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El Estado y la
revolución
constituye en cierto sentido la obra menos circunstancial y
más teórica de Lenin si exceptuamos otras ya
directamente filosóficas (Cuadernos filosóficos,
Materialismo y
empiriocriticismo) ; el tema naturalmente es la teoría
marxista sobre el Estado, en cuya exposición
bucea entre los textos más importantes de Marx y de Engels
al respecto, si bien les da una forma coherente y lógica
convirtiendo referencias aisladas, dispersas o ambiguas en un
auténtico sistema
político. Así, El Estado y la revolución
se presenta de hecho como una cierta práctica de la
lectura: el
texto no es
sino la elaboración de un cuaderno intitulado como El
marxismo
acerca del Estado, donde Lenin anotó y comentó
laboriosamente una serie de citas de Marx y Engels, así
como pasajes de obras de otros autores desde Kautsky a
Bernstein.
Por consiguiente, el texto (como toda la obra del autor) se encuadra no ya en la tradición marxista sino en un retorno a Marx (me atrevería a decir que análogo al famoso «retorno a Freud» de Lacan). Lenin, al modo de los filósofos del Renacimiento, constata que la teoría marxista y en concreto la teoría del Estado se ha «embrollado» por parte de las escolásticas de la II Internacional, y resulta más claro regresar a las fuentes. En su regreso, Lenin no solo lee: también reestructura y formaliza, toma partido por una cierta lectura. Una lectura que se compromete con una táctica, que es la táctica del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, el luego más conocido –con tristes connotaciones, una vez más estalinistas– como Partido Comunista (bolchevique).
Y más aún, Lenin en esta obra se funda también en un previo retorno a Hegel, plasmado en los Cuadernos filosóficos. Lenin escribe su cuaderno sobre el Estado desde el exilio en Suiza entre 1914 y 1915, donde no sólo se dedica a jugar al ajedrez con Tristan Tzara frente al célebre Cabaret Voltaire. Lenin, alejado de toda posibilidad de intervenir políticamente, se dedica al estudio en la biblioteca de Berna; pero, y hablando precisamente de Voltaire, ese estudio no significa el «cultivar su jardín» de Cándido: Lenin no deja nunca de ser un político, y su apoteósica lectura de (entre otros) Hegel no es una lectura ociosa. Para empezar, es una profesión de materialismo militante: en la Lógica, la obra más idealista del idealismo alemán, Lenin declara haber encontrado más materialismo que en ninguna otra obra de Hegel . De este modo, a partir de su lectura Lenin elabora una filosofía acorde no sólo con la moderna ciencia experimental (y por tanto, con los estudios económicos de un marxismo que aspira a ser ciencia), sino también con la práctica del proletariado revolucionario: una teoría del conocimiento no solo como reflejo de la realidad, sino como interacción con ésta en una síntesis de producción teórica y producción política. Por eso es tan importante esta excursión dialéctica, sobre la cual puede Negri declarar:
Sin la convicción del poder
radicalmente innovador de la praxis el
gradualismo y el reformismo son invencibles. Sin la capacidad de
conducir la abstracción determinada y el método de
la tendencia a la fuerza
resolutiva de la praxis colectiva, el universo
humano se representa como una ley
implacablemente contraria a los oprimidos. Sin la fuerza de un
proyecto
teórico que ilumine los procesos de la
praxis, la reapropiación de las masas de la alegría
de gestionar el poder se convierte en algo imposible.
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Diré de paso que Lenin no fue (como se nos ha querido
hacer creer desde posturas ora estalinistas, ora
democrático-liberales) el clarividente e iluminado
líder
revolucionario que al frente de un puñado de agitadores
dio un golpe de Estado,
como nunca tuvo en el Comité Central mayor poder que
cualquier otro de sus miembros –por ejemplo Stalin, que
estableció monumentales redes clientelares desde su
puesto de Secretario General del Partido. Tampoco nos importa
demasiado a estas alturas el individuo
detrás del nombre «Lenin» (el individuo
ahí está en la Plaza Roja, expuesto por obra del
estalinismo) nombre cuya única utilidad
sería enlazar cierta ingente colección de textos, y
es que precisamente a los textos nos atenemos. Ya son agotadoras
las eternas y aburridas disputas morales sobre la Unión
Soviética y el Gulag, o las tímidas disculpas del
estudioso cuando rompe miles de reglas no escritas de etiqueta
liberal. Por eso es preciso un ejercicio de honestidad y de
valentía intelectuales
y leer a Lenin más allá de Lenin: leerlo no con la
vista en el pasado (con lo que siempre nos parecerá a
destiempo, viejo, muerto) sino leerlo en nuestro momento
honradamente, sin ingenuidades pero igualmente sin prejuicios:
traer a Lenin a nuestros problemas, no
meter en su obra problemas que no son de su tiempo y que
inevitablemente no puede resolver.
