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Historia de la Iglesia: un breve resumen

Enviado por Agustin Fabra



  1. Presentación
  2. La Iglesia primitiva
  3. El edicto de Milán
  4. Del siglo XII al siglo XV
  5. Del siglo XVI al siglo XIX
  6. El siglo XX

Presentación

El presente es un estudio generalizado sobre la historia de la Iglesia desde su inicio, cuyo objetivo es dar un enfoque breve, aunque lo más amplio posible dentro de dicha brevedad histórica, sobre las vicisitudes históricas a través de los siglos, desde su fundación en los primeros albores del cristianismo hasta finales del siglo XX.

La Iglesia primitiva

Desde un punto de vista teológico, la Iglesia fue fundada el primer Viernes Santo, aunque en realidad no se fundó en un solo acto, sino paso a paso. El proceso fundacional empieza ya cuando Cristo llamó a los apóstoles, prosigue con la designación de pedro como piedra fundamental de la Iglesia, sigue con la instauración de los sacramentos, y llega a su consumación cuando los apóstoles, después de la Resurrección, empiezan a poner en marcha los mandatos del Maestro.

A partir de la época apostólica observamos como el mapa se va llenando con los nombres de nuevas comunidades de fieles, hasta que a finales del siglo III apenas queda en todo el Imperio Romano una sola ciudad importante en la que no se encuentren cristianos.

Como es lógico, en toda nueva corriente aparecen, además de los favorecedores, los inconformes y los detractores. Así ocurrió en el siglo I con los gnósticos que, en lugar de ser una secta separada del cristianismo, era una corriente espiritual dentro de la Iglesia, quienes tenían la penosa impresión de que el cristianismo era demasiado superficial y simplista, en lugar de considerarla como realmente era: un complejo de verdades inmutables y reveladas. Ellos prefirieron elaborar su propia filosofía, adecuándola a lo que los gnósticos llaman un conocimiento más profundo. Los predicadores gnósticos fueron excomulgados por los primeros papas, y el movimiento perdió impulso definitivamente en el siglo III gracias a la demostración de que la doctrina cristiana era de carácter revelado.

Pero el primer cisma grave de la iglesia primitiva acaeció después de la muerte del Papa Ceferino en el año 217, siendo su promotor Hipólito, quien estaba considerado como el mejor teólogo de la iglesia cristiana de aquella época.

El Papa Calixto invitó a Hipólito a justificarse sobre un punto doctrinal y, al negarse a ello, fue excomulgado. Hipólito entonces organizó una comunidad rival y acusó al papado de relajación moral. El cisma siguió después del martirio del papa Calixto y continuó bajo el papado de sus sucesores, Urbano y Ponciano. Al fin Hipólito se reconcilió con el Papa Ponciano en el año 235 a raíz del destierro de ambos a Cerdeña, ordenado por el emperador romano Maximino el Tracio, motivado precisamente por la pugna entre ambos personajes.

Los tres primeros siglos de la historia de la Iglesia reciben a menudo el nombre de época de las persecuciones y también el de época de los mártires. Así como hasta el siglo III las persecuciones eran individuales, al igual que las sentencias, en el siglo III son los emperadores quienes desencadenaron persecuciones en masa para aplacar así los sentimientos hostiles del pueblo.

Las principales persecuciones dentro del siglo III fueron ordenadas por los propios gobernantes, tales como Séptimo Severo (202) prohibiendo conversiones al cristianismo, Máximo el Tracio (235) contra los obispos, Decio (250) contra los sospechosos de ser cristianos, y Valeriano (258) contra los obispos y toda reunión cristiana.

El caso de Diocleciano fue muy curioso, puesto que después de permitir por más de cuarenta años la propagación del cristianismo, se dejó convencer en el 303 por el emperador romano Galerio para iniciar una gran persecución. Sin embargo en el 311, antes de su muerte, el propio Galerio ordenó suspender la persecución y devolver los bienes confiscados a la iglesia cristiana. De hecho, cuando Constantino subió al trono del Imperio Occidental después de la división del Imperio Romano en Oriente y occidente a finales del siglo III, la persecución ya había finalizado.

Lo que sí hizo Constantino fue imprimir un giro a la política imperial en el sentido de hacerla favorable a los cristianos, y de conceder a la Iglesia su privilegiada situación dentro del Imperio, lo cual excluyó para siempre toda posibilidad de que resucitaran las leyes de persecución. Esto realmente es lo que convierte a Constantino en el verdadero liberador de la Iglesia.

Poco después de emitir el edicto favorable a los cristianos, Galerio murió y su sucesor, Licinio, quien gobernaba el imperio oriental, lo menospreció y continuó la persecución en sus dominios. Al contrario hizo Constantino, quien veló para que en el Imperio Occidental los cristianos gozaran de libertad absoluta de culto.

