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La Guerra de Crimea (1853-1856)

Enviado por Nabih Yussef Samsón



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La Guerra de Crimea (1853-1856)

La Guerra de Crimea fue un conflicto bélico entre el Imperio Ruso del Zar Nicolás I y una alianza entre Francia, Gran Bretaña, el Imperio Otomano y el reino de Piamonte-Cerdeña. El conflicto se desarrolló en la península de Crimea en el Mar Negro (hoy, territorio de Ucrania), entre octubre de 1853 y marzo de 1856, con la consecución de la Paz de París (el 30 de marzo de 1856).

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Finalizado sin éxito los intentos revolucionarios de 1848 en Europa central, dejando secuelas en los países afectados, dos Estados habían conseguido quedar por fuera de las crisis revolucionarias y con gran ventaja sobre los otros, eran: Gran Bretaña, por un lado; y Rusia, por otro. Gran Bretaña no había tenido problemas con los irlandeses y había asistido expectante a las crisis revolucionarias que el continente había vivido, no obstante, su estabilidad se vio algo opacada por su estancamiento económico, ya que al haber tanta inestabilidad en los países de Europa central, no había podido insertar sus manufacturas en los distintos mercados. Rusia, por su parte, se encontraba bien parada económicamente porque se había beneficiado de la crisis alimentaria de Europa entre 1846 hasta el otoño de 1847.[1] Sus cereales abastecían a las grandes urbes y, dado que frenaba las exportaciones de trigo de Moldavia y Valaquia, sólo competía con el lejano EEUU. Rusia, además, no sólo había evitado posibles brotes revolucionarios en la Polonia rusa, sino que activamente participó de la represión de los enemigos del status quo de 1815. Había intervenido con ayuda militar en el Imperio Austríaco por pedido de Schwarzenberg eliminando a los magiares de Kossuth en 1849 y había frenado los proyectos de Federico Guillermo IV de aislar a Austria bajo el proyecto de la "unión restringida".[2] Rusia se erigía como el "gendarme de Europa". ¿Qué motivaría a Rusia a arriesgar su poder de alcance en los asuntos de Europa central (y así convertirse en verdadero garante del status quo territorial de 1815), para reavivar su política otomana?

En efecto, la respuesta sólo se la puede encontrar en la misma personalidad de Nicolás I.

En 1844, aprovechando el debilitamiento de la "entente cordiale",[3] seduce al gabinete conservador inglés aludiendo a la eventualidad de un reparto del Imperio Otomano.[4] Aberdeen, con serias dudas de las intencionalidades rusas y con miedo a una Rusia en el mediterráneo, aplazaría el tratamiento del problema; mientras tanto, la política rusa avanzaba sobre el Imperio Otomano en tres dimensiones:

  • 1. Dimensión económica: el Zar avanzaba en su política comercial de exportación de trigo a costa de prohibir las exportaciones de cereales de Moldavia y Valaquia para que no compitieran con los productos rusos que salían desde Odesa.[5]

  • 2. Dimensión política: la política rusa intervenía siempre en las cuestiones domésticas del Imperio Otomano. Tal es así, que ante la tentativa de los jóvenes boyardos de formar un único Estado Rumano independiente en 1848, las tropas del Zar invadirían Moldavia y Valaquia en nombre del Sultán para recobrar el orden.

  • 3. Dimensión religiosa: el Zar estaba preocupado en el establecimiento de relaciones con las iglesias ortodoxas dentro del territorio otomano, las cuales, en virtud del tratado Kuchuk-Kainardji[6]de 1774, estaban bajo protección de Rusia. El Zar, pronto emprendería mayores demandas sobre la protección de los ortodoxos turcos a la Sublime Puerta.

Las demandas rusas de protección a los cristianos ortodoxos otomanos pronto chocaría con Francia. El gobierno francés de Napoleón III, en una movida por satisfacer a los círculos católicos franceses, pretendió en mayo de 1850 ejercer en toda su extensión los derechos que le adjudicaba su protectorado religioso sobre los católicos del Imperio Otomano. Los roces aumentaron cuando el Sultán no habiendo podido conciliar las demandas de los sacerdotes católicos y los sacerdotes ortodoxos sobre los santos lugares (Belén y Jerusalén) se inclinaría por los católicos en 1853. Esta decisión produciría el reclamo de los sacerdotes ortodoxos locales, motivando al Zar a enviar a Constantinopla al embajador Menchikof, al tiempo que retomaba el tema del "hombre enfermo" (igual que en 1844).

