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¿Por qué Dios permite algo así? - Relatos

Enviado por angelica pease

Partes: 1, 2, 3

  1. El Profeta Elías
  2. Milagro en Sunem
  3. Historias de algunos que volvieron del mas allá
  4. La viuda de Naim
  5. La hija de Jairo
  6. Lázaro, sal de ahí
  7. En el camino a Emaús
  8. Resurrección de Dorcas
  9. Eutico despertó de la muerte
  10. Rafael
  11. María despertó
  12. Renata
  13. Rescatado de las aguas
  14. Levántate y anda
  15. Contraportada

A través de los relatos de este libro he querido seguir el hilo conductor del amor incondicional de una madre. Son muestras que provienen desde tiempos remotos. Un filamento que se desprende de la telaraña que atrapa siglos, costumbres y épocas.

La vida y la muerte han sido para el ser humano la incógnita más grande.

Son un misterio que únicamente pertenece al Creador del Universo, sin embargo, vemos que la fe y el amor que manifestaron mujeres que vivieron el dolor profundo de una pérdida, lograron alcanzar el corazón de Dios y unieron los vértices que comprenden la existencia.

Al hombre le corresponde encontrar el sentido de su vida, la misión que le ha sido encomendada. El tiempo otorgado para el cumplimiento de este destino es impredecible.

Cuando ha cumplido con este encargo debe de regresar a la casa eterna. Allá el gozo es infinito.

"Hay un tiempo para cada cosa y todo lo que hacemos bajo el sol tiene su tiempo. Hay un tiempo para nacer y otro para morir, uno para plantar y otro para arrancar lo plantado".

Quiero agradecer al doctor Enrique Lelo de Larrea, médico de urgencias del hospital Ángeles, al neurólogo más dedicado que he conocido, doctor Eduardo López Portillo y a tantos otros trabajadores que diariamente entregan su vida en los hospitales para ayudar a los enfermos y familiares a sobrellevar el dolor, por haber sido parte de estas historias que escapan al intelecto.

En vez de que se cumpla el pronóstico fatal que era de esperarse en un paciente, de forma milagrosa, regresa del más allá totalmente sano. En estas historias tienen un papel fundamental sacerdotes como el Padre Fernando Cavieres L C, capaces de servir como canal de la gracia proveniente de Dios.

Algunas personas cuyos casos están en este libro, relatan recuerdos vagos de los momentos en que estuvieron muertos y como ellos decidieron volver desde aquella dimensión. El clamor de los que le amaban los llamó de nuevo hacia la vida.

Las almas de quienes hemos querido y que no regresan al mundo siguen cerca de nosotros, de nuestro corazón aun cuando no estén físicamente a nuestro lado.

Todas las mamas desearíamos que nuestros hijos permanezcan con nosotros, que sean ellos quienes nos entierren, pero no siempre sucede así.

Inexplicablemente, algunas veces, el Señor concede un prodigio de vida nueva, una nueva oportunidad.

El cielo está lleno de preguntas que tendrán respuesta cuando nos reunamos nuevamente con aquéllos que partieron antes que nosotros.

Angélica Pease Cruz

El Profeta Elías

En el año treinta y ocho del reinado de Asa en Judá, Acab comenzó a reinar en Israel.

Vivía en la ciudad de Samaria.

Se casó con Jezabel, hija del rey- sacerdote de Tiro. Ella adoraba a Baal.

Bajo su influjo, Acab inició el culto al dios de las tormentas, amo de las lluvias y del viento.

Por esta razón, Dios envió al profeta Elías que vivía en la región de Gaalad al este del Jordán, a Samaria, en donde tendría que encontrar al rey Acab y ordenarle que dejara el culto a Baal.

Después de muchos días de penoso caminar, el profeta vio a lo lejos al rey.

- ¡Vuélvete a Dios! Hazlo pronto o no volverá a llover sobre Israel - gritó Elías con fuerza.

El rey se puso furioso, decidió vengarse del profeta porque no toleraba las amenazas.

Aquél día comenzó la peregrinación interminable de Elías.

Un anochecer, el profeta que se ocultaba dentro de una cueva que cubría la maleza, escuchó una voz. Salió para ver quién le llamaba.

- Elías refúgiate junto al arroyo Querit para que puedas escapar de la rabia de Acab.

No vio a la persona que hablaba. Regresó al escondite.

De nuevo resonó una voz fuerte como el rayo:

- Elías refúgiate junto al arroyo Querit.

Se asomó. Afuera todo estaba en calma. Entendió que era Dios quién le llamaba. El profeta obedeció.

Llegó a Querit, lugar rodeado de tierras doradas y palmeras que le ofrecían sombra. El arroyo cruzaba el valle de lado a lado.

