Buscar más trabajos sobre...
×

¿Qué es el boliviano? ¿Quién es el boliviano?

Enviado por Rolando Patzi Paxi

Partes: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10
Monografía destacada
  1. Introducción
  2. El contexto etnoregional
  3. El Estado Total
  4. Constituyencia y autonomía indigenista / leninista
  5. Historia temprana y áreas socioculturales
  6. Desarrollo amerindio de las ondas largas
  7. Teoría del Pachakuti o cambio social andino
  8. Conclusiones

"¿Qué es el boliviano?, ¿quién es el boliviano? (...) Su historia se pierde en las sombras de la historia y todavía no hay nada cierto ni concreto sobre lo que fueron, cómo fueron y de donde vinieron. Los aimaras, pueblo milenario que ocupa la meseta boliviana y habla su idioma propio, es muy anterior a los quichuas que aparecen con el imperio incásico, según todas las investigaciones hacia los siglos X y XII de nuestra era. Pero aún los aimaras son descendientes de otra cultura anterior y que ha dejado monumentos de piedra y hasta ciudades enterradas que encierran un misterio. (...) Todo esto quiere decir que Bolivia, lo que se llama Bolivia, es un pueblo viejo, que puede estar considerado en la línea de los asiáticos, de Egipto o de la India".

Tristán Marof. In Memoriam

El presente trabajo, que pretende una visión panorámica del tema investigado, se funda en una pregunta básica: Tomando en cuenta el proceso de aymarización de la nación boliviana, según la autora Verushka Avizuri, ¿Cree usted que este proceso de construir una identidad cultural dominante ha servido para definir las políticas etno- nacionalistas del Estado Plurinacional? Si su respuesta es negativa o positiva argumente su posición en forma analítica.

Como una operación de análisis reviste la necesidad intrínseca de lograr una descomposición de las partes de un todo, sin quebrar la unidad temática que le caracteriza; a continuación, desarrollaremos un recorrido teórico que pueda efectivizar un análisis minucioso y concreto de la temática en consulta, refiriéndonos esencialmente a los elementos estructurales de la situación bajo la cual es posible afirmar y preguntar desde un texto bien logrado, que contextualizaremos analíticamente para emitir un criterio muy propio acerca de aspectos que hoy en día se han convertido en predominantes al quehacer nacional.

La sabiduría popular ha establecido un hecho irredargüible para Bolivia: dios está en todas partes, el diablo en los detalles. Efectivamente, si existe un modelo latinoamericano de restauración conservadora travestido en consignas rebeldes, indudablemente será el boliviano. La oligarquía política nacional (sea liberal, neoliberal, nacional revolucionaria o nacional bolchevique) ha convertido la política en el arte de salvar lo posible desde la estructura de poder, convirtiendo grandes procesos normativos de la comunidad en meros recambios políticos con escaso impacto en las relaciones básicas de propiedad, economía y poder. El tan francés "secreto encanto" jacobino sumado a la revolución conservadora girondina, permitieron la subsistencia de las condiciones estructurales de predominio en un país cuya comunidad vigorosamente organizada ha puesto en jaque al sistema de poder en múltiples ocasiones y circunstancias históricas.

En "hombros del pueblo" y agitando las consignas básicas de la rebelión, se ha restaurado jurídica, económica y políticamente la estructura cuestionada, consolidando la expoliación de la comunidad en discursos librados a su nombre y medidas que supuestamente han de beneficiarle, siendo ellas indiscutibles en el contexto histórico que se produjeron, cuando en realidad estaban vacías de cualquier contenido transformador, convirtiendo las palabras en cobertores que impiden ver lo que se agita bajo la superficie, lo real que resulta poco relacionado a lo que se buscaba. El pensamiento moderno ha logrado, en tal dirección, unificar a sus polos (liberales y socialistas) en la esfera del pensamiento único, que hoy se halla más cercano que nunca. Como dijo alguien: la izquierda no está lejos de su derecha, sino al contrario. Veamos, ahora, el contexto en que se desenvuelve la temática reflejada en el relato teórico de la autora.

"Pero lo que ocurre cuando sobreviene la gran desidealización no es generalmente que se aprenda a valorar positivamente lo que tan alegremente se había desechado o estimado sólo negativamente; lo que se produce entonces, casi siempre, es una verdadera ola de pesimismo, escepticismo y realismo cínico. Se olvida entonces que la crítica a una sociedad injusta, basada en la explotación y en la dominación de clase, era fundamentalmente correcta y que el combate por una organización social racional e igualitaria sigue siendo necesario y urgente. A la desidealización sucede el arribismo individualista que además piensa que ha superado toda moral por el solo hecho de que ha abandonado toda esperanza de una vida cualitativamente superior".

