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Por otro lado, esta
operación interna de correlación entre problemas y principios/ modelos puede
situarse en otra constelación si permanece atenta a la posibilidad que caracteriza
al sistema de minimizar las dificultades o superarlas en función de su propia
lógica. O si la reflexión rechaza estructurarse en torno a lo que Jean Ladrière
denomina "un procedimiento descendente
que consiste en transitar de un principio a sus consecuencias y cuyo modelo más
apropiado es, sin duda alguna, la deducción lógica". Y busca
orientarse en uno de tipo "ascendente, que parte de los datos concretos
para progresar hacia sus condiciones de existencia"(4, p.201). En este último caso nos encontramos
muy lejos de una simple relación bi-unívoca o de la simple esperanza de una eficacia misteriosa que resultaría de la
conexión casual de variables grandilocuentes. La correlación podría devenir una
instancia de develación de realidades, más allá de toda tentativa ideológica,
posibilitando la búsqueda de otras conexiones entre lo que se piensa y lo que
se vive, entre lo que se postula y los malestares que dan cuenta de las
insatisfacciones, de déficits de los sistemas políticos, al interior de los cuales
vivimos.
En tercer lugar, la
operación interna de la bioética consistente en establecer correlaciones,
genera discursos, polémicas y disensiones que, al margen de ciertas temáticas
emblemáticas, se mantienen en el ámbito académico, sin grandes sobresaltos y
sobre todo, sin oponerse a la manera un poco light, como a menudo se comprende
el pluralismo. El análisis de estos discursos y polémicas no puede ser
exhaustivo, aunque su ilustración parece necesaria en la perspectiva de este
texto. Brevemente examinaré dos formas de aproximación de los problemas. La
primera de ellas se relaciona con la temática de la nocividad alimentaria y,
específicamente, con los alimentos genéticamente modificados. Se trata de un
texto de Javier Gafo, Riesgos y ventajas de
los alimentos transgénicos(5).
El artículo de Gafo está
lleno de afirmaciones generales que, normalmente, podrían ser compartidas en
una conversación descontextualizada del problema, tales como:
"Suelo repetir profusamente que la buena ética después de todo comienza
con buenos datos. En el tema que nos ocupa, la preeminencia y la prevalencia de
los datos científicos constituyen un esencial punto de partida y las
conclusiones de los especialistas… van a jugar un papel básico en la
ponderación ética"(5, p.78); "Ni la
biotecnología ni la transgénesis son una realidad nueva, sino que tienen tras
sí una larga historia, que arranca desde los albores del Neolítico... Lo nuevo
es la modificación directa del genoma de los seres vivos y la introducción de
factores genéticos, incluso de especies muy distantes en el árbol
filogenético"(5, p.p.78-79).
Desde el punto de vista de
los riesgos, "inseparables de todo proceso científico", Gafo se
expresa en los siguientes aspectos: "la
pérdida de biodiversidad", "la incidencia de las plantas transgénicas
en los equilibrios ecológicos de los distintos hábitats", "las
posibles consecuencias negativas de los alimentos transgénicos en los
humanos"(5, p.79); en el contexto de estos riesgos "es exigible la información al consumidor sobre
la procedencia del producto, con la conocida etiqueta del carácter de aquéllos.
El énfasis en el consentimiento informado en los temas de Bioética debe
extenderse igualmente a estos alimentos"(5, p.79); Desde el
punto de vista de las "grandes" ventajas:
"Es necesaria una nueva revolución verde que elimine los defectos y
limitaciones de la anterior y que pueda significar un incremento en la
producción. Cuando las posibilidades de suelo cultivado y de agua se encuentran
en los límites y la humanidad ha 'celebrado' en el 1999 el nacimiento del niño
6.000 (millones), parece una utopía pensar que la agricultura orgánica o
'biológica' pueda ser algo más que un cierto lujo de los habitantes de los
países ricos. Deben subrayarse los posibles efectos positivos de las plantas
transgénicas para, al menos, paliar las consecuencias negativas de la
revolución verde anterior: el ahorro económico y medioambiental
consecuentemente con una menor utilización de los abonos químicos y de los
productos pesticidas en insecticidas". Finalmente, el texto que citamos, concluye, de
acuerdo con la postura de la Revista Nature,
que "la mayoría de los científicos
creen que tales riesgos (a la salud) son ampliamente hipotéticos y que las
habituales medidas de seguridad son adecuadas"(5, p.80).
Nuestros comentarios serán
breves y nuestras observaciones críticas apuntan sobre todo a un estilo de
aproximación al problema, dado que no sabemos si Gafo abordó con mayor
detención en otros textos el tema que nos interesa. Sin embargo, sorprende
inmediatamente la ausencia de informaciones sobre el contenido del fuerte debate de los transgénicos,
anunciado en las frases introductorias. O más bien se tiene la sensación de que
es posible ahorrarse este debate a través de la simple retranscripción de la
posición adoptada por la Revista Nature.
También sorprende, en un texto escrito a lo menos en 1999, la ausencia de
referencia a las "vacas locas" en una discusión que ha sobrepasado el
círculo de los especialistas, sobre la alimentación y su regulación, así como
el desconocimiento o la falta de interés por las dificultades políticas
generadas respecto de la exigencia del etiquetaje; sorprende, en resumen, la
falta de contextualización de un problema que convoca y se nutre del
entrecruzamiento de varias temáticas. En este sentido es posible considerar
casi como un ultraje la utilización de argumentos a favor de los transgénicos
que se sostienen en aspectos que dan cuenta, en otro universo de la discusión,
de la crisis ambiental, tales como la escasez del agua y la crítica a los
fertilizantes químicos.
En realidad, en la
perspectiva del "estilo" de aproximación al problema o, dicho de una
manera mucho menos trivial, desde el punto de vista de la pertinencia de la
intervención del discurso bioético en el debate que se instaura sobre los
transgénicos, se tiene la sensación que el texto que comentamos se caracteriza
por: 1) considerar como un dato indiscutible en el dossier de los transgénicos la posibilidad y la facilidad de
separar lo bueno de lo malo; 2)
introducir en este debate la bioética, como si ella constituyera un espacio
social legitimado donde el ejercicio de la racionalidad se encuentra asegurado;
3) reducir las oposiciones y divergencias sobre el tema a simples reacciones de
miedo y/o a la dificultad de acceder a la información correcta; 4) y, entender
las divergencias como incapacidad de poner en relación distintos niveles de
discurso, considerarlas, por lo tanto, como fácilmente superables a través de
afirmaciones discursivas, reforzadas evidentemente por mecanismos existentes de
regulación. En pocas palabras no considerar la dificultad planteada por los
transgénicos como un acontecimiento
capaz de generar series causales divergentes en el mundo actual. Es decir, sólo
entenderlo como un tipo de gestión compleja en el marco de las lógicas
existentes.
En este estilo de
aproximación a los problemas, donde fácilmente se olvida que la historia del
siglo pasado es rica en acontecimientos ambiguos y de resultados no esperados,
se constata un empobrecimiento de la noción de fundación o simplemente del
estatuto de la interpretación. Los fenómenos sociales y culturales que plantean
problema no resuenan al interior del espacio de la bioética como un desafío
para la interpretación y la recreación del sentido, ésta se confunde con el
lenguaje del experto, reduciéndola a un horizonte de principios que permite
establecer simples relaciones biunívocas.
Nos encontramos en otra
dimensión del trabajo reflexivo de la bioética cuando nos referimos a algunas
discusiones respecto del pensamiento de Jonas. En relación con éste nos
aproximamos a la temática ambiental. Aquí nuestro interés no se limita a los
supuestos que legitiman y generan un estilo de intervención en lo público de la
bioética; se relaciona esencialmente con el destino de la problemática (su
urgencia, las medidas que ella implica) tan pronto como la reflexión se
despliega.
En particular, quisiéramos
referirnos a las críticas que un autor como G. Hottois propone respecto de
Jonas. Hottois plantea cuatro observaciones críticas que limitan la pertinencia
del discurso de Jonas(6). La
primera se estructura en torno a la idea de fundación: "Jonas estima que una ética a la altura de los
desafíos y de los riesgos... de la acción tecnocientífica debe ser fundada absolutamente
y universalmente"(6, p.14). Sólo dicha fundación sería capaz
de inspirar las medidas que se imponen. El problema con dicha fundación
filosófica, "es que ella se ha
convertido hoy día en una empresa... arriesgada, sospechosa y criticable, que a
muchos filósofos aparece como de otra época"(6, p.14). Esta
observación efectivamente se justifica en la perspectiva de la filosofía del
siglo XX, a pesar de que muchos bioeticistas prefieren aún ignorar dicha
dificultad.
