El
conocimiento en primer plano
Esta es también, así se acepta sin
mayor discusión, la sociedad del conocimiento. Nunca como ahora el desenvolvimiento
social, económico y político de nuestras naciones había
dependido de la generación, apropiación y difusión del
conocimiento. De manera que la información, el saber y el conocimiento
han devenido en ser, no el oficio de los doctos, sino la materia prima fundamental
para incursionar, en aceptables condiciones, en un mundo marcado por los procesos
económicos y centrado en los vaivenes de la competencia.
Martín Hopenhayn resulta muy preciso a este respecto:
"La base material y simbólica de las democracias modernas ya no descansa exclusivamente en un tipo de economía o de institucionalidad política, sino también en el uso ampliado del conocimiento, la información y la comunicación".
Nuestros pueblos tercermundistas, atrasados, empobrecidos, víctimas de toda clase de regímenes vandálicos, crueles o cuando menos ineptos e irresponsables, corren el riesgo de ver ampliada la distancia que los separa de las naciones desarrolladas, si no se adelanta un proceso cultural y educativo que nos coloque a tono con las circunstancias que vive el universo. En atención a esta situación y las desviaciones que se pueden producir en nuestras sociedades a partir de la conformación de unas élites del conocimiento, fenómeno calificado por Tedesco como neo despotismo ilustrado, Edgar Morin formuló su novedosa noción de la democracia cognitiva, es decir, la necesidad de la instauración de un sistema de organización jurídico-político-cultural marcado por la democratización del conocimiento, como base para el avance de la democracia en todas sus dimensiones.
En el torrente de este proceso globalizador en la sociedad del conocimiento, jugando rol protagónico, sin término de dudas, se encuentra la comunicación social, confirmando la apreciación de Vattimo, de que "vivimos en una sociedad de los medios de comunicación". De la mano de las tecnologías de punta, los medios de comunicación han vivido, de años recientes para acá, una inusitada expansión que los convierte en elemento básico de la dinámica social y cultural contemporánea. Tal punto han alcanzado su presencia y actividad que, sin lugar a dudas, lograron desplazar o cuando menos socavar, en su papel de mediadores sociales, a instituciones otrora fundamentales como la familia, la escuela y hasta los partidos políticos.
Ahora bien, este hecho, este impacto, esta hegemonía social que vienen imponiendo los medios de comunicación, antes que tranquilizarnos en complaciente alegría, debe constituirse en el elemento generador de una seria reflexión en torno a la responsabilidad profesional y ética de quienes hacemos uso permanente de ellos, en medio de las condiciones del mundo actual previamente descritas.
De las nuevas realidades brotan novísimas respuestas, pero también, y de manera contundente, nuevas interrogantes y dudas. Desgranemos algunas de esas interrogantes para tratar de darles respuesta tan pronto como nos sea posible:
· ¿Cuál es el rol que les corresponde a los comunicadores sociales en medio de la sociedad del conocimiento dentro de un mundo globalizado?
· ¿Los paradigmas que cifran la dinámica social, económica y política contemporánea, tienen injerencia en lo comunicacional de manera específica?
· ¿Estos nuevos tiempos plantean exigencias en la dimensión ética del periodismo y la comunicación social?
· ¿Tenemos los comunicadores tareas precisas para el momento o, simplemente, nos limitamos al manejo de la maravilla tecnológica?
Comparecer en la sociedad del conocimiento nos obliga a ir más allá de una simple definición, o una aceptación pasiva. No basta con reconocer la vigencia e importancia del saber y el conocimiento, no es suficiente con admitir su relevancia. Lo obligante es hacerse presente, acercarse al saber, escudriñar, investigar en la búsqueda y generación de conocimientos, aún a sabiendas, y he aquí lo paradójico, que nunca será suficiente, que jamás lograremos agotarlo: en la sociedad del conocimiento es donde con mayor fuerza develamos nuestra ignorancia. Resolver unas interrogantes significa la formulación de otras y, a partir de éstas, acentuar la búsqueda de nuevas respuestas que generarán, a su vez, más acabadas dudas y más profundos cuestionamientos.
Participar en la sociedad del conocimiento, hacer presencia en ella y no permanecer como perplejos espectadores, significa desechar los saberes únicos, acabados, indudables; desterrar por mediocre la idea de que basta un paso por las aulas para saberlo todo y que es suficiente un grado académico para lograr competencias inagotables. La respuesta ante las exigencias de las horas que corren surge desde la base del estudio, de la preparación, de la formación constante. El saber parece ser la única garantía para evitar tanto la obsolescencia, como el deslumbramiento ante los nuevos espejitos postmodernos, representados hoy por la maravilla de la tecnología. De la misma manera, en los actuales momentos, es importante tener claro que la sabiduría no consiste en la acumulación de información, en la posesión de grandes caudales de datos, sino en el manejo, el análisis y el procesamiento que de ellos se haga a partir del acceso a las múltiples fuentes donde se encuentran. Los tiempos que transcurren, inciertos y sinuosos, reclaman una disposición al aprendizaje permanente como condición básica para solventar el torrente de interrogantes que se aparecen a diario, condición básica para que podamos aprender a "caminar en la oscuridad", como proclama Morin.
