Y eso que nos dice en sus Memorias que desde los seis años de edad: "quedé convencido de que mentir no sólo es moralmente abominable, eso puede pasar, sino peligroso y a la larga inútil" (Savater Ibid., p.86). Por otra parte, el que Savater en su Autobiografía se haya inventado cosas sobre Iñaki Perurena, como el mentado denunció en el diario Gara y se reprodujo en Rebelión (Mentiras no, señor Savater. Rebelión 4-7-2003), puede deberse, si es que ha incurrido en semejante falta, bien a la mentira por causa ideológica (la que aquí nos interesa) o bien a la mentira por la mera invención literaria (cosa esta última de confusión de géneros literarios -biografía y novela- que no nos concierne aquí). El asunto ha suscitado un enconado debate en el que Savater ha asegurado después: "Pues no, señor Perurena: es usted el que miente y no yo", a lo que ha contestado, de nuevo el interpelado: "Vuelvo a decir que es mentira lo que dice usted en su libro sobre mí". Y al final, como en la mayoría de los juicios con versiones contrapuestas, la conclusión a que llega el lector avisado es que, en cuestión de hechos biográficos, difíciles de probar, o bien todos mienten y tuercen los acontecimientos hacia su lado, aunque puedan llegar a hacerlo con plena sensación de ser fieles a la verdad, o bien hay un bando honesto y franco y otro sutil y torticero. Por consiguiente no podremos, finalmente, discriminar entre ambos (cuando no haya numeroso material probatorio) y no sabremos qué pensar ni a quién creer.
Por mi parte y para empezar a encuadrar el espinoso problema que nos ocupa, yo me atrevería a afirmar, platónicamente, que la verdad, el bien, la belleza y la justicia han de ir de la mano, y también que la falsedad, la maldad, la fealdad y la injusticia han de caminar bien juntitas, si bien la prudencia y el escepticismo me protegen de creerme siempre situado en la verdad y sus acompañantes y siempre alejado de la mentira y sus secuaces, siempre en poder de la sabiduría y la inteligencia, y siempre alejado de la ignorancia y la estupidez (a este respecto véase mi artículo: Cuando las informaciones son contradictorias y no sabemos qué pensar ni a quién creer. Rebelión: 11-5-2002). Me importa tanto la justicia que no soy muy capaz de realizar acciones estratégicas si ello conlleva mentir o ser injusto por motivos políticos, aunque creo que, con el tiempo, voy logrando mantener un equilibrio entre el apoyo a una causa y el decir lo conveniente a la misma, con lo cual pienso que quizás voy consiguiendo meter menos la pata y resultar menos quijotesco. Y es que don Quijote, por querer hacer el bien demasiado perfectamente y demasiado ajustado a la noción que de éste aparecía en los libros de caballerías, acababa muchas veces provocando grandes males.
A diferencia de Savater no pienso que sólo debamos la verdad a los allegados y a los correligionarios sino que creo que debemos la verdad a los demás ciudadanos y seres humanos, incluso a los que no sean de nuestro bando, aunque sí que coincido con él en que si alguna vez tenemos que ejercitar la mentira por la causa, habrá de ser por la causa de los allegados y de los correligionarios y no por otras causas, como que nos compren por dinero o nos chantajeen con los garbanzos. Pues obviamente, en una sociedad capitalista, habrá quienes sólo persigan y sólo se deban a la causa oportunista del medrar y enriquecerse, como las recientes elecciones a la Comunidad de Madrid han puesto de manifiesto.
