Una mujer que se pregunta, ?¿cómo es posible vivir en el mundo, amar
al prójimo, si el prójimo ?o incluso tú mismo- no acepta
quién eres??, es aquella a quien le ocupa adentrarse, cotidianamente,
en lo humano. Alguien que, desde la acción, va en busca de la comprensión;
búsqueda que comienza con la vida y termina con la muerte.
Comprensión que no refiere, necesariamente, al perdón, llegado
el caso ?y a cuento de los totalitarismos, por ejemplo y cuyo estudio mereciera
un lugar preponderante en su vida y en su obra-, antes bien, tal comprensión
procura una reconciliación con el mundo en el que acciones aberrantes
también tienen cabida, pues lo conforman.
No se trata, tampoco, de huir, más bien, de estar, de aprender, para
un mejor abarcar y llegar a lo verdadero ?en la acción, preferentemente
pública- sin reticencias, a corazón abierto.
Es en lo público donde el ser humano muestra, verdaderamente, su personalidad.
En lo público y en el hoy, en el cotidiano existir, puesto que, recordando
al poeta Fernando Pessoa, nadie sabe si la falta de fin de todo es por andar
siempre hacia adelante, hacia donde nunca se llega, o por andar siempre en círculo,
por el cual no hay adónde llegar.
Para Hanna Arendt, filósofa alemana y ciudadana del mundo, el ámbito
público es el escenario al que acuden las personas para ?mostrarse? a
placer. En el intercambio mutuo se manifiesta entonces algo que es más
que la suma de individuos, es un ?entre? que a todos engloba y desde el cual
cada uno puede entenderse mejor a sí mismo y a los demás.
La facultad humana de crear este espacio del entendimiento es, a juicio de Arendt,
el lenguaje, la comunicación y con ello no se refiere a palabras enigmáticas
para los no iniciados, sino a ?la capacidad de ser popular?, de ?hablar y escuchar?.
El lenguaje es verdad porque la verdad surge sólo con el diálogo;
?porque verdad es?, dijo su maestro y amigo Karl Jaspers, ?lo que nos une a
los otros?.
Este diálogo comprende otro espacio temporal, en él se hacen tan
presentes generaciones largamente olvidadas como personas vivas, se crea un
?reino del espíritu? en el que todos tienen cabida. Este reino, nos dice
Hannah, ?no se encuentra en el más allá y no es ninguna utopía,
no es de ayer ni de mañana; es de este momento y aunque es del mundo,
es invisible?. O como dijera Hermann Cohen, ?el lugar del ser es ´ocupado´ por
la acción en tanto que el lugar de la causalidad es ocupado por el fin.?
Tal cual.
Efectivamente, el aprender a ubicarnos desde el silencio, mejora la meditación
sobre lo que hacemos, al tiempo que nos permite ver con mayor claridad qué
debemos sostener y qué variar en nuestros pensares.
Ahora bien, llegado a este punto uno se pregunta ¿cómo no compartir con
Sócrates la idea de que es más importante conversar con la gente
en la plaza del mercado que dejar grandes tratados? Al respecto, Arendt sostenía
que ?todo el amor a la verdad y toda la gratitud por haber nacido proceden del
hecho de haber permanecido fiel a lo verdadero, tanto en lo bueno como en lo
malo?. Así motivados, es que vamos en pos de la interrelación
con los otros, filosofando e investigando dónde está el hombre
y en qué se puede convertir.
Convenimos con Arendt que, ?cada persona es un initium, un comienzo y un recién
llegado al mundo, por tanto las personas pueden tomar iniciativas, convertirse
en precursoras y comenzar algo nuevo?. De lo que colegimos que tanto la acción
cuanto las palabras, constituyen las actividades en las que se vuelve a producir
el nacimiento, el renacer.
A poco de fallecer Karl Jaspers, con quien compartió, por decenios, una
gran amistad así como también un intenso y proficuo intercambio
intelectual ?no exento de sutiles confrontaciones, propias de dos seres singularmente
socráticos-, Hannah regresa a Basilea para asistir a un acto en honor
del insigne filósofo.