La segunda observación
crítica señala que "la imagen de la
naturaleza que guía la filosofía de la naturaleza que Jonas elabora en la
articulación de su ontología del ser como bien y de su ética de la
responsabilidad, no se encuentra a la altura de la tecnociencia y del
cuestionamiento radical de la representación tradicional de la naturaleza... Su
concepto de naturaleza evolutiva permanece extraordinariamente limitado,
antropocéntrico... Se trata, en resumen, de conceder lo menos posible a la
desmesura cósmica, la que es el correlato real de la tecnociencia, de darse una
naturaleza evolutiva en acuerdo con la finitud humana"(6, p.16).
La tercera observación
crítica se desarrolla en torno a la pregunta: ¿Preservar la condición humana?
El texto que citamos señala:
"Como la mayoría de los pensadores de sensibilidad religiosa, Jonas
tiene una comprensión correcta de la tecnociencia contemporánea: se juega en
ella... la existencia y... la esencia de la humanidad. Su 'dimensión' es por lo
tanto 'ontológica' (lo que no quiere decir que ella despliega e incluso
presupone una ontología: al contrario, precisamente) y no simplemente
instrumentalista y benignamente antropocéntrica"(6, p.19).
Pero una vez reconocida
dicha dimensión, "Jonas sólo percibe
el lado absolutamente negativo, apocalíptico. ¿Por qué? Una vez más, porque
cree disponer la respuesta a la pregunta ¿Qué es el hombre?" y rechaza
también de considerar como parte integrante -y desintegrante- del hombre, la
indefinición, el abismo, la nada; lo que permite que el ser humano se interrogue
radicalmente sobre su ser, con el fin de modificar libremente su
condición". Es cierto que Jonas reconoce que el ser humano es
creador. Pero el hombre sólo puede ser creador en el campo de lo simbólico.
En esta visión de las
cosas, el "mal es la utopía, es decir,
la voluntad de escapar a esta ambivalencia de la condición humana… Esta
voluntad… constituye el único Mal auténtico, es decir, el mal radical... Jonas
ve y rechaza de ver al mismo tiempo, que la ambivalencia suprema -que también
se encuentra en el corazón de la religión y de la filosofía- es precisamente
aquella con la cual la humanidad se relaciona consigo misma, su condición. Esta
ambivalencia no sería ambivalencia, es decir, tanto positiva como negativa.
Ella sería completamente peligrosa y mala"(6, p.21).
La última observación crítica concierne a la relación con la política. Los argumentos al respecto son bastantes conocidos:
"Si la ética de responsabilidad es tan perfectamente fundada y si
la situación es tan apocalíptica como lo pretenden, entonces los tiempos están
maduros para una política de salvación humana autoritaria, que podría utilizar
los medios mejores y más eficaces... se trata de establecer una autoridad
-denominada 'clarificada y sabia', es decir, en los hechos inspirada por la heurística
del miedo y limitada al valor de preservación absoluta del hombre
natural-cultural- asumiendo al nivel de la humanidad la responsabilidad del
porvenir de la humanidad... En realidad 'El principio de responsabilidad', a
causa de su argumentación de tipo fundamentalista, conduce a un resurgimiento
del mito del Filósofo-Rey, con una desmesura sin igual, puesto que no se trata
solamente de gobernar la Ciudad a la luz de un arquetipo ideal existente en sí
mismo, se trata de proteger también la existencia del arquetipo, es decir, 'la
imagen de la humanidad' que sólo existe porque hay seres humanos que la
conciben tal y tanto tiempo como ellos existirán"(6, p.p. 22-23).
Es cierto que "Jonas plantea un problema real: vista la
extraordinaria complejidad de la civilización planetaria en la época de la
tecnociencia, ¿Es la democracia una forma política viable? ¿Podemos esperar del
ciudadano medio una visión inmediatamente clara de los problemas cuya dimensión
multi-factorial exigen la participación de múltiples disciplinas y cuyo cálculo
de implicaciones se simula, por lo peor y lo mejor, con la ayuda de grandes
computadoras? La respuesta es evidentemente no. Pero la solución de recambio no
es tan evidente... Su solución se reduce, de manera grosera, en confiar la
dirección y la decisión a los expertos virtuosos. Es perder de vista que, en
estas materias, los expertos también se contradicen y que el debate debe, de
todas maneras, mantenerse a su nivel, salvo de estimar que en la 'duda mejor
vale abstenerse' "(6, p.24).
En un texto más reciente
(7) Hottois vuelve sobre algunos de los tópicos anteriores. Previamente
explicita algunos de sus supuestos
-práctica saludable en el ámbito de una discusión pluralista-, en particular,
el antropocentrismo metodológico, señalando que "todo discurso, toda verdad, toda norma siempre reenvía a una
tradición de humanos, a una comunidad, a un o a individuos. La afirmación que
una verdad o un dogma son absolutos es siempre también la afirmación de seres
humanos que dicen poseer esta verdad gracias a una revelación o a una intuición
sobre humana, trascendente o trascendental"(7, p.42). En dicho
marco, que le permite relativizar y contextualizar todos los fundamentalismos y
absolutismos, arremete contra la ecología profunda y el biocentrismo que le
parecen un nuevo ejemplo de fundamentalismo, los que podrían eventualmente
justificarse en el nombre de una retórica necesaria frente al desafío de los
problemas ambientales. Sin embargo, la acusación de fundamentalismo a ciertas
corrientes del ambientalismo, acusación muchas veces dirigida también a grupos
ecologistas o verdes que se han comprometido en la vida política contingente,
no es necesariamente una manera de abandonar la temática ambiental. Sobre el
particular Hottois señala que es posible refutar la idea de que "sólo una posición bio o zoo-centrista... es
apta a proteger eficazmente lo vivo. Los hombres pueden perfectamente decidir
de proteger la naturaleza a partir de una posición antropocentrista puesto que,
simplemente, se ponen de acuerdo, por múltiples razones, en tal voluntad de
salvaguardar y proteger, ya que saben que es su responsabilidad. Por otra
parte, tendrán tanta más consciencia de su responsabilidad... puesto que sabrán
que esta salvaguardia no es garantizada por cualquier orden esencial y
fundamental"(7, p.42).
En el contexto de una
filosofía de la bioética -como superación de las aporías que se desprenden de
la crítica a las posiciones políticas de Jonas-, es posible pensar que ciertas
instituciones generadas por ésta pueden servir de modelo para adoptar
posiciones eficaces, en el tiempo oportuno, por ejemplo, respecto de una
temática como la ambiental, sin ignorar el pluralismo y el multiculturalismo.
Sobre el particular Hottois señala que "en
los comités de ética pluridisciplinarios y pluralistas, tal como los concibo y
como he podido experimentarlo, la discusión igualitaria entre individuos o
grupos, con convicciones morales, filosóficas y religiosas muy diferentes,
aunque capaces de expresarse de forma argumentada... no conduce a la conclusión
que todo es equivalente y que todo es indiferente."(7, p.43).
Es evidente que gran parte
de las posiciones anteriores de Hottois, que comparto en muchos aspectos,
buscan configurar una bioética que sea capaz de regular la tecnociencia, sin
ignorar: 1) que la tecnociencia es un acontecimiento histórico, antropológico e
incluso inscrito en la naturaleza, de forma inevitable; 2) que entre las
referencias que permiten una cierta regulación es necesario reconocer y
promover dos tipos de fundamentos o de
hitos que permiten el desarrollo de un relato en coherencia con las
otras realidades que nos constituyen. Por un lado el pluralismo, que es al
mismo tiempo, pluralismo cultural y pluralismo de valores. Por el otro, el
convencimiento que no es posible regular la tecnociencia -donde regulación y tecnociencia tienen por
objeto reproducir y construir el mundo- si se corre el riesgo de ignorar y
castrar de manera duradera, por ejemplo, en el nombre de una heurística del
miedo, la fuente de creatividad, de alteración y de novedad constitutiva del
ser humano.
Sin embargo, en la
perspectiva de nuestro texto y reconociendo que respecto de cualquier autor la
prudencia recomienda el conocimiento más vasto de sus escritos, lo que no es mi
caso, algunas dudas me surgen. La primera de ellas se enuncia a través de dos
preguntas: ¿El pluralismo como hito y fundamento de evaluaciones, de juicios,
de opciones y regulaciones, engloba también la temática de los intereses
económicos? ¿Estos intereses, representantes sin duda alguna, de una cierta
sensibilidad respecto del mundo, tienen el mismo estatuto material que las otras sensibilidades explicitadas con
ocasión de un problema puntual? Es evidente que el estatuto de los intereses económicos es central, puesto que
en aquello que puede ser
regulado en el caso de las nocividades alimentarias y ambientales existe un
nudo central que se expresa y se puede leer al nivel de intereses económicos,
de lógicas económicas y de problemas de poder.