El sonido de la brisa al rozar las palmas era el arrullo al anochecer. Parecería que todo era perfecto en aquel lugar, sin embargo, no había alimento.

Elías subía cada noche a un montículo que sobresale en el valle para observar como el sol mordía al cielo que derramaba su sangre hasta que la noche la absorbía.

Cuando la oscuridad que oculta al sol dejaba caer su manto bordado con estrellas, él alzaba las manos hacia el cielo.

- ¡Escúchame Señor! ¡Estoy a punto de morir de hambre! - clamaba.

Finalmente, Yahveh mandó a unos cuervos para que lo alimentaran con carne y pan. Los pájaros llegaban por la mañana y por la noche trayendo la comida.

Pasó el invierno, llegó la primavera y entró la época de calor. Escasearon las lluvias. Por la falta de agua el arroyo se secó.

Una noche, mientras Elías oraba, oyó la voz de Dios:

- Ve a la a la ciudad de Sarepta.

Nuevamente el profeta accedió.

El hombre caminó por la tierra sin vida, llena de barrancos, lugar sin agua, cúmulo de peligros, por donde nadie pasa. Llegó a Sarepta en Sidón, un puerto importante cerca del mar Mediterráneo. A un lado de la ciudad se encontraba la llanura fértil que separa la cordillera de Líbano. Todo estaba seco.

Las hojas de las higueras estaban quemadas. Los árboles, que antes ofrecían sus frutos, solo servían para hacer leña.

Aquél era un día polvoriento. El calor era insoportable.

Olía a sudor y a mugre alrededor. La gente se veía fatigada. La lengua se pegaba al paladar por la resequedad, por la sed. Los pozos tenían poca agua.

Los niños lloraban en busca de los pechos de sus madres.

También el ganado estaba muriendo. Los pastos estaban marchitos.

Los perros lamían el piso guiados por espejismos que parecían charcos.

Hacía varios meses que no caí ni una gota de agua del cielo mientras que el mar mecía mudo las aguas que no se podían beber.

Como todas las mujeres de la ciudad, yo vestía con túnica y me tapaba el rostro con un velo que aumentaba aún más la sensación de ahogo. Mi ropa era de color oscuro y de tela áspera ya que yo era viuda; atrapaba los rayos de sol que incendiaban todos los rincones del cuerpo. Estaba tan sucia, que parecía un lienzo pintado con arena.

Me sentía abatida. A pesar de no ser una persona mayor, tenía arrugas profundas alrededor de los ojos y el cabello blanco.

Mi único hijo tenía desde hacia varios días dolor de estómago provocado por el hambre. Se veía cansado, tenía mareos y dolor de cabeza. Su boca en vez de saliva tenía una masa pastosa.

Yo no sabía que hacer. Cada día que pasaba, la mente del chico estaba más revuelta.

Cuando el profeta entró a la ciudad, yo había salido al patio que está entre la casa y las casas vecinas. Nuestras habitaciones parecían hornos. Buscaba sentir la brisa sobre la cara para refrescarme.

La plaza donde se encontraba el profeta se veía desde el lugar en donde me encontraba.

Él se sentó en el piso. Los pies le dolían, estaban hinchados. Sentía hambre y sed. Su rostro estaba tostado por el sol. Los ojos grisáceos que asomaban entre la cabellera que parecía paja, reflejaban la fatiga que le invadía. Parecía un vagabundo.

Llevaba varios días sin probar bocado y el agua que acumuló para el viaje se había acabado.

En el momento en que me vio, hizo una señal con la mano.

- Mujer, por favor tráeme en un vaso un poco de agua para beber - gritó.

Entré a la casa con el fin de complacerle. Tomé un vaso para darle el agua que pedía. Faltaba poco para terminar la reserva que tenía del vital líquido. Antes de que llegara a la puerta, escuché nuevamente su voz:

- Por favor, tráeme también un pedazo de pan.

Apenada, tuve que negarme a cumplir la petición y salí de la casa para darle una explicación:

- Te juro, por Dios nuestro Señor, que únicamente tengo en casa un puñado de harina y un poco de aceite. Voy a cocer un pan para mi hijo y para mí. Por la mañana recogí leña para prender el fuego. Después de comer, nos dejaremos morir de hambre ya que el alimento se terminó en este lugar.

Había tomado aquella decisión al ver el sufrimiento de mi niño, al sentir mi impotencia. No había otra salida.

- No tengas miedo - respondió Elías, – ve y prepara tu pan, pero con la harina que tienes, hazme primero una torta pequeña y tráemela, después haz otra para tu hijo y para ti. Dios me ha dicho que no se acabará la harina de tu tinaja ni el aceite de la jarra hasta el día en el que el Señor permita que vuelva a caer la lluvia.

