I.
En el país de la
Revolución
y de la
Ilustración, de la República y las Luces,
vienen sucediéndose en el tiempo dos
polémicas interrelacionadas entre sí, en un
diálogo
que, si bien no exento de improperios e imprecaciones, ha tenido
la virtud de dejar ver el panorama intelectual y el posicionamiento
que los escritores, pensadores e intelectuales
han tenido que adoptar frente a los acontecimientos del presente.
Lo que intentaremos a continuación es mostrar ese
panorama, describir el trazado de las trincheras y barricadas
intelectuales reconstruyendo el entorno de una derecha
(neoliberal) y una izquierda (plural) que no por desdibujadas y
difusas dejan de poder
apreciarse en momentos y temas de actualidad enormemente
candentes y problemáticos.
Cierto que ya no es la época del intelectual comprometido y que hoy invocan a Albert Camus tanto unos como otros, identificándose cada cual con el pensador francés y teniendo al contrario bien por dogmático o bien por un ser carente de racionalidad. Y es que el problema de autoconcebirse como el bien y la democracia provoca que no pueda haber diálogo, ya que el bien y la democracia no tiene nada que hablar con el mal y el fascismo, sino que, paradójicamente, el bien y la democracia han de dedicarse a exterminar el mal y el fascismo, erradicándolo de la faz de la tierra. De ahí lo peligroso de autoconcebirse como el único lugar de la Razón, el Bien y la Verdad, como si entre el subcomandante Marcos y Baltasar Garzón hubiese de establecerse una división maniquea y separar en un lado la verdad y en el otro la mentira, en un lado el bien y en el otro el mal. Cierto que el maniqueísmo es muy económico, pero no atiende a las razones del contrario y por eso no acierta a contestar ni a contra- argumentar, sino sólo a descalificar. El maniqueísmo no se hace cargo de la complejidad de los problemas a los que se quiere hacer frente y no acepta que pueda haber un interlocutor, pero al final no es más que la andanada superficial con la que los mass media economizan el esfuerzo de reflexión que hace falta en cada caso y con la que los intelectuales ceden a la propaganda deslegitimadora sin cumplir realmente su papel, que no es otro que dar cuenta de las verdaderas razones de los otros, sin caricaturizarlas ni desvirtuarlas.
Desde el affaire Dreyfus en el que los medios de
comunicación y las fuerzas de la derecha y de la
izquierda se aglutinaron en dos bandos, quizá el
fenómeno no se había producido con tanta nitidez
como en estos momentos. En ese entonces, el final del siglo XIX y
el comienzo del XX, las izquierdas, con Zola y el diario
L'Aurore a la cabeza, se volcaron en la defensa de la
inocencia del oficial judeo-francés, en una época
en la que las derechas y el antisemitismo
preludiaban lo que sería luego la colaboración y
Vichy, acusando a los dreyfusistas de "revisionistas", ya que
pedían la revisión del juicio en el que se
condenó al oficial, falsamente, por haber supuestamente
espiado para Alemania. Una
época que, para mayor complejidad, coincide
cronológicamente con el surgimiento de la doctrina
sionista. Desde entonces hasta hoy en día, las fuerzas han
cambiado de manos y hoy tenemos, a diferencia de en la
época de Zola, a un Estado de
Israel muy
poderoso enfrentado en un conflicto de
medio siglo con los habitantes de una tierra que han
colonizado y con sus vecinos.
Ya Sartre (1) se
mostraría dubitativo, pese a condenar todos los
imperialismos, en este caso, en el caso del Estado de Israel, en
el que una Francia
acomplejada por su colaboración con el genocidio nazi y
por haber tenido escasos resistentes, al igual que las
demás potencias europeas y los EEUU, aprobaría y
facilitaría la fundación de un Estado judío
en Palestina.
Ahora, finalizando el siglo XX y comenzando el XXI, las fuerzas
intelectuales y los mass media se han dividido de manera
contraria a como lo hicieron un siglo atrás, mediando
la Segunda Guerra
Mundial, la Guerra
Fría y la caída del muro de
Berlín entre tanto.
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