El eufemismo, como forma de adecuar el discurso de lo impronunciable será visto como lo que hace soportable, asible lo que podríamos nombrar como común. El eufemismo traduce al mismo tiempo que, por supuesto, traiciona. Es en esa traición donde se obtura la posibilidad de la comunidad. Ahora bien, parece ser esa traición lo único posible. Sin eufemismo no se podría decir nada a cerca de lo común. Con él definitivamente no se lo está diciendo. Esto si es que hay algo qué decir, si hay algo de qué hablar. Con el fin de encontrar eso de qué hablar, o de, al menos, encontrar si lo hay, indagaré en torno de diversos discursos sobre lo común. Estos discursos serán caracterizados como eufemísticos, pero en diversos grados dados por la explicitación. Tomaré al contrato, como una explicitación abrupta, a la norma no explicitada, como una explicitación implícita, y a la nula explicitación.
La explicitación que implica el contrato muestra que hay algo de lo común que no se está dando. El contrato busca pautar lo común, hacerlo legible para quienes están inmersos en esa comunidad. Pero esa comunidad se mostrará inmediatamente como inexistente (a asegurar su existencia vendría el contrato), o como existente aún en la prescindencia del contrato (con lo cual el contrato sería innecesario). Me atreveré a decir, en última instancia, que la necesidad del contrato manifiesta el fracaso de la comunidad. Encuentro pertinente entonces pensar en una norma no explícita. La norma sería el límite que regula la existencia de lo común, que marca dónde eso común se termina. Lo común parece, así, autodeterminarse en una permanencia en lo común. Pero la existencia del límite puede verse a su vez, en la amenaza del traspaso, también como la imposibilidad de la comunidad, como lo que, nuevamente, surgiría como innecesario. Queda el margen de la nula explicitación (que puede pensarse en términos de una com-parecencia) como sitio posible para la comunidad. Ahora bien: ¿Qué queda de este sitio? ¿Qué puede decirse de él? El intento será introducir un concepto, el eufemismo, en este caso, para mentar cómo los tres grados de explicitación antepuestos pueden articularse en una verdadera posibilidad de la comunidad, o cómo pueden mostrar su verdadera imposibilidad.
A lo poco que he dicho se le puede reprochar el hecho de confundir planos, digamos. En verdad no sé si a lo dicho, pero sí, al menos, a lo que estoy pensando. Porque según como estoy pensando, el contrato se encontraría en un momento de conformación de la comunidad, mientras que la norma y la com-parecencia parecerían ser una constante. El contrato marca una instauración, un momento a partir del cual se puede mentar la comunidad, mientras que en los otros dos planos lo común sería previo o correlativo con la norma que lo regula o con el éxtasis que lo manifiesta.
Al comienzo de esta ponencia leí un texto de Kafka. Este texto llegó a mis manos al asistir a una función de una obra de teatro basada en él. Comunidad se llama también dicha obra. Su autora y directora es Carolina Adamovsky. Al ingresar a la sala del Espacio callejón, un teatro porteño, uno puede observar a seis hombres en hilera. Esta formación apenas si va a variar a lo largo de la obra.
En principio, sólo están juntos; con el correr del tiempo, empiezan a compartir experiencias; ríen juntos, lloran juntos, balbucean juntos. Ninguna frase articulada puede distinguirse. Pero de repente, algo sucede. No se sabe bien qué, no se sabe bien cómo. Uno de ellos, digamos el sexto, se excede en la extensión de su risa; sigue riendo ante el silencio y la observación de los otros cinco. Inmediatamente (nunca más preciso este inmediatamente, sin que medien palabras, apenas gestos, gestos que acompañaban una obviedad, que la hacían un poco más manifiesta), inmediatamente, el sexto fue expulsado, por la fuerza, de la hilera. La obra continúa con el obstinado intento de aquel sexto por reingresar. Pero siempre es un extraño. Siempre es expulsado. Aún cuando intenta pacificar peleas internas; aún, ante la muerte común, ante el sacrificio último en el que la hilera se ve envuelta. Aún allí, cuando todos se disparan un tiro en la cabeza, aún allí ese sexto queda fuera [digamos que no le sale ni el tiro del final] ¿Podemos atribuir a su extensa risa el quedarse fuera de esa comunidad? ¿Cuán pautada estaba la norma que aseguraba que quien riera de de más estaría por fuera? ¿Qué significa este de más en la risa? ¿Alguien efectivamente perteneciente a la comunidad, puede caer en este de más? Estas cuestiones me despertó la obra de teatro del caso.
No sabemos qué es lo que queremos decir. Pero sabemos que queremos decirlo de alguna manera. Queremos explicitar algo adecuadamente. Hablamos de lo común, de lo que nos mancomuna, de lo que puede mancomunarnos, de lo que parece ser innecesario hablar. Pero de todos modos hablamos. Y lo que propongo pensar es que lo hacemos en términos eufemísticos. Hacemos lo mejor que podemos y siempre nos quedamos cortos. O más bien siempre nos pasamos de largo. Porque aunque una y otra vez nos convenzamos que no hay nada que contar, seguimos haciéndolo. Porque estos intentos de explicitación parecen ser lo único que evidencia nuestra comunidad.