En febrero de 1853, el Zar se entrevistó con el embajador inglés Lord Seymour, ofreciendo a Gran Bretaña concesiones territoriales en una posible desintegración del Imperio Otomano. El gabinete inglés respondería negativamente a los designios de Nicolás.[7] Según Pierre Renouvin, "el Zar no hacía más que tantear, sin embargo, –dice el historiador– no cedía, su prestigio estaba en juego".[8] A finales de ese febrero de 1853, Menchikof exigió al Sultán una solución inmediata de la cuestión de los santos lugares y una convención que reconociese el protectorado religioso ruso sobre las poblaciones cristianas ortodoxas del Imperio Otomano. El embajador, pretendía, incluso, imponer un tratado de alianza a la Puerta bajo amenaza de un posible conflicto armado. El Sultán Abdulmayid, que ya había realizado concesiones a los rusos para descomprimir las tensiones, se vio acorralado. Los rusos parecían más decididos a encontrar un casus belli que a buscar una solución pacífica. La diplomacia británica advertiría de ello al Sultán. Pero ¿Cuáles eran los verdaderos motivos que llevaban al Zar Nicolás I a ejercer tan directa presión sobre el gobierno otomano? Los móviles económicos no parecen ser la respuesta y mucho menos los motivos religiosos. Para Renouvin, el Zar quería enaltecer su prestigio erigiéndose como protector de la cristiandad y gendarme de toda Europa. En sus cálculos, era improbable una colaboración franco-inglesa para enfrentarlo, debido a las dudas que tenía Gran Bretaña con el reciente emperador Napoleón en Francia y por la debilidad que él estimaba tenía Francia, luego de las convulsiones internas de 1848 y 1851. Por otro lado, el Zar confiaba ciegamente en Austria, pues, le había ayudado a eliminar la amenaza magiar y a no quedar por fuera de la Confederación Germánica (retroceso de Olmütz), al tiempo que confiaba en la neutralidad de Prusia, otra socia de la Santa Alianza. Ya lo había observado así el Zar en una entrevista con el embajador francés en 1853: "Los cuatro me podrán dictar la ley, pero esto no sucederá nunca, pues estoy seguro de Austria y de Prusia". Las intensiones del Zar sobre el Imperio Otomano chocaban con los intereses geopolíticos y económicos de Gran Bretaña y con las aspiraciones religiosas de Francia.[9] El Zar pronto se enfrentaría a un error de cálculo: un acercamiento franco-inglés. Pero ¿Por qué a pesar de este entendimiento entre las potencias occidentales, el Zar no renuncia a sus pretensiones expansionistas? Por un lado, se trata de un problema de prestigio; por otro, de la empedernida idea de Nicolás de que tal alianza a fin de cuentas no se iría a concretar. Cuando ella se consolida, era muy tarde para echarse atrás y el Zar se ve obligado a un conflicto que no deseaba. El 4 de octubre de 1853 se inician las hostilidades entre rusos y otomanos, pronto llegarían las flotas anglo-francesas al Mar Negro.

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Los aliados decidieron atacar la base naval de Sebastopol, en Crimea. De este modo protegerían al Imperio Otomano y ofrecerían un escenario en donde el Zar se pudiese rendir con honor. Para la época, pensar en una penetración a gran escala sobre territorio ruso era imposible, así que se abogaba por objetivos específicos. Pero las operaciones de sitiar Sebastopol eran lentas y se comenzaba a dudar sobre si realmente la toma del puerto llevaría a Rusia a la paz. Gran Bretaña y Francia temían que la guerra se prolongase por más tiempo, con lo que decidieron ampliar la coalición. Sólo de esa manera lograrían que los rusos se sintiesen gravemente amenazados y se rindieran. Ahora se presentaba un nuevo panorama problemático ¿Cuáles eran, en este marco, las alianzas posibles?

  • Suecia: por su posición estratégica infringiría una doble amenaza al Imperio Ruso: por el sur en el Mar Negro y por el norte en el Mar Báltico; pero Suecia no se comprometería a tomar partido contra Rusia debido a que aún admitiendo la posibilidad de una victoria que le permitiese al reino de Suecia recuperar Finlandia, se preguntaban cuánto tiempo lograrían conservarla.

