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Descartes pedía a los
filósofos "volvernos como rectores y
poseedores de la naturaleza"; muy pocas veces en la historia
de la filosofía una vocación ha sido seguida tan al pie de la letra. Los
científicos, que podrían ser considerados los filósofos de hoy, incluso han
extendido el alcance del pedido de Descartes, no sólo se han impuesto a la
naturaleza, sino que se han adueñado de lo humano. Un claro ejemplo de ello es
la biotecnología. Uno de los propósitos más explícitos y claros de esta técnica
es la transformación del ser humano: no sólo se busca transformar algunos
caracteres biológicos del humano sino al ser humano como tal. La pretensión de
la técnica aplicada a lo biológico, encierra un claro propósito de cambiar al
ser humano en su esencia, es decir hacerlo perfecto e inmortal.
Lo propio del ser humano de
la época que nos toca vivir es haberse convertido en un "hombre
tecnológico" y una de sus características es que ha pasado a ser el autor
de su propia génesis. No sólo va a elegir qué ser humano será en el futuro sino
que está convirtiendo ya a lo más misterioso de sí mismo en producto
negociable. Esto pone de manifiesto, como lo hizo todo el pensamiento moderno,
que el ser humano no puede ser pensado como un ser natural, es decir perteneciente
a un orden dado, sino más bien como un ser en constante creación y por
consiguiente en constante cambio y negación de lo que es en cada momento. De
allí la importancia que adquiere en nuestro tiempo el hacer, la acción, ya que
es ella el motor que va dotando al humano de características nuevas cada vez.
Ya no hay un "ser de hombre", una "esencia de hombre" que
se vaya manifestando, como pretendía la filosofía griega, sino que es el hombre
quien va construyendo su ser, su esencia, que cambia según los tiempos. ¿Cuál
es el resultado de esta visión de lo humano? Un agigantamiento de la
interioridad y el reconocimiento de la identidad en esa interioridad. Por ello
la tarea fundamental del ser humano ha terminado siendo el desarrollo de sí
mismo, a tal punto que transformar sus ideas es transformar el mundo. El
fundamento de todo juicio sobre lo objetivo es el sujeto, pero un sujeto que se
está creando a sí mismo todo el tiempo. Para el pensamiento actual,
especialmente para la ciencia, no hay nada dado por sí mismo, ninguna verdad
objetiva sin un sujeto que la formule con un propósito productivo, todo pasa a
depender de la praxis humana. De este modo la historia, su
"progreso", termina siendo únicamente resultado de la acción del
hombre; de la eficiencia del homo faber.
De aquí a convertir a la praxis en el demiurgo perdido cuando el pensamiento se
alejó de Dios, hay un paso; ella, la praxis, comienza separando la vida de la
muerte y finalmente busca hacer desaparecer a esta última.
El rumbo del hombre moderno
está marcado por la técnica, su destino es hacerse a sí mismo y transformar al
mundo a su medida, ese hombre convertirá entonces en mitos pretécnicos los
misterios de la vida. La ciencia, modificada en su finalidad, pasa a
identificarse con la técnica. No sólo el mundo denominado natural y las cosas
caen bajo este orden científico orientado a la transformación, sino sobre todo,
el humano y sus relaciones. La ciencia fue convirtiendo a la vida humana en un
haz de fuerzas o tendencias orientables que en un principio eran encauzadas por
la filosofía o la religión pero que hoy carecen de orientación, ya que no es la
ciencia la que puede establecer sus fines1. El camino seguido por
las ciencias en este sentido ha sido muy largo; alcanzaron su momento de mayor
brillo a principios del siglo XX y a partir de allí comenzaron a funcionar como
satélite de la tecnología. Aquello que motivó y empujó originariamente a la
ciencia moderna ha terminado de cristalizar en nuestros días cuando es
reemplazada por la tecnología. La mentalidad "progresista" de
nuestros tiempos es tecnológica, no científica. El corolario es que cualquier
conocimiento -científico, filosófico, mítico, histórico, teológico- adquiere
validez en tanto y en cuanto "sirvan" al progreso, lo que se traduce
en que sean transformadores, o en términos económicos más fáciles de entender,
"produzcan" algo comercializable.