Con el título de esta ponencia intento dirigirme de lleno al contrato. El contrato parece ser emulado por esta pregunta de corte infantil ¿Me dejás ser tu amigo? Me refiero al contrato como acto fundante de una comunidad, como ese momento en que todos explicitan su ser en común, en que todos acuerdan en estar de acuerdo. Eso que no puede decirse parece expresarse en términos de voluntad. Son términos bastante explícitos. Más allá del acto fundante, si tomamos por ejemplo la argumentación hobbesiana, podemos ver como en ella lo común tiene que atenerse al límite como lo externo y claramente explícito: el límite del enemigo común, "de hecho <<común>> califica ahora al enemigo que la ataca [a la comunidad] y al poder que la mantiene unida contra él." También el poder que la mantiene unida contra él puede verse como externo (ya que continúa en estado de naturaleza) y explícito (el soberano, un hombre o asamblea de hombres). Por otra parte el contrato instauraría una comunidad de derecho, y es el derecho, en su afán de delimitar qué es lo propio de la comunidad –tomando la propiedad como la de cada uno de sus integrantes- lo que "por hacerla más propia <<...>> la hace necesariamente menos común."
El contrato parece reclutar socios. Pero la comunidad es otra cosa que un club. Y, digamos, que un club muchas veces es otra cosa que un club: "los técnicos se van/ los jugadores pasarán/ pero la banda quedará" podemos escuchar en las canchas argentinas. Es posible seguir pensando esto en términos hobbesianos. Hobbes dice respecto de las diversas formas de gobierno: "siendo mortal la materia y pereciendo no sólo monarcas sino asambleas, es necesario para la conservación de la paz de los hombres que tal como se tomó el orden por un hombre artificial se tome allí también el orden como una eternidad artificial de vida". Los jugadores y los técnicos vendrían a ser esta materia mortal, la banda que queda es eso que unifica, que hace que todos en el club tiren para el mismo lado. Si bien el ejemplo de la hinchada de fútbol puede traerme muchos problemas conceptuales, creo que me aporta algo de lo indescriptible (o de lo eufemísticamente descriptible) de la comunidad, y en otro plano que el hobbesiano. Podemos decir junto a Nancy que allí: "El orden de la com-parecencia es más originario que el del vínculo <...> no se instaura, no se establece o no emerge entre sujetos (objetos) ya dados." Aquí puedo instaurar mi tesis del cogito futbolístico: yo soy de River, (Boca no existís), es la certeza indubitable que compartimos todos los amantes del buen fútbol, de un modo que excede todo voluntarismo. Tenemos aún el momento hobbesiano del enemigo externo (en este caso Boca). Pero bueno, me estoy desviando un poco (si es que hubo alguna vía). Tengamos en cuenta que probablemente la hinchada del Nantes no le ofreció un tan buen ejemplo al filósofo francés. Quizás no sea lo más cómodo, o lo más productivo, pensar la comunidad en términos de hinchada de fútbol, pero sí, quizás, en términos de una hilera. La hilera que describe un texto y que patentiza una obra de teatro.
La hilera expulsa a un sexto, le marca un límite. Pero es un límite no explícito, salvo en lo patente de la expulsión. Podemos decir que la hilera se inmuniza. Aquí empezaré a hablar de la norma. Tendré que hacer una pirueta argumentativa, quizás no muy grácil. Espero perdonen mi impericia. La vida pasará a ser lo común. También esto puede pensarse en el caso del modelo hobbesiano, donde lo común sería el afán de preservar la vida, un preservar la vida propia. Pero en este caso será la vida en tanto especie, que a su vez tendrá la propiedad del cuerpo. Cuerpo que es "a un tiempo individual por ser propio de cada cual y general por estar relacionado con toda una especie". La norma inmuniza, privilegia la vida en tanto vida. Sostiene Esposito que "no existe comunidad desprovista de algún aparato inmunitario". El problema surge por el carácter de pharmakon de la inmunidad (también el eufemismo puede pensarse como pharmakon de la comunidad). Retengamos esta cuestión un momento. Continuemos con la caracterización que realiza Esposito de la norma: "Antes que presupuesta y por tanto, ajena al ámbito del ser viviente, la norma biológica le es intrínseca e inmanente. No prescripta como la ley, sino inscripta en la materia que se ejerce." En este marco es que podemos relacionar inmunización y muerte (de allí su carácter de pharmakon), según tres tópicos: límite, racismo e inmanencia. La muerte como límite de la vida. El racismo (siguiendo lo dicho por Foucault en Defender la Sociedad) como la posibilidad de un reingreso del poder soberano de hacer morir. La Inmanencia (siguiendo a Nancy) como la característica de todo totalitarismo.
Lo común parece perderse nuevamente. Puede llegar a atraernos la posibilidad de una inmunidad total: "En la inmunización generalizada –extendida a toda la comunicación y coincidente con ella- no hay más lugar para la violencia. A menos que se vea en esta coincidencia la violencia mayor: aquella que pretende eliminar la violencia de la comunidad eliminando la comunidad misma, identificándola con su inmunización preventiva."
