(...) Y en esta insistencia se nos ofrece una filosofía,
tal y como la proponía Alberdi,
si no ya de nuestra industria y riqueza, sí de nuestra política.
Leopoldo Zea
A lo largo de la obra, reafirma tanto su condición de argentino cuanto
su origen tucumano sin que por ello no se permita ver y explicar el mundo en
lo abierto de la consideración humana desde una vertiente americanista
proclive a la consideración del otro desde la asunción de una
responsabilidad personal y colectiva, a todas luces ineludible (extremo que
es dable constartar, por ejemplo, en La luz y la oscuridad, Pág. 213).
Prosiguiendo nuestro estudio, hallamos en El país imaginario (Pág.
27), cómo deja en claro lo último, al advertir que el hombre sigue
estando en el centro de toda ilusión geográfica, pero es una figura
excluida, una vez que toda ilusión geográfica, toda demarcación
del hombre, basada en el expansionismo de su pretendida propiedad ?otro nombre
del etnocentrismo de quien lo promueve-, que no se asiente en una construcción
histórica coherente y consensuada con los otros, puede ser, a no dudar,
patética.
Si bien, no por ello excluye -todo lo contrario, reafirma- su propia pertenencia a una tierra y a su gente, desde el llamado ?Jardín de la Patria?, esa ciudad de Tucumán que visitáramos en nuestra temprana adolescencia y que, además de su gente, hospitalaria, y de su tierra, plena de paisajes y aromas envolventes, traza una profunda huella americanista de la mano de prohombres como, por ejemplo, el constructor cívico Juan Bautista Alberdi.
Así lo atestigua en diversos pasajes, pudiendo citar, por ejemplo, La
sangre menemista (Pág. 159), como, y especialmente, Tucumán arde
(Pág. 219) donde establece cuánta disparidad hubo y hay a lo largo
de la historia entre el norte argentino, que comprende a Tucumán, con
la pampa húmeda, a saber, y en particular, la propia Buenos Aires, sin
que por ello desconozca, e incluso denuncie fuertemente, las miserias también
presentes en algunas figuras, o debiera decir: figurones, incluso de su tierra
natal; recordando las peripecias de un siniestro capitoste lugareño cuyo
nombre mancharía esta salutación al espíritu libre del
hombre pero que Martínez, una y otra vez, denuncia, marca y demuestra
como claro ejemplo de lo que no debe progresar en la persona humana. Y lo hace
con brillantez no exenta de compromiso que, en este momento, agosto de 2005,
lo tiene por tribunales al denunciarlo tal sujeto en una extrema forma de debilidad
al no poder contraponer con nuestro pensador razones ética e históricamente
valederas.
O incluso, cuando en Un país sin guettos (Pág. 245), además
de recordar que la Argentina se fundó como un acto de fe en el hombre,
para lo cual ofrece una admirable frase del propio Alberdi (La riqueza no reside
en el suelo ni en el clima. El territorio de la riqueza es el hombre mismo)
denuncia los actos de segregación, a los que denomina, con razón,
las semillas de una barbarie que se asientan entre las gentes y van empobreciéndolas,
al enquistarse hasta producir una irrealidad que luego deviene en la no aceptación
ni comprensión, digámoslo, de la propia realidad que les ?nos-
rodea.
No quiero dejar de mencionar, en esta síntesis de lo que a historia y
geografía, refiere la obra estudiada, marca, Tomás Eloy Martínez,
con acento, cual es la marca, dolorosa y aun abierta que deja la pobreza en
la propia cultura de los pueblos.
Así, en el magistral ensayo Una civilización de la barbarie (Pág.
57), al que volveremos más adelante, nos dice que esta misma ?pobreza
ha engendrado también una provincianización de la cultura? (Pág,
73) Y agrega: ?Al anestesiar durante décadas la sensibilidad cultural
del país, los regímenes militares produjeron también un
raro proceso de aislamiento mental? (Pág. 74).
Nuestra América Latina, tantas veces negada, incluso en la pertenencia
de los nuestros, desde sus orígenes, a la misma; algo que se puede percibir
en países como el Uruguay y la Argentina, lugares que, convengamos que
antes más que ahora, creían ciertas personas que éramos
la ?Europa trasplantada?, negando ? que en sí es renegar- tanto la historia
como el propio origen, marcado, por ejemplo, en la sangre de nuestros pueblos.
