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La Identidad Cultural y la contribución del Bayamo colonial




Partes: 1, 2

  1. Introducción
  2. Debate contemporáneo en torno a la Identidad Cultural en Cuba
  3. Principios matrices de la identidad cultural y su direccionalidad
  4. San Salvador de Bayamo y su aporte a la identidad cultural durante la etapa colonial
  5. Conclusión
  6. Bibliografía

Introducción

El estudio y análisis de la identidad o los procesos de identidad, han sido y sigue siendo una necesidad para las personas y los grupos humanos, al menos por ahora, en nuestra cultura y para las generaciones actuales.

A dicha necesidad de la identidad, que a su vez, es un tema complejo y polisémico, se han aproximado los autores contemporáneos de diversas maneras. Se ha hablado de sentido firme de identificación grupal[1]arraigo, marco de referencia, individuales y colectivas, relación o propiamente identidad[2]necesidad de conocernos y autorrealizarnos[3]necesidad de conocerse a sí mismo, y ser reconocido[4]necesidad de un sentido de pertenencia[5]necesidad individual y social de continuidad entre el pasado, el presente y el futuro, mismidad y diferencias[6]entre otros.

En la comprensión de lo cubano de hoy, además de analizar la formación histórica de la identidad cubana desde el siglo XIX y su relación con la lucha por la independencia nacional desde su surgimiento hasta la actualidad, es preciso apuntar el proceso permanente de construcción y desconstrucción que ésta sufre. Tratándose aquí en esta investigación, el tema de la identidad cultural, el autor asume como concepto el definido por el Dr. Miguel Rojas, de la Universidad Central de las Villas, quien afirma que la identidad cultural: es la condición del ser humano que caracteriza la manera común de vivir en el tiempo y el espacio, un quehacer concreto del hombre en el proceso de creación y re-creación, objetivación y subjetivación, producción y reproducción de la cultura y la sociedad misma. Ella constituye una síntesis de múltiples determinaciones de la identidad en la diferencia que comporta un universal concreto situado.[7]

Debate contemporáneo en torno a la Identidad Cultural en Cuba

En pleno debate contemporáneo, múltiples son las coincidencias y también las divergencias al tratar de definir los factores que configuran la identidad. Se deben tener en cuenta:

1). El factor histórico: la imagen de la identidad se reconoce en la historia, en la huella de nuestro devenir. La conciencia histórica es el baluarte fundamental, el más sólido de un pueblo, pues afirma como ningún otro factor la idea de pertenencia común, concreta los contornos del devenir histórico en la imagen de los héroes, en el anecdotario, en las leyendas, para fundirse en la memoria del pueblo.

2).El factor étnico: se trata de la capacidad que tiene un pueblo para expresarse como tal, identificarse con un solo nombre. Se expresa en la autoconciencia étnica que está dada a través de la particularidad de cada pueblo como conjunto de significaciones y representaciones que reflejan la conciencia de todo un pueblo condicionado por su modo de ser.

3). El factor psicológico: la sociedad imprime en la mayoría de sus miembros un grupo de rasgos que hacen que uno sea lo que es en tanto persona que nace y se desarrolla en una realidad espacio-temporal concreta. Este factor es signo de identidad y no su configurador, él está condicionado por la cultura y la identidad se expresa a través de él.

4).El factor lingüístico: A través de la lengua se garantiza la comunicación entre los miembros de la sociedad y en ella los elementos para preservar el legado y las formas de vida que en su accionar va creando.

5). El factor cultural propiamente dicho: abarca un conjunto de aspectos en los que se manifiesta una colectividad humana y se cualifica, y abarca desde la propia creación artística, en lo que se ofrece una perspectiva de lo que nos rodea, hasta multitud de aspectos develados en la vida cotidiana, entre los que se encuentran la cocina, las normas de convivencia, las creencias, las fiestas, las costumbres, etc.

6).el factor político: se define sobre la base de la capacidad de un pueblo para disponer de sí mismo, su soberanía; pues toda forma de dominación que sufra un pueblo es una forma de dominación cultural, trátese de la imposición de la cultura dominante o de la imposición de una cultura foránea por la dominación directa de una nación extranjera.[8]

En dicho debate contemporáneo sobre identidad, algunos investigadores asumen su propio enfoque filosófico y reflexionan en cuanto al tema; en el caso de la Dra. Alisa Delgado, asume que para nosotros los caribeños: "la identidad es la posición que asume y modifica el sujeto a partir de la percepción-reflejo de relaciones sociales; identidad colectiva, atributo individual y colectivo (social) que define si la relación social sigue lo institucional o lo conflictual"... [9]

Existen diversos enfoques acerca de la identidad. Uno de ellos parte de la construcción social de la realidad, en el cual la identidad es el resultado de vivencias de relaciones sociales institucionalizadas que resultan del carácter habitual de las relaciones humanas cotidianas, una especie de necesidad psicológica; aquí se define la identidad en función psicosociológica integradora de la realidad institucionalizada.