Habría que diferenciar en este punto la mentira por la causa individual de la colectiva, la mentira de las personas y las mentiras de los partidos y de los Estados, y dejar claro que las mentiras de Estado son mucho peores y más perjudiciales para la sociedad que la mentira individual. En el caso de la guerra contra Irak las mentiras acerca de las armas de destrucción masiva y acerca de las relaciones entre el régimen de Sadam Hussein y el terrorismo de Ben Laden, constituyen un recrudecimiento enorme de aquellas históricas mentiras de Estado que facilitaron acciones bélicas como la guerra de Vietnam: "El presidente de Estados Unidos, por lo tanto, mintió. A la busca desesperada de un casus belli para esquivar a la ONU y sumar a su proyecto de conquista de Irak a algunos cómplices (Reino Unido, España), Mr. Bush no vaciló en la fabricación de una de las mayores mentiras de Estado (…). Reproducidas y ampliadas por los grandes medios belicistas convertidos en órganos de propaganda, todas esas denuncias han sido repetidas ad nauseam por las cadenas de televisión Fox News, y MSNC, la cadena de radio Clear Channel (1.225 emisoras en EE.UU.) e incluso por prestigiosos periódicos como Washington Post y Wall Street Journal. En todo el mundo, esas acusaciones mentirosas han constituido el principal argumento de todos los partidarios de la guerra" (Ignacio Ramonet Mentiras de Estado. Le Monde Diplomatique & Rebelión 3-7-2003). Pero una cosa es la mentira de Estado y otra la estrategia de un Estado, que no siempre ha de ser o tenerse por mentirosa, aunque en el caso del Neoimperio neofascista existente en la actualidad, ambas, se identifiquen a menudo plenamente.
Respecto al derecho de autodeterminación, por poner un ejemplo de acción estratégica y coherente respecto de unos principios frente a la acción estratégica y mentirosa del Imperio actual, la doctrina soviética mantenida por la URSS fue siempre la de apoyarlo cuando los independentistas persiguiesen el socialismo o luchasen contra el imperialismo y rechazarlo en caso contrario. No había hipocresías ni cinismo en este punto estratégico, si bien las autodeterminaciones comunistas de Hungría, Checoslovaquia o Afganistán, fuera de la órbita soviética, no fueron consentidas por el Pacto de Varsovia. Dependiendo de las circunstancias, había que apoyar o rechazar la secesión, que quedaba relativizada a que la ideología de quienes la pretendiesen fuese ya no sólo afín, sino decididamente partidaria del modelo socialista existente.
El contexto de la guerra fría y la presión de los dos bloques justificaban la situación de mentiras y estrategias de Estado en un peligroso equilibrio internacional. Pero tras la caída de la URSS la situación se volvió cada vez más precaria y el imperialismo se disparó hasta cotas antes inimaginables. Por eso ahora, ante un poder hegemónico sin contrapeso visible, cualquier pretensión de derecho a la autodeterminación o de nacionalismo y secesión parecerían hoy aceptables: antes que el imperialismo capitalista salvaje y sin freno gobierne el mundo a su antojo es preferible cualquier cosa. Si bien desde la izquierda actual más exigente cabe también oponerse tanto al imperialismo capitalista como a otras estructuras de dominación, siempre que excluyan o se opongan a los principios generales del socialismo.
Relativizar entonces la acción política a las circunstancias convenientes y cambiantes en el devenir histórico no es mentir, sino pensar, pero dado que las circunstancias actuales son de hegemonía del capitalismo no es muy de recibo la paradójica identificación que hace el realista neoliberal actual entre la reflexión crítica y la aceptación del mundo en que vivimos. Muchos de los neoliberales que renuncian jubilosamente al elemento revolucionario para entregarse de inmediato a las urgencias capitalistas del presente, huyen de ese modo del precio político-social de permanecer a la contra y pasan a adaptarse al mundo establecido. Y en tal caso, como señalará Karl Kraus con una gran dosis de ironía, sucede algo parecido a lo siguiente: "Cuando un sacerdote declara súbitamente que no cree en el paraíso y que no se retractará jamás de esta declaración, entonces la prensa liberal se muestra encantada, esa prensa de la que se sabe que sus redactores no renuncian tampoco, bajo ningún precio, a sus convicciones (…). Es el espectáculo más repugnante que ofrece la época moderna: un sacerdote poseído por la razón y acosado por los ladridos de los perros de la prensa, a los que arroja la costilla de Adán" (Karl Kraus Dits et contredits. Paris 1975, p.88). Por eso, pensar críticamente desde la izquierda, lo que supone es reflexionar contra lo establecido y desde lo que se enfrenta a lo establecido, no seguir la corriente y apuntalar la dominación vigente. Si bien es cierto que no sólo hay cosas que construir y derribar en ese nuestro empeño de cambiar el mundo, sino también cosas que preservar y defender.
La pertenencia a la izquierda (palabra que en castellano, etimológicamente, procede del vasco) supone, al menos, la proximidad y colaboración con los grupos de presión opuestos al capitalismo (y cercanos al socialismo o comunismo); mientras que la pertenencia a la derecha implicará, al menos, la proximidad y colaboración con los grupos de presión afines al capitalismo (y cercanos al liberalismo o neoliberalismo). El caso peculiar del anarquismo, contrario tanto al Estado como al Capital, será de izquierdas cuando su propuesta económica sea el colectivismo y de derechas en caso de asumir, paradójicamente, el capitalismo (aunque la expresión anarquismo de derechas no deje de ser un contrasentido). Dados unos determinados principios políticos, nunca totalmente fundamentados pero siempre en vías de justificación, se siguen unos determinados posicionamientos pragmáticos, unas coordenadas que implican una coherencia o incoherencia entre los pensamientos que se dicen detentar y los actos que se pasan a acometer.
Con tal situación geográfica de derecha e izquierda está relacionada la verdad y la mentira o lo que se tiene por verdad y lo que se tiene por mentira en el espacio de la política. Cada uno de los grupos dirá cosas contradictorias que sin embargo presumirá verdaderas, por ejemplo: los capitalistas dirán que dejar el mercado autorregularse espontáneamente es la mejor manera de redistribuir la riqueza, mientras que los socialistas dirán que la intervención del Estado es la mejor manera de redistribuir la riqueza. Las dos afirmaciones son contradictorias y si una es cierta no lo podrá ser la otra, aunque se haya llegado a sociedades que, supuestamente, combinan ambas cosas o, más bien, reparten la tarta en dos porciones, lo privado y lo público, dando lugar a una suerte de sociedad esquizofrénica. Es desde el interior de esa sociedad grotesca desde donde nos vemos compelidos a pronunciarnos sobre la verdad y mentira de las informaciones que manejamos y recibimos.
La búsqueda de la objetividad, la pretensión de racionalidad, la voluntad de emitir informaciones verdaderas, no relativas, como las de la matemática o la física, atravesará a todos los grupos de presión y, en mayor o menor medida, impregnará a todo ser humano en cuanto ente racional. No cabe entonces decir que la izquierda es racionalista y la derecha no, ni que la izquierda está dividida y la derecha no, sino que racionalidad y división irán juntas e impregnarán a cada grupo, aunque unos acierten a unirse más que otros salvando así las divergencias. La virtud de la racionalidad se encontrará en el justo medio entre dos extremos viciosos, entre la hiperracionalidad y la irracionalidad. Al vicio primero corresponderá el dogmatismo del pensamiento único y al vicio segundo su homólogo religioso-integrista.
En busca de la objetividad y situados en el medio de la prudencia, partimos de una posición ya dada y de una tradición ya consolidada, pues nadie puede hablar desde el lugar de Dios y lo que produzcamos pasará a estructurar los cerebros de los otros. Como explicara ya hace tiempo F.M.Marzoa: "Por una parte, trato de distinguir entre el pensamiento esencial y la 'filosofía' de consumo; por otra parte, todo escrito 'habla de' algo, se mueve en un cierto tejido de términos, en una determinada verbalización y teorización de las cuestiones, y, todavía por otra parte, nadie puede pensar ni expresarse sin tomar sus recursos intelectuales de alguna tradición de pensamiento. Pues bien, que 'hable de' las cosas de las que yo quería hablar aquí, no conozco otro pensamiento esencial que el de Marx, y, por consiguiente, en contexto como el que aquí se adopta (y que uno no tiene otro remedio que adoptar entre otros, a no ser que, con total falta de honradez, quiera expresamente rehuirlo), yo estaba ineludiblemente obligado a ser marxista (…). Es, por ejemplo, falso que la «música ligera» exista porque el ciudadano medio no soporta fácilmente a Beethoven; lo cierto es que el ciudadano medio no soporta fácilmente a Beethoven porque la «música ligera» le ha estructurado el cerebro" (Felipe Martínez Marzoa De la revolución. Alberto Editor. Vigo 1976, pp.7-8 y p.59).
