El nacionalismo es una ideología que presenta numerosas complejidades para su definición conceptual. La historiografía, apunta Marial Iglesias en su libro Las metáforas del cambio en la vida cotidiana: Cuba 1898-1902, realiza un énfasis marcado en el carácter artificial y construido del nacionalismo como una ideología elaborada con fines hegemónicos por élites letradas en el curso de la fundación de los modernos Estados Nacionales[1]Si bien la autora señala que no solo las élites cumplen un papel relevante en este proceso, puesto que la participación de los grupos subalternos no puede ser ignorada en la formación de los imaginarios nacionalistas, el presente trabajo se suma al enfoque que privilegia la labor de los intelectuales, pues, según se verá más adelante, el fenómeno que aquí se analiza –la transformación de la figura de la abanderada en símbolo de la nación– partió, fundamentalmente, de las experiencias de la aristocracia cubana independentista.
En este mismo texto, Marial Iglesias expone como la historiografía nacional toma por espontánea la manifestación de lo que Ramiro Guerra llamara "el sentimiento nacional" asociado a las campañas independentistas[2]sin que se analicen las causas, vías de transmisión, efectos y transmutaciones de estos símbolos y prácticas patrióticas. Para no pecar, pues, de ingenuos, en esta breve pesquisa, según lo permita la disponibilidad de las fuentes bibliográficas, analizaremos el proceso de construcción del símbolo de la abanderada tomando en cuenta los factores socio-políticos que hicieron posible su aparición y consolidación.
Precisamos entonces que, el siguiente análisis partirá del supuesto de que la intelectualidad aristócrata, devenida criolla nacionalista, construyó conscientemente un corpus teórico y político que justificaba y legitimaba sus incipientes impulsos separatistas, a la vez que componía un amplio sistema de mitos nacionalistas que dotaban a la ideología independentista de un carácter imperecedero e inmanente en la cultura social. Esta investigación no toma por instintivo o involuntario este proceso, por lo cual se propone identificar cuáles son las principales causas que determinaron y particularizaron nuestras imágenes nacionalistas. Partiendo de un examen general de la situación contextual, el trabajo irá reduciendo progresivamente su objeto de estudio hasta centrarse en el análisis específico del mito nacionalista de la abanderada como imagen simbólica de la nación cubana.
El proceso de conformación del sentimiento nacionalista cubano, según el consenso historiográfico, comienza en los predios del siglo XIX, época en que se asientan los valores patrios que ya para finales del siglo XVIII comenzaban a emerger. La toma de La Habana por los ingleses (1762-1763) es considerada como el punto de inflexión que define el arranque decisivo del proceso nacionalista en nuestro país[3]El conflicto internacional funcionó como pretexto para manifestar los sentimientos de pertenencia del criollo. Al mismo tiempo, la opción progresista que representó Inglaterra para Cuba dejó en evidencia el atraso y la caducidad del sistema español e hizo pensar a los cubanos en variantes diferentes al colonialismo hispano.
Período de efervescencia revolucionaria a escala mundial, el último cuarto de centuria del setecientos cerró su ciclo, a su vez, con tres grandes revoluciones que cambiarían el curso de la historia universal y, por ende, impactarían fuertemente en la vida política de nuestro país. La Revolución de Haití, la fundación de los Estados Unidos de América y la instauración de la Primera República Francesa produjeron, según la investigadora Ana Cairo[4]numerosas interrogantes en la intelectualidad cubana y posiciones a favor o en contra de las propuestas gubernamentales de cada una de ellas.
Las ideas ilustradas que habían determinado en gran medida el estallido de estos movimientos republicanos penetraron en la Isla, tardía pero profundamente, en este período[5]Si bien la Ilustración en Europa estuvo destinada a la crítica feroz del sistema feudal, en América Latina adquirió una dimensión diferente, destaca la investigadora Mercedes Valdés Estrella[6]La historiadora señala como la Ilustración latinoamericana y, en consecuencia, la cubana, estuvo marcada por el impulso emancipatorio contra la condición colonial y contra aquellos factores socio-políticos que imposibilitaban la unificación ideológica y la expresión de una autoconciencia de lo nacional. Es por ello que la ideología burguesa criolla se dirigió, no a la liberación de una clase sobre otra, sino a la liberación política de la nación en su conjunto; el nacionalismo cubano fue fundamentalmente patriótico, pues se centró en la defensa de lo nacional frente a la opresión e invasión de la política y cultura española.[7] Las ideas liberales y racionales de la Ilustración transformaron y acrecentaron definitivamente los ánimos separatistas y autonomistas de los incipientes criollos y, a partir de ellas, comienzan a perfilarse las variantes ideológicas del reformismo, el abolicionismo, el anexionismo y el propio independentismo.
El impacto causado por las experiencias de las revoluciones republicanas y por el Iluminismo francés iniciaron, pues, en la intelectualidad decimonónica un proceso continuo de reflexión y estructuración teórica, que concluyó en la creación de un sistema ideológico sustentado en el anhelo de fundar una república cubana, sin esclavitud y hermana de las existentes en el resto del continente. Con las figuras de Félix Varela, José María Heredia, Carlos Manuel de Céspedes y José Martí, por solo mencionar algunos, se asiste a la conformación de un pensamiento anticolonialista y de avanzada que concibió un programa independentista y republicano para nuestro país[8]
Comienza así, en el siglo XIX, un nuevo discurso protonacionalista, que define sus estrategias narrativas a partir de la diferencia respecto a la metrópoli, señala Marial Iglesias[9]La libertad política y económica de Cuba con España significaba emanciparse de los emblemas que hasta el momento habían identificado el poder ibérico en la Isla y crear los perfiles narrativo-simbólicos que distinguieran a la futura nación republicana. La intelectualidad criolla se centró en la definición de un nuevo agente social portador de atributos propios que lo identificaran como "cubano", frente al otro "español". La élite ilustrada crea los primeros textos y representaciones nacionalistas y, a través de la labor de políticos, poetas, periodistas, novelistas, historiadores y críticos, la cultura nacional adquiere consistencia teórica y simbólica. Se construye un nuevo discurso para la historia insular, inscrita en un pasado, cuyos orígenes, tradiciones y genealogías, justificaban y legitimaban los proyectos de autonomía política; a la par, se fichaban nuestros primeros héroes, paisajes y símbolos paradigmáticos.
El romanticismo literario decimonónico fue un movimiento vital en la construcción de dichas imágenes nacionalistas, pues surgió vinculado a los afanes patrióticos que se oponían a la Metrópoli. La literatura era en esta época no solo un reflejo de la sociedad, sino también un modo de subvertirla y reconstruirla. Los escritores románticos, a la par que se radicalizaba el discurso separatista, modificaban sus argumentos y ficciones de acuerdo a las exigencias de las nuevas circunstancias. Así, elaboran un repertorio único de temas para el imaginario cubano de carácter descolonizador. Tal es el caso de la exaltación mítica del indio, el repudio público a los horrores de la esclavitud, la proposición universalista de un cubano ciudadano del mundo, la poesía de Heredia que convierte los temas tradicionales del paisaje, la flora, la fauna, la libertad…en motivos patrióticos y el mito del retorno del desterrado[10]por tan solo mencionar unos cuantos[11]
Resulta entonces que, uno de los fenómenos más importantes de nuestra historia política del siglo XIX es la edificación de un mito anticolonial y nacionalista que aúna bajo un mismo signo histórico a toda la nación. La historia nacional se enriquece con un entramado simbólico que legitima su existencia y futura autonomía. Este proceso diferenciador de la identidad nacional respecto a la metrópoli inicia un progreso evolutivo que culmina con el inicio de las guerras independentistas, fase que marca un punto de inflexión hacia un nacionalismo definitivo que hasta el momento tenía tan solo un carácter embrionario.
Con el inicio de las luchas por la independencia nació, decisivamente, el imaginario representacional de la nación. El proceso que se había iniciado en la primera mitad del siglo, toma cuerpo sustancial y se consolida con el nuevo material mítico que toda hazaña guerrera proporciona. Adquieren carácter de leyenda los héroes, las batallas ilustres, los actos de sacrificio, los nuevos símbolos patrios, el ideario político independentista, a la vez que se asimila la tradición cultural nacionalista precedente y se privilegia como un factor político-social para extender los sentimientos patrióticos ciudadanos. Marial Iglesia apunta como poco antes del inicio de la Guerra de los Diez Años, durante las guerras, desde los espacios de opinión citadinos, durante la Tregua Fecunda, así como desde el exilio en Norteamérica, se fue conformando una narrativa épica que comienza a fijar los episodios más relevantes y las figuras fundacionales de la historia patria, con sus relatos arquetípicos, sus héroes y sus símbolos.[12] La palabra escrita, tanto en la prensa como en los libros, dotó al hecho bélico de su carácter histórico y mítico-fundacional, puesto que las principales acciones guerreras y sus protagonistas se convirtieron en personajes de una epopeya heroica magnificada y ficcionalizada en poemas, narraciones o discursos conmemorativos. Paralelo al desarrollo de las guerras, la prensa y la literatura, editadas tanto en la manigua como en el exilio, contribuyeron también a la socialización y difusión de las primeras imágenes fundacionales, ya fuera en forma de prosa, poesía, artículos conmemorativos, crónicas, biografías, etc.
Es así como se asiste a una construcción de la historia nacional, donde vieron la luz los primeros clásicos de nuestra historiografía nacional: Episodios de la revolución cubana de Manuel de la Cruz, A pie y descalzo de Ramón Roa y Desde Yara hasta el Zanjón de Enrique Collazo. Estos textos constituyeron las primeras recopilaciones escritas sobre los acontecimientos de la Guerra, los cuales conformaron en gran medida los arquetipos sobre el proceso de gestación de la nación cubana como hija legítima de la Guerra Independencia[13]
Tenemos pues que, a inicios del siglo XIX, comienza la definición de la identidad nacional, a partir de la diferenciación con la Metrópoli, a través de la exaltación de las características propias del suelo patrio: su historia, sus paisajes, sus costumbres, sus tradiciones y sus aspiraciones políticas. Las élites letradas cumplieron un rol protagónico en la evolución de dicho fenómeno, pues fueron ellas quienes, desde la palabra escrita fundamentalmente, dieron origen y forma a los discursos e imágenes nacionalistas. Las ideas ilustradas provenientes de Francia, las experiencias internacionales de las revoluciones republicanas y la magra situación colonial que para muchos era ya insostenible, constituyeron los factores socio-políticos principales que determinaron el cambio de mentalidad de la intelectualidad criolla. La definición del sueño republicano y el consecuente estallido de las gestas independentistas fueron una causa tanto como un efecto de las nuevas imágenes nacionalistas.
Las guerras constituyeron el factor definitivo que concretó el discurso nacionalista, pues los hechos bélico-conspirativos y sus protagonistas se convirtieron en los héroes y acciones fundacionales de la nueva historia que comenzaba para Cuba, que, al menos en el plano psico-social, se encontraba plenamente separada del dominio español. La lucha por la libertad política se transformó en un hecho susceptible a la mitificación legitimadora que, a partir de la construcción de perfiles simbólicos de carácter patriótico, construyó una identidad única y representativa para la nación.
La narrativa fundacional tuvo en la creación de los primeros símbolos nacionales un acontecimiento trascendental para la configuración del imaginario nacionalista. Conscientes de la importancia no solo de la definición política, sino también de la representación visual, los protagonistas de las gestas diseñaron, desde el primer momento, las nuevas insignias (la bandera, el escudo y el himno) que estarían asociadas al nuevo país que se aspiraba fundar[14]Estos se convertirían en los símbolos definitivos de nuestra mítica nacional y en representantes exclusivos de los sentimientos patrios y libertadores.
Los símbolos patrios, tal como hoy se les conoce, se convirtieron, pues, en paradigmas visuales del independentismo y el amor patriótico; fueron objetos de culto y de veneración, ya que encarnaban el ideal de libertad y justicia por el cual se peleaba. Tanto en las reuniones oficiales, en la literatura y en la prensa, en la plástica como en el uso cotidiano es notable la presencia de estos símbolos, siempre y cuando se desea remarcar el carácter independentista y patriótico de sus participantes. Al respecto Marial Iglesias señala:
El escudo con la palma real (el árbol nacional), y la bandera con su estrella solitaria, como representaciones pictóricas de la nación, se reproducen y circulan no sólo en dibujos, grabados o fotografías, e impresos en membretes, bonos, monedas y sellos de la "República en Armas", sino también en objetos de uso diario como escarapelas, prendedores, yugos y hebillas[15]
De esta manera, tanto en los niveles de la oficialidad como en la usanza común quedó fijado el nuevo sistema de los símbolos patrios como atributos distintivos de la nación cubana. El incipiente fenómeno que había dado sus primeros pasos junto con el siglo, se concreta puntualmente en la confección de estas divisas que se convierten en la traducción simbólica más exacta de la nacionalidad cubana. El sentido asociado a cada uno de los elementos constitutivos de estos resumía, magistralmente, en una imagen visual sintética, el discurso nacionalista forjado a todo lo largo de la centuria.
La bandera, en especial, se volvió la insignia ejemplar de la nación, de los ideales políticos, en el emblema de la libertad y de la victoria militar. Se convirtió en el símbolo de la Patria, de sus ideales independentistas y de la lucha que en su nombre se libraba. Era el símbolo que identificaba a los mambises en el campo de batalla, pero también aportaba códigos para el lenguaje clandestino en las ciudades más distantes y amenazadas por la cultura colonialista, como el uso de sus colores en el vestuario de las damas simpatizantes[16]El diseño completo de la bandera o algunas de sus partes como la estrella solitaria, los colores de sus franjas o el triángulo rojo se incorporaron al imaginario colectivo en un complejo comportamiento visual y narrativo que abarcó las más disímiles zonas de la interacción social. De esta manera, ya en 1851 las cubanas de Puerto Príncipe con el objetivo de expresar su fervor independentista utilizaban los colores de la bandera en su vestuario:
"Se buscaba la manera injeniosa de engalanar el vestido con cintas i flores en que pudieran combinarse el rojo, el azul i el blanco [...] y se colocaban en los peinados estrellas de plata que pudieran dar a entender o una simpatía por la anecsion a los Estados Unidos, o la esperanza de ver brillar en nuestra bandera la estrella solitaria" (sic)." [17]
Y es asociada al culto de la bandera que nace una de las prácticas de índole nacionalista que con más fuerza arraigó en el imaginario libertador: el mito de la abanderada. La función de la abanderada parte de la dinámica de interacción y promoción de la bandera en la cultura mambisa, hasta llegar a transformarse en una imagen legendaria de la lucha libertadora y, por extensión, de la patria.
El papel e importancia simbólica otorgada a la figura de la abanderada yace en la influencia que la Revolución Francesa y sus ideales ideo-simbólicos habían ejercido sobre la Isla. Como expresa Ana Cairo, los intelectuales cubanos, en la construcción de la mítica nacional, se apropiaron de numerosos recursos que había promocionado la Primera República Francesa[18]Tal como la estructuración de las ideas políticas independentistas y nacionalistas había surgido bajo el amparo de la influencia de la Ilustración francesa, los noveles símbolos de representación toman también de aquella sus principales características; las imágenes republicanas propuestas por la revolución gala se asumen como propias, en tanto se aspira homologar y universalizar nuestros ideales con los que habían guiado a los franceses. Con el lenguaje que se había tomado la Bastilla nace, en general, la nacionalidad cubana, y es por ello que nuestra bandera toma los atributos tricolores de la francesa, nuestro himno La Bayamesa se inspira en el himno galo de La Marsellesa y por ello Candelaria Figueredo marcha portando la bandera, vestida con gorro frigio y saya tricolor, adecuación de la imagen de la Primera República Francesa, al frente de la tropa bayamesa en 1868.
Si seguimos la línea trazada por los anales históricos hallaremos como se fusionó, a través del enfoque dado por el discurso historiográfico a los hechos reales que acontecieron, el símbolo de la bandera y el desempeño de la mujer cubana en la guerra. En primera instancia tenemos la historia de la joven Emilia, esposa de Miguel Teurbe Tolón, quien tuvo a su cargo la elaboración de los primeros ejemplares de la bandera diseñada en 1849 por Narciso López en Nueva York. A su vez, atendió el traslado y difusión del estandarte en nuestro país. Paralelamente, Emilia Casanova, esposa de Cirilo Villaverde, ha pasado a los archivos históricos por su papel en la difusión de esta enseña en el exilio, pues gracias al fallido esfuerzo satírico de Víctor Patricio de Landaluze, las caricaturas en que era presentada enarbolando la bandera sirvieron para la propagación de su imagen[19]De esta misma manera, Candelaria Acosta es recordada por ser la joven que confeccionó la bandera con que se alzó Céspedes en La Demajagua. En estos ejemplos, aun cuando no hablamos de la imagen clásica de la abanderada, es evidente como se subraya el vínculo entre la labor femenina en la guerra y la divulgación de la insignia entre los simpatizantes independentistas. Todos los casos aquí mencionados han sido distinguidos en el discurso historiográfico con disímiles apologías y glorificaciones, en pos de acentuar la relación entre la mujer independentista y la bandera nacional como un vínculo lógico, casi natural, mitificado y ensalzado continuamente.
Pero el hecho que definió categóricamente el mito de la abanderada fue el protagonizado por Candelaria Figueredo, días después de comenzada la Guerra de 1868. Con ella se llega al modelo absoluto y concluyente de la abanderada mambisa. Cuando Bayamo fue tomada por los mambises, la procesión cívica que entró en la ciudad fue encabezada por la hija de Perucho Figueredo quien, vestida con un traje de abanderada, guía el desfile. Gay-Galbó nos narra la escena del 17 de octubre en la que Candelaria Figueredo es elegida abanderada de la División de Bayamo:
Ese día, 17 de octubre de 1868, llegó una parte de los futuros legionarios. Venía entre ellos "un distinguido joven camagüeyano llamado Joaquín Agüero". Este declaró:
-Para que nuestro triunfo fuera más completo no nos hace falta más que una valiente cubana que sea nuestra abanderada.
-Mi hija Candelaria se atreve- fue la contestación del dueño de la finca
Todos la proclamaron en seguida Abanderada de la División Bayamesa, en medio de gran entusiasmo.
-Candelaria Figueredo, te proclamo solemnemente abanderada de la División de Bayamo. Que sean tuyos el valor y la fortaleza para que nunca dejes caer de tus manos esta bandera.
Y entonces Figueredo dijo a su esposa:
-Vamos Isabel, es necesario hacer un traje a nuestra abanderada
La hermana mayor, Eulalia, se encargó de hacer el vestido, de amazona, blanco y con una banda tricolor y un gorro frigio punzó.
Así vestida, y en las manos la bandera, entró en Bayamo el día 18, al frente de aquella División mandada por su padre. [20]
El personaje de Candelaria Figueredo constituye el símbolo más conspicuo de la abanderada cubana y ha pasado a la historia con los nombres de "La abanderada de 1868" o "La abanderada de Bayamo"[21]. Su imagen se convirtió en el paradigma de la labor femenina en la Guerra: musa inspiradora, amazona que guía el ímpetu libertador de sus hombres, virgen cándida y virtuosa que sostiene con sus manos el símbolo de la Patria y el ideal libertador; su avituallamiento con una saya tricolor y el gorro frigio, símbolo galo-republicano de la libertad, determinó que, más allá del simple acto de porte del estandarte nacional, su acción se convirtiera en un hecho que fusionaba, a un nivel visual y simbólico, la figura femenina mambisa y la bandera. De aquí que el sentido trascendental de la bandera como símbolo de la nación se traslade por completo a la mujer que la porta. A partir de este acontecimiento quedó, profundamente incrustado en el imaginario colectivo, que la abanderada era la imagen misma de la Patria por la cual derramaban su sangre los mambises.
No por gusto, encontramos en la literatura alusiones poéticas al papel mítico de las bordadoras y abanderadas mambisas. Tenemos, por ejemplo, el poema La Bordadora (anexo I) de Enrique Hernández Miyares, quien glorificó en sus versos la labor de Inés Morrillo, la cual bordó la bandera que ondeó por primera vez en la región central de la Isla en el alzamiento de 1869 en el ingenio de El Cafetal. Otro poeta que consagró versos a la figura de la abanderada fue José Fornaris en las estrofas de La Abanderada de Baire. En ellas narró la historia de Lucila, participante en el combate entre Máximo Gómez y el oficial español Quiró, cerca de Baire en 1868 (anexo II). Estas líneas líricas demuestran cómo, progresivamente, la abanderada se mitifica y la mujer es continuamente ensalzada por su valentía, abnegación y devoción en la promoción, rescate, porte…o cualquier acción vinculada con la bandera. Incluso, es capaz de alcanzar grados militares por su arrojo en la defensa de la insignia. Tal es el caso de María Hidalgo Santana en la guerra del 95. Los archivos militares cubanos recogen la anécdota de la siguiente manera:
"En el combate de Jicarita (3.7.1896), al ver caer al oficial abanderado, tomó la bandera cubana y avanzó hasta el enemigo arengando a los cubanos al combate. Recibió siete heridas de bala que no lograron batirla. Después de esta acción fue conocida como la Heroína o la Abanderada de Jicarita y recibió el ascenso a teniente."[22]
Hasta el momento, ningún archivo histórico ha destacado la labor masculina en la promoción o porte de la bandera. Si bien hubo numerosos abanderados en las luchas independentistas cuyos nombres recoge la historia[23]estas narraciones no alcanzan la perspectiva épica que si logran las abanderadas. La lírica presente en las narraciones históricas de hechos simples, la creación de poemas elegíacos a las abanderadas, el paso a la historia de las mujeres por ser las bordadoras, divulgadoras o abanderadas mismas, demuestran que ocurrió un proceso intencionado de destacar la comunión simbólica entre la bandera nacional y la labor femenina en la guerra. La abanderada encarnó un modo nuevo de imaginar la mítica revolucionaria, en tanto su figura se incorporó a los perfiles simbólicos de carácter patriótico de la identidad nacional que surgían con la lucha separatista. El papel jugado por la élite ilustrada en este proceso fue fundamental. La necesidad misma de tener una abanderada que guíe las procesiones –como en el caso de Candelaria Figueredo- y su posterior glorificación en poemas apologéticos –véase la composición de Fornaris- y en la prosa histórica constituyen actos que denotan la premeditación de las elites criollas en la edificación de este discurso nacionalista. A la pléyade de héroes mambises, de batallas trascendentales…se suma la figura de la abanderada como otro personaje de carácter guerrero al cual se privilegia, más que su función bélica, su alcance metafórico como representación de la nación insular.
En este último aspecto resulta evidente el fuerte peso que jugó la concepción patriarcal de la cultura en la construcción del mito de la abanderada. Una vez finalizada la Guerra, e incluso durante su transcurso, se asistió a un proceso de ocultamiento del papel activo de las féminas en la guerra, como luchadores activas. Si bien las referencias a la labor femenina en la guerra aparecen en la literatura desde los inicios del proceso conspirativo, estas funcionan la mayoría de las veces como un telón de fondo, y no con un verdadero protagonismo, apunta la historiadora Elda Cento Gómez[24]En los relatos históricos se optó por acentuar los roles de musas inspiradoras, madres dolientes, esposas abnegadas e hijas sacrificadas, víctimas pasivas de la guerra. El historiador José Abreu Cardet se ha preguntado sobre la existencia de una perdurable "conspiración masculina", al considerar que "esta sociedad machista al construir sus leyendas situó a la mujer en un escalón muy bajo"[25]. La imagen de la mujer se privilegió por su condición de refugio, inspiración y apoyo espiritual para los hombres. De aquí que la épica gloriosa de las luchas se consagre a enaltecer la participación directa de los hombres y la figura femenina se relega a la representación abstracta de la Madre Patria, quien espera ansiosa por la libertad que solo sus hijos varones son capaces de proporcionarle. La labor de la abanderada se destaca como la gran hazaña de las mujeres en la guerra, pues este desempeño no resultaba amenazante para la hegemonía masculina de la cultura marcial, y porque se avenía muy bien con los propósitos de mitificación de la historia independentista. Es por ello que abundan las referencias historiográficas al desempeño de las mujeres cubanas en torno a la confección, promoción y porte de la enseña nacional. La labor fáctica de estas féminas se fue mitificando con el transcurso de los años, hasta que para finales del siglo XIX había adquirido dimensiones épicas que hasta la actualidad persisten.
