
Juan Carlos I es el rey de la televisión. La restauración monárquica no habría sido posible sin democracia y sin televisión. En las postrimerías del franquismo, dos escenas vívidas en la pequeña pantalla perviven en la retina de cada español:
· La muerte en atentado del delfín de Franco, el almirante Carrero
Blanco, que abrió el futuro democrático y alimentó
durante demasiado tiempo el mito benéfico de ETA.
· La jura de un rey joven ante las todavía cortes franquistas, con
un príncipe niño al lado acompañado de su real madre
y las infantas. Niños asustados pero firmes ante tanto sable, tanta
medalla de ex combatiente de una guerra ilegal "la gloriosa Cruzada del
18 de julio" y tanto procurador franquista de negro traje y alma turbia.
Son escenas convertidas en imaginería popular y dogma de una democracia
en busca de legitimación.
La vigencia y legitimidad de la corona se ha convertido en el mayor dogma de la moderna democracia española. Primero por la restauración, su papel de puente con el pasado lejano y con el cercano. El Rey como garante de una transición sin sangre ni juicios. Después, como encarnación viviente de la democracia. Símbolo deífico y no cuestionado.
Al fin, por los propios intereses dinásticos, asentados en una tupida red de relaciones y compromisos. De políticos y otros poderes que ven en la monarquía el freno a demandas más amenazantes para sus propios intereses o eso que se ha dado en llamar el "ser de España". Ser cuestionado hasta lo más profundo de su esencia por las más rancias grietas de la piel de toro.
Políticos y medios han sido los dos garantes del sistema de la monarquía constitucional, escasamente rellena de contenido político y muy amplificada en la opinión, y sobre todo en el sentimiento público.
Si la democracia se funda más en el sentir que en la opinión pública, la Corona es un instrumento utilísimo para su afianzamiento y perpetuación.
La monarquía es en España modernidad y europeísmo. Hoy sin tercios en Flandes, pero con idéntica voluntad, antaño basada en la comunión de la fe y hoy en el sueño europeísta.
Visitas a ciudades y autonomías, besos y entrelazar de manos. "¡Guapos!", gritan a los Reyes en Sevilla como a la Macarena, Reina del Cielo. "¡Vivan los Reyes!", claman regidores y alcaldes en tierras más frías. Escenas de alto profesionalismo real, como la reciente del consuelo a los familiares de las víctimas durante los funerales de la matanza de Atocha.
Imágenes para la historia de la televisión y de España. Portadas irrepetibles de diarios y revistas. Ventas, ventas, ventas. Audiencia. Comunión de medios y público en éxtasis real.
La realeza es, aquí como en todos sitios, audiencia, difusión y venta de publicidad. Negocio asegurado y una ocasión de quedar bien y conectar con el pueblo. De la democracia dinástica a la democracia popular por gracia de los medios.

Por eso es más sorprendente que el gran fiasco del enlace fuera la retransmisión de Televisión Española. La televisión pública falló estrepitosamente en comunicar esa imagen de cercanía, esa apelación al sentimiento (al ethos) democrático. Casa Real y TVE planificaron una boda de Estado, cuando deberían haber retransmitido una fiesta de comunión real y popular.
La lluvia, un vestido desafortunado, y la obligación de celebrar la
ceremonia en la catedral más fea del país hicieron el resto.
Críticas, críticas y más críticas para una recién
llegada directora general de RTVE, Carmen Caffarel, que se llevó todos
los palos que sin duda merecía también su antecesor, José
Antonio Sánchez.
Hubo aquí un momento crítico donde afloró que la monarquía ya no es lo que era: el realizador escogido, Javier Montemayor, no aguantó tanto palo y espetó irreverente que la culpa fue de los reales novios, por sosos.
Para Montemayor, la escasez de planos cortos, la falta de besos, el respeto a la liturgia y la lluvia fueron los causantes de tanto sosiego y tanto sosías. "¡Qué aburrimiento!", se quejaban las vecinas de patio a patio. "¡Qué ordinariez!", afilaban su pluma los columnistas monárquicos y los vestidos de togas ducales para el ensañamiento.
Y va TVE y critica a la Familia Real en un comunicado de apoyo a Montemayor. El instrumento mediático hacedor de mitos carga contra su mayor ícono. Será motivo de tesis universitarias.
¡Indignación! Pero, ¿en qué país vivimos? ¡Esto es cosa
de los socialistas! ¡Una operación contra la realeza! Bramó la
prensa monárquica y la más políticamente correcta o aviesa
de difusión.
Errores por doquier y censura. En realidad todo el mundo tenía ganas
de criticar. Como no se puede ni al Rey ni a los novios, bienvenido sea el follón
de la retransmisión.
