A mi compañero de dolor y lágrimas
A manera de "LLAMADA DE ATENCION" al mundo entero, ilustro este libro. Lo narrado en él me llevó a pensar que la vida de un POLIZON no vale nada.
Es un grito, un clamor en medio del océano; no concibo en mi mente, que existan torturadores, verdugos entre comandantes de embarcaciones. Piensan quizás que el paso de estas criaturas les hundiría el barco.
Para uno la muerte, para el otro la angustia y el terror de ser lanzado a las profundidades marinas. Anhelos de dos jóvenes llenos de alegría, en búsqueda de otros mundos: el comercio, el trabajo, la cultura, todo un proyecto de vida nueva. Ocurren tremendas contradicciones. Por un lado ceremonias bautismales, bendiciones, incienso, rituales de todas las religiones. Lociones divinas caen sobre estructuras en su inauguración. Por otro lado se ven desprecios, atropellos contra la vida llena de esperanza, contra dos jóvenes que creyeron en el humanismo, en la colaboración, en la solidaridad para lograr sus metas. Sólo venció el poderoso que olvidó lo humano.
Recordemos aquella frase de Jesucristo: "Ay de vosotros hipócritas y fariseos que coláis el mosco y os tragáis el camello". Indefensas criaturas martirizadas por conciencias laxas que prefieren cargar "delito" a un pequeño ser.
A los gobernantes del mundo una petición: Más humanismo en alta mar; porque de lo contrario me tocaría decir: "Que esperanzas, si los gobiernos son impotentes ante tanta masacre ocurrida en alta mar".
RAMON VASQUEZ ARROYAVE
Medellín, Junio 6 de 1996.
Yo venía sentado en el techo del vagón de un tren para que nadie advirtiera mi presencia; el tren viajaba por entre los barrios populares que se extendían a lado y lado por las orillas del río Medellín.
Tenía la cara roja, quemada por el sol y la ropa sudorosa por el viento pegajoso. Además traía puestas unas gafas negras que había encontrado en un basurero.
Antes de llegar a la estación de la terminal, aprovechando que el tren disminuyó su velocidad, me bajé con cautela por la escalerilla y me introduje al vagón confundiéndome con el resto de pasajeros.
Ya en la sala de espera, llena de personas que se despedían, o que esperaban, lo primero que hice fue buscar un teléfono público, esculqué mis bolsillos pero no tenía monedas. Entonces me acerqué a un señor moreno, bajito y que tenía bigote muy abultado, que se encontraba frente a una ventanilla, a su lado había una pequeña maleta, y le solicité una moneda para efectuar una llamada a la casa de mi familia. El me lanzó una mirada de desconfianza, pero de inmediato estiró su brazo y me la regaló. Me acerqué al teléfono y marqué:
-Hola Piedad habla con Rubén Darío.
-¿Cómo? ¿Y usted dónde estaba?
-Yo vengo de Venezuela, acabo. de bajar del tren.
-Espere le voy a pasar a mi mamá.
-¿Qué hubo mijo?, ¿Usted dónde estaba?
-Estaba en Venezuela, pero tranquila que me fue muy bien.
-Pero, ¿Por qué no escribió siquiera una carta, o hizo una llamada?; ¿Usted por qué es así? Ya lo dábamos por muerto.
-Mamá, sabes qué: venga por mí a la estación del ferrocarril, esto es muy peligroso y me pueden atracar.
-No se mueva de ahí que ya vamos por usted.
Yo me quedé ahí parado frente al teléfono algo nervioso y muy confundido por que no sabía cómo les iba a explicar lo mal presentado que venía.
Al poco rato, alcancé a distinguir entre toda la gente a mi mamá que venía acompañada de mi hermana y dos hermanos y me buscaban impacientes, pues con la mirada recorrían todo el lugar. Como pude me acerqué y los saludé. Cuando me vieron, no podían creerlo.
-Darío -dijo mi mamá-, pero a usted ¿qué le ocurrió? Mire como está de sucio, mire ese pelo todo pegajoso, ¿De dónde viene?
-Lo que sucedió fue que me iba a venir en avión, pero a última hora resolví vender el tiquete y venir por tierra, en tren; pero resulta que el tren se descarriló y nos tocó amanecer en unos matorrales al lado de la carretera. Bueno, pero vamos, subamos al taxi, que por el camino les sigo contando más detalles del viaje.
Yo venía de Venezuela, estaba aventurando, me quedé un año y no trabajé un solo día. Sólo me gustaba caminar, me mantenía en las quebradas bañándome, pedía comida en los restaurantes, dormía en cualquier acera y aprendí de la vida lo que es la desolación, la humillación, el hambre y el miedo.
A partir de los trece años salía a caminar para experimentar la sensación de libertad, a la vez que veía rostros nuevos. Viendo que me sucedían tantas cosas de las que salía ileso, llegué a pensar seriamente que yo estaba reservado para un destino especial.