De esta forma ocurrió que mientras en el Imperio Occidental florecía el cristianismo, en el Imperio Oriental proseguían las persecuciones contra los cristianos.

El edicto de Milán

En el año 313, Constantino se reunió en Milán con el emperador Licinio. Por medio de lo que se conoce como el "Edicto de Milán" ambos se pusieron de acuerdo para extender la libertad religiosa a todo el Imperio. Sus conclusiones fueron publicadas en todo el Imperio y reñían el carácter de una declaración de libertad religiosa, tanto para los cristianos como para los paganos.

Pero Licinio traicionó su palabra y de nuevo persiguió a la Iglesia dentro de sus dominios orientales. Por ello Constantino le declaró la guerra y le venció en el año 323, uniendo así el Imperio bajo un solo emperador. Después de esta victoria Constantino se declaró cristiano y expresó su deseo de que todos sus súbditos se convirtieran al cristianismo.

En esta época la religión no era una opción demasiado personal; lo normal era que el súbdito siguiera la religión de su emperador, por lo cual hubo miles de bautizados, pero sin una conversión auténtica y profunda, sin convicción ni compromiso. Ello originó que la Iglesia se viera inundada por una gran masa sin formación, cuyo gran número debilitó la vida intensa que había tenido la Iglesia; restó compromiso a los cristianos y dio la idea de que ser cristiano era sólo practicar algunos actos y ritos religiosos, preocupándose más por cuestiones externas, tales como ritos, leyes, templos, etc., pero sin ninguna convicción íntima y espiritual.

Esta nueva situación empezó a elevar la escala de posiciones dentro de la Iglesia, por lo que el Papa llegó a ser una especie de emperador espiritual, mientras que Constantino era el emperador terrenal. Esta dualidad de emperadores planteó el problema de la relación iglesia-estado ya que había que dirimir a quién le correspondía la autoridad, y quién debía estar sujeto al otro.

En la misma época surgieron varias herejías, o sea, doctrinas erróneas, tales como el arrianismo, que negaba la divinidad de Jesús; el monofisismo, que negaba que en Jesús pudieran coexistir dos naturalezas, la humana y la divina; y el monotelismo, que negaba que en Jesús pudiera haber dos voluntades, la humana y la divina.

Estas herejías dieron al Emperador Constantino el motivo para involucrarse en los asuntos internos de la Iglesia, incluso en la propia doctrina, interesado ante todo por mantener la paz en la Iglesia. A tal fin convocó el Concilio de Nicea en el año 325 con el propósito de combatir el arrianismo, como consecuencia de lo cual Arrio y otros dos obispos libios fieles suyos fueron excomulgados. En este mismo Concilio se instituyó el Credo, aun cuando se amplió posteriormente en el primer Concilio de Constantinopla, en el año 381 de nuestra era.

A pesar del interés de Constantino por mantener incólume el espíritu del cristianismo, no deseaba regentar la Iglesia; era demasiada alta la opinión que de ella tenía y sólo quería ser su bienhechor.

Constantino murió el año 337 y le sucedió su hijo Constancio, más inclinado hacia el arrianismo que hacia el cristianismo. Constancio murió el 361 siendo sucedido por Juliano, quien promulgó una serie de disposiciones hostiles hacia los cristianos. Después de cortos períodos gobernados por sus sucesores, en el 379 el poder recayó finalmente en Teodosio, cristiano practicante y convencido, quien en el año 380 convocó el primer gran Concilio de Constantinopla, por medio del cual se erradicó definitivamente el arrianismo de los límites del Imperio, y se completó además el Credo de Nicea.

Pero también este Concilio provocó distanciamientos dentro de la Iglesia, algunos de ellos ya iniciados desde Nicea, como es el caso del monofisismo mencionado anteriormente. Este movimiento era ya fuerte en oriente, por eso cada condena por herejía significaba un mayor distanciamiento entre Oriente y Roma. El papa excomulgaba a un obispo, y éste excomulgaba al Papa. Y así se sucedían condenas, cárceles y destierros en ambos lados, según el emperador fuera monofisita o cristiano.

A fines del siglo V la mitad de Oriente era hereje (monofisita) y la otra mitad, aunque con la fe católica, era cismática; separada de Roma. Definitivamente Oriente estaba perdido para la Iglesia Católica romana. Sin embargo, en medio de toda esa confusión de teorías, teologías y luchas de poder, floreció la vida monacal, que ya había iniciado su caminata a finales del siglo IV.