La segunda observación se
relaciona con las instituciones bioéticas. Las preguntas que me parecen aquí
evidentes son las siguientes: ¿Son estas instituciones capaces, por ejemplo, de
cambiar la política de Bush respecto del Protocolo
de Kioto, laboriosamente elaborado por otra parte, en el respeto de
los distintos intereses mundiales? ¿La capacidad de evaluación y juicio de
estas instituciones, justamente consideradas como figuras privilegiadas de lo
razonable, son realmente representativas de las sociedades contemporáneas?
Plantearse estas preguntas no debe entenderse como una crítica a las esperanzas vehiculadas por la bioética.
Solamente buscan contextualizar su capacidad de acción, sin olvidar por
supuesto la noción de Kairos o
del tiempo en que la acción es oportuna, con el fin de evitar que la reflexión
generada por la bioética se tome a sí misma como modelo de la realidad
existente y sus discursos sean acompañados de la ilusión de creer poder
resolver mágicamente los problemas, gracias a un cierto poder de la
enunciación.
Finalmente, es cierto que toda
argumentación corre el riesgo de fundamentalismo y de absolutismo, sobre todo
cuando lo que se busca promover a través de esta argumentación es valorado
psicológicamente y considerado como un gran desafío. Este riesgo es aun mayor
cuando esta argumentación busca aumentar su fuerza retórica y persuasiva por
medio de modelos fundacionales de tipo trascendental, que dejan al mar gen de
la discusión los mismos fundamentos. Se podría afirmar que también es posible
argumentar sobre bases inmanentistas, es decir, en el contexto de una lógica de
actores sociales. Lo que también podría contribuir a la generación de una
fuerza social, extremadamente persuasiva. Es claro que el destino de esta
argumentación no sería necesariamente el comité de ética, sino que la sociedad;
es también claro que una argumentación de este tipo, a pesar de ser elaborada
en el campo de la bioética, tendría por objeto alimentar la política y lo
político. Esta propuesta no es utópica puesto que un fenómeno de este tipo ya
se ha producido, gracias al entrecruzamiento, por ejemplo, de contenidos
específicos de la bioética con la organización de personas viviendo con VIH/
SIDA, a fin de proteger los enfermos de los riesgos de la discriminación.
En este punto sería también
posible conceder un cierto estatuto a una dimensión del pluralismo a menudo
ausente en las discusiones, aunque extremadamente importante en el campo de las
nocividades. Cuando un bioeticista afirma, por ejemplo, que la agricultura
orgánica es un lujo de ricos y que el verdadero problema lo plantean aquellos
que no tienen nada que comer, además de funcionar como un filósofo de viejo
cuño, excluye de la discusión a quienes piensan de manera diferente. La
reivindicación de una agricultura orgánica por razones emotivas, por sensibilidades
específicas o por preferencias estéticas preserva esta opción como una
posibilidad para el conjunto de la humanidad. En realidad existen
sensibilidades que no son necesariamente representadas por las familias
espirituales, que el debate bioético promueve y que se legitiman a través de
complicadas y nebulosas opciones valóricas.
Quienes consideramos las
nocividades alimentaria y ambiental como un problema real y urgente tendemos a
pensar estas temáticas como si constituyeran un hecho innegable; más aún, tendemos a considerarla como un acontecimiento que debiera provocar
nuevas aventuras en el campo de la reflexión, incluso en el ámbito de la
bioética, tan aparentemente empaquetada por ciertas prácticas literarias. Nos
indignamos, de cierta manera, frente a la indolencia de muchos y comprendemos
poco la discontinuidad con que las nocividades aparecen y desaparecen en las agendas públicas, políticas o reflexivas.
Sin duda, de cierta manera, nos equivocamos. La experiencia es concluyente, las
nocividades también exigen la puesta en
relato con el fin de comenzar su lento recorrido que las convertirá
en una tema central de la discusión pública; también, las nocividades tienen
necesidad del trabajo
representado por las mediaciones de todo tipo, con el objeto de ocupar un lugar
en el contexto de las redes sociales que conforman el cuerpo social. Esto es
una verdad o lo era hace muchos
años atrás cuando la temática era aún incipiente.
Esta puesta en relato ha podido optar entre
varias vías posibles. Su traducción a través de los diferentes discursos
profesionales tiene la enorme garantía de introducir la temática de la
nocividad inmediatamente en las redes de discursos que constituyen el cuerpo
social.
En una visión funcional e
inocente de las redes sociales se podría haber pensado que esta puesta en
relato tarde o temprano alcanzaría sus objetivos. Sin embargo, este resultado
no es evidente en la perspectiva de las transformaciones implicadas y esperadas
por muchos respecto de las nocividades. Lo acontecido con el Protocolo de Kioto y la historia de los
transgénicos muestra que las cosas son relativamente o realmente diferentes. La
inflación constante de los discursos, la manía consistente en generar nuevos
caminos de interpretación de la realidad en función de divergencias mínimas,
sin el ánimo ni la preocupación de producir una coherencia que permita
situarnos en el mundo, nos hace dudar si la exigencia de poner en relato está al servicio del
establecimiento de un hecho, de su necesaria visibilidad. Nos obliga a
plantearnos si esta puesta en relato, por razones antropológicas y políticas
profundas, no depende de usos y normas, de redes y prácticas discursivas y
materiales que la apremian, la limitan, le imponen la exigencia de una cierta
complicidad con otras lógicas existentes. En cuyo caso el indicio(8) de realidad de un hecho
depende cada vez más de quienes
o de aquello que posee un poder
jamás visto en la historia, es decir, de los medios de comunicación. La
incapacidad de un hecho o de un
acontecimiento de provocar lo
que de ellos se esperaba se explica por su incapacidad de penetrar y comunicar
con la vida cotidiana, la que en un acto de objetivación de sí misma podría
alterar incluso la geometría en que se ordenan y se distribuyen las redes de discursos
que conforman el cuerpo social.
El carácter casi subversivo
que la noción de acontecimiento tenía en ciertos autores, en la medida en que
esta noción procuraba una nueva razón de ser al pensamiento crítico extraviado
en la denuncia de una ideología que sólo era ilusoria para los pensadores
críticos(9), se fragiliza en el
marco del mundo actual. Marc Augé nos dice: "'Acontecimiento
mediático'; esta expresión de nuestros días puede parecer un pleonasmo. Si
tenemos la sensación de que siempre está ocurriendo algo en alguna otra parte,
es porque estamos 'informados' de ello, como se suele decir. Desde ese momento
nos preguntamos (aunque la respuesta sea incierta) qué distancia tomar, qué
punto de vista hay que retener, qué oreja hay que tapar para discernir, detrás
del estrépito y el estruendo de la actualidad, el ropaje disimulado y los
cuchicheos de la historia en marcha".(10, p.16). Un poco más
adelante el mismo Augé agrega: "Sobre
el acontecimiento ya no sabemos qué decir, ni tan siquiera si continúa siendo
un acontecimiento. Las novedades cotidianas… abundan. Los medios de
comunicación, en cierto sentido, hacen que los acontecimientos existan o
no"(10, p.127).
En otro texto Marc Augé
aborda la temática de la ficción, más exactamente de un nuevo régimen de la ficción, como una
pista para entender lo que adviene con hechos
y acontecimientos. Un nuevo
régimen de la ficción busca dar cuenta de un cambio en "las condiciones de circulación entre lo
imaginario individual (por ejemplo, los sueños), lo imaginario colectivo (por
ejemplo, el mito) y la ficción (literaria o artística, puesta en imagen o no)…
A través de esta temática se plantea la amenaza que hace pesar sobre lo
imaginario la 'ficcionalización' sistemática de que es objeto el
mundo"(11, p.19). Para Augé "todas
las sociedades han vivido en lo imaginario y por lo imaginario. Digamos que
todo lo real estaría 'alucinado' (sería objeto de alucinaciones para los
individuos o los grupos) si no estuviera simbolizado, es decir, colectivamente
representado. La cuestión particular se refiere al hecho de saber cuál es
nuestra relación con lo real cuando las condiciones de la simbolización
cambia"(11, p. 21).
Augé esquematiza la vida de
las sociedades en el ámbito imaginario a partir de un triángulo cuyos vértices
son constituidos, en la parte superior por el Imaginario y memoria colectivo
(IMC) y, en la base, por el Imaginario y memoria individual (IMI) y por la
creaciónficción (CF). En este triángulo se producen evidentemente relaciones
permanentes. "Lo imaginario y la
memoria colectivos (IMC) constituyen una totalidad simbólica por referencia a
la cual se define un grupo y en virtud de la cual ese grupo se reproduce en el
universo imaginario generación tras generación. El complejo IMC ciertamente da
forma a los mundos imaginarios y a las memorias individuales... Asimismo ese
complejo es una fuente de elaboraciones narrativas"(11, pp.76-77).