E. Zuleta, 1980.

Durante los últimos lustros -señala Héctor Díaz Polanco-, se han revitalizado en América Latina los enfoques relativos a la tesis central que postula "una íntima vinculación del fenómeno étnico con la formación regional y por esa vía, con la nacional". Corresponde a Héctor Díaz Polanco[1]la inserción mediadora del contexto regional en la explicación de los componentes globales de una formación económico social devenida orgánicamente hacia formas estatales, concretamente el estado nación moderno y su perspectiva de país, en clave étnica e interregional. Al respecto, señala: En una perspectiva histórica, la problemática étnica es incomprensible fuera de los procesos que determinan el perfil de la sociedad nacional en Hispanoamérica y que, en particular, dan lugar a la aparición del Estado-nación. Conviene advertir que con este concepto no hacemos referencia a cualquier organización sociopolítica, sino a una forma específica e históricamente determinada que configura a la nación moderna. A menudo en los análisis se incluyen nociones de "nación" que, sin hacerlo explícito, en realidad se están refiriendo a una gran variedad de formaciones sociopolíticas. Este uso indiferenciado y caótico permite poner en el mismo plano a la nación moderna con otras "naciones". Nos referimos aquí a los usos teóricos o científicos, no a las denominaciones políticas que se dan los pueblos, las cuales son incuestionables.

La perspectiva de Díaz Polanco reside no en afanes estratificatorios de lo nacional, sino la comprensión cabal de lo que una categoría implica en un determinado sistema conceptual, donde opera en base a significantes específicos y peculiares. En buen romance, sugiere que un modelo de estado nación moderno es correlativo a una formación económico social y cultural específica, recubierto de particularidades históricas que le hacen diferencial y regional, esto es, sin validez universal sino solamente en el proceso de modernidad occidental.

De suyo, adscripciones a la noción desde núcleos diferentes que pretenden homologarse en la misma escala, complican el quid del problema aún bajo la pretensión proclamadamente justa de igualación, como se da el caso de la Nación Aymara y Nación Camba. En ambas situaciones, el intento de igualación conlleva dificultades en tanto el proceso de estas últimas resulta demasiado diferente al concepto moderno, como refiere Héctor Díaz Polanco: En muchos casos el principal motivo de esta igualación es digno de admiración: se desean evitar las escalas de valores que, con evidentes propósitos de dominación y opresión política, colocan a esas diversas formas históricas en jerarquías diferentes. Eso es muy loable. Pero tal procedimiento tiene la desventaja de oscurecer la comprensión de lo que hay de específico en el contemporáneo fenómeno nacional; y por ese medio, se bloquea también la importancia de entender las importantes relaciones (plataforma de la dominación y la opresión precisamente) que se dan cuando aquellas "naciones" quedan enmarcadas en los estados nacionales modernos. Ante todo, pues, hay que tener en cuenta esto: "Aunque los hombres se han asociado siempre en algún tipo de unidades localizadas, su agrupamiento en estados naciones es una característica moderna cuyo pleno desarrollo es ciertamente un fenómeno esencialmente contemporáneo[2]Los estados nacionales surgen en el siglo XIX, si descontamos algunas formaciones tempranas; antes podemos tener nacionalidades o estados, pero no estados-naciones.

A ojo de buen cubero, resulta clara la identificación moderna de un agregado humano específico hacia una forma estatal concreta, el estado nacional moderno, que "contiene la nación". Homologando procesos particulares con acepciones de alcance universal, se ha tendido acríticamente a parangonar diversidades heteróclitas con procesos occidentales, resultando distorsiones que nublan su correcta intelección epocal: "Como lo ha indicado Navari, el Estado-nación no expresa simplemente la continuidad de las anteriores formaciones sociales: "se trata de la historia de su destrucción y de su sustitución por nuevos contenidos, ideas y tipos de relaciones sociales"[3]. Ello indicó vastas transformaciones que corresponden a una etapa histórica y que hacen de la nación moderna un fenómeno que debe distinguirse de otras formas de organización anteriores, de las que el Estado-nación es a menudo la negación".

El ideario moderno asimiló como la historia universal a la de occidente, recayendo en el error todas las confusiones posibles hoy en día, provenientes incluso desde las propias filas de muchos movimientos sociales. Prosigue Díaz Polanco: En la génesis del Estado nacional operaron diversas fuerzas, en interacción orgánica, que transformaron a las agrupaciones humanas: el racionalismo, sistema de pensamiento que modificó la idea del Estado (concibiéndolo como un agente al servicio del "ciudadano" y no sólo del monarca), impulsó los sistemas uniformes de derecho (cuyo paradigma fue el Código napoleónico) y la noción de igualdad legal, entre otros cambios fundamentales; el capitalismo, complejo proceso de transformaciones en las relaciones económicas y sociales que dio lugar al "trabajador libre" para vender su fuerza de trabajo, a una nueva cultura de la eficiencia y la acumulación, y creó el marco en el que constituyeron las clases sociales modernas y los extensos vínculos de una "economía-mundo"; y el Estado, articulador de comunes sistemas educativos, legales, etc., y organizador de las burocracias capaces de racionalizar el funcionamiento de las nuevas estructuras sociopolíticas soberanas, etcétera.