  • Piamonte-Cerdeña: el conde de Cavour soñaba con aliarse a las potencias occidentales. Así, adquiriría amistades importantes en el exterior. Pero el problema era que el pequeño reino no proporcionaba sino escasos efectivos militares.

  • Austria: su posición limítrofe a Rusia y su fuerte ejército seducían los planes de los aliados y la hacían determinante. Por el lado de Austria, Alexander von Bach, presidente del consejo, se mostraba a favor de una alianza contra Rusia, así evitaría el dominio ruso sobre los principados danubianos. Zona vital para asegurar la libertad de navegación por el Danubio, en donde el comercio austríaco tenía salida al exterior. En contrapartida a Bach, había círculos militares austríacos que no querían enemistarse con Rusia. No se olvidaban de la ayuda prestada en 1849 con la cuestión húngara, ni querían generar un ambiente propicio para que los adversarios alemanes e italianos de Austria aprovecharan el desplazamiento de tropas a Crimea y emprendieran una ofensiva al imperio. Pero Bach contaba con apoyos. Buol, ministro de negocios extranjeros, estimaba necesario amenazar a Rusia para frenar su política en los Balcanes, zona en donde Austria también tenía intereses.

  • Prusia: a pesar del mal recuerdo de Olmütz, Bismarck, que por ese entonces era representante de Prusia en la Dieta Germánica, no quería tomar partido contra Rusia porque no quería romper la solidaridad de las potencias conservadoras. Además, quería deslindarse de la política austríaca para consolidar una propia política alemana, que sobre esta cuestión en concreto, en nada afectaba a la Confederación. Prusia se mantendría neutral.

Aprovechando las divergencias en el seno del cuerpo político austríaco, las potencias occidentales presionarían a Austria para arrastrarla a la alianza. El 8 agosto de 1854, el gobierno austríaco celebraría un tratado con los aliados que definiera las bases de la paz. Serían los llamados Cuatro Puntos de Viena:

  • 1. Rusia debía renunciar a sus protectorados en Valaquia y Moldavia (adquiridos por el tratado de Andrinópolis de 1829). Tales territorios quedarían bajo protección colectiva de los aliados.

  • 2. Abandono total de las pretensiones rusas sobre los ortodoxos en el Imperio Otomano. Los mismos quedarían bajo protectorado colectivo.

  • 3. Se establecería la libertad de navegación por las bocas del Danubio, garantizadas por acuerdo internacional.

  • 4. Revisión de la Convención de los Estrechos de1841[10](en detrimento de Rusia).

Pero Francia y Gran Bretaña iban por más. En caso de que el Zar no cediera en los 2 meses sucesivos, el gobierno austríaco debía comprometerse a llegar a un acuerdo con las potencias occidentales para imponer a Rusia los Cuatro Puntos; esto significaba: ir a la guerra. Austria vaciló, incluso intentó volverse atrás, pero la presión franco-inglesa era fuerte: o alianza o ruptura. Para Eiras Roel, Buol se aferraba a la esperanza de que, manteniendo la neutralidad, podría convertirse en árbitro de la contienda,[11] sin embargo, Napoleón en una jugada desafiante, amenazó con resucitar la cuestión polaca si no se llegaba a un compromiso y Francisco José, ante la amenaza de Buol de dimitir si no se apoyaba finalmente a los aliados, no tuvo más remedio que firmar el 2 de diciembre de 1854 un acuerdo con las potencias. En el mismo, Francia y Gran Bretaña se comprometían a no tolerar, durante la guerra contra Nicolás I, ningún levantamiento italiano contra Francisco José. Para consumar aquello, se dispondrían tropas prusianas listas para movilizarse y defender a Austria. Ahora sólo faltaba negociar aquello con Prusia, pero llegado el momento de sellar el acuerdo, Prusia, por iniciativa de Bismarck en la dieta germánica, no accedió a supeditar sus fuerzas federales a la alianza, pues, no quería favorecer un éxito austríaco en Europa oriental. El 8 de febrero de 1855 se caía el acuerdo con Austria. La guerra continuaba.

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Para obligar a Austria, los aliados aceptaron la negociación que Cavour les venía haciendo y por el tratado del 28 de febrero de 1855 el gobierno sardo se comprometió a intervenir con 15000 tropas en la guerra de Crimea. A cambio, Francia y Gran Bretaña interpondrían sus buenos oficios a favor de la política sarda en la cuestión italiana. Austria estaba en jaque. Desesperado por terminar,[12] Napoleón no anunció una visita del rey Víctor Manuel II de Piamonte-Cerdeña a París, y Austria sospechando lo peor, resolvería enviar un ultimátum a Rusia (16 de diciembre). Un mes después (enero de 1856), el nuevo Zar, Alejandro II (que había sucedido a Nicolás I meses atrás) admitiría la derrota.