Entonces ya en el taxi, recuerdo que me sentaron al medio y mis hermanos me estrujaban con el codo y me preguntaban:
-Darío, ¿Trabajó mucho por allá?
-Claro, un año trabajando casi día y noche.
En el auto se vivía un ambiente de suspenso; el conductor me miraba por el espejo retrovisor y sonreía con cierta malicia.
Ya en cercanías a Itagüí, yo miraba a través de la ventanilla y trataba de retener en mi mente las imágenes que pasaban rápidamente.
De repente el vehículo se detiene frente a mi casa, ésta tenía tres pisos, en la parte baja funcionaba una tienda (Granero Mixto), que era de propiedad de mi padre.
Como yo era el turista viajero y después de un año de arduo trabajo, debía cancelar el valor de la carrera. Así fue como después de hacer un ademán de quien va a sacar de su bolsillo el dinero (que por supuesto no existía), le dije al conductor:
-Señor ¿Cuánto le debo?
-Éste agregó de inmediato-; -Son dos mil pesos.
Entonces colocándome las manos en la cabeza, dije con voz de desaliento:
-Uy, no tengo moneda colombiana, pero el taxista hábilmente se interpuso diciendo;
-Tranquilo joven, yo le cambio lo que sea. Pero mi madre un poco más sensata y conciente me dijo;
-Tranquilo Darío, no se ponga a sacar plata aquí y desde la ventanilla del auto gritó a mi papá que estaba parado en la puerta del negocio:
-Mijo, traiga dos mil pesos para pagar la carrera que Darío no tiene moneda Colombiana.
Mi padre de inmediato da vuelta y saca de un cajón el dinero y paga.
Yo asomaba mis gafas negras por la ventanilla, para aparentar al menos que venia de lejos como cualquier turista que se respete.
En la tienda había varios amigos que esperaban impacientes para saludarme, Salí del carro, salude a mi padre, sin que antes me hubiera lanzado algunos regaños y concejos.
Que hubo Venezolano, -Me gritaban algunos-
Mientras me sentaba a departir con ellos empecé a contar algunas historias y todos me brindaban uno y otro aguardiente.
El ambiente era de risas, charlas y murmullos mientras que en el aire se esparcían algunas chispas de nostalgia que se apoderaban de mí ser.
Yo quería invitar a mis amigos a unos tragos, pero ellos también sabían que no poseía moneda colombiana: solo bolívares.
Rato después aparece una botella de aguardiente. Yo, cada vez me sentía mejor y se me olvidaba que no tenía plata; estaba arruinado, pelado.
Lo único que poseía era mis gafas pero uno de ellos me hizo sentir mal pues al observarme vió que estaban muy rayadas y me pregunto si eran nuevas. Me tocó decirle que cuando se descarriló el tren, se me habían rayado contra la pared del vagón.
Cuando ya me sentí un poco "ventiao", me levanté y me acerqué al mostrador donde estaba mi papá. Empezamos a conversar muy amigablemente, cada uno con la mano puesta en el hombro del otro, y yo, en medio de los tragos y absorbido por un ambiente de aroma familiar, le insinué que le había traído un regalo muy especial. Él, entusiasmado preguntó de que se trataba.
Le voy a regalar dos mil bolívares, mañana me despierta temprano para que vamos al banco y los cambiemos.
Después me retiré de nuevo hacia la mesa donde se hallaban mis amigos y continuamos con la tertulia.
Acto seguido, aparece otra botella de licor en la mesa, la mandó papá en agradecimiento. Lo cierto del caso fue que me embriagué hasta perder el sentido por completo, mis padres me llevaron a la cama y me acostaron. Al otro día, muy temprano sentí que alguien movía mis hombros, era papá que pretendía despertarme para que fuésemos al banco a cambiar los bolívares.
Me demoré un poco en reaccionar. Yo ví que mi papá estaba recién afeitado y dispuesto a salir.
Vagamente recordaba yo la promesa hecha a papá pero en mi mente caliente balbuceaban esos recuerdos mentirosos y, por fin, logré acordarme.
Apoyado en mi propio guayabo, me levanté como pude y me metí al baño. Ese día en mi casa había desayuno especial; para festejar mi llegada.
Después de un suculento desayuno salí con mi padre, supuestamente al banco para cambiar el dinero. Por el camino, yo iba pensativo, cavilando y esperando lo peor.
Cuando papá entró al banco le dije que esperáramos un poco, pero el insistió para que lo hiciéramos de una vez por todas.
-Sabe una cosa papá -le dije-, como le parece que yo no tengo un solo centavo; yo le mentí esperando que me recibieran y atendieran bien a mi llegada pues en ese país sufrí mucho y deseaba ansiosamente algo diferente.
El no escuchó mis reflexiones y estrujándome salió calle abajo rumbo a casa.
Yo me quedé ahí parado con el dolor mas grande del mundo, no sabía qué hacer; alguien palmoteaba mi hombro, miré y me di cuenta que era un mendigo.
-Oiga joven, ¿me regala una moneda?
