Gustav Mahler solía decir que para él componer una sinfonía
equivalía a un acto de creación del mundo. Las sinfonías
de Mahler constituyen un viaje psicológico. Influyen en él tanto
Beethoven como Brahms, Wagner y Bruckner.
Así como lo hicieran Wagner y Brahms, Mahler utilizó recursos
orquestales, anticipándose al siglo XX en la búsqueda del color
en los diferentes instrumentos, bien como el incluir la mandolina y el armonio,
instrumentos poco usuales. También, como Beethoven, hizo uso de la música
coral y vocal en la sinfonía Novena en Re Menor, opus 125, con textos,
de Friedrich Schiller, obteniendo así una conjunción musical dramática
como aquella que Wagner procurara en sus dramas musicales.
Algo propio de Mahler es que su música es de tipo contrapuntístico,
en tanto consideraba a la orquestación como herramienta para lograr la
mayor claridad posible en las diferentes líneas musicales.
Así y todo, sus sinfonías, reitero, constituyen un viaje psicológico
en forma de batalla titánica entre el optimismo y la desesperación,
expresados con ironía. Mezcla de alegría y desesperación
que, enfatizo, como identificara Sigmund Freud, tiene su origen en sus tristes
recuerdos de infancia y son, pues, la faceta central del carácter del
compositor. Nuestro músico logra, con su obra, transmitirnos la vulnerabilidad
humana, de la mano o al amparo de una consumada musicalidad.
Veamos luego que cuando el compositor lo tenía todo: amante esposa, una
pequeña hija, buena salud, al tiempo que llevaba ya siete años
ocupando el puesto de mayor prestigio al que un músico podía aspirar
entonces, al ser director de la Ópera Imperial de Viena, Mahler compone
temas mortuorios,; fuertemente lúgubres.
Me refiero, principalmente, al final de la Sexta sinfonía y a sus Canciones
sobre la muerte de los niños. Al hacerlo, Mahler no hizo sino anticiparse
en dos años a la tragedia que habría de padecer al morir su hija.
En este sentido, en lo trágico, el final del último Lied, traduce
los poemas de Rückert, con un clima sonoro de cámara bien logrado
y que deja entrever una aceptación serena y resignada de la tragedia.
La estrofa original del último poema, teniendo como protagonistas a los
niños muertos, dice así:
En este clima, en esta tormenta,
en este tumulto
ellos están descansando, como en la casa de su madre,
a salvo de cualquier tempestad,
protegidos por la mano de Dios,
ellos están descansando, como en la casa de su madre!
Decía un crítico que es precisamente el manejo de extremos irreconciliables
lo que permita a Gustav Mahler realizar su ideal de hacer que una sinfonía
sea un mundo.
La Sinfonía Nº 5 en do Sostenido menor
Adagietto
Apelo a la crónica al citar que a los cuarenta años de edad, esto
es en 1901, Mahler trazó los primeros esbozos de su quinta sinfonía.
La misma marca el comienzo de los años de madurez como compositor.
Para el montaje orquestal eligió amplios elementos instrumentales, que
incluían seis trompas y cuatro trompetas. Dividió la sinfonía
en tres partes, con cinco movimientos.
Tras su primera ejecución, Mahler rehizo la orquestación y continuó
haciéndolo hasta casi su muerte, en 1911.
Hacia el final de su vida, escribió en una carta desde New York: ?He
terminado la Quinta. Realmente hay que completar la reorquestación.?
El resultado de esas revisiones constantes han sido las tres versiones diferentes
impresas.
El director holandés Willem Mengelberg, quien después sería
el heraldo de las obras de Mahler, en carga a un amigo le manifestaba que: ??la
Quinta es muy, muy difícil.?
Escucharemos el adagietto, el que, como ustedes saben significa aquí
una composición poco lenta. También digamos que puede indicar
un ritmo ligeramente menos lento que el Adagio.
Para Aristóteles, cada una de las virtudes en particular depende de la
mesotes, de la equidistancia de los vicios opuestos, por exceso y por defecto,
que la virtud, desde su altura, descalifica sin mediar, de tal suerte que el
valor, por ejemplo, se yergue entre la temeridad y la cobardía o la liberalidad
entre la prodigalidad y la avaricia.