También destacan de manera admirable los Santos Padres de la Iglesia, cuyas enseñanzas difícilmente podrán ser superadas. Su labor consistió principalmente en explicar el pensamiento cristiano con un lenguaje exacto y científico, que redujera la posibilidad de errores de interpretación. Podemos mencionar entre ellos a San Atanasio, San Juan Crisóstomo, San Ambrosio, San Jerónimo y San Agustín. Los grandes Padres de la Iglesia crearon una nueva cultura, transformando orgánicamente la milenaria cultura clásica en cultura cristiana.

Pero la Iglesia iba a empezar a sumergirse en un tenebroso túnel a causa del proceso conocido como la invasión de los bárbaros. Eran pueblos nómadas, caracterizados por su falta de cultura y por su salvajismo. A ellos se debe la desmembración del Imperio en miles de Principados y jurisdicciones. Con ello la Iglesia, que había sido eminentemente urbana, debía volverse rural e iniciar su inserción en el mundo occidental.

Pero mientras tanto, los concilios se sucedían. En el año 431 se convocó el Concilio de Éfeso, donde se confirmó que María es la Madre de Dios y no solo de Jesucristo. En 451 se convocó el Concilio de Calcedonia en donde se decidió que Cristo es verdadero Dios y verdadero Hombre. En 553 se celebró el segundo Concilio de Constantinopla, de donde surgió la discutible condenación de autores cristológicos.

A partir del nacimiento del Islamismo, fundado por Mahoma, y su posterior expansión por medio de sus conquistas a partir del 662, el cristianismo perdió terreno, agravado ello por la división que ya existía entre la Iglesia Católica de habla latina y la Bizantina de habla griega.

El sexto concilio ecuménico, el tercero de Constantinopla, celebrado el año 680, dictó que Cristo tiene voluntad humana y libre, declarando como anatema al Patriarca Sergio y al Papa Honorio, ya entonces fallecidos. El año 787, en el segundo Concilio de Nicea, se aprobó el culto a las imágenes, dando fin con ello a la iconoclastia iniciada el 726 por el Emperador León III el Isáurico, quien prohibió el culto a las imágenes.

Cuando los francos expulsaron a los bárbaros, entregaron al Papa los territorios recuperados, con lo cual éste se convirtió también en emperador terrenal, además de serlo también espiritual. Ello trajo graves consecuencias para la vida de la Iglesia: surgió la aristocracia clerical. Esta situación se prolongó hasta que en navidad del 800 el Papa León III coronó como Emperador a Carlomagno y se sometió a él, mientras que el Emperador instituía como líder espiritual de sus dominios al Papa. Pero Carlomagno se guardó la prerrogativa de efectuar el nombramiento de obispos y del propio Papa. Fue un siglo lleno de escándalos, nepotismo, abusos de poder e incluso de asesinatos de papas.

El año 869 se celebró el cuarto Concilio de Constantinopla, donde se logró la deposición de Focio, patriarca de Constantinopla, declarando ilegítima la elección de Focio e instalando nuevamente en su trono al Patriarca Ignacio. En este mismo concilio se añadió la frase y del Hijo al Credo original, logrando con ello una ruptura entre la iglesia romana y la oriental, ya que estos últimos no aceptaban dicha ampliación al Credo de Nicea.

El problema del cismo resurgió nuevamente con el patriarca Miguel Cerulario, quien mandó cerrar las iglesias latinas de Constantinopla y expulsó a los monjes que no quisieron acomodarse al rito griego. Roma excomulgó al mismo tiempo a Cerulario en el año 1054, y este cisma prosigue actualmente. Desde entonces existe la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Griega Ortodoxa.

Sin embargo en todo este período de relajación surge una corriente reformista que empieza a buscar la conversión de la curia romana y la renovación espiritual de toda la Iglesia. Ello surgió principalmente de entre los monjes de la Abadía de Cluny, quienes apoyaban al Papa. Ellos lucharon contra la usurpación de las funciones eclesiásticas por parte de los laicos, el mal ejemplo de vida de los sacerdotes, y la compra de cargos religiosos.

En 1059 se promulgó una ley según la cual el Papa sería elegido solamente por los cardenales. El impulsor de estas reformas fue el monje Hildebrando, quien después fue elegido Papa con el nombre de Gregorio VII.

Del siglo XII al siglo XV

Si algo nos permite medir la distancia que nos separa espiritualmente de la Edad media son las Cruzadas. Aun cuando el fin era el de la reconquista de los lugares santos en manos de los árabes, es necesario aplicar una gran reserva, tanto en el elogio como en la censura de su proceder.

A pesar de que las Cruzadas se iniciaron en la segunda mitad del siglo XI, su mayor intensidad se cobró en pleno siglo XII cuando, después de recobrada Jerusalén, Constantinopla cayó en el año 1203. Pero también en ese mismo siglo el cristianismo volvió a perder sus territorios y plazas capturadas durante las Cruzadas, ya que 1261 trajo el fin del imperio latino al caer de nuevo Constantinopla y, de ahí hasta mediada la segunda mitad del siglo XIV, fueron perdiéndose una por una todas las plazas arrebatadas a los árabes, hasta llegar a la pérdida de Acre en 1291.

Las causas del fracaso fueron muchas y muy variadas, pero entre ellas hay que destacar el que los papas y gobernantes de aquella época infraestimaron con mucho las dificultades de la empresa. Aun cuando las cruzadas se iniciaron bajo un aspecto puramente religioso, al prolongarse por más tiempo del previsto los fines perseguidos se desplazaron del campo religioso al político, desvaneciéndose con ello el interés y la comprensión de las masas.

Pero si solo enjuiciamos a las cruzadas por sus derrotas y sus fracasos, obraremos mal. Fruto posiblemente del último fracaso, la pérdida de Acre, nació la Orden Teutónica, que fue la que continuó la Cruzada contra los árabes entre los pueblos occidentales que aun estaban bajo el dominio islámico. Tal es el caso de España, que pasó así de la reconquista a la conquista.

Pero también dentro de este siglo se sucedieron los problemas, aciertos, cismas y concordatos dentro de la Iglesia Católica. Así como en el año de 1123 se puso fin a la lucha por las investiduras por medio del Concordato de Worms, el año siguiente, 1124, trajo un nuevo cisma al enfrentarse en Roma las familias Frangipani y Pierleoni. Cada una de ellas tenía un candidato al papado, y cada una lo eligió como Papa: Inocencio II y Anacleto II. Al final, actuando como árbitro San Bernardo de Clairvaux, y después de muchas vicisitudes, Inocencio II fue reconocido como Papa.

Pero los concilios ecuménicos prosiguieron. En 1139 en Letrán se condenaron los vicios eclesiásticos, como la simonía. En 1179, también en Letrán, se dictaron las normas para la elección de Papa. Igualmente en Letrán, en el último Concilio de la serie celebrada en esa ciudad, se reguló la creación de nuevas órdenes religiosas, se establecieron sacramentos y se condenaron herejías. Este último Concilio fue el más brillante de todas las asambleas de la Edad Media, no sólo por el número de los asistentes (más de 1,300), sino porque ahí se dictaron los decretos de mayor trascendencia.

En Letrán se condenaron las herejías de los albigenses y valdenses, así como las confusas ideas del abad Joaquín de Fiore. Contra los albigenses se definió la doctrina del sacramento del altar, la transubstanciación, y se declaró obligatoria la comunión pascual. La fundación de nuevas órdenes pasó a depender de la Santa Sede.

En 1245 se celebró un nuevo concilio, el primero en Lyon, en donde se acordó la excomunión para el emperador Federico II, debido a sus continuas persecuciones contra el papado, especialmente en contra de la persona de Inocencio IV. Parece ser que momentos antes de su muerte, Federico II se arrepintió de su actitud y fue absuelto por Apulio, arzobispo de Palermo.

En 1274 se convocó nuevamente en Lyon otro concilio, en el transcurso del cual se ordenaron varios sacramentos y se regularon diversas actividades eclesiásticas.

En 1307, después de lograrse un consenso entre facciones de obispos leales o no al rey francés Felipe el Hermoso, subió al papado Bertrando de Got, quien adoptó el nombre de Clemente V, trasladándose a residir a Aviñón, Francia. Si bien este Papa garantizó al rey francés su no intromisión en los asuntos terrenales, aquel le exigió la supresión de la Orden de los Templarios dado que, según el rey, la Orden practicaba la idolatría y se les atribuían otros crímenes. No obstante el verdadero afán del rey era el de apropiarse de los muchos bienes templarios y de no tener que regresarles fuertes sumas de dinero que Felipe el Hermoso adeudaba al Temple en concepto de préstamos, para lo cual precisaba que el papa disolviera la Orden.

Finalmente esto ocurrió en el Concilio de Vienne en 1311 y el Gran Maestre templario, Jacobo de Molay, fue condenado a morir en la hoguera. Este ha sido desde entonces uno de los mayores escándalos de toda la historia eclesiástica y un gran error en la memoria de Clemente V, quien posteriormente se arrepintió de haber accedido a las pretensiones del rey francés, aún que ello no se supo hasta hace pocos años.

Tanto Jacques de Molay como la organización templaria fueron posteriormente absueltos por el propio Clemente V, aunque ya Jacques de Molay ya había fallecido en la hoguera. La doctora italiana Bárbara Frale encontró a mediados del siglo XX lo que se le ha denominado el pergamino de Chinon en un monasterio francés del mismo nombre. Dicho documento contiene la absolución impartida por el Papa Clemente V al último Gran Maestre de la Orden del Temple, el fraile Jacques de Molay, y a los demás jefes de la Orden, reconociendo el propio Papa que las confesiones de los templarios eran falsas, ya que habían sido obtenidas por la Inquisición bajo tortura.

El Vaticano posee una copia autenticada del pergamino de Chinon, con la referencia Archivum Arcis Armarium D218, y también posee el pergamino original con la referencia D217.

La Santa Sede permaneció en Aviñón durante setenta años, hasta que en 1377 el Papado regresó a Roma, debido principalmente a los esfuerzos realizados por Santa Catalina de Siena.

Pero Gregorio XI sólo vivió catorce meses en Roma. A su muerte los cardenales se vieron forzados a elegir un papa italiano, resultando como tal Urbano VI. Pero ya una vez fuera de Italia, los cardenales expresaron que habían sido obligados a votar por un papa italiano, con lo que declararon anulada la votación y procedieron a elegir a Clemente VII, instalándolo nuevamente en Aviñón. Esta dualidad papal duró cuarenta años.

Para resolver el cisma hubo una reunión en Pisa en el año de 1409, en donde se eligió a Alejandro V, pero los otros dos papas no renunciaron, con lo cual eran ya tres los papas en funciones. Entonces se celebró el Concilio de Constanza en 1414, convocado por el Emperador Segismundo, en donde se unificó nuevamente el papado y se eligió como Papa a Martín V, dándose así por finalizado el gran cisma.

Pero es en esa época cuando surge con toda su fuerza creadora e innovadora en Renacimiento y el Humanismo, principalmente desde mediados del siglo VV hasta la mitad del siglo XVI, produciéndose con ello una serie de cambios sociales y económicos que sin duda alguna influyeron también en la Iglesia.

Fue una época mercantilista con un nuevo tráfico mundial, una era de grandes innovaciones técnicas y un agrandado regreso a la antigüedad clásica, prerrogativa del Humanismo. Fue el final definitivo de la Edad Media y el ingreso en la Edad Moderna. En todo este proceso la Iglesia, a pesar de la crisis que representó este tremendo cambio, salió más pura, brillante y espiritualizada de lo que era al principio.

Desde 1431 hasta 1437 se celebró el último concilio del siglo XV, el cual se inició en Basilea y continuó después en Ferrara y en Florencia, tanto por motivos políticos como económicos. En este Concilio se obtuvo el decisivo triunfo del papado sobre la autoridad de las asambleas ecuménicas. Fruto de este Concilio fue la posterior y sucesiva unión con iglesias orientales menores, tales como los armenios (1439), jacobitas monofisitas de Egipto (1441), jacobitas de Siria oriental (1444) y con los caldeos nestorianos (1445).

Pero los basileos no quisieron someterse al éxito de la parte del Concilio de Ferrara y Florencia y se declararon en cisma, nombrando con ello un antipapa, Félix V. este cisma finalizó en 1444 al llegar a un acuerdo político Alfonso de Aragón con el Papa Eugenio IV por el que éste concedía a Alfonso, con carácter hereditario, la investidura del Reino de Nápoles.

Del siglo XVI al siglo XIX

Ya desde el siglo XV Alemania había ocupado un lugar preponderante dentro del escenario histórico de la época y, consecuentemente, dentro también de la historia eclesial. Pero fu en el siglo XVI cuando incide con más fuerza dentro de estos ambientes con hechos que marcarán en el futuro una huella indeleble, y que acarrearán diversas consecuencias.

En el siglo XVI se producen una serie de cambios en la estructura social y económica que agudizan los problemas religiosos. Se dan serios conflictos entre el clero y los laicos. Los primeros oprimían al pueblo, con lo cual éste perdió la confianza en la Iglesia Católica, e incluso empezó a dudar de sus enseñanzas.

Por ello el 31 de octubre de 1517 un teólogo agustino de la Universidad de Wittenberg, Martín Lutero, colocó en la puerta de la Iglesia noventa y cinco proposiciones con el fin de abrir un debate sobre puntos doctrinales, y plantear las reformas que él consideraba necesarias en la Iglesia. El deseo de Martín Lutero no era el de dividir a la Iglesia, sino reformarla. En 1519 se mostró abiertamente en contra de las enseñanzas de la Iglesia Católica, por lo que en 1521 fue excomulgado. Pero el Emperador Carlos V lo protegió ante la Santa Sede y convirtió el luteranismo en la religión del estado.

A medida que el luteranismo se extendía y cobraba fuerza por el norte de Europa, surgieron nuevas figuras que lo reforzaron, lo asimilaron a su conducta o bien lo tomaron como base para establecer distintas versiones o sectas. El movimiento protestante había empezado y no tardó en propagarse. Surgieron Zwinglio y Calvino en Suiza.

En Inglaterra, Enrique VIII, que al principio había combatido a Lutero, se separó también de Roma por intereses personales debido a sus múltiples matrimonios. Había nacido la Iglesia Anglicana, cuya cabeza era el propio rey de Inglaterra. En Estados Unidos se la conoce como Iglesia Episcopal. Su teología es una mezcla de luteranismo, calvinismo y catolicismo, aunque su liturgia y estructura eclesiástica es más católica que protestante.

Entre 1512 y 1517 se celebró el V Concilio de Letrán en búsqueda de una reforma, aun cuando no dio el resultado esperado.

Pero sobrevino en este siglo lo que se denomina la Restauración, a partir de la formación de un estado feudal de tipo medieval en un estado territorial. Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, llamados los Reyes Católicos, convirtieron España en una gran potencia mundial, tanto en lo político como en lo militar, propiciando a su vez el auge religioso. El siglo XVI fue pródigo en figuras religiosas, tanto en teólogos de renombre como en santos españoles. Entre los primeros cabe destacar a Francisco de Vitoria, Melchor Cano, Bartolomé de Medina, Luis Molina y Francisco Suárez. Dio también escritores ascéticos como Luis de Granada y Alfonso Rodríguez.

Pero ante todo en aquella época España fue tierra de santos. Ignacio de Loyola (1556), Francisco Javier (1552), Teresa de Jesús (1582), Juan de la Cruz (1591), Pedro de Alcántara (1562), Pascual Bailón (1592), Tomás de Villanueva (1555), Francisco de Borja (1572) y Juan de Ávila (1569).

Sin embargo aquella fue también una época difícil en cuanto a las relaciones entre el catolicismo español y algunas comunidades, especialmente la comunidad judía, debido a las conversiones judeocristianas, unas reales y otras ficticias, ya que estos últimos seguían con sus ritos tradicionales judíos a espaldas de la Iglesia Católica.

El dominico sevillano Alonso de Ojeda convenció a finales del siglo XV a la reina Isabel, durante la estancia de ésta en Sevilla entre 1477 y 1478, acerca de la existencia de prácticas judaizantes entre los conversos andaluces. Para descubrir y acabar con los falsos conversos, los reyes Católicos decidieron que se introdujera la Inquisición en Castilla, pidiendo para ello al Papa su consentimiento. El 1 de noviembre de 1478 el Papa Sixto IV promulgó la bula Exigit sinceras devotionis affectus por la que quedaba constituida la Inquisición para la Corona de Castilla, y según la cual el nombramiento de los inquisidores era competencia exclusiva de los monarcas, aun cuando todos deberían pertenecer a la Orden dominica.

El 17 de octubre de 1483 el mismo Papa nombró Inquisidor General a Tomás de Torquemada, con lo cual la Inquisición se convirtió en la única institución con autoridad en todos los reinos de la monarquía española, y en un útil mecanismo para servir en todos ellos a los intereses de la Corona.

La Inquisición fu definitivamente abolida el 15 de julio de 1834 mediante un Real Decreto firmado por la regente María Cristina de Borbón, durante la minoría de edad de Isabel II, y con el visto bueno del Presidente del Consejo de Ministros, Francisco Martínez de la Rosa.

La Inquisición, cuyo título real era la Santa Inquisición, resultó ser una mancha negra en la historia española, con sus casi cuatro siglos de existencia.

Entre 1545 y 1563 se reunió la Iglesia en el Concilio Ecuménico de Trento, convocado por el Papa Pablo III. En este Concilio se delimitó el nuevo estilo de la Iglesia con la reforma y la contrarreforma. Entre otros temas, en Trento se decidió la doctrina católica sobre los sacramentos en general y sobre el bautismo en particular; se promulgó el decreto sobre la doctrina del pecado original y sobre el canon de la Sagrada Escritura; se aprobaron decretos dogmáticos sobre la Eucaristía y el sacramento de la penitencia. El Concilio de Trento finalizó bajo el papado de Pío IV y en él se promulgó el decreto de la comunión bajo las dos especies, el decreto dogmático sobre el sacrificio de la Misa y la celebración del culto, así como decretos sobre el orden sagrado y la fundación de seminarios.

El Concilio de Trento aportó claridad y limpieza a la vida religiosa, pero jamás infundió un nuevo espíritu a ese modo de vida.