No supe cómo me alejé de aquel sitio y mis pasos me condujeron al taller de escultor de mi tío Ignacio.
Este, sintió gran interés por mi y quiso ayudarme; me organizó un puesto de trabajo y con el pincel delgado me dijo que coloreara unas imágenes religiosas.
Allí conocí a Julián, su cuñado; quien me propuso realizar un viaje, según él, era el camino perfecto para realizar mis sueños.
Eran, con exactitud, las cinco am, recuerdo como si fuera hoy; la mañana fría, gris y un tanto triste.
Unos agentes de inmigración llegaron hasta la puerta de mi celda para avisarme que era la hora de partir.
-Organice sus pertenencias-me dijeron, pero sólo poseía una pequeña bolsa de manila, algunos documentos y el reloj de mi amigo Julian; pues toda mi ropa la había perdido.
Alguien me regaló una camiseta algo sucia que tenía pintados en el frente unos muñequitos; también me regalaron un pantalón negro y un par de zapatos viejos sin cordones. Tres agentes de inmigración me subieron a un auto y nos dirigimos al aeropuerto.
Los agentes no hablaban, había mucho silencio. Yo iba entretenido mirando por las ventanillas aquel hermoso paisaje que desfilaba ante mis ojos a medida que avanzábamos; muchas bancas coloniales rodeadas por frondosas palmeras que circundaban la isla.
El mar, con sus azulosas aguas, reflejaban las sombras del amanecer. Todo era demasiado bello, algunas personas, tal vez obreros que se dirigían a su lugar de trabajo, o quizás prostitutas que huían de la luz del día, transitaban por las avenidas.
Yo, sentía vergüenza confundido entre todos esos pasajeros tan elegantes y también vestidos y yo ahí, bien flaco, mal vestido, sucio y con algunos esparadrapos en la cabeza. El avión en su interior era bellísimo; la cojinería de color rojo y6 blanco; sus empleadas elegantemente vestidas; y allí se respiraba un aire de armonía que se contagiaba en los pasillos. Una de las azafatas me tomó del brazo y me condujo a un asiento del centro de la nave. Yo trataba de estar calmado, en medio de aquella cruel pesadilla que aún soportaba…, quise leer un poco. Tomé el periódico en mis manos y cual pudo ser mi asombro, cuando en primera plana apareció una foto de Julian (su cadáver), y yo, a todo color.
Allí describían paso a paso nuestra tragedia.
Uno de los pasajeros que se hallaba en un asiento contiguo, me miraba detenidamente y observaba la foto del periódico como tratando de establecer la comparación; no se aguantó , se acercó y me dijo:
-Oiga joven, ¿cierto que es usted el que aparece en esta foto?
Le dije que sí. De inmediato se formo un corrillo a mi alrededor. Unos preguntaban una cosa, otros impacientes querían saberlo todo de inmediato por boca del protagonista.
Una azafata repartía el desayuno que constaba de ensalada de frutas, pan, café con leche y algunas verduras; era una bandeja americana.
Cuando llegó mi turno, empecé a comer ese plato sin compasión alguna.
La gente me miraba, ni siquiera comían esperando que yo continuara con la historia.
Yo tenía un hambre feroz, desbordante; por eso uno de los curiosos me brindó su bandeja, la cual acepté de inmediato.
Las azafatas trataban de organizar un poco los pasillos del avión, pues los pasajeros algo desordenados esperaban impacientes para escuchar hasta el último detalle de la historia.
Yo indagaba por la suerte de mi compañero, pero nadie sabía nada.
¿Dónde estará, qué habrá sido de él? Eran interrogantes que no tenían respuesta alguna.
Yo me sentía muy bien, abría los ojos, los volvía a cerrar y me daba cuenta que la vida aún permanecía mi lado. Los pasajeros me ofrecían direcciones para que los visitara algún día, me daban dinero y se creó un ambiente tan agradable que me sentía como en casa.
En uno de esos instantes me dio por ir al baño, mas por curiosidad que por necesidad, al ingresar quedé maravillado de contemplar tanto lujo y comodidad.
Yo estaba embelesado presionando botones y suiches por donde salían servilletas, aire caliente, papel higiénico, aire frío, etc. De pronto unos golpes en la puerta me hicieron reaccionar. Era uno de los pasajeros que tenía urgente necesidad de utilizar el baño.
-Oiga, ¿Usted fue que se murió ahí o qué? -Decía el señor al otro lado de la puerta-.
-No lo que pasó fue que me quedé encerrado. ¿Cómo se abre esta puerta? Le pregunté.
-Vea , hale la palanca y tire hacia adentro.
Y halaba la puerta y no abría. El señor a cada momento mas se desesperaba hasta que finalmente estuvimos frente a frente, su cara estaba roja de hacer fuerza, me tomó de la camiseta y con brusquedad me arrojó al piso.
Regresé a mi asiento y continuaron las preguntas y el desorden.