La ciencia ha cedido su
lugar y su prestigio a la técnica que pretende ser esencialmente productiva.
Pretensión, por otra parte, que todos legitimamos cuando frente a cualquier
tipo de conocimiento nos preguntamos antes que nada "para qué sirve"
y, sobre todo, cuando discutimos sobre qué hombre queremos que resulte de la
transformación que ella pretende llevar a cabo. ¿Cuáles son los supuestos sobre
los que se
1. La confusión de la
técnica con la ciencia quitándole a ésta todo carácter "revelador".
2. La concepción del cuerpo
humano como pura fisiología mecánica.
Resumiendo, en la
actualidad nos encontramos con la culminación de un proceso que alcanza su
punto más alto en la transformación del humano por el mismo humano y esto tiene
peso de valor absoluto, el peso que tenía la ciencia. La visión científica,
fuertemente marcada por el positivismo, por un determinismo ingenuo que quizá
podía caberles muy bien a los que estaban fascinados con el poder de dominar la
naturaleza que la ciencia ponía en sus manos, hoy no tiene asidero. El sueño de
dominar la naturaleza, de poner las fuerzas naturales al servicio del hombre,
se nos ha vuelto en contra, se ha convertido, como decía Goya, en un monstruo
de la razón. Por un lado, las fuerzas de la naturaleza siguen deparándonos
sorpresas desagradables y, por otro, continuamos necesitando de ellas para
subsistir: de los yacimientos de petróleo y carbón, de las plantas y animales
que nos alimentan, de los árboles que nos permiten respirar, del agua que nos
procura los elementos más vitales para nuestra subsistencia, de la luz del sol.
No sólo no nos hemos emancipado de la naturaleza sino que hemos extendido el
horizonte del sometimiento al ser humano(1).
Como decía Russell, "El hombre se ha emancipado de la sujeción a la
naturaleza, pero muestra algunos de los defectos del esclavo que se ha
convertido en amo". Pero Russell, como buen científico, era
optimista y creía que la ciencia que había librado al hombre del cautiverio de
la naturaleza, podría proceder a librarlo de su cautiverio de sí mismo(2, p. 19). Ese determinismo que
caracteriza a la razón científica y que es compartido por todos los científicos
y técnicos, es el que hace que se considere "prehistórica
y poco fiable toda crítica a la ciencia que no provenga del campo de la ciencia
e incluso a ésta muchas veces"(3, p. 50). Para los que siguen
promoviendo acríticamente a la ciencia y la técnica como en la época de
esplendor de ambas, sólo hace falta tiempo para lograr triunfar sobre las
fuerzas naturales que aún no están dominadas. La crítica se ve a menudo como
interferencia en ese proceso en que el futuro, que a menudo vemos incierto y
amenazante, se convierta en un "mundo feliz"2.
Esta imagen de la
tecnología no es una novedad, como tampoco lo es el planteo ético que nos hace
preguntarnos ¿es que ese proceso tiene algún límite?