Creí en las palabras del profeta Elías e hice lo que él me indicó.

No faltó harina en la tinaja ni aceite en la jarra por mucho tiempo. Mi hijo Josafat y yo, sentíamos agradecimiento por la bendición que nos trajo el profeta. Desde aquél día lo invitamos a vivir con nosotros.

Elías pasaba largos períodos en la casa.

Diariamente ardía la leña dentro del pequeño horno hecho con adobe.

Acuclillada preparaba una pasta con aceite, formaba los panes y los echaba sobre charolas en donde los dejaba cocer. Era un pan plano. Lo condimentaba con jeezer, un romero silvestre o con bayas y sal. El aroma del pan recién horneado invadía el vecindario. Era una invitación para que la gente probara un poco de ese manjar. Durante el tiempo de escasez, muchas personas comieron ese pan.

Una mañana, Elías anunció que saldría.

- Quiero orar a solas - dijo.

Cuando él se alejó comencé mi trabajo.

- Mamá, me siento muy mal - murmuró mi hijo. Tenía tanta fiebre que su cuerpo comenzó a temblar.

- Te coceré agua con ajenjo para preparar un té - le dije.

No dio resultado. Le ofrecí infusiones de menta y comino. Froté sus pies con remedios caseros para bajar la temperatura.

Las horas pasaron y no mejoró.

- ¿Qué debo hacer? - repetía una y otra vez angustiada.

- Mamá, mamá - gritó Josafat antes de perder el conocimiento.

Convulsionó.

- Chiquito, no te muevas tanto ¡Te vas a lastimar! - vociferaba con desesperación.

- ¿Quién me puede ayudar? ¡Dios mío! Me sentaré junto a ti. Estate tranquilo. Duerme, cariño ¡No respira! ¡Señor! ¡Está muerto! ¡Despierta! ¡Despierta! - clamé aterrorizada.

Entre mis sollozos y estremecimientos la criatura rodó. Lo tapé con la túnica.

- Voy a buscar al profeta. Duerme, cariño. No tardo - susurré.

Sentía que me volvía loca. El mundo daba vueltas dentro de mi cabeza. Las piernas no me sostenían bien.

- Elías debe de estar en la choza - pensé mientras me dirigía al lugar dando tumbos.

- ¡Sal de allí! ¿Qué tengo yo que ver contigo? ¿Has venido para que mi hijito muera? – llamé con rabia - ¡No aguanto más! ¿Para que vivir? ¿Para que llegaste a nuestras vidas?

Las lágrimas corrían en abundancia por mi cara, las piernas perdieron totalmente la fuerza y caí. El profeta me ayudó. Sin decir palabra se dirigió conmigo hacia Sarepta.

- Es la única persona que tengo en la vida. Él da sentido a mi existencia. ¡No es justo! - dije entre sollozos.

Elías no hizo comentarios. No hablamos durante el trayecto de regreso. Yo lloraba, no podía controlarme.

Al llegar a la casa corrí a lado del niño. Lo acosté sobre mi regazo.

- Mi chiquito, nene - le decía al oído – ¡Despierta!

- Dame acá a tu hijo - ordenó el profeta arrebatándolo de mis piernas. Levantó al niño que yacía inmóvil. Caminó hacia el cuarto en donde lo habíamos alojado. Acostó al niño y cerró la puerta.

La tristeza de ver a aquella criatura postrada, sin vida, le calaba hasta los huesos.

- ¡Señor y Dios mío! ¿También has de causar dolor a esta pobre viuda dejando morir a su hijo? Ten en cuenta la amabilidad que tuvo para conmigo. Ella me alojó en su casa. ¡Escúchame Señor! - clamó Elías.

El profeta se acostó tres veces sobre el cuerpo inerte de la criatura.

- Te ruego que le devuelvas la vida a este niño - pedía al Señor en voz alta cada vez que se incorporaba.

De pronto, el niño comenzó nuevamente a respirar. ¡Estaba vivo!

Elías muy contento, tomó de la mano al muchacho y lo llevó al lugar en donde me encontraba totalmente desconsolada.

- ¡Mira! ¡Tu hijo vive! - exclamó.

Yo no daba crédito a lo que veía. Elías traía de la mano al niño. Corrí y lo abracé.

- ¡Bendito hombre de Dios! ¡Perdona mis ofensas! - le pedí mientras me echaba a sus pies.

Con ternura me ayudó a ponerme de pie.

- Mujer, alaba a Dios que tuvo compasión de ti - dijo alejándose de nuestra casa.

Josafat y yo lo vimos desaparecer a lo lejos.

Han pasado tres veranos desde que el niño recuperó la existencia. Cada año, cuando termina la primavera, esperamos ver la figura encorvada de Elías en la plaza.

El profeta Elías no ha vuelto.

