Martín Buber descreía de vanos apegos
a roles de conductor religioso o incluso de tener para sí una misión
trascendente. Antes bien, valoraba el hecho de poder mantener una conversación,
de estar junto con el otro en diálogo y en escucha, en recepción,
apertura y entrega. Siendo como él fue, un educador moral, trazó
una línea demarcatoria en cuanto a una ética de la educación
al considerar que el conocimiento se transfiere una vez el maestro se compromete
con su clase, habida cuenta del interés de aquel en la formación
de un gran carácter para cada uno de sus alumnos, respetando la unicidad
del mismo, comprendiéndola y, a partir de tal comprensión, transferir
la enseñanza.
Una de las claves de la obra ?Yo y Tú?, refiere a las esferas que, según
Martín Buber, son tres las esferas en las que surge el mundo de la relación:
La primera es la de nuestra vida con la naturaleza, la segunda es la vida con
los hombres y la tercera esfera es la comunicación con las formas inteligibles.
Esferas que hacen a la esencia de su pensamiento en tanto refieren a la relación
que, a su entender, tiene y mantiene el hombre tanto con el microcosmos como
con el macrocosmos, sin olvidar que para él la educación se transmite
no sólo por el ejemplo personal sino también por un verdadero
vínculo. Asimismo, es de capital importancia para adentrarnos a cabalidad
en su pensamiento el aprehender el significado que el filósofo da al
Tú:
En cada una de estas esferas, a través de todo proceso de llegar a ser,
cuya presencia sentimos, tendemos la mirada a la franja del Tú eterno;
en cada Tú nos dirigimos al Tú eterno. Todas estas esferas están
incluidas en el Tú eterno, pero él no está incluido en
ninguna. A través de todas las esferas, irradia una presencia única.
Mas nosotros podemos, sin embargo, apartar del presente a cada esfera.
De la vida con la naturaleza podemos extraer el mundo ?físico?, el de
la existencia material. De la vida con los hombres podemos extraer el mundo
?noético?, el mundo de los valores. Pero entonces, todas las esferas
pierden su transparencia y, en consecuencia, su sentido; todas se han vuelto
utilizables y opacas aunque las iluminemos con los nombres de Cosmos, Eros y
Logos. En efecto, sólo hay Eros para el hombre si los seres se le vuelven
imágenes del Eterno, con las que se revela la comunidad; y sólo
hay para él Logos si se dirige al misterio por medio del trabajo y de
los servicios para el espíritu.
Afrontar la realidad divina con una realidad humana, es de lo que se trata y
nosotros coincidimos, puesto que si uno va en busca del otro para un encuentro
que es, en sí, un renacer, un redescubrir, ahí y no en la búsqueda
pequeña del provecho, del cálculo, en ese momento, decimos, en
que la intención es la relación en sí misma, ahí
sí el Tú verdadero será exaltado por Dios. Lo inefable
se dará cita, la chispa del encuentro operará en cada una de las
partes que entraron en relación, el Yo y el Tú.
El hombre deviene en un Yo a través del Tú, nos dice Buber. Estas
pocas palabras condensan la esencia que hace a la persona en contraposición
al individuo o filisteo que solamente ve cosas y pretextos para in en pos de
ellos, olvidándose que pese a esa carrera desenfrenada y loca, en verdad
la vida no se apresura para llevar a cabo su faena. A esto nosotros lo denominamos
la estrategia de la lentitud, es decir el otorgarnos el tiempo necesario para
ahondar en lo que entendemos debe ser sopesado y profundizado, al coincidir
con Buber en que el hombre libre sólo tiene una resolución, la
de marchar hacia su destino.
Cuando Ludwig Feuerbach planteó su teoría
de la proyección -o la muerte de Dios-, en verdad lo proyectado fue "la
muerte del hombre".
Una vez producido el Holocausto, se dio, irremediablemente, el fin del paradigma
de la modernidad. Ésta comenzó promediando el siglo XVII para
caer en una profunda crisis luego de la Primer Guerra Mundial, iniciándose
un período entre ésta y la Segunda Guerra que Martin Buber denominara
el oscurecimiento de la luz del cielo, el crepúsculo de Dios refiriéndose
al carácter del momento histórico de esa hora.