En este sentido podríamos
marcar que parecería ser que el único mandato que tiene la tecnología en
general y la biotecnología en particular es la eficacia. El límite lo pondría
entonces que fueran eficientes hasta la excelencia, lo que puede generar
consecuencias imprevisibles en el ámbito de la biotecnología, sobre todo de
tipo eugenésico. Aunque el valor que dice mover la eficacia es la excelencia,
la realidad es otra, su regla primordial es la productividad. Los técnicos y
científicos deben producir, la razón de su trabajo es acrecentar la producción
de tecnología y para hacerlo deben vender su fuerza de trabajo al mejor estilo
proletario. La producción de técnicas obliga a multiplicar los medios técnicos,
lo que implica que esos medios deben ser costeados por aquéllos que pueden
pagarlos. El científico y el técnico deben vender su fuerza de trabajo
intelectual a organismos públicos o privados (con una creciente influencia de
los privados sobre los públicos) quienes terminan siendo los dueños de los
resultados de las investigaciones y experimentos. Como dice Digilio, la ciencia
es hoy "una empresa que se inscribe en
el marco de la competencia entre las naciones y/o las instituciones donde la posibilidad
de una tecnología directamente aplicable o redituable se convierte en motor de
la investigación"(3, p. 51). El límite, entonces, lo
establecerán los que ponen el dinero y sabemos que el propósito y los criterios
de juicio de los que ponen el dinero es conseguir más dinero. En este sentido
Rifkin dice que la biotecnología puede convertirse en uno de los negocios más
importantes en el futuro y los científicos serán meros empleados en esos
negocios.
Precisamente, haciendo
hincapié en la falta de límites que parece aquejar al proceso biotecnológico en
general, aparecen las críticas bioéticas. Estas apuntan preferentemente a sus
efectos más sensacionales: la fecundación asistida, el proyecto HUGO, la
clonación. Sin embargo, hay otras experiencias que afectan directa y
actualmente a muchos seres humanos que no suelen estar en la mira de las
discusiones bioéticas y cuyos límites son marcados exclusivamente por intereses
económicos y políticos y de ninguna manera por la ética: me refiero a los
experimentos genéticos con vegetales y animales. La norma parecería ser en este
nivel "lograr todo lo imaginable, convertir en realidad todo lo
posible".
El planteo habitual, tanto
dentro del ámbito científico-técnico como en el político-financiero que lo
financia, asevera que los experimentos que se hacen en agricultura y ganadería
no presentan problemas particulares, a pesar de que podríamos decir que la
supervivencia humana va en vías de depender de la artificialización intencional
de la naturaleza para llevar a cabo la producción agrícola-ganadera. Es curioso
que, incluso a los críticos de los impactos ambientales de los pesticidas y de
las implicancias sociales de la tecnología agrícola, les cueste ir más allá de
esa crítica para conceptualizar una ética ambiental coherente aplicable a los
problemas agrícolas.
En general, la mayor parte
de las propuestas de la agricultura sustentable, condicionadas por un
determinismo tecnológico, carecen de un entendimiento de las raíces
estructurales de la degradación medioambiental ligada al uso de la agricultura
para acrecentar el capital que impone la utilización de la biotecnología como
única alternativa posible. Por lo tanto, al aceptar la actual estructura
socioeconómica y política en que se inscribe la agricultura como algo
establecido, muchos profesionales del agro se han visto limitados para
implementar una agricultura alternativa que realmente desafíe tal estructura(4). Esto es preocupante, especialmente
hoy cuando las motivaciones económicas, más que las preocupaciones ecológicas,
determinan el tipo de investigación y las modalidades de producción agrícola
que prevalecen en todo el mundo. Y esto es más preocupante aún en América
Latina donde las economías son totalmente dependientes de las voluntades de los
países desarrollados.
Las empresas interesadas
minimalizan las cuestiones, las instituciones gubernamentales asocian
biotecnología con bienestar económico y son ciegas a las consecuencias y los
científicos siguen viviendo en su burbuja de cristal. Escuchemos lo que dice
por ejemplo en México el Dr. Víctor Loyola Vargas, Premio Nacional de Química
en el área de investigación, "en tanto
se cumpla con la ética y se observen máximos cuidados en el desarrollo de la
ingeniería genética, no hay problema alguno". Por su parte el
negociador del Protocolo Internacional de Bioseguridad de Costa Rica, Alex May
Montero expresó que la biotecnología es una realidad en materia de desarrollo
alimentario, "que necesariamente tiene
que incorporarse a América Latina si se desea alcanzar un mejor nivel de
crecimiento" y el Dr. José Ignacio Cubero, jefe del
Departamento de Genética de la Universidad de Córdoba, España, destacó la
seguridad y calidad de los alimentos transgénicos ya que, en su opinión, la
única diferencia con los convencionales es que "lo que antes se hacía mediante procedimientos manuales muy
complicados, ahora se hace en un laboratorio de forma más rápida, según
estrictos estándares de seguridad y evitando cualquier riesgo".