Situados entonces, en general, en el medio racional de una mente entreverada de pasiones, estructurada por el medio y adscrita a tradiciones, y por ello mismo, ni completamente sabia ni absolutamente ignorante; tendremos que tomar partido e intentar actuar consecuentemente con nuestras ideas. Es en ese punto en el que se presenta el dilema que jalona el presente artículo y al que ya Kant dio una solución rigorista y puritana: ¿Hay que mentir por la causa o por filantropía o decir indefectiblemente la verdad? Supuesto el caso de un asesino que viniese a asesinar a un amigo que se esconde en mi casa y aplicando el imperativo categórico kantiano, -argumentaba el propio filósofo-, no sería lícito que mintiese al asesino y le dijese que mi amigo no está; sino que en vista de lo indeseable e inviable de un mundo inmerso en la mentira, tendría que decirle que sí, la verdad, que se encuentra en mi casa; pero añadir que para matarle habría de pasar por encima de mi cadáver. Probablemente eso acarrearía que el asesino, efectivamente, pasase por encima de mi cadáver y luego matase también a mi amigo, con lo cual, me preguntaría en ese caso (si pudiese resucitar) si no hubiese hecho mejor aceptando, como dijera Nietzsche, que "vivimos en un mundo profundamente inmerso en la mentira", y no procurando, vanamente, eliminarla totalmente de la faz de la tierra. Por eso al igual que Kant, pero para no seguir al rigorista y puritano, defiendo y sigo su talante justiciero, pero admito excepciones a su regla categórica, contemplando la posibilidad de la ocasional mentira piadosa o conveniente, sin pensar que por ello se destruya todo el edificio de la verdad.
Luego situando el dilema en nuestra posición e intervención en los media cabe preguntarse: ¿Hay que decir en cada momento lo conveniente, lo más efectivo, lo que mayormente puede ayudar a la causa anti-imperialista o anticapitalista; o acaso habrá que decir la mayor parte de las veces lo que honestamente se piensa y se considera cierto (-aunque pueda resultar inconveniente-) y, en algunas ocasiones excepcionales, habrá que mentir y manipular la información?

Es cierto que en todos los bandos hay manipulación de la información y que se dice que hay que emplear las armas del enemigo (pero si el enemigo mata niños ¿estaremos dispuestos a matar niños también? ¿qué nos diferenciaría entonces de los asesinos de niños?). Yo soy partidario de ir con la verdad por delante o con lo que creamos que es la verdad, pues siempre podremos errar, pero al menos no voluntariamente. Y es que si hay ocasiones para mentir y en las que debemos mentir no las hay para la verdad, que tiene que aparecer siempre: "Para mentir hacen siempre falta razones u ocasiones (…); la verdad, en cambio, debe ser dicha sin ninguna razón particular y sin esperar el momento (…). Copiar la lógica enemiga con menos medios y menos armas y pretendiendo al mismo tiempo estar investido de una mayor moralidad o legitimidad no sólo es indigno; es además suicida" (Santiago Alba Probemos sin ETA. GARA 9-6-2003).
Me inclinaría a mentir o manipular información cuando de ello dependiese mi vida o la de los míos, como el Ministro de información iraquí durante la guerra de invasión de su país que, para no desmoralizar a sus tropas ni a su población estaba obligado, por las circunstancias, a decir que no iban perdiendo la guerra cuando la tenían ya perdida, motivo de que se hayan burlado mucho de él y se haya ganado el sobrenombre de Alí el cómico. Algo que también realizó el periodista Arturo Barea, durante la guerra civil española, cuando, en el bando republicano, tuvo que censurar las noticias acerca de las victorias del fascismo para no desmoralizar a las tropas y a la población y que se supiese lo más tarde posible que iban perdiendo la guerra; lo que ocasionó que los fascistas alzados le pusiesen el sobrenombre de Arturo Beria. Incluso me inclinaría yo hoy a mentir diciendo que el neoliberalismo se encuentra en retroceso, que vamos venciendo al capitalismo salvaje, para no desmoralizar a mis compañeros de lucha, pero creo que no sería esa la verdad.

En realidad tendríamos que ser tan fuertes como para poder luchar aunque en algunos momentos vayamos perdiendo el combate y no debería hacer falta exagerar las posibilidades propias ni minimizar las contrarias, no tendríamos que llegar a manipular la información, ni a jugar sucio. Pero se dice que cuando se enfrenta un débil con un fuerte, el primero está obligado (como un terrorista contra un Estado o como quien no dispone de medios de expresión "pública" -excepto Internet- frente a las grandes corporaciones mediáticas) a utilizar los medios más terribles y fraudulentos contra quien le supera enormemente en fuerza y poder, o, -se dice- de lo contrario, no podrá vencer jamás en una contienda tan desigual.
Entiendo entonces que un palestino a quien han asesinado a su familia, derruido su casa, expropiado su tierra y arrancado sus olivos, se convierta en una bomba humana y se mate contra sus enemigos; entiendo que pueda llegar a ese límite, comprendo su acción. Sus circunstancias sí que justifican sus métodos, pero su estrategia puede ser contraproducente para la causa y el terrorismo puede acabar siendo el mayor aliado de la represión. Lo mismo ocurre con la mentira, la cual, si bien circunstancialmente y en una ocasión puntual pudiera dar un buen resultado en la lucha, como método permanente estaría destinada a favorecer al bando contrario y a hundir más el mundo en la mentira de lo que ya lo está.
El último capítulo del Tratado teológico-político de Spinoza se titula: "En el que se hace ver que en un Estado libre es lícito a cada uno, no sólo pensar lo que quiera, sino decir aquello que piensa". De ahí que no sólo la censura gubernamental, cuando ha existido, sino sobre todo la censura capitalista ejercida mediante el monopolio de la información por las grandes corporaciones mediáticas, nos quita la libertad de hablar y de escribir, e incluso llega a arrebatarnos -con éstas- también la libertad de pensar: "Es cierto que se dice que un poder superior puede quitarnos la libertad de hablar o de escribir, pero que no puede despojarnos en modo alguno de la libertad de pensar.

Sin embargo, ¿hasta qué punto y con qué corrección pensaríamos si no pensáramos, por decirlo así, en comunidad con otros a los que comunicar nosotros nuestros pensamientos y ellos los suyos a nosotros? Por tanto, bien se puede decir que ese poder externo que arrebata a los hombres la libertad de comunicar públicamente sus pensamientos les quita también la libertad de pensar" (Kant ¿Qué significa orientarse en el pensamiento? (1786). Universidad Complutense de Madrid, 1995, p.23). El liberalismo político se equivocó al pretender que la declaración formal de la libertad de pensamiento pudiera bastar a la democracia, ya que sin los medios materiales para que todo ciudadano pueda expresarse públicamente, la idea de libertad de prensa nunca se materializa: "La libertad de prensa.

¿Qué quiere decir esto?; puede querer decir dos cosas: a) la libertad que tiene la prensa (es decir: los propietarios de los medios de prensa y los profesionales por ellos contratados) para publicar aquello que quieran, y b) la libertad que todos los ciudadanos tienen de utilizar la imprenta (combinada con otros medios de comunicación) para comunicar sus puntos de vista a los demás y, lo que es lo mismo, el derecho de todo ciudadano a conocer los puntos de vista de otros ciudadanos por los medios de comunicación de que se disponga" (Felipe Martínez Marzoa De la revolución. Alberto Editor. Vigo 1976, pp.84-85). El primer punto incluye la libertad de censura, de omisión de la información o de tergiversación de la información, ejercida por las corporaciones mediáticas privadas en la actualidad. El segundo punto implica, por el contrario, una contracensura, que no habrá de significar un monopolio estatal de una información única, sino, más bien, una protección estatal de la pluralidad de las informaciones.