Milagro en Sunem

 Después de estar en Sarepta, Elías se dirigió a la ciudad de Samaria. Cruzó por los campos en donde los olivos estaban marchitos. En todo el lugar había faltado agua.

Como había sucedido en Sarepta, el hambre que sufrían los pobladores era tremenda.

Las personas de ese lugar ofrecían sacrificios y ofrendas a los dioses fenicios.

Dios estaba harto de ver cómo los hombres habían perdido la fe en Él.

Elías buscó nuevamente al rey Acab para que viera como los sacerdotes de Baal lo engañaban.

Cuando Jezabel, la esposa del rey, supo que Elías había desenmascarado a los profetas, lo amenazó. Ella inició la persecución.

El profeta huyó. Se escondió en Beerseba, en Judá.

Lo invadió una depresión profunda. Ya no tenía ánimo de seguir por el camino. Los bocados se le quedaban atorados como si fueran piedras en la garganta. Los ojos nublados por lágrimas le impedían ver los desniveles del suelo por lo que constantemente estaba a punto de caer. Vagó largo tiempo hasta que un día se sentó bajo una retama.

-¡Basta ya, Señor! ¡Quítame la vida! ¡No soy mejor que mis padres! Me acostaré y dormiré hasta quedar muerto.

Mientras dormía, bajó un ángel y le tocó el hombro. Elías despertó sobresaltado.

- ¡Levántate y come! - ordenó el ángel.

Elías miró a su alrededor y vio cerca de su cabecera, una torta cocida sobre las brasas y una jarra con agua.

Se levantó, comió y bebió con desesperación pues sentía hambre y sed. Después se volvió a acostar pero ya no pudo dormir.

- Elías, regresa por donde viniste. Dirige tus pasos hacia el desierto de Damasco, - dijo el Señor por boca del ángel.

El profeta no tuvo más remedio que obedecer.

En el camino hacia Damasco, Elías encontró a Eliseo, hijo de Safat, que estaba arando.

- Él será quién te sucederá en tu misión - indicó Dios.

El profeta caminó hacia él y le echó su capa encima como señal de que de ahora en adelante lo tendría que seguir. El muchacho aceptó su misión.

Unos meses más tarde, mientras Elías y Eliseo caminaban hacia un lugar llamado Gilgal cerca de Jericó, el profeta anunció a su discípulo:

- Ha llegado la hora de separarnos.

Elías quiso alejarse del lado de Eliseo.

- No te alejes de mí. Déjame seguirte - pidió Eliseo vehemente.

- Tendrás la oportunidad de hacer una petición antes de nuestra separación - concedió el profeta tras la insistencia del muchacho.

- Quiero recibir una doble porción de tu espíritu - dijo Eliseo.

- Si logras verme cuando me separe de ti, te será concedido; de lo contrario, no se realizará tu deseo - respondió el maestro. De pronto, un carro de fuego tirado por caballos también de fuego, envolvió a Elías. Un torbellino lo arrebató del lado de Eliseo. Luego desapareció.

El discípulo quedó solo.

Continuó por los caminos como lo había hecho Elías. Desgastó sus sandalias entre las piedras y la tierra seca, igual que el maestro.

Cierto día, Elíseo pasó por Sunem que está cerca del monte Gelbóe. El profeta caminó por las calles. Se veía agotado. Como sucedió a su maestro cuando llegó a Sarepta, Eliseo encontró gente amable en aquella ciudad. Le dieron hospedaje. Desde ese día, cada vez que Eliseo llegaba acompañado de su sirviente, recibía buen trato. Le daban comida y le brindaban un lugar para descansar.

- Esposo mío, yo sé que ese hombre que cada vez que pasa nos visita, es un santo profeta de Dios. ¿Qué te parece si le construimos un cuarto en la azotea? Así cuando venga a visitarnos podrá quedarse allí - le propuse a mi esposo. Nosotros le dábamos un techo a Eliseo cuando llegaba a Sunem.

Mi marido accedió con gusto. Pasaron algunos meses y cando llegó el momento, Eliseo pudo disfrutar de la habitación.

Eliseo acostumbraba ir al monte Gelbóe a orar, lo acompañaba su fiel ayudante, Guejazí. Un día, después de hacer oración, llamó a Guejazí y le ordenó:

- Ve y llama a la señora sunamita. Dile que deseo agradecerle tantos favores que he recibido - dijo Eliseo.

Guejazí salió de inmediato.

El profeta supo a través de su empleado que yo era estéril

- Quiero hacerte un regalo. Para el año que viene, por este tiempo, tendrás un hijo en tus brazos- prometió Eliseo cuando llegué ante él.

- No me engañes, - contesté, - sabes que no he podido darle hijos a mi esposo y que él ya es anciano.