En la medida en que prime sobre cualquier otro el criterio económico de
productividad, las prácticas transgénicas podrán seguir planteándose como las
únicas soluciones posibles a muchos problemas reales y ello impedirá reconocer
cualquier riesgo asociado a ellas. Tomemos como ejemplo el caso del cultivo de cacao
en Bahía. Este estado brasileño dominaba otrora los mercados mundiales del
cacao. Hace unos diez años sus plantaciones fueron afectadas por el hongo
conocido como "escoba de bruja". El efecto fue tan terrible que
provocó que el estado nororiental brasileño pasara de ser una potencia mundial
en producción de cacao, a un importador del grano. La esperanza de los
cacaoteros del sur de Bahía está en la llamada Biofábrica de Cacao, situada en
las afueras de Ilheus, creada por el organismo estatal de investigación del
cacao (Ceplac) con apoyo de los productores. Las primeras plantas clonadas,
sembradas unos tres años atrás, han mostrado resultados prometedores en
resistencia al hongo y se espera recuperar las marcas históricas de la
producción en poco tiempo. Planteadas las cosas de esta manera uno se pregunta
cuál puede ser la objeción a estas prácticas que permiten recuperar la riqueza
económica de una región, beneficiando sin duda a todos sus habitantes.
El planteo debe ser hecho
desde otro lugar. Ecologistas de todo el mundo han hecho declaraciones
particulares e institucionales como la "Declaración
Latinoamericana sobre Organismos Transgénicos", realizada en
enero de 1999, en que se denuncia que las prácticas transgénicas sobre
vegetales y animales violan la integridad de la vida humana, de las especies
que han habitado sobre la tierra por millones de años y de los ecosistemas. Por
otro lado, exacerba el proceso de desarrollo global basado en la inequidad de
las regiones, la explotación de seres humanos y naturaleza y la subordinación
de las economías locales, campesinas y tradicionales del tercer mundo al
desarrollo de las agroindustrias (y otras industrias) en función del lucro de
las grandes empresas.
Por otra parte, los mismos
científicos han reconocido que la ciencia no es capaz de predecir los riesgos y
los impactos que puede producir la liberación al ambiente de los organismos
modificados genéticamente sobre la biodiversidad, la salud humana y animal, el
medio ambiente, y tampoco en los sistemas productivos y en la seguridad
alimentaria. No es absurdo pensar que se pueda provocar, por ejemplo, una
peligrosa e irreversible contaminación genética violando, entre otros, los
derechos colectivos establecidos en el Convenio
sobre la Diversidad Biológica que consiste en conservar, utilizar,
mejorar, innovar e intercambiar semillas, derechos milenarios, por otra parte,
reconocidos en el Compromiso Internacional
de Recursos Fitogenéticos de la FAO y en el Art. 8 del Convenio de la Diversidad Biológica. Esta
declaración alerta sobre el extremo peligro que representa la inminente
introducción de nuevas técnicas de control sobre la expresión genética -tal
como la conocida como "Terminator"
y otras destinadas a producir semillas estériles-, con la exclusiva finalidad
de consolidar el poder monopólico del cartel semillero global.
El gen bautizado "Terminator" (exterminador)
vuelve estéril la segunda generación de semillas usadas en la agricultura. Es
una técnica que incapacita genéticamente la germinación de una semilla. La
eficacia de esta nueva técnica ya fue demostrada en semillas de algodón y fumo,
y entre los cultivos prioritarios para ser desarrollados con ella están el
arroz, el trigo, el sorgo y la soja.