Pero es que la identidad en su enfoque histórico natural es perecedera, dialéctica y se inserta en los procesos, lo que en la antropología cultural denomina desculturación. Entonces un enfoque filosófico sistémico, dialéctico materialista es decisivo para abordar la identidad a nivel de áreas y sectores en general, y de modo particular en el Caribe.

La Dra. Alisa Delgado está de acuerdo con que la identidad no puede ni debe ser concebida como inquietud, búsqueda de raíces, sino en la toma de conciencia de nuestro ser y de nuestra realidad, vivir en ella y transformarla, hacerla conforme a nuestros intereses verdaderos, a nuestras raíces culturales, modo de vida propios, asumir lo ajeno es para ella desidentidad, vivir en lo ajeno conduce a la desidentidad.

Es cierto que para muchos estudiosos, se refieren al problema de la identidad con valores dominantes en la sociedad, como una identidad integradora, tampoco como determinaciones inmutables, sino determinaciones históricas, por tanto perecederas y que la identidad de ayer no es la de hoy.

Por otra parte, la aproximación al problema de la identidad a partir de presupuestos filosóficos nos permite la reflexión de la cuestión de la identidad de nuestros pueblos a través de la historia y nuestra historia ha sido de constante lucha por nuestro ser y por transformar la realidad, ha sido la posibilidad de proyectarse con identidad, con sentidos propios. Se ha luchado por una libertad real, mediante la ruptura de las múltiples dependencias y se ha ido configurando la personalidad histórica frente a los demás pueblos.

El enfoque filosófico da nuevos elementos al problema de la identidad, visto desde una perspectiva histórica y redefinida a partir de la dimensión cultural. La Dra. hace una reflexión filosófica que sitúa la identidad del cubano, entendida como un proceso de relación social en una sociedad en vías de desarrollo, no exenta de contradicciones. Sitúa la identidad del cubano en una sociedad donde el hombre es actor y productor de un proceso que construye, vive, con el resto de los hombres del país, tanto en la producción como en la distribución de la riqueza social, como en la toma de decisiones, así como en la creación de respuestas significativas en los diferentes campos de la creación humana, expresado en su proyección cultural.

Desde el punto de vista teórico el problema esencial con la conceptualización del fenómeno de la identidad, para la autora, radica en la falta de fijeza, pues la identidad es ante todo un fenómeno dialéctico y que una transformación económica, política o social implica transformaciones de la identidad tanto personal como colectiva.

De acuerdo con el análisis anterior, entonces la identidad puede definirse al incorporar dos características aparentemente contradictorias:

1). Es un criterio de semejanza dado por actividades, actitudes y normas que los individuos de una clase, de un grupo social comparten y que proyecta su imagen a nivel social de grupo, por ejemplo: asumimos y compartimos proyectos, realizaciones, normas sociales y valores.

2). A la vez, la identidad singulariza al individuo, pues el sello personal que el individuo le imprime a las actividades que realiza así como la forma de presentar su persona en sociedad, se reconocen como parte de su identidad.

La identidad se conforma en el mismo proceso en que el individuo asume el mundo y la cultura de su nación.

Isabel Monal caracteriza a la identidad cultural como un conjunto de impreciso, extenso y complejo de las variadísimas creaciones socioculturales de los pueblos y de las comunidades, con su carga de valores, costumbres, maneras de vida y de ser, creaciones artísticas y literarias elaboradas, etc. y que no constituyen en rigor, un objeto de estudio particularmente claro y asequible al análisis, ni a las ciencias sociales o la filosofía en general y que tampoco facilita la identificación de la humanidad y de la esencialidad de la problemática de la identidad.[10]

Todo esto concuerda con que cualquier identidad, ya sea individual o colectiva, conlleva la cuestión de la pertenencia, el sentido de pertenencia, entonces las identidades socio-culturales, sean nacionales o de grupos o de comunidades, llevan implícita la idea de pertenencia.

Sin duda alguna, la idea de identidad y de pertenencia lleva implícito también la idea del otro y de la diferencia con ese otro, porque identidad y pertenencia significan no solo considerarse formando parte de un ente, sino también diferenciarse de los otros, del otro, de otro que se encuentra fuera y que nos puede ser ajeno.

Muchos analíticos y filósofos consideran de forma general que es falso concebir las identidades colectivas como la simple suma de los individuos que la componen, sino que esa totalidad orgánica, que es la identidad colectiva, tiene sus propias normas de funcionamiento, de movilidad, y dinámica a partir precisamente de la organicidad integral y la compleja madeja de interacciones y relaciones que la caracterizan.