La amenaza armada austríaca acabaría con la guerra y el tratado de París del 30 de marzo de 1856, daría fin a la misma, recogiendo entre sus cláusulas a los Cuatro Puntos de Viena. De este modo, el Zar Alejandro II perdía las ventajas obtenidas por Rusia un sigo antes. El tratado supuso las siguientes disposiciones:

  • El Mar Negro quedaba neutralizado. Se prohibía el paso de buques de guerra, como la presencia de fortificaciones y armamento en las orillas del mar. De esta manera, el Imperio Otomano reforzaría su control efectivo sobre los estrechos con el respaldo de los vencedores de la guerra. Esta cláusula constituía un daño enorme a la política exterior que por años venía llevando a cabo el Imperio ruso en su búsqueda de una salida viable por aguas cálidas,[13] y también, constituía un éxito del gabinete inglés en frenar a Rusia ante su avanzada hacia el mediterráneo, donde Gran Bretaña tenía muchísimos intereses. Punto 4

  • Moldavia y Valaquia pasaban a ser dominadas (de iure) por los otomanos bajo la vigilancia de las potencias vencedoras. Era el fin del protectorado ruso sobre estas regiones, otorgado por el tratado de Andrinópolis de 1829. A ambos principados les serían cedidas constituciones y asambleas nacionales que les otorgaría mayor autonomía del Imperio Otomano y se proyectaría un referéndum para conocer la opinión de la gente respecto a la unificación de los principados, hecho que tendría como resultado la unión de los mismos en el Principado Unido de Valaquia y Moldavia en 1859 (antecesora del Reino de Rumania de 1881). Punto 1

  • Rusia perdió el territorio que le había sido concedido en la desembocadura del Danubio por el tratado de Andrinópolis de 1829.

  • Aunque no participó en la guerra, a Suecia se le concedió el pedido de que se desmilitaricen las islas Åland en el Mar Báltico, que pertenecían al Gran Ducado de Finlandia de posesión rusa. De esta manera, las tropas imperiales abandonaron su zona de control en el Báltico.

  • Conforme a los deseos de Austria, se estableció la libertad de navegación en las bocas del Danubio bajo control de una comisión internacional. Punto 3

  • Por el tratado de París, se abolieron las patentes de corso para no usar mercenarios a las órdenes de los mandos militares.

  • Rusia fue forzada a abandonar sus pretensiones sobre los cristianos ortodoxos en el Imperio Otomano (al igual que Francia), garantizándose la libertad de culto. Punto 2

  • Por último, le fue concedido a Cavour, tratar frente a la opinión internacional la cuestión italiana, consiguiendo un triunfo moral para los patriotas. Para Eiras Roel, Cavour "hace del problema italiano un problema europeo, insertándolo en el conflicto internacional entre las potencias de la revolución y las potencias del orden legitimista."[14]

¿Qué balance se puede hacer de la Paz de París de 1856? En efecto el tratado supuso un cambio substancial en el escenario europeo, en donde el antiguo gendarme de Europa pasó a ocupar un papel relegado de lo que sería, en un futuro, el juego político europeo. Una hegemonía caía, pero pronto vendrían otras.

Este tratado sería moldeador de un nuevo tablero de acción que terminaría por dar fin al espíritu del Congreso de Viena, en el cual las potencias europeas actuaban de manera casi conjunta contra el liberalismo y el nacionalismo; era el fin, pues, de la acción conjunta contra los enemigos del status quo (aquellos enemigos ideológicos) por el comienzo de propias ambiciones territoriales.

La guerra en sí misma, no sólo traería consigo un nuevo escenario inmediato, sino que también dejaría su sello gravado en futuros conflictos bélicos, esto es: la aparición de los corresponsales de guerra,[15] y con ellos, la aparición de la opinión pública internacional en lo referente a los conflictos armados. Este nuevo factor a tener en cuenta a la hora de ir o no a una guerra, sería neurálgico en las futuras decisiones que pudiesen tomar los jefes de Estado.[16]

En efecto, el tratado supuso el fin de la hegemonía rusa en Europa occidental y el ascenso de Francia como potencia de primer orden. Napoleón pudo justificar, a los ojos de sus súbditos, su poder imperial. No es, pues, simple coincidencia que el tratado se haya celebrado en París y no en otro lugar. Después de 40 años, Francia volvía a desempeñar un papel importante en las nuevas relaciones internacionales. Tal posición abría el campo a la política revisionista de Napoleón III y ahora, con el frente conservador (Rusia, Austria y Prusia) eliminado, todo parecía prever que la política del desafiante emperador tendría asidero.