Podemos, pues, tomar el término posmodernidad como la época que
le sigue a aquella y que hoy nos comprende. Por lo que, y en acuerdo con teólogos
e historiadores, si el holocausto deparó el fin de la modernidad, el
nacimiento del Estado de Israel fue el inicio de la era posmoderna.
Este mundo, ha visto resquebrajarse la fe en la modernidad.
La alienación junto con el vacío existencial son males cotidianos
ante los cuales nos encontramos aparentemente sin salida.
El hombre está alienado de sí mismo y se inclina ante las obras
de sus propias manos. Lo que el hombre moldea luego venera. En la actualidad
los ídolos simplemente tienen aspectos variados: son las cosas, las posesiones,
las entelequias supuestamente dadoras de sentido y de lugar, todo lo cual a
condición de la renuncia a la singularidad del ser humano, a su responsabilidad
en el hacer y en el ser, sea en lo público como en lo privado.
La alienación del hombre se da junto con, o por imperio de, más
precisamente, una caducidad de los sentimientos y una carencia, cada vez mayor,
de pensamiento crítico. Hay una queda de la responsabilidad que le atañe
a cada persona y que no hace más que propiciar una renuncia personal
a la libertad, porque asumirla, digámoslo con claridad, implica responsabilizarse
y para hacerlo hay que dar cabida a la reflexión, al diálogo interior,
a la voz de la conciencia, y a la cordialidad, al buen latir del corazón.
Un seguimiento lineal de este proceso de renuncia, llevará al hombre
a su deshumanización y a la constatación de una depresión
profunda del individuo. La cosificación, el mero tener para sentir que
se es, así se alcance un nivel importante, nos empobrecerá enormemente,
puesto que, recordando a Erich Fromm, podremos tener mucho pero seremos muy
poco.
Ya inmersos en nuestra época, vemos lo kafkiana
que es: El laberíntico mundo moderno en su fase tardía, el mundo
de nuestros siglos XX y XXI, con sus poderes anónimos, sus guerras, sus
genocidios, la explotación más vil de humanos por humanos, ha
superado los máximos horrores nunca antes conocidos.
Fue John Stuart Mill quien denominara etología a la ciencia del carácter.
Mucho después, en la segunda mital del siglo XX, 1966, Konrad Lorenz
utilizó dicho término para designar al estudio del comportamiento
animal, comprendido el humano.
Nos importa destacar el sentido y la proyección dados por Mill. Los hechos
de violencia que vivimos cada vez con mayor frecuencia, intensidad y diversidad
en sus manifestaciones y en los más variados ámbitos, nos lleva
a cuestionarnos sobre el carácter del hombre y, en tal sentido, el querer
buscar las causas que impulsan tales actitudes de cuyos resultados podremos
esbozar estrategias y tácticas, métodos y acciones puntuales tendientes
a aminorar tales causas, lo máximo posible.
Para hacerlo, para que nuestro intento tenga, siquiera, posibilidades ciertas
de un resultado favorable a la persona por vía de la acción resultante
de tal estudio, es aconsejable el focalizar la lente en quien se comporta violentamente
y no, meramente, en el comportamiento.
Es decir, el estudiar también, y especialmente, el núcleo y no
solamente lo periférico.
Disquisición, interrogación, que parte
de un cuestionamiento clave: ¿Cuál es nuestra naturaleza?
El estudio de las pulsiones de vida y de muerte, nos conduce hoy a la investigación
de la agresividad en sus dos vertientes, la benigna y la maligna, pero no en
tanto instintivas únicamente, lo que sería caer atrapados en un
reduccionismo, sino con una mirada abarcadora que comprenda y aprehenda cómo
nuestras pasiones vienen dadas con nuestros procesos vitales y de aquello que
emerge de los mismos, sumando, pues, la experiencia de vida antes de cerrar
la mirada y evaluar el todo.