Por otra parte "la ficción puede ser para la imaginación y la
memoria del individuo la ocasión de experimentar la existencia de otras
imaginaciones y de otros universos imaginarios. Pero esta experiencia se basa
en la existencia de una ficción reconocida como tal… y se basa asimismo en la
existencia de un autor reconocido como tal, con sus características singulares,
un autor que por eso establece con cada uno de los que constituyen su público
un vínculo virtual de socialización"(11, p.131). Se podría
agregar que "todo proceso de ficción
identificable constituye un principio de 'librepensamiento' en relación con las
representaciones de lo imaginario colectivo... En este sentido, la ficción
reconocida como tal es esencialmente liberadora, sólo que la libertad que ella
procura está en tensión con los imperativos respectivos de los dos ámbitos
imaginarios que la estimulan y la limitan a la vez"(11, p.133).
En el nuevo régimen de la
ficción "la condición de la ficción y
el lugar del autor están... alterados: la ficción lo invade todo y el autor
desaparece. El mundo está penetrado por una ficción sin autor"(11, p.134)
Más aún en la condición postmoderna o sobremoderna "Todos los antiguos universos imaginarios colectivos tienen ahora
el carácter de ficción. Pero, desde el momento en que el polo de lo imaginario
colectivo está desocupado, la relación de lo imaginario individual con el polo
IMC... ya no tiene relación de ser. Ante sí, lo imaginario individual no tiene
más que la ficción. Pero la ficción también ha cambiado, puesto que ya no tiene
intercambio alguno con el polo desocupado por IMC. El esquema se simplifica. La
nueva ficción, que llamaremos 'ficción-imagen', se sitúa a media distancia de
los anteriores polos IMC y CF, como si ambos se hubieran desplazado hacia una
nueva posición de equilibrio. El polo IMI, directamente ligado a ese nuevo
punto de equilibrio, sólo tiene relación con él. Informado únicamente por la
ficción-imagen, el yo que ocupa el antiguo polo de lo imaginario y de la
memoria individuales (IMI) puede considerarse 'ficcional'" (11, pp.135,36).
En realidad "el yo ficcional se ve permanentemente amenazado
de quedar absorbido por la ficción-imagen, que se presenta simultáneamente como
lo imaginario colectivo y como ficción, siendo así que la ficción-imagen debe
su existencia a la eliminación de estas dos últimas instancias, a la
desaparición simultánea de la historia y del autor"(11, p.136).
En este contexto "el yo ficcional… es
un yo sin relaciones y por eso mismo sin soporte de identidad, es un yo que
corre el riesgo de quedar absorbido por el mundo de imágenes en el que él cree
poder encontrarse y reconocerse"(11, p.151).
Sobre la base de este breve
recorrido podemos volver sobre el título de este acápite y entender, sin por
ello consolarnos, la dificultad
de convertir en un hecho o en
un acontecimiento la temática
de la nocividad alimentaria y ambiental. Lo que, a su vez, evidentemente
sobredimensiona el ejercicio supuesto por la puesta en relato o por la
argumentación que busca instaurarla como una temática pública.
Esta especie de constatación antropológica permite
identificar una serie de nuevos aspectos importantes: 1) Es evidente que
conviene discutir y polemizar con cualquier forma de fundamentalismo o
absolutismo, pero guardando la serenidad suficiente para escuchar y
eventualmente reflexionar sobre las imposibilidades y dificultades
antropológicas y políticas que pueden eventualmente legitimarlos. Estos pueden ser el signo de un acelerado
déficit simbólico, tanto a nivel local como en la manera como otras culturas se
relacionan con el orden mundial. Es fácil denunciar riesgos e incoherencias. Es
también importante constatar los sesgos culturales y políticos sobre los cuales
se desarrolla nuestro propio pluralismo; 2) La regulación de temáticas tales
como las nocividades es mucho más laboriosa, en principio, que las temáticas
que se desprenden de la tecnociencia que exigen una regulación para aceptar su
introducción en el cuerpo social. El carácter construido, de cierta manera
legítimo, de esta última salta a la vista; 3) La puesta en relato de las
nocividades, dada las estructuras antropológicas y políticas que vuelven
visibles o invisibles hechos y
acontecimientos sólo puede asumirse plenamente cuando se comprende
también como una propuesta educativa, pero en una perspectiva en la cual lo
educativo y lo político se conectan íntimamente. Esta puesta en relato, en la
medida que las nocividades atraviesan las instituciones, las redes que éstas
constituyen y las lógicas que las sostienen puede perfecta y legítimamente no
satisfacerse plenamente de una exigencia analítica. Contiene inevitablemente
propuestas y temas donde se juega la temática del sentido.
La puesta en relato de la nocividad
ambiental tiene una larga historia, evidentemente anterior a la bioética.
Respecto de esta historia es importante saber lo que eventualmente la bioética
ha hecho, lo que puede hacer y de manera menos trivial, cuál es el espacio y la
importancia que se concede a la problemática ecológica en el presente y el
futuro.
La historia de la puesta en
relato de la nocividad ambiental es central, a lo menos, respecto de dos
temáticas: en relación con el devenir hecho o acontecimiento de la temática
ambiental o de su inscripción en el sistema-mundo como una exigencia
transversal, dotada de caracteres propios y respecto del estatuto de ciertas argumentaciones/fundaciones,
productos privilegiados de la bioética, lo que evidentemente plantea la
relación de ésta con la sociedad y la política.
La historia de esta puesta en relato es
colosal en escritos y rica en experiencias de todo tipo que han involucrado la
mayor parte de los saberes y prácticas existentes; ilustrativa de enseñanzas
respecto de la política, de las relaciones de ésta con las lógicas económicas y
sociales predominantes e incluso, de la perennidad de la ideología y de la
ilusión, como fenómenos actuales, tanto individuales como colectivos.
Pretender abarcar esta
historia en un texto como éste sería injurioso, equivalente a presumir
competencias que no poseo. Afortunadamente algunos escritos(12) facilitan la tarea y permiten
abordar, con cierta seguridad, el tema de forma esquemática. Esta historia se
construye y se desarrolla en la perspectiva de dos corrientes con contenidos
diferentes y efectivamente antagónicos: el ecologismo y el ambientalismo. Este
último, es necesario destacarlo, se impone por el momento.
Es posible representarse el
ecologismo como una constelación que reúne en un mismo proceso a pensadores y a
generaciones de jóvenes, fundamentalmente en los países desarrollados, a través
de continuas movilizaciones contra lo nuclear, la defensa de lo rural, contra
la impunidad de catástrofes petroleras u otras, la caza indiscriminada de
determinadas especies, etc. En ella emergen con claridad algunos nombres, así
como la experiencia política de las agrupaciones de verdes o ecologistas.
De los múltiples nombres
que se destacan, algunos personajes sobresalen como Arne Naess, que desde 1972
advierte "que una amplia
transformación espontánea estaba teniendo lugar en la consciencia humana, en
especial en los países industrializados"(12, p.51). Esta
transformación es bautizada por Naess como ecocentrismo.
También es posible destacar a Murray Bookchin y su ecología social(12, p.70), la que hacia fines de los
años 80 adquiere una forma sistemática. Los contenidos fundamentales de su
ecología social se estructuran alrededor de tres ejes: la diversidad, la
espontaneidad y la visión no jerárquica de la realidad. La ecología social se
orienta, en términos políticos y sociales hacia formas comunitaristas de
organización. Interesante nos parece transcribir brevemente las críticas de
Bookchin al ambientalismo: "1)El
ambientalismo designa una 'perspectiva mecanicista e instrumental' de la
naturaleza; 2) tiende a reducir la naturaleza a un depósito de recursos
naturales…; 3) El ambientalismo zanja la tensión entre la humanidad y la
naturaleza por la vía de una tregua más que de un equilibrio permanente…; 4) El
ambientalismo no cuestiona la premisa básica de la sociedad contemporánea: que
la humanidad debe dominar la naturaleza, sino que la favorece mediante el
desarrollo de técnicas para reducir los impactos de la irreflexiva expoliación
del medio ambiente".(12, p.65). En esta galería de nombres
también tiene su lugar Jonas, mencionado más arriba.
El ecologismo ha sido
objeto de múltiples ataques. Estos van desde las acusaciones de constituir un
nuevo y peligroso fundamentalismo, de una evidente cercanía con los contenidos
del nazismo, de marxistas reconvertidos (eslogan preferido de los sectores
autoritarios en América Latina) hasta ser transformados en los representantes
privilegiados de la cultura de la muerte y de la falta de respeto de la vida
como una valor incuestionable.