El nacionalismo cubano del siglo XIX suscitó la aparición de nuevos discursos e imaginarios característicos de la nación insurgente. Las luchas libertadoras constituyeron la fuente más genuina y pródiga de las noveles imágenes fundacionales y autóctonas. La abanderada destaca como uno de los mitos que, aunque desprovista del carácter oficial de los símbolos nacionales, con mayor intencionalidad y fuerza se creó. En torno a la función de la mujer cubana en el bordado y porte de la bandera y su labor en la promoción del emblema entre los conspiradores independentistas se tejió todo un mito fundacional que ligaba la noción de Patria, bandera y mujer en un mismo cuerpo: la abanderada. Con ello el símbolo femenino de la Patria inicia su estructuración, en un proceso que conjugó el desempeño femenino en la guerra con el ánimo de mitificar la historia nacional. Además, al ser la bandera, por antonomasia, el símbolo de la nación republicana y moderna que se anhelaba fundar, la mujer que la porta, la abanderada, se incorpora a este significado simbólico, a la vez que intensifica y dignifica dicha trascendencia semántica con el carácter maternal que su feminidad le otorga. Es así como con la abanderada se llega a la definición exacta de la "Madre Patria".
Si bien en esta época no existe un sistema de representación de la abanderada en términos de imágenes táctiles y corpóreas, no cabe duda de que en el consciente colectivo de la cultura mambisa existía una evidente homologación entre la figura de la abanderada y la nación cubana.
Anexo I
La Bordadora[26]
I
Cuando se oyó el grito en Yara,
abandonando su hogar,
su esposo se fue a pelear,
el odio escrito en la cara.
Ella, joven como era,
llena de entusiasmo santo,
bordó una rica bandera,
en la que envuelto volviera,
¡muerto!, aquel que amara tanto.
II
El hijo heredó la fiera
ansia por la redención;
con fervorosa pasión,
ella bordó otra bandera.
¡Bandera que fue sudario
de aquel expedicionario
que, desplegándola al aire,
murió, mártir voluntario,
en un manigual de Baire!
III
En el antes dulce hogar,
la viuda infunde respeto
¡Cómo cuida de su nieto
que ha de saberse vengar!
Crece el niño, y ella espera
que atienda Dios su plegaria
- ¡verlo triunfar, o que muera!-
mientras borda otra bandera,
con la estrella solitaria.
Anexo II
La Abanderada de Baire[27]
Lucila la de alto talle,
y mirada refulgente,
distinguido continente
y modelada beldad...
es la altiva abanderada
del ejército de Baire,
que el pendón eleva al aire
anunciando libertad
(…)
Trábase rudo combate
con saña y terrible estruendo,
rojas balas despidiendo
el mortífero cañón.
Y Lucila... la primera
en las rilas... entusiasta
empuña gozosa el asta
del cubano pabellón.
(…)
Lucila, de muerte herida,
yerta y pálida la frente,
el pendón independiente
aún sostiene con valor
¡Victorial al fin el cubano
clama con sublime gloria
y moribunda... ¡Victoria!
Lucila a la par gritó.
Y envolviéndose en los pliegues
de la cubana bandera,
aun ¡victoria! clamó fiera
y exhaló un ¡ay! y murió.
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Autor:
Danislady Mazorra
[1] Iglesia Utset, Marial: Las metáforas del cambio en la vida cotidiana: Cuba 1898-1902. Ediciones Unión. La Habana, 2003. p. 19
[2] Guerra, Ramiro: “Difusión y afirmación del sentimiento nacional” en Social. La Habana. vol. IX, no. 11, noviembre 1924. p. 22
[3] Couceiro Rodríguez, Avelino Víctor: Conformación de la cultura independentista cubana. En http://www.revistacaliban.cu/articulo.php?q=Conformaci%F3n+de+la+cultura+independentista+cubana Consultado el 24 de agosto del 2011.
[4] Cairo, Ana: 20 de mayo ¿fecha gloriosa? Editorial ciencias Sociales. La Habana, 2002. p. 7
[5] En 1700 la Casa Borbónica toma el poder de la corona española. Con ello entraba en la península ibérica, de un modo directo, las ideas y reformas del Iluminismo francés. A partir de aquí la Metrópoli y, posteriormente, sus colonias, vivieron un intenso período de transformaciones político-económicas y socioculturales destinadas a eliminar los rezagos del sistema feudal. La apertura en el campo intelectual, jurídico, religioso y político que promulgaban las ideas racionalistas de la Ilustración calaron profundamente en el pensamiento y el comportamiento de la joven intelectualidad criolla de nuestro país.
[6] Valdés Estrella, Mercedes: Aurelia Castillo: ética y feminismo. Publicaciones Acuario, Centro Félix Varela, La Habana, 2008. p. 51
[7] Torres Cuevas, Eduardo: Los orígenes de la ciencia y conciencia cubana. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1997. p. 198.
[8] El sueño republicano implicaba: la erradicación total de la trata negrera, la abolición de la esclavitud, la inmigración de hombres blancos (preferentemente con alguna instrucción), la modernización acelerada de la producción económica, y el interés por estrategias educacionales públicas para elevar los niveles de escolaridad, como índice social. En Cairo, Ana: Ob. Cit. p. 8
[9] Iglesia Utset, Marial: Ob. Cit. p. 181
[10] En 1858 se publica en New York El Laúd del Desterrado, la primera antología poética separatista cubana, iniciativa de Pedro Santacilia que incluye desde Heredia y José Joaquín Palma hasta Miguel Teurbe Tolón y de la Guardia, José Agustín Quintero y Woodville, Juan Clemente Zenea y el propio Santacilia.
[11] Cfr. Cairo, Ana: Ob. Cit. pp. 9-10
[12] Iglesia Utset, Marial: Ob. Cit. loc. cit.
[13] Ferrer, Ada: “Writing the nation. Race, War and Redemption in the Prose of Independence 1886-1895”. En Insurgent Cuba. Race. Nation and Revolution, 1868-1898. p. 113 Apud. Iglesia Utset, Marial: Ob. Cit. loc. cit.
[14] Cfr. Gay-Galbó, Enrique: Los símbolos de la nación cubana; las banderas, los escudos y los himnos. Ediciones Boloña, La Habana, 1999.
[15] Iglesia Utset, Marial: Ob. Cit. pp. 184-185
[16] Couceiro Rodríguez, Avelino Víctor: Cultura independentista cubana. En torno a la cultura mambisa. En http://www.revistacaliban.cu/articulo.php?numero=9 Consultado el 24 de agosto del 2011.
[17] Apud. Cento Gómez, Elda E.: Las mujeres se fueron a la guerra: los roles asumidos. En http://www.revistacaliban.cu/articulos.php?numero=6 Consultado el 27 de abril del 2011.
[18] Cairo, Ana: Ob. Cit. p. 9
[19] Víctor Patricio de Landaluze la dibujó 17 veces en El Moro Musa y cinco en Juan Palomo, entre 1868 y 1869. En Cairo, Ana: “Emilia Casanova y la dignidad de la mujer cubana”. En Contracorriente, no 9, julio-septiembre de 1997. p. 14
[20] Apud. Gay-Galbó, Enrique: Ob. Cit. pp. 71-72.
[21] Caballero, Armando: La mujer en el 68. Editorial Gente Nueva, Ciudad de La Habana, 1978. p. 35
[22] Centro de Estudios Militares de las FAR: Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba. Ediciones Verde Olivo, La Habana, 2004. p. 193
[23] La costumbre marcial tradicional era que un soldado de la División fuese designado como oficial abanderado.
[24] Cento Gómez, Elda E.: Ob. Cit.
[25] Abreu, José: “La mujer ingenua y el cura perverso”. En El Historiador, VIII (2): 6, La Habana, 5 de noviembre de 2008. Apud. Cento Gómez, Elda E.: Ob. Cit.
[26] Perdomo, Omar (compilador): A la bandera cubana; antología poética. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2007. pp. 91-92
[27] Ibídem. pp. 78-79
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