Erich Fromm nos recuerda que: "El intento del hombre de hacer que la vida tenga
significado y de sentir el máximo de intensidad y fuerza que pueda (o
crea poder) lograr en las circunstancias dadas."
La permanencia de estas manifestaciones le hacer ser hombre y no cosa, le aleja
del no-individuo.
El asunto, según lo entendemos, está en privilegiar, en dar rienda
a aquellas pasiones facilitadoras y favorecedoras de la vida, antes que las
otras, las destructoras. A vía de ejemplo digamos que tan nociva es la
violencia irracional como aquella otra violencia que pretende ser explicada
por imperio del hacer justicia e imponer orden. Antes bien, creemos en la vida
y en un hacer en el que la persona esté en armonía con los otros,
sin perder su identidad, su libertad; siendo responsable sea en lo público
como en lo privado.
Lo sustantivo, pues, es el amor a la vida antes que el amor a la muerte. De
eso se trata lo nuestro, creo yo, y no de otra cosa.
La violencia, nos ilustra el psicoanalista Rollo
May, constituye una deformación de lo daimónico, una especie de
?posesión demoníaca? en su aspecto más despiadado. Vivimos
en una época de transición en la que los canales normales de expresión
de lo daimónico se hallan cerrados.
Y para el psicoanalista americano (así como también Carl Gustav
Jung hablara de la coincidentia oppositorum) lo daimónico opera en sus
dos aspectos, lo diabólico y lo simbólico. Nos dice al respecto
que: ?El significado literal de diabolos es el de ?desgarrar? (dia-bollein).
Resulta muy significativo advertir que diabólico es el antónimo
de ?simbólico?, un término que procede de sym-bollein, que significa
?reunir?, juntar. Este significado etimológico tiene una importancia
extraordinaria en lo que respecta a la ontología del bien y del mal.
Lo simbólico es, pues, lo que reúne, lo que vincula, lo que integra
al individuo consigo mismo y con el grupo. Lo diabólico, por el contrario,
es aquello que lo desintegra; aquello que lo mantiene separado. Ambas facetas
se hallan presentes en lo daimónico,
La reconciliación con nuestras contradicciones
no supone la eliminación de nuestros adversarios externos pero sí
modifica nuestra relación con ellos. Para alcanzar la paz nos vemos obligados
a realizar un doloroso esfuerzo espiritual. Sólo entonces dejaremos de
considerar que la maldad es algo diabólico y comenzaremos a relacionarnos
con ella en términos mucho más humanos. Esto es, a fin de cuentas,
el camino de la humildad, camino que nos enseña que el verdadero sendero
que conduce a la paz pasa por el reconocimiento de que hasta el más encarnizado
de nuestros enemigos no deja, por ello, de ser tan humano como nosotros.
Hacia otro de los extremos, coincidimos con George Orwell cuando afirma que:
?No cabe la menor duda de que un santo debe evitar el alcohol, la carne, etcétera,
pero, de la misma manera, los seres humanos deben evitar la santidad.? Puesto
que se busca una identificación exclusiva con nuestros aspectos virtuosos,
ignorando los opuestos y, por ende, no atendiendo a la unidad de nuestro ser,
pares de opuestos que la conforman.
En inglés, la raíz de la palabra salud (health) está relacionada
con la de ?totalidad? (whole). La maldad deja de ser algo que debemos destruir
violentamente para convertirse en una enfermedad que debemos curar, algo que
hay que completar. Sólo haciéndonos seres completos hallaremos
el camino que conduce a la paz y al bienestar. Y, para lograrlo, es fundamental
que nos reconciliemos con nuestras facetas pecadoras e imperfectas.
Uno de los principales objetivos terapéuticos de la psicología
profunda se asienta en tomar el ?coraje moral necesario para no tratar de ser
ni mejor ni peor de lo que uno realmente es.?, al estar de lo dicho por Erich
Fromm. En razón de lo cual, al aceptar nuestras imperfecciones, alcanzaremos
la verdadera paz.
Goethe decía que nuestros amigos nos enseñan
lo que podemos hacer y nuestros enemigos lo que debemos hacer.