En el marco de estas críticas
se desarrolla el ambientalismo como la más seria tentativa de integrar el
desafío ambiental al sistema-mundo. Desde sus orígenes esta corriente se
encuentra ligada "a la maquina institucional creada por los gobiernos en
Estocolmo" destacándose su "neutralidad frente a las relaciones del
hombre con la Naturaleza, su automático acomodo al modelo económico, político y
social fundado en el industrialismo, su compromiso con la historia de
antropocentrismo tejida por la Modernidad y su ciega confianza en los métodos
de la ciencia y la técnica. Su opción, en palabras de Lynton K. Caldwell, ha
sido "aceptar las realidades políticas
y económicas de cada momento y buscar la mediación y el compromiso de las
fuerzas tecno-económicas dedicadas a la transformación medioambiental y al
desarrollo de los recursos"(12, p.37).
A través del ambientalismo
se ha ido configurando en el plano político una red de instituciones que
Caldwell llama "estructuras institucionales que se ocupan del
hombre-en-la-biósfera"(12, p.38)
las que incluyen los gobiernos nacionales, el Programa de las Naciones Unidas
para el Medio Ambiente, redes de organizaciones no gubernamentales (ONG) y
organizaciones intermedias, con un estatuto público y privado. Estas
instituciones que se relacionan estrechamente con el sistema, dadas sus fuentes
de financiamiento, conservan vínculos estrechos con éste y privilegian el
protagonismo de los técnicos, en especial de los economistas, a los que les
compete "introducir la temática ecológica en el mercado"(12, p.39). Se trata de ponerle precio al
medio ambiente, de desarrollar sus bases económicas a fin de volverlo
relevante.
Independientemente del lema
según el cual es mejor hacer algo que nada,
es difícil negar que en el desarrollo de estas bases económicas la temática
ecológica pasa a segundo plano. La prioridad es concedida al crecimiento
económico y al progreso social. Incluso la noción de desarrollo sustentable que
se pensaba cómplice de la emergencia ambiental se desvía de sus intenciones
primeras para privilegiar el crecimiento, con el objeto de conseguir la
equidad, restringiendo los temas ambientales a la "simple calidad de
vida"(12, p.41); "la sustentabilidad así entendida no tiene
problemas para validar el total reemplazo de los bosques nativos de una región,
a condición de que la superficie removida sea completamente reforestada, aunque
sea por especies exóticas. De esta forma, no sólo se cumple con el deber de
crecer, por la vía de la exportación, sino que además, mediante la
reforestación, se asegura que en el futuro existirán los recursos necesarios
para continuar la explotación. El mismo criterio puede usarse para estimular la
extracción pesquera, el desarrollo ganadero"(12, p.42). Es
claro que en esta forma de ver las cosas la pérdida de biodiversidad no es
considerada con seriedad y que sobre la base de este espíritu es posible
explicarse el tema de las "vacas locas" y la utilización de hormonas
y antibióticos en la producción de animales para el consumo diario.
La conversión de la
temática ambiental en un problema económico, condición para introducirla en el
sistema-mundo, parece más bien una manera elegante y, al mismo tiempo, ideológica de no plantearse la relación
entre capitalismo4 y crisis ecológica. Tanto más que es necesario
reconocer que en las condiciones actuales la exigencia ecológica se presenta
como un escollo difícil de resolver para este sistema económico.
La relación de la
emergencia ambiental es evidente con "dos
aspectos elementales del capitalismo histórico. Uno es bien conocido: el
capitalismo es un sistema que tiene una necesidad imperiosa de expansión en
términos de producción total y en términos geográficos, a fin de mantener su
objetivo principal, la acumulación incesante. El segundo aspecto se toma en
cuenta menos frecuentemente. Para los capitalistas, sobre todo para los grandes
capitalistas, un elemento esencial en la acumulación del capital es dejar sin
pagar las cuentas"(13).
Las ganancias de un negocio
cualquiera corresponde "al margen
existente entre el precio de venta y el coste total de la producción, es decir,
el coste de todo aquello que es necesario para colocar ese producto en punto de
venta"(13, p.3). Los costes totales se encuentran limitados,
por un lado, por el precio del trabajo, el que ha aumentado de manera paulatina
y por el otro lado, de los otros costes no laborales. La reducción de estos
últimos recaen normalmente sobre el Estado y/o la sociedad. "A lo largo de la historia… los gobiernos han
permitido que las empresas no asuman muchos de sus costes, renunciando a
requerirles que lo hagan. Los gobiernos hacen esto, en parte, poniendo
infraestructuras a su disposición, y, posiblemente en mayor parte, no
insistiendo en que una operación productiva debe incluir el coste de restaurar
el medio ambiente para que éste sea preservado"(13, p.4). Dos
tipos de operaciones se relacionan con esta preservación: la primera "consiste en limpiar los efectos negativos de
una actividad productiva (por ejemplo, combatiendo las toxinas químicas
subproducto de la producción o eliminando los residuos no biodegradables). El
segundo tipo consiste en invertir en la renovación de los recursos naturales
que han sido utilizados… Los movimientos ecologistas han planteado una larga
serie de propuestas específicas… En general, estas propuestas encuentran una
resistencia considerable por parte de las empresas"(13, p.4).
Desde el nacimiento de la
emergencia ambiental nos encontramos, según Wallerstein, ante tres
alternativas: "Una, los gobiernos
pueden insistir en que todas las empresas deben internalizar todos los costes
y, nos encontraríamos de inmediato con una aguda disminución de beneficios…
Dos, los gobiernos pueden pagar la factura de las medidas ecológicas (limpieza
y restauración más prevención), utilizando impuestos para ello. Pero si se
aumentan los impuestos… o bien se aumentan sobre las empresas, lo que
conduciría a la misma reducción de las ganancias, o bien se aumentan sobre el
resto de la gente, lo que posiblemente conduciría a una intensa rebelión
fiscal… Tres, podemos no hacer prácticamente nada, lo que conduciría a las
diversas catástrofes ecológicas... Hasta ahora, la tercera alternativa es la
que ha predominado"(13, p.5).
Los países del hemisferio
Norte, incapaces de tomar las decisiones que se imponen han tratado de ganar
tiempo, descargando los residuos en el Sur o imponiendo al Sur de posponer su
desarrollo, forzándolos "a aceptar
severas limitaciones a la producción industrial o la utilización de formas de
producción ecológicamente más saludables, pero también más caras"(13, p.5).
El ambientalismo,
legitimado con el lema es mejor hacer algo que nada ha sido incapaz de
instaurar la crisis ambiental como un hecho
o un acontecimiento real e independientemente de la sensibilidad
del lector nos parece evidente que el esquema anteriormente expuesto permite
comprender la posición asumida por el gobierno de Bush a propósito del Protocolo de Kioto.
Entretanto, es decir, al
lado o al margen de estas diferentes puestas
en relato, los estudios se acumulan y se suceden. Sobre el particular
un texto reciente de la ONU señala que entre los peligros modernos para la
salud debidos al medio ambiente "cabe
mencionar la contaminación del agua en las zonas pobladas, la contaminación del
aire en las zonas urbanas, la falta de control de los materiales de desecho
sólidos y peligrosos, los riesgos químicos y los peligros radiactivos, la
deforestación y los demás problemas vinculados con los cambios ecológicos y
climáticos, así como con el agotamiento del ozono en la estratósfera"(14,
p.42) Conviene destacar que "tanto
en los países desarrollados como en los países en desarrollo uno de los grandes
peligros para la salud es la contaminación del aire, especialmente las
partículas en suspensión, que se calcula causan cerca de 3 millones de muertos
por año en todo el mundo (OMS - 1997)"(14, p.p.42-43).
En la Jornada Virtual, diario Mexicano, se
señala el 14 de enero del 2002 que, según datos oficiales, "la violación de las normas de calidad del aire
durante 321 de los 365 días del año ocasiona la muerte prematura de alrededor
de 35 mil personas -96 al día- en la Zona Metropolitana del Valle de México… Si
en la ZMVM los niveles de ozono estuvieran dentro de la norma, se evitarían al
año 29 mil casos de admisiones hospitalarias y más de 132 mil visitas a salas
de emergencias por males respiratorios, la perdida de productividad y bienestar
equivalente a 39 millones de días de actividad restringida en adultos, más de
20 mil ataques de asma y 2 mil casos de síntomas en niños",
etc., etc.
Por otra parte, la lectura
diaria y atenta de internet entrega cada día datos sobre la temática ambiental
que refuerzan la idea que la heurística del miedo es peligrosa teóricamente,
pero, desgraciadamente cercana a la realidad de nuestro mundo, a lo menos, para
quienes buscan entenderlo desde su dimensión individual limitada.
