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Las dependencias que sufre la sociedad como consecuencia de la burocracia judicial




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La esencia de Kafka - Monografias.com

La esencia de Kafka

Las dependencias que sufre la sociedad como consecuencia de la burocracia judicial

Octavio arrastraba sus dolidos pies por el pabellón carcelario. Más le dolía el alma. Tenía vergüenza de si mismo, aun siendo inocente. O es que acaso sus pequeños hijos podrían comprender la ausencia de su casa, se preguntaba. Sabía que la huella que deja marcado el inconsciente, cuando el hombre es niño, no se borra con razones, ni por toma de conciencia frente a un terapeuta. Lo sabía por intuición, no por comprobación alguna.

El encarcelado tenía treinta y cuatro años. Juanita, su hija mayor, ocho, y Perico, el pequeñín, solamente cuatro. Cuando Roxana, la muy amada madre de sus hijos, se los llevaba, esos días deseados por venir, pero aborrecidos cuando se extinguían por lo magro de su tiempo, no sabía si soñaba o si el encuentro era parte de su torturada realidad.

Ese domingo la apretó como siempre, a Roxana, y a sus pequeños los envolvió de besos, su cabeza volcada tras sus, para él, dulces espaldas, no fuera que ellos advirtieran sus incontenibles lágrimas. Los humanos aprendemos a partir del dolor. Octavio había aprendido a dejar de llorar frente a su mujer, a sonreírle a sus hijos. Pero ese domingo, cuando Juanita le preguntó, como si él pudiera saberlo, cuando volverían a estar juntos, para jugar en el patio, haciendo la ronda o tirándose almohadones, no pudo evitar que sus manos cubrieran su rostro. Estaba roto.

Un juez atropellado, irresponsable, ignorante de la dignidad humana y no tomando para nada en cuenta la Constitución del país, lo había condenado a Octavio a cumplir siete años de cárcel, al incurrir en un torpe error policial, que él no tuvo el tino de corregir, encontrándolo incurso en el delito reiterado de robo a punta de navaja. El juez había tomado en cuenta quien sabe que loca jurisprudencia y el clásico "dura lex est lex", a partir de una ley que en este caso no existía. Nada tuve que ver, Dios mío, con el punjismo de los malvivientes, se lo decía a si mismo, a su abogado, a ese juez que tenía orejeras y nunca lo supo escuchar. Solamente Roxana estaba convencida de la inocencia de su marido. Pero un derecho procesal estricto, nada que reprocharle por ello, no podía tomar en cuenta el testimonio de la cónyuge, porque le "comprendían las generales de la ley", rezaba el código del rito.

El cotorreo de los vecinos de una ciudad española, donde vivía el encarcelado y su familia, llegaba al fondo del alma de ese hombre vencido por la injusticia. Se trataba de un simple empleado bancario, con algunos antecedentes policiales sin importancia, pero que nunca había tocado un peso, de los tantos que habían pasado por sus manos. El cotorreo y la maledicencia era un clamor lejano que lo penetraba como torrente hirviente del infierno. Aunque él no lo oyera. No es necesario escuchar para saber el placer que siente la gente frente a la desgracia del prójimo. Ese infierno dantesco comprendía al teatro compuesto por sus compañeros bancarios. Cómo convencerlos de la verdad de su inocencia. Octavio tuvo que apelar al abogado del gremio bancario para su defensa. No tenía un abogado de confianza, porque nunca lo había necesitado. Así fue como un formal doctor Espinosa, aceptó ser su letrado. Tendría que gestionar un préstamo en su propio banco, porque el caso no era laboral, para atender los honorarios del abogado. En todo caso también tendría que lograr que su banco no lo despidiera. Despido que sería sin indemnización por existir causa justificada para disponerlo: cómo se puede premiar a un ladrón, mucho más por parte de una institución bancaria donde se maneja tanto dinero. Se trataba de otro juicio en ciernes, cuya discusión administrativa ya había comenzado. Hasta ahora habían sido buenos en su banco. Como la sentencia aun no estaba firme, no le habían suspendido sus sueldos, pero el abogado gremial no le daba certeza sobre el resultado. El doctor Espinosa le había hablado de que así funcionaba la burocracia. Le habló de un ogro burocrático que no tiene piedad. Octavio se despertaba de noche, frío y sudoroso, espantado por los ojos flamígeros de ese monstruo que él nunca había conocido.

Peor era cuando no se despertaba. Cuando soñaba con el ogro que se transformaba en un gato que le caminaba por su torso, que le rasgaba la camisa rayada de presidiario, presto a morderlo. En esos sueños de dolor levantaba los ojos, para evitar encontrarse con los del gato, entonces lo alcanzaba un rayo de luz, que entraba por entre las rejas de ese pabellón colectivo donde todos sus compañeros de prisión dormían. Octavio se dejaba hipnotizar por el encantamiento de la luminosidad que le llegaba, buscaba con su mirada el fanal de donde provenía: la fuente estaba representada por una señora con los ojos vendados que sostenía en una de sus manos una balanza, de platillos equilibrados: era la Justicia. Al despertar azorado, entre sudores, le parecía haberle escuchado a la estatua que los hombres no valen nada uno en relación con el otro, como si fueran una zapatilla.