Las rotativas estaban calientes para entonces. Los especiales de la boda no habían vendido tanto como los editores esperaban. La cobertura fue generosa, antes y después del enlace. Cuché y color. Despliegue fotográfico y grandes firmas en alabanza de corte. Y pocas ventas. ¿Estará perdiendo tirón la monarquía? "A ver si habrá que hacerse republicano y ya no sabremos cómo llenar las páginas de verano sin las reales regatas mallorquinas", se preguntaba un editor de prensa local.
Las revistas del corazón ganaron 150.000 lectores, pero menos compradores. Negocio sí, pero no tanto.
Y sin embargo, al 60 por ciento de los televidentes le gustó la ceremonia, afirmaba una encuesta del diario barcelonés La Vanguardia. Los maceteros y ornamentos públicos dispuestos en Madrid para el evento acabaron desplumados por los cazadores de recuerdos.
La boda gustó, a pesar de todo. Otra decepción para los republicanos.
Por cierto, la novia era periodista. Un filón. Sagrado vínculo medios/monarquía. Periodista de la televisión pública además. Todo en su sitio. Si hubiera sido de El Mundo o El País temblarían las columnas del Palacio de Oriente y las de los otros diarios.
La lista de invitados no podía reflejar mejor el enlace mediático: Prisa estuvo presidida por Iñaki Gabilondo, estrella de la cadena Ser, pero no estaban Jesús Polanco ni Juan Luis Cebrián, presidente y consejero delegado y académico, respectivamente.
El director de El Periódico, Antonio Franco, no estuvo. Asistieron Antonio Asensio hijo (propietario) y Francisco Matosas, cabeza empresarial.
El director de El Mundo, Pedro J. Ramírez, no podía faltar. Su mujer, Ágatha Ruiz de la Prada, acudió con colores republicanos. Una falta de delicadeza. A las bodas se va o no, como hicieron los portavoces de Izquierda Unida y de Esquerra, en honor de fe republicana.
Lo que no conviene es dar la nota para asegurar la foto (sobre todo si es en el propio periódico).
De la radio estuvieron también Carlos Herrera (RNE) y Luis del Olmo (entonces Onda Cero y hoy preparando nuevo proyecto). Todo el ranking de radio representado, con permiso de Jiménez Lozanitos, estrella tronante de la COPE, emisora de los obispos.
Como amigos y compañeros de la novia acudieron también el corresponsal de TVE en Nueva York y ex candidato a independiente director de los noticieros de TVE, Lorenzo Milá, acompañado de su mujer, también corresponsal de TVE en los Estados Unidos, Sagrario Ruiz de Apodaca.
Los españoles no fueron los únicos apasionados del bodorrio: también ocurrió con los nórdicos
La nota nefasta fue la presencia del condenado por manipulación y ex director de los Servicios Informativos de TVE, Alfredo Urdaci. La amistad manda, pero no es buen ejemplo. Alguien debería haber convencido a Letizia.
Acabada la boda, marketing democrático: paseo por tierras de España para aclamación de los novios y después a Jordania, a otra boda, y luego a las playas de Asia.
A la vuelta, con perdón, error principesco. Dice el heredero: La luna de miel "me ha sabido a poco". 32 días frente a los 15 que la ley otorga a los trabajadores españoles. "Estoy deseando ponerme a trabajar", declara la Princesa, ignorante de que no tiene funciones oficiales ni representatividad alguna y su único papel es de acompañante.
Novios entusiasmados y Príncipes novatos.
¿Y los republicanos? Agazapados en un solo artículo de difusión nacional, según escrupuloso recuento. Más en las ediciones regionales de algunos medios, con hipocresía incluida de fervor monárquico en la edición nacional y críticas en la catalana (ejemplo: El País).
Pero la mayoría refugiados en la red, donde surgieron decenas de páginas de toda laya con mensajes a favor y en contra. Irónicos o románticos, respetuosos o irreverentes.
En esta España de concentración mediática, corrección política y mercadeo del corazón, las bodas del siglo se suceden temporada a temporada. Por suerte ha habido tres bodas reales. Tendrán que comenzar a divorciarse para repetir ventas y especiales.
Cuando la estrella del Rey se apaga y corren rumores de abdicación cuando el heredero asegure la dinastía con un vástago medios, políticos y realistas aseguran la pervivencia de un dogma unido a la democracia como mito originario.
Y las bodas gustan, y los novios también. Y en España aún se canta alguna copla sobre reinas tristes y princesas altivas.
Juan Varela,
español, periodista y editor del blog
periodistas21.blogspot.com
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Revista Chasqui
Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América
Latina (CIESPAL)
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Quito - ECUADOR
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