El breve recorrido anterior
nos permite plantear un cierto número de afirmaciones. En primer lugar, es poco
probable que la bioética haya podido, si lo hubiera querido, cambiar la puesta
en relato de la temática ambiental. En los años en que este proceso acontecía
ella era aún incipiente. En segundo lugar, es claro que la opinión pública,
como una construcción de los centros de opinión, se encuentra sensibilizada con
la temática ecológica. Pero, dividida entre el deseo y la necesidad de más
bienes materiales y los aspectos exteriores de un medio ambiente sano, no logra
acceder a una voluntad política activa. Prefiere confiar ciegamente en los
milagros de la tecnociencia. En tercer lugar, en el campo de la bioética se ha
producido una defensa de los aspectos más nobles y relevantes de la
tecnociencia, que no es, por esencia, la responsable de la crisis ecológica.
Finalmente, la degradación ecológica es un dato indudable del futuro. Ella
impondrá, en un porvenir no lejano, limitaciones y auto-limitaciones
importantes. Que éstas se establezcan en el respeto de la justicia y de la
autonomía es un deseo compartido por muchos. ¿Quién podría dudar que ésta es
también una tarea que le compete a la bioética?
La nocividad alimentaria se
inscribe en el horizonte del concepto de seguridad alimentaria elaborado en
múltiples textos y conferencias por la FAO, es decir, es parte de la reflexión
y de la preocupación política sobre el estado de la alimentación en el mundo.
Por un lado, se trata de resolver el acceso de las poblaciones a las dosis
nutritivas consideradas como necesarias a la preservación y reproducción de la
vida. Por otro lado, como necesidad de generar regulaciones que impidan que
este acceso sea fuente de enfermedad y perturbación de la vida. En el mundo
actual esta doble dimensión del acceso se encuentra complicada por un
desequilibrio estructural: hay poblaciones confrontadas a la morbilidad por
ausencia de acceso y otras por exceso y mala alimentación.
Como se puede constatar
intuitivamente, el concepto de seguridad alimentaria es muy vasto, con
evidentes dimensiones interdisciplinarias, puesto que se encuentran implicadas
directamente temáticas tales como la economía, la demografía, las técnicas y la
tecnociencia, la política, etc. La manera como la ética y la bioética se
integran a esta preocupación plantea inmediatamente una serie de exigencias y
desafíos: es necesario salir del lenguaje profesional -en ciertas
circunstancias particularmente etéreo- y abrirse a otros discursos y
argumentaciones, pero, al mismo tiempo, nuestros discursos y argumentaciones
están obligados a comprometerse con una realidad difícil de negar, ya sea por
el silencio o la omisión.
En estas observaciones
abordaremos sólo dos temáticas de la nocividad alimentaria: el tema de los
transgénicos y una tentativa, a la vez reflexiva y práctica, de conexión de
personas trabajando en el ámbito de la bioética con otras comprometidas en las
asociaciones de consumidores. En realidad las dos temáticas pueden fundirse en
una sola. En la medida en que los transgénicos constituyen una experiencia relativamente irreversible
conviene examinar brevemente las peripecias y aventuras de la regulación, las
lecciones que se imponen y la real capacidad de la ética y la bioética de
orientar las prácticas en una
dirección u otra. Esta perspectiva crítica constituye también una nueva manera
de interrogar el sistema-mundo y las referencias con que éste dice regirse.
"Un alimento
genéticamente modificado o transgénico es aquel al que, por medio de una
modificación genética, se le transfiere artificialmente la información
específica de un tipo de organismo a otro. Por ejemplo, de un pez a un tomate o
de un químico a una planta de soya... Algunas plantas poseen un gen que las
hace resistente a herbicidas, insectos, insecticidas, al frío, al tiempo, etc.
Y se dice que en general mejoran la calidad de los productos"(15, p.27). Las críticas de las asociaciones
de consumidores han sido: los OGM (organismos genéticamente modificados)
representan un aumento de los peligros para los consumidores; tienden a
provocar la pérdida de la diversidad genética en la agricultura; el aerosol
genético amenaza el provenir de la agricultura; aumentan los riesgos de la
agricultura puesto que crece su uniformidad genética; pueden provocar
contaminación genética; pueden provocar la aparición de super plagas; pueden
matar insectos benéficos para la agricultura; pueden afectar la vida microbiana
en el suelo; los efectos de los transgénicos en la naturaleza son
irreversibles; pueden provocar la caída de la producción o el alza de sus
costos; nadie quiere asumir la responsabilidad por los peligros de los
transgénicos; las variedades transgénicas no son más productivas que las
convencionales o que muchas de las tradicionales; los transgénicos representan
un peligro para la seguridad alimentaria de los países en vías de desarrollo;
hay otras alternativas más eficientes y sin los riesgos que significan los
transgénicos; los derechos de los consumidores no han sido respetados(16).
Las críticas de las
asociaciones de consumidores han sido respondidas de múltiples maneras, pero
las divergencias no han sido científicamente
zanjadas, en el sentido de un consenso satisfactorio para los sectores
implicados en la discusión. Pero ello no constituye una sorpresa puesto que la
evaluación de muchas de las interrogantes planteadas sólo tiene sentido en la
perspectiva de un futuro próximo o lejano. Lo que es claro es que una vez que
los transgénicos han sido diseminados en la naturaleza es imposible poner
límites a su expansión. Lo que tiene consecuencias importantes desde el punto
de vista de la interpretación
que podemos hacer del proceso social denominado regulación. Baste con señalar
que en la Jornada Virtual del
24 de enero del 2002 se podía leer que "estudios de la Secretaría del
Medio Ambiente y Recursos Naturales... sobre la presencia de maíz transgénico
en las siembras del grano tradicional en la sierra de Oaxaca o en Puebla no
sólo confirman la presencia de ese organismo genéticamente modificado sino que
advierten que 'no es un hecho aislado y puede ser generalizado' en otras
regiones de México, lo cual representa un 'serio problema'... Entre las
consecuencias que podría tener este tipo de contaminación está que los
trasgenes migren a los parientes silvestres del maíz -los teocintles-, con lo
que se contravienen los compromisos internacionales de México asumidos en la
Convención de Diversidad Biológica".
En la misma Jornada Virtual del 2 de marzo del 2002
se informa que esta contaminación "fue
nuevamente comprobada... habría zonas con hasta 35 % de presencia de fragmentos
de trasgenes en maíces criollos... Ante estos datos, un puñado de científicos
en países del Norte cercanos a la industria, han dedicado cuantiosas horas y
esfuerzos a decir consecutivamente que la contaminación no existía porque el
método de análisis... tuvo errores, mientras ignoraban convenientemente los
informes del gobierno mexicano... que confirmaron dichos datos. Al ir
comprobando que los nuevos informes y pruebas corroboran los anteriores y que
lo más seguro es que lo van a seguir haciendo, siguen intentando llevar el
debate hacia metodologías de detección y méritos científicos, pero avizoran el
hecho de que la contaminación es inocultable".
Las discusiones y polémicas
sobre los transgénicos se concentraron en un punto: las eventuales
consecuencias que los transgénicos podían tener sobre la salud de las personas.
Frente a la imposibilidad de probar en el presente la veracidad de este riesgo
los transgénicos ganaron paulatinamente terreno en el mundo. El único riesgo
palpable en estas discusiones y polémicas parece ser la impotencia de aquellos
que osan oponerse a ciertos progresos sustentables. Agregando que son
sustentables porque producen beneficios y logran, sin mayor sobresalto,
transformar en burócratas del campo a los campesinos y agricultores de otrora.
Al respecto ya tuvimos la ocasión de escuchar los descargos de ciertos agricultores
frente a la ola de críticas provocadas por las vacas locas: "nosotros también somos consumidores de vacunas, de
alimentos industriales cuyo contenido no podemos evaluar, de plaguicidas, de
hormonas de crecimiento, de antibióticos".
La mayor parte de las otras
temáticas evocadas durante la polémica sobre los transgénicos quedaron al
margen de los parámetros que elaboraron las posibles opciones y soluciones reclamadas por los OGM. Como
si no le correspondiera al proceso social de regulación encargarse de ellos. En
las grandes decisiones en las que se juega el porvenir de considerables
inversiones la sociedad debe fiarse una y otra vez a la lógica del mercado.
Una vez que los
transgénicos pasaron a través de los diferentes mecanismos de regulación se
trató de salvaguardar la libertad
de los consumidores por medio del etiquetado. Se pensó que este procedimiento,
metafóricamente próximo al consentimiento informado o al derecho a la
información, permitiría conectar las decisiones sobre los transgénicos con la democracia.