Desde lo psicológico, el proceso de creación de un enemigo parece
originarse en una proyección de nuestra sombra sobre aquellas personas
que se adecuan a la imagen que tenemos de lo inferior. Y en lo que atañe
al ámbito de lo colectivo ?nación, raza, religión- el proceso
de creación de enemigos adquiere proporciones míticas, dramáticas
y, muchas veces, trágicas. El enfrentamiento con nuestros enemigos cumple
una función redentora.
Según el sociólogo Ernest Becker: ?Si hay algo que nos han enseñado
las terribles guerras de nuestra época es que el enemigo cumple con la
función rituálica de redimirnos del mal. Por eso todas las guerras
son consideradas ?guerras santas?, en el doble sentido de constituir, por una
parte, una forma de librar al mundo de la maldad y, por la otra, una revelación
de nuestro propio destino, una función de que Dios está de nuestra
parte.?
El verdadero adversario de nuestro tiempo ?el hambre, la pobreza, la destrucción
indiscriminada de nuestro habitat- está más allá de toda
proyección y sólo podrá resolverse adecuadamente cuando
asumamos y seamos los dueños de nuestra sombra colectiva. El precio que
debemos pagar por arrojar nuestro ser a la oscuridad es la pérdida del
alma. Vivimos en una época de desmesura donde más que nunca recordamos
la frase de Nietzsche: ?El Arte impide que muramos de realidad.? Jung, a su
vez, decía que: ?Hemos olvidado ingenuamente que bajo el mundo de la
razón descansa otro mundo. Ignoro lo que la humanidad deberá soportar
todavía antes de que se atreva a admitirlo.?
Sólo disponemos de una forma de protegernos de la maldad humana representada
por la fuerza inconsciente de las masas: Desarrollar nuestra conciencia individual.
La frontera para enfrentarnos a la sombra se halla en el interior del individuo.
Somos de la creencia que debemos dar un paso adelante,
firme y resueltamente, en pro de los valores más caros al humanismo.;
vivir nuestra propia vida, pero vivirla con sentido, con propiedad, es decir,
de cara a la gente, junto con la gente, sin gestos altisonantes sino en el ánimo
y en el hacer de un hoy más humano y compartible.
La labor de una persona es la labor de la humanidad, nada está prefijado,
todo está por decirse siempre que impere en nuestras mentes, toda vez
que reine en nuestros corazones, el espíritu de proceder con rigor y
con misericordia. Educar es vivir, vivir es dar sentido a lo que una vez aprendimos.
Enseñemos, pues, a vivir con dignidad y en el amor. Si nuestro hoy es
perverso, nosotros no lo seremos, si nuestro hoy nos conmueve nosotros no nos
postraremos sino que caminaremos, algo más lentos, algo más dolidos,
pero con paz interior al sabernos hacedores de la cuota parte que nos corresponde
en el hacer del mundo. La vida siempre sorprende y aunque la posibilidad sea
de las más exiguas, igualmente nos compete dar cabida a la misma y eso
solamente se hace en el compromiso cotidiano y permanente de una vida en donde
la ética y la moral estén en armonía. Podremos equivocarnos
pero a la postre venceremos, siempre venceremos. Elijamos nosotros si queremos
ser exitosos o queremos ser personas. Optemos por la vida por nuestros hijos,
por nuestros hermanos, por nuestra propia e inembargable existencia, porque
podrán vender nuestras cosas mas nunca nuestro espíritu. Podemos
hacerlo, hagámoslo. Demos el paso necesario, marquemos hondamente nuestra
huella que al fin y al cabo, el suelo es nuestro como nuestro es el cielo.
La escuela puede ser un arma contra el hambre, solemos
escuchar. Es cierto pero es poco o más bien es limitativo. Digamos que
la escuela es la fuente de agua límpida y fresca donde los niños
sacian la sed de conocimientos y se descubren capaces de ser, en plenitud, personas.
En ella se puede (y se debe) aprender a convivir y a compartir, en un espacio
público e igualitario en oportunidades, dando curso a las potencialidades
benéficas que anidan en el ser humano.