Decir fascismo y pensamiento único son dos cosas equivalentes, la primera acompaña a la segunda y cuando se vive bajo semejante sistema, como se desvela cada vez más el capitalismo hegemonizante, la oposición popular está plenamente justificada. Trotsky criticaba el terrorismo individual como método para lograr el cambio social distinguiéndolo del terrorismo revolucionario propio del pueblo alzado en armas contra la opresión, pero a veces es difícil separar uno de otro. ¿Y no habría que reflexionar del mismo modo respecto al terrorismo mediático? En tal caso ¿habríamos de rechazar la manipulación individual de la información pero aceptar la revolucionaria? Por mi parte me resisto a manipular estratégicamente la información, aun a sabiendas de que los enemigos lo hacen y son más poderosos, y me cuesta mucho hacerlo si alguna vez me avengo a ello; seguramente a causa de mi formación filosófica, que me inclina a la pretensión de la verdad. No llego a ser muy capaz de mentir, salvo muy excepcionalmente, pero sí que no puedo menos que hacerlo indirecta o inconscientemente, omitiendo informaciones, lo que es a veces considerado como una forma de mentir: la de no decir toda la verdad.
Sin embargo un afamado periodista considera que no decir toda la verdad, incluso conscientemente, no es mentir. Aceptando así la extendida idea según la cual el pluralismo relativista imperaría en la profesión periodística pero no en los libros especializados: "La prensa internacional está manipulada. Y las razones de dicha manipulación son diversas. Hay, por ejemplo, razones ideológicas: entre las actividades humanas, los medios de comunicación son los más manipulados porque son instrumentos para determinar la opinión pública, algo que puede ocurrir de maneras diversas, dependiendo de quién los gestione. Hay diversas técnicas de manipulación. (…). En la prensa hay cientos de maneras de manipular las noticias. Y otros cientos existen en la radio y en la televisión. Y sin decir mentiras. El problema de la radio y de la televisión es que no es necesario mentir: podemos limitarnos a no decir la verdad. El sistema es muy sencillo: omitir el tema. (…). Si no hablamos de un acontecimiento, éste, simplemente, no existe. (…). Naturalmente, hay revistas, boletines y sobre todo libros que ofrecen una imagen más equilibrada y completa, pero son para minorías, para grupos pequeños de especialistas" (Ryszard Kapuscinski Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo. Anagrama. Barcelona 2002, pp.59-62). Y ciertamente de los libros, por su extensión, se puede recoger una visión más equilibrada y completa de los acontecimientos humanos que de otros medios de comunicación, pero a veces un breve poema es capaz de iluminar más que mil libros, por lo que no debería renunciar el artículo periodístico, por su brevedad y su inmersión en los grupos de presión, a intentar evitar la mentira y desvelar la verdad.
A diferencia de Kapuscinski yo pienso que no decir toda la verdad (ya sea voluntaria o involuntariamente) también es mentir, pero me parece que ya están los capitalistas para criticar los fallos del socialismo y omitir los propios; luego puedo procurar no mirar tanto los fallos del socialismo como sus aciertos y centrarme en desvelar los crímenes del capitalismo, sin renunciar por ello a la autocrítica. Un ejemplo de lo último es el del caso de Cuba, sobre el que recientemente he señalado tanto los fallos como los aciertos. Pero es que, de todas formas, creo sinceramente que el caso de Cuba resiste una visión de lo más "objetiva" de sus fallos y aciertos, pues en el contexto latinoamericano, pese a sus fallos ganan sus aciertos y resulta siempre conveniente intentar ver las cosas enteras para poder evaluarlas con acierto. Con lo que vuelvo de nuevo al problema inicial, aunque formulado de otra manera. ¿Hay que presentar las cosas sesgadas por motivos económico-estratégico-político-ideológicos o intentar que vayan enteras? Yo creo que hay que intentar que vayan enteras, pues no sólo me importa ganar, sino que aspiro a tener razón; de modo que, aunque ocasionalmente hayan de presentarse las cosas troceadas y coyunturalmente se pueda mentir y manipular una información, permanentemente nos tienen que guiar la verdad y la razón, únicas hermanas de la justicia.

 

Simón Royo Hernández

siroyo[arroba]rocketmail.com



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