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Unificacionismo científico y reformismo social en el pensamiento del Conde de Saint-Simon


  1. Aspectos biográficos y primeros pasos de Saint-Simon
  2. La unidad de las ciencias y la organización social
  3. El período cientificista
  4. El evolucionismo en las ciencias y el socialismo utópico - Influencia sansimoniana en el positivismo comteano
  5. Notas

Resumen

El desarrollo explicativo de todo este análisis se focalizará primeramente en una indagación sobre aspectos biográficos y formativos de la filosofía sansimoniana para luego pasar a explicar y a clarificar los conceptos centrales de su cientificismo. A continuación se detallarán los aportes fundamentales surgidos a partir de sus escritos epistemológico-sociales y, por último, se explicitará su concepción filosófica del desenvolvimiento histórico de la humanidad, relacionándola con la idea de progreso en particular y con la filosofía positivista comteana en general.

ASPECTOS BIOGRÁFICOS Y PRIMEROS PASOS DE SAINT-SIMON

Claude Henri de Rouvroy, Conde de Saint-Simon, vino al mundo el 17 de octubre de 1760 y perteneció a una de las familias de más rancio abolengo de Francia. Los condes de Saint-Simon descendían de los condes de Vermandois, presuntos parientes de Carlomagno, y un Saint-Simon, el autor de las famosas Memorias, recibió de Luis XIII la dignidad de duque. Sus biógrafos en general coinciden en señalar que, desde su infancia, Claude Henri dio pruebas de un carácter enérgico y de falta de respeto por los usos consagrados, a la vez que de una desmesurada pasión por la gloria futura. Sus padres, que alentaban esa ambición, lo rodearon de los mejores maestros de la época: fue sobre todo el pensador D’ Alembert quien más pudo influir en su primera formación intelectual al posibilitarle el camino de la doctrina de los enciclopedistas y al proporcionarle (a través de las matemáticas y de las ciencias naturales), un método de estudio filosófico del que el propio Saint-Simon se enorgulleció hasta el momento de su muerte, acaecida el 19 de mayo de 1825.

A los 16 años, como correspondía al primogénito de una familia de la nobleza, Claude Henri entró en el ejército con el grado de subteniente, y al estallar la guerra de la independencia norteamericana, fue incorporado a la fuerza expedicionaria que conducía el celebre marqués de Lafayette. Convertido ya en un "... aristócrata amante de la libertad..." (1) y del desarrollo industrial, el estudio in situ de las instituciones políticas de la naciente república independiente le dejó una impresión profunda e imperecedera. Atento más a las cuestiones políticas y tecnológicas que a su desempeño militar, dio una primera muestra de su interés en la necesidad de que el hombre aumentase su poder sobre el medio ambiente circundante por medio de la presentación de un plan dirigido al virrey de México por el cual se le proponía la construcción de un canal entre los dos océanos a través del istmo de Panamá, proyecto que finalmente no obtuvo el apoyo que el Conde esperaba (2).

América le significó al Conde de Saint-Simon el conocimiento, siquiera directo y espontáneo, de la estructura y de los modos de vida de la sociedad colonial, conocimiento que se insinuará, sobre todo, en sus posteriores construcciones utópicas de la sociedad. Se trata, en efecto, de un material que no será valorado como el contenido de una experiencia ingenua, sino que cobrará sentido desde los esquemas progresistas derivados de la lectura (a menudo sólo superficial) de filósofos franceses iluministas como Turgot y Condorcet. He aquí, por lo tanto, un rasgo típico de la mentalidad de la época: el Nuevo Mundo aparece en la mente de Saint-Simon y en gran parte de la de sus contemporáneos como un campo virgen y como materia dúctil donde pudiera llevarse a cabo las realizaciones de la nueva teoría política, con su carácter abstracto y a priori, lejos de la resistencia que oponía la experiencia social del Viejo Continente, cargada de sentido histórico. A lo largo de su vida, el propio Saint-Simon cuidaría de remarcar el significado de esta importante experiencia.

Una vez vuelto a Francia, pidió su retiro del ejército con el grado de coronel y en 1788 se trasladó a España, donde todavía reinaba el progresista monarca Carlos III rodeado de una pléyade de hombres ilustres. En este país prosiguió con el desarrollo de su espíritu dirigido hacia los aspectos tecnológicos e industriales de la organización social, e ideó el proyecto de unir a Madrid con el mar a través de la construcción de un canal navegable, pero la pronta muerte del rey frustró todos los planes y Saint-Simon decidió retornar a su patria.

Su regreso a Francia en 1789 coincidió con el estallido de le Revolución, acontecimiento que sacudió en forma profunda al joven y aristocrático filósofo. Su contradictorio pensamiento con respecto a ella en cuanto a su deseo de perpetuar las tradicionales instituciones organizacionales de la Edad Media y a su intención de suprimirlas dados los impedimentos y las trabas que ellas suponían para el concreto desarrollo de la economía y de la industria nacionales pudo ser percibido a partir de lo que más tarde escribirá: "... La Revolución Francesa había comenzado cuando regresé a Francia. Yo no deseaba verme envuelto en ella, porque, de una parte, estaba convencido de que el Ancien Régime no podía prolongarse y, de otro lado, me oponía a toda destrucción..." (3). Si bien su participación durante las decisivas horas de la Revolución fue más bien menor, sus presuntos ideales republicanos quedaron expuestos cuando aceptó, sin demasiado trámite, la designación de presidente de la asamblea electoral de la comuna de Falvy (donde renunció a su título de Conde), y en el momento en que redactó una carta dirigida a la Asamblea Nacional Constituyente en la que exigía la supresión de las distinciones de nacimiento y en la que renunciaba al cargo de alcalde que se le había ofrecido por considerar que se debía alejar temporariamente a los nobles y a los sacerdotes de todos los puestos públicos para hacer imposible la reimplantación de los privilegios abolidos.

En septiembre de 1793, en pleno Terror, Saint-Simon abandonó su nombre por el de Claude Henri Bonhomme, según han insistido generalmente sus futuros discípulos, con la intención de borrar de él todo vestigio aristocratizante y con el objetivo de dejar en claro la sinceridad de su fe en el credo republicano. Sin embargo, el hecho concreto es que la adopción de su nuevo nombre (que llegó a utilizar como seudónimo para sus negocios y para sus transacciones comerciales, y que le permitió salvaguardar así su verdadera identidad) no hizo sino aumentar las sospechas que sobre él recaían por parte de sus conciudadanos franceses. Éstas estaban fundamentadas, en gran medida, en los negocios especulativos emprendidos por Claude Henri (quien había perdido toda su fortuna durante los primeros tiempos de la Revolución) para la compra de las tierras de dominio nacional con la idea de venderlas a un mayor precio una vez que se hubiese aquietado la violencia del Terror impulsado por Robespierre. El gran éxito económico que en poco tiempo logró concretar gracias a esta operación fue la principal causa de su arresto, decretado en noviembre de 1793, y que lo mantuvo en prisión hasta octubre del año siguiente.