Al culminar su conferencia, Hannah manifiesta que ?lo más temporal
y quizá también lo más grande de un hombre, su palabra
y su comportamiento único, mueren con él y por ello nos necesita,
necesita a los que pensamos en él. Tal pensamiento nos lleva a una relación
con el desaparecido de la que surge y vuelve a resonar en el mundo la conversación
sobre él. La relación con el difunto es algo que debe ser aprendido,
y ahora comenzamos a hacerlo en la conmemoración de nuestro dolor?.
A su tiempo, muerta ella, fue su amigo Hans Jonas quien en idéntica circunstancia
a la recién narrada, culminó su despedida a la amiga, con las
siguientes palabras: ?Puesto que ella apreciaba la amistad por encima de todo
lo demás, permítanme hablarle como amigo. El año pasado,
Hannah, celebramos los cincuenta años de nuestra amistad y recordamos
cómo empezó todo entonces, en el seminario de Bultmann sobre el
Nuevo Testamento, en el que éramos los únicos judíos, y
cómo esta amistad creció con el paso de los años. Por encima
de largas épocas de separaciones y una tormentosa diferencia de opiniones
estuvimos seguros de un sentimiento compartido: lo que era importante y lo que
no lo era, lo que en realidad contaba, lo que se podía honrar y lo que
había de ser despreciado. Hay muchos aquí que podrían elogiarte
como amiga, que podrían atestiguar que, cuando te vinculabas a alguien
de verdad, era para toda la vida. Tú te mantuviste fiel; siempre estuviste
allí. Hoy somos un poco más pobres sin ti. Sin tu calidez, el
mundo es un lugar más frío. Nos has dejado demasiado pronto. Intentaremos
mantenernos fieles a ti?.
Digamos que Jonas se dedicó, a partir de entonces, con mayor énfasis
que antes, a todo lo concerniente a la ética en su relación tanto
con lo tecnológico como, por citar algunos ejemplos, con la aplicación
en el ámbito de la medicina, en la esfera de lo biológico. Hans
Jonas, un pensador que en sus comienzos fue un profundo estudioso de la Gnosis.
Ante el dolor, Hannah exteriorizaba su pena, al tiempo que mantenía la
porfía, cobijada en su esperanza activa, como bien dijera Erich Fromm,
para con los otros, para con la gente común.
Falto de fundamento es el recurso utilizado por sus detractores respecto de
que ella privilegiara la relación con las élites. Por el contrario,
Hannah era una forjadora de realidades, por lo que rendía tributo a la
amistad, sin claudicaciones ni estratificaciones groseras, sin desapegos ni
olvidos, sabiendo tanto estar como ser. Amiga de sus amigos, tenía en
la más alta consideración a la amistad y dio pruebas de ello,
en más de una oportunidad, época y circunstancias.
Al cabo de un tiempo y ante la muerte de su esposo, Heinrich Blüchner,
se pronuncia de manera sublime sobre ?la presencia de la ausencia?. Expresión
ésta que tiene varias derivaciones: recuerdo, permanencia y una suerte
de inmortalidad, al estar de los comentarios que de inmediato despertaron sus
expresiones. Recuerda, así, la siguiente cita del Kadish, la liturgia
fúnebre hebrea: ?No te quejes de que se te arrebate algo que te fue concedido
pero que no poseías. Has hecho mal si pensabas que lo poseías,
si has olvidado que te fue concedido.? Arendt, notoriamente, no lo olvidaba.
Al pensar en ella y a partir de su sistema de pensamiento, vuelvo la mirada
hacia aquella frase que consta en el Talmud y que expresa que el mejor orador
es el corazón y el mejor maestro es el tiempo.
Nuestra pensadora, y digo ?nuestra? por su humana condición, por su darse,
por su sistemática acción en pro del otro, sin exclusiones y,
especialmente, en contra de ellas, por su busca incesante de la luz desde la
oscuridad; termina su obra Vita Activa, con una frase atribuida a Catón:
?La persona nunca es más productiva que cuando no hace nada y jamás
está más sola que cuando está a solas consigo misma?. Lo
que nos lleva a cuestionarnos respecto de, ¿qué hacemos cuando pensamos?
Cuando una persona piensa, activa la consciencia ?despierta un diálogo
interior- con lo cual cobra vida el ser interior que dialoga con nosotros y
del que ya no se puede huir, salvo que dejemos de pensar, de reflexionar. Dejar
tal diálogo, impedir el ?encontrarse? con aquello que nos cuestiona y
genera diálogo en nuestro interior, sería tanto como el despertar
otras entidades, estas sí, de signo negativo, puesto que estaríamos
dando paso a la huida ante el pensar, al ser anecdótico y no al ser analítico,
que tanto Hannah como otros pensadores propugnaron. Salvo que esta mujer lo
hizo desde, y para, la gente en un espacio público en donde se diera
la atmósfera, ética y moral, propicia para que un tal proceder
tuviera lugar y consecuencia en el humano existir.
Si visitamos su obra La vida del espíritu, encontraremos la siguiente
advertencia: ?Quien no conozca el intercambio silencioso en el que se examina
lo que se dice y lo que se hace, no encontrará nada para contradecirse
a sí mismo, lo cual significa que ni está capacitado para rendir
cuentas sobre su discurso o su forma de actuar, ni desea hacerlo. Tampoco le
importa cometer cualquier tipo de crimen porque puede contar con olvidarlo al
minuto siguiente?. Prosigue, estableciendo que: ?Una vida sin pensar es muy
posible; pero entonces no desarrolla su propio ser, y esto no es sólo
un sinsentido, también es muy poco vital. Las personas que no piensan
son como sonámbulas.?
Llaneza, apertura, devoción, dedicación, así supieron definirla
tanto sus amigos cuantos sus innumerables alumnos con los que departía
luego de las clases, si bien durante las mismas tenía un trato muy claro,
muy definido con ellos en cuanto al rol de cada uno en el aula. ¿Dónde,
entonces, queda esa idea que Hannah Arendt fue mujer de elites?
En el Antiguo Testamento y de la mano de Isaías (LV,1), podremos interpretar
que así como el agua, el vino y la leche, se conservan mejor en vasijas
ordinarias ?de barro- que en vasos refinados, así también aprovechan
más a los humildes que a los orgullosos.
Mutatis mutandi, Hannah Arendt no desperdiciaba la vida en falsas premisas,
ella, meramente, saboreaba la vida en vaso de barro.
Una mujer sin barreras, aquella que afirma y hace honor a que ?las palabras
usadas para combatir pierden su cualidad de discurso; se convierten en clichés?,
puesto que tal uso no sólo esclarece cuánto hemos perdido la facultad
del discurso, sino que también sirve de muestra de cómo solemos
recurrir a medios violentos para solucionar, o meramente pretenderlo, nuestras
diferencias.
De aquí al adoctrinamiento, media sólo un paso y Hannah quiso
advertirnos de tal posibilidad. Por ello, recurrimos, una vez más, al
otro principio cardinal del pensamiento arendtiano: la comprensión. Tanto
aquella que precede como la que prolonga el conocimiento, en tanto le otorga
sentido a éste al visitar, reiteradamente, juicios y prejuicios que hubieren
precedido y guiado toda investigación rigurosa.
Agreguemos que una comprensión cabal, amerita el valerse de dos actitudes
que benefician su aparición: la humildad y la capacidad de escuchar.
Claro está, debemos tener el valor suficiente. ?El valor?, como indicara
Hannah, ?libera al espíritu de la preocupación por la vida, convirtiéndola
en una preocupación por la libertad del mundo.? Y éste concepto
es capital para un emprendimiento como el propuesto.