El consumidor informado podría sancionar, a través del consumo, la viabilidad
económica y comercial de los OGM.
Conviene no olvidar que el
etiquetado como procedimiento de regulación fue obstaculizado durante mucho
tiempo en los países desarrollados, a pesar de que los productos se encontraban
en los diferentes lugares de venta y, continúa siéndolo en la mayor parte del
mundo. Lo que convierte la confianza en este proceso de regulación en una
ilusión inocente, sobre todo si se valora adecuadamente la increíble presión
que ejerce sobre los consumidores la propaganda y la publicidad comercial.
Detrás de esta confianza se
erige una conceptualización más fina sobre la regulación del consumo. Se habla
de patrones de consumo(17) y de
una dinámica, dotada de un cierto poder, que sostiene el accionar de los
consumidores. Esta dinámica, presente de forma espontánea en las opciones de la
casi totalidad de los consumidores del mundo se expresa a través de tres
términos: acceder, optar, regular. Es evidente que la incapacidad de acceder a
un consumo anula esta dinámica. En donde esta capacidad existe, la opción y
adhesión de los consumidores a determinados productos o el rechazo a otros,
genera señales que el productor debe necesariamente respetar. Esta opción sería
equivalente a un poder creciente de regulación por parte de los consumidores.
Esto se vuelve relativamente ilusorio en el caso de los transgénicos por el
aumento de la presencia de OMG en productos que consumimos creyendo que no los
contienen. El etiquetado es hoy incapaz de identificar completamente la
presencia de los OMG, lo que impide optar verdaderamente.
Al respecto Klein describe
una situación límite, que reduce al mínimo la capacidad de regulación de los
tres términos anteriormente nombrados: "Loblaws,
la cadena de supermercados más grande de Canadá (con 40% del mercado), envió
una carta a todos sus proveedores de alimentos sanos… informando que ya no
estaba permitido poner que los alimentos eran "libres de OGM". Los
ejecutivos de la compañía argumentaban que no hay manera de saber qué está
auténticamente libre de OGM"(18).
En el mismo artículo se
relata que un agricultor de Canadá "fue
demandado por Monsanto después de que semillas de canola GM volaron a su campo
de cultivo desde camiones que transitaban por ahí y desde cultivos vecinos.
Monsanto dice que cuando las semillas enraizaron, Schmeiser estaba robando su
propiedad. El tribunal estuvo de acuerdo y hace dos meses le ordenó al
agricultor que pagara 20 mil dólares a la compañía, además de los costos
legales"(18).
En la perspectiva de lo
dicho no sólo aparece claro que el proceso de regulación ha sido frágil e
incapaz de imponer sus normas, sino que la historia de los transgénicos da
cuenta de la existencia de poderes fácticos que ejercen su influencia desde las
múltiples redes que constituyen y que dada su complejidad o dimensión
planetaria sobrepasan a cualquier humilde consumidor. Los lobbys han hecho su
trabajo sin ninguna dificultad. Monsanto, una de las multinacionales más poderosa
en el rubro, creó su propia fundación, en el marco de las discusiones y
polémicas, para procurar una adecuada información, lo que sobrepasa el accionar
de cualquier otra ONG. Los especialistas, en este contexto, a no ser de
considerarlos como una encarnación del filósofo rey platónico o un burócrata al
estilo hegeliano, también son constantemente sobrepasados.
La decisión a favor de los
transgénicos se inspiró de otro argumento ético, relativamente falso, que nunca
fue abordado seriamente: los transgénicos son la única solución para un mundo
futuro, donde, a causa del aumento continuo de la población los alimentos
escasearán y el hambre se apoderará del planeta. Relativamente falso como
parámetro, puesto que las proyecciones sobre la población mundial son menores a
las de hace algunos años, porque la agricultura tradicional, gracias a sus
progresos técnicos aún produce alimentación suficiente para todo el mundo,
porque el problema de la seguridad alimentaria es un problema político y de
justicia social. Pero lo más increíble es que los transgénicos no fueron
producidos para los pobres ya que se venden prioritariamente en los mercados de
los países ricos y su objetivo último es competir con las otras formas de
producir alimentos y eventualmente, en un futuro, desplazarlos completamente.
En otros textos(19) en los cuales nos interesábamos en
el establecimiento y desarrollo de un diálogo entre las asociaciones de
consumidores (Oficina Regional para A. Latina y el Caribe) y la ética/bioética
nos comprometimos en un análisis más fino sobre la idea de regulación y
patrones de consumo. La noción de un desplazamiento del poder de los
productores a los consumidores nos pareció particularmente audaz. En estos
textos nos pareció importante proponer otras referencias.
En primer lugar, desde el
punto de vista del consumo la relación entre productores y consumidores es
asimétrica. Los productores representan el polo activo, que quisiéramos
calificar casi de ontológico,
por su capacidad de alterar y modificar
la realidad. Mientras que los consumidores representan el polo pasivo,
adecuadamente enunciado por la expresión consumo/consumir. La regulación, para
las asociaciones de consumidores, se asemeja a una loca carrera contra el
tiempo con el fin de comprender la significación de un producto y su impacto
sobre el sistema mundo, es decir, con el objeto de evaluar su nocividad.
En segundo lugar, el
consumo y el sistema mundo es casi simétrico. En la perspectiva del imperio de
las marcas el fenómeno del consumo es parte de la cultura y en este contexto juega un papel prioritario en la
socialización de los individuos. Incluso esta nueva cultura ha perturbado
profundamente los saberes y su capacidad crítica. La pregunta pertinente aquí
consiste en saber si las asociaciones de consumidores son capaces de encargarse de la gestión y el pensamiento del espacio social representado por la
regulación, dado que el consumo en el mundo actual abarca lo que debería ser
abordado por la política. Entendida ésta como la dimensión donde, a lo menos en
un contexto democrático, se define y se acota lo deseable, tanto desde un punto
de vista individual como colectivo. Esto no constituye una crítica a las
asociaciones de consumidores. En realidad éstas reconocen la íntima relación
entre consumo y sistema mundo, puesto que incluyen en la evaluación sobre la nocividad las variables ecológicas y la
explotación de las poblaciones pobres involucradas en la elaboración de
determinados productos con el fin de bajar sus costos.
Si en términos de fuerzas
sociales, se quisiera adecuar el accionar de los consumidores al verdadero
desafío de la regulación deberían generarse redes que aseguren la participación
en este debate de otras organizaciones donde la gente se agrupa según su inserción
social. Si esto aconteciera la política o sus debates fundamentales se
explicitarían en torno al consumo, a sus posibles nocividades en el sentido que
lo entienden las asociaciones de consumidores y no me cabe duda que la
discusión sobrepasaría el tema de la regulación y se concentraría en la
conexión entre libertad y consumo. Es decir, en la gestión común de un mundo
que les pertenece por igual a todos aquellos que vivimos, así como a las
generaciones futuras.
En tercer lugar, si la
ética y la bioética se comprometieran con la preocupación representada por las
asociaciones de consumidores y otros actores sociales sólo podrían hacerlo a
través de un axioma y de tres opciones no triviales. Respecto del axioma éste
podría expresarse como sigue: la ética/bioética constituye, de manera real o
difusa, un espacio social en el cual existe y se reproduce una masa crítica.
Éstas poseen la legitimidad de inmiscuirse en los temas que plantean
interrogantes centrales para el mundo contemporáneo, más allá de su eventual
involucramiento en la elaboración del orden mundial, como lo señalábamos al
comienzo de este texto.
Las tres opciones no
triviales donde ética/bioética podrían comprometerse con la preocupación de las
asociaciones de consumidores podrían enunciarse de la siguiente manera: a)
Invertir una parte de su propia legitimidad en el acompañamiento de las
propuestas y acciones de instituciones que constituyen esa nebulosa denominada sociedad civil. Es
evidente que en este acompañamiento nuevas significaciones de la ética y la
bioética respecto del mundo actual deben explicitarse; b) Este acompañamiento
no es sólo una adhesión a causas nobles,
puesto que a través de formas particulares de argumentación, acumuladas por la
ética y la bioética, se trata de evitar cualquier forma de banalización y
burocratización de las temáticas. El carácter interdisciplinario de la bioética
se acomoda bien con el trabajo en redes y asociaciones comunitarias, puesto que
las distintas dimensiones presentes en argumentaciones y polémicas son parte de
su trabajo cotidiano.