Octavio recordaba las circunstancias que rodearon su detención. Un patrullero policial llegó por él a su casa, temprano, antes de haber salido para su trabajo. Le dijeron que estaba involucrado en unos asaltos: debía acompañarlos. La noticia lo dejó ahíto. Como Juanita ya estaba levantada escuchó lo que pasaba y se puso a llorar: aun sin entender comprendió todo. Mucho más cuando Roxana exclamó, fuera de sí, esto es un error, mi marido es un hombre incapaz de haber tomado para él un alfiler siquiera. Cuando la comisión policial lo entregó a Octavio al Oficial de turno, éste le dijo que una vecina, doña Josefa Martinez de Ortiz, había sido víctima de un robo a mano armada, por parte de un individuo que no podía ser otro, ella lo había reconocido, que el Señor Octavio Gutierrez, su vecino, empleado bancario, y había dado los datos domiciliarios. La denunciante manifestó que ella sabía que otra vecina también había sufrido un robo de iguales características: el ladrón amenazaba con un cuchillo. Pero la otra damnificada, sostuvo doña Josefa Martinez de Ortiz, era una mujer temerosa, tenía miedo a ese farsante de hombre, capaz de ser jefe de familía, empleado bancario, pero también un pungista de peligro. Cuando Octavio escuchó semejante relato no tuvo fuerzas ni para defenderse. Quedó perdido en un vacío existencial, una suerte de impotencia, la nada lo rodeaba como una serpiente que le chupaba la sangre.

Por supuesto que a instancias del Oficial a cargo del interrogatorio Octavio prestó declaración, negó balbuceando la veracidad de la denuncia y quedó detenido a disposición del juez competente. Eso le comunicaron a Roxana que esperaba noticias en la Seccional. De allí partió Roxana a su casa, con el corazón partido. Será posible, se preguntó. Entonces comenzó a sentir un revoloteo dentro de su cabeza, el zumbido de un extraño insecto, la duda le comenzó a horadar sus firmes convicciones acerca de quien y cómo era su marido. Es que el ogro burocrático es un tumor social que hace mal en silencio, oprime, priva de identidad a la gente, tanto a los servidores públicos como al tejido social a quien pretende servir. Se trata de una red que nos atrapa y despersonaliza, nos tensiona y puede terminar rompiendo hasta la unidad familiar.

El Juez de la causa también le tomó declaración a Octavio, bajo el secreto del sumario. Luego el condenado se enteró, por boca de su abogado defensor, de que, como consecuencia de la declaración testimonial de doña Josefa Martinez de Ortiz, también fue citada a declarar la otra vecina damnificada, descripta por aquella como una mujer temerosa y reticente. Sin embargo, feliz sorpresa, el doctor Espinosa le informó a Octavio que dicha vecina reticente, si bien confirmó que había sido objeto de un robo donde el ladrón actuaba a punta de navaja, dudó enfáticamente que el delincuente fuera Octavio, a partir de los datos fisonómicos que recordaba. Los testimonios de las damnificadas no eran concordantes: una aseveraba, la otra dudaba acerca de la individualización del caco.

Cosas de las actuaciones judiciales, el Juez de la causa indagó, procesó y finalmente condenó a prisión a Octavio, a partir solamente del testimonio de doña Josefa Martinez de Ortiz, sin tomar en cuenta que el testimonio de la vecina reticente en un primer momento, había sido inducida por la propia policía a declarar en contra del bancario. Tampoco se encontró nunca la referida navaja instrumental que utilizara el delincuente, según testimonio concordante ahora, de ambas víctimas. La noche del día en que Octavio fue notificado de su condena soñó con la estatua de la Justicia, la balanza estaba inclinada hacia uno de los lados. Despertó con gran dolor en el pecho, no era un infarto, simplemente una fuerte contractura muscular generada por el sentimiento de que con él se había cometido una injusticia.

Entonces comenzó para Octavio el tiempo de la vigilia. Prácticamente no dormía. El insomnio le consumía la vida, a él, que hasta entonces había sido un hombre prolijamente sano. Como dormir si tenía, no solamente que sufrir su falta de libertad, la convivencia bochornosa del pabellón con hombres pervertidos y resentidos, la indignación por la injusticia, sino lo incierto de su futuro, la falta de trabajo. Qué sería de sus pequeños hijos, el dolor y la impotencia de su querida Roxana, a quien no le sería posible hacerse cargo, ella sola, de todos los gastos para atender a la familia. Pasaba el tiempo sin novedad, por la largura del proceso. El desvelo se convirtió en un tiempo muerto para su vida, porque el descanso es el alimento que el animal humano necesita, también la fuente nutricia del equilibrio mental que nos hace libres, comprensivos y éticos. La noche sin sueño hacía que Octavio se desesperara cuando advirtió que ya llevaba en prisión tres años, y que también tuviera conciencia, angustiosa conciencia, de que aun faltaban otros cuatros años para salir de ese infierno. Pero como los tiempos muertos pueden convertirse en vida, a poco de que esa entropía vital, como la llaman los cibernetistas, se retroalimente hacia el pasado para lograr "mirar lo que no habíamos visto hasta ahora", a fin de poder superar los obstáculos o conflictos que nos impiden avanzar en nuestro destino, a Octavio le nació la ocurrencia de ponerse a estudiar derecho. Haber si de ese modo podía encontrar el punto de apoyo que proclamó Arquímedes de Siracusa si se quería mover el mundo, Octavio solamente deseaba poder moverse a si mismo, salir del fárrago de ese insoportable presente que no comprendía.

He aquí que Octavio también se entera, a partir de los informes que le brinda su formal abogado, que la policía ha detectado que se han producido en la ciudad otros robos de iguales características. Por supuesto que ello ha ocurrido con Octavio encarcelado. La policía en este caso identifica al nuevo ladrón que resulta ser Julio Bellagamba, alias "navajita", quien luego de detenido confiesa sus andanzas rateriles, entre ellas a doña Josefa Martinez de Ortiz, también a la vecina reticente. Entonces estoy salvado, exclamó con entusiasmo Octavio. ¡Recuperaré mi libertad! Se lo decía a Espinosa. aferrándolo del brazo. No se euforice aun Octavio, o es que se ha olvidado ya del ogro burocrático. El letrado era un hombre realista, sapiente de los absurdos avatares que genera la burocracia administrativa, también la judicial.

Los días pasaban y Octavio no recibía noticias nuevas de su letrado. Preguntarle a una autoridad del presidio era absurdo, capaz que la respuesta fuera que recibiera una sanción por insolente. Pedir ser entrevistado por el Juez de la causa o por el Secretario judicial, o por algún empleado del Tribunal que pudiera saber algo, era tan impertinente como lo otro. Pedirle a Espinosa que interpusiera una solicitud judicial eficiente. Octavio había escuchado que había una acción constitucional llamada algo así como "habeas data", para saber si la policía le había comunicado al Juez de la causa que se había descubierto al verdadero ladrón. Fue entonces cuando se lo sugirió a su mujer, en la primera visita que tuvo con ella, después de la reciente nueva. Le dijo a Roxana que lo visitara a Espinosa y, respetuosamente, que se lo sugiriera.

No había más remedio para Octavio que esperar otros siete días para tener una devolución a su esperanzada pretensión. Pero no tuvo que esperar tanto, a las cuarenta y ocho horas apareció su abogado, visiblemente alterado. Cómo se le ocurre, le dijo, que yo voy a presionar judicialmente ante la propia Justicia. Es que no sabe que también es una corporación que se auto protege ante la posibilidad de que se pongan en evidencia sus posibles errores, porque que los tienen, los tienen. Es natural, todos podemos cometer errores. Además, Usted no puede ignorar que los abogados tenemos mucho cuidado de molestar a los tribunales con ese tipo de presentaciones. Iré antes a la policía para averiguar si ya han enviado las nuevas evidencias al Juzgado que intervino en la causa y que lo condenó. Lo cierto es que, cuando en la policía me informaron de la aparición del verdadero responsable, también de la declaración rectificatoria de Doña Josefa Martinez de Ortiz, quien había reconocido a "navajita" como su verdadero ladrón, no les pregunté cuanto tiempo hacía de esto. Que torpe soy, le confesó Espinosa a su defendido.

Octavio había comprendido que el ogro burocrático era una red que capturaba conductas por ambos lados de los mostradores de tribunales. Una madeja que iba creciendo cumpliendo la ley de Parkinson, ese sociólogo de la organización burocrática, se lo adelantó un compañero de estudios, cuando se encontraron en una clase de sociología. Octavio tenía permiso carcelario para concurrir a clases con custodia policial. Siempre entre rejas dentro del camión policial. Solamente dentro del aula de la universidad respiraba ese soplo de libertad que genera un centro de estudios. Y ese compañero, que se llamaba Matías, le explicó que el descubrimiento que realizó Parkinson fue la impotencia de toda "administración" cuando programa reducir su tamaño, a veces despidiendo empleados, otra reuniendo oficinas. Lo cierto era que el tumor burocrático no dejaba nunca de crecer. De ese modo se enteró Octavio que un pensador de comienzos del siglo XX, llamado Max Weber, había calificado a la burocracia como un sistema de dominación. El diagnóstico del gran pensador era correctísimo, reiterado en el tiempo por todos los grandes sociólogos que lo sucedieron, pero el gran hombre se quedó con su preciso diagnóstico, no encontró el remedio para el tremendo mal que han sufrido todas las organizaciones sociales a lo largo del mundo.

Mientras iba y volvía Octavio en el enrejado camión que lo transportaba de la prisión al aula, luego del aula a la prisión, se preguntaba ¿Cómo pretendo yo, a partir de mi pequeñez humana e intelectual, romper la maya burocrática que me oprime? Entendió claramente la razón de ser de ese sueño con la estatua portante de la balanza que simboliza la Justicia. Comprendió porque una vez la soñó inclinada. En su caso estaba claro que pesaba más la balanza donde estaban los obstáculos administrativos, que la otra, donde lucían los diamantinos de la argumentación jurídica. Matías, su compañero de estudio, que lo aventajaba en antigüedad en la carrera, había dejado colgada sociología para más adelante, por eso su encuentro con el apremiado Octavio, que eligió cursar sociología después de haber aprobado una obligatoria primera asignatura, como lo era la clásica "Introducción al Derecho". Los diálogos del encarcelado con Matías eran ricos en información para Octavio. No olvides nunca, le repetía Matías, que "justicia tardía no es justicia". Ese apotegma acompañaba al atribulado empleado bancario, desde que comprendió su significado y verificó la plena verdad de su contenido.

El estudio a Octavio le había despertado una capacidad especulativa ajena a su cotidiana vida. Ahora miraba cosas que antes nunca miraba. Buscaba permanentemente el otro lado de las cosas. Se descubrió como un incipiente filósofo, hambriento de verdad, de la real no de la aparente. Cuando en una clase de derecho procesal el profesor le dijo que el proceso judicial se encontraba maculado por los llamados "tiempos muertos del proceso", que dilatan los juicios, muchas veces hasta hacerlos morir por prescripción, es decir por el paso del tiempo, entonces Octavio comprendió que también su pretensión de justicia podía morir, enmarañada la argumentación de su abogado por los largos trámites que debían sustanciarse para lograr resultados aparentemente simples.

Eso pensaba Octavio cuando le comunicaron la nueva visita de su letrado. Lo recibió con una mirada fría, llena de escepticismo, como si ya supiera que iba a volver a escuchar la sanata argumental de siempre. No corresponde Octavio, que vamos a hacerle. Solo apelan a la dureza y frialdad de la ley escrita. El condenado por hechos que no había realizado lo saludó con un "ola", como diciéndole, estoy preparado para lo mismo. Por cierto que no se equivocó, aunque el informe abogadil superó su apresurada imaginación. He aquí lo que escuchó:

-Mire Octavio, me he enterado en la policía, que se han olvidado de comunicarle los nuevos hechos, la retractación de doña Josefa Martínez de Ortiz, al Juez que lo tiene condenado a esta prisión inicua. El comisario esta muy consternado. "Que hipócrita, pensó para si Octavio: que le puede importar si sus olvidos deben ser tan frecuentes. No creo que piense que lo vayan a sancionar por ello". –Y Usted que ha hecho- le espetó Octavio, transformando su frialdad en una suerte de protesta. Pues reclamé con energía la reparación de tamaña omisión administrativa por parte de la institución policial. No me pida que haga la denuncia a la superioridad del comisario, porque yo vivo de esto, me comprende- Octavio comprendía todo y mucho más, pero todavía no se había enterado del final de la historia, que era la historia del único drama que había sufrido en su corta, pero ya eterna vida.

Concretamente, Espinosa, qué hizo la Comisaría, fue la inmediata pregunta que hizo Octavio. Estaba arto de preguntas, perdido por falta de al menos una respuesta que lo gratificara. -Me prometieron enviarle al Juez los nuevos hechos, de inmediato, hoy mismo, porque recién hoy pude tener una audiencia con el Comisario- Los demás oficiales se lavaban las manos. No querían dar la cara. El Comisario estaba siempre ausente, ocupándose de otros casos, claro, más importantes que el caso de un vulgar raterito de a navaja.

-¿Ya pasó por el Juzgado de ese cabrón que me tiene preso siendo inocente? ¿O es que se la cree que en el tribunal no sabían nada de eso del olvido policial? Yo estoy seguro, escupió el artazgo de Octavio, que saben lo de la retractación de Doña Josefa Martínez de Ortiz, lo del descubrimiento del verdadero ladrón, también que sus últimos robos se han producido después de estar yo detenido, seguramente antes de haberme condenado.

La argumentación del joven empleado bancario, limpio e inmaculado en su foja de servicios, padre de dos hijos a quienes adora, esposo de una adorable mujer a quien tiene presente todos los días de su calvario, le nació con una espontaneidad y firmeza que lo sorprendió a él mismo. Las aulas universitarias lo habían hecho crecer en saber y en solvencia humana. Tenía clarísimo que los llamados "tiempos muertos del proceso" eran la muerte de los derechos. Tantos "tratados sobre derecho humanos", acumulados en todas las bibliotecas del mundo, decorando nuestra civilización después del holocausto que generó el genocidio producido durante la Segunda Gran Guerra, tanta letra honrada por la política y tanta muerte de los derechos, no denunciada. Un ogro burocrático que se comía cotidianamente el goce práctico de los derechos. Octavio pensó para si mismo: ¿estará en trámite un tratado internacional sobre la lucha contra el flagelo que produce la dominación burocrática?

El abogado Espinosa estaba sorprendido por la nueva personalidad que se había despertado en Octavio. Entonces tuvo la prudencia de ser más cauto. Los abogados son, en potencia, dirigentes políticos, y todo dirigente tiene que tener cautela, para que el barco social no termine capotando, también para no perder las próximas elecciones como consecuencia de haberse comportado con imprudencia.

-Pero claro Octavio-, fue la respuesta de un letrado prudente a un defendido que ya no hablaba por sus sentimientos, que no era un simple personaje estólido, sino un luchador a partir de una línea argumental filosa. Cuanta sorpresa había despertado en Espinosa escuchar la consistente argumentación de su defendido denunciando a la burocracia. -"Estuve de inmediato en el Juzgado y me dijeron que la comunicación policial recién había ingresado, que debería pedir vista de la misma, que él sabía perfectamente que reabrir un juicio no "era soplar y hacer botellas"-. Notable erudición histórica la del oficial que atendió al letrado. Era muy bueno que don José de San Martín fuera un padre de la patria actuante, también en el pensamiento viviente de un simple funcionario judicial.

-"Hay que esperar, Octavio, hay que esperar. Nada es fácil en un proceso penal que no está gobernado por la pura y exclusiva oralidad. Todo hay que pedirlo por escrito, vista al Fiscal, y si perdemos la revisión debemos ir en apelación a la Segunda instancia"-

Entonces tendré que esperar otros tres años, al menos, argumentó Octavio, no sin cierta ironía. No tanto pesimismo, fue la respuesta del abogado. -¿Cuanto tiempo entonces?- retrucó el detenido. No lo se, no puedo ser mago, se le escuchó contestar a un abogado vencido por la conchuda forma de expresarse de su defendido. Para quienes no son afectos a la lectura del Diccionario del Real Academia Española de la Lengua, les recordamos que la segunda acepción de "conchudo/a" es "astuto, cauteloso, zagás". Una buena oportunidad para culturalizarnos, sin producir escándalo. Mucho más escandaloso, por cierto, en el supuesto de que no existiera esa segunda acepción lexicográfica, es lo que le estaba pasando a nuestro inocente y dolido Octavio.

Mientras pasaba el tiempo inexorable del nuevo trámite judicial de revisión de la sentencia condenatoria de Octavio, claramente inocente frente al nuevo testimonio de la única testigo que lo había sindicado como el autor del robo a punta de navaja, no otra que Doña Josefa Martínez de Ortiz, quien ahora había reconocido al verdadero autor navajiento que le había robado, circunstancia ratificada por la otra testigo, una reticente que había dejado de serlo, mientras ese tiempo pasaba como si tal para Octavio, éste seguía sus estudios, de la mano gentil de su compañero Matías. Te encuentro obsesionado Octavio, le decía Matías, no por aprender derecho, sino los hechos que obstaculizan la vida del derecho. Claro que sí, le respondía su compañero presidiario, quiero desatar el nudo que esgrime el ogro burocrático para convertirse en una dominación insufrible. Quiero que ello salga a la luz, porque nadie lo sabe. La ignorancia es la que gobierna la vida de los pueblos ignorantes, y nosotros somos un claro ejemplo de ello.

El diálogo entre los nuevos amigos se prolongaba esclarecedor. Con cárcel y sin cárcel, nada importaba, ya eran iguales. La hermandad del aula universitaria que iguala a todos, a pobres y a ricos, a judíos, católicos, protestantes y a musulmanes, también a los budistas con los ateos, a todos ellos entre si, claro está. Y ese dialogo ensanchaba el saber de los amigos, Matías lo introducía a Octavio en lecturas sociológicas y pedagógicas, insólitamente nuevas para el encarcelado, éste le hablaba de contaduría, de elementos matemáticos ignorados por uno hombre ducho en ciencias sociales, como lo era Matías. De ese diálogo surgió el debate introductorio al pensamiento del gran pedagogo brasileño Paulo Freire. Octavio se deslumbró con el descubrimiento. El brasileño había escrito una "Pedagogía del oprimido" que, de sólo escuchar el título de la obra le daba escalofríos. Octavio era un hombre recto en búsqueda de justicia, pero no un mentor de ideas revolucionarias, de corte marxista. Matías, en cambio, se dejaba seducir por el canto de sirena del gran Paulo, y se esmeraba en convencer a Octavio que Freire, en ese libro, no hacía daño alguno, sino que, al igual que el injustamente condenado, no hacía otra cosa que ir a la búsqueda de la justicia, de la justicia social, en su caso.