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Se ha convertido en un lugar común la
descalificación de eso que sea marxismo según una
mera estadística comparativa entre su
plasmación histórica (estalinista) y lo que han
podido suponer el nazismo o el
liberalismo.
Lo espeluznante de esta crítica
empírica es que en su «objetividad» va
estableciendo clasificaciones que escamotean un estudio
más racional de las estructuras de
los mismos Estados y gobiernos en cuestión. Si es por
víctimas directas, es probable (o eso dice la doctrina
oficial) que el nazismo fuese preferible al estalinismo, la
democracia
liberal al nazismo, y habría que resolver que la cumbre de
la civilización sería el mundo feliz de
Huxley.
Tan cómodo procedimiento que evita tener que estudiar el núcleo de estas formas, es asimismo un método estático que silencia la realidad de que ni comunismo, ni liberalismo, ni siquiera nazismo (basta constatar su resurgimiento)… son doctrinas completas, cerradas y sistemáticas que coincidirían con determinadas realizaciones históricas. No somos historiadores: lo que nos tiene que importar del liberalismo o del comunismo no es sino cierto bagaje teórico que hay que ordenar en vistas a comprender un momento concreto que no son por supuesto los años veinte o treinta sino nuestro momento concreto.
Por eso hay que leer a Lenin. Si lo leyéramos veríamos cómo procede un buen político, independientemente por ahora de su programa: adaptando su actividad según una visión a veces acertada y a veces errónea de cuál es la estructura social en la que está introduciendo sus propuestas, modificando sus posiciones, cediendo o negociando cuando sea necesario, o sosteniéndose implacable en los momentos clave.
Releamos este texto clave de El Estado y la
revolución:
El Estado es producto y
manifestación del carácter irreconciliable de las
contradicciones de clase. El
Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que las
contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse. Y
viceversa: la existencia del Estado demuestra que las
contradicciones de clase son irreconciliables.
El Estado es una máquina: su producto es la dominación de una clase sobre otra, pero sus condiciones materiales (su combustible) son las contradicciones de clase irreconciliables. No en vano nos hemos referido a cómo Lenin leyó a Hegel; y es que casi parece el calco de otro pasaje de éste referido por cierto a la inexistencia de un Estado sólido en la Norteamérica de su tiempo:
…pues un verdadero Estado y un verdadero gobierno solo se produce cuando ya existen diferencias de clase, cuando son grandes la riqueza y la pobreza y cuando se da una relación tal que una gran masa ya no puede satisfacer sus necesidades de la manera a que estaba acostumbrada.
La elección del texto no resulta azarosa, porque Lenin anota a propósito del mismo en sus Cuadernos filosóficos, subrayado y con triple exclamación al margen que:
La inmigración en América elimina el "descontento", y "se garantiza la continuación de la existencia del orden civil contemporáneo"… (pero este Zustand [orden] es "riqueza y pobreza"
Para Hegel el Estado tal como lo describe no había surgido en esa Norteamérica –era innecesario– porque aún no habían diferencias de clase concentradas en un mismo espacio ni, por consiguiente, lucha de clases que hiciesen necesaria la intervención del Estado. Y es la colonización de nuevos territorios y la extensión de la población por toda Norteamérica (en definitiva, es el imperialismo) lo que dislocando, o lo que es lo mismo deslocalizando las diferencias de clase garantiza la estabilidad del orden; orden que como bien anota Lenin es riqueza y pobreza –pero escindidas, invisibles la una para la otra.
Para Lenin como para Hegel, el Estado surge cuando se manifiestan agudas contradicciones entre clases; para ambos, el Estado es la solución impuesta para hacerles frente. Pero bajo el aparente optimismo del texto hegeliano, en el que podríamos leer la tópica palabrería sobre el Estado como encarnación del Espíritu, se esconde el germen de la respuesta de Lenin: que dicha solución es la coacción de la gran masa insatisfecha. En efecto, no dice Hegel que el Estado vaya a satisfacer a esa gran masa, sino que el Estado surge al tiempo que dicha insatisfacción, por supuesto para sostener la diferencia entre la riqueza y la pobreza.