Según relataría él más tarde, su estadía dentro de la cárcel, empero, no sería del todo en vano: su espíritu recibió en ella la más fuerte de las inspiraciones, la que lo llevó a impulsarse definitivamente hacia la plena realización de su obra científica a la vez que social. En algún sentido, su destino le fue revelado de una manera clara y sin ambages por un sueño en el que el Emperador Carlomagno, su gran antepasado, se le aparecía y le decía: "... Hijo mío, tu éxito como filósofo igualará al que yo he obtenido como militar y político..." (4).

Sea verdadera o falsa esta anécdota, lo cierto es que a la salida de la prisión, y a lo largo de los dos años siguientes, la vida de este pensador ya no será la misma de antes. Si bien continuaba interesándose de manera incesante por el comercio, pudo ampliar con creces sus actividades hacia nuevas ramas de la economía como el sector industrial y el financiero; de similar manera, su vida social también entró en una etapa de expansión y, al mismo tiempo que alcanzaba a relacionarse con las personas más ilustres de la Francia de su época, se hacía conocido por todo el mundo por una forma de existencia que la burguesía parisina no tardó en calificar de libertina. Sin embargo, alejado de los intereses puramente materiales y de los placeres mundanos, comenzó a interesarse vivamente por sus preocupaciones científicas y filosóficas. Pronto su prodigalidad y sus enormes gastos lo arruinan y para 1805 lo sitúan en la miseria. Consigue un empleo en una oficina pública que le ocupa las horas del día, mientras que por la noche escribe sus primeras obras. Su salud está seriamente comprometida cuando encuentra a un ex criado suyo enriquecido, el cual recoge a su ex patrón y lo alberga en su casa hasta 1810. Fallecido su protector vuelve a la pobreza pero se recupera, y en 1814 está de nuevo en la prosperidad y tiene por secretarios al futuro historiador Agustín Thierry y al célebre Augusto Comte. Aunque sus obras obtienen gran éxito de público y de crítica, sus prodigalidades lo llevan de nuevo a la miseria. Pasó hambre y en 1823 quiso suicidarse, fracasando y perdiendo un ojo en el intento. A partir de entonces se formó en torno suyo un grupo de amigos y de discípulos que lo ayudaron económicamente hasta su muerte en 1825.

LA UNIDAD DE LAS CIENCIAS Y LA ORGANIZACIÓN SOCIAL

El Conde de Saint-Simon inició su aprendizaje filosófico bajo la idea de reducir a una unidad sistemática los resultados de las diversas ciencias con el objetivo de obtener, de tal sistema, los principios para la solución de los más importantes problemas de organización de la sociedad humana. Con este fin siguió cursos en la Escuela Politécnica y en la Escuela de Medicina, trabó amistad con los geómetras Gaspar Monge y Joseph Louis Lagrange, y aspiró a superar las ideas filosóficas, plenas de sentido progresista y cientificista, de Helvetius y de Holbach.

Es por tanto en este punto en que la personal vocación de Saint-Simon convergió con las constantes de todo un clima histórico y espiritual, logrando sintetizar las directrices esenciales del sistema positivo propio del Iluminismo francés. Sistema positivo no sólo por los aspectos gnoseológicos y metodológicos en que se fundó, sino también por su función, orientada a la previsión de los problemas y a su efectiva solución en el seno de la realidad social. Sin embargo, la previsión, último objeto de la actividad científica, obedeció para Saint-Simon a la condición de la experiencia subjetiva (la idea, en lo central, de la experimentación), siendo "... aquí donde la raíz del sistema teórico terminó insertándose en el complejo de funciones, dictadas por la vocación propia, que recíprocamente median entre la subjetividad del pensador (o de sus semejantes) y su contorno social: la relación entre la filosofía y la vocación del filósofo..." (5).

Fue en este sentido, y en relación con los vínculos que el filósofo debía crear con el medio social que lo rodeaba que, más tarde, en su autobiografía, el Conde diseñó todo un esquema metodológico de investigación y de vida en el que, a partir de la enseñanza recogida por sus peripecias personales, se podía extraer la idea de que la existencia desordenada y aventurera del filósofo podía servir para desarrollar sus futuras líneas de pensamiento (6). El inquieto Conde se esforzó, entonces, en sintetizar los conocimientos parciales de los sabios amigos para lograr una unidad en la ciencia y una reforma organizativa de la sociedad de acuerdo a la elaboración de un sistema completo guiado por dos ideas directrices: la idea de unidad y la idea de organización.

Convencido no sólo de que tenía que realizar una misión, sino también de que estaba destinado a ser uno de los hombres más grandes y a variar el curso de la humanidad, tanto como lo había hecho Sócrates (fundador de una filosofía universal que él, Saint-Simon, estaba dispuesto a refundar), el Conde creía que la raza humana estaba a punto de sufrir un nuevo y gran cambio en su evolución. Éste provocaría la mayor transformación desde el advenimiento de la cristiandad, del cual Sócrates fue el heraldo y el anticipador cuando proclamó la unidad de Dios con el Universo, y la subordinación de éste último a un principio general. Pero todavía no estaba seguro de cuál era su misión específica, y se dedicó a descubrirla mediante el estudio de los hombres y de las cosas, pero, sobre todo, del de las ciencias. Su teoría, según él la formuló, consistía en descubrir un principio capaz de unificar todas las ciencias proporcionando de ésta manera a la humanidad un conocimiento claro de su futuro, de tal manera que los hombres pudieran proyectar su propia marcha colectiva de acuerdo con el orden conocido de la ley universal.

Su espíritu estuvo dominado en este momento por la idea de unidad, que entonces la concebía, sobre todo, como unidad del conocimiento, o sea, como una síntesis y una ampliación necesarias en el gran avance que desde Bacon y Descartes se había hecho en las ramas especializadas de las ciencias naturales y en la comprensión del hombre mismo. En esta fase, por supuesto, supo aplicar las enseñanzas de su antiguo maestro D’Alembert, de quien derivó su creencia en el empleo de la ciencia aplicada como base de la organización social, y las concepciones formuladas por Condorcet, de quien tomó su idea del desarrollo histórico, basándolo en los progresos del conocimiento humano.

De acuerdo con todo el argumento anterior, y debido a su inquietud por el estado aparentemente falto de objetivos y caótico de las disciplinas intelectuales, el Conde de Saint-Simon razonó que si todas las formas de desorden se originaban en un planeamiento defectuoso, las confusiones del intelecto podían ser eliminadas (como al fin y al cabo también las de la sociedad), mediante el mismo remedio. Por esto, les dijo a los hombres de ciencia que la situación del conocimiento contemporáneo era de "ideas deshilvanadas" por no estar relacionadas con ningún concepto general y que era por esto mismo que la situación de la comunidad científica en ese momento no se hallaba sistemáticamente organizada: el único método capaz de restaurar el orden era explicado en base a una concepción elemental y específica que pudiese ser relacionada con todas las demás y de la cual se pudiesen deducir todos los principios. Así, una vez establecido el método adecuado, la idea de organización se podría aplicar no solo a todos los campos posibles de indagación sino que también a toda conformación social, y resultados tan espectaculares como los logrados en las ciencias físico-naturales se volverían universales.