A partir de la moderna concepción política, procesos que no tienen porqué juzgarse deficientes; mas tampoco generalizarse paradigmáticamente; han irrumpido en esta parte del mundo bajo diversas corrientes ideológico políticas que hallan común e impune la modernidad como sustrato imperecedero y globalizante: "Éstos son los rasgos característicos del Estado moderno; son precisamente los rasgos que constituyen su modernidad. Pero también son los rasgos característicos del Estado-nación; fueron ellos los que crearon el Estado-nación. El Estado moderno y el Estado-nación son fenómenos coextensivos. En el proceso de desarrollo, la modernización y la construcción de la nación implican el mismo programa"[4] (...) Se trata de comprender algunos aspectos del tratamiento peculiar que recibe el fenómeno sociocultural en esta región del mundo, a partir del proceso de formación nacional.

Paralogizando cualquier escanciado propio, las corrientes racionalistas de izquierda y derecha reemplazaron el credo neocolonial con el estatalismo que modernamente pretendió implantar una suerte de homogeneidad sociopolítica con facilidad de aclimatación a latitudes diversas: "En relación con la conformación de la mayoría de los estados nacionales en América Latina y su respectiva composición sociocultural interna, por ejemplo, al menos llaman la atención dos peculiaridades. En primer lugar, un hecho que puede causar sorpresa en propios y extraños: la preocupación temprana y reiterada, que en algunos casos alcanza el rango de obsesión política, por el carácter "incompleto" o "inauténtico" de la nación misma, dada la persistencia de los grupos étnicos. Y en segundo término, como corolario de lo anterior, la búsqueda afanosa de las fórmulas que permitan "completar" o "integrar" a sociedades cuyo tejido es socioculturalmente heterogéneo; esto es, la observación de tal heterogeneidad como un estigma, como un defecto de la nación que debe ser superado".

La mimética homología que todas las élites modernas de Latinoamérica profesaron, más allá de su anecdótico trasiego, constituyó un élan peligroso y genocida desplegado a nombre de la nacionalidad: "En tal tesitura, en muchos países del continente un tema reiterado de ideólogos y pensadores ha sido el de la heterogeneidad étnica como baldón ignominioso y, en contrapartida, el planteamiento de la homogeneidad nacional como una meta necesaria y deseable. Por su carácter paradigmático se debe recordar aquí el enfoque de Manuel Gamio, destacado pensador mexicano que extendió su influencia por toda América Latina. Este autor y hombre de acción elabora una concepción (fundamento primario del indigenismo moderno) que vincula la forja plena de la nación con la cancelación de la heterogeneidad étnica que caracteriza a la mayoría de los países latinoamericanos. El hecho de que Gamio esté planteando, ya en pleno siglo XX, la necesidad urgente de "formar una verdadera nación" y advierta sobre el obstáculo que significa para tal propósito "la heterogeneidad étnica de la población" en los países latinoamericanos, nos da una idea de la persistencia de este punto de vista. La perspectiva que sintetiza Gamio tendrá fieles continuadores en América Latina prácticamente hasta nuestros días".

Veamos rápidamente los caracteres esenciales del Indigenismo. La heterogeneidad sociocultural de Abya Yala se convirtió en un "problema teórico de larga data" no sólo para las élites liberales, también lo fue para las emergentes élites indigenistas e indianistas. Las diversas políticas indigenistas que operaron a lo largo de la historia latinoamericana "son el reflejo, y en varios sentidos la causa, de tal heterogeneidad no resuelta", sostiene Héctor Díaz Polanco[5]

"...Las variantes indigenistas tienen en común el constituir, desde el punto de vista de su naturaleza, concepciones políticamente inorgánicas o ajenas a los grupos étnicos, construcciones para entender o justificar la política (la práctica) que se aplica a los "otros"; y desde el punto de vista de las metas, definiciones de lo que debe cambiar en cada caso para que no cambie nada (o por lo menos, nada que sea sustancial para el mantenimiento de la lógica del sistema)...". (…) Los indigenismos implican políticas concebidas y diseñadas por los no indios, para ser aplicadas a los otros; no suponen una consideración del punto de vista y los intereses de esos otros, sino una negación rotunda de que éstos tengan algo que opinar sobre sus propios asuntos. Los indigenismos reúnen así la doble cualidad de ser inorgánicos (respecto a los grupos étnicos) y extremadamente homogeneizadores. Por lo demás, a medida que los patrones socioculturales excluyentes se convierten en plataforma de una determinada organización nacional, los indigenismos devienen en carta estratégica de proyectos antidemocráticos y conservadores.