La escuela, remarcamos, es ese espacio trascendente donde el niño puede
en condiciones dignas, manifestarse y acotarse. Ser y saber contenerse para
que el otro pueda, a su tiempo, ser también, como él, persona
y proyecto, mente y espíritu, razón y corazón en evolución,
a punto de descubrirse en el camino, en el camino de la vida.
Si quisiéramos darle a esto una sustentación economicista, al
tiempo que proyectar al entorno del niño la responsabilidad del buen
fin que promueve la enseñanza, recurriríamos a lo expresado por
el profesor James Heckman, de la Universidad de Chicago y premio Nobel de Economía
del año 2000. Heckman advierte que lo que pesa más en la educación
de los hijos es la escolaridad de los padres. Esta afirmación la efectuó,
con particular énfasis, en el Encuentro Latinoamericano de la Sociedad
de Econometría 2002, celebrado en la ciudad de São Paulo, Brasil,
donde presentó los cálculos que avalan la importancia de la familia.
De su discurso, tomamos las siguientes palabras: ?Un niño que viva en
un ambiente familiar con recursos y de adultos instruidos tendrá un mayor
acceso a la información, a juegos didácticos, al conocimiento.
Todo lo cual será preponderante en su acceso y en su decisión
de seguir los estudios.?
Tenemos, entonces, nosotros los adultos un deber más y a la vez, primordial:
continuar nuestro camino de perfeccionamiento, de instrucción, de apertura
al conocimiento en la esfera de acción que nos ocupe. De tal modo, habremos
de irradiar a quienes nos rodean una modalidad de ser, de continuar la diaria
porfía por un conocimiento más acabado y abarcador a la vez. No
es tiempo perdido sino tiempo recobrado el que nos damos en gracia para poder
indagar, cuestionar y cuestionarnos en aspectos esenciales como aparentemente
tribiales.
Lo que nos lleva, sin duda, a esfuerzos extraordinarios, en muchos casos, para
que tal complemento en la instrucción de los adultos se dé cita.
De ahí que, una vez más, recordemos al excelente pedagogo que
fue Martín Buber, en su memorable porfía que le cupo en Palestina,
al organizar (casi podríamos decir crear) la instrucción para
los adultos que llegaban a aquella tierra sedientos de pertenencia y, muchas
veces, carentes de una instrucción apropiada a su desarrollo pleno como
personas.
Dicen que el poeta y el pintor son inventores de
formas. Se sirven de las ideas comunes y de todos los rostros. ¿Por qué,
entonces, no darnos permiso para mirar las cosas con los ojos de la imaginación
más pura, viéndolas en una realidad más profunda para luego
proyectarlas a otra realidad capaz de darse si osamos laborar en tal sentido?.
¿Cómo? Pues, logrando imágenes más fuertes que las imágenes
reales, siendo como somos pero sabiéndonos ?algo que muchas veces no
nos lo permitimos- la quintaesencia de la realidad percibida.
Raras veces vivimos desde nuestra propia vida al actuar por reacción
en lugar de partir desde la acción propia, en positivo, desde lo nuestro
que es el uno para, armónicamente, complementarnos, sea con lo opuesto
dentro de nosotros mismos bien como con el otro, entrando en el principio dialógico,
en el encuentro que reconoce a quienes acceden al diálogo y confiere
identidad a tanto al Tú como al Yo, partes de ese encuentro. Recordemos,
a fin de destacar la relevancia de lo antes expresado, que raras veces las personas
viven con placer su verdadera vida y sino veamos a Peer Gynt que no pudo vivir
su propia vida y al volver a su país, ya anciano y desconocido, vio cómo
se vendían los accesorios de su propia leyenda?
En torno a la posmodernidad, dice el teólogo
alemán Hans Küng que:
Desde el punto de vista de la cultura, nos movemos hacia una orientación
postideológica. El universo cultural del futuro estará marcado
por el pluralismo.
Desde el punto de vista religioso, se prepara un mundo postconfesional e interreligioso.
Empieza a desarrollarse, a paso lento y penoso, una comunidad multiconfesional
y ecuménica.
