Si algo distingue a la literatura infantil de cualquier
otro hecho o fenómeno cultural es su carácter de legítima,
auténtica y natural, razón por la cual es muy difícil hacerla.
Y en este aspecto no hay nada más opuesto a su ser que la historia que
han vivido nuestros pueblos en los cuatros largos siglos, desde la época
de la conquista hasta nuestros días.
América es producto de un estupro o violación de la mujer y madre
indígena. El hijo es un niño que no se encuentra ni en su madre
ni en su padre, pues es consciente que es producto de un acto de fuerza y agresión,
de una acción de dominio y conquista, de un acto ilegítimo, no
de hallazgo ni de amor; de allí que él se rebele al padre y entre
en soledad con la madre, que es la humillada y la vencida.
Los aventureros de la conquista para apoderarse de las tierras que recién
conocían y avasallar a sus moradores, y ejercer así dominación
sobre las culturas madres, se valieron de la violencia como después de
la falsedad y la incomunicación, de todo aquello que es contrario a la
legitimidad y al amor a fin de imperar en estas tierras para ellos vírgenes.
Y nada más adverso, antinómico y opuesto a la literatura infantil
que esa situación.
El proceso histórico de América Latina en la época de la
conquista y luego en lo que se ha dado en denominar Colonia, tiene el estigma
de la ilegitimidad en la apropiación de la tierra, del gobierno y del
poder, e igual de la mujer y su progenie; ilegitimidad en lo más auténticamente
humano cual es la capacidad de continuidad biológica de la especie, por
no hablar del aspecto sensorial, sensitivo, anímico, moral y espiritual
que se hizo sobre la base de un acto brutal, de exterminio. Y de la violación
sexual nacía paradójicamente algo nuevo pero conturbado desde
la raíz.
Las naciones americanas tiene como sustento en la
mayoría de casos un acto sexual forzado, no de acogida sino de expulsión,
no de encuentro sino de sanción, pugna y contracción. La mujer
se esconde así misma y el hombre evacua su simiente en un útero
conflictivamente insensible. Y nace el hijo, pero en estado de soledad. Es un
hijo distinto, de padre ajeno para la mujer indígena, y en cuya faz el
conquistador no se reconoce porque es el efecto de una batalla; en realidad,
un cupo de guerra que no se sabe si le pagan o él paga, en este caso,
porque después hubo reclamos de herencias.
De allí que, al final, el meollo de la literatura infantil devenga en
un problema de identidad. Y ese es nuestro vacío, esa es nuestra quiebra,
ese es nuestro lado herido. De allí que han habido cuatro siglos de sentirnos
desamparados e inermes para hacer literatura infantil, que supone entronque
con una raíz, afiliación a una casa, acto de fe en una firme y
vigorosa identidad, la misma que aquí nunca existió.
Por eso no hubo literatura infantil en el nuevo continente durante varios siglos,
precisamente cuando en Europa había una eclosión de encuentro
con sus raíces y se volvían los ojos a la cultura popular, a los
cuentos folclóricos, a los relatos de hogar. Por eso no es literatura
infantil de América Latina aquella que divierte, entretiene o engolosina;
por eso aquí el problema de la literatura infantil no es que guste, cause
placer o delirio; por eso aquí no puede ser literatura la truculencia,
la magia y hechicería, sino la que subvierte, duele y hiere.
De allí que en América Latina, que lo imitaba todo de Europa curiosamente
no se producía literatura infantil, porque aquí no había
hogar, no había casa; lo que acontecía era todo lo que negaba
o destruía la noción de casa. Lo que había era el cuartel
militar, la mina, el obraje o la reducción catequética.
El hecho que evidencia todo esto es que se destruía todo lo que era fe
popular, religión, nativa, dimensión trascendente de las poblaciones
vencidas, a través de los destructores de idolatrías que patentizaban
este acto genocida en lo que es más sagrado, en aquello en lo cual una
persona cree. Mucho más es en lo que una comunidad, grupo humano y una
cultura, tan desarrollada como fue la civilización incaica, creía;
aún más cuando a partir de dichas creencias ha logrado obras portentosas
y tener una organización y unos valores que causan asombro.
Hay, de otro lado, una visión aparentemente
idílica pero en el fondo falsa y engañosa respecto a las nuevas
tierras desde la óptica europea y desde donde partiera la aventura expansionista,
que se sintetiza en el embeleso de que ella es el Nuevo Mundo, denominando con
este eufemismo a los parajes recién descubiertos. Un universo en donde
sitúan, imaginan lo posible y hasta ven concretada la utopía que
habían soñado durante toda la Edad Media.