De tal forma, constituyen los indigenismos "una negación sistemática, y de algún modo planeada, de cualquier autonomía para los grupos socioculturales diferenciados", prosigue Díaz Polanco:

Los indigenismos pueden llegar a destruir -vía el genocidio, el etnocidio o la etnofagia, o una combinación de ellos- a los grupos étnicos o pueden modificar y aun complicar el cuadro de la diversidad étnica, pero nunca resuelven las tensiones y conflictos que implica la diversidad. Por todo ello, la solución de la problemática étnica no radica en encontrar el modelo del "buen indigenismo", en contraposición a un indigenismo "negativo", sino en colocarse fuera de la lógica misma de cualquier indigenismo.

El régimen colonial fue un tejido intercultural vasto y complejo donde se articularon grupos étnicos americanos y europeos, abigarrando sus formaciones previas, cuyo resultado jamás fue la creación de una "sustancia social" homogénea o indiferenciada, objetivo último que buscaron las élites criollo mestizas a lo largo del siglo XIX y entrado el siglo XX. Justamente, aquél patrón sociocultural criollo mestizo jamás logró liquidar las comunidades, pero sí transformó la composición étnica de Hispanoamérica, conservando su diversidad como un "problema" que años más tarde abordarían los indigenistas de "genio integrativo". Se trata de procesos bajo nuevas condiciones, que darían lugar a la caracterización general de tres fases de políticas e ideologías indigenistas, a saber: a) las correspondientes a tres siglos de régimen colonial; b) las aplicadas luego de la independencia, todo el siglo XIX y parte del siglo XX, de raíz liberal; y; c) las desarrolladas por modernos estados latinoamericanos, a partir de mediados del siglo XX.

El indigenismo colonial fue "segregacionista" o corporativista desde la segunda mitad del siglo XVI, desnuda una política de la que, prosigue Díaz Polanco, en el fondo podría decirse que:

...se trata de un conjunto de medidas tendientes a diferenciar (aunque no propiamente a separar en términos estructurales) a los grupos nativos del resto de la población en los planos económico, sociocultural y político. En el siglo XVI, la Corona reconcentra a la población autóctona en sus lugares originales de residencia o, más frecuentemente, la reubica en espacios creados al efecto por las autoridades civiles y religiosas (llamados "pueblos de indios") y establece el control directo (ideológico, político, económico, social, administrativo) de estos asentamientos. Ello se expresa estructuralmente como una división de la sociedad colonial en dos sistemas que, sin embargo, se mantienen fuertemente articulados: "la república de indios y la república de los españoles", las cuales dan forma a un modelo de barreras socioeconómicas y étnicas, en ocasiones llamado de "castas".

Como ha de verse, actualmente un modelo indigenista marxista/leninista se propone llevar a cabo tal impronta colonial, a nombre de los intereses y derechos históricos de las comunidades amerindias. El sesgo modernizante, almibarado por todos los "ismos" a que dio lugar el pensamiento moderno -desde el capitalismo, socialismo, anarquismo, hasta el propio indigenismo-, logró tal cantidad de prosélitos que llama bastante la atención su intocada estirpe. Estas preocupaciones "latinas", por regla general, no se presentan en países de Europa occidental que desplegaron un temprano proceso capitalista (Inglaterra, Francia, Holanda, Suiza, etc.) o no se procuran resoluciones similares a las anteriores.

Pese a una solución moderna del estado-nación, aún en los sitios donde fue acabada y lograda, existieron multiplicidad de grupos étnico-nacionales, descartando muy luego que fueren las diferencias fruto de la inexistencia de una heterogeneidad étnico-nacional. Luego: "Todo indica que la diversa percepción (positiva o negativa) de las particularidades étnicas en cuanto elementos constitutivos de la sociedad tiene que ver, más bien, con los divergentes procesos que dieron lugar a la conformación respectiva de los estados nacionales en Europa Occidental y en Latinoamérica. Colocándonos aquí en un necesario nivel de generalización, parecería que en esta parte de Europa es crucial un proceso previo de unificación, que en algunos casos alcanza incluso una fuerte integración socioeconómica. El proceso unificador es determinado, entre otros factores, por el desarrollo de un mercado interno que se ve impulsado por la extensión de las relaciones mercantiles, así como por la aparición de una nueva clase (la burguesía) que no hacía descansar su identidad social en la separación estamental respecto de los demás sectores del pueblo (como lo hizo la aristocracia) ni proponía un modelo de sociedad basado en las diferencias socioculturales o étnicas, sino en la unidad que establecía la "igualdad" entre los ciudadanos, el trabajo libre y la abierta competencia como fundamentos de la nación".

Apelando simplemente al sentido común, observamos que la emergencia del capitalismo moderno en occidente constituyó un proceso epocal de rasgos concretos; pletórico de características singulares; que fue comprendido -gracias al positivismo liberal- como englobante y hegemónico: "En tal contexto, la cuestión propiamente étnica, estando presente, no adviene un obstáculo crucial para la formación de los estados nacionales europeos. Haciéndose eco de las consideraciones de varios estudiosos del tema, Blas Guerrero recuerda que "la forma más acabada de nación política, el Estado-nación, coincide con el desarrollo de las clases medias que han pasado a ser el grupo de referencia para la mayoría de la población; esto es así en el caso inglés, holandés, suizo, norteamericano y -con singularidades propias- en el francés. El conflicto étnico juega un mínimo papel al no existir separaciones de este tipo entre las clases medias y las más bajas, no dándose obstáculos por esa vía a la movilidad social ascendente de las últimas. El proyecto de nación de esos estados nacionales nace así libre de hipotecas históricas, dominado por un sentido de racionalidad y unas preocupaciones empíricas a la medida de sus protagonistas sociales. Esto explicaría -concluye el autor- el éxito de la construcción de la nación en sociedades tan íntimamente divididas por factores culturales como pueden ser Holanda y Suiza o en menor medida, estados como el inglés, norteamericano y francés".

Como ha podido apreciarse, los alienados teóricos modernos de Latinoamérica han confundido el género con la especie, irrogando efectos devastadores a sus respectivas formaciones sociales. Pero, también, trajeron a primer lugar de la escena el debate acerca de las comunidades regionales, indígenas y originarias; tanto desde la perspectiva de raza (indios o cambas), como de clase (campesinos, patrones); siempre bajo la perspectiva moderna del estado nacional.

Y es en aquella donde hallaremos las principales dificultades y diferencias. Refiere Díaz Polanco: En muchos casos, las nacionalidades o los grupos "nacionalitarios" europeos se conformaron de un modo comparativamente acentuado durante el siglo XVIII, aun antes de que apareciera la nación propiamente dicha, en su expresión moderna de Estado nacional; y éste se constituyó no contra esa realidad plural, sino a partir de ella. Esto no quiere decir que no se dieran conflictos étnico-nacionales, sino que, como norma, no se buscó resolver tales conflictos por la vía de la destrucción total de la diversidad. Componentes socioculturales específicos permitían distinguir a unos grupos étnico-nacionales de otros. Pero tales configuraciones étnicas no llegaron a convertirse en infranqueables barreras socioeconómicas entre los mismos grupos ni en un impedimento político para la construcción nacional.

A ojo de buen cubero, comienzan a vislumbrarse las peculiares diferencias, aquellas especificidades en la construcción moderna de los estados nacionales europeos. Y, justamente, la cuestión compleja de las diferencias de clase, al ser desprovista del componente de casta que había sido barrido junto al feudalismo, resultó una clave diferencial de alta utilidad en el análisis: "Esta tolerancia, o mejor relativa indiferencia frente a la diferencia sociocultural, en primera instancia no resultó de las elaboraciones de unos ideólogos, sino de las condiciones creadas por los movimientos transformadores que se venían gestando en la base de la sociedad. Los procesos estructurales, y, en particular, la expansión de las relaciones mercantiles que prepararon el advenimiento del moderno capitalismo funcionaron como el cemento que hizo posible soldar en lo político a los componentes socioculturalmente heterogéneos. Asimismo, ello favoreció que no se establecieran rígidas jerarquías socioeconómicas a partir de diferencias "culturales", particularmente por lo que se refiere a una generalizada adscripción étnica de la fuerza de trabajo. Las acciones hegemónicas (de la burguesía o de la aristocracia aburguesada, según el caso) se encargaron de convertir aquellas potencialidades unitarias, que arrancaban del sustrato socioeconómico, en realidades sociopolíticas: los estados nacionales".

La dinámica constitutiva europea propicia un paso acelerado de las condiciones económicas a las sociopolíticas, en virtud a las difíciles contradicciones de clase que ahora más bien movilizan transformaciones sociales en lugar de hacerlas irresolubles. Y, justamente, aquellas difíciles interrelaciones de clase subalternizan a un elemento básico que -al interior de las clases-, define bastantes condiciones, el sustrato etnoregional. En efecto, la subalternización opera en sentido de hacer que la temática etnoregional pierda la importancia decisoria que antes poseía, restándole peso mas no existencia. Habría sido la revolución democrático burguesa europea que brinde; por su carácter antifeudal y apropiado a la etapa histórica peculiar del continente; condiciones diferenciales a las demás y bastante propias de sí?.