El cambio de paradigma de la modernidad a la posmodernidad supone un fundamental
cambio de valores (no necesariamente una desaparición de valores) que
conducirá a un robustecimiento de la visión ético-religiosa
del mundo:
- de una ciencia amoral a una ciencia éticamente responsable;
- de una tecnocracia dominadora del hombre a una tecnología al servicio
de un hombre más humano;
- de una industria de impacto medioambiental a una industria que, de acuerdo
con la naturaleza, fomente los auténticos intereses y necesidades del
hombre;
- de una democracia jurídico-formal a una democracia viva que garantice
la libertad y la justicia.
En este contexto, Küng nos dice, más adelante, lo siguiente respecto
de Buber:
La reflexión de Buber sobre el principio dialógico, plasmada en
un lenguaje tan abstracto como expresivo, culmina en un punto teológico.
Su libro descansa en último término sobre la convicción
de que cada relación Yo-Tú remite a un Tú eterno. Este
Tú eterno no es conocido por principios teóricos o especulaciones
metafísicas, sino por la relación personal con él que el
hombre puede encontrar en todas partes, en personas animales, en la naturaleza
o en obras de arte.
Una cosa es clara en este sentido para Buber: la revelación acontece
en los encuentros personales con el eterno Tú, y no sólo en aquel
entonces del Sinaí sino en el aquí y ahora, y siempre en ese momento
en el que estoy abierto a recibirla. No es la Biblia un libro muerto, sino un
relato vivo de encuentros dialógicos entre el hombre y Dios.
Toda auténtica vida es, pues, para Buber, un encuentro.
Veamos cómo al escribir intentamos obrar en
un sentido que a veces nos es esquivo. Porque el valor imaginativo resulta de
la elección y del color de las palabras tanto como de la longitud de
la frase, de su apropiación al personaje que describen. Muchas veces
la explicación de un hecho como de una actitud, está por debajo
de la visión. Se halla tras una aparente máscara de verdad. Es
esa aparente máscara que nosotros, en estas líneas, queremos quitar
para mostrar, al menos, nuestro sentido de lo verdadero en esto que hemos dado
en denominar el principio de relación, al recordar al maestro y gran
humanista Martín Buber.
Dijo el inefable Marcel Schwob que la semejanza es el lenguaje intelectual de
las diferencias y éstas son, a su vez, el lenguaje sensible de la semejanza.
Todo en este mundo no es más que signos y signos de signos.
Del mismo modo que las máscaras son el signo que existe de los rostros,
las palabras son el signo que existe de las cosas. Y las cosas son signos de
lo incomprensible. El Ser, en definitiva, es la perfecta colección de
los individuos del Universo, recuerda Schowb, porque el ser, al razonar las
cosas, las concibe bajo la semejanza; cuando las imagina, las expresa bajo la
diversidad.
Al incitar a la reflexión, bregamos, modestamente, por lo más
caro al ser humano: su trascendencia, esa chispa que anida e impregna la interioridad
de la persona y que hace que confluyan tanto la espiritualidad como la religiosidad
al no procurarse un dios sino, y antes bien, al bucear en las profundidades
del inconsciente colectivo para emerger tan vivos como únicos en solidaridad
con el resto de la humanidad.
Como dice la entrañable Simone Weil: ?En realidad nunca debe buscarse
a Dios, sino crear las condiciones para que la atención pueda tender
libremente al Bien.?
Lo inefable
Las cuatro letras del nombre divino YHVH, corresponden cada una a un emblema,
según una tradición judía:
Y (yod) al hombre
H (he) al león
V (vau) al toro
y la segunda H (he) al águila
Es el Tetragrammaton de la Kabbalah, el nombre impronunciable de Dios en hebreo.
Por el contrario y como resalta Luis Fernando Verissimo, escritor y periodista
brasileño, las letras ACGT, mis Hermanos, no infieren nada trascendente,
aunque sí mediático en el momento actual, y con tendencia a cosificar
aún mas las acciones humanas en el futuro.
Estas últimas 4 letras que mencioné, ACGT, refieren a las cuatro
bases químicas del ADN, a saber:
Adenina, citosina, guanina y timina, cuyas combinaciones determinan nuestras
vidas.