El principal interés
industrial en esta técnica es impedir que el fruto o grano de una variedad
comercial se transforme en una semilla, exterminando así el potencial
reproductivo de aquella planta. Ello obliga a los agricultores a adquirir
nuevas semillas en cada cosecha al precio que se lo vendan. De este modo
estarían sujetos a las grandes compañías para la compra de la simiente y,
paralelamente, dejarían de ejercer el papel que vienen desempeñando hace mas de
diez mil años: el trabajo de mejoramiento de las variedades realizado a través
de cruzas y selección de semillas. El uso de este tipo de gen tiene un claro
interés económico.
Otro dato para abundar en
este sentido: la gran mayoría de las investigaciones actuales llevadas a cabo
por importantes corporaciones como Bayer, Ciba-Geigy, ICI, Rhone-Poulenc,
Dow/Elanco, Monsanto, Hoescht y DuPont, productoras de pesticidas, son sobre
cultivos actualmente diseñados para la tolerancia genética a uno o más
herbicidas, e incluyen: alfalfa, canola, algodón, maíz, avena, petunia, papa,
arroz, sorgo, soja, remolacha, caña de azúcar, girasol, tabaco, tomate, trigo y
otros. Está claro que creando cosechas resistentes a sus herbicidas, una
compañía puede extender los mercados de sus productos químicos patentados3.
Hay un dato interesante
aportado por Ecologistas en Acción en España: el 60 por ciento de los alimentos
preparados contiene derivados de maíz y
soja modificados genéticamente, entre ellos podemos hacer
referencia a galletitas, chocolates y helados, aceite, grasa vegetal,
lecitinas, harinas, emulsionantes, espesantes, proteínas, almidón, jarabe de
glucosa, levadura, productos lácteos, comida para bebés, maltodextrina y
dextrosa. Los consumidores carecen de la posibilidad de rechazar la compra de
un transgénico, dado que la industria no tiene obligación legal de notificarlo
en sus etiquetas, a pesar de que el 59 % de la población urbana no tiene
intención de consumir alimentos transgénicos, según una encuesta realizada
también en España4.
Por otra parte, la
expansión de los cultivos transgénicos amenaza la diversidad genética por la
simplificación de los sistemas de cultivos y la promoción de la erosión
genética; la potencial transferencia de genes de Cultivos Resistentes a
Herbicidas (CRHs) a variedades silvestres o parientes semi-domesticados puede
crear supermalezas5; la posible creación de razas patogénicas de
bacteria; variedades de virus más nocivas, sobre todo en plantas transgénicas
diseñadas para resistencia viral en base a genes virales; las plagas de
insectos desarrollarán rápidamente resistencia a los cultivos tratados
haciéndose inmunes a los plaguicidas obligando a acrecentar o fortalecer su
acción. Esto significa que pueden desencadenarse interacciones potencialmente
negativas que afecten a procesos ecológicos y a organismos benéficos.
Muchos de los que
justifican este tipo de prácticas lo hacen en nombre del beneficio que
acarreará a todos los agricultores, no sólo a los grandes y desarrollados sino
a los pequeños y, además, a los hambrientos y pobres del tercer mundo.
Sostienen que no hay razón para pensar que atentarán contra la soberanía
ecológica del tercer mundo, por el contrario, están convencidos que conducirá a
la conservación de la biodiversidad. Están persuadidos, a pesar de todas las
pruebas en contra, que no son ecológicamente dañinas y que, por el contrario,
darán origen a una agricultura sustentable libre de químicos.
Ante tanto optimismo
bastaría con dejar en claro simplemente que la mayoría de las innovaciones en
biotecnología agrícola son motivadas por criterios económicos más que por
necesidades humanas, por lo tanto, la finalidad de la industria de la
ingeniería genética no es resolver problemas agrícolas sino obtener ganancias.