Respecto de la música del universo y el hecho de si se la escucha o no,
sirve de ejemplo decir que a la mayoría de los hombres les sucede lo
que a aquellos que viven junto a las cataratas del Nilo: que no oyen su fragor,
según gustaba de ejemplificar Cicerón.
Gustav Mahler tuvo oídos para escucharla y contó con aquella fuerza
que parte del espíritu para hacer de la música una camino de trascendencia.
Camino este que estuvo surcado por el dolor, las contradicciones, el aislamiento
mas siempre con una prodigalidad con una voluntad de ser y de hacer que superó
con creces los avatares de su vida, una vida profundamente turbada por lo humano.
Es él quien se define en tres afirmaciones que pasamos a compartir:
?Soy triplemente desarraigado: Como nativo de Bohemia, Austria.
Como austríaco entre alemanes.
Y como judío en todo el mundo. Siempre un intruso nunca bienvenido.?
Luego ahondaría al responder sobre lo religioso:
?¿Mis creencias? Soy un músico, eso lo dice todo.?
?La sinfonía es el Mundo. La Sinfonía debe abarcarlo todo.?
A escasos días de su aniversario, 7 de julio de 1860, y a pocas semanas
de la fecha de su fallecimiento, 18 de mayo de 1911, visitamos a este gran hombre
y músico.
Es junto a ustedes que lo hago y esto responde a una intencionalidad muy clara:
nuestra hora, este momento aunque también la vida toda. Es decir, siendo
lo anecdótico más que difícil de vivir para todos nosotros,
hoy por hoy, existe y uno intenta aprehenderlo un sentido ulterior, un hacer
sin calcular que responde al proyecto de cada una de nuestras vidas, de cada
uno de nuestros más caros anhelos como de nuestros más insondables
temores. Estamos ante la forja del carácter, ustedes, los jóvenes,
como nadie lo están y son, a no dudarlo, el futuro en nuestro presente.
Por eso estar hoy con Mahler es una invitación a la lucha digna y trascendente
de lo inefable, de lo inasible. Aquel tipo de lucha que no se desarrolla en
campo de batalla alguno sino en el sustrato ético y moral de nuestras
vidas y nuestras acciones cotidianas.
Su corazón abrumado fue el más devoto constructor de sinfonías,
modelo que desarrolló y perfeccionó hacia formas grandiosas, portadoras
de preocupaciones místicas, como su horror a la muerte, y de un mensaje
trascendente. Integró, en substancia, la palabra en la forma musical
sinfónica, y a la voz humana en la orquesta.
Su obra refleja un conflicto espiritual intenso, cargado de dolor moral y de
lucha fáustica por el conocimiento.
Vemos un ejemplo de sus sueños y sus temores cuando afirmaba que ?un
gran ejemplo para las personas creativas es Jacob?, decía Mahler, ?que
lucha contra Dios hasta que él lo bendice. A mí tampoco quiere
Dios darme su bendición. Sólo a través de las despiadadas
batallas que debo sostener para crear mi música la recibo finalmente.?,
concluye Malher. Sugiero visitar a Jacob en el texto bíblico, donde seguramente
habremos de encontrar un manantial en el que podamos beber en comprensión
y sabiduría.
La música de Mahler es el puente entre el siglo XIX y el siglo XX. Fue
un gran maestro, un innovador radical. Visto está que los públicos
de todo el mundo escuchan hoy en su música una voz que les habla en términos
que ellos pueden comprender.
¿Por qué? Porque es una música de exultación y esperanza;
de fatalismo y optimismo; de angustiado cuestionamiento y de afirmación
universal; de intensidad emocional, de aislamiento intelectual y sabiduría
humana, junto con un cansancio del mundo. Todo esto es la esencia de Mahler
cuya influencia se extiende por doquier.
En él confluyen tanto el romanticismo que llegaba a su fin, junto con
la exploración de nuevos territorios musicales que serán conquistados
por otros compositores. Es decir, Mahler se encuentra entre el romanticismo
y la modernidad. Y junto con él están en ese punto de inflexión,
el alemán Richard Strauss y el ruso Alexandr Scriabin.