Hablo de nuestra condición amerindia. Hoy, se sabe, fehaciente y científicamente
que, por ejemplo, la Argentina, como presumiblemente también el Uruguay
-recordando la prédica del pedagogo y pensador uruguayo Amílcar
Vasconcellos-, tiene en su gente, la presencia de un 60 por ciento de antecedentes
indígenas, comprobado desde la técnica de la ?genética
de poblaciones?
La libertad es la condición ontológica de la ética.
Pero la ética es la forma reflexiva que adopta la libertad.
Michel Foucault
Todo hombre que se precie de ser libre, y esto un periodista debiera saberlo
bien, debe estar al descampado para poder denunciar, con propiedad moral, sobre
la obsecuencia de unos y la prepotencia de otros.
Cuando en el citado ensayo Una civilización de la barbarie, Martínez
manifiesta que a la salida de la última dictadura argentina e ?instaurarse
la democracia, prosperó la idea de que toda la comunidad era inocente
porque, para sobrevivir, no tuvo otro recurso que asentir, callar y, en algunos
casos ser cómplice del régimen? (Pág.65). Denunciando luego,
la complacencia, a veces por la propia inacción, es decir, la autocensura,
desde la queda de una responsabildad inherente a la condición humana,
de algunos. Dice, así que: ?Todos los medios fueron sometidos a censura
previa. Ninguno, ni aun los más liberales, protestaron por eso ante la
Sociedad Interamericana de Prensa u otros canales establecidos para la protección
de los empresarios? (Pág. 66). Grave denuncia que lejos de perderse en
el texto, se comprende con otras manifestaciones que acrecientan a la vez que
robustecen la prédica de un hombre digno que a su vez, sufrió
persecución y debió exiliarse ante la amenaza, cierta, de muerte,
por parte de lo oscuro de aquel entonces en su país- en su caso, la AAA-,
que poco a poco seguiría propagándose, con otros signos, con otras
vestimentas, pero con igual intención necrofílica y siniestra,
por la región.
Dice, a renglón seguido, que: ?La prensa cayó en una terrible
trampa al admitir que la Junta Militar, oficialmente constituida para reprimir,
le dictara lo que debía o no debía informar a la comunidad civil.
Los voceros de la civilización aceptaron desde el principio dictámenes
que correspondían a la barbarie.?
Periodismo que, admitámoslo, da ejemplos de dignidad, como el aquí
tratado, y de genuflexión y demagogia, en otros casos, como, por ejemplo,
en aquel joven que, amparado en el esquema de gobierno de una dictadura, impartiera
discursos a los estudiantes y gremialistas presos, en la década de los
60. Hablamos, claro está, de la Argentina, en la época del tristemente
recordado Onganía, y que luego, ya mayorcito, pretendiera ser, y continúa
bregando en tal sentido, portavoz de la conciencia cuando tan solo proyecta
el sentir de la sin razón junto con la miseria del corporativismo ramplón,
tan presente, aunque duela decirlo, en nuestras sociedades.
Así, pues, cara y contracara de una acción que, como la del periodista,
dice relación del grado de dignidad que un pueblo se da a sí mismo,
toda vez que la voz de la conciencia, aquí recordada, desde una base
argumental sustentada en la experiencia, comprobada y aquilatada de un ciudadano
de nuestra América, cobra sentido y trascendencia en la vida de nuestras
gentes.
Ese hombre y esa mujer de a pie, para quienes, recordémoslo, no hay extranjeros
y sí, como suele decirse por estos lares, ?el recién llegado?.
Gentes que enseñan, desde una hospitalidad que dice de lo abierto de
su espíritu, cuán digna y hermosa puede ser la vida en tanto se
viva con altura humana en defensa del otro, del diferente, comprendiéndolo
en nuestra circunstancia de vida.
Esa gente, tantas veces denostada, esos que unos llaman ?oscuritos? y vaya uno
a saber cuántos motes más emplean para denostarlos, olvidándose,
a su vez, de cuán mestiza es la tan ansiada Europa.
Esos, hombres y esas mujeres que, en verdad, y desde la lacerante realidad de
sus vidas cotidianas son quienes demuestran que la ética es posible.
Porque en tanto haya voluntad de dar y escuchar, las miserias de nuestra condición
humana irán perdiendo lugar y sustancia donde cobijarse.
(...) La esperanza que atribuyo al testigo moral es más bien sobria:
la esperanza en que, en otro lugar y en otro tiempo,
existirá una comunidad moral que prestará oídos a su testimonio.
Avishai Margalit
?No somos inocentes?, manifiesta Tomás Eloy Martínez en el artículo
Por una país sin guettos (Pág. 245), en una cuestión que,
de una u otra forma, está presente en toda la obra siendo ésta,
entonces, la de una conciencia que pide ser escuchada.
Así y en ese mismo escrito, alega que ?la Argentina lleva sobre las espaldas
una larga historia de espantos antisemitas que no está de más
evocar? Previo a esto, refiriéndose al atentado perpetrado a la AMIA,
aun hoy sin esclarecer, afirma que: ?Hay entre nosotros una larga historia de
silencios, una tenaz resignación ante fatalidades inaceptables que desembocan,
como ya nos ha sucedido, en dictaduras de pesadilla o en atentados abominables?.
Pero dice más y, entiéndaseme, mejor, puesto que si bien tal atentado
fue horrible, inexcusable y mayúsculo, es, también y especialmente,
consecuencia de una larga cadena de manifestaciones racistas que, como denuncia
Martínez, ?además de esclarecer el inmenso crimen del 18 de julio
de 1994, hace falta esclarecer los pequeños crímenes de omisión
o los silencios de conciencia en los que incurrimos todos los días?.
Cita, a continuación, a Emmanuel Levinas, principal exponente de la filosofía
de la alteridad que, desde su obra mayor Totalidad e infinito, por ejemplo,
enseñara tanto y tan bien sobre el compromiso y la responsabilidad inherentes
a nuestra esencia humana que debe ser convalidado en las pequeñas acciones
de nuestro existir. Y lo menciona, para recordar, y recordarnos, que ?el hombre
es hombre (y no animal u oscura especie desconocida) porque tiene conciencia
de la muerte y porque no puede anular su responsabilidad por el prójimo.
Sin esa responsabilidad no somos personas. Sin esa responsabilidad no hay ser.?
A lo que, poco después, añade: ?Sobre nuestra historia reciente
pesan ya demasiadas cicatrices como para admitir otra. Una nación donde
hay sectores de la sociedad que deben vivir en ghettos para protegerse o para
salvarse, no es una nación en serio: delata un Estado impotente, una
población cómplice o insensible, una inseguridad asesina?. Sin
más, Martínez, en este como en otros pasajes de la obra aquí
tratada, expone las heces de una comunidad ?podría yo decir, por extensión,
de toda comunidad, sea esta argentina, como uruguaya o la que fuere- en busca
de una cura o, si lo prefieren, de una adecuación a condiciones de existencia
donde impere el respeto al otro, que sólo vendrá cuando nos animemos
a asumir nuestras propias e inocultables miserias. Y las superemos.
Quiero aquí recordar al filósofo Theodor Wiesengrund Adorno, con
su imperativo categórico: ?Nunca más Auschwitz?, que desde entonces
ha pasado a ser nuestro, de cada uno de nosotros. Deber y meta de toda persona
humana.
(...) Yo parto al encuentro del que soy,del que ya empieza a ser,
mi descendiente y antepasado, mi padre y mi hijo,mi desemejante.
El hombre empieza donde muere. Voy a mi nacimiento.
Octavio Paz
Pero, ¿cómo somos en verdad? Se cuestiona Tomás Eloy Martínez,
específica, pero no únicamente, en el artículo In fraganti
(Pág.371) con esta frase inicial: ?Rara vez somos ante la gente lo que
de verdad somos. Nos representamos, de modo parecido a como las ropas representan
nuestro cuerpo.?
Martínez, más adelante, menciona que por el año 1978, los
comandantes de la dictadura, ?encarcelaban a quienes traían el libreto
musical en sus valijas?, refiriéndose al musical de Broadway ?Evita?,
en un artículo escrito en el año 1996, ?y que, desde entonces,
el temor no se ha disipado. Ni siquiera ante sí mismos los hombres son
lo que son?, reflexiona el pensador argentino. ?Tienen las profundidades llenas
de pensamientos que nunca se atreverán a expresar, de ideas que quisieran
llevar adelante pero dejan para otro día, de historias que hubieran querido
vivir y no supieron.?
Atreverse. Ni más ni menos, un desafío para toda persona que pretenda
llevar una existencia digna y plena de sentido.
En El próximo tren se ha ido (Pág.393), narra la historia de una
familia y sus vicisitudes, afincados en un asentamiento, el hombre con su mujer
y sus dos hijos, historia que fuera divulgada en la revista The Atlantic ?quiero
mencionar que tal artículo fue escrito en un inglés erudito y
claro- y que mereciera toda una investigación posterior, habida cuenta
del interés de los lectores a la par que el descreimiento que la narración
no fuera producto de su imaginación . Historia ésta que es un
ejemplo más, en una época tan tumultuosa como la de la hiperinflación
en la Argentina, de la desesperanza que se instala en el ser humano cuando se
ve, sistemáticamente, despojado de todo atisbo tanto de realización
cuanto de respeto y consideración.
No es en las tablas de la fórmula, no es en las ceremonias del rito,
Ni en la letra del programa, ni en la tela de la bandera, ni en las piedras
del templo, ni en los preceptos de la cátedra, donde la idea está
viva y da su flor y su fruto. Vive, florece y fructifica la idea, realiza la
fuerza y virtud que tiene en sí, desempeña su ley, llega a su
término y se transforma y da de sí nuevas ideas, mientras se nutre
en la profundidad de la conciencia individual; expuesta, como la nave lo está
al golpe de las olas, a los embates de la vida interior de cada uno: libremente
entregada a las operaciones de nuestro entendimiento, a los hervores de nuestro
corazón, a los filos de nuestra experiencia; como entretejida e identificada
con la viva urdimbre del alma.
José Enrique Rodó
En suma, ya próximo al final de esta pretendida síntesis de una
obra que, indudablemente, debe merecer la atención serena de todo aquel
que esté interesado por la cuestión de la dignidad humana, incursionaré
en unos pocos ejemplos más de tal testimonio de vida.
Dice Tomás Eloy Martínez en Los nuevos mesías (Pág.
203) que: ?Siempre a la especie humana le ha costado mucho admitir que también
adentro, en la propia familia, puede estar el infierno?. Algo que, si nos atrevemos
-vuelta a conjugar un verbo esencial- habremos de hallar, ciertamente, en nuestra
personal como colectiva circunstancia de vida.
Y añade, poco después: ?Estamos rodeados de falsos mesías
y no los vemos. Como no los vemos, no sabemos cómo defendernos de sus
agresiones fanáticas y ciegas. ¿Qué quiere un mesías? En
última instancia, lo único que quiere es sentir su poder?. Y en
nosotros está, en mí como en usted, el precavernos de estos agoreros
de lo oscuro. Y el modo más certero de hacerlo es, una vez más
sea dicho, el asumir nuestra propia responsabilidad en el concierto de esta
vida que no admite dar vuelta la cara ni menos aun silenciar nuestra conciencia,
toda vez que nos permitamos, en el ejercicio permanente de un diálogo
enriquecedor que se produce en nuestra interioridad entre conciencia psicológica
y conciencia moral, es decir, entre el intelecto y el discernimiento, ser personas
y no tan solo, bípedos sin criterio humano.
Luego, nuestro pensador, se cuestiona y responde hacia el final del artículo
Diálogo de sordos (Pág. 251): ?¿Para qué sirve un intelectual
ahora, entonces, en medio de tanto páramo??, pregunta, en un contexto
como el de la Argentina de 1997, y la caída ostensible y alarmante en
el nivel de lectura, habida cuenta de la ?discusión frívola? impuesta,
en los hechos, por el ex presidente Carlos Menem.
A lo que responde: ?Sirve de mucho. Sirve para que los argentinos?, si ustedes
prefieren coloquen aquí sus respectivas nacionalidades o, quizá,
coloquemos todos juntos: los americanos del Sur ?como nos llamara aquel hombre
preclaro, llamado José Gervasio Artigas, que supo atisbar la Patria Grande,
desde su concepción en aquella hora en la génesis de nuestros
pueblos.
A lo que añade: ?sigamos pensándonos como proyecto, como utopía,
como comunidad que puede construirse y organizarse aun a espaldas del poder,
contra la ceguera y la sordera del poder.? Y, por favor, prestemos especial
atención a esta frase: ?Aunque nadie oiga, el deber del intelectual es
pensar y hablar. Para hablar hace falta valor, y para tener valor hace falta
tener valores. En todas las sociedades, la función del intelectual es
navegar contra la corriente, cantar cuatro verdades y seguir siendo incorruptible
e insumiso cuando a su alrededor todos callan, se someten y se corrompen. Parecería
poco y, sin embargo, en estos tiempos es casi todo lo que necesitamos.?
Terminaré con una cita que encierra una denuncia aun no merecedora de
justicia, de reparación como de escarmiento, en los ámbitos que
la democracia y las instituciones dan a tales efectos. Hablo de aquellos que,
acurrucados en una caseta de madera, vistiendo hábito, hicieron de conciencia,
lavando la inmundicia, a quienes vejaron, toruraron, corrompieron y asesinaron,
también sistemáticamente, pero desde el Estado, prepotente pero
practicando la tan temida ?Razón de Estado?, aduciendo una supuesta representatividad
divina como de los otros en sus diversos lugares y posiciones que actuaron cobarde
y vilmente en contra del otro.
Vayamos, pues, nuevamente a Una civilización de la barbarie donde afirma
que: ?
Desde que el Mal fue instalado en los dos extremos del espectro ideológico,
todo lo que estaba en el medio ?o se situaba en el medio- contó con la
absolución y el olvido de la comunidad. Así como en 1976 el vicario
castrense decidió que la guerra del Estado contra los sospechosos de
subversión era una guerra santa y que tanto los campos de concentración
como los tormentos inquisitoriales eran justos, así también el
sector dominante de la comunidad (incluyendo el peronismo tradicional, el ala
tecnocrática del gobierno e incluyendo, sobre todo, la prensa acomodaticia
y los intelectuales ávidos de remuneración estatal y de prestigio)
estableció que la hora del olvido y de la convivencia en paz había
llegado. Que los cómplices del terror de ayer no tenían por qué
desocupar las tribunas en la televión, las columnas de los diarios o
las cátedras universitarias, y que los revoltosos radicalizados de ayer
podían también regresar. (...) La voz de orden es negar el pasado
para que haya futuro. No es así, sin embargo. Lo que se vive es sólo
un paréntesis de conciliación, cuyo único valor perdurable
es la democracia. Lo demás son ruinas: morales, económicas, políticas,
sindicales.? (Pág.77)
Finalmente, afirmo que no está en mí el ir en contra ni de uno
ni de dos o todos los credos religiosos, como así también a diferentes
organizaciones sociales y políticas, ni tampoco advertir que sólo
impera el Mal sobre la faz de la Tierra. Pero, ciertamente, concédanme,
como debe concedérsele a este Maestro del Periodismo, este testigo moral
y pensador, latinoamericano, que es Tomás Eloy Martínez, que la
denuncia de nuestras miserias que son también las de los otros, como
las arriba descritas, están hoy y estarán mañana en nuestra
hoja de ruta.
Porque al fin y al cabo, somos tan solo americanos del Sur que buscamos, desde
nuestra faena del pensar, con llaneza y sin grandilocuencia, junto al resto
de nuestras gentes, con sus creencias, entre las que también hallamos
al sincretismo como a otras manifestaciones de lo trascendente en el hombre,
a la par que sus naturales y merecidas aspiraciones a una vida digna junto con
la de los otros, sus semejantes, la aspiración primera que nos motiva
a ejercer nuestro rol de testigos de nuestro tiempo. Y, igualmente, hacedores
de nuestro presente activo. Junto con el otro. Siempre.
Héctor Valle
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