Mundo Nuevo que remite necesariamente a infancia renovada y distinta, hecho
que no fue así, porque Europa con la conquista no hizo el mínimo
esfuerzo, ni siquiera el intento ni el gesto –y sólo acuñó
el nombre palpitante de una indefensa utopía– de crear o idear aquí
al hombre nuevo. Al contrario, el hombre nuevo, el hijo, es el que surge de
un acto de rebeldía, en contra y a pesar del padre.
Y fue así porque el conquistador europeo no vino con una creatividad
sincera de hacerse nuevo o hacer algo distinto en las tierras por ellos recién
descubiertas. Eso sí, quería lavar sus culpas; ciertamente, quería
limpiar su impureza y redimir sus pecados, que eran muchos y graves: la codicia,
el embuste, las guerras consuetudinarias y fratricidas. Quería enjuagar
las manchas de su perversión en un nuevo arroyo, limpiar sus culpas con
un nuevo ciento; en tierra primigenia, en fuego impoluto y restallante; pero
no para ser distintos, sino para paliar su mala conciencia, siendo iguales en
sus mezquindades, infamias e infiernos.
Si algún signo bueno y hasta trascendental caracteriza el descubrimiento
y conquista de América, de parte del europeo, no es sino el sentimiento
de culpabilidad, de pecado, y de titubeante esperanza de redención. Pero,
todo aquello no fue suficiente. Y pronto, se dieron cuenta que volvieron a obrar
mal, con violencia, con rapiña, avasallando gentes y pueblos. Y no les
quedó otra cosa que ocultarse a sí mismos y denostar del vencido.
Trasplantaron aquí lo mismo de lo cual venían huyendo, que los
perseguía y acosaba. Y ellos, a la vez, sin ser conscientes, o sin suponerlo,
iban también tras de esos vicios: acicateados por su vanidad, como por
sus ansias de poder y riquezas.
Pronto se dieron cuenta que no solo habían obrado igual sino peor, porque
al final ganó la ambición, la usura y, sobre todo, la perfidia.
Y el atisbo de paraíso de oro, que fue un breve resplandor y un señuelo,
lo canjearon por el brillo del oro que hacía fulgurar sus ojos de codicia.
Él se convirtió en tentación, en nueva culpabilidad y en
vicio. Aquí, el europeo volvió a perder sus caminos, a fallar,
a sucumbir ante los metales, a apoderarse de los frutos de la tierra y no saber
qué hacer con los frutos de los vientres de las madres indígenas.
De allí que, para tener literatura infantil
en los diferentes países de América Latina, hemos tenido que realizar
un acto ceremonial de antropofagia en una dimensión ritual: devorarnos
al padre dominante, padre autoridad, negador del ser y de la identidad que violó
y violentó a la mujer indígena.
Para modular una voz propia que recién se plasma cuando se hace literatura
infantil, hemos tenido que realizar un acto de muerte y resurrección
de nuestra propia raíz cultural paterna; ha tenido que haber un parricidio;
hemos tenido que afirmar y erigir un ser sobre el cadáver del padre;
hemos tenido que apropiarnos de su lengua y arrebatarle su voz.
Por eso es que lo más sintomático que existe en el ámbito
de la clase intelectual en nuestros países, y en nuestro continente,
es la no aceptación de cómo el ciudadano de la península
ibérica maneja el español, pareciéndonos que no ejercen
bien el don del lenguaje, rechazando la actitud que asumen ante la palabra.
Incluso esta impresión se extiende a los estratos populares en donde
es curioso que exista la opinión que el español no habla bien,
que lo hacen sin propiedad, que lo estropean. Sentimos que así que es
más nuestro idioma que el de ellos. Y que hasta son toscos y falsos hablando.
Es que le hemos arrebatado el habla, nos hemos comido su voz, le hemos devorado
el lenguaje, haciéndolo nuestro, obligándole a que él diga
lo que nosotros queremos que diga, imprimiéndole nuestra faz y nuestro
dolor; de allí que sean los más grandes escritores nuestros aquellos
que desconstruyeron el castellano para erigir otra manera de decir las cosas,
rompiendo todos los cánones, en una dimensión imprevisible, como
es el caso de César Vallejo y José María Arguedas.
Por eso es revelador el hecho de que la mejor literatura en lengua castellana
ahora no la hagan los españoles, y más bien la urdan aquellos
contestatarios a dicho dominio, es decir, que ella esté hecha más
bien por escritores que hunden sus raíces y afirman su identidad, fusionándola
con los pueblos y culturas autóctonas de la América indígena.
Ahora bien, todo eso ocurrió en el pasado,
pero situémonos en el presente y formulémonos algunas preguntas,
aunque ellas sean incómodas, como las siguientes: ¿De qué sirve
la literatura infantil en la situación actual en que viven nuestros países?
¿De qué sirve que se lean cientos o miles de libros? ¿Qué sentido
tiene que la gente lea si no tiene arroz, trigo o pan sobre la mesa?
Franca y urgentemente: ¿de qué sirve la literatura infantil en una realidad
en que el niño no toma desayuno, en donde la mitad de la población
infantil son hijos de uniones irregulares de parejas y en donde una tercera
parte de la población infantil vive miseria crítica? ¿De qué
sirve la literatura infantil, en suma, en un país del tercer mundo?
O bien, ¿Qué alternativas nos alcanza la literatura infantil frente al
gran sentimiento de inseguridad que nos embarga ahora con respecto a nuestra
realidad, a nuestro destino y a nuestros hijos? ¿Qué hacemos dedicados
a este campo, en una situación en la cual, a veces, nos reprochamos ser
irresponsables con nuestras familias por seguir aún en países
donde la vida peligra día a día, donde ella es algo que se aleja,
se distancia y desaparece en el vacío?
Enfocar así el asunto no es estar saliéndonos del tema, sino recién
entrando en él. Porque si el motivo que hoy nos ocupa no puede velar
por lo esencial del niño, lo cual es su vida, entonces debiéramos
acabar con este tema o asunto; porque si la literatura infantil sólo
es recreación, deliquio, ambrosía de palabras o sentidos sutiles
con los cuales se complace el buen gusto, entonces –y considerando las condiciones
en que vivimos– no vale realmente la pena seguir preocupándonos por ella.
Felizmente, ésta no es la verdadera situación,
porque la literatura infantil nos asegura existencia, nos fija una ubicación
en el mundo, nos dona sentido para vivir; porque nos da identidad, relación
despierta y consciente con el hermano, impulso y capacidad de ver muy claro
el pasado, el hoy en su devenir y el futuro promisorio.
El valor más importante de su desarrollo en nuestras sociedades es el
hecho concreto de que ella puede hacer mucho por cambiar la condición
de vida del hombre y en una realidad adversa, como es aquella que sufren actualmente
nuestros pueblos, porque ella nos da nobleza, altruismo y sentido de lo heroico,
porque la literatura infantil muestra la vida en sus niveles más esenciales
y la palabra escrita al recrear con fervor el mundo y los personajes presenta
modelos y caracteres tan diversos e intensos, que pueden servir para que un
lector los conozca, asuma y combata.
No es casual, por ejemplo, que el primer libro que ha hablado del Perú
de manera intensa y verdadera y haya ayudado a cambiarlo sea "El mundo
es Ancho y Ajeno", extensamente leído por jóvenes y hasta
niños. Y, posteriormente, toda la novelística peruana del siglo
pasado siguió ese rumbo. Ninguna ciencia u otra actividad práctica
nos acercó y enseñó tanto o lo suficiente acerca de nosotros
mismos como fue esa y otras obras literarias. Pero es más, nos urgió
a superar los problemas lacerantes de entonces
Reconociendo, por eso, su importancia, es necesario impulsar entonces su desarrollo,
visualizando que tres grandes áreas o espacios comprometan el quehacer
de la literatura infantil: a) cultura, b) educación y c) comunicación.
Y planteamos esto porque interesa ordenar aquí los campos de acción
y ver qué relaciones, áreas específicas y complementaciones
se derivan de este enfoque.
La literatura en general, y la literatura infantil en particular, hace consciente
al ser humano acerca de su realidad, como persona y como ente social, porque
lo confronta con distintas experiencias y opciones que se han dado a través
de la historia. Nos enseña acerca de la vida, pero con profundidad y
belleza. ¿Qué realidad profunda no toca la literatura infantil? Todas
las esencias y hondas verdades.
Y, ¿qué es más universal que la infancia? De allí que postule
que la literatura infantil es la literatura universal, no de un grupo, una edad
o etapa de la vida humana, sino de todas las edades, o de la edad de la infancia
que es la edad del mundo, porque todos los días el mundo es nuevo, amanece
y está la aurora.
Instituto del Libro y la Lectura del Perú
25 Encuentro nacional de literatura infantil y juvenil de la APLIJ 1 al 5 de agosto, 2006
Ponencia de
Danilo Sánchez Lihón
danilo_sanchezlihon1[arroba]hotmail.com
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