En un mundo en el que se desvanecieron las grandes doctrinas, en el que las certezas se hicieron absolutamente precarias, es imposible hallar verdades únicas, imperecederas e inmodificables y menos, consensos permanentes. Son momentos de la multipolaridad, de la diversidad de ópticas y la pluralidad de las ideas. La entrada en cuestión de los criterios que caracterizaron el concepto de verdad hasta hace poco, ha dejado claro que ella es un constructo humano y como tal está, igualmente, sometida a las vicisitudes que marcan las circunstancias que acompañan su existencia. Ahora bien, el hecho de aceptar que no existen las verdades únicas e inalterables, no significa la reivindicación del caos o la instauración de un mundo sin asideros ni afirmaciones científicas. Antes bien, se ha producido un acercamiento progresivo a la relativización que caracteriza el momento científico pautado por Einstein.
Como consecuencia, en el trabajo comunicacional en específico, especialmente en nuestros países tan tocados por el periodismo norteamericano, han quedado fuera de juego criterios hasta hace poco tan sólidos, en apariencia, como la objetividad. Nadie o muy pocos, para ser justos, se atreven a reivindicar esta noción como base de la tarea en los medios de hoy. Maturana, en su esfuerzo por darle explicación al conocimiento, ha manifestado en su texto acerca de La Objetividad, la inconveniencia de referirnos a la realidad y lo real "como un dominio de entidades que existen independientemente de qué hagamos como observadores". La realidad, es cierto, está allí para todos, pero obviamente no es la misma para todos; no todos sus elementos pueden ser percibidos a un tiempo y algunos, o muchos, no aparecerán si el observador no dispone de los elementos necesarios para ello. El mundo sabe ahora que era cierto lo que la expresión popular había manifestado por siempre, de que "las cosas son según el cristal con que se miren".
Asistimos a un tiempo en el que se acepta la validez de la afirmación de Niels Bohr, de que "lo opuesto a una declaración correcta es una declaración incorrecta, pero lo opuesto a una verdad profunda es otra verdad profunda". Funcionar hoy día bajo el criterio de la verdad constituye, cuando menos, un despropósito que, por supuesto, lesiona las normas básicas de la convivencia democrática.
Castoriadis, conocedor de esta particular circunstancia, manifestaba con singular claridad: "el primer deber de un ciudadano es decir lo que piensa, no decir la verdad, puesto que la verdad no estamos seguros de tenerla". Es obligante, por tanto, para quien asume el trabajo de la comunicación social, no solo aceptar, sino, fundamentalmente, alentar la disensión, el respeto por el pensamiento disidente, la devoción por la confrontación libre, en las cuales reside la garantía plena de la vigencia de una vida democrática. Las opiniones únicas, las verdades hechas, las versiones oficiales, la intolerancia frente a la crítica o la opinión contraria, constituyen verdaderos dardos que diezman la salud de la democracia.
En la dinámica actual, en lo tocante a la paradoja de lo global y lo local, corresponde a los comunicadores, sobre todo a los que ejercen su función desde la provincia, manejar el vértice, el punto de encuentro entre las manifestaciones de lo universal con las formas más singulares de nuestra particularidad. Ello obliga a tomar distancia, por nefastos, de los extremos que marcan esa relación. Es prioritario entender que no se trata de una disolución en lo global en medio de la fascinación por lo foráneo, como tampoco de intentar la construcción de una coraza para evitar la contaminación de los supuestos valores inmanentes. No se trata de caer en el deleite de lo de afuera, a partir de supuestos universalismos y demás embelecos para estar al día. Tampoco, por supuesto, de la pretendida salvaguarda de una identidad a partir de una negación a todo lo extraño e impuro. Se impone desde los medios establecer una relación dialógica, una comparecencia en similares condiciones o, en última instancia, una confrontación entre nuestras formas propias de vivir y sentir, con las múltiples maneras de otras gentes, de diversas latitudes, que se nos aparecen en la globalidad. Se exige enfrentar por igual los universalismos que desprecian lo local y los provincianismos que temen a lo de afuera y, en consecuencia, procurar un punto de encuentro, un equilibrio sostenido entre lo que somos y lo que son los seres del resto del mundo. Es necesario transformar a nuestros pueblos de consumidores de información a productores de ella.