De esta forma, incluso desde antes de la aparición de Saint-Simon en el horizonte intelectual del siglo XIX, y hasta el XX inclusive, la mayoría de los teóricos y de los técnicos políticos (Rousseau, Proudhon, Marx y Fourier entre otros) han considerado parte de su función formular, desde una base de organización científica, propuestas para armonizar los intereses y fines, reconocidamente antagónicos, de los diversos grupos socioeconómicos dentro de la sociedad. Saint-Simon, como hombre preocupado tanto por el logro de la unidad de las ciencias como por la consecución de la mejor organización social posible, finalmente supo describir con exactitud la creencia que orientaba a la idea de la organización, concepción ligada a la noción de poder y de índole científica a la vez que también social: la superioridad de los hombres sobre los demás animales "resulta directamente de una superioridad de su organización".

Sin embargo, la relación establecida entre las ideas de la unidad de las ciencias (7) y de la organización social estaría incompleta si no se hiciese una mención al concepto, también central en la filosofía de Saint-Simon, del poder; en este sentido, la unificación de los saberes hallaría su correlato en la organización de la sociedad por medio de una posición de poder de los que más conocimientos tuviesen dentro de ella. Claro está que cuando nos referimos a los sujetos portadores de mayores conocimientos no sólo estamos pensando en los miembros de la comunidad científica (que, por cierto, ocuparían un lugar de suma importancia en el esquema de poder espiritual de la futura sociedad sansimoniana), si no que también lo hacemos en relación con todos los grandes industriales y banqueros quienes, próximos dueños del poder temporal, se encargarían de construir un régimen industrial basado en una jerarquía de competencias técnicas y en el que los saberes tradicionales (ligados fundamentalmente al derecho) "... serían reemplazados por la economía política, o sea, por el despliegue de la producción, la eficacia de la técnica industrial, el aumento de la riqueza, el bienestar material y la planificación económica..." (8).

Las dos líneas directrices del pensamiento sansimoniano (la idea de unidad y la idea de organización) se entrecruzarán, entonces, de manera constante (aunque bajo condiciones, contextos y situaciones diferentes) prácticamente a través de toda la obra del Conde, en un definido esquema de poder. De este modo, su interés en la unidad de las ciencias encuentra una justa correspondencia en sus planteos organizativos de la sociedad: su indagación intelectual tendiente a lograr la unidad de todos los conocimientos posee su contraparte (a la vez que su complemento) en sus estructuraciones sociales y en sus concepciones ingenieriles sobre las relaciones humanas. La idea del poder liga, dentro de la visión de este filósofo, tanto al idealismo de la unificación de todos los saberes científicos como al materialismo de la organización social y de su más eficiente producción económica. Heredero de toda la tradición Iluminista que se encargó de establecer una identidad entre el poder y el saber con fines a la mejor organización social posible, Saint-Simon consiguió trascender gracias a su aguda visión sobre la íntima relación entre estos términos, pero fundamentalmente, debido a los primigenios intentos socialistas de sus esquematizaciones.

Pese a la unidad conceptual y a la continuidad lógica de las ideas de Saint-Simon a todo lo largo de sus trabajos, ciertos historiadores de la filosofía (9) han hecho aparecer su pensamiento como incoherente debido a que sus diversas obras fueron consagradas a diferentes temas y a que ellas, aparentemente, no mostrarían su mutua relación. Su variada producción científico-intelectual (que arrancó cuando él contaba con 42 años), refleja en cierto sentido todos los vaivenes, los infortunios y los fracasos (tanto intelectuales como laborales y hasta amorosos (10)) por los que atravesó su vida durante su juventud y su madurez. Bajo este presupuesto, "... comenzó por la filosofía de las ciencias, antes de pasar a la ciencia del hombre; luego se dedicó especialmente al análisis del industrialismo, para relacionarlo enseguida y cada vez más con el socialismo (aunque éste término no aparece en sus textos); finalmente concluyó con una obra consagrada a la religión y a la moral: El nuevo cristianismo (1824), pocos meses antes de su muerte..." (11). Sus primeros escritos constituyen, entonces, su etapa más epistemológica o metodológico-científica: Cartas de un habitante de Ginebra a sus contemporáneos (1802); Introducción a los trabajos científicos del siglo XIX (1807-8); Carta al Bureau des Longitudes (1808) diversos estudios sobre La Enciclopedia y la necesidad de fundar una Nueva Enciclopedia (1810 y 1813); Memorias sobre la ciencia del hombre (1813) y Trabajo sobre la gravitación universal (1813).

En el desarrollo general sobre una nueva era científica expuesto en el anterior conjunto de obras, Saint-Simon efectuó un llamamiento a los sabios de toda clase para que se uniesen en torno a una concepción transformadora y más amplia de los problemas humanos a fin de crear una "ciencia de la humanidad" y de emplear la inteligencia de todos en el aumento del bienestar humano. Su concepto de la "ciencia" (que ya se había ampliado hasta abarcar a una ciencia de la moral) debía tratar de los fines del mismo modo que una ciencia natural debía interesarse por los medios, es decir, por el dominio del hombre sobre el ambiente que lo rodea. Asimismo, las bellas artes y las ciencias aplicadas gradualmente llegarían a ocupar en su pensamiento un lugar al lado de las otras dos ramas del árbol del saber (las ciencias de la naturaleza y la ciencia de la moral) con el fin de ir constituyendo un auténtico saber universal. Saint-Simon suponía que a través de la unión y de la sistematización de estos tres tipos de ciencia era posible generar una nueva enciclopedia que fuese expresión del espíritu de la nueva era frente a la de D’Alembert y Diderot, pero que también se necesitaba materializarlas en instituciones, en grandes academias de artistas y sabios naturalistas, morales y sociales.

La unidad científica, en relación con el fin social, sólo podía llegar a ser posible dentro de la mente de este filósofo por medio de un plan de dos pasos: por un lado, la constitución de una science de l’homme que pudiese llegar a dar cuenta de los fenómenos naturales y sociales al mismo tiempo y, por el otro (y dentro del plano organizacional), una apelación determinante al esfuerzo humano colectivo, condición esencial para la concreción de su iniciativa científico-social. El primer aspecto de la unificación de los saberes consistió, entonces, en la formulación de una nueva ciencia, la "fisiología social" (o, como más tade pasaría a denomimarse, la "sociología"), cuya primera tentativa fue la de conciliar el mundo objetivo de las fuerzas naturales con el subjetivo de las intenciones morales para concretar así una auténtica síntesis superadora que resultase aplicable tanto a la teoría como a la práctica de la reorganización social. Sin embargo, dicha unificación enciclopedista de las ciencias naturales y morales, en correspondencia con las bellas artes, sólo podía llevarse a cabo en la práctica a través del esfuerzo humano colectivo, condición autónoma e inmanente a la sociedad y al individuo por igual (12). Destacó, asimismo, que en la organización científica la humanidad, lejos de permanecer pasiva, produce, construye y crea.

