1. A modo de introducción
  2. La noción de individuo
  3. Marx y el trabajo enajenado
  4. El difícil siglo XX
  5. El individuo y la libertad, la enajenación unidimensional
  6. Hacia la liberación
  7. Bibliografía
  8. Notas

1. A modo de introducción

Este trabajo intentará determinar las líneas conceptuales que dibujan la figura del individuo dentro de la sociedad industrial avanzada descripta por Marcuse en El hombre unidimensional. Para ello, primero se expondrán los tópicos generales de la noción moderna de individuo, previa al siglo XX. El vehículo teórico que planteará la conflictividad entre los dos momentos es la noción de enajenación que se desprende del concepto de trabajo enajenado de Karl Marx. Este concepto no es elegido al azar, ya que Marcuse integra una tradición que recupera la vitalidad filosófica de las obras llamadas de juventud de Marx. Finalmente, se analizarán las configuraciones del individuo en su actual crisis desde el territorio planteado por este trabajo.

1- La noción de individuo

La noción de individuo posee un desarrollo que podríamos considerar relativamente corto. Sin embargo, nace y vitaliza toda una época, atraviesa al mismo tiempo que estructura un espacio histórico que podríamos determinar como el que va desde el surgimiento de la modernidad hasta nuestros días, por lo que observar "cuantitativamente" su corta vida no hace justicia a toda su potencia "cualitativa" como noción reguladora de la vida social.

La idea de individuo aparece como concepto que permite representar teóricamente el desarrollo y crecimiento de nuevas prácticas en el seno de las cambiantes sociedades europeas a partir de los siglos XV y XVI. Fundamentalmente, las fisuras y el quiebre del ethos clásico medieval, visible en el desarrollo de las ciudades y el debilitamiento del poder eclesiástico en su conflicto con el poder político, concomitante con el despliegue y crecimiento del comercio y las relaciones de intercambio, resultaban en nuevas prácticas y nuevas relaciones sociales que, poco a poco, comenzaron a cristalizar en inéditas y diferentes figuras de la vida social, una de ellas, protagonista gravitatoria de la modernidad, la del individuo.

Es imposible comprender el desarrollo de la modernidad, su crecimiento y sus conflictos internos, sus líneas de fuerza, sus elementos de expansión y sus potencialidades, en suma, comprender su dinamismo vital en tanto que dimensión histórica determinada, sin atender a la fuerza y el empuje que ejerce el desarrollo del intercambio y de las sociedades mercantiles, y su acelerada mutación en economías capitalistas, como compleja forma de vida, producción y reproducción social.

Por tanto, podemos decir, que durante su momento originario de expansión y desarrollo los dos planos de expresión (y legitimación) teórica del individuo en cuanto figura de nuevas realidades y prácticas sociales son, por un lado (y primera cronológicamente) la teoría política contractualista, y por otro (posterior, teórica y cronológicamente), la economía política clásica.

En la teoría política contractualista, el individuo constituye la piedra basal del orden social y político. El individuo aparece centralmente estructurado a partir de dos nociones que tienen su origen en la religión cristiana: la libertad y la igualdad. Los individuos son todos libres e iguales, y en cuanto tales, personas, titulares y portadores de derecho por naturaleza, independientemente de su condición social e histórica. De este modo, la existencia humana aparece configurada de un modo formal y abstracto, y de éste modo el Estado, la sociedad y la política quedan en segundo plano, desde un punto de vista ontológico, con respecto a los individuos. En el imaginario contractualista, es a partir de esta situación de igualdad que, haciendo uso de su libertad, los individuos deciden vivir conjuntamente en sociedad. Y también el Estado es un producto de la decisión libre de los individuos. La sociedad y el estado no son más que un artificio en comparación con la igualdad y libertad natural de los individuos. Son artificios necesarios para proteger los peligros del desenvolvimiento de las libertades de todos los individuos, y de sus posibles colisiones; el Estado es el garante que cuida la libertad, la vida y los bienes de cada uno de ellos. La vida es propia de cada individuo, y los bienes materiales (ulteriormente propiedades, dependiendo del autor contractualista que elijamos) son naturalmente esenciales al individuo. Para comprender esto y la importancia de la propiedad para el noción de individuo, se hace necesario introducir el concepto de trabajo. El trabajo1 es un proceso por el cual el hombre mediatiza y regula su eterno metabolismo entre él y la naturaleza, con el fin de crear objetos de distinta índole que satisfagan sus necesidades. Para el liberalismo, de éste modo el hombre se apropia de la naturaleza mediante el trabajo, y este es un proceso natural independiente de la forma social o histórica en la que el individuo conviva con otros individuos. El hombre, en tanto que persona, queda envuelto en una manto sacro que protege, desde el punto de vista del derecho natural, su individualidad, es decir, su libertad, su vida y sus propiedades o posesiones.

Ahora bien, el concepto de individuo no atraviesa la totalidad de la historia humana, sino que tiene una génesis histórica, y para comprender su dimensión se hace necesario atender al desarrollo del comercio y del intercambio.


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