Él solo sonrió. Esa tarde, sin agregar palabras, Eliseo partió de Sunem. Nueve meses más tarde, la promesa de Eliseo se cumplió. Tuve un niño al que puse el nombre de Moshe. Era una criatura rubia, de cabello ensortijado que caía sobre su frente. Era la alegría de la casa. Su risa retumba por todos los rincones. Día a día crecía como una espiga.

- Mamá, ¿puedo ir al campo para ver cómo trabaja papá? - dijo Moshe una mañana.

- Ve, - contesté dándole un beso, - ¡Ten cuidado!

Salió corriendo como potrillo. Mientras mi esposo estaba con los segadores, el niño comenzó a jugar con unas piedras cerca de donde estaba su padre. Juntó varias de ellas para formar un edificio. De pronto sintió un pinchazo que le provocó dolor agudo y, de inmediato, su manita se hinchó.

- Me duele la mano - gritó la criatura y rompió a llorar.

- Debe haberte picado un animal - dijo el padre que presuroso acudió para ver lo ocurrido. Untó lodo en la picadura. Después, removió las piedras para ver si descubría a la alimaña que había dañado al niño. No encontró nada.

El escorpión había huido cuando sintió el movimiento de las piedras.

- Papá, me duele mucho el estómago, la cabeza va a explotar, no puedo respirar, me ahogo - gritó el niño con dificultad. Perdió el conocimiento.

Cuando me entregaron los trabajadores al niño, lo abracé desesperada. La criatura tenía la cara de un color rojo subido, ardía por la fiebre.

- Te voy a poner en la frente lienzos humedecidos con agua fría para que te baje la temperatura - dije preocupada. Presioné la sien del niño con los pulgares. Le quité la ropa para que estuviera más fresco. Pero la calentura no cedía. El flujo de sangre aumentó. El veneno que inyectó el animal se dispersó rápidamente. Moshe respiraba cada vez con más trabajo.

Estaba angustiada. El niño apenas podía respirar, el cuerpecito comenzó a sacudirse violentamente.

- Voy de inmediato a buscar ayuda - exclamó mi esposo que llegó un poco después de que lo hicieran los labradores trayendo a Moshe a casa. - ¡No te separes de él!

¡Dios, ayúdame! No te lleves al pequeño. Te cambio mi vida por la suya. ¡Escúchame! - gritaba el padre angustiado mientras se dirigía en busca de un médico.

El tiempo se hizo lento, interminable. Al medio día, el niño murió.

Apenas había cumplido cinco años durante la primavera y ahora, cinco meses después estaba tendido, sin vida.

- ¿Qué hago? ¡Dios! Estoy perdiendo la cordura - murmuré. Cargué al niño y lo subí al cuarto que le habían construido al profeta. Cerré la puerta y fui en busca del profeta al monte Carmelo.

- Eliseo ¡Ayúdame! - clamé al llegar - ¡Mi hijo está muerto!

Los sollozos hacían que mi cuerpo temblara. Con cariño, el profeta intentó tranquilizarme.

- Te imploro que me devuelvas al niño - dije entre gemidos - ¿Acaso te pedí que me concedieras tener un hijo? ¿No te pedí que no me dieras falsas esperanzas? ¡Ha muerto!

- Guejazí, toma mi bastón y ve de prisa a la casa de la señora, en Sunem - ordenó Eliseo. - No saludes a las personas en el camino y si alguna te saluda no le respondas. Al llegar a la casa, sube al cuarto que me construyeron, toma el bastón y colócalo sobre el rostro del niño. Nosotros te alcanzaremos allá.

Eliseo tomó algunos objetos que pensó necesarios para el camino e iniciamos el recorrido de regreso a Sunem

Mis piernas flaqueaban, el aire que inspiraba no lograba llenar los pulmones. El corazón latía tan fuerte que parecía que en cualquier momento saltaría fuera del pecho. El camino parecía eterno.

Guejazí hizo todo lo que le había indicado el profeta pero la criatura no dio señal de vida. Desesperado al ver su fracaso, corrió al encuentro de su amo.

- ¡El niño no despierta! - clamó.

- ¡Ayúdame! Sólo tú puedes hacer que Dios le devuelva la vida a Moshe, - rogué.

Eliseo no contestó. Subió a la recámara donde estaba el niño muerto.

- Déjenme solo con el niño - mandó el profeta.

Los minutos parecían haberse detenido. No se escuchaban voces. El milagro no se manifestaba. Eliseo seguía arriba.

- ¡Ayuda, Dios! ¡Ayuda, Yahveh! - oraba llorosa una y otra vez.

Eliseo se acostó sobre el niño. Colocó su boca sobre la boca de la criatura, los ojos sobre los del niño y las manos entre sus manos. Recordó como su maestro había sido escuchado por Dios cuando pidió un milagro.

