… que las distintas sociedades en que se estructura el mundo occidental constituyen
en la actualidad el frente más avanzado de la civilización, es
una conclusión que resulta prácticamente indestructible.
Ello es fehacientemente obvio si reparamos en cuestiones tales como: el nivel
tecnológico alcanzado, la marcada tendencia a asumir los dictados de
la razón como instrumentos de primer orden para la resolución
de conflictos, el naciente sentido de cooperación para llevar a buen
puerto cometidos y empresas colectivos, los valores primordiales en que aquéllos
se asientan, ya justicia, ya pluralidad e igualdad, ya solidaridad, los cuales
dan nacimiento y solidez al sistema no ya sólo democrático sino
mayormente y también republicano, sin prescindir en ningún caso
de la amplia y universal defensa de los Derechos Humanos, etc, etc.
Desde tiempos antiguos – y con notoriedad desde el Período Helénico
– de una u otra forma el desarrollo del intelecto no ha tenido tregua en el
mundo occidental, pues ha pesar de las "edades oscuras" fue no obstante
capaz de reconcentrarse para sobrevivir en pequeños reductos y emerger
pujante con la llegada del Renacimiento y la Ilustración después,
e imposible de ignorar en las últimas décadas, plenas de éxitos
científicos, de logros en todas las orillas y apartados del saber. El
progreso científico y material, por tanto, ha sido enorme. Este progreso
ciertamente nos ha removido, nos ha arrancado de la postración en que
nos había sumido la primera mitad del siglo XX y ha logrado insertar
en nuestra concepción de vida el hecho incuestionable de la celeridad
y la posibilidad, dotándonos de un impulso de naturaleza mental que viene
a proporcionar sin duda confianza y licitud en un trabajo mundano arduo, riguroso,
organizado. A escala mundial, tal es hoy Occidente en este exclusivo aspecto.
Más ¡… ay! Ello, naturalmente, no es todo.
"No he venido a traer la paz, sino la espada", anunció el mismo
Cristo, anticipando así lo que habría de venir a este mundo occidental
cuando invocara su nombre y asumiese su defensa. Por lo que, si observamos y
meditamos acerca de cómo se ha pergeñado y consolidado aquel,
pero ya actual, devenir occidental, posiblemente pudiéramos convenir
en que, tras tanto dolor y sangre derramada no solo por meras guerras colonialistas,
por derechos hereditarios o de pura y dura conquista, sino por guerras de religión
también, el conjunto occidental ha conseguido adentrar en su conciencia
una reflexión consciente y madura acerca de que era preciso separar con
nitidez Estado e Iglesia o iglesias, a la vez que hilvanando una suerte de tratados
con métodos civiles y civilizados de diálogo que permitieran preservar
la paz y la concordia, la digna convivencia en suma.
Todo cuanto sustenta lo anterior, y como entraña de nuestro "manifiesto"
debemos señalar no obstante, de forma netamente marcada, dos cuestiones
de naturaleza sustancial: Así, a) En algunos sistemas de Yoga se pide
que el yogui se siente en determinadas posiciones a fin de que ciertas corrientes
cósmicas, mediante un sistema de respiración, puedan influir en
su cuerpo de una manera concreta, es decir, produciendo los resultados previstos.
Pero, si eso es así para un hindú, por ejemplo, sería en
cambio y por demás inútil para un europeo, dado que éste,
debido a su forma de vida, se mostrará completamente insensible para
con las corrientes aludidas. Y es que, siendo los modos de vida tan diferentes,
como asimismo los sistemas de pensamiento seguidos, obvio debe ser que la sensibilización
de los vehículos de los occidentales y los orientales sea en consecuencia
en extremo diferente. En coherencia con ello, resultaría, pues, inútil
para nosotros adoptar unos métodos, dado que no responden a lo que en
verdad necesitamos para la unión entre el Yo Superior y el Inferior,
meta perseguida de naturaleza eminentemente espiritual. En las Enseñanzas
occidentales los resultados espirituales, pues, en ningún caso se consiguen
mediante ejercicios físicos. Tampoco debe pasársenos por alto
resaltar en este punto el hecho de que, lo que realmente acontece en un occidental,
bajo el impulso de las corrientes citadas, propiciadas por aquellas posturas
de asiento y los consiguientes métodos de respiración, es que,
en los occidentales, conduce a que los átomos prismáticos del
cuerpo vital sometan a los núcleos de los átomos del cuerpo a
tan alta vibración (excitación) que, de hecho, y en algunos casos,
logran sacar el cuerpo vital fuera del cuerpo denso, por lo que el afectado
probablemente irá andando bajo una sensación a como si flotase
y absolutamente descompensado, o, cuando no, dando lugar a problemas de percepción
y conexión entre ambos vehículos con resultado de locura en no
pocos de los casos estudiados; b) Todas las escuelas de ocultismo del mundo
se dividen en siete porque ese el número en que los Espíritus
Virginales se segregan como tales Rayos de Vida, por lo que cada escuela u orden
pertenece necesariamente a uno de tales Rayos, del mismo modo a como que sucede
con cada individuo aisladamente considerado. De aquí que, cualquier persona
que busque instrucción al amparo de un Rayo que no sea el suyo, no podrá
alcanzar beneficio espiritual alguno, pues no podrá haber armonía
entre los instrumentos que se utilizan y los vehículos a que se aplican.
Y, desde luego, no olvidemos que tanto la Naturaleza como directamente los Guías
de la Humanidad tienen siempre a nuestra mano aquello que en cada momento necesitamos
para nuestro progreso y desarrollo.
Por tanto, todo Occidente, en términos comúnmente aceptados, si
bien es depositario de un ethos concisamente espiritual, producto de un sufrimiento
largo y sin cuento, también es cierto que en general optó por
acogerse y reposar en su momento en los principios aligerantes y amorosos del
Cristo, y este es un momento muy oportuno para hacer constar sin reservas que
los rosacruces no creen en el azar.
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