La Guerra de los Treinta Años influyó decisivamente en los cambios políticos que se dieron en Europa en el siglo XVII y principios del XVIII. Quizás la principal influencia fue el auge del catolicismo en Francia, mientras que menguaba en España. En esa época las principales figuras políticas fueron cardenales, como es el caso de Klesl (canciller del Emperador Matías de Alemania), Nidhard (ministro de Felipe IV de España), Alberoni (ministro con Felipe V de España), Mazarino (bajo Luis XIV en Francia) y, con toda probabilidad el más famoso por su poder absoluto durante el reinado de Luis XIII de Francia, el Cardenal Richelieu. Ya antes en España, en el transcurso del reinado de los Reyes Católicos a finales del siglo XV y principios del XVI, había tenido preponderancia política el Cardenal Cisneros.

Fue por esa época cuando se declaró la guerra contra los jesuitas. Empezó en 1759 en Portugal, extendiéndose luego por Francia en 1764, España e Italia en 1767. Los jesuitas fueron expulsados de todos estos países por oponerse a la voluntad de los gobernantes acerca de que fuese el propio rey quien nombrara obispos y cardenales. Increíblemente el Papa Clemente XIV, influido por esos gobernantes, suprimió de la Iglesia la Compañía de Jesús el 21 de julio de 1773.

Pero con el fin del siglo XVIII terminaba también la época barroca, que se había iniciado en el 1605. A partir de la revolución francesa de 1789 empezaron a desmoronarse muchas monarquías, incluido el reino terrenal del Papa. En esta época del liberalismo el Papa Pío VI fue encarcelado, se destruyeron conventos y catedrales, se confiscaron los bienes de la Iglesia y se persiguió y asesinó a sacerdotes y religiosos. Esta purificación dolorosa marcó parte del siglo XIX, pero permitió también un renacer de la verdadera vida cristiana al quedar la Iglesia libre de la esclavitud de los reyes y de los estados. Al fin, en 1814, el Papa Pío VII devolvía la legalidad a la Compañía de Jesús.

El 8 de diciembre de 1869 el Papa Pío IX convocó el primer concilio ecuménico en el Vaticano, el Concilio Vaticano I. En él se definió la primacía universal del Papa y la infalibilidad de su magisterio en casos concretos y limitados.

En el terreno político, en el siglo XX se repitió el mismo juego: en cuanto subía al poder un gobierno radicalmente liberal se confiscaban los bienes de la Iglesia, se expulsaba a los religiosos y se limitaba la libertad de enseñanza. Si luego subía un gobierno más moderado, la Santa Sede, a cambio generalmente de algunas concesiones, concluye un concordato que luego viene a ser conculcado por el próximo gobierno liberal. Y así sucesivamente.

El siglo XX

La época que va desde 1914, fecha del comienzo de la Primera Guerra Mundial, hasta el final de siglo, es demasiado corta para que pueda ser considerada como un período histórico con sustantividad propia, pero sí puede constituir la introducción a un nuevo período.

A pesar de que Europa ha perdido su papel conductor del mundo y el orden mundial se ha alterado sustancialmente, la Iglesia Católica es el único organismo social en todo el mundo que ha quedado inalterado.

El siglo XX ha estado plagado de persecuciones y matanzas masivas. La de los armenios (1908-1918), en México (1915-1934), en España (1931-1939), y siguió hasta fines de siglo en países latinoamericanos, como en el caso de Nicaragua, Cuba y El Salvador; países asiáticos como China, Vietnam y Corea; e incluso en Europa, como es el caso de Yugoeslavia. Pero hay que hacer una mención especial a las persecuciones decretadas por el nacionalsocialismo por medio de Hitler a partir de 1933 en la Alemania nazi contra judíos, jesuitas y masones, donde además se incitaba abiertamente a la gente a separarse de la Iglesia, a menudo ejerciendo una intensa presión moral.

Asimismo hay que mencionar el nacimiento del comunismo en Rusia en 1918 y las persecuciones religiosas que ello motivó al declararse oficialmente ateo el nuevo régimen ruso, práctica empleada también por Fidel Castro al implantar el socialismo de corte comunista en Cuba, lo cual propició también una tenaz persecución religiosa.

El Papa Pío XI promulgó casi al mismo tiempo dos encíclicas, la primera condenando el nacionalsocialismo (1937) y al año siguiente otra dirigida contra el comunismo (1938). A esto se unió Pío XII en una alocución radiofónica en 1952 condenando el comunismo chino implantado por Mao-Tse-Tung, y alertando sobre las consecuencias que estas persecuciones religiosas llevarían consigo.