Por otra parte, Austria luciría su disfraz de "Estado vencedor" por poco tiempo. Debido a que la solidaridad de las potencias conservadoras se había roto, pronto ésta quedaría presa de su propia política traicionera. Sin aliados, Austria quedaría aislada y en jaque: con Prusia, en el norte y Piamonte-Cerdeña, en el sur, disputándole su poder.

El Imperio Otomano sobreviviría, pero sujeto a muchas presiones, perdiendo gradualmente territorios.

La clara vencedora de la guerra era sin dudas Gran Bretaña. Había conseguido un logro estratégico importantísimo: eliminar las aspiraciones de los Romanov de llegar al mediterráneo, al tiempo que también había conseguido jugosos beneficios inmediatos: concesiones económicas significativas con el Imperio Otomano. Incluso, en el plano simbólico, la isla no podía estar mejor parada. El ferviente orgullo nacional era notorio, ya que no había victoria más popular que contra los rusos.[17] Pronto iniciaría su "espléndido aislamiento" para reconfigurar sus fuerzas internas.

El orden europeo había sido trastocado, ya nadie recordaría los 250.000 combatientes muertos o los 750.000 civiles extintos. El futuro tablero político debía ser atendido.

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Autor:

Nabih Yussef Samsón

[1] Duroselle, Jean Baptiste. “Europa de 1815 a nuestros días. Vida política y Relaciones Internacionales”, Pág. 16, Editorial Labor (Barcelona, 1967).

[2] Era un proyecto del monarca prusiano por el cual se formaría una unión entre los reinos de la Zollverein con excepción de Austria. También es conocido como el proyecto de la “pequeña Alemania”.

[3] La “entente cordiale” o “entendimiento cordial” entre Francia y Gran Bretaña había nacido con la cuestión belga en 1829-31 pero se había ido deteriorando por los continuos roces en diferentes puntos estratégicos: Tahití, los nuevos mercados latinoamericanos, los intereses geopolíticos en el mediterráneo, las influencias en España (matrimonios españoles) y con el frustrado proyecto de unión aduanera franco-belga en 1843. En 1846 terminaría por derrumbarse esta alianza endeble con el regreso de Palmerston al Foreign Office inglés, dando fin a un entendimiento que no hallaba fines reales. Es en este contexto que el zar aprovecha para intentar atraer a Gran Bretaña a su esfera de influencia, al tiempo que Metternich hacía lo mismo con Francia. Ambas sin poder lograr sus cometidos: ni Rusia había podido atraer a Gran Bretaña, por la desconfianza del gabinete de Aberdeen; ni Austria había podido atraer a su juego político a Francia, por la prudencia de Luis Felipe I.

[4] Nicolás I exponía la idea de que el Imperio Otomano era como un “hombre enfermo” que había que terminar de matar, sacando provecho de él.

[5] Ya tiempo atrás los boyardos rumanos habían manifestado su rechazo a la intervención de los cónsules rusos en cuestiones internas de los principados danubianos. En efecto, Rusia poseía un gran control sobre estos territorios por el tratado de Andrinópolis (1829), en donde dichas regiones constituían zonas de influencia de facto del Imperio Ruso, mientras de iure seguían perteneciendo al Imperio Otomano. Tales zonas eran aprovechadas por el Zar tanto a nivel político como económico, como se presenta en esta situación.

[6] En el tratado, los otomanos cedieron a Rusia la parte de la región de Yedisán y proveyeron al Imperio Ruso de su primer acceso directo al Mar Negro (aguas cálidas). Asimismo, el tratado otorgó a Rusia puertos en Crimea y la región de Kabardino-Balkaria, entre otras regiones. También, este tratado concedió a Rusia algunos derechos económicos y políticos en el Imperio Otomano, tales como permiso a los cristianos ortodoxos otomanos de navegar con bandera rusa y el derecho de construir una iglesia ortodoxa rusa en Estambul (que nunca fue construida). Por otra parte, Rusia interpretó el tratado como que le daba derecho a proteger a los cristianos ortodoxos en el Imperio, en particular usando esta prerrogativa para intervenir en los principados danubianos de Moldavia y Valaquia.