De pronto escuché la voz del Capitán en el altoparlante que decía:
-Señores pasajeros, viajamos a 1000 km. por favor asegurarse los cinturones.
Por la ventanilla se alcanzaba a divisar entre las nubes, enormes rebaños de ovejas que desfilaban con lentitud, tratando de diseñar en las alturas hermosas obras que jamás habían sido soñadas por los ojos de un artista.
Después de varias horas de vuelo, la voz del capitán se oyó nuevamente:
-Señores pasajeros, buenos días. Les informo que nos acercamos a la capital de Colombia, Bogotá.
Empezó el alboroto, despedidas, risas y a los ojos de uno que otro se asomaba tímida una lágrima. Yo, en cambio, indiferente, seguí la fila, bajé a la pista y me confundí con la multitud.
No sabía que hacer, caminaba de un lado a otro, hasta que dos señores me condujeron a un pequeño cuarto en el aeropuerto El Dorado.
Yo pensaba muchas cosas: ¿Será que me van a detener? ¿Por qué me encierran en ese cuarto? Al mucho rato llegan unos periodistas, me hacen algunas preguntas, me toman algunas fotografías y luego quedo libre.
Me dirijo de inmediato a la taquilla de Aerovías del Cesar que cubría la ruta hacia Medellín, compré un tiquete, pasé luego a una cafetería donde tomé café y compré una caja de cigarrillos; estaba muy nervioso, miraba para todos lados, pensaba en Julián, me parecía mentira estar allí fumándome un cigarrillo después de haber afrontado con decisión aquella cruel batalla contra el destino.
De pronto, anuncian el próximo vuelo para Medellín; estaba presto a abordar; cuando alguien me abraza por los hombros.
Eran dos hermanas de Julián, que abatidas por el dolor no cesaban de llorar; me sacaron de la fila, los otros pasajeros se preguntaban ; ¿qué pasó? Pero nadie sabía absolutamente nada.
Me llevaron a la taquilla de Aerovías del César e hicieron el reembolso del pasaje. Hicieron nuevos trámites, hasta que abordamos otro vuelo hacia Medellín.
Ellas continuaban llorando, no era para menos. Las azafatas conmovidas por su dolor, les ofrecían miles de cosas; pastillas, calmantes, jugos, etc. Más ellas se hallaban inconsolables.
Entre tanto, comenzamos a volar sobre el enorme paisaje de montañas que circundan la bella ciudad de Medellín.
Yo no era capaz de llorar, mis lágrimas huían temerosas y se internaban en algún rincón de mi rostro.
Dentro de mí existía una gran inquietud por saber de la suerte que había corrido el cuerpo de mi compañero. Sus hermanas trataban de calmarse.
Mientras nos acercábamos a la ciudad, pensaba yo; voy a darme un baño en un hotelucho, me compro un pantalón y unos zapatos y me voy para la casa tranquilamente.
Pero mi sorpresa no tuvo límites. Cuando el avión empezó a aterrizar alcancé a divisar en la terraza de espera una multitud que daba la impresión de estar en el estadio presenciando un clásico de fútbol.
Cuando descendía del avión, al primero que alcancé a distinguir entre los presentes fue a mi abuelo paterno. Lo reconocí por el sombrero gris. Luego empieza el desfile de familiares; madre, padre, hermanos, amigos; al otro extremo, otra gran multitud, donde estaba toda la familia de Julián.
Aquel escenario se transformó en un pequeño mundo de dolor: Unos lloraban, otros se santiguaban y algunos con sus ojos desorbitados exclamaban ¿ que paso, qué es esto Dios mío?
Pronto ingresé al salón y me confundí con toda la familia.
Me abrazaban, me palmoteaban, yo un poco mareado deseaba alejarme de esa gran congestión porque mi estado no me permitía ese tipo de contactos, pues estaba en el solo esqueleto, macilento y demacrado como cualquier calavera de cementerio.
De repente, del montón surge una persona, se abalanza contra mí y me quita el reloj de Julián que yo tenía puesto, y me pregunta también por su ropa y demás pertenencias.
Yo no sabía que responder qué responder, pues me pareció ridículo que se preocuparan por un saco viejo.
Julián sonreía con agrado cuando en el taller de Ignacio me propone un viaje a la isla de Curazao.
Ignacio, que en paz descanse se desempeñaba como escultor. De vez en cuando me llamaba para que le ayudara a pintar pesebres o algunas imágenes.
La esposa de mi tío Ignacio era la hermana de Julián y le ayudaba también en la decoración de porcelanas y en el funcionamiento del taller.
Julián trabajaba en Fabricado. Todas las mañanas leía el periódico y se colocaba la toalla en los hombros y ponía sus pies en un banquito de madera.
Julián era un muchacho de costumbres muy sanas, no bebía casi, no fumaba, era buen amigo, buen hermano. Como amigo era ejemplar. Fundamental en su casa donde siempre contaban con su aprobación para realizar algún proyecto.