En la mirada de Octavio reinaba el escepticismo. Entonces Matías cambiaba el argumento y le leía el texto de "La educación como práctica de la libertad", la obra pedagógica fundamental de Paulo Freire, no la ideológica. Cuando Octavio escucho ese título tan preñado de significado, tan amplio en su vocación humana, tan compatibilizador del liberalismo como del socialismo, vibró en sus fibras íntimas. Como Octavio se había convertido, en su cárcel forzosa, en un indagador de la verdad, como si fuera un filósofo, cuando escuchó que la "educación podía ser una práctica de la libertad", tomó conciencia que esa había sido la ignota búsqueda de toda su vida, que la injusta cárcel que estaba sufriendo había tenido por virtud convertir en vida misma lo que hasta ahora era ignoto. En la cárcel, se dio cuenta Octavio, había encontrado el modo de buscar la educación, su educación social, ahora Paulo Freire le enseñaba en su libro que la educación no es un saber bancario, una cuenta corriente como esas que él manejaba todos los días en su banco, sino una práctica de la libertad. Octavio ya la estaba practicando en el aula discutiéndole a los profesores, hablándole con firmeza a su abogado Espinosa. Las rejas ya habían comenzado a caer desde su intimidad, desde su condición de hombre. El ejercicio de esa libertad debía encender su discurso ante los jueces cuando lo citaran para resolver su pedido de revisión. Sueños de un hombre que no tomaba conciencia que su libertad interior no tenía porque haber penetrado el espíritu de unos tribunales de justicia gobernados por el lema "dura lex est lex", lo cual significaba que la ley dura es ley aunque sea injusta.

El filósofo y sociólogo bulgaro-frances Tzvetan Todorov, recuerda Octavio, es uno de los pensadores más influyentes de Europa. En su libro "El nuevo desorden mundial", Todorov divide el mundo en cuatro tipo de países: "los países del apetito", que no son los países hambrientos pero que tienen hambre de crecimiento a partir de la globalización: es el caso del Japón, de China, de India y del Brasil; los "países de la indecisión", que yo denominaría "países cuyos pueblos huyen de su condición de pobres", porque en ellos la gente emigra a la búsqueda de alimentos, es el caso de los turcos que invaden Alemania, de los marroquíes que invaden España, de los argelinos que invaden Francia; luego están los "países del resentimiento", porque se sienten perseguidos, como los musulmanes y los judíos, que curioso, los eternos enemigos; finalmente están "los países del miedo", que son los países ricos, como los Estados Unidos, Gran Bretaña, España, los centro europeos, que siendo ricos temen los ataques y atentados, que por cierto ya han tenido. La respuesta del miedo es la desvastación norteamericana de Irak y la ocupación militar de Afganistán, comandada por los Estados Unidos, para destruir a los comandos asesinos de Al Qaeda que se esconden en ese país, sin éxito alguno. Lo único que ha conseguido Estados Unidos es debilitar a Paquistan, el vecino de Afganistán, que baila al compás de la guerrilla suicida y del batallar norteamericano. También ha conseguido que los Gobiernos de los países de la OTAN convocados a intervenir en Afganistán, a instancias de Estados Unidos, cada vez reciban más criticas de sus pueblos y de los partidos políticos opositores.

La gran conclusión de Todorov es que "el miedo a los bárbaros" -que es el título de uno de sus libros- de debe llevar al miedoso (a Bush, digamos) a convertirse en un bárbaro. Eso le pasó a la dictadura militar argentina que gobernó entre 1976 y 1983. Esa Argentina que no entra en ninguno de los tipos de países señalados por Todorov: es rico en alimentos, pero millones de argentinos tienen hambre; por los argentinos ni sus gobiernos están buscando crear condiciones de desarrollo para salir de esa condición; no son los argentinos un pueblo que esté huyendo de su país hacia otras latitudes; tampoco tiene resentimiento con ningún país vecino; y si bien ha sufrido el ataque terrorista suicida en la basta comunidad judía que habita su territorio, no ha salido a hacer la guerra a nadie, de lo cual debemos felicitarnos.

Durante cuatro meses el abogado Espinosa no apareció por el penal. A Octavio nada le importó el hecho. Hubiera llorado de dolor si la ausente hubiera sido su mujer y si no hubiera podido besar periódicamente a sus hijos. Pero ese daño moral no le fue inflingido. Durante la semana Octavio sufría el bochorno del pabellón común, digamos que sus compañeros lo empezaron a respetar cuando se enteraron que, en realidad, Octavio no era uno de ellos. Los delincuentes pueden llegar a tener algún código no ganado por el sistema burocrático. Claro que si leemos las noticias que a diario salen en los diarios, sobre todo en los argentinos, en éste tiempo de violencia social irracional que nos gobierna, es posible que la última consideración no se ajuste a una realidad posible. Pero en el caso de Octavio así fue, determinante reparadora de aquello que la racionalidad social humana no había podido constituir.

A los cuatro meses apareció Espinosa, ceñudo su panorama visual, cauto, conociendo la gravedad de su informe, presumiendo la justificada reacción que generaría en Octavio. El Juez de la causa, el que había firmado la referida condena del empleado bancario, recibió el informe según el cual un tal "navajita Bellagamba" había sido condenado por múltiples delitos, usando navaja, muchos de ellos ocurridos durante la misma época que determinó la condena de Octavio. El informe al Juez agregaba que Doña Josefa Martínez de Ortiz había modificado ante la policía su anterior declaración, sosteniendo que se había confundido porque ambos hombres tenían marcas de granos en la cara, pero que a la vista y reconocimiento de "navajita", se daba clara cuenta que se había equivocado. El Juez interviniente, el mismo que había condenado a Octavio con el único fundamento del testimonio de Doña Josefa Martínez de Ortiz, dijo que no podía revocar su decisión porque "la aparición de los nuevos papeles era tardía". Además sugirió que el condenado debía probar que efectivamente no era el autor del hecho. Una clara inversión de la carga de la prueba, impropia en un juicio penal. El disparate mayor de la Justicia fue que el Juez ordenó el procesamiento de Doña Josefa Martínez de Ortiz por falso testimonio, dado que había producido dos testimonios contradictorios, pero ello no alcanzaba para librar de responsabilidad a Octavio. Semejante disparate tuvo que referirle el letrado Espinosa a su defendido. Le dijo además, ¿para alentarlo? que había interpuesto recurso de apelación ante la Cámara del Fuero. Octavio lo miraba sin mirarlo, estaba pensando en la "educación como práctica de la libertad", y cómo hacer para lograr practicar con más intensidad la libertad entre rejas.

Demás esta decir que no le importaba a Octavio saber como resolvió la cuestión la Segunda Instancia o el Tribunal Supremo del país donde operó, del modo que relatamos, el ogro burocrático. En el supuesto de que esos tribunales hubieran hecho "justicia", la injusticia ya estaba consumada, por virtud de la operatoria de la maldita dominación burocrática: error policial al no remitir los nuevos testimonios de inmediato al Tribunal interviniente; error judicial al aplicar dogmas de efectos claramente inconstitucionales. En rigor, que le importó a ese Juez la Constitución, lo cierto es que la ley Fundamental estaba muerta por no ser aplicada. Los tiempos muertos del proceso se convirtieron en la el tiempo muerto de la Constitución, Tiempo muerto para la Ley Suprema de cualquier país del mundo.

Lo concreto es que Octavio tuvo que entregarse a su fatal destino. Dejar que el tiempo pasare frente a la indiferencia del aparato burocrático que lo llevó, sin razón, a la cárcel. Su abogado Espinosa, cuando leyó la sentencia desestimatoria, lo visitó en esa prisión obligatoria que le había obsequiado la sociedad y la Justicia de su país, cumpliendo el rito de todo abogado: asistir espiritualmente al condenado leyéndole formalmente la pieza judicial. Apelaremos, le dijo. Octavio lo miró perplejo y se acordó que el día anterior había leído que Albert Einstein sostuvo una vez que "Solo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y no estoy tan seguro de la primera". Ahora Octavio sí estaba seguro de la segunda, luego de escuchar el tonto mensaje que acababa de enviarle su defensor.

No será mejor intentar que nuestro Presidente se apiade de mi, le preguntó el prisionero a Espinosa: recuerdo haber estudiado en un libro sobre Introducción al Derecho, que nuestra Constitución lo autoriza a indultar a quienes hayan sido condenados a una pena, cuando la misma resulta injusta o inicua, sostiene la jurisprudencia. Para eso se precisan amigos políticos, fue la respuesta del lavamanos, no otro que el formal abogado. No tengo amigos políticos, reconoció Octavio. Pero podríamos acudir a la prensa, agregó, o lo que me ha ocurrido no es escandaloso ¿Usted piensa que la opinión pública se reirá de mi?

Espinosa consideró que ya había cumplido con su deber hasta el artazgo. Era demasiado seguirle dedicando tiempo a alguien con tan mala suerte. Saludó respetuosamente y se retiró.

Era evidente para Octavio que la cuestión en su causa eran los hechos nuevos llevados a juicio por su abogado, es decir la rectificación de la testigo de cargo. "Como los papeles nuevos no le habían llegado al tribunal inferior", no llamándola a declarar nuevamente, los Tribunales intervinientes se quedaron tranquilos, aunque sus miembros hayan dudado sobre si en el caso la Justicia no estaría cometiendo una injusticia. Cuando a Cristo Pilatos le preguntó ¿qué es la Justicia? el nazareno bajó la cabeza y guardó silencio. Tampoco tuvieron en cuenta que la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su art. 11 consagra el principio de la duda a favor del reo, y que lo mismo hace la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea. Decidir mirando el pasado, y no la variedad cambiante que genera cada caso, no es propio de ningún tribunal de Justicia. Octavio estaba exultante con su decisión de estudiar abogacía. También se había enterado que el gran jurista y politólogo español Manuel García Pelayo, que había sido el primer Presidente del Tribunal Constitucional español, ya fallecido, era recordado por mucha gente, frente a este caso, como diciendo: "si vos Manuel hubieras estado, tamaña decisión no su hubiera tomado". Y no había dejado de enterarse que el filósofo político italiano Luigi Ferrajoli, admirado por unos, denostado por otros, en su libro "Derecho y razón", pone en evidencia que un fallo que carece de razones, nunca puede ser una sentencia justa.

Si no hubiera sido por sus viajes a la Universidad y a la amistad con esa estupenda persona que encontró en Matías, la vida de Octavio en la cárcel tendría sentido, solamente, para dar satisfacción a la espera semanal del reencuentro con su querida familia. Pero el estudio le dio una proyección distinta al sentido de su vida. Ahora Octavio aprendía del dolor, se preparaba para salir en libertad, dentro de cuatro años, aun joven, pero hecho otra persona. Decidió entregar el resto de sus años útiles a exterminar el ogro burocrático. Para eso lo consultó nuevamente a Matías y este le dijo que debía solicitar que la Universidad le nombrase un tutor de una investigación científica. Que definiera el tema, hiciera un boceto de su proyecto, para de ese modo comenzar a construir esa maravillosa "Catedral" que se había propuesto. Octavio abrazó a Matías como no había hecho jamás con ningún amigo: entonces pudo llorar sobre su hombro, pero no de dolor, sino de alegría, había encontrado al portador de la linterna -¡Oh Diógenes bendito, cuanto te comprendo!- Se dijo.

Tendrás que solicitar una audiencia con el Secretario Académico de la Universidad, se apresuró a deslizarle a Octavio su amigo. Tendrás que ayudarme, Matías, porque el custodio que me está esperando no tiene otra orden que llevarme de vuelta al presidio. Tendrás que presentar una nota formal al menos, le observó Matías, no olvides que el tejido de la burocracia es nuestro vestido natural. Conseguime una hoja de papel y haré la nota, fue la respuesta esperanzada de Octavio.

Así comenzó a diseñarse el camino del nuevo futuro del bancario Octavio Gutiérrez, un prisionero de la incenzatés humana, esa partera de la historia cuando se encuentra con hombres decididos a luchar por el derecho en serio. "La lucha por el derecho" era otro libro que tenía presente el precoz investigador encarcelado: lo había escrito Ihering, un alemán con espíritu de revolucionario.

No le fue fácil a Octavio conseguir que lo aceptaran como investigador, siendo un condenado y, además, un recién iniciado en sus estudios. Pero la Universidad fue la justiciera que compensó la mala praxis que generara el ogro burocrático en el empleado bancario. El director de tesis resultó un especialista en organización del trabajo, un investigador que había profundizado la brillante labor pedagógica social cumplida en los talleres de trabajo japoneses, en el Japón que siguió al holocausto nuclear de 1945. Se trataba de un matemático con rostro y sentimientos humanos, del mismo linaje del pionero Edward Deming, el padre de la gestión de calidad en el mundo. Roberto Bolaños fue el tutor que lo condujo por ese apasionante camino, por el desafío desburocratizador. Matías fue el testigo permanente del crecimiento teórico y práctico de esa vocación nacida sin abortar, con cesarea, cantarina vos en el desierto de la indiferencia.

El trabajo investigativo de Octavio fue de campo, apegado permanentemente a verificaciones empíricas, a la manera de Mario Bunge. También sus estudios estaban imbuidos de una visión interdisciplinaria, ajena, por lo regular, en los estudios del derecho. El trajín cotidiano lo llevó a detenerse en el surrealismo que hundía a los ciudadanos cuando ellos no tenían más remedio que realizar trámites en la Administración. Octavio se enteró que tanto en América Latina, como en Egipto o en Miami, también en Europa, los torcidos vericuetos de la burocracia eran universales, producto de una estupidez incomparable. Su lucha era hacer desaparecer esa estupidez.

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