  • Pero aquél será un tema tratado a su tiempo, baste con describir el conjunto de condiciones que hizo peculiar la conformación de los estados nacionales europeos, prosiguiendo con Héctor Díaz Polanco: En suma, todo ello influyó en la aparición de un mínimo grado de articulación socioeconómica que facilitó el acercamiento entre sí de esos conjuntos "nacionalitarios" y su integración como componentes de una unidad nacional mayor, quedando en segundo plano -al menos en la etapa en que se plantea la cuestión de la construcción del Estado moderno- la heterogeneidad sociocultural. En todo caso, lo indicado permite entender que la cuestión de las diferencias étnicas o lingüísticas que persistían en muchas regiones no surgiera de inmediato como un handicap para la conformación de estados nacionales unificados y diferenciados de otros (pero multiétnicos y, en algunos casos, incluso multinacionales). De este modo, la cuestión de la heterogeneidad étnico-nacional no generó las profundas incertidumbres sobre la viabilidad nacional ni las agudas tendencias homogeneizadoras que se observan en el caso latinoamericano.

Como han insistido autores diversos, lo anterior puede resumirse en el hecho "de que los estados nacionales de Europa occidental se conforman a finales del siglo XVIII, y sobre todo durante el siglo XIX", a partir de un proceso que "operó, como regla", de forma ascendente, "de abajo hacia arriba". Esto último, de ninguna manera, sugiere que en esa fase "el papel del Estado en la conformación de la sociedad nacional no haya sido significativo", sino al contrario: "Más bien implica que fuertes procesos estructurales y la conformación de sistemas clasistas, con un grupo como la burguesía al frente, dieron lugar a la formación previa de las nacionalidades y de las condiciones cohesivas para la construcción de la nación. La sociedad nacional fue un producto de este proceso, y ella, a su vez, requirió en aquella fase de desarrollo del capitalismo -con la contradictoria propensión a la universalización que simultáneamente requiere espacios delimitados de producción y de realización de la ganancia- de la organización de los estados nacionales".

Aquél proceso europeo fue considerado como un "modelo básico" a partir del cual "se construyeron los grandes esquemas explicativos de la cuestión nacional". El marxismo leninismo tampoco resulta inmune a dicha tradición analítica, de allí sus grandes dificultades por entender los procesos de construcción nacionales en la periferia del capitalismo, particularmente en Latinoamérica, donde continúa el eurocentrismo del fenómeno nacional-estatal. Justamente, pese a la diversidad procesual de constitución de estados nacionales en el marco latinoamericano, es posible hallar ciertos patrones generales que ilustran sus peculiaridades y enormes diferencias en relación a los procesos europeos.

Por ejemplo, el hecho de que la zona del Caribe anglo/franco/holandés se haya conformado no a partir de colectividades orgánicas y originarias, sino más bien de sociedades implantadas desde afuera, como "negocio" empresarial que trajo habitantes de diversos puntos del orbe y los "disciplinó" en el trabajo esclavizado en plantaciones; también sociedades indígenas exterminadas sin llevar a cabo una economía de plantación (Caribe hispánico); o, finalmente, poblaciones nativas explotadas que sobreviven la conquista y se constituyen como un sector subordinado clave para la construcción social colonial y republicana. En consecuencia, Latinoamérica misma es un gran conjunto heterogéneo donde se produjeron diversas formas de conquista, construcción colonial y republicana, deviniendo en una suerte de "heterogeneidad básica" que problematiza las generalizaciones en un contexto tan cercano como el que nos es característico entre países vecinos, mucho más, entonces, si se aplican homologías con el caso europeo.

La Hispanoamérica colonial "se aboca a la tarea de estructurar su vida nacional" en condiciones muy diferentes a las europeas, prosigue Díaz Polanco: El proceso colonial, lejos de constituir una estructura socioeconómica y un mercado interno generadores de tendencias integrativas, crea todas las condiciones para impedirlo: la exclusividad comercial con la metrópoli y las rigurosas restricciones que obstaculizan el intercambio económico entre las provincias coloniales (lo que se suaviza con las reformas borbónicas hasta las postrimerías del siglo XVIII), los monopolios internos, los intrincados y minuciosos controles administrativos de todo tipo ideados en su mayoría en la lejana península, las numerosas aduanas y alcabalas, los mayorazgos, las capellanías, los diversos fueros, etc., operan como frenos formidables. Prácticamente todo el tejido social se encuentra aplastado bajo el pesado fardo colonial, con el que también la metrópoli ha transferido -agravado por el más crudo despotismo- su propio atraso.

La fuerza de trabajo es explotada "fundamentalmente bajo relaciones esclavistas y serviles durante mucho tiempo", imperando "los mecanismos extraeconómicos de explotación y extracción del excedente", señal inequívoca de ausencia de relaciones sociales capitalistas. La Corona española utiliza el tributo como forma económica de apropiación de la riqueza creada por los indígenas, y los residentes americanos (chapetones y criollos), lo hacen a través de la explotación de su trabajo, mediante la encomienda y el repartimiento (que luego de abolidos fueron reemplazados por figuras analógicas, como la del endeudamiento). Un pacto de reciprocidad con el vencido se renueva utilizando las lógicas amerindias precedentes, a cambio de la conservación de las tierras y el status legal de la comunidad originaria.