Monal llega a la conclusión de que parece absolutamente esencial cobrar conciencia que la identidad colectiva es un objeto complejo; y cobrar conciencia, igualmente, del valor del pensar complejo, no como un rechazo primario del pensar simple, sino que lo incluye y supera a la vez.[11]

Por otra parte no es accidental que con el cierto auge que ha tomado la cuestión de la complejidad hayan subido los valores filosóficos tales como Heráclito, Leibniz, Spinoza y Hegel, entre otros, considerados antecedentes o precursores de la complejidad. Esta lista debiera incluir al famoso físico Bohr, quien alguna vez dijo que lo contrario a una verdad profunda es otra verdad profunda contraria a la anterior; entonces solo el pensar complejo puede asimilar una afirmación como ésta.

Está claro que el valor y la valoración están presentes todo el tiempo cuando se trata de la identidad; problemática esta en la cual la filosofía tiene mucho todavía que resolver, pero la identidad, desde la óptica de una colectividad identitaria que se mira a sí misma; no es una cuestión del conocer. El primer plano en la identidad lo ocupan los valores en todas sus dimensiones, incluyendo modos de vida, maneras de pensar, etc.

La subjetividad de una colectividad es un hecho objetivo para el observador y el estudioso, y como tal hay que tomarla en cuenta porque, entre otras cosas, influye en la actividad y el comportamiento de la colectividad en cuestión. Y no es menos cierto que hay identidades que desaparecen históricamente y surgen otras. Entonces en una identidad tenemos el fenómeno de la reproducción de la identidad y el del cambio o modificación. Y puede ocurrir que en un momento determinado, de crisis u otra cuestión, una identidad deje de reproducirse.

Nos podemos acercar al enfoque gnoseológico en la problemática de la identidad cultural, porque son muchas las conceptualizaciones contemporáneas sobre el complejo fenómeno de la identidad cultural. Esto por supuesto conlleva a observar cómo se ha venido analizando la identidad en el terreno de lo social, así como el alcance que ha tenido en la realidad.

El teórico paraguayo; Ticio Escobar, constató que la identidad en su conceptualización es el tránsito de una visión de la identidad que empieza por ser "identidad idéntica"; continúa como "identidad inversa" y desemboca como "identidades".[12] Es posible descubrir que en esa evolución del concepto, la identidad no es mera ontología, es decir, conjunto de rasgos de una entidad cultural dada, constituida en la denominada "mismidad"[13]; sino que incluye la referencia a otra entidad distinta con la cual coexiste o interactúa y que es concebida como un "otro". De esta manera se arriba, según nuestro juicio a una de las precisiones claves, que identidad es un concepto esencialmente relacional: el sujeto de la entidad cultural y su relación con el "otro" son parte de un mismo concepto.

Por consiguiente, la identidad además de denotar fenómenos socioculturales como los análisis etnológicos, filosóficos, literarios, musicológicos, etc., aparece también en grupos enmarcables como: familia, comunidad local, territorio o provincia, nación, región. Todo esto conlleva al fenómeno de la identidad plural.

La Dra. Maritza García, se refiere como objeto gnoseológico al abordar la identidad de la siguiente forma: "La identidad en el terreno de lo social, no es un fenómeno en el estricto sentido de la palabra, sino que la identidad opera como la abstracción de un tipo de proceso que tiene lugar en una diversidad de fenómenos de la realidad empírica. [14]

La autora nos dirige hacia la configuración del mecanismo procesual de la identidad, ya que una vez construido el objeto de estudio esto nos permite representarlo en un modelo conceptual. Y que mediante ese modelo se puede resolver:

1). La descripción lógica y teórica de las relaciones entre los elementos, que develan el mecanismo de proceso buscado.

2). La definición formalizada de la identidad como proceso.

Por otra parte, tal modelo puede contribuir a dos pasos importantes en la investigación de la problemática:

1). La presentación de un esqueleto instrumental de orden metódico que posibilite el análisis e interpretación de procesos identitarios en ámbitos diversos de la realidad sociocultural.

2). La producción de nuevos razonamientos y proposiciones teóricas, que son el modelo serían difíciles de prever y argumentar. [15]

Todo este análisis nos lleva a la conclusión de que el valor del enfoque gnoseológico para abordar la identidad estriba; pues en su repercusión para la metodología de investigación sobre el objeto y para la producción consistente de teoría sobre la problemática. Es por eso que se deja abierta la búsqueda de otros presupuestos teóricos que sirvan para la construcción del objeto de estudio acerca de la identidad y su representación en modelos, ya que la actividad cognoscitiva acostumbra a trabajar con más de un modelo acerca de su objeto de estudio.

Al tratarse de la identidad cultural, no se puede desatender el término "cultura", convertido en una palabra de uso corriente; que ha cobrado numerosas acepciones, atendiendo a la amplia gama de actividades que desempeña el hombre en su vida diaria y con los cuales adquieren uno u otro sentido sus muchas definiciones.