Al cabo de un viaje de estudios por Inglaterra y Alemania emprendido con la idea de perfeccionar su educación, pudo llegar a la conclusión de que un nuevo panorama se abría para su intención unificacionista y sintética del saber humano pues había llegado a comprobar que en esos países, que sin embargo se hallaban tan adelantados en materia tecnológica o filosófica, en cuanto al saber científico o epistemológico, según él mismo seguraba, su atraso era patente (13). Así, la creencia de que todo estaba por ser creado y de que por tanto el camino hacia la ciencia única se encontraba libre, no hizo más que dar impulso a la sensación de que la gran oportunidad, la que había estado esperando durante toda su vida para hacer públicas todas sus ideas, finalmente estaba por llegar a cumplirse. Esta situación efectivamente pareció darse cuando, a partir de la edición en 1802 de su primer obra (las Cartas de un habitante de Ginebra a sus contemporáneos), Saint-Simon pudo comenzar a aplicar todos los conocimientos que fue adquiriendo y acopiando a lo largo de su existencia con el aristotélico fin último de lograr "la felicidad del hombre".

EL PERÍODO CIENTIFICISTA

En toda su etapa más cientificista el Conde intentó una ordenación y unificación epistemológica con vistas a diseñar a la sociedad de su época de la mejor manera posible. En las Cartas ideó una construcción utópica (probablemente basada en sus experiencias vividas en Estados Unidos) animada del propósito de reorganizar la sociedad sobre bases científicas. Poseído de un espíritu místico que lo hacía aparecer como el representante de Dios en la Tierra o como una suerte de mesías, Saint-Simon apreció que el conjunto social de su época se encontraba dividido en tres sectores o clases: "... la primera es la de los productores (sabios y artistas, así como cuantas personas tengan ideas progresistas); la segunda, los propietarios (que no desean cambio alguno); y la tercera; los obreros y cuantos en general se agrupan en torno a la consigna de igualdad..." (14). Bajo la condición fundamental de que el poder debía ser repartido en función de las luces, Saint-Simon remarcó que el gobierno debía pertenecer, por derecho, a los que saben (15). Por eso, y considerando como fenómenos fisiológicos a las relaciones de la sociedad, la dirección de ésta debía ser confiada a un magisterio de sabios, unidos a unos artistas elegidos por los hombres y pagados por medio de una suscripción internacional.

Para Saint-Simon, por tanto, la sociedad debía ser gobernada por científicos y artistas: los primeros para procurar el bienestar material comunitario y los segundos para promover el desarrollo mental, así como los placeres y satisfacciones de índole emocional. El Consejo que del "gobierno de las personas" se abocaría a la "administración de las cosas" se compondría finalmente por el conjunto de los tres mejores sabios y artistas de todo el mundo en cada rama de la ciencia y de las artes; de esta manera, se hallarían en él los tres mejores matemáticos, los tres mejores de la física, de la química, de la fisiología, de la literatura, de la pintura y de la música. Por cierto, mediante esta estructuración natural de las ciencias, el Conde no buscó sino reflejar la estructura piramidal que se establecería dentro de este orden en relación a su creciente complejidad y a su nivel de concreción en la práctica. Así, de la abstracta y formal matemática se iría llegando a una cada vez más concreta y práctica fisiología.

Una vez instituida esta nueva forma social, el gobierno tomaría el nombre de Concejo de Newton (16) y se encargaría de representar la voluntad de Dios (o de Saint-Simon, que para él, a esta altura del partido, era ya lo mismo) y se encargaría de regir a la humanidad y de favorecer su progreso no sólo mediante la construcción de laboratorios, talleres y colegios sino que también por medio del culto hacia quien formulara por vez primera la ley de gravedad, máxima fundamental de la nueva sociedad. De igual manera, el Conde efectuó una unificación del conocimiento en razón de lo que para él era único interés común a todos los hombres: el interés por el progreso de las ciencias.

La evolución histórica de las ciencias, lo mismo que el progreso del espíritu humano, comenzaron para Saint-Simon con la observación de los fenómenos más simples, es decir, con los estudios astronómicos. Pero como estos, sin embargo, tendían a confundir los hechos que observaban con aquellos que imaginaban, el resultado concreto de su investigación era una combinación de ciencia con magia, lo que obligó a aquella (para poder concretar su avance y desarrollo epistemológico) a desembarazarse de la astrología. Posteriormente, el hombre se ocupó de los mucho más complicados fenómenos químicos pero, al haberse cometido los mismos errores que en la anterior etapa astronómica, la ciencia debió desembarazarse de los ingredientes mágicos aportados por la alquimia. Sin embargo, al tiempo, también la fisiología se vio obligada a desembarazarse de la filosofía, la moral y la metafísica: si bien éstas habían contribuido a fomentar el desarrollo de la ciencia, lo cierto es que planeaban crear un sistema general que se mantuviese totalmente ajeno a los principios físico-matemáticos y, sobre todo, a ley de la gravedad universal.

Para poder crear una verdadera ciencia general que se ocupase tanto de los hechos naturales como de los morales pero centrada en la suprema ley de la física newtoniana, Saint-Simon ideó la disciplina de la "fisiología social", es decir, de la moderna sociología, basada en la consideración de las relaciones sociales como fenómenos. La constitución superadora del nuevo centro o eje del sistema científico sansimoniano, que debía instaurar la síntesis tanto de los fenómenos físico-cósmicos como de los de índole moral, encontró su fundamento en la "biología regenerada", concepto ideado por el Conde a partir de su asistencia a los cursos de fisiología impartidos por el doctor Burdin en la Escuela de Medicina de París. En la "biología regenerada", la science de l’ homme encontraría un principio sistemático en los esquemas de la propia fisiología como physique des corps organisés, en cuanto aparecería como más idónea que la physique des corps bruts: como "fisiología social" (o como sociología), más que simplemente como física natural.

En sus siguientes trabajos cientificistas, Claude Henri de Saint-Simon continuó profundizando sus tendencias demiúrgicas apuntando siempre a producir un mejoramiento social a partir del dominio ejercido por el conocimiento unificado. De este modo, su posición se clarifica pues "... ya no deben gobernar el mundo principios abstactos, anticiéntificos, como los de 1789, ni tampoco las fuerzas antiguas y muertas, sino que debe hacerlo un nuevo poder espiritual: la razón actuando sobre los hechos, la ciencia positiva..." (17). Por eso, la necesidad más urgente era crear una "ciencia general".