De hecho, la postura hegeliana de que el Estado es la solución de los conflictos de clase es superada, llevada un paso más adelante cuando Lenin plantea (posibilidad inimaginable para Hegel) que el Estado no pueda seguir amortiguando esa lucha de clases: es entonces cuando tiene lugar una revolución proletaria («cuando los "de abajo" no quieren y "los de arriba" no pueden seguir viviendo a la antigua» ). Únicamente cuando se acumula todo un sistema de contradicciones en el seno de una «crisis nacional general», cuando se da una contradicción fundamental entre dos condiciones (Trabajo y Capital) que a su vez son compuestas por un sinnúmero de contradicciones internas puede darse el paso de la revolución «a la orden del día», basada en la contradicción en general (la de las clases), a la «situación revolucionaria»; para activar la revolución es precisa una acumulación de circunstancias y corrientes «que puedan "fusionarse" en una unidad de ruptura» .
Lo primerísimo que tendríamos que aprender de Lenin fue su valentía por pensar, por pensar de nuevo desde cero ante la coyuntura –y por pensar siempre desde un sectarismo consecuente con una bien delimitada concepción de los intereses de clase. En una Europa en guerra, donde los chovinismos nacionales habían llevado incluso a que los partidos de la II Internacional se alineasen con sus propios gobiernos (como hizo con entusiasmo el SPD de Kautsky, llegando a votar a favor de los créditos militares), en un clima de confrontación nacionalista de la que al menos al comienzo no se libraron ni siquiera un Wittgenstein o un Freud, Lenin fue una de las pocas inteligencias que antepuso los intereses particulares de la clase obrera frente a los señuelos de «unidad» con los intereses de un capitalismo en guerra. Hasta el punto de atravesar media Europa en un vagón sellado para leer sus llamadas «tesis de abril», y sobre todo para defenderlas.
Pero en segundo lugar hay que añadir también la valentía leninista de autoborrarse: una vez más frente a la doxa habitual al respecto, lo cierto es que Lenin nunca intenta imponer en sus textos una doctrina cerrada, sino más bien nos invita a pensar en cada momento, a cada tiempo, la orientación de nuestra práctica teórica y de nuestra práctica política –algo que nos muestra con su propio ejemplo, con esa lectura de Marx que, tan a menudo, se rechaza por rígida o por ortodoxa ¡apelando justamente a una ortodoxia marxista, apelando a una lectura literal de Marx por la cual resolvemos que Lenin malinterpretó esto o aquello, o manipuló dudosamente las citas!
Estos dos elementos (pensamiento concreto de la coyuntura, y pensamiento antidogmático que apela a una constante innovación teórica), son quizás los que nos convienen para entender la posibilidad de apelar a un leninismo para el siglo XXI: un leninismo que no se define sólo por sus contenidos o su tradición teórica, sino por haberla interiorizado y estudiado con el detenimiento preciso como para haberse dado cuenta de que hay que continuarla en una coyuntura que ha cambiado.
Tristemente, Lenin ha sido leído exclusivamente (y con no poca demagogia) como teórico de la dictadura del proletariado, del Estado socialista. Tristemente, porque el concepto de socialismo ha quedado contaminado por el estalinismo. Y tristemente porque demasiado a menudo se ha olvidado el verdadero mensaje leninista. Recordemos esa frase suya sobre que
De la consolidación de tal o cual "matiz" puede
depender el porvenir de la socialdemocracia rusa durante muchísimos
años
Por eso no es casual que Lenin apelase al cambio de
nombre del POSDR por el de Partido Comunista: Lenin no es
socialista sino comunista, y el socialismo es para él un
medio para tal fin. Porque ya lo decía Marx en El
dieciocho brumario (y para entender esta sentencia, hay que
recordar que Marx no era un anarquista):
En su lucha contra la revolución, la república parlamentaria se vio finalmente obligada a reforzar con medidas represivas los medios y la centralización del poder gubernamental. Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina en lugar de quebrarla. Los partidos, que pugnaban alternativamente por el poder, consideraban la toma de este monstruoso edificio estatal como el botín principal del vencedor.
Luis Felip
López-Espinosa
Publicado en Antroposmoderno el 24/12/06
¿Cuál es el núcleo del pensamiento leniniano que, a pesar de los generales malentendidos, resulta claramente incontrovertible –imposibilitando toda tarea de asimilación y digestión de su trabajo–? O como diría Zizek, ¿cuál es el núcleo del pensamiento leniniano que toca lo Real (traumático)?
Lenin: del Estado a la revolución
Luis Felip López-Espinosa
Universidad de
Málaga (España)
Estudiante de pregrado (4º curso) de Filosofía
Málaga (España)
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