Seamos claros, Mahler fue un ser conflictivo, neurótico, hipocondríaco
pero un constructor musical, un creador que logra sublimar el dolor y la enfermedad
en una obra singularísima donde el ideal mahleriano excede lo propio,
lo personal y resulta ser un maravilloso retrato de época y por qué
no, para nosotros lo central en lo mahleriano es que su obra es la expresión
sonora de angustias, desasosiegos, intrincados dibujos psicológicos del
prototipo del hombre contemporáneo.
No es contradictorio afirmar que encontramos en su obra una creciente tendencia
a la simplicidad en la música. Obra que impactó como también
influyó grandemente en músicos tales como Arnold Schönberg
y Alban Berg.
Además de gran compositor -y digo grande porque grande fue también
su búsqueda, su perseverencia-, fue un eximio director de orquesta, con
calidad, soltura y plasticidad que lo llevaron a dirigir en orquestas tales
como las que pasamos a mencionar:
? En 1880, fue nombrado director asistente en Bad may, Austria
? Luego trabajó como director de ópera en ciudades europeas como
Kassel, Praga, Leipzig, Pest y Hamburgo;
? En 1897, fue nombrado director artístico de la Ópera Imperial
de Viena y gracias a su empuje consiguió que en el decenio siguiente
Viena gozara de un prestigio internacional como centro de ópera, con
magníficas representaciones de obras de Gluck, Mozart y Wagner, entre
otros;
? En 1907, Mahler viajó a New York, donde entre 1908 y 1910 dirigió
la Ópera Metropolitana y, de 1910 a 1911, la Filarmónica.
Sinfonía Nº2 ?Resurrección? en C Menor
1er Movimiento ? Allegro maestoso
Antes de convertirse en sinfonía, Mahler la había planteado como
una marcha fúnebre ?septiembre de 1888- donde al muerto se le concede
un último banquete para que haga más llevadero su destino. Luego
pensó que podía constituir una sinfonía y la presentó
a quien él creía uno de los grandes talentos musicales de su época:
Hans von Bülow, pero la reacción no fue la esperada ya que éste
se fue tapando los oídos a medida que Mahler interpretaba al piano lo
que había escrito hasta entonces, lapidándolo finalmente con la
famosa frase ?comparado con su obra, el Tristán es una sinfonía
de Haydn?; y añadió: ?si esto es música, yo no sé
música?. Pese a esto nuestro artista perseveró y templando su
ánimo, la terminó.
Mahler supo ver más allá al declarar que ?Sé que no se
me reconocerá como compositor. Esto se hará sobre mi tumba.? Y
fue así.
No siempre es fácil distinguir en Mahler la realidad física/espiritual
de la metafórica. La muerte es una constante en su obra. Inclusive en
ésta, él mismo colocó en una partitura: ?Moriré
para vivir? Curiosamente, otra muerte culminará la sinfonía, la
del mencionado Von Bülow.
Vista la obra en su conjunto, el tránsito ciclópeo desde el lóbrego
y desesperanzado Do menor inicial al brillante y trinitario Mi bemol final,
completan la visión celular de una sinfonía pensada para sobrevivir.
Escucharemos un fragmento del 1er. Movimiento: Allegro maestoso, concebido como
una gran sonata, bastante laxa de forma, pero igualmente reconocible. Unos sórdidos
trémolos en la cuerda son respondidos por unas rápidas semicorcheas
en violonchelos y contrabajos, siempre sobre la escala de Do menor, rematada
en un característico motivo Do-Sol-Do descendente y cojeante.
En una carta al director alemán Bruno Walter, fechada en el año
de 1906, Mahler resalta que: ?Lo que distingue a la música es el ser
humano que siente, piensa, respira y sufre.?
Como en Kafka, la obra mahleriana ayudará a superar la crisis del artista,
pero sin salvarle del suplicio, de los sufrimientos de todas las contradicciones,
en tanto, remarco, toda su obra reflejará esta condición humana,
psicológica y espiritual de la esfera privada.
Mahler, dicen sus estudiosos, tuvo una visión de aquel mundo suyo que
se deshacía en la corrupción, por debajo de una superficie aparentemente
normal. Un mundo nauseabundo, hipócrita y próspero, seguro de
la inmortalidad de su propia existencia y privado ya de toda seguridad en la
inmortalidad del espíritu. Igualmente, él anticipó un nuevo
mundo musical, haciendo de su obra un acontecimiento premonitorio y, aun hoy,
incomprendido para muchos.