-. Señor, permite que este niño recobre la vida como sucedió con aquel otro que vivía en Sarepta cuando Elías llegó a esa ciudad - repetía Eliseo desde su interior- no permitas que Moshe muera.

De repente, el cuerpo del niño recuperó su calor. La tonalidad de la piel retornó a la cara de Moshe.

Eliseo recorrió la recámara primero hacia un lado y luego hacia el otro, después se volvió a extender sobre el muchacho. Entonces el niño estornudó siete veces y abrió los ojos.

¡Revivió!

El sol comenzaba a declinar. Era la hora nona cuando Eliseo llamó a Guejazí.

- Llama a la señora sunamita. Es urgente que venga.

Al escuchar las voces, subí lo más rápido que pude y corrí hacia el cuarto del profeta.

- ¡Toma a tu hijo! - dijo Eliseo con alegría. - ¡El niño vive!

Dios hizo de Eliseo, como antes lo hizo con Elías, un instrumento para devolver la vida a una criatura.

Eliseo salió de la casa sin hacer ruido.

Nunca regresó a Sunem.

Historias de algunos que volvieron del mas allá

Cuando Jóas reinaba en Israel, Eliseo enfermó; poco tiempo después murió y fue enterrado.

Año tras año las bandas de asaltantes que venían de Moab invadían el país.

En una ocasión, unos israelitas se encontraban enterrando a un hombre cuando vieron venir ladrones. Para poder huir, arrojaron al muerto dentro de la tumba de Eliseo.

Tan pronto el cadáver rozó los restos de Eliseo, el hombre revivió y se puso de pie. Los ladrones que se habían percatado de la huida de los enterradores, al ver que el muerto salía de la tumba, corrieron llenos de pánico.

Los milagros que Dios obraba a través de Eliseo fueron muchos. Las personas guardaron respeto hacia él de generación en generación.

Gobernaron en Israel varios reyes, otros tantos en Judá. Acontecieron asesinatos entre los mismos reyes, usurpaciones e invasiones. Tatarabuelos, abuelos e hijos desparecieron de la tierra.

Pasaron siglos antes de que surgiera un nuevo profeta con la capacidad de obrar prodigios en nombre de Yahveh, como lo hicieron Elías y Eliseo. Es probable que en todo ese tiempo Dios haya devuelto la vida a diversas personas al escuchar los ruegos de madres dolientes, pero esos sucesos no pasaron a la historia. Seguramente quedaron en el anecdotario de aquellas familias y con el paso de los años, se perdieron. Algunas historias sobrevivieron como leyendas en los pueblos.

Ni los paisajes de los campos sembrados ni los valles fértiles de la región de la Baja Galilea cambiaron.

Cada primavera, los campos se vistieron con flores y las aves anidaron en los árboles.

Treinta años después de la muerte del rey Herodes el Grande, aquellas flores y aves tomaron nueva vida en parábolas que sirvieron para enseñar una nueva forma de vida.

Jesús, a quién llamaban Nazareno por haber crecido en Nazaret, recorría los valles consolando a la gente. Explicaba lo que es el Reino de los Cielos por medio de narraciones y comparaciones. Daba la vista a los ciegos, expulsaba demonios que se habían apoderado de las personas. Nuevamente había un profeta que obraba grandes milagros.

Era un hombre alto, delgado, con buena condición física. Los ojos, color aceituna, emanaban vitalidad. Su presencia arrobaba. Tenía una sonrisa luminosa, enmarcada por una barba tupida. La voz joven y firme articulaba palabras llenas de amor y con otras amonestaba con dureza.

Dejaba sus huellas a lo largo y ancho de Galilea, en donde realizó grandes milagros.

La gente de los alrededores acudía a él en busca de consuelo y alivio de sus enfermedades.

Un día, Jesús pasó cerca de una pequeña aldea llamada Naim, situada al sureste de Nazaret. Era un lugar fértil que ofrecía un paisaje maravilloso. Lo acompañaban sus discípulos y mucha gente que le seguía en espera de ver los prodigios que Dios realizaba a través de él.

La viuda de Naim

Hacía un año que mi marido había muerto. Poco tiempo después del fallecimiento de mi esposo, nuestro único hijo enfermó.

Aarón, mi hijo, había sido un muchacho fuerte, gallardo, alegre, siempre rodeado de amigos.

Todo cambió. Sin razón, comenzó a enflacar.

- ¡Come! - insistía yo una y otra vez.

Le preparaba una conserva de pescado seco con aceite de olivo. Sabía que a él le gustaba. Conseguía queso y leche de oveja. Le preparaba lentejas y tenía siempre fruta, preparaba tortas rellenas con nueces.

Mi hijo, agradecido, comía aquellos platillos, pero en vez de mejorar, cada vez se veía más esquelético, más silencioso. La mayor parte del tiempo estaba ensimismado. Lo notaba desesperado.

Se quejaba constantemente de que le dolían los huesos. Siempre estaba cansado. Por las noches, sudaba copiosamente, por lo que la fatiga era más intensa.

Dejó de salir a la plaza a estar con sus mejores amigos, Jacob y Shimón.

- Mamá, ¿qué hice para que Yahveh me castigue con esta enfermedad? - preguntaba Aarón. - Mis amigos piensan que papá, tú o yo no obedecimos al Señor, nuestro Dios. Dicen que seguramente no pusimos en práctica todos sus mandamientos y leyes.

Yo replicaba furiosa:

- ¡Todo es una gran mentira!

- ¿Por qué entonces? ¡Yahveh me ha abandonado! - gritaba mi hijo rebelándose.

Trataba de darle ánimos, de hacerle ver que no era así, que Dios lo amaba.

En el silencio de la noche alzaba mi voz:

- ¿Por qué, Señor? ¿Por qué?

Un gran silencio era la única respuesta.

Llevé a Aarón a la Sinagoga para que le aumentaran un nombre, el de Yosef, como mi padre, para poder así alterar su suerte. No dio resultado.

Me sentía agotada. Las lágrimas brotaban de mis ojos cuando observaba a mi muchacho inerte y mirando fijamente el suelo. Derecho como una tabla, flaco como un bastón, pálido como un muerto. Si le dirigía la palabra esbozaba una sonrisa. Llegó el momento en el que perdió incluso el deseo de levantarse. Dormía todo el día. Su respiración era cada vez más difícil.

Yo no tenía paz en el alma. La agonía de mi hijo se estaba llevando mi vida.

Una mañana de primavera en la que celebrábamos el paso del Israel por el Mar Rojo, murió Aarón. Los vecinos y amigos se encargaron del cuidado de su cuerpo. Lo lavaron y perfumaron con especies aromáticas.

A mí se me fue el hambre, estaba desfallecida. Ni siquiera podía llorar, no daba crédito a lo acontecido. Escuchaba el llanto de los que me acompañaban como si fuera un murmullo lejano. Ellos leían Salmos pero yo no entendía nada. Desgarré mis vestiduras del lado derecho frente a mi hijo. A través de ese rito salía el dolor que me quemaba.

Una vez que amortajaron el cuerpo de Aarón, nos dirigimos hacia el lugar en donde lo enterraríamos. Todos recitaban:

"El Señor es mi refugio".

Se escuchaba como un enjambre de abejas.

Los gritos de dolor rasgaban mi alma. Las mujeres me sostenían. Había perdido totalmente la fuerza de las piernas.

Yo repetía:

-Soy como un arco sin flecha. - Mi único hijo se fue. ¿Qué sentido tiene mi vida?

Cuando empezábamos a dejar atrás la ciudad, Jesús pasó con sus discípulos. Se detuvo y escuchó mi lamento. Le conmovió hasta lo más profundo el verme con el alma desgarrada. Se acercó.

-No llores - me dijo Jesús con ternura.

Caminó hacia la camilla en la que llevaban a Aarón vestido con mortaja blanca y cubierto con su Talít, el manto de oraciones que había utilizado durante su vida.

Tocó la camilla. Inmediatamente los que la llevaban se detuvieron.

-Joven, a ti te digo: ¡Levántate! - ordenó Jesús.

Entonces Aarón, que estaba muerto, se sentó y comenzó a hablar. Jesús tomó de la mano al muchacho y me lo entregó.

-Aquí está tu hijo - dijo.

Agradecida, abracé al muchacho contra mi corazón.

- ¡Alabado sea Dios! - decía yo en voz alta. No sabía si reír o llorar.

- Creí que te había perdido para siempre - repetía una y otra vez.

- ¡Bendito sea Dios! ¡Bendito sea el enviado del Señor! - exclamaban las mujeres, emocionadas.

- Un gran profeta ha aparecido entre nosotros - gritaban las personas reunidas en el lugar.

- Dios ha venido a ayudar a su pueblo. ¡Alabado sea Yahveh!

Las personas que nos acompañaban estaban admiradas. Algunos vecinos y amigos se alejaron movidos por el miedo que les produjo el ver a quien hasta entonces había estado pálido y tieso, ahora hablando y alabando al Padre. Otra gente se acercaba para poder tocar al resucitado y constatar el hecho. Querían saber si era un ser vivo o un fantasma.

Mi hijo se postró ante Jesús.

- Gracias, Señor, por el don de vida que me has dado - murmuró agradecido.