Es precisamente contra estos fenómenos de totalitarismo que reacciona el discurso que nos ofrece Jean-Luc Nancy. Nos queda ahora hablar de la com-paresencia, de la exposición en la que nos invita pensar La comunidad Inoperante. Pero –y pregunta el mismo Nancy: "¿Puede exponerse esta exposición? ¿Puede presentársela, o representársela? (¿y qué concepto es el que conviene aquí? ¿se trata de representar, de significar, de poner en escena o en juego? ¿hacen falta discursos, gestos, poesía?). El eufemismo puede verse como una presentación o una representación. Pero, ¿qué es sino la exposición? La última pregunta –y quizás toda esta ponencia- parece viciada de nulidad: la exposición obtura, hace innesesaria, redundante, traicionera a la pregunta por el qué. Ahora mi pregunta es: ¿por qué negar la pregunta por el qué?, ¿por qué obturar todo intento de respuesta?
Los intentos de respuestas han recaído, una y otra vez, en el mito. "El pliegue mitológico que todos los filósofos de la comunidad experimentan como irreductible punto ciego de la propia perspectiva consiste en la dificultad de tomar –y sostener- el vacío del munus [entendido como un deber un puro don, si bien común, sin la expectativa de la reciprocidad] como objeto de reflexión. ¿Cómo pensar el puro vínculo sin llenarlo de sustancia subjetiva? ¿Y cómo mirar sin bajar la mirada la nada que circunda y atraviesa la res común?" La interrupción del mito –como propone Nancy- evita caer en los destinos thanáticos de la comunidad, nos lleva, a su vez, a pensar en una comunidad sin un sentido acabado. Es en esa interrupción donde se juega una no-explicitación ¿Qué se puede decir de la comunidad sin tornarla mítica, inmanentista, totalitaria y fracasada?
"En ese lugar del sujeto -o en su reverso-, en el lugar de la comunicación y en el lugar <<de comunicación>>, hay en efecto algo, y no nada: nuestro límite es no tener verdaderamente un nombre para este <<algo>> o para ese <<alguien>>. ¿Se trata de tener un nombre verdadero para este singular? <...> Por el momento, digamos que, a falta de nombre es menester movilizar palabras, para poner otra vez en movimiento el límite de nuestro pensamiento." Mi idea con esta ponencia fue seguir moviendo palabras, introducir otro discurso, introducir el discurso del eufemismo. Es un intento muy preeliminar que está muy a tiempo de ser desechado. Pero lo desechado sería este intento particular, no el intento de movilizar palabras. Una obra de teatro pudo mostrarme como efectivamente cinco personas compartían algo, todo el tiempo, todo el tiempo algo pasaba; pero qué era ese algo, no sólo no podría decirse, sino que parecería no tener sentido decirlo. Una sola determinación pereciera ser redundante, y la redundancia la más alta de las traiciones ¿Qué queda entonces del discurso de la comunidad? ¿Podemos seguir hablando en estos términos que redundan en denunciar su hastío por la redundancia? ¿Hay un más allá de la denuncia, algo más que la indeterminación?, ¿debe haberlo?
"<<Político>> querría decir una comunidad que se ordena a la inoperancia de su comunicación, o destinada a dicha inoperancia: una comunidad que hace conscientemente la experiencia de su reparto. Alcanzar tal significación de lo <<político>> no depende, o en todo caso no llanamente, de lo que se llama una <<voluntad política>>. Aquello implica estar ya involucrado en la comunidad, vale decir hacer, del modo que sea, la experiencia de la comunidad en cuanto comunicación: aquello implica escribir." Sin embargo "Decir algo sobre la comunidad, nos dicen, la dota de contenido y, por lo tanto, cierra la posibilidad de pensarla. Pensar la comunidad es pensar esa nada. Por eso podemos sostener, sin culpa, que pensar la comunidad es no pensar en nada. Ese gesto repetido y diferido hasta el infinito nos deja exhaustos, porque parece que no hay nada más que decir".
La cuestión es que siempre hay un sexto. Hay muchos sextos por todos lados, en África y en el conurbano bonaerense; sextos que quieren ingresar en una hilera; sextos que luchan por no alinearse. La hilera los expulsa una y otra vez; o ellos buscan rehuirle. Pero una y otra vez desde las huestes del pensamiento se busca incluirlos. Esposito se pregunta: "¿Cómo explicar la irresistible tendencia de la filosofía –pero también de la práctica- política a incorporar la pluralidad social? ¿Dónde se origina esta verdadera coacción a repetir que continuamente la impulsa a incorporar aquello que, sin embargo, sordamente resiste?" Pregunto yo ¿Cuál es, en última instancia, la acuciante necesidad de la pregunta por lo común? Hasta aquí he llegado. Hasta aquí he llegado yo. Pero me despido con palabras de Nancy (que pueden ser palabras de cualquier otro): "No podemos sino ir más lejos".
Javier Schargorodsky
(UBA)
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