A veces hacíamos tertulias con mi tío, pues éste, a pesar de su trabajo, era un hombre muy culto y vivía enterado de todo lo que sucedía en el país y en el mundo.
Mi compañero era muy organizado, impecable en el vestir, zapatos bien lustrados; había momentos en los que me mostraba algunas de sus pertenencias, como candelas antiguas, fotografías, cámaras y una serie de cacharros con mucho valor moral.
Yo, en cambio, era muy distinto a él; desordenado, distraído, aventurero, no me fijaba metas y deambulaba de un lado para otro buscando mejores perspectivas que amortiguaran un poco mis angustias.
Siempre me gustó caminar; pedía comida en los restaurantes; cuando no me daban, robaba; era muy amigo de la noche y con ella disfruté de la placidez, hasta que la luz de un nuevo día se filtró por mis sentidos y me hizo conocer a esa gran persona: Julián.
Recuerdo que uno de sus sueños era casarse algún día con su gran amor, su amor de siempre, su Margarita del alma.
Margarita era una niña muy tierna, de familia respetable, recatada, inteligente y quería mucho a Julián; a cada rato fijaban una fecha para la boda, pero eran tan felices que los días pasaban desapercibidas y ese gran momento se negaba a llegar.
Julián no descartaba la posibilidad de realizar ese viaje en mi compañía. Pero cuando su familia se enteró, no estuvo de acuerdo. Margarita me llamaba angustiada por teléfono y me decía:
-Rubén Darío, dígame que no es verdad, dígame que es sólo una pesadilla y que ustedes no harán ese viaje.
-Por favor no me lo robe -me decía-;
Yo me quedaba muy preocupado, pues al final yo no era más que un instrumento del destino y simplemente me dejaba llevar por la corriente.
Comenzamos a realizar trámites de pasaporte, averiguamos todo lo relacionado con los pasajes. Por fortuna, Nelly, una hermana de él trabajaba en una agencia de viajes; se puso al frente de nuestras necesidades y nos ayudó hasta el final.
El viaje se acordó para el 17 de agosto, o sea que aún nos quedaban diez días para ese cambio de vida, que según Julián iba a ser para nosotros la antesala de nuestra felicidad y fortuna.
Un par de días antes del viaje, su familia realizó un paseo de despedida, donde fui invitado. En las horas de la mañana me recogieron en un carro de trasteos.
En la despedida, había un ambiente de paseo, risas, charlas, chistes verdes; recuerdo que él contó el siguiente chiste: que había una prostituta tan bruta que se estripó un seno pensando que era un barro ciego. Llegamos al sitio, organizamos una parrillada y bebimos aguardiente.
Todos me decían:
-Darío, renuncie a ese viaje, no se vaya con Julián, mire que él no ha llegado a salir nunca de la casa, es alimentado con leche pura de vaca, él para nosotros es como un niño que no conoce nada de la vida. Por favor no se lo lleve;
Era como un presagio de toda la familia, pero él estaba decidido y me decía:
-¿Sabe qué Darío? No le pare bolas a nadie, que mañana nos vamos.
Esa mañana al levantarme, experimenté una sensación especial. Mientras me duchaba realicé ciertos ritos y ejercicios, pues algo me anunciaba el cambio.
En compañía de mi familia, abordé un taxi y nos dirigimos hacia el aeropuerto Olalla Herrera de la ciudad de Medellín.
Allí después de efectuar algunos trámites de Aduana, nos encontramos con la familia de Julián que también se disponía a despedirlo.
Ingresamos a la pista y nos mezclamos con el resto de viajeros que iban a abordar el avión de ALM de las antillas holandesas, rumbo a la isla de Curazao.
Al subir por las escalerillas, una última mirada a nuestras familias, una lágrima que no deseaba esconderse y un adiós a todo aquello que se quedó encerrado en el morral de los infructuosos días pasados; Julián se sentó al lado de la ventanilla.
Al poco rato, se encendieron los motores del avión, por lo tanto, era normal que estuviésemos nerviosos y un poco desconcertados.
Julián me señalaba con el dedo:
-Mire Darío, esa que ves allá es la iglesia de Manrique; y mas allá está Fabricado, donde yo trabajaba.
Yo trataba de ubicar con la vista lo que él señalaba, en realidad, parecíamos dos niños que jugaban a conocer.
A cada instante nos adentrábamos más en las montañas; los ríos parecían simples cordones blancos que se movían con lentitud.
Julián era bien parecido, alto, de ojos azules y mejillas rosadas. Dos chicas hermosas que viajaban en los asientos frente a nosotros, nos miraban y sonreían coquetamente.
¡Ey! Julián -le dije-, estas quebrando.
El las miró y quedó muy entusiasmado con una de ellas.
Una azafata nos ofreció desayuno. Cuando Julián recibió el suyo, se le cayó el pan y rodó por el suelo; yo hice un ademán para recogerlo, pero la azafata le ofreció un nuevo pan.
Ese incidente sirvió de puente para entablar charla con las chicas, intercambiamos de puestos; Julián se sentó al lado de una de ellas y yo al lado de la otra.
¿Hola cómo estás?
Yo, bien, ¿y tú?
Bien, gracias.
¿Son turistas? Pregunte la que se hallaba a mi lado.
Sí nosotras somos de Curazao y trabajamos en el Correo de allá.
Pero ¿se amañaron en Medellín? .
Claro, nos pareció bellísima.
Julián también iba muy entretenido. Cada vez nos alejábamos más sobre el Mar Caribe.
-Señores pasajeros, nos acercamos a la isla de Araba, favor asegurar los cinturones y conservar la calma, se le escuchó decir al piloto por los altoparlantes del avión.
Ya se divisaba un verdadero paraíso, una cantidad de palmeras iban desfilando a nuestro paso y se alcanzaban a ver las azules aguas que bañaban las playas de Aruba. Allí, el avión hizo una pequeña escala, se subieron algunos pasajeros; otros se quedaron; luego continuamos el viaje y aproximadamente a la una de la tarde nos hallábamos pisando tierras de Curazao, nuestro destino final.
Al ingreso a la Aduana, nos hicieron algunas preguntas. A Julián le tocó primero en la fila. Lo estaban demorando mucho. Yo pensaba lo peor; luego llegó mi turno.
-¿Cuántos dólares lleva? -me preguntó el guardia-.
-Quinientos contesté un poco atemorizado.
-¿Piensa quedarse en la isla?
-No, solamente quince días, pues estoy de vacaciones.
-¿En qué hotel se piensa alojar?
-En el Park Hotel, le dije.
-Puede seguir, señor.
-Gracias, agregué.
Ya en la puerta de salida, nos encontramos Julián y yo y nos dimos la mano en señal de triunfo. Rápidamente salimos a la calle, abordamos un taxi y nos dirigimos al hotel. El conductor, después de un corto recorrido, detuvo el vehículo frente a un lujoso edificio, el Park Hotel; nos dijo:
-Son diez dólares.
Nos dirigimos a la recepción. Allí fuimos atendidos por una hermosa mujer, joven y muy formal, la cual nos informó que la noche valía treinta y cinco dólares. Era un recinto muy elegante, todo tapizado, decorado con espejos y lámparas gigantes que ofrecían luces y visos casi fantasmagóricos.
Tomamos una habitación, la no. 314. Un empleado tomó nuestro equipaje y nos condujo hasta el tercer piso.
Algo diferente nos esperaba, no sé… todo se estaba tejiendo en las redes del destino.
La empleada tan hermosa, el taxista tan silencioso, el número de la habitación.
Al abrir la puerta se veían tres enormes camas que descansaban sobre el piso entopetado; dos nocheros; una nevera atestada de frutas y algunos licores; baño, calefacción y una maravillosa vista al mar.
Nos tiramos a las camas a descansar. Parecía mentira que estuvieramos en ese paraíso llamado Curazao, rodeado de todas las comodidades que uno pueda anhelar en la vida.
-Esto es vida -dijo Julián-, pues estaba muy emocionado, mientras que sus ojos juguetones se divertían mirando la estructura del techo.
Luego al descansar un buen rato, decidimos recorrer las instalaciones del hotel.
Por los pasillos nos tropezamos con turistas de otros países. El hotel constaba de 120 habitaciones, piscinas, baños turcos, restaurante, bar y otros servicios básicos.
Salimos a conocer la isla con el fin de averiguar por un amigo de Julián llamado Alex, propietario de unos almacenes de ropa .
Las calles estrechas, dónde sólo cabe un auto. Los conductores esperaban pacientemente el cruce de los peatones de un lado al otro.
La isla esta dividida en dos partes: en un lado se encuentra todo el comercio y las viviendas, al otro lado los lugares públicos, las oficinas de inmigración, los consulados, etc.
Hay un servicio de ferri, gratuito para cruzar de un lado a otro.
Así fuimos de almacén en almacén buscando a Alex. En ningún lado nos daban razón de él, nadie lo conocía, como si hubiera salido de viaje sin dejar rastro alguno. Todos nuestros esfuerzos resultaban en vano, y estábamos cansados de tanta búsqueda. Muy entrada la tarde, pasamos frente a un bar donde estaba sonando un disco llamado "Sonia", que nos trajo recuerdos de Medellín, nos detuvimos y entramos.
De inmediato un señor moreno, con gorra blanca nos atendió formalmente y nos organizó una mesa con dos sillas para que nos sentáramos.
Pedimos dos cervezas. Aún recuerdo esos instantes tan agradables. Una brisa fresca golpeaba nuestros rostros, y un nuevo horizonte brillaba para ambos.
Veía en los inquietos y azules ojos de Julián el brillo del triunfo, las ganas de vivir y de absorver cada segundo que nos atropellaba.