Es muy probable que las grandes corporaciones que ya tienen hoy mucho poder
controlen en el futuro toda la producción agrícola mundial. Sería ingenuo
creer, entonces, que a estas corporaciones les interesa la biodiversidad, la
soberanía ecológica del tercer mundo, evitar una agricultura química si ésta
les trae beneficios y, sobre todo, que se interesarán por los pobres y los
pequeños.
Algunos países, como España
y Francia, dieron marcha atrás luego de haber aprobado cultivos como el del
maíz Bt, resistente a insectos, presionados por los ecologistas locales. Brasil
tuvo grandes debates acerca de los beneficios y perjuicios de la biotecnología,
a fines de 1998. Un informe realizado por Renata Menasche, asesora del diputado
Elvino Bohn Gass, da cuenta de la catástrofe ocurrida en Japón en 1989 por la
utilización del Triptofano, un micro-organismo genéticamente modificado: 5000
personas se enfermaron, 1500 quedaron permanentemente inválidas y 37 murieron.
Aunque el resultado de esos debates fue la no aceptación de los transgénicos,
fuertes intereses presionaron en Brasil hasta que fue autorizada la siembra de
la soja RR y, como vimos, del cacao tratado génicamente.
¿Qué pasa en Argentina? "Los frutos de la biotecnología ya llegaron
hasta los 1553 negocios del país y lo están revolucionando todo".
Esta frase pertenece a un informe del año 1999. La primera semilla transgénica,
-la soja RR, resistente al herbicida Roundup- , llegó al país en 1996 y hoy el
90% de la cosecha proviene de esa variedad. Actualmente han sido aprobados tres
cultivos transgénicos: algodón, maíz, y soja que han transformado a la Argentina
en el segundo país del mundo en cuanto a la liberación de organismos
genéticamente modificados. En soja está autorizado el evento CP4 EPSPS,
(resistencia al glifosato) como la única variedad transgénica comercializable.
En maíz han sido autorizados los eventos: T25 (resitencia al glufosinato de
amonio) , el 176 BT y el Mon 810 BT (resistencia a orugas y lepidópteros
ambos), en algodón, el Mon 53 BT (resistencia a orugas y lepidópteros). Pero
los objetivos son cada vez más ambiciosos. La CONABIA (Comisión Nacional de
Biotecnología) ha recomendado continuamente a la Secretaría de Agricultura la
aprobación de semillas transgénicas. Esto pone a Argentina como pionera en la
incorporación de esta tecnología. Además de la soja mencionada, fueron
habilitadas dos variantes del maíz Bt, el 176 y el Mon 810 y asimismo el
algodón Bt (Biogodón) evento Mon 531 logrados por Cyanamid. Ambos maíces ya se
producen, al igual que el algodón, se está esperando la liberación de los
algodones con germoplasma INTA y las sojas RR con el mismo germoplasma y, en el
2002, las sojas Bt, tolerantes a lepidópteros. Pero hay más aún, entre los
expedientes presentados a la CONABIA surgen investigaciones para lograr
tomates, papas, trigos, girasoles y hasta alfalfas transgénicos.
¿Qué podemos concluir
después de todo esto?
Adherimos a la alarma
reflejada en una entrevista realizada el 25 de febrero de 1999 al Dr. Patric (Internet New del 25 de Febrero). El
entrevistado siente miedo frente a la pasividad de los consumidores ante la
magnitud y el alcance de la experimentación de modificaciones genéticas que
está sufriendo la agricultura y la producción de alimentos. En este sentido
dice: "los consumidores deberían estar
aterrados ante la perspectiva de formar parte de un experimento colectivo de
ingeniería genética, aplicado a la cotidianeidad de los ciudadanos mediante su
alimentación, sin ninguna garantía de resultados seguros". No
es necesario remarcar aquí que se viola el más mínimo principio de autonomía.