En el rechazo de la
banalización se expresa algo de lo dicho anteriormente sobre el destino de hechos y acontecimientos. En el caso de
los transgénicos le habría competido a la bioética sostener el imperativo de
prudencia como válido, independientemente de la dificultad de procurar en el
presente pruebas sobre la nocividad alimentaria de los transgénicos. Se trataba
simplemente de no banalizar el acontecimiento
representado por los OGM, es decir, impedir que la sociedad desconociera que
los transgénicos se encuentran en el origen de una serie causal de hechos con
consecuencias de todo tipo; c) Pero, sin duda alguna, el involucramiento más
importante puede producirse en otra dimensión. En la medida que la bioética es
en la sociedad actual un recurso reflexivo, una capacidad de elucidación de
temáticas complejas, es posible esperar que ciertos desafíos sociales y
culturales puedan ser contextualizados y pensados en el espacio que ella ocupa.
En pocas palabras, frente al orden mundial, que delante de cada hecho
momentáneamente significativo pide procedimientos y soluciones, inevitables en
determinadas circunstancias, se trata de preservar para la bioética la tarea de
elucidar el sentido. Éste no sólo se enuncia como contextualización, conexión
de temáticas aparentemente alejadas. El sentido también tiene implicaciones al
nivel de la esperanza y de la
capacidad de querer y desear que las cosas sean de manera
diferente.
Ahora pensamos que es el
momento de volver al comienzo de nuestro texto para destacar un camino al
interior de la bioética que se desprende de lo anteriormente propuesto.
Siempre es necesario reunir
en algún punto lo acumulado para dar el paso siguiente. No hay duda que la
intervención de la bioética en el dominio de la nocividad, cualquiera sea la
evaluación, es legítima. Su intervención ha sido frágil y plagada de supuestos
no pertinentes. Muchos de sus discursos sobre el tema se han propuesto
simplemente porque la legitimidad de pertenecer al mundo de la bioética abre
las puertas de ciertas publicaciones. El esmerado
respeto a una cierta neutralidad y objetividad ha producido discursos políticamente correctos que poco o nada tienen
que ver con las temáticas abordadas. En otros casos, reflexiones sobre temas
cruciales para la nocividad, adecuadas y pertinentes, han contribuido en la
ausencia de conexiones con la puesta en relato de las opciones a la inflación
de los discursos o al desarrollo sin límite de imperativos contradictorios.
Pocas son las reflexiones
del mundo bioético donde se examine su pertinencia respecto de las temáticas
que aseguran su legitimidad. La historia
de la nocividad es un tema donde las lecciones acumuladas son parte de la
posición que se adopta sobre la nocividad. Más aún, la experiencia acumulada
constituye un límite crítico que interroga y desestabiliza la inserción de la
bioética en el mundo actual y que sólo puede redundar en un incremento de su pertinencia.
Ella demuestra que los mecanismos de regulación, legítimamente consensuados, no
funcionan5 en determinadas circunstancias. Asociar los nudos decisionales con
argumentaciones éticas tampoco es una garantía. Incluso, procedimientos
democráticos, como el deseo y las preferencias de la gente, no alteran
necesariamente las decisiones. El discurso económico se cierne habitualmente en
el horizonte como si fuera el doble de la naturaleza. Lejos estamos de aquellas
épocas en que las políticas económicas constituían el centro de la discusión
política, en la medida en que la política, como lo decía Castoriadis, en el
registro de la autonomía como una exigencia encarnada, es discusión y polémica
permanente sobre lo participable
y lo distribuible. El
transcendentalismo, es decir, la existencia de aplanadoras, discursos y lógicas
que sobrepasan los sujetos no es, en el mundo actual, solamente el privilegio
de los fundamentalismos. Las instituciones de la bioética son capaces de
regular la tecnociencia sobre una serie de temáticas importantes. Pero, ¿quién
regula la tecnociencia desde el interior? No sólo el dinero, pero vaya el papel
que juega.
La nocividad ambiental y
alimentaria debiera remecer la bioética puesto que concierne a la biopolítica
como dimensión central y constitutiva de la bioética. Lo que se juega es el estar en la tierra de los seres humanos,
es decir, aquello en que ineluctablemente debemos participar y que quisiéramos
construir colectivamente, preservando la posibilidad de auto institución de la
sociedad, lo que es equivalente a preservar y promover nuestra autonomía
individual. ¿Una utopía? Casi. Puesto que sabemos que toda sociedad socializa
sus individuos en función de las significaciones que posee. En muchos casos, lo
constatamos todos los días, bajo el imperativo del olvido; olvido de sí, de los
otros, de las verdades de
nuestro cuerpo y de nuestra corporalidad, de lo que acontece, de lo que
aconteció, de lo agradable que es vivir la propia vida como una película, a la
cual podemos cambiarle el guión cuando queramos. Aquí interviene, además, lo
dicho más arriba sobre el nuevo régimen de la ficción. Pero no prolonguemos
indebidamente el pánico y la auto flagelación. Como lo dice Marc Augé este
nuevo régimen de la ficción es un acto político y también se disuelve a través
de actos políticos que se construyen sobre la base de hechos y acontecimientos
que efectivamente determinan nuestra vida individual y colectiva.
La bioética reúne en un
mismo impulso reflexión, elucidación y transformación. Este impulso se
materializa en prácticas diversas que se desarrollan en la perspectiva de una
historia. Ciertas temáticas determinan hitos en su historia, marcan su devenir.
Postulo que las nocividades constituyen un punto de inflexión. Por el momento
identifico cuatro consecuencias que grafican esta inflexión: 1) La reflexión
sobre la nocividad es, al mismo tiempo, comprensión de lo que acontece y,
tímidamente, ejercicio libre y comprometido, sobre el estado presente y futuro
del mundo. En esta reflexión juega un papel central la construcción de figuras
e imágenes de una sociedad respetuosa de la ecología; 2) Elucidar es prolongar
la reflexión en el campo de lo social y lo cultural. El destino de nuestras
reflexiones no sólo se orienta en la perspectiva de un poder y un orden. El
éxito de la bioética también se mide por su capacidad de permear el discurso
social empoderando los actores
sociales. Elucidar es inducir nuevos reflejos sociales y políticos, en
particular: ¿quién decide qué y por qué?; 3) La relación entre bioética y
política debe replantearse con fuerza al interior de la bioética. No nos
corresponde recomenzar la aventura de una cierta filosofía política del pasado.
Nuestra atención no debe centrarse sobre modelos de lo que sería la mejor
política. Simplemente lo que pensamos y decimos es político, implica una
evaluación política de lo que vivimos, independientemente de las consecuencias;
4) Finalmente, una temática considerada como un acontecimiento legitima redes que se expresan en textos y
discusiones que enuncian nuestro derecho a orientar un campo determinado del
saber en una dirección específica.
Sin embargo, todo lo dicho
se sostiene en un gran supuesto. Existe, eventualmente, un campo
interdisciplinario constituido por temáticas y prácticas diversas que permite
una cierta unidad entre bioeticistas de países desarrollados y
subdesarrollados, entre latinoamericanos y estadounidenses; de manera menos
trivial, entre los que se ganan la vida haciendo clases y los que trabajan en
instituciones de todo tipo, incluyendo firmas farmacéuticas u otras. Es aquí
donde interviene la noción de pluralismo. Desterrando cualquier forma de
pluralismo light, la nocividad es la ocasión de remecer el campo difuso de la
bioética con polémicas, que constituyan un cultivo verdadero del pluralismo,
identificándolo como motor de nuestro desarrollo, permitiendo colocar también,
en el centro de la discusión, la responsabilidad ética y política de cada uno
de nosotros.
1 Sobre el particular véanse las
razones por la cuales según Bush EEUU no firmará el Protocolo de Kioto. Las "razones" ambientales
pasan a segundo plano y se imponen los argumentos macroeconómicos y laborales.
2 No todos los bioeticistas se han
interesado en la temática, pero aún no he constatado la existencia de alguien
que la declare ajena a la bioética.
3 Todos conocemos el carácter
sobrecargado que tiene esta expresión.
4 Espero que nadie se escandalice con
la expresión capitalismo que antes de la caída del muro de Berlín era
considerada casi como un posicionamiento político. Hoy es simplemente el único
régimen existente.
5 "Las superficies cultivadas
con OGM han progresado de un 19% durante el año pasado… Desde 1996 las
superficies en OGM han sido multiplicadas por treinta. A fines del 2001 la
superficie cultivada alcanzaba 52,6 millones de hectáreas contra 44,2 millones
en el 2000 y 1,7 en 1996…cuatro países concentran la casi totalidad (99%) de
las superficies cultivadas en OGM: Los Estados Unidos con un 68%… Argentina con
22%, Canadá con un 6% y China con un 3%". Les Echos, del 23/1/2002.
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Sergio Zorrilla
Fuenzalida
Profesor Titular
Facultad de Ciencias Médicas, Universidad de Santiago, Chile. Consultor Externo
Programa Regional de Bioética OPS/OMS. Chile
zorrilla[arroba]chi.ops-oms.org
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