Resulta propicio y alentador el momento por la aparición
de nuevas voces y nuevas imágenes. Finalmente, Venezuela, en este caso
específico, se suma al movimiento de la comunicación comunitaria,
el cual ha tenido exitosa presencia en el mundo entero desde hace varias décadas.
Las emisoras, periódicos y televisoras comunitarios pueden convertirse
en el vehículo expedito para la puesta en vigencia de un modelo comunicacional
alterno, horizontal, democrático y participativo, que se oponga al verticalismo
del inmodificable proceso emisor–medio–receptor, impuesto a rajatabla por los
medios privados. Hoy día, las organizaciones que agrupan en el mundo
y el continente a estos medios comunitarios, han establecido una seria lucha
por superar el planteamiento político reivindicativo y proselitista que
aupó su surgimiento, para convertirse, ciertamente, en canales alternativos
frente a la frivolidad e intrascendencia de los medios comerciales. Desprenderse
de sus líneas fundantes ha significado también la incorporación
a la lucha por la gran audiencia, con criterios más cercanos a la participación
y el respeto por el oyente, que la simple captación de audiencias como
vía para hacerse de mejores cuentas publicitarias. Son muy necesarios
los medios que valoren a la gente, que se acerquen a ella, que la acompañen
en su tránsito vital con sus anhelos, expectativas y esperanzas y no
solo la estimen como simple receptáculo o masa consumidora.
Participar de nuevos procesos comunicacionales constituye un gran reto para
los profesionales de la comunicación, por cuanto éstos deshilachan
la arrogancia de los grandes medios, tradicionalmente acartonados, cargados
de mensajes impersonales con una supuesta investidura de neutralidad y siempre
ocupados de los acontecimientos y personajes señalados por sus intereses.
Ahora bien, es importante tener claro que incursionar en medios de pequeña
dimensión no implica realizar un trabajo de calidad inferior, o un cuestionable
procesamiento de la información, por el contrario, la garantía
del éxito de tales experiencias consiste en adelantarlas con criterios
de excelencia, lo cual permitirá ampliar los ámbitos de influencia
desde lo local. Lo mismo, resulta básico entender que la posesión
y uso de tecnologías de punta puede facilitar la realización de
un trabajo en óptimas condiciones, pero por sí solas no pueden
garantizarlo, por cuanto dependen del talento, la responsabilidad y la competencia
profesional de quienes las utilizan.
Toda la acción de la comunicación, y el trabajo periodístico por supuesto, no obstante las modificaciones planteadas por la generalización del uso de Internet, debe estar enmarcada en estrictas líneas éticas. Ellas constituyen el más efectivo seguro contra los excesos y aberraciones que caracterizan un periodismo dominado más por los criterios del lucro y del poder, que por el servicio al ciudadano, al cual lo han trocado en mero cliente. La acción del periodista debe alejarse de algunas prácticas que caracterizan ese llamado periodismo de éxito que pretende convertirlo en actor, en protagonista de la noticia, por encima de los hechos, personajes y circunstancias, lo cual transforma a algunos profesionales en nuevos predicadores, voceros proselitistas, discurseadores, legisladores, jueces y aún, en líderes de sectores políticos desde la tribuna de los medios. José Luis Cebrián, fundador del diario El País de Madrid, publicó en la edición del 17 de junio de 2002, en ocasión de cumplirse los 30 años del caso Watergate, un interesante artículo titulado El Oficio del Periodista, en el cual, entre otras sugerentes reflexiones, puede leerse:
"El periodismo de investigación no puede convertir a los periodistas ni en espías ni en delatores. Tampoco en ladrones. La invasión indiscriminada y abusiva de la vida privada que muchas veces se comete jurando en falso el nombre de la libertad de expresión; el recurso a la utilización de métodos que en una democracia sana deben estar reservados a la caución y decisión judicial, como son las grabaciones clandestinas; la provocación a cometer irregularidades y corrupciones para así demostrar su existencia, la utilización del engaño y la mentira como métodos de trabajo, son cosas que permiten suponer que algunos periodistas, de esos que llaman agresivos, están convencidos de que el fin justifica los medios".
Estas circunstancias y las responsabilidades
que ellas señalan fuerzan a una reflexión acerca de la materia
prima de nuestra cotidiana labor: el lenguaje, el idioma. Los comunicadores
sociales somos guardianes del idioma y, por tanto, responsables de su permanencia
y proyección. Nos corresponde, cual maestros artesanos, hacer y propiciar
un uso limpio y brillante de nuestro elemento comunicacional básico.