Pero por más que sepamos, no sabemos nada. Por más extensión
de vida, por más que nos olvidemos de nuestro Ser Esencial, cosificándonos,
reitero, lo imponderable permanece inalterado.
Se podrá lograr la eternidad, pero no se entenderá nada. No en
esos términos.
No si el rumbo es la banalidad, no si el precio es el desapego, no si abdicáramos
de la fraternidad y ésta, que sepamos, no puede encapsularse; es inasible.
En suma, Buber nos enseña que la educación
debe basarse en la confianza. Confianza esta que se asienta, se da, en una persona
singular que solamente puede ser redimida a través del encuentro con
el Tú.
Dice bien Kalman Yaron que el pensamiento educacional, basado en la propia filosofía
del diálogo, forman la teoría de la educación de Martín
Buber, anclada, por cierto, en su filosofía antropológica.
Buber vio a la educación como a un proceso de vida, de toda la vida,
para el cual la meta del educador ha de ser la de motivar al alumno tanto al
autoconocimiento como así también, al autoperfeccionamiento.
Finalmente, al terminar estas líneas lo hacemos desde un Yo a un Tú.
Desde un amigo para con otro amigo: Franz Rosenzweig para con Martín
Buber.
Dice Rosenzweig que: ?Lo que debe el hombre es amar a su prójimo como
a sí mismo. Como a sí mismo. Tu prójimo es como tú.
El hombre no debe renegar de sí. Precisamente aquí, en el mandamiento
del amor, su sí-mismo resulta confirmado definitivamente en su puesto.
No es que se le ponga ante los ojos el mundo como una mezcolanza infinita y
se le diga, señalando con el dedo a toda esa mezcolanza, eso eres tú.
Eso eres tú, así que deja de distinguirte de ello y ve a mezclarte
tú también en él, a desaparecer y perderte en él.
No. Muy al contrario, Del caos infinito del mundo se le pone ante su alma un
algo próximo, su prójimo; y de él, y en primer lugar, sólo
de él se le dice: él es como tú. Como tú, o sea,
no tú. Tú sigues siendo tú, y debes seguir siendo. Pero
él no debe quedar para ti siendo un él, o sea meramente un ello
para tu tú; sino que él es como tú, como tu tú;
un tú como tú; un yo; alma.-
Así finalizamos este trabajo, en clave de amistad, que es un principio
de vida, como lo fue para Martín Buber, como lo fue para Franz Rosenzweig,
como lo es para tantas personas y tantos educadores. Como debe ser, sin más.-
Barth, Karl Carta a los Romanos
Becker, Ernst The denial of death. New York, Free Press.
Buber, Martín Yo y Tú, Ediciones Nueva Visión
Eclesiastés, Versión de la Biblia del Oso, Muchnik Editores SA
Fromm, Erich Depth Psychology and a New Ethic, London, Hodder & Stoughton
Jung, Carl Gustav Recuerdos, sueños, pensamientos, Seix Barral
Küng, Hans El Judaísmo, Editorial Trotta
May, Rollo Amor y Voluntad, Gedisa
Nietzsche,F. La genealogía de la moral, Alianza Editorial
Orwell , George Collected Essays, London, Heinemann
Rosenzweig, Franz La Estrella de la Redención, Ediciones Sígueme
SA.
Schwob, Marcel Mimos, Espicilegio, Vidas imaginarias, Ediciones Siruela
Weil, Simone Raíces del existir, Editorial Sudamericana
Yaron, Kalman Martín Buber, Prospects, Int. Bureau of Education, París,
UNESCO
Héctor Valle
Página anterior | ![]() Volver al principio del trabajo | Página siguiente ![]() |
Trabajos relacionados
Ver mas trabajos de Filosofia |
|
Nota al lector: es posible que esta página no contenga todos los componentes del trabajo original (pies de página, avanzadas formulas matemáticas, esquemas o tablas complejas, etc.). Recuerde que para ver el trabajo en su versión original completa, puede descargarlo desde el menú superior.