En su siguiente obra (Introducción a los trabajos científicos en el siglo XIX, escrito entre 1807 y 1808), Saint-Simon se ocupó de reafirmar la necesaria vinculación que, a su juicio, se establecía entre la ciencia y la sociedad. Primeramente, trató de hacer un balance del progreso de la ciencia desde 1789 y, luego de elogiar a Sócrates, Bacon, Descartes y Condorcet por haber liberado el espíritu del hombre, se ocupó de enaltecer el mismo principio del esfuerzo autónomo e inmanente propiamente humano. Sin embargo, también remarcó que el "desarrollo de la inteligencia general" (vale decir, la colectiva) es un ejemplo del esfuerzo autónomo mucho más impresionante que el desarrollo de la inteligencia individual. De acuerdo con esto último, y teniendo en cuenta que las grandes ideas y las grandes revoluciones científicas son resultados de grandes fermentos morales y de luchas cotidianas en relación con la producción material, el Conde finalizó su trabajo asegurando que la marcha de la ciencia se correspondería con la marcha de la sociedad: el destino de la una se encontraría necesariamente ligado al de la otra.

A las Lettres au Bureau des Longitudes, en 1808, les siguieron sus diversos estudios sobre La Enciclopedia y la necesidad de fundar una Nueva Enciclopedia, entre 1810 y 1811. En esta, Saint-Simon manifestó su crítica hacia la antigua Enciclopedia porque no llevó a cabo la integración de las ciencias en una unidad sistemática. Se desprende de aquí su exigencia en la creación de una "ciencia general" (o, a lo sumo, de una "filosofía positiva"), basada en la actividad humana productiva y creativa, inmanente a los individuos y a las sociedades al mismo tiempo, y destinada a descifrar el enigma del Universo, a decir la verdad sobre el Ser. En este punto su pensamiento se encargó de resaltar la inescindible imbricación establecida entre, por un lado, la actividad material y espiritual propias de la producción económica y de la industrial y, por el otro, el principio de unidad de las ciencias expresado como "filosofía positiva". De acuerdo con esto último, para Saint-Simon "..."positivo" quiere decir activo, inmanente, autónomo, y "filosofía" designa el estudio del esfuerzo humano global, espiritual y material, individual y colectivo a la vez..." (18). Por último, será con esta caracterización sobre la "filosofía positiva" o sobre la "fisiología social" (como también él la llama) que el Conde finalmente podrá dar el salto hacia el territorio propio de la sociología.

Esta última cuestión fue asimismo retomada en su siguiente trabajo Memorias sobre la ciencia del hombre (1813). En ella, Saint-Simon investigó (quizá con una profundidad hasta ese momento nunca alcanzada) la función social de las ciencias y de los sabios en los diversos tipos de estructuras sociales, abarcando desde la metodología y la sociología de las ciencias hasta la "ciencia del hombre", una de cuyas manifestaciones fundamentales es la sociología. El Conde comenzó esta obra argumentando que los cuatro sabios Vicq-d’ Azir, Cabanis, Bichat y Condorcet (19) le habían inspirado la idea de concretar una "ciencia del hombre" (incluida y fundamentada dentro de la más amplia disciplina de la "fisiología social") que lo conduciría a la confección de un nuevo sistema científico, con una reorganización de los esquemas religiosos, políticos y morales en general. Luego de aclarar desde un principio que se debía distinguir cuidadosamente entre la física y la propia fisiología (puesto que no es lo mismo ocuparse del estudio de los "cuerpos organizados" que de los "cuerpos brutos"), Saint-Simon subrayó que el elemento de la vitalidad, de la vida en agitación y en movimiento se expresaba particularmente en la "ciencia del hombre", que es una "fisiología trascendente". En relación con este planteo, se llega a la concepción de que la ciencia de los cuerpos organizados y de la vida se divide en "fisiologías particulares" (tratan del funcionamiento y del esfuerzo de los organismos de las diferentes especies animales, incluida la especie humana), en "psicología" (trata de la vida mental de los hombres) y en "fisiología general", cuya parte más importante es la "fisiología social" (trata de la vida y los esfuezos de las sociedades con el concurso de la psicología, la etnografía y la historia).

Por lo tanto, en las Memorias sobre la ciencia del hombre, Saint-Simon encaró con mayor profundidad el tema de la "fisiología social" que, aunque se hallaba presente en su primer trabajo (las Cartas), no recibió entonces un tratamiento tan sistemático como el que ahora estaba dispuesto a darle. La "fisiología social", parte principal de la "fisiología general", se erige por encima de los individuos, que para ella no son más que miembros del Cuerpo Social cuyas funciones orgánicas debe analizar, así como la "fisiología especial" estudia las de los individuos. Aunque el Conde reconoció que la constitución como ciencia de la "fisiología social" era obstaculizada por las luchas de siempre entre los órganos del cuerpo social, entre los jefes de las facciones y entre las distintas clases y sectores de la sociedad, se cuidó de remarcar que ya era tiempo de abandonar todas las disputas porque había llegado el momento de constituir la "ciencia del hombre", cuyo punto culminante era justamente la creación de la "fisiología social". Como conclusión, y lejos de cualquier intento que significase (siquiera en forma aproximativa), cualquier atisbo de vinculación desmedida con un supuesto biologicismo, Saint-Simon terminó de definir a la "fisiología social" como "... la ciencia, no sólo de la vida industrial sino también, de la vida general, en la que las vidas de los individuos son como los engranajes principales..." (20)

En su Trabajo sobre la gravitación universal (1813), última obra de su período cientificista, El Conde pretendió continuar con los estudios iniciados en su anterior escrito (Memoria sobre la ciencia del hombre). Con la certera impresión de que la fuerza de los sabios europeos, reunidos en una corporación general cuyo lazo sería una filosofía basada en la idea de la ley de la gravitación, sería incalculable, Saint-Simon se empeñó en demostrar que esta última debía ser la máxima fundamental tanto para los "cuerpos organizados" como para los "cuerpos brutos". En este sentido, insistió una vez más con que su método científico era la propia ley de Dios, la física y la moral a un mismo tiempo. Por otro lado, a partir de esta idea elaboró también una "filosofía de la gravitación" en cuya cadena evolucionista se precisaba el desarrollo del estudio de los "cuerpos brutos" al de los "cuerpos organizados", de ahí al de los animales, y desde estos al del hombre, cuyo análisis, a su vez, pasaba por la era prehistórica, la antigua, la medieval, etc.

Con la progresiva acentuación de sus estudios científico-sociales, Saint-Simon contribuyó a hacer de la figura de Newton un modelo a seguir, un nuevo Dios al que se le debía rendir tributo por sus favores prestados al desarrollo de la humanidad. Si bien no fue el primero en tomar a la producción intelectual del gran físico inglés como fundamento científico de sus trabajos (21), fue probablemente el Conde (seguido luego por Comte y su escuela positivista) quien logró darle su aplicación más práctica y concreta al campo de las ciencias sociales pues "... el éxito conseguido por Newton al exponer las leyes mecánicas de la naturaleza, validas sin limitación de espacio o tiempo, daba probabilidad a la presunción de que se podía tratar a los acontecimientos políticos y económicos del mismo modo altamente generalizado..." (22).

EL EVOLUCIONISMO EN LAS CIENCIAS Y EL SOCIALISMO UTÓPICO. - INFLUENCIA SANSIMONIANA EN EL POSITIVISMO COMTEANO

En suma, lo que Saint-Simon hizo en sus obras fue considerar el problema de la función social de las ciencias y de sus representantes con el fin de conjurar las desgracias que amenazanban a la sociedad con motivo de la desaparición de la antigua organización social causada por la Revolución Francesa. Este acontecimiento central para la elaboración de su proyecto social, al que criticaba (luego de abandonar su todavía indefinida y contradictoria opinión acerca de él) no tanto por lo que había hecho sino por lo que había dejado sin hacer, se constituyó, asimismo, en el punto a partir del cual logró dar una interpretación sobre el desarrollo del hombre gracias a la utilización de los elementos teóricos construidos por medio de su particular visión de la "Filosofía universal de la Historia". Según ésta, la historia humana pasaba por épocas alternativas de construcción y de crítica o de destrucción: en este sentido, la Revolución Francesa era considerada como la realización necesaria de una gran obra de destrucción de las instituciones anticuadas pero que no había logrado nada constructivo por falta de un principio unificador. En todas las etapas "... la humanidad necesitaba una estructura social que correpondiese a los avances realizados por la Ilustración: las instituciones adecuadas y beneficiosas en un estado del desarrollo humano se volvían perjudiciales cuando estaba cumplido lo que tenían en sí..." (23).

Saint-Simon distinguía dos grandes épocas constructivas: el mundo de la antigüedad clásica, representada por la civilización greco-romana, y el mundo medieval del cristianismo; y no tenía duda alguna de que el último, a causa de su concepción de la unidad cristiana, representada por la Iglesia, significaba un avance inmenso respeto a la organización principalmente militar del mundo antiguo. Elogiaba mucho a la Iglesia medieval por haber satisfecho admirablemente las necesidades de su tiempo, especialmente por su influjo social y educador; pero también consideraba su caída como una consecuencia necesaria por su fracaso en adaptarse a las necesidades de una nueva edad de progreso científico. Desde Lutero hasta los filósofos del siglo XVIII los hombres se habían dedicado a acabar con las anticuadas supersticiones, que no podían compaginarse por más tiempo con las enseñanzas del conocimiento progresivo; pero en esta época de destrucción (lo mismo que en la edad tenebrosa que siguió al apogeo del mundo antiguo) la humanidad había perdido su sentido de unidad y el hombre, por tanto, tenía que hallar una nueva concepción unificadora y construir sobre ella un orden nuevo. En consecuencia, según Saint-Simon, estaba a punto de empezar una tercera gran época basada en los progresos científicos del hombre, y los siglos transcurridos desde la Reforma ("el cisma de la Iglesia", como la llamaba) no habrían sido otra cosa mas que un período necesario de preparación crítica y destructiva para el advenimiento de la nueva sociedad.

Lo mismo que Helvecio, Holbach, Turgot y Condorcet, Saint-Simon creía firmemente que el progreso humano era algo cierto y estaba seguro de que cada gran etapa constructiva en el desarrollo de la humanidad había llegado mucho más adelante que las anteriores. A través de la literatura de todos estos filósofos "... estaba implícita la idea de un orden social natural y la visión de una ciencia general de la naturaleza humana en la creencia de que el bienestar social es producto del conocimiento y de que éste es resultado de la acumulación de experiencia..." (24). La idea del progreso no había estado enteramente ausente del empirismo filosófico desde la época en que Bacon había afirmado que, en comparación con la ciencia antigua, la moderna representaba a una edad más avanzada del mundo y que estaba dotada de infinitos experimentos y observaciones, y desde que Voltaire subrayó que la idea de la evolución de las artes y de las ciencias sería la clave que posibilitaría el desarrollo social.

Turgot y Condorcet convirtieron la idea de progreso en una filosofía de la historia al enumerar las etapas de desarrollo por las que había pasado la humanidad. Mientras que el primero de los dos expuso con profunda penetración la diferencia esencial entre aquellas ciencias que, como la física, buscan leyes de los fenómenos recurrentes, y la historia, que sigue la creciente acumulación de experiencias que constituyen una civilización, el segundo asimiló el concepto de progreso con la difusión de los saberes y del poder sobre los obstáculos físicos y psíquicos que se oponían a la felicidad que daba a los hombres el conocimiento. El progreso según Condorcet había de seguir probablemente tres direcciones: una creciente igualdad entre las naciones, la eliminación de las diferencias de clase y una mejora mental y moral general resultante de las otras dos. Así, esperaba que el progreso se iría produciendo por acumulación, ya que el perfeccionamiento de los sistemas sociales mejoraría las facultades mentales, morales y físicas de la especie.

Saint-Simon, en todo caso, se ocupó de sintetizar todas las opiniones y reflexiones que con una visión progresista se habían formulado hasta ese entonces con respecto a la historia de la humanidad, tratando de darles un objetivo definido que sirviese de fundamento a su concepción cientificista de la sociedad. Así, pudo llegar a expresar que "... después de un largo reposo el espíritu humano ha vuelto a levantarse. El siglo XVII ha producido hombres de genio en todos los géneros: dio nacimiento a Newton. Durante el siglo XVIII hicieron grandes progresos las ciencias exactas; las ideas supersticiosas fueron fulminadas. ¿Qué acontecerá en el siglo XIX ? La ciencia de la organización social se convertirá en ciencia positiva..." (25).

Fue justamente el intento de aplicar todas estas ideas científicas a la práctica con el fin de lograr una reorganización social lo que determinó que a Saint-Simon se lo situase posteriormente dentro del campo del socialismo utópico. Dentro de un contexto histórico signado por la cada vez más angustiante anarquía en la producción industrial, por la creciente amenaza de paro y de hambre, de miseria, ignorancia y ausencia de toda conciencia de clase en las masas obreras y campesinas presentes dentro de un desarrollo capitalista ciego como fue el que efectivamente padeció Francia entre 1890 y 1830, es que el trabajo intelectual del Conde fue calificada de socialista utópica. Su sistema social, desarrollado bajo la consigna de "Todo por y a través de la industria" y en relación a la idea de que "La política es la ciencia de la producción", proyectó el cuadro de una sociedad cuya vida económica se centralizaría en el Estado y en la gran industria, en la que las luchas clasistas terminarían gracias a una jerarquía de benévolos jefes económicos, debido a una auténtica "dictadura de los capaces" que se encargaría de administrar científicamente a este nuevo orden. Así, del gobierno debían finalmente ocuparse los industriales, banqueros y técnicos, mientras que a la nobleza, los militares y los clérigos se les quitaría todo poder: "...mientras que los ociosos no podrían tener parte del poder político, en cambio los hombres de ciencia, colaboradores indispensables de la industria, intervendrán en su consejo supremo..." (26). Estas ideas fueron mayormente expuestas, además de en sus trabajos más cientificistas como los detallados anteriormente, en obras como Reorganización de la sociedad europea (escrita en 1814 con la colaboración de Thierry), El organizador (1819), Del sistema industrial (1821-1822), Catecismo de los industriales (1822-1824) y Nuevo cristianismo (1825). Pese a que el derrotero intelectual del Conde de Saint-Simon no fue siempre incluido bajo el rótulo de socialista utópico debido a que no atacaba la propiedad privada, Friedrich Engels (junto con Karl Marx uno de los padres fundadores del socialismo científico) no dudó en categorizarlo de esta manera al otorgarle un rol primordial en la gestación de la doctrina marxista pues en él se descubre "... una perspicacia genial, gracias a la cual casi todas las ideas socialistas ulteriores, con exclusión de las económicas, se encuentran en germen en sus obras..." (27).

Esta visión progresista y científica de la historia y de la sociedad se ligó asimismo con la corriente filosófica que posteriormente pasaría a denominarse positivista, formalmente inaugurada por Augusto Comte hacia 1830, año de la publicación del primer tomo de su Cours de philosophie positive (28). Comte, un joven filósofo con una profunda admiración por Saint-Simon, se convirtió en su secretario en 1817; los dos, maestro y alumno, colaboraron íntimamente durante siete años, hasta 1824, "... al punto que no se sabía donde comenzaba la contribución de uno y donde terminaba la del otro..." (29). Pero si bien en un principio ambos coincidían en que el Estado industrial sustituiría al Estado guerrero (anterior a la Revolución Francesa), bajo la orientación de la ciencia, nuevo poder espiritual capaz de coordinar todas las fuerzas sociales en favor de esa transformación, y creían que los hombres pasarían a usar sus poderes en el dominio y exploración de la naturaleza en favor de todos, con el propio desenvolvimiento mental de Comte y con el avance de sus estudios, fueron creciendo los gérmenes del rompimiento entre los dos. La tendencia sintética y científica de Comte lo apartaba insensiblemente de su antiguo ídolo pues mientras que Saint-Simon era llevado cada vez más (como le iría a acontecer a él mismo al final de su vida) hacia el misticismo y las soluciones religiosas, su discípulo se inclinaba más hacia el papel que debería desempeñar la ciencia en la reorganización de la sociedad. Siguiendo esta línea, el resultado solamente podría haber sido uno, como realmente lo fue: la separación de los dos (30).

A pesar de su separación final (causada, entre otras cosas, por celos relativos a la paternidad y originalidad del pensamiento positivo) y del desprecio lanzado abiertamente hacia quien fuera su maestro, Augusto Comte recibió una gran influencia intelectual por parte de Saint-Simon, pues uno y otro se propusieron, en última instancia, rehacer la Enciclopedia del siglo XVIII pero poniéndola a la altura de la nueva situación que la ciencia tenía en el siglo XIX. Dicha influencia consistió, fundamentalmente, en la sugerencia de un cierto número de ideas generales y de detalles, sobre todo, para la conceptualización de una filosofía comteana de la historia, y en la creación de una ciencia política que debería basarse en una ciencia que fuese social y, por consiguiente, en una política que fuese científica. Saint-Simon no emplea el término "física social" o "sociología", que será acuñada por Comte; utiliza, en cambio, la expresión "fisiología social", que "... no es sólo su claro equivalente semántico, sino expresión de un programa no muy diferente en ciencias sociales..." (31). Por otro lado, resalta también el influjo del Conde por sobre su ex-discípulo en los decisivos y polémicos puntos de la clasificación jerárquica de las ciencias y de la "ley de los tres estadios", atribuída generalmente a Comte, pero ya presente en otros intelectuales como Condorcet, el doctor Burdin, Charles Fourier y el mismo Saint-Simon.

La influencia del cientificismo sansimoniano en la creación del positivismo comteano resultó, entonces, patente. La filosofía de Comte se nutrió, entonces, de las concepciones científicas de la sociedad y de la visión unitaria de las ciencias con el fin de forjar una corriente establecida sobre el modelo de las disciplinas físico-naturales y en la que los términos de orden y progreso en la sociedad adquirieron un sentido concreto y teleológico. El positivismo surgió, por ende, como una filosofía fundamentada en la exigencia de realismo, entendiendo esto como un valor positivo, e interpretando al verdadero conocimiento no como una metafísica idealista sino como un saber con un fin útil y concreto, basado en la certeza y no en la incertidumbre, en la precisión frente a la vaguedad, en lo constuctivo u orgánico como opuesto a lo crítico y disolvente, y en el sentido histórico de la relatividad en sustitución de lo absoluto. En suma, el positivismo se encuentra resumido en dos grandes rasgos "...uno, por paradoja, negativo: la proscripción de toda metafísica; el otro, efectivamente, positivo: la exigencia rigurosa de atenerse a los hechos, a la realidad, en cualquier género de investigación (...) pues no hay más saber, en el recto y estricto sentido de esta palabra, que el científico..." (32).

Por lo tanto, gracias a los iniciales aportes de Saint-Simon, el positivismo pudo estructurarse como una postura filosófica relativa al saber humano, que si bien no resolvía stricto sensu los problemas relativos al modo de adquisición del saber (en un sentido psicológico o histórico), constituía, por el contrario, un conjunto de reglas y criterios de juicios sobre el conocimiento humano. Así, el positivismo era, por ende, una actitud normativa que regía los modos de empleo de términos tales como "saber", "ciencia", "conocimiento" e "información", distinguiendo las polémicas filosóficas y científicas que merecían ser llevadas a cabo de las que no podían ser dilucidadas y en las que, por consiguiente, no valía la pena detenerse.

Pero el valor intrínseco de la decisiva influencia sansimoniana sobre el posterior desenvolvimiento de la filosofía comteana resultó ampliamente superada por la originalidad de un pensamiento revolucionario para la época. La creencia en la constitución de un nuevo orden social de características industriales, basado en la primacía del saber científico por sobre cualquier otro tipo de conocimientos, se constituyó durante los últimos años de vida del Conde en una suerte de religión secular en la que el objeto de culto debía ser la ciencia política, máximo grado de sustancialización cognoscitiva y práctica en la escala jerárquica del pensar humano. El plan epistemológico de Saint-Simon pudo llegar a constituirse, entonces, en uno de los puntos centrales de discusión y de debate en los que resultaron expuestos, con plena exactitud y complejidad, todos los interrogantes e incertidumbres que los intelectuales europeos se plantearon (sobre todo, durante las primeras décadas del siglo XIX) en relación con las posibilidades de desarrollo y de progreso de la humanidad, una vez que el trastocamiento general de las antiguas relaciones sociales se hubiese concretado producto de los revolucionarios acontecimientos de 1789.

Notas

*Trabajo presentado para la materia Epistemología, Cátedra Enrique Marí., Maestría en Ciencias Sociales, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales.

  1. COLE, G. D. H.; Historia del pensamiento socialista; F. C. E.; Buenos Aires; 1957; Tomo 1; p. 45.
  2. Pero que sí lo encontró cuando casi un siglo más tarde, en 1879, lo volvió a plantear Ferdinand de Lesseps, responsable de la construcción del Canal de Suez y antiguo discípulo de Saint-Simon.
  3. SAINT-SIMON, Claude Henry de; Catecismo Político de los Industriales; Aguilar; Buenos Aires; 1960; prólogo de Mariano Hurtado Bautista; p. 10.
  4. Citado por CEPEDA, Alfredo; Los Utopistas; Editorial Hemisferio; Buenos Aires; 1950; p. 100.
  5. SAINT-SIMON; op. cit; p. 13.
  6. El esquema era el siguiente: "1º, llevar una vida original y activa al máximo durante la juventud; 2º, conocer con detención todas las teorías y todas las prácticas; 3º, recorrer todas las clases de la sociedad, ubicarse en las posiciones más diferentes y hasta crearse relaciones que no tengan existencia; 4º, emplear su vejez en resumir las observaciones acerca de los efectos que resultan de sus acciones para los otros y para sí, y establecer los principios que se deducen de ese resumen". Vida de Saint-Simon, escrita por él mismo en Catecismo político de los industriales, op. cit.
  7. Pero interpretando a éstas no sólo en relación a sus características físico-naturalistas o positivistas (denominación común que finalmente llegaría a imponerse, fundamentalmente, a partir de las enseñanzas de Augusto Comte, principal secretario de Saint-Simon) sino que teniendo en cuenta a la primera acepción latina del concepto "ciencia" ("scio"), es decir, conocimientos o saberes generales.
  8. GURVITCH, Georges; Los fundadores franceses de la sociología contemporánea: Saint-Simon y Prodhon; Ediciones Nueva Visión; Buenos Aires; 1970; p.10.
  9. Enrique Gouhier y León Brunschvig, entre otros.
  10. Entre los que se cuentan su proposición matrimonial a Madame de Stäel, animada (parece ser) por los mismos presupuestos racionales y pragmáticos de su aprendizaje científico.
  11. GURVITCH; op. cit.; p.31-32.
  12. "... Si Saint-Simon sintió tal admiración por las ciencias exactas y por los eruditos, fue porque los consideró expresiones de una actividad propiamente humana...". Idem: p. 37.
  13. Desconociendo aparentemente la propia realidad filosófica de estos países durante esa época, Saint- Simon regresa de Alemania con "la certidumbre de que la ciencia general se halla todavía en la infancia en este país, puesto que está fundamentada en principios místicos" mientras que de los ingleses afirma que "no están gestando ninguna idea capital nueva". Citado por CHARLÉTY, Sébastien; Historia del Sansimonismo; Alianza; Madrid; 1969; p. 15.
  14. BEER, Max; Historia General del Socialismo; p. 224.
  15. Mas tarde, y en la misma obra, Saint-Simon aclara que el poder que les corresponde a los sabios sólo es el espiritual, mientras que el temporal quedaría en las manos de los propietarios. Ver SAINT-SIMON, Claude Henri; Cartas de un habitante de Ginebra a sus contemporáneos en CEPEDA, Alfredo; op. cit; p. 119.
  16. De acuerdo con esta designación, Dios le expresa a Saint-Simon lo siguiente: "... Sabed que he colocado a Newton a mi lado y que le he confiado la dirección de la luz y el mando de los habitantes de todos los planetas...". SAINT-SIMON, Claude H.; Cartes de un habitante de Ginebra a sus contemporáneos .en CEPEDA, Alfredo; op. cit.; p. 120.
  17. CHARLÉTY; op. cit.; p. 16.
  18. GURVITCH; op. cit.; p.39.
  19. Todos ellos reconocidos médicos y filósofos del siglo XVIII que no dudaron en considerar a la naciente disciplina de la fisiología de una manera amplia (como si se tratara del esfuerzo humano global) y que incluyera al hombre total y su psicología, su moral, su conocimiento, sus obras y su conciencia en todas sus manifestaciones.
  20. GURVITCH, op. cit.; p. 44.
  21. Por ejemplo, ya en 1739 David Hume escribió en su Tratado que la asociación de ideas como principio de explicación en psicología tenía un funcionamiento análogo con la atracción de la gravedad en el mundo físico.
  22. SABINE, Georges; Historia de la teoría política; Fondo de Cultura Económica; México; 1996; p. 429.
  23. COLE, op. cit.; p. 46.
  24. SABINE, Georges H.; op. cit. ; p. 436.
  25. SAINT-SIMON, Claude H. de; Cartas de un habitante de Ginebra a sus contemporáneos en CEPEDA, Alfredo; op. cit.; p. 130.
  26. RAMA, Carlos; Las ideas socialistas en el siglo XIX; Editorial Laia; Barcelona; 1976; p. 38.
  27. ENGELS, Friedich; Del socialismo utópico al socialismo científico en Anti-Dühring; Editorial Argos; México; 1965; p. 80.
  28. Aunque de acuerdo con C. Ulises Moulines haya que "... considerar los orígenes históricos (del positivismo) no en la figura del supuesto creador de la filosofía positivista, sino en los trabajos de investigación de los fundamentos de las ciencias empíricas, emprendidos antes y después de él...".MARÍ, Enrique; Papeles de filosofía; Editorial Biblos; pp. 171-2.
  29. DE MORAES FILHO, Evaristo; La sociología de los Opúsculos de A. Comte en Cuadernos de Sociología; Instituto de Investigaciones sociales; Universidad Nacional de México; México D.F.; 1957; p. 60.
  30. La visión negativa que finalmente Comte se hizo de Saint-Simon resulta clara en una carta escrita en 1826 "Yo me sometí ya a una prueba personal, durante la fase profundamente negativa que precedió a mi velo sistemático. Aun cuando el entusiasmo me preservó sólo de una desmoralización sofística, me expuso especialmente a las deducciones pasajeras de un malabarista superficial y depravado". Idem; p. 65.
  31. MARÍ, Enrique; Elementos de epistemología comparada; Puntosur Editores; Buenos Aires; 1990; p.50.
  32. COMTE, Augusto; Discurso sobre el método positivo; Prólogo de Antonio Rodríguez Huéscar; Biblioteca de Iniciación Filosófica; Aguilar; Buenos Aires; 1980; pp. 9-10.

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Daniel A. Kersffeld


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