. Vivimos una religión de pactos, sin contratos, sin compromisos, que a través de sus dinámicas y gurúes nos procura una experiencia trascendente, pero en este mundo, ¡magnífico mundo!

          CONCLUSIONES PARA EL DISCERNIMIENTO

          La posibilidad de desarrollar una educación de calidad no pasa sólo por infraestructuras, tecnologías u otros medios, sino porque seamos expertos en jóvenes y mantengamos vivo el interés por ellos, es decir, que los tomemos en serio. Y en esto, cuando hay engaño se nota. A continuación ofrecemos algunas reflexiones conclusivas que esperamos contribuyan al discernimiento de quienes trabajamos en educación o en otros campos pastorales, formando jóvenes, sin desconocer el deber grave y primigenio que tienen aquí las familias, de tal forma que nuestra aproximación a la juventud encuentra en ella los ecos que esperamos.

          • Considerando que no volveremos atrás, es urgente valorar el Proyecto Moderno, esto es, la razón instrumental, pero de mano de la Ética. De hecho, lo que se discute no es la razón en sí misma, sino el lado oscuro de un desarrollo científico técnico que termina deshumanizando y dejando a su paso una evidente secuela de marginados. La conciencia ética, en cuanto ejercicio racional, tiene como objetivo centrar la razón al servicio del hombre de tal modo que este mundo sea un lugar habitable (morada) para él.

          • A la razón, que se identifica más bien con lo masculino y un progreso que se afana en la producción, despojando con ello al mundo de su carácter sagrado, debe unirse la pasión, que se identifica más con lo femenino. Pero aquí debemos tener cuidado de no caer en el polo opuesto y mirar el mundo simplemente como un lugar para el placer y la emoción dionisíaca. De lo que se trata es de asumir la intuición de Pascal: el corazón tiene sus razones que la razón no entiende. De este modo podemos acercarnos a lo humano de la razón, que no busca instrumentalizar y conquistar, sino dignificar la existencia en un marco de respeto a la vida en todas sus formas.

          • Partes: 1, 2

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