Jesús sonrió y después se alejó del lugar. Dejó atrás a la gente que no salía de su asombro y aclamaba a grandes voces a Dios.

La hija de Jairo

Jesús regresó de Gerasa, lugar de la costa oriental del Mar de Galilea, cerca de Betsaida, en donde estuvo unos cuantos días.

Nosotros vivíamos a la orilla del lago. Teníamos una hija muy hermosa. A sus doce años, tenía mi estatura. El cabello castaño, rizado, caía como manto detrás de la espalda.

Los ojos, color miel, eran tan grandes que parecía que metían al mundo en ellos. Eran dos grandes almendras, brillantes como la estrella de la aurora.

Mi esposo Jairo, que era jefe de la sinagoga, generalmente parecía una persona dura, pero ante ella se convertía en un cordero. Ella daba sentido a su vida. Él vivía a través de sus ojos.

Un día, Maayane, nuestra hija, a quién le pusimos ese nombre por ser manantial de vida, comenzó a quejarse. Se sentía desganada, su piel se tornó poco a poco amarillenta. La fiebre se apoderó de su cuerpo y no la dejó por más remedios que apliqué: lienzos húmedos, yerbas medicinales.

Jairo, angustiado, buscó a los mejores médicos, quienes por momentos parecía que le habían devuelto la salud. Era una ilusión fugaz, una falsa esperanza. Día a día, la salud de la niña empeoraba.

- Mamá - gritó Maayane, una mañana, - me salió una mancha morada.

Desde entonces, era frecuente ver moretones en sus brazos y piernas. Aparecían de la nada. Por causa de cualquier rasguño o cortada, aunque fueran diminutos, fluía sangre en abundancia.

Con frecuencia sangraba por la nariz.

Aquellas mejillas que antes eran sonrosadas habían desaparecido. La palidez de la cara de la niña era impresionante.

La que era antes esbelta, tenía ahora el vientre hinchado. No tenía hambre.

Nunca fue de las personas que comen en exceso, pero ahora ni siquiera se le antojaban los platillos que eran sus favoritos. El olor de la comida le provocaba náusea. Al probar la comida, que preparábamos con cuidado y esmero, vomitaba.

Las articulaciones le dolían, ya no quería correr, se negaba a jugar.

- Me duele la cabeza - decía frecuentemente.

Yo sentía impotencia ante aquella enfermedad desconocida.

- ¿Qué hago? - repetía una y otra vez.

Nuestro pequeño manantial se secaba, nuestra Maayane moría poco a poco.

Jairo estaba desesperado. Pasaba las noches en vela a lado de la cama de la niña. El hombre fuerte estaba derrumbado.

Una mañana, Maayane convulsionó. Pensamos que se acercaba el final de su vida.

Jairo ya no sabía a quién acudir. Se escondía en el patio trasero de la casa para que no lo vieran llorar. Los sirvientes se daban cuenta de la agonía que vivíamos a lado de nuestra hija, de nuestro mayor tesoro.

- Jairo - dijo con timidez uno de nuestros esclavos, que escuchó el llanto de mi esposo, quien sentado sobre la paja se convertí en un niño débil. - Escuché hablar sobre un Rabí llamado Jesús que realiza grandes milagros. ¿Por qué no se acerca a él y le pide que venga a ver a la niña? Probablemente sea la única persona que pueda sanarla.

- Iré y le suplicaré que venga a sanar a nuestra hija, - dijo Jairo, agradeciendo el consejo del esclavo mientras secaba las lágrimas que escurrían por su rostro.

De inmediato alistó el caballo, regresó a casa, nos dio un beso en señal de despedida y, sin decir hacia donde se dirigía, salió acompañado por el siervo. Cuando llegó al lugar en donde se encontraba Jesús, se dio cuenta de que era difícil acercarse a él. El Maestro estaba rodeado por un sinfín de personas. Toda aquella gente estaba necesitada de consuelo. Buscaba ser sanada, recibir un milagro. Con dificultad, Jairo logró llegar hasta Jesús.

-Rabí, ven a mi casa- suplicó, postrándose a sus pies. - Mi única hija está a punto de morir. ¡Es una niña! ¡Solamente tiene doce años! ¡Ayúdame!

Los ojos de Jairo se inundaron por las lágrimas. No pudo contenerlas. Jesús le tendió la mano mirándolo con ternura.

-Te acompañaré - dijo el Señor.

Mi esposo se incorporó y comenzó a caminar a lado de Jesús. La gente los empujaba y apretujaba, no podían avanzar. Una mujer, que desde hacía doce años estaba enferma aprovechó el momento para acercarse. Sufría de fuertes hemorragias desde hacía muchos años. Había gastado inútilmente todo su capital en médicos. No la pudieron curar.

Partes: 1, 2, 3

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