Empezamos a saborear las cervezas marca Amstelbier. En la parte del fondo departían alegremente tres señores al parecer, nativos de la isla. Uno era moreno, corpulento, de gafas y llevaba puesta una camisa leñadora. El otro, moreno, delgado, y el tercero, canoso y de lentes oscuros. Reían, charlaban y conversaban muy animadamente mientras nosotros escuchábamos: "Sonia, Sonia, tus cabellos negros, me…" y degustábamos pausadamente la cerveza.
Al rato, llegó el cantinero con otras dos cervezas. Julián preguntó:
-Quién pidió esas cervezas, quién las envió?
El cantinero mirando al fondo del salón, señaló a uno de los señores que allí departían y acto seguido las sirvió en nuestra mesa. Seguimos platicando, y analizando todo cuanto se asomaba a nuestro alrededor. La gente allí, hablaba en español muy enredado. Allí también hablan el papiamento.
Llegaron otras dos cervezas por cuenta de los señores. De inmediato le dije al cantinero que por favor les diera las gracias y les enviamos tres cervezas. De pronto el señor moreno, robusto, se aproxima a nuestra mesa con una botella en la mano, saluda muy amigablemente y nos ofrece un trago. Julián le acercó una silla para que se sentara. El señor hace señas al cantinero para que llame a nuestra mesa a sus dos compañeros y para que traiga cinco cervezas.
-¿De qué país son ustedes? Pregunta el más viejo.
-Somos colombianos, antioqueños, respondió Julián con gesto amable.
-¿En qué hotel están hospedados? Preguntó el primero que se acercó.
-Estamos en el Park Hotel.
-¡Ah! Pero ese es un lugar muy suntuoso.
-Si señor, eso parece.
Nos pusieron al tanto de la situación política de la isla, su moneda, sus costumbres, el comercio. Uno de ellos, el gordo, ya en medio de los tragos, pues nos habíamos tomado varias copas, nos ofreció trabajo en un almacén de ropa. Para uno solo.
Eran casi las siete de la noche y decidimos retirarnos del lugar; entonces, los tres señores nos acompañaron al hotel.
Ingresamos a la habitación, abrí la nevera y tomamos cada uno dos vasos de jugo. Luego nos santiguamos y nos dispusimos a dormir, pensando en el trabajo que nos había ofrecido el gordo.
-Oiga Julián, ¿Trabaja usted o trabajo yo?
-Usted verá Darío, mañana hablamos a ver qué decidimos.
-Listo. -Le dije-, y él se quedó en silencio.
Pensativo salí al pasillo y me fumé un cigarrillo, enseguida me acosté con la ansiedad de un feliz y nuevo amanecer.
Al día siguiente y muy temprano sentí que Julián se estaba bañando. Los primeros rayos del sol se filtraban coquetos y juguetones por los ventanales.
Rápidamente nos organizamos y salimos en busca del señor gordo que nos había prometido empleo. Llegamos a la cadena de almacenes y empezamos a averiguar por él.
Muchas cuadras recorrimos y tampoco dimos con su paradero.
Entonces decidimos entrar a desayunar a una cafetería. Pero el olor a aceite nos quitó el apetito; en casi todos los restaurantes olía igual. Después de dar vueltas durante mucho rato, al lado de un taller de mecánica vimos un pequeño restaurante que nos llamó la atención. La dueña era una señora blanca, alta, con delantal blanco y de mirada tierna. Nos atendió de inmediato. Un olor a fríjoles antioqueños se esparcía por todo el lugar; como era casi medio día, decidimos almorzar.
Julián como todo buen paisa que se respete llamó a la dueña y le dijo:
-Oiga señora, queremos comida antioqueña pero que no tenga ese olor tan raro que se ventila en casi todos los restaurante.
-Tranquilos muchachos -agregó ella-, yo sé que les va a agradar.
-¿Qué tiene para hoy?, pregunté.
-Sopa de verduras, arroz con ensalada especial, fríjoles con garra y albóndigas.
De inmediato agregamos los dos en coro:
-Fríjoles por favor.
Era como estar en casa, el almuerzo estaba exquisito; mazamorra con bocadillo, luego un tinto cortesía de la dueña, dizque para que volvieramos.
Pagamos la cuenta, nos grabamos bien la dirección para regresar nuevamente.
Por la tarde utilizamos el ferri; había mucha gente y yo sin querer pisé el pie a un señor; le ofrecí disculpas, éste era muy alto y me llamó la atención que tenía colgados a su cuello varias cadenas de oro. El pisotón sirvió para entablar un pequeño diálogo con dicho señor. Cuando llegamos al otro lado fuimos invitados por él a tomar un refresco en una taberna.
Al ingresar a ese lugar, vimos con cierta extrañeza que en todos los ceniceros había "cachos" de marihuana.
Nuestro amigo nos contó que trabajaba en los barcos y que comerciaba con joyas y esmeraldas y que su nombre era Lucho.
-Mucho gusto, él es Julián y yo soy Rubén Darío.
-Ahora dígame, ¿En qué hotel están?
-En el Park Hotel.
-¡Ah! O sea tienen mucho dinero, es el hotel más caro de la isla.