Recordemos a cada instante que en la mediación social y cultural somos
referentes en el uso del idioma, y que nuestra forma de decir influye y difunde,
asienta y expande formas sintácticas, términos y modismos. Si
bien es cierto que no depende solo de nosotros, sí nos toca de manera
sustancial cuidar, defender y enriquecer nuestro idioma, como una buena manera
de comparecer en la globalización con la fuerza que nos otorga la posibilidad
de llegar a muchos más en todo el universo. Nos corresponde, igualmente,
asumir con pasión las dimensiones estéticas de la palabra, para
que no solo nos atengamos a la norma, al uso correcto, sino que asumamos lo
hermoso, lo bello, lo trascendente de la expresión verbal y escrita.
En ocasiones, el apego a la norma y la técnica a todo trance malogra
el disfrute de lo hermoso en el uso idiomático.
Por último, no olvidar que somos comunicadores, porque buscamos en nuestros
receptores el complemento necesario del decir y el compartir. Es prioritario
reencontrarnos con el escucha, el lector o el televidente, reconocerlo como
otro y respetarlo como distinto. Es importante develar que ese que está
al otro lado del proceso comunicacional es capaz de tanta bondad, que en un
mundo desordenado y sordo se detiene a atendernos. No somos, simplemente, usuarios
de la tecnología comunicacional, somos protagonistas del proceso y estamos
obligados a responder de nuestra acción ante los colectivos para los
cuales trabajamos.
La
globalización llega a los medios (Fuente:
http://Periodistas21.blogspot.com/)
Deslocalización de periodistas
La globalización busca un marco económico favorable, productividad,
bajos costes y calidad final para mejorar el producto y la rentabilidad. Si
sirve para coches, ordenadores, call centers, etc. ¿sirve también para
periodistas?
Las nuevas tecnologías de la información son canales de múltiples
direcciones y se pueden aprovechar en distintos sentidos: ¿por qué no
hacer una sección de internacional de un diario español desde
México?, ¿por qué no hacer contenidos de cultura y economía
desde Argentina?, ¿por qué no corregir las pruebas en PDF de una revista
desde Colombia? La fórmula es la deslocalizacion de los periodistas o
en inglés, el "outsourcing".
En todos los países mencionados hay un idioma común, buenos profesionales
e infraestructura de telecomunicaciones para crear un proceso digital global
fluido. ¿Amenazarán las deslocalizaciones a los periodistas patrios?
La agencia británica Reuters, líder en información financiera
y que pasa por grandes apuros económicos, ha decidido trasladar parte
de sus operaciones a la India y ha contratado seis periodistas en Bengala, para
que realicen investigación básica a través de Internet
de pequeñas y medianas empresas norteamericanas. Los responsables de
la agencia esperan mejorar sus resultados con esta novedosa fórmula,
que sin duda levantará ampollas en su central de Londres y en sus oficinas
de los Estados Unidos y Hong Kong, donde sus periodistas disfrutan de sueldos
mucho más altos que los recién incorporados telereporteros indios.
Las tecnologías de la información y la irrupción de la
información corporativa en el ciberespacio, convertido en el foro económico
universal, permiten a la agencia británica poner en marcha una iniciativa
que plantea la cuestión de la calidad y la productividad por encima del
apego al terreno.
En el futuro veremos nuevos ejemplos de deslocalización para procesar
información que no tiene que ser reporteada localmente. También
es posible construir nuevas cadenas de edición virtuales y de calle.
Comienza una nueva era, en la que no solo los productos informativos son globales,
también lo serán las redacciones.
The Wall Street Journal en español
La biblia financiera norteamericana, The Wall
Street Journal, se lee desde hace 10 años como parte de una veintena
de grandes diarios, desde Argentina hasta México y existe una edición
en portugués que publica O Estado de Sao Paulo.
A partir de marzo de 2004 el WSJ publicara una edición semanal para el
mercado hispano de Estados Unidos que se insertará en Hoy, el diario
en español del grupo Tribune. La edición tendrá ocho páginas
tabloides y cubrirá "información sobre finanzas, tecnología,
empleo, pequeños negocios y otras áreas de interés para
la comunidad hispana".
Hoy es el segundo diario en español de Estados Unidos. Se publica en
Nueva York y Chicago por el grupo propietario de Chicago Tribune, Los Angeles
Times y Newsday, entre otros. Lanzará una nueva edición en marzo
en Los Ángeles que seguramente coincidirá con el estreno de la
edición hispana de la biblia del liberalismo conservador.
Prototipo del WSJ en español
http://www.editorandpublisher.com/eandp/news/article_display.jsp?vnu_content_id=2083121
http://www.holahoy.com/
Gustavo Villamizar Durán
Revista Chasqui
Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para
América Latina (CIESPAL)
Email: chasqui[arroba]ciespal.net
info[arroba]ciespal.net
Weblog: www.revistachasqui.blogspot.com
Web: www.chasqui.comunica.org
Web institucional: www.ciespal.net
Quito - ECUADOR
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