Los filósofos del Iluminismo, sustentaban, fundamentalmente, dos principios,
a saber: sapere aude y ómnibus est dubitandum.
Sapere aude (Atrévete a pensar, y que proviene de Horacio, luego utilizado
por Kant y ya en el siglo XX, por Freud quien lo tomó por su propio emblema)
y Omnibus est dubitandum (Hay que dudar de todo)
Ambos eran característicos de la actitud que permitía y promovía
la capacidad de decir NO. Lo contrario es, por ejemplo, un Adolf Eichmann, un
?hombre-organización?, que ha perdido su capacidad de desobedecer, que
ni siquiera se da cuenta del hecho que desobedece. Y conste que a lo que me
refiero es a tener no solamente reflexión meditativa sino y primordialmente,
una conciencia moral. No me refiero, es evidente, a una rebeldía vacía
de un sustrato conceptualmente sólido y trascendente.
Por tanto, la capacidad de dudar, de criticar y de una responsabilidad personal
en lo colectivo, sustentada y homologada en nuestro hacer cotidiano, puede ser
todo lo que media entre la posibilidad de un futuro para la humanidad y el fin
de la civilización.
Hagamos un alto aparente en nuestro camino.
El mundo de hoy es el de un sujeto solo, abandonado a sí mismo y obligado
a estar sin referencias conocidas. Un mundo donde, como plantean algunos, el
código moral no condena la injusticia sino el fracaso.
El mito de Sísifo que, como ustedes saben, refiere, muy sintéticamente,
a un hombre que penalizado por los dioses debe cargar cuesta arriba por una
cima empinada, una enorme roca. El esfuerzo y dolor que tal tarea conlleva son
enormes. Mas no basta con subir penosa y esforzadamente la roca sino que al
llegar arriba, la roca cae y Sísifo debe volver, una y otra vez, a subirla.
Si bien trágico, este mito nos plantea que lo que debiera constituir
su tormento es al mismo tiempo su victoria. El mito nos enseña que todo
no es ni há sido agotado. El destino es un asunto humano que debe ser
arreglado entre humanos. La alegría silenciosa de Sísifo es porque
su destino le pertenece. Lo importante es el esfuerzo por llegar. Lo importante
es la lucha. En esa lucha, Sísifo vence a los dioses.
Nos dice al respecto, Albert Camus que: ?Así, persuadido del origen enteramente
humano de todo lo humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene
fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando... Sísifo enseña
la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas.
Él también juzga que todo está bien. Este universo en adelante
sin amo no le parece estéril ni fútil.? termina diciendo Camus.
Y es que en este camino absurdo Sísifo puede encontrar la dicha de que
es posible construir un mundo donde lo que importa es la pasión por la
vida.
En definitiva
Lo que importa es lo esencial.
Como dijera el Maestro Eckhart, allá por el siglo XIII: ?¿Cómo
se puede aprender el arte de vivir y de morir sin recibir ninguna instrucción?
Aquella instrucción que lleve al pleno desarrollo del hombre, en la fortaleza
de su espíritu y en armonía con las cosas.
El Talmud, buscando dar un ejemplo de lo que intento transmitirles, dice que
llegado Moisés al mar Rojo, las aguas no se separaron en el momento en
que Moisés levantó su bastón, sino cuando el primer hebreo
se lanzó a ellas.
O sea, nada vale a menos que alguien dé el salto; esté dispuesto
a dar el salto. Y, al darlo, seremos hombres y mujeres plenos. Por eso, pese
a que nuestras circunstancias sean miserables, en lo hondo seremos partes de
Dios, iluminando nuestro ser con la luz del espíritu, desde el hacer
cotidiano en el campo siempre fértil del amor.
Aunque fuera intente reinar la fría y pobre tiniebla, nuestro interior
irradiará luz, buena luz, para recorrer con dignidad el pentagrama de
la vida.
Gracias en mi nombre y en el de mis hijos por haber compartido este momento
conmigo. Ahora espero iniciemos lo vital en la vida: la conversación.
Ustedes tienen la palabra.
Héctor Valle
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