Más allá de los juegos de
la imaginación tenemos aquí un problema concreto y urgente, quizá podríamos
comenzar por aplicar a este dominio la pregunta formulada al principio ¿cuáles
son los límites para el desarrollo biotecnológico?
El progreso moral, que es
el único progreso al que podríamos aspirar, se apoya en la responsabilidad. No
creo que haya ninguna persona ni ningún organismo que pueda responsabilizarse
hoy por los resultados de toda esta experimentación dentro de 30 años.
Quizá el primer modo de
asumir una responsabilidad sea comenzar a poner las revelaciones científicas en
su lugar. Se repite hasta el cansancio que la ciencia y la técnica deben estar
al servicio del hombre y, sin embargo, vivimos cada vez más al servicio de la
técnica. Hemos de comenzar a preguntarnos cuál es ese "hombre" al que
queremos que sirva la técnica, evidentemente tendremos que olvidar al hombre
platónico que se identificaba con un alma inmortal y comenzar a reconocer
nuestra condición de limitados, de corporales, de mortales. Esto nos ayudará a
cambiar la perspectiva respecto del cuerpo, que perderá la condición
positivista de puro mecanismo y comenzará a identificarse con un ser que halla
su razón de ser en su relación con los otros y con el mundo. No sólo somos
responsables por nuestra vida, sino por la de los que nos rodean y nos
seguirán. No sólo somos responsables por las generaciones de humanos, sino por
la tierra y todo lo que a ella pertenece desde hace millones de años.
Limitar la tecnología,
entonces, sólo será el resultado de replantear en qué consiste ser hombre.
1 La dificultad que enfrentan las
éticas en la filosofía contemporánea es poder formular un " deber
ser" no relativo.
2 Utilizo esta expresión recordando
la acérrima crítica de Huxley, un científico, a lo que se consideraba y se
sigue considerando el progreso científico.
3 En Argentina vemos un ejemplo que
se repite en muchos de los países latinoamericanos; tanto la soja como el
algodón recientemente autorizados, llevan la denominación RR por ser
resistentes a un herbicida conocido como glifosato y cuyo principal fabricante
es la empresa Monsanto, bajo la marca "Round
Up". La corporación de origen estadounidense es, además, quien
vende las semillas de algodón RR.
4 Sabemos poco de los peligros que
puede entrañar el consumo indiscriminado de productos transgénicos (por ahora
sólo ha trascendido que hay una mayor probabilidad de padecer alergias) al
introducirse en la dieta proteínas que no existen de forma natural, una mayor
dificultad de digestión, y la resistencia de las bacterias a los antibióticos,
lo que podría tener "resultados dramáticos" en la lucha contra las
infecciones humanas.
5 Un estudio relizado en la
Universidad Nacional de Entre Ríos (Argentina) sugiere que ya hay cambios en
las comunidades de malezas lo cual está provocando problemas para su
control.Consultar. Los Cambios Tecnológicos
y las Nuevas especies de Malezas en Soja. Faccini, Delma E. Cátedra
de Malezas. Fac. de Ciencias Agrarias. UNER., 2000.
1. Horkheimer M, Adorno Th.
La crítica de la razón instrumental.
Buenos Aires: Sur; 1973.
2. Russell B. La perspectiva científica. Barcelona:
Ariel; 1969.
3. Digilio P. Biotecnología: nuevos espacios de saber y poder.
Cuadernos de Ética 1998; 4: 25-26.
4. Lewotin R. Die Gene sind es nicht: biologie, Ideologie und
menschliche Natur. München: Hirzel; 1988.
María Luisa Pfeiffer
Doctora en
Filosofía por la Universidad de Paris (Sorbonne) Universidad Nacional de Buenos
Aires, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Asociación
Argentina de Investigaciones Éticas. Argentina.
maliandi[arroba]mail.retina.ar
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