Hannah trabajó largo tiempo en la edición de los diarios de Franz
Kafka, a quien admiraba, luego de aprender a conocerlo y valorarlo y extrajo
un elemento vital en su conceptualización de lo que llamó ?la
esfera privada y la esfera pública?: el prototipo del perfecto padre
de familia ?pater familia-, a quien considera un nuevo tipo de hombre convertido
en asesino, llegado el caso, por miedo a hacer peligrar su esfera privada. Viene
a mi memoria los versos que ella solía visitar de su querido amigo Auden:
?Private faces / in public places / are wiser and nicer / than public faces
/ in private places.?
En este sentido digamos que en su obra ?Los orígenes del totalitarismo?
, escrita en el año 1948, manifiesta, a modo de conclusión que
?El totalitarismo busca, no la dominación despótica sobre los
hombres, sino un sistema en el que los hombres sean superfluos.? Por tanto,
el distinguir a la libertad como la capacidad para trascender lo dado y empezar
algo nuevo, es vital en tanto es ahí cuando el hombre da expresión
a su naturaleza: cuando actúa, cuando deviene uno junto con los otros,
en la esfera de la acción compartida, más allá de lo privado,
en lo societario.
En una carta dirigida a Gershom Scholem, manifiesta que ?considero que el mal
es siempre extremo, pero nunca radical, no posee profundidad ni dimensión
demoníaca alguna. Puede crecer desordenadamente y destruir todo el mundo
porque se extiende como un hongo en la superficie. Pero lo verdaderamente profundo
y radical es siempre el bien.?
Quedan, obviamente, temas y personas por tratar y considerar. Queda, sin duda,
Heidegger, su relación con Hannah así como también la intervención
que a ella le cupo en la obra Ser y Tiempo, por ejemplo; queda sin duda la amistad
entre ambos; el manido tema de la vinculación política de Heidegger
en un triste pasaje de su existencia; resta por tratar su obra Eichmann en Jerusalén
y la banalidad del mal o, como ella dice, el peligro ?de la irreflexión?.
Queda, pues, mucho por abordar pero recordemos que el hombre es un sistema abierto
y por consiguiente inacabado. Tiempo habrá, y así esperamos ocurra,
para ocuparnos de tales asuntos. Hoy quisimos visitar un sentimiento y un estado
del alma.
Recordamos, casi al final de estas meditaciones, a Erich Fromm cuando desde
su obra Y seréis como dioses, nos hablaba del halajá, el camino.
Una forma noble de transitarlo, y saberse en él, es el darse al Otro
para luego, reconocernos en nuestra unicidad. Por ello, propiciamos al inicio
que unos versos de Hannah nos hablaran de la amistad; por lo mismo culminamos
con otros versos de ella sobre la Persona.
En el plano de lo sensible, en la renuncia al yoísmo, será posible
encontrarnos y reconocernos como personas.
Dejemos que ella lo exprese en sus propios términos:
Persona
Queréis iros del Yo a la Persona
y no sabéis que un tono debe
Sonar primero a través de la imagen,
el tono de la calma
que calma sin quererlo
dulce al entonarse
porque, sufrido desde una reconciliación
que funda un nunca-olvido,
enlaza com el más lejano el más lejano corazón.-
Hanna Arendt
Bibliografía:
1. ¿Qué es la política?, Hanna Arendt, Paidós
2. De la historia a la acción, Hanna Arendt, Paidós
3. Entre el pasado y el futuro, Hanna Arendt, Península
4. La condición humana, Hanna Arendt, Paidós
5. Eichmann en Jerusalén, Hanna Arendt, Lumen
6. Hanna Arendt-Martin Heidegger, Correspondencia 1925/1975, Herder
7. Pensar sobre Dios y otros ensayos, Hans Jonas, Herder
8. La filosofía como profesión o el amor al mundo-, Alois Prinz,
Herder
9. Hanna Arendt y Martin Heidegger, Elzbieta Ettinger, Tusquets
10. Y seréis como dioses, Erich Fromm, Paidós
11. Poesía, Fernando Pessoa, Alianza 30 Editorial
12. Teeteto o de la ciencia, Platón, Aguilar
Héctor Valle
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