"La mayor parte del pensar consciente de un filósofo
está guiada de modo secreto por sus instintos
y es forzada por estos a discurrir por determinados carriles.
También detrás de toda lógica
y de su aparente soberanía de movimientos
se encuentran valoraciones o, hablando con mayor claridad,
exigencias fisiológicas orientadas a conservar
una determinada especie de vida"
Friedrich Nietzsche, Más allá del Bien y del Mal.
Postular que todo filósofo es un hombre, que tiene una vida y que por lo tanto come, trabaja, estudia y/o enseña, se ríe, y se vincula de mil formas diferentes con su realidad y la sociedad en la que está inmerso parece, en principio, una estupidez, una afirmación con tan poca sofisticación que empezar un texto con ella obliga a todas estas torpes aclaraciones. Y sin embargo, es esta mismísima obviedad la que sistemáticamente es negada, omitida, expulsada y conjurada de mil y una formas distintas en nuestra carrera. Es esto lo que no parece comprenderse, o lo que sencillamente no quiere pensarse. Y es que pensar esto implica no sólo una manera distinta de estudiar y hacer filosofía -una que está muy lejos de todas nuestras prácticas académicas actuales- sino que obliga a cuestionar todas las implicancias sociales del quehacer filosófico que pretenden perpetuarse en un lugar de no-reflexión, de reproducción silenciosa e incontestable.
Encontré la primera negación de la vida en la carrera en mis primeras cursadas (Filosofía Antigua, Lógica) y se ahora que es algo que se produce en cualquier materia, en casi todas las aulas. Es el borramiento constante de la historia. Aceptar la humanidad de todo filósofo implica -como primer movimiento- pensarlo como parte de una determinada época, de una determinada sociedad, llevando un determinado modo de vida, con determinados intereses sociales, necesidades, contradicciones. Es, concretamente, aceptar sus determinaciones como hombre. Y es, al mismo tiempo, afirmar la historicidad de cualquier producción filosófica, su vinculación con la vida y con la sociedad que le dio origen.
Evidentemente, esto es bastante más que situar una determinada concepción en tal siglo y en tal país. Es aceptar lo irreductible de la experiencia histórica, relacionar las concepciones metafísicas y las distintas formas de pensar el mundo con los problemas concretos –puntuales, materiales, mundanos y algunas veces casi pueriles- que atravesaron a cada época, a cada filósofo y a sus relaciones sociales.
Feuerbach sostiene que el hombre es lo que come. En la "Introducción a la filosofía de la praxis" Gramsci extiende la afirmación y dice que el hombre es su vestido, es su vivienda, es su familia. El hombre es su modo particular de reproducirse. Y así, en toda producción o pensamiento humano, detrás de las pretensiones de soberanía de cualquier filosofía, existen –en palabras de Nietzsche- valoraciones, exigencias sociales (e incluso fisiológicas) orientadas a conservar o combatir una determinada forma de vida. Desvincular a la filosofía de las condiciones en las que es producida es negar entonces que es producida por hombres - históricos, materiales, impuros y determinados-.
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