Pero la Iglesia Católica cobró nuevas y decisivas orientaciones en la década de los sesenta a raíz de la ascensión al papado por parte de Juan XXIII, para quien lo urgente a afrontar no eran tanto los problemas políticos, sino los pastorales. Fueron años de gran vitalidad intraeclesial, pero también de fuertes tensiones surgidas principalmente al enfrentar el reto del proceso de secularización de la Iglesia Católica.

Juan XXIII convocó e inauguró en 1962 el Concilio Vaticano II, que fue clausurado en 1965 por su sucesor a la muerte de éste, el Papa Pablo VI. En este Concilio, el último de la historia hasta el día de hoy, se recuperaron las ideas del primer milenio y se reinauguró el capítulo de la vida conciliar de la Iglesia. La totalidad de las cuestiones tratadas en dicho Concilio pueden dividirse en tres grandes grupos: la idea fundamental que la Iglesia tiene de sí misma, la vida interna de la Iglesia y la misión externa de la Iglesia.

Fruto del Concilio Vaticano II fue la constitución sobre la liturgia, la constitución dogmática sobre la Iglesia y sobre la revelación divina, los documentos sobre libertad religiosa y las religiones no cristianas, el sacerdocio ministerial, la evangelización en el mundo, la catequesis, la penitencia y reconciliación y, por último, el tema de la familia cristiana en toda su amplitud.

El Concilio Vaticano II cambió trascendentalmente la fisonomía de la Iglesia Católica y la convirtió en más participativa al integrar a los laicos en su tarea evangelizadora.

Después del corto papado de Juan Pablo I, quien falleció a los treinta días de haber sido elegido Papa, surgió el papado de Karol Józef Wojtyla, más conocido como Juan Pablo II, quien fungió como Papa de la Iglesia Católica entre 1978 y 2005.

Juan Pablo II se convirtió en el primer papa polaco en la historia, y en uno de los pocos que en los últimos siglos no habían nacido en Italia. Su pontificado de 26 años ha sido el tercero más largo en la historia de la Iglesia Católica, después del de San Pedro, que duró alrededor de 36 años, y el de Pío IX, con 31 años de duración.

Juan Pablo II ha sido reconocido como uno de los líderes más influyentes del siglo XX, recordándosele especialmente por haber sido uno de los principales símbolos del anticomunismo y por su lucha contra la expansión del marxismo, así como por la significativa mejora de las relaciones de la Iglesia católica con el judaísmo, el islam, la Iglesia Ortodoxa oriental y la Iglesia Anglicana.

Durante el papado de Juan Pablo II surgió en el seno de la Iglesia una nueva corriente teológica en Latinoamérica, la Teología de la Liberación. Sus iniciadores y miembros destacados fueron los sacerdotes Gustavo Gutiérrez Merino (peruano), Leonardo Boff (brasileño), Camilo Torres Restrepo (sacerdote guerrillero colombiano) y Manuel Pérez Martínez (español). Uno de los máximos exponentes de esta teología, el jesuita Ignacio Ellacuría, murió asesinado en El Salvador, al igual que el Padre Múgica.

Las ideas fundamentales de la teología de la Liberación se basaban en la opción preferencial por los pobres y en eliminar la explotación, la pobreza y la injusticia humana. A la vista de dichos planteamientos, el Papa Juan Pablo II solicitó a la Congregación para la Doctrina de la Fe dos estudios sobre dicho movimiento, uno en 1984 y otro en 1986. En dichos documentos se argumentaba básicamente que a pesar del compromiso radical de la Iglesia Católica por los pobres, la disposición de la Teología de la Liberación era la de aceptar postulados de origen y carácter marxista, por lo cual el Vaticano no autorizó su funcionamiento, quedando por lo tanto este movimiento excluido del seno de la Iglesia.

El Papa Juan Pablo II falleció el 2 de abril del 2005 y sus últimas palabras fueron en polaco, su idioma natal: "Pozwólcie mi isé do domu Ojca", que en español significa: "Déjenme ir a la casa de mi Padre". Juan Pablo II hablaba correctamente italiano, francés, alemán, inglés, español, portugués, ucraniano, ruso, croata, esperanto, griego antiguo y latín, además de su lengua natal, el polaco.

La Iglesia del final del siglo XX y de principios del siglo XXI nos deja la imagen de la voluntad del Apóstol Pablo: predicar la fe cristiana en todo el mundo y mostrar el camino de la salvación al mayor número posible de personas. Esta Iglesia actual está ocupada en llevar a la práctica el mandato del Señor: "Id y enseñad a todas las gentes, y bautizadlas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".

 

 

Autor:

Agustin Fabra

 


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