[7] ¿Qué motivaba tal negativa? Dos cuestiones: una de índole geopolítica y otra de tipo económica. Por el lado geopolítico, el gabinete inglés no quería que Rusia limitase directamente con el Mar Mediterráneo, pues, sería un enemigo fuerte a los intereses ingleses en el norte de África y un obstáculo temible en el tráfico de flotas hacia la India. Prueba de ello es que Aberdeen nunca cedió ante las ofertas de Creta y Egipto que el Zar ofrecía a Gran Bretaña a cambio de su apoyo en la cuestión oriental. Por el lado económico, el Imperio Otomano se estaba convirtiendo en un muy buen receptor de manufacturas inglesas y un gran proveedor de cereales, contrastando con la economía proteccionista de los rusos. Apoyar una desintegración del Imperio Otomano fastidiaría a los industriales ingleses.

[8] Renouvin, Pierre. “Historia de las Relaciones Internacionales”, Tomo II. Cap. XIV, Pág. 235, Editorial Akal (Madrid, 1982).

[9] ¿Eran suficientes las divergencias religiosas sobre la protección de los súbditos cristianos, motivos fuertes como para que Napoleón III se lanzase a una guerra contra nada más y nada menos que Rusia? Para Renouvin, no parece ser éste un móvil real. Para el historiador francés, Napoleón III veía en la guerra contra los rusos, la posibilidad de cubrir su trono con gloria, pues, no había guerra más popular que la que se hiciera contra el imperio de los Romanov. Todo respondía a una cuestión personal, ya que no se encontraban fines reales a una eventual derrota rusa, como sí lo tenía el gabinete inglés.

[10] Se trataba de la revisión de la Convención de Londres de 1841, por la cual los estrechos del Bósforo y de los Dardanelos se mantenían cerrados a buques de guerra, con excepción de los barcos otomanos y de sus aliados en tiempos de guerra.

[11] Eiras Roel, Antonio. “La Unificación Italiana y la Diplomacia Europea”.

[12] La caída de Sebastopol en septiembre de 1855, no había cesado la guerra y la oposición a Napoleón III en Francia se hacía insostenible.

[13] Fue por esta misma cláusula (de neutralización del Mar Negro) por la cual tiempo después el canciller Alexander Gorchakov, viendo imposibilitado llevar a cabo una política efectiva en Europa por la imposibilidad de las comunicaciones marítimas, realizara un giro en la política exterior rusa concentrando la mirada en dirección a Asia.

[14] Eiras Roel, Antonio. Op. Cit., Pág. 139.

[15] Se trata de la primera guerra europea registrada extensivamente de modo fotográfico.

[16] La Guerra de Crimea sentó un precedente muy importante en base a este punto. Gracias a los corresponsales de la guerra de Crimea y por la influencia que provocaron en la opinión pública local de Gran Bretaña, el Conde de Aberdeen fue ampliamente repudiado por los errores de los generales británicos durante la guerra y por las condiciones infrahumanas a las cuales las milicias estaban sometidas. Tal es así, que Florence Nightingale, considerada pionera en la práctica de la enfermería moderna, por iniciativa propia, desembarcaría con otras 38 enfermeras voluntarias para asistir a los soldados británicos que eran dejados a su suerte. En 1855, la situación se hizo insostenible para Aberdeen, que tuvo que dimitir. Lo sucedería en el cargo, el Vizconde de Palmerston.

[17] La opinión pública británica se había mostrado muy a favor de la guerra contra Rusia. Además, amplios sectores intelectuales habían convenido que la guerra representaba el único medio de frenar la expansión rusa al mediterráneo y que la existencia del Imperio Otomano era un “mal necesario”. Incluso el joven Karl Marx, que para la época se encontraba viviendo en Londres, observaba desde el New York Tribune, que la guerra era necesaria para proteger “las libertades europeas” amenazadas por el avance ruso (Vilar, Juan B. “La Cuestión de Oriente y el Mediterráneo” en Pereira, Juan Carlos compilador “Historia de las Relaciones Internacionales contemporáneas”, Cap. 6, Pág. 131, Editorial Ariel (Barcelona, 2003).


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