Refiere Héctor Díaz Polanco: Durante los más de tres siglos de colonización española, la mayor parte de la fuerza de trabajo se encuentra -si se nos permite el término- etnizada. Con ello queremos hacer referencia a la adscripción sociocultural de la fuerza de trabajo explotada, particularmente de indios y esclavos. La estratificación étnica se superpone a la estructura de clases, complicándola y afirmándola. Según la racionalidad social vigente, por ejemplo, los indígenas deben pagar tributo y aportar trabajo gratuito o barato al colonizador porque son vasallos, es decir, porque son indios. En la misma lógica se funda el carácter subordinado de los pueblos de indios, en tanto comunidades.

Acá es muy pertinente un enlace con la temática de etnicización aymara, dado que hay algunos aspectos importantes que pueden aclarar dudas generalmente mal intencionadas en términos ideológicos. Asumiendo que la ciudadanía aymara se adquiere mediante la pareja (chacha/warmi), la guerra (ch´axua) y el tributo (contribución indigenal); y considerando que la quechuización fue alumbrada por un proceso de aymarización del Kollasuyo; las relaciones políticas aymaras hubieron de imponerse y una gran masa de ciudadanos no aymaras que, como en el caso de muchos Urus, prefirieron pagar tributo a condición de obtener tierras y derecho a comerciar, se incorporaron al renglón de contribuyentes bajo el epígrafe de aymaras; denotando que ya desde el siglo XVI, la característica de aymara se basa en una categoría tributaria antes que una peculiaridad o identidad étnica. Desde entonces hasta hoy, muchos cambios de tal magnitud se han operado, siendo muy difícil catalogar a ciencia cierta alguna identidad como aymara a secas.

Fueron aquellas evidentes "diferencias estamentales entre los componentes de la sociedad" las que asentaron el orden sociopolítico colonial, persistiendo las mismas en varios aspectos aún después de la independencia. Esto dificultó "el desarrollo de una fuerza cohesiva entre un mínimo número de sectores y capas" que "favoreciera la identidad nacional". La destrucción del sistema de castas imperante en el feudalismo europeo fue llevada a cabo por dos factores básicos, uno económico -central- y otro político, a saber: la generalización de las relaciones mercantiles -anterior a la formación del estado nacional- y su evolución capitalista, que dio paso a una revolución democrático burguesa.

Muy diferente resultó el proceso de formación nacional y constitución de estados independientes en América hispánica, tal cual refiere Díaz Polanco: En Hispanoamérica, pues, se lleva a cabo la tarea de constituir el Estado nacional sin que en las sociedades que se proponen tal empresa exista una burguesía suficientemente conformada, como expresión de una lógica capitalista que hubiera prendido en los fundamentos del sistema. Los gérmenes capitalistas que ciertamente encarnaban algunos empresarios agrarios, comerciantes, etc. (expresión de una incipiente "burguesía criolla"), eran ahogados por los monopolios, los mayorazgos, los fueros y demás relaciones e instituciones instaurados por el sistema colonial. De todos modos, estos grupos eran débiles. Así, el esfuerzo por construir la organización sociopolítica típica del capitalismo, se realiza sin una estructura socioeconómica en la que predominen las premisas del capitalismo. Por lo demás, en muchos de los actuales países de Latinoamérica se trataba de establecer la unidad cohesiva entre sectores separados no sólo económica y políticamente, sino también étnicamente.

Así, la dirección criolla de los movimientos libertarios -como en el caso boliviano- no llega a la conformación plena de "las nacionalidades como identidades colectivas con clara vocación de autodeterminación", es decir, la visión compartida en relación a la independencia e identidad nacionales no llegó a catalizar una estructura de aspectos que defina la nacionalidad, excepto los alcances de la Proclama de la Junta Tuitiva de La Paz (1809) cuya redacción -encomendada al Padre Medina- sintetiza un proyecto nacional propio y alternativo al neocolonial. Aquello tendrá "consecuencias importantes" en lo referido al "papel nacional" de las élites y el estado emergente.

Héctor Díaz Polanco se detiene en un "asunto de largo efecto en la futura vida nacional" de varios países latinoamericanos, a saber: Nos referimos a la secuencia de eventos que termina vinculando la estructuración nacional con el enérgico rechazo de la pluralidad sociocultural. Dadas las condiciones apenas esbozadas, a los dirigentes de los flamantes países independientes se les plantea como tarea fundamental la creación de las nuevas bases socioeconómicas y políticas de los estados nacionales emergentes. Obstáculos colosales para integrar esta nueva base nacional eran, desde luego, las relaciones no capitalistas heredadas del período colonial. Ahora bien, una de las expresiones más visibles de tales relaciones eran las condiciones serviles y opresivas que pesaban particularmente sobre las comunidades indígenas. No fue difícil, en consecuencia, la identificación de aquellas relaciones que querían anularse con la existencia misma de las diversas configuraciones étnicas que se habían conformado o reestructurado durante la larga fase colonial.