-No señor qué va, lo que pasa es que no conocemos otro lugar.
-Si ustedes quieren yo les presento a una amiga dominicana que tiene una pensión y ella les puede colaborar con un cuarto más favorable.
No sabíamos qué hacer o qué decir pues uno siempre se imagina lo peor.
Acabamos de conocerlo y ya nos está haciendo una oferta tan generosa. ¿Cuál será el verdadero interés que tiene este señor con nosotros?
-Bueno y ¿Qué tendríamos que hacer?
Son las dos de la tarde, si ustedes desean a eso de las cinco de la tarde yo arrimo al hotel por ustedes en el carro de mi novia Regina; ella trabaja en el Tránsito y a la salida los recogemos.
Julián y yo nos pusimos de acuerdo y le dijimos que sí. Pero de regreso al hotel, Julián me preguntaba:
-Darío, usted ¿Qué piensa?
-Tranquilo, a la mano de Dios, seguro que todo nos va a salir bien; total, hay que economizar dinero.
Ya en el hotel, empezamos a organizar las maletas, nos acercamos a la ventana que ofrecía una vista hermosa a la calle principal…
-Ese señor no va a venir, ¿Usted cree, Darío, que acabándonos de conocer se va a poner en esos esfuerzos? Yo sinceramente no creo que venga.
El pito de un carro nos alertó, nos asomamos a la ventana y alcanzamos a divisar a Lucho que desde un carro blanco nos hacía señas para que bajáramos; efectivamente, así los hicimos. Rápidamente descendimos las escaleras y en un instante estábamos con Lucho y su novia.
Ella nos saludó de abrazo y beso en la mejilla, al parecer, le caímos bien a Lucho y éste le habló bien de nosotros.
Acomodamos las maletas en la parte trasera del vehículo partimos sin saber a dónde, sólo sentíamos nuestra energía y la bendición del cielo y unas enormes ganas de triunfo.
Prácticamente estábamos al azar, a lo que Lucho y su novia quisieran hacer con nosotros. Yo miraba a Julián y éste se santiguaba a cada momento. Después de recorrer durante un largo rato, el auto se detuvo frente a una vieja edificación, de paredes altas, de puertas viejas estilo colonial, al igual que sus ventanas.
Lucho bajó del auto, ingresó al lugar, acto seguido aparece una señora robusta, morena con un trapo blanco amarrado a la cabeza.
Nosotros bajamos las maletas y con un adiós a Regina terminamos con aquella incertidumbre que nos agobia.
La dueña, de nombre Zoila, nos atendió con mucha amabilidad, entonces Lucho le dijo:
-Aquí le recomiendo a estos dos paisas, me los atiende bien por favor.
La señora abrió el candado de una de las puertas y nos dijo:
-Métanse ahí, les voy a cobrar quince dólares por la noche.
-Muchas gracias -le dije- ; Julián asintió con la cabeza.
En la pieza había dos camas semidesnudas, un escaparate viejo y un nochero que le faltaba una pata. Abrimos las maletas y con cierta desconfianza empezamos a acomodar nuestras pertenencias. Estábamos en esa tarea cuando de pronto alguien golpeó la puerta; y pensé que era doña Zoila para darnos quizá alguna última recomendación; pero no; eran dos mujeres, una mona robusta y algo mayor y otra un poco menor, delgada, como de unos veinte o veinticinco años: eran prostitutas y vivían frente a nuestro cuarto.
-Yo valgo veinte dólares.
-Y yo otros veinte, si algo se les ocurre esta noche los estaremos esperando.
A Julián le molestó bastante dicho incidente y casi les cierra la puerta en las narices.
Julián se recostó en la cama; se sentía cansado y finalmente se durmió. Yo no podía dormir, salí al corredor, encendí un cigarrillo y ví que la puerta de la pieza de las dos mujeres estaba abierta; me asomé a ver que hacían ese par de "angelitos"; la gorda me vio. Estaba tirada en la cama con las piernas abiertas y miraba un anillo que tenía en un dedo de la mano izquierda. Inmediatamente me dijo:
-Venga, venga, dígame si este anillo es de oro o de cobre, venga tranquilo y no tema.
Como yo era un muchacho inocente e inexperto me arrimé dizque para mirarle el anillo, pero cuál pudo ser mi sorpresa cuando me sujetó entre sus brazos y me dijo:
-Hágale, hágale papito que le rebajo a diez.
Yo no encontraba forma de soltarme de esa gorda, pues me tenía bien apretado. Después de mucho luchar con ella, le apreté una teta con fuerza. Ella dio un grito espantoso y me soltó de inmediato. Debido al grito, Julián se despertó, se levantó rápidamente y me encontró metido en una pieza.
-Darío, ¿Usted que hacía metido ahí?
-No Julián; imaginate que esa gorda me llamó para que mirara un anillo y casi no me suelta la condenada.
Nos encerramos en la pieza, yo me puse a hojear una revista y Julián se durmió nuevamente.
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