La práctica científica contemporánea revela que es todo lo contrario a lo que podría pensarse, pues la supuesta exactitud y precisión que debían lograr las ciencias sociales, se ha convertido realmente en una disonancia teórica que tiene que tiene como causa fundamental la diversidad y a veces las divergencias desde sus puntos de vista con cada una de ellas (historia, etnografía, sociología, filosofía, etc.), al tratar el concepto de cultura según sus tareas, existencias, contenidos y problemas a resolver..

A esta interpretación multivalente del concepto "cultura" se refiere el especialista soviético E.Makarian cuando plantea que la polifuncionalidad del concepto de "cultura" es, ante todo, resultado directo del carácter polifacético del fenómeno que el mismo expresa, lo cual lleva naturalmente a elaborar diferentes tesis y tareas cognoscitivas durante su análisis. [16]

La palabra "cultura" proviene del verbo latín "colo", cuyos significados: "elaboro", "cultivo", "honro", "venero", son quizás los más importantes entre la serie bastante extensa de acepciones. Teniendo en cuenta lo anterior se puede concebir ante todo a la cultura como la fusión de una "inquietud" cultivadora" con la "veneración". Tras esta interpretación, late el significado de la palabra "culto". Si la cultura, es cultivo ferviente o elaboración veneradora, entonces surgen las dos preguntas. ¿Qué se elabora en la cultura? Y ¿qué se venera en ella o a través de ella como elaboración? Para los habitantes del antiguo Lacio, ese objeto, era por supuesto, la tierra. Para Horacio Quintiliano, autor de la "Institutione Oratoria"; la palabra cultura significa en primer término, agricultura.

Y desde finales del siglo XX, la "tierra" de los antiguos se ha convertido en símbolo y presupuesto de la existencia humana y esto constituye hoy día, el contenido potencial de la cultura, en el que se funden el objeto de su elaboración y el de su veneración.

La cultura constituye por consiguiente; un trabajo valioso, creador, a través del cual, los hombres materializan las potencialidades de sus fuerzas social al cambiar el entorno natural en que viven e incorporarlo a su vida social. La esencia de la cultura, no puede entonces ser explicada sin tener en cuenta la esencia de "lo humano". El ser humano, encuentra el fundamento de su ser allí donde comienza la fuente de su vida: la producción social, actividad de la que no se puede prescindir, modo de su existencia. De esta manera crea los medios materiales indispensables para la vida, el hombre va estableciendo simultáneamente relaciones sociales en las que asienta hábitos, experiencias, conocimientos, técnicas, habilidades, instrumentos y maneras de concebir su relación con el mundo.

Es por ello que la cultura no puede ser entendida líricamente, como acuñan la tradición y la generalidad de las personas, en tanto cultura espiritual, es decir, expresión de las artes, las ciencias, las concepciones del mundo imperantes en una sociedad dada, representa también un fenómeno más amplio y complejo; ella es el resultado vivo de la creación de valores humanos, tanto materiales como espirituales y actividad en la cual el hombre reproduce en todas sus gradaciones y manifestaciones la esencia de "lo humano". [17]

La cultura como fenómeno social complejo, no solo se enmarca en los productos de la actividad humana, sino fundamentalmente en la realización del hombre como autoproducto, autocreación a través de lo que se expresa su desarrollo como ser social.

Como creación colectiva, social, la cultura de la humanidad es única, como manifestación concreta de una época, país o región, ella se expresa de manera diversa. Las raíces de la cultura de cada pueblo, se encuentran profundamente arraigadas en su historia, tradiciones, idiosincrasia, en sus formas sui géneris de percibir y de transformar la sociedad en que vive. Esa manera distintiva de cada sociedad de hacer, de expresarse, de sentir y de pensar, es, precisamente, lo que aporta su sello, su originalidad a cada pueblo: Su identidad cultural. Esa identidad, que distingue a unos pueblos de otros, que aporta diversidad y colorido a la cultura universal, es, la definitiva, expresión de la conexión existente entre todas las culturas y de lo humano plasmado en ellas.

Las palabras del filósofo mexicano Leopoldo Zea ilustran al respecto de la forma siguiente: (…) "Todos los hombres son iguales porque son diferentes; lo distinto es lo que lo convierte en iguales. Tenemos que entrar en la historia con el signo de la libertad. (…) cada pueblo, cada cultura, tiene que asumirse a sí misma, la identidad la trae cada pueblo consigo, lo que hay es que sacarla a flote. El proyecto cultural latinoamericano implica reconocernos en lo que somos y lo que son los demás, autoafirmarnos culturalmente, reconociendo la existencia de otras culturas y concepciones diferentes. [18]

Todo esto nos conlleva a determinar que para asumir conscientemente una identidad cultural dada, no puede en modo alguno significar para un pueblo encerrarse en sí mismo. La búsqueda de sus raíces históricas y culturales debe ser premisa para sintetizar de forma novedosa y original las influencias ejercidas por otras culturas manteniendo el espíritu propio.

Es por eso que la identidad cultural, en este sentido, representa la condición del progreso de los individuos, grupos, naciones, a través de los cuales se expresa la voluntad colectiva de enriquecer el acervo común.

En el siglo XIX, la cultura cubana se encontraba animada de un espíritu renovador que, dimanaba del proceso de surgimiento y afianzamiento paulatino de la nacionalidad, vinculado en lo fundamental al proceso de liberación de la colonia alentado, intelectualmente, por los héroes de la guerra de independencia.

La conversión del país posteriormente en una neocolonia, y la frustración espiritual que esto significó, dieron al traste sin embargo con el aliento renovador que existía en el siglo precedente en la cultura. La época de la seudorrepública se encontró signada en el ámbito cultural por una crisis que se caracterizó por el periodismo y la desorientación, aspectos que se reflejaron en la obra de muchos intelectuales. Sobre esto afirma Carlos Rafael Rodríguez: (…) "solo voces aisladas, entre los que descollara la de Manuel Sanguily, mantenían el acento combativo contra la penetración extranjera que se apoderaba lentamente del patriotismo cubano y conocía el espíritu nacional, debitándolo y desfigurándolo."[19]

En cuanto a la identidad cultural, Armando Hart Dávalos, transcribe y asume el concepto ofrecido por la UNESCO, que dice que: (…) "es el sentimiento que experimentan los miembros de una colectividad que se reconocen en esa cultura y de no poder expresarse con fidelidad y desarrollarse plena y libremente si no es a partir de ella. [20]

La prestigiosa intelectual cubana: Graciela Pogolotti afirma que la "identidad"; en primera instancia, es la identidad del hombre que se reconoce en su comunidad más inmediata, pero, en tercer lugar, es la identidad del hombre que se conoce en una comunidad más amplia." (…) [21]y añade; "la identidad cultural" es un proceso abierto al cual el propio devenir histórico en el que estamos inmersos va añadiendo progresivamente nuevos y enriquecedores elementos."[22] La identidad para esta autora la constituye básicamente, un conjunto de valores históricos, valores propiamente culturales en el sentido total y amplio del término y valores estrictamente artísticos. Mientras que para la investigadora y profesora universitaria Nora Araujo, la identidad cultural podría definirse, entonces, como el conjunto de signos histórico-culturales que determinan la especificidad de la región y con ello, la posibilidad de su reconocimiento en una relación con la comprensión del nexo entre lo igual y lo diferente, presente en filosofía y de alguna manera en matemática, puede resolverse la precisión y el contenido de este concepto. (…) [23]

El problema de la identidad cultural y su búsqueda es propio de una fase determinada del desarrollo de un país o región, entre los signos que constituyen y diseñan la identidad cultural, la literatura es considerada como espacio ideal para el registro y el reconocimiento en la toma de conciencia.

El marxismo y lo más auténtico del pensamiento cubano y latinoamericano han nutrido nuestra cosmovisión de la cultura y la identidad, nos ha permitido una comprensión estructural y esencialista de la sociedad y la acción social transformadora, nos ha permitido valorar otras prácticas y otros discursos; pero la identidad, en un discurso filosófico auténtico, no puede ni debe ser concebida como inquietud y búsqueda de raíces, sino como toma de conciencia de nuestro ser-realidad, vivir en ella y transformarla, hacerla conforme a nuestros intereses y cultura propios. El filósofo en nuestro país es a la vez que sujeto, como individualidad del propio proceso histórico en que vive, compañero y parte del nosotros.

En torno a la identidad se han presentado clasificaciones y distinciones, sin embargo, no se han determinado debidamente dos tendencias intrínsecas en su desarrollo, la identidad de la mismidad y la identidad en la diferencia. Precisamente, es Hegel quien expone la identidad en la diferencia, lo concreto como síntesis de múltiples determinaciones y la mediación de las partes opuestas. También en la filosofía alemana Herder planteó la unidad entre la naturaleza y la historia, y las "necesidades elementales", entre ellas las de territorio, lengua y costumbres, mediante las cuales el hombre está unido a una determinada comunidad. Filosofías que influyeron en pensadores iberoamericanos y deben considerarse antecedentes históricos-teóricos de la identidad cultural.[24]

Para Lucía Guerra, profesora de la universidad de California, la identidad cultural es "un concepto eminentemente europeo" (Guerra, 1987,1047). Mientras que el filósofo argentino Hugo E. Biagini, en su aportador libro: "Filosofía americana e identidad" (1989), afirma que el nuevo concepto de la identidad cultural empieza a verificarse sistemáticamente con el proceso de descolonización de Asia y África, aplicándose luego a la circunstancia latinoamericana. En su gestación se ha interpretado que convergen varios elementos: el cuestionamiento del eurocentrismo por parte de diversos científicos e intelectuales, los pueblos desprovistos de voz y que al emanciparse bucean en sus quebrantadas raíces originarias y la defensa frente a los medios masivos de comunicación manipulados para homogenizarlo todo en el modelo dominante y ajeno a las modalidades vernáculas. (Biagini, 1989,38).

El autor concuerda con el criterio del Dr. Miguel Rojas, cuando plantea que multilateralidad de elementos, expresiones y contextos que conforman la identidad cultural, los enfoques diferentes (Rojas Gómez, 1997, 74-79), la pretensión de algunos analistas de negarla, el surgimiento de nuevas problemáticas sociales y culturales exigen una redefinición de la misma.

Es cierto que todo el sistema de hechos, acontecimientos y factores económicos, políticos, científico-tecnológicos, sociales, culturales y antropológicos señalados llevan a repensar y a redefinir la identidad cultural. Sin obviar los estudios sobre la misma, la tematización desde una u otra perspectiva de la cultura, corriente o autor. Por tanto esta investigación asume el criterio del Dr. Miguel Rojas quien define y expresa conceptualmente que, la identidad cultural: es la condición del ser humano que caracteriza la manera común de vivir en el tiempo y el espacio, un quehacer concreto del hombre en el proceso de creación y re-creación, objetivación y subjetivación, producción y reproducción de la cultura y la sociedad misma. Ella constituye una síntesis de múltiples determinaciones de la identidad en la diferencia que comporta un universal concreto situado.[25]

Principios matrices de la identidad cultural y su direccionalidad

Teniendo en cuenta lo planteado por el Dr. Miguel Rojas y su concepto redefinido en cuanto a la identidad cultural es necesario plantear que sus principios matrices o fundamentos [26]son:

1). El término identidad cultural es de índole filosófico-antropológico y sociocultural, y no de naturaleza socio psicológica como afirman algunos estudiosos del tema, porque el principio socio psicológico de identificación-diferenciación en la relación con otros grupos, culturas y sociedades es tan solo inherente a la psicología social, que es, a su vez, un contexto de la identidad cultural y no la identidad cultural misma. Y aunque el proceso de producción de respuestas y valores en la comunicación y el diálogo es importante, así como la asimilación de lo creado por otras culturas, lo más importante es el proceso de producción y creación de la cultura y la sociedad como totalidad concreta.

2). Es uno de los conceptos socioculturales de máxima generalización, por eso es una categoría omnicomprensiva que incluye determinaciones históricas y geográficas, individuales y colectivas, materiales y espirituales, científicas y tecnológicas, teóricas y prácticas.

3). Constituye una síntesis de múltiples determinaciones. Es decir, la creación o construcción de un todo por integración de las partes, en este caso por determinaciones y contextos culturales.

4). Las determinaciones y contextos que la confirman tienen carácter concreto y relativo. Significa que una identidad cultural específica puede coincidir e interactuar con otras identidades culturales, ya en lo económico, lo político, lo científico-tecnológico, la lengua, la religión, etc.

5). Toda verdadera identidad es identidad en la diferencia. La identidad para ser tal necesita de la diferencia, y la diferencia supone siempre la identidad, si no hubiese diferencia, no habrían referencias para saber lo que es idéntico.

6). La identidad cultural, identidad en la diferencia, representa una diferencia específica al permitir comprender la diferencia entre una u otra cultura. Es el principio del multiculturalismo, sin llegar al extremo del particularismo o relativismo cultural.

7). Representa la identidad abierta, por lo que en su esencia debe contener el diálogo intercultural con el otro, en condiciones de igualdad, sin la mismidad excluyente.

8). Reconoce la dignidad del otro y la autonomía cultural de las minorías dentro del marco de la identidad nacional, expresión de la identidad en la diferencia.

9). Constituye una identidad colectiva y humana formada por un sistema de relaciones socioculturales.

10). Su portador no es el hombre abstracto, sino el hombre concreto, por hombre universal y por concreto específico.

11). Conjuga lo autóctono y lo universal, a modo de dialéctica de lo general y lo particular a través de la mediación.

12). Comporta un universal concreto situado. La síntesis que conforma la universalidad se asume desde el aquí y el ahora.

13). Se manifiesta en espacios específicos y tiempos definidos. El espacio o territorio no tiene carácter absoluto, pues han existido y existen expresiones de identidad cultural que han perdurado y se han desarrollado fuera del territorio nacional, regional o continental, pero han reflejado sociedades específicas. Lo característico es que toda identidad se despliega en un espacio geo-socio-cultural-concreto.

14). Puede manifestarse inconscientemente en individuos y grupos, mas es un proceso consciente, el cual es necesario asumir para contribuir a la reafirmación y desarrollo de la misma.

15). La integración representa el factor consciente y práctico de la misma, así está operando hoy en contextos como el de la economía con las distintas uniones continentales o regionales.

16). Presupone la libertad como totalidad, en cada una de las determinaciones y contextos culturales.

17). Representa una continuidad en la apertura y ruptura en la continuidad.

18). Tiene carácter histórico concreto. Varía con las circunstancias, con el espacio y el tiempo. Sufre procesos de crisis y lysis, ajustes y reajustes, desintegraciones parciales y nuevas integraciones.

19). Se forma en la interacción de la tradición y la aculturación, dando como resultante la transculturación. La tradición del latín traditio, equivale a entregar, trajere, lo que pasa de una época, generación o cultura a otra. En tanto aculturación, del inglés acculturation, corresponde a la adaptación a otra cultura por la pérdida de la propia, en lo fundamental. Culturalmente estas antítesis generan la transculturación, cuya preposición-trans-indica lo que pasa, en este caso, de una cultura a otra, produciéndose la génesis de la identidad cultural.

20). Por su direccionalidad puede manifestarse históricamente como identidad vertical, formada desde arriba, e identidad horizontal, creada por expansión de las cultura en el pueblo.

Se está de acuerdo con el Dr. Miguel Rojas Gómez cuando plantea que la identidad cultural se construye por la actividad y la voluntad de los hombres en el quehacer histórico, social y cultural. Tendencial y genéticamente, por su direccionalidad, la primera manifestación de la identidad cultural es la identidad vertical, se forma desde arriba, por acción hegemónica de la dominación o la conquista y colonización expansiva, el pueblo vencedor impone sus patrones y modo de vida culturales al dominado o vencido. Así lo revela la historia universal desde la antigüedad hasta la modernidad.

Casi simultáneamente, con el descubrimiento de América, se reprodujo aquel proceso, pero con mucha más violencia y destrucción para las culturas precolombinas, muchas de las cuales sucumbieron. Por efecto de la conquista y colonización, desde arriba, verticalmente, se impuso la cultura del vencedor. Durante los tres siglos en que la América hispana fue colonia de España, predominó la identidad cultural vertical (Rojas Gómez, 1994, 82-84) se produjo la latinización y españolización y americanización de sus colonias y de la propia España.

La identidad vertical, que generalmente precede a la identidad horizontal, por la expansión e irradiación de la cultura hegemónica comienza a ser asimilada y dar paso a la identidad cultural horizontal. En iberoamérica, el castellano o el portugués como lenguas, la religión católica, la arquitectura y la plástica barrocas, la cultura material con la introducción de plantas como el trigo, animales como el caballo y el ganado vacuno, la tecnología de explotación de las minas y el cultivo de la caña de azúcar, y las haciendas como centros económicos y culturales, son algunos contextos y factores culturales que hablan del surgimiento de la identidad horizontal, fruto de la comunicación, el intercambio de expresiones culturales de los pueblos..

Además, no puede obviarse que entran en éstas las aportaciones indígenas y las contribuciones africanas por efecto del mestizaje étnico-cultural. El conocimiento de la naturaleza, el aporte de frutas y plantas comestibles como la papa, el maíz, el cacao, la piña y otros productores de placer como el tabaco, etc. Cientos de palabras que circulan en el español, provenientes principalmente de la familia arahuaca, el náhualt, el quechua y el tupí-guaraní. La resurrección de ídolos e imágenes de las creencias indígenas y africanas que ensanchan el cristianismo católico, proceso que llevó a afirmar al brasileño Silvio Romero la existencia de una religión mestiza. La contribución africana a la música, que según el cubano Fernando Ortiz, produjo la transculturación blanca de los tambores negras, incluida Europa.

Todos estos contextos y determinaciones culturales y otros no enumerados, contribuyeron a la transmisión y fusión de culturas, a la formación de la identidad horizontal. Todas y todos tributaron a trascender la identidad político-administrativa del régimen colonial, que al entrar en crisis provocó las guerras de independencia hispanoamericanas, ruptura político-jurídica con la metrópoli, pero no con la cultura hispana e ibérica, que continuó viva, a través de la cual España, Portugal, Francia y otras culturas europeas están presentes culturalmente en América en identidad de diferencia.

Con los siglos, la formación de las naciones, el desarrollo económico, social, científico-técnico, el aumento de la intercomunicación e intercambio culturales, la identidad vertical tiene cada vez menos peso en la sociedad, sin embargo no ha desaparecido. Pero existe en la cultura política dictatorial contemporánea, de izquierda y de derecha, aunque su radio de acción es menor que en centurias pasadas. Los contextos culturales como leer y escribir, conocimientos científicos y tecnología, el ejercicio de la política, el disfrute del arte y la literatura, la asequibilidad a los bienes materiales y económicos, no están horizontalmente al alcance de todos los grupos y países por igual, sobre todo en países del tercer mundo. Todo esto afecta la identidad cultural y hasta la físico-humana misma.

Si valoramos la identidad cultural en el contexto actual, en pleno siglo XXI, notamos que estamos viviendo un nuevo y sofisticado proceso de desculturación, entendida como mecanismo consciente de desarraigo de la cultura como finalidad económica, ya que se expanden de forma incontrolada las creaciones culturales más enajenadas, que gracias a la competitividad y al amparo millonario de los grupos de poder financiero se imponen a nuestras genuinas creaciones culturales.

Es cierto que la problemática cultural bien entendida debe armonizar lo auténtico, lo genuino, con los elementos universales, partimos también de que en su esencia más profunda, la cultura es universal desde el punto de vista genérico, por ser creación práctico espiritual de los hombres, en tal sentido sería absurdo negar las posibilidades de conocer otros valores que por su universalidad nos pertenecen, el peligro está en que lo que se difunde encierra un mensaje ajeno y hostil por completo a nuestra idiosincrasia e identidad, y es utilizado como vía para borrar los valores espirituales auténticos.

La mistificación de los valores culturales conduce a la pérdida de la fidelidad y el amor a las tradiciones y costumbres, anulándose la convicción de la existencia de su ser esencial, y se destruye junto con su identidad cultural, su propio yo, su identidad como pueblo. Al mismo tiempo se suprime al sujeto histórico capaz de convertir en realidad las posibilidades de ejecución de un proyecto cultural auténtico. Significa además la renuncia, la ruptura con un pasado que, al seguir los esquemas preestablecidos por el colonizador, lo avergüenzan. El punto de partida de su historia no está entonces en el indígena autóctono y milenario, sus tradiciones y costumbres parecen primitivas y salvajes ante el empuje de los paradigmas de civilización que le impone.

Es cierto que la cultura postmoderna se ha tornado en "multiculturalismo" o "pluriculturalismo", no en el sentido de cultura supranacional o supraestatal, sino incluso dentro de las propias fronteras nacionales, proliferan subculturas, se pierden los patrones culturales, todo es diferente e igualmente lícito, en fin, como plantea la Dra. Nereida Moya Padilla que: (…) el hombre en los marcos de la cultura es un astronauta; que abre paso a un proceso de personalización o individualismo total.[27]

Por otra parte la Dra. Nora Araujo nos alerta de que… "el peligro posmodernista en la consideración de la cultura y por ende de la identidad cultural, como conjunto de signos históricos culturales que determinan la especificidad de una región"…[28]; estriba en que ese cuestionamiento de todo, en esa renuncia total con el pasado se pierde entonces lo que da sentido a las múltiples manifestaciones de su historia pasada y a los proyectos futuros que sobre ella se rigen.

La consideración del postmodernismo en el ámbito cultural, no debe a nuestro juicio, convertirse en disquisiciones conceptuales en los que se afirme o niegue si nuestros patrones culturales son postmodernos o no, lo más significativo desde nuestra óptica es defender nuestra autenticidad cultural, nuestros valores, como vía para proyectarnos universalmente y alcanzar una civilización superior.

Al reafirmar nuestros valores culturales, nuestra identidad, creamos el espacio necesario que nos permite insertarnos en ese conjunto de valores denominados postmodernos, proceso que no hay que forzar si no que se produce espontáneamente por la propia dialéctica de lo universal y lo particular y por la obvia necesidad de interactuar en este mundo unipolar y globalizado, con el fin expreso de contribuir a actuar sobre él. En este sentido Pablo Guadarrama comenta que eso significa no ignorar la postmodernidad sino ponerla en función de nuestras demandas históricas.

Por tanto la problemática en torno a la identidad cultural asume, para nuestra región, una extraordinaria significación, pues es la cultura la que en última instancia confiere al desarrollo su verdadera finalidad, de ahí que preservarla, consolidarla y enriquecerla, es deber de cada pueblo con lo que, al mismo tiempo, se contribuye a la riqueza del patrimonio común de la humanidad.

San Salvador de Bayamo y su aporte a la identidad cultural durante la etapa colonial

Al estudiar los rasgos distintivos de la región bayamesa se constata que la antigua jurisdicción de la villa de San Salvador de Bayamo abarcaba un intenso territorio, que comprendía el área de los actuales municipios de la provincia de Granma, las Tunas, Holguín y parte de Santiago de Cuba y a partir de aquí se fueron derivando una diversidad de zonas a lo largo de los siglos.

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