De tal modo, la élite criolla hispanoamericana ingresa a la vida independiente "homologando relaciones económicas y socioculturales justamente reputadas como indeseables" en perjuicio directo de las comunidades étnicas, por lo cual éstas "terminan siendo consideradas también como indeseables y perjudiciales para la conformación nacional", especialmente bajo la percepción de los grupos liberales.

Las identidades indias han sido diferenciadas no sólo de las españolas, sino también de las criollas y mestizas, apareciendo ideológicamente como "coloniales" en el discurso de las élites: "Es decir, la cohesión étnica de las comunidades dominadas y explotadas se concibe también como una de aquellas herencias de la colonia que debe esfumarse en el proceso de construcción nacional. El punto no era anular cualquier relación que permitiera oprimir y explotar al indio colonizado (de hecho nuevas relaciones opresivas y explotadoras, posteriormente conceptualizadas como colonialismo interno, fueron constituidas en el marco del estado independiente), sino negar la misma identidad básica de las etnias diferenciadas. Reconocer esta identidad habría implicado aceptar de algún modo una vida autónoma para los grupos étnicos y, sobre todo, respetar la base de sustentación de tales grupos: las tierras y demás recursos comunales, codiciados con igual vehemencia por conservadores y liberales".

La cita refleja una realidad que "parece ser una de las raíces de la temprana confrontación que se da en Hispanoamérica entre integración nacional y pluralidad sociocultural". Simultáneamente, lo antedicho marca un grado mayor de separación sociohistórica en los procesos constitutivos de Latinoamérica y Europa. Efectivamente, "en la Europa protonacional", las configuraciones étnicas "no podían asimilarse universalmente", con similar facilidad, "a las relaciones precapitalistas" o al "atraso".

Prosigue Díaz Polanco: El desarrollo socioeconómico de las diversas nacionalidades en Europa era comparativamente más equilibrado, y se daba el caso de que una nacionalidad dominada pudiera exhibir un pasado y aun un presente socioeconómico igual o superior al de la nacionalidad dominante: v. gr. Cataluña frente a Castilla. En Hispanoamérica, en cambio, dadas las condiciones impuestas por la dominación colonial sobre la población autóctona, la identificación entre comunidades étnicas y aquello que debía liquidarse para dar lugar a la sociedad nacional fue casi automática. No existieron las condiciones (en particular la lucha orgánica de una fuerza sociopolítica capaz de amenazar seriamente el proyecto centralista o de imponerse, lo que no cumplieron las esporádicas rebeliones indias, las cuales fueron acciones heroicas pero dispersas) que obligaran a establecer la separación o distinción entre las relaciones serviles de carácter colonial y las estructuras socioculturales que caracterizaban a las etnias.

Una vez aplastadas las rebeliones indígenas de Túpac Amaru y Katari, la comunidad indígena como fuerza social de alcance nacional fue derrotada y descabezada, poco tiempo antes de las rebeliones criollo mestizas. La derrota de las rebeliones indígenas y la del 16 de Julio de 1809 en La Paz, con sus principales líderes ajusticiados, marca el desarraigo sangriento de cualquier proceso alternativo al vigente, de origen colonial, sustentado por las élites que capturaron el proceso independentista, principalmente las formadas en la Universidad de Charcas.

Partes: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10

Página siguiente 

Comentarios


Trabajos relacionados

  • Arqueología

    Identidad. La construcción del pasado. Interfase. Si nos atenemos estrictamente a la etimología, la arqueología (gr. ar...

  • Antropología

    El debate posmoderno, como modo de pensar. La mundialización-globalización, como contexto. Latinoamérica, como lugar de ...

  • El hotel de inmigrantes

    Monumento Histórico. Un proyecto valioso. Testimonios literarios. Periodismo y otras fuentes. En este trabajo me refier...

Ver mas trabajos de Antropologia

 

Nota al lector: es posible que esta página no contenga todos los componentes del trabajo original (pies de página, avanzadas formulas matemáticas, esquemas o tablas complejas, etc.). Recuerde que para ver el trabajo en su versión original completa, puede descargarlo desde el menú superior.


Todos los documentos disponibles en este sitio expresan los puntos de vista de sus respectivos autores y no de Monografias.com. El objetivo de Monografias.com es poner el conocimiento a disposición de toda su comunidad. Queda bajo la responsabilidad de cada lector el eventual uso que se le de a esta información. Asimismo, es obligatoria la cita del autor del contenido y de Monografias.com como fuentes de información.

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda