Aclaración previa
Decimos "urgente", sobre todo, porque para la construcción
inteligente y eficiente tanto de la vida de cada individuo como de las mismas
sociedades civiles, y en consecuencia para la evolución equilibrada del
mundo, se requiere tener conocimiento acerca de lo que ocurre en esa otra realidad
oculta que, por otro lado, es la realidad en que se desenvuelven las causas,
la que tiene lugar tras el velo de lo "real", es decir, en el lado
invisible en que se desarrolla la vida sintiente, a nuestro alcance ordinario.
Alberga, pues, una gran importancia saber que por el mero hecho de que acaezca
la muerte de una persona, ésta no sólo no desaparece ni ha de
cambiar por ello de temperamento, ni tampoco sus fobias o empatías, sino
que, una vez apartada del cuerpo denso, se encontrará ahora más
libre, más viva, y mentalmente con mayor claridad para definir y concretar
sus ideas.
Así, por ejemplo, si una persona profesase odio profundo hacia otra y
falleciese, el grado de odio con que partió volverá a renacer
con ella en su nueva encarnación y hacia la misma persona, salvo la influencia
que en conciencia haya podido causar tal vez su paso por el Purgatorio. De aquí
que convenga y sea sumamente instructivo comprender esta realidad subyacente,
a fin de que podamos prever, conectar e hilvanar debidamente en cada momento,
ya hechos colectivos de naturaleza histórica en sí (recordemos
el historicismo de Dilthey) ya meramente personales, aunque, tal vez por ello,
más difíciles de aquilatar en éstos respecto al desarrollo
y concordancia diarios de la casuística.
Por lo mismo debemos insistir en que, al igual que la marcha del sol sobre la
Tierra tiene lugar virtualmente para nosotros en dirección Este-Oeste,
del mismo modo ocurre no sólo con la ola espiritual y su consiguiente
de naturaleza económica, sino que también, y en general, los sucesivos
renacimientos de los seres humanos se producen aproximadamente cada 1.077 años
siguiendo, en general, similar orientación.
Acerca del suicidio y la eutanasia
Ante el hecho de un suicidio cualquiera, pensar que dicho acto entraña
o requiere de un gran valor, es algo comúnmente muy admitido, por lo
que con harta frecuencia el suicida es trasladado así, desde aquel anatema
religioso y tradicional, por el que desde un punto de vista amplio su comportamiento
era rechazado sin más, a otro muy diferente hoy en el que, por el contrario,
parecería verse al suicida en posesión de "un porqué
suficiente de naturaleza civil" y, desde luego, superior a aquella otra
e implícita condena primera de procedencia sin duda clerical.
De lo que se sabe y es aceptado por el vulgo con cierta naturalidad acerca del
suicidio - bien porque los suicidas suelen dejar escritos al efecto, bien porque
se conozcan previamente y de forma oral motivos que pudieran hacer o interesar
respecto al hecho en sí - es que el suicida, en cualquier caso, ha debido
disponer de valor suficiente para poner fin a su propia vida. Es verdad que
existen muchos y muy diversos análisis y estudios acerca de ello en los
que no se echa desde luego en olvido la posibilidad de que el suicida pudiera
encontrase en pleno trastorno mental, o bajo algún tipo de ansiedad incontenible
y con fortísima perturbación emocional, etc, etc, es decir, es
decir, atenazado por un estado tal que probablemente pudiéramos señalarlo
como de gran confusión y desorden del ser. Sin más.
De cualquier manera, y planteando el suceso sin remilgos para la platea y en
toda su crudeza, hemos de decir que por lo común, el suicidio deviene
porque en la vida del suicida, de ordinario, se dan una o varias circunstancias
simultáneas que le producen y dañan tanto, tal es la frustración
o sufrimiento que le provoca la situación, que, en el grado que en que
se diere el discernimiento que tuviere, prefiere optar en todo caso por la línea
de menor resistencia a fin de eludir el agobio a que su alma se encuentra sometida.
Por tanto, con el suicidio, el individuo suicida cree lograr evadirse, apartarse,
desechar de sí aquel tormento, aquella zozobra que tiene consigo y que
no le hace imposible vivir dentro de la normalidad o paz anheladas. Poco le
importará seguramente que ello pueda resultar justo o injusto a la luz
de sus propios actos, porque el dolor o sufrimiento constituyen en ese momento
el elemento principal y absolutamente decisorio de su actitud. Digamos también
que, en el suicida, previamente al hecho en sí, y en buena parte de casos,
la salida a semejante encrucijada, aun si existiera, no es vista por él,
pues todo suele presentársele internamente mediante una amalgama o borrón
mental-emocional cuya carga, por otro lado, probablemente estime injusta y desde
luego insoportable. Por ello acaba con su vida en este mundo en la creencia,
la mayor parte de las veces, de que se liberará de semejante e injusto
rigor. Sólo debe tener valor.
Otro caso no muy raro en la actualidad, y que no pocos grupos tratan de imbuir
a sus respectivas sociedades, enseñoreándose a sí mismos
de la cualidad del progresismo, consiste en manifestar que, en determinadas
condiciones físicas o mentales "la vida no merece ser vivida",
poniendo por ende sobre la mesa el vidrioso, confuso y espinoso tema de la eutanasia..
Fijémonos bien, porque tal frase encierra un grado de totalitarismo y
hedonismo tan alto, que no sólo cierra el paso a cualquier calificación
subjetiva del individuo afectado en cuanto que atenta a su derecho a vivir una
vida no llena de goce o placer, sino otra, si bien coherente con su modo de
comprender o de creer acerca de la divinidad o del mundo. En todo caso, bien
podría conducir a una disposición arbitraria y totalitaria sobre
la vida de los ancianos y desvalidos, tal cual tuvo ya lugar, desgraciadamente,
en nuestra cruel y reciente historia.
Sin embargo, y advertidos ya de algún mal latente, desde el punto de
vista oculto las cosas se presentan de forma muy diferente, y, ello, por lo
que sigue:
En la Región del Pensamiento Concreto, todos y cada uno de nosotros disponemos
de un arquetipo, el cual ha sido conformado previamente a renacer por nosotros
mismos ayudados por las Jerarquías Creadoras; el arquetipo consiste en
un "espacio vacío" que mantiene un movimiento vibratorio y
sonante cuya virtualidad consiste en atraer materia física hacia él,
haciendo al mismo tiempo que los átomos del cuerpo físico vibren
en consonancia con un diminuto átomo – el átomo simiente – que
se encuentra situado muy cerca del ápice, en el corazón. Es en
el arquetipo - el cual insistimos que se encuentra en la Región del Pensamiento
Concreto, es decir, en el Segundo Cielo - donde radica la virtualidad y duración
prevista y definida de la vida de cada cual. Al ocurrir el término normal
de la misma, corresponde a que el arquetipo ha dejado de vibrar, se detiene,
se para por así decirlo, y no hay ninguna otra consecuencia. Pero no
es el caso para el suicida, puesto que su arquetipo va a seguir vibrando ininterrumpidamente
hasta que hubiese tenido término normal la vida terrestre que de éñ
depende. Más o menos, al arquetipo podríamos compararlo a un sónar
que enviase ondas electromagnéticas constantemente sin encontrar objeto
sobre que chocar ni por tanto provocar retorno alguno. Peor aún, pues
habiéndose llevado el suicida consigo el átomo del cuerpo denso,
al no disponer de él y continuar vibrando el arquetipo sin posibilidad
para aglutinar materia densa, aquél, el Ego del suicida siente una sensación
como de hambre y sed permanentes y a la vez de vaciedad, puesto que las ondas
vibratorias arquetípicas persisten resonando sin encontrar la percusión
requerida con la consiguiente reunión de material físico que el
átomo simiente reclama y reclama, pero que no puede colmar. El suicida,
por tanto, sufre lo indecible porque el cuerpo denso ya no amortigua dolor alguno,
y debe permanecer en este estado hasta que el tiempo normal programado en su
arquetipo termine y cese éste en la vibración que debía
mantenerle vivo durante toda su encarnación.
Vemos, pues, que bajo la Ley de Causa y Efecto, eludir las clases de la vida
produce un dolor ineludible e indirimible, además de constatar de que
nada de cuanto hagamos infringiendo las normas ha de quedar impune.
Abundando aún más en aquello que rodea al suicida en los mundos
invisibles, podemos añadir sin duda algunas consideraciones más.
Así - y sobre todo por lo que hace a los suicidas en etapa de juventud
– y dado que se ha roto el cordón de plata antes del tiempo previsto,
los vehículos superiores (cuerpo de deseos y cuerpo mental) no pueden
ascender a sus respectivos mundos, motivo por el que rondará incesantemente
por los lugares en que a diario vivía, deseará tal vez comer y
beber aquello que solía sin poder lograrlo, de ahí aquella hambre
proverbial que anteriormente señalábamos. En forma similar, tanto
los efluvios del cuerpo muerto como los éteres inferiores tenderán
a adherirse a los vehículos superiores, los que con tal adherencia se
convertirán en extremadamente sensuales, con posibilidad de enfangarse
de tal modo que bien pudiera resultar prácticamente difícil de
explicar. En el otro extremo, si el Ego del suicida hubiese sido y fuese de
modales exquisitos, el medio ambiente en el que va a encontrarse contrastará
brutalmente con sus hábitos, dado que tendrá que habérselas
con un ambiente de sensualidad y bestialismo. Hay quien ha comparado el dolor
del suicida al de un dolor intensísimo de muelas, casi crujiente, pero
con la particularidad de que el suicida lo sentirá extendido por todo
su ser en lugar de hallarlo cobijado exclusivamente en su parte dental.
De aquí que, amén de cuanto hemos indicado ya, en la próxima
encarnación el suicida sentirá un terrible miedo a morir; a tanto
puede llegar en algunos de ellos, que en cuanto les acontece la muerte, y sin
aceptar que no deben seguir viviendo, en ese momento no les importa obsesionar
a la persona más cercana si ello fuese posible, e incluso penetrar en
el cuerpo de algún animal que encontrasen a mano, por lo que deberán
padecer por tanto los correspondientes rigores que la vida de dicho animal pudiera
implicar en la realidad y ello así hasta que también le advenga
la muerte.
Existen dos métodos para ayudar al suicida: Uno tiene lugar en la noche,
durante el sueño, hablándole y diciéndole directamente
al afectado la verdad, que ha cometido un error y que lo más aconsejable
es que sufra con paciencia semejante estado – procurando no agravarlo – hasta
que al arquetipo cese de vibrar en su debido tiempo. El segundo, o primero,
según los casos, consiste en la oración en y por sí misma,
pues la oración, al hacer de guía, puede conseguir que el estado
mental del suicida cambie y de este modo logre progresar espiritualmente y adquirir
mejor ánimo y la consiguiente paciencia.
En definitiva, debemos tener en cuenta que el suicida no sólo intenta
romper y rompe las reglas de juego establecidas en la vida y para la vida sin
que por ello logre escapar al dolor y sufrimiento, sino que además, si
nos detuviéramos a analizar las cosas, tal vez conviniéramos en
que el mayor valor que en multitud de ocasiones se requiere es aquel con que
se hace frente a los crudos avatares de la vida, sean cuales fueren. Porque
la menor resistencia es, pues, la pretensión o intento de huida, lo que
el suicidio realmente es, aparte de que, en algún otro momento de alguna
otra encarnación posterior, ha de encontrarse de nuevo con situaciones
semejantes - o aún más difíciles - de las que, con el suicidio,
con anterioridad ha pretendido huir.
Y ya, y por consecuencias comunes o concurrentes con las del suicidio, es por
lo que desde el punto de vista oculto tampoco podemos recomendar la eutanasia
pura y dura o sin más, es decir, aquella muerte que se dicta como consecuencia
de un acto volitivo, propio o extraño, en cualquier momento en el decurso
de una vida.
Lo que las Enseñanzas de la Sabiduría Occidental sostienen al
respecto es que, en estado constatadamente terminal, es verdaderamente desalmado
y provocador administrar a un enfermo agonizante fármacos o someterlo
a instrumentos que lo que realmente consiguen no es otra cosa que forzar a los
vehículos superiores del paciente - ciertamente en aquella fase – a una
y otra vez regresar y entrar en su cuerpo denso, del mismo modo a como si se
produjese un alud con el consiguiente y descomunal choque, hecho que conlleva
por tanto inevitable dolor y sufrimiento. Porque en modo alguno hay tortura
o dolor al pasar al más allá en el trance de la muerte; por el
contrario, lo que en verdad tortura y produce serios inconvenientes anímicos
al ser que se encuentra en tal estado es - cual queda observado - obligarle
a volver al cuerpo para continuar en un estado cierto de sinsabor y sufrimiento.
En estos casos la "muerte digna" deberá consistir en "un
no hacer que equivalga a que el proceso de desenlace aquí en la Tierra
y su paso al otro lado tenga lugar sin provocar sufrimiento y angustia innecesarios",
pues terrenalmente todo está acabado, ya no habrá lugar a nuevas
experiencias de vida que aportar al crecimiento del alma. Los cuidados paliativos,
en cuanto en sí entrañen de ayuda y confortación del moribundo,
deberán prestarse siempre, pero siempre con y dentro de aquel límite
racional, humano y amoroso. En estos días, la sentencia del juez Mark
Hedley sobre la niña Charlotte Wyatt parece estar en consonancia con
lo que acabamos de sostener.
De aquí que, en función de lo advertido, la deducción sea
fácil por demás. La frase tan a menudo pronunciada por miembros
que pertenecen a grupos sociales que persiguen incluso de buena fe la liberación
del dolor y el sufrimiento de las personas, - dado que también oímos
que "una vida así no es digna de ser vivida", en clara referencia
a existencia definidas o existencias en distintos grados de dificultad – si
no se acota debidamente, excede con mucho las consideraciones que más
arriba acabamos de exponer. Porque es absolutamente cierto que "lo que
sembramos es lo que recogemos", y esta justicia retributiva es exacta,
imperecedera y, por tanto inexorable, bien en esta o en cualquier otra vida
posterior. Ello es expresión y consecuencia de las dos grandes y complementarias
leyes que rigen el Universo: Ley de Causa y ley de Consecuencia. Sin ellas,
combinadas entre sí, no habría lecciones que aprender ni progreso
alguno que realizar. De aquí que, si tomásemos, por ejemplo, el
supuesto de que "liberásemos" o "ayudásemos a liberarse"
a algún anciano o inválido de cuerpo por medio de la muerte, deberíamos
tener presente que el ahora "liberado" de forma abrupta, en su próximo
renacimiento y de forma inequívoca volverá a encontrarse con el
mismo inconveniente y presumiblemente agravado - pues habrá intentado
huir de la lección que le imponía aprender sobre una anterior
siembra por medio de la correspondiente y personal cosecha -, y que, asimismo,
el cooperante necesario, obvio es decirlo, sembrará también una
deuda personal de destino al interferir en un proceso estable y sin acceso inminente
a la muerte, proceso que, por otro lado, tienen bien delimitado y perfectísimamente
controlado para cada uno de nosotros los Ángeles Archiveros o Señores
del Destino. Ellos dan a todos y a cada uno lo que en cada momento es requerido
para nuestro adelanto.
La resultante respecto a la Eutanasia es que, mientras no conozcamos y contemplemos
con realismo espiritual las correspondientes necesidades del hombre, es probable
que se cometan de forma alevosa atropellos sin cuento. Aunque más debido
a la ignorancia de la verdad que a otra cosa, el egoísmo y el placer
desatado en las sociedades civiles desde hace trescientos años no deben
condicionar en ningún caso, sin embargo, un rasero tan ramplón
y exiguo de lo que el hombre en sí es. Por tanto, las frases tan manidas
por traídas y llevadas tales como "una vida así no es digna
de ser vivida", y "por una muerte digna", no sólo requieren
ser desechadas en sí mismas sin contemplación alguna, ya que cualquier
estipulación que pretenda acortar el curso de la vida - sagrada en extremo
- requerirá conocimiento debido de lo que acontece tanto en el mundo
material como en el invisible, pues en ambos mundos es y tiene su haber el hombre.
De aquí lo que antecede, pues así sabemos y defendemos que es,
y sin ningún temor, para el mayor bien, así lo exponemos.
De la incineración y embalsamamiento del cuerpo
Probablemente no haya forma más rápida ni acaso más limpia
de hacer desaparecer el cuerpo denso que sirviéndonos de la incineración.
Se trata de un medio que se está imponiendo muy rápidamente a
la tradicional inhumación en todo Occidente, hecho por el cual, y urgentemente,
deseamos señalar lo tocante a qué es lo que ocurre en la parte
espiritual del ser humano cuando la incineración no es practicada de
acuerdo con las Enseñanzas de los Misterios del Mundo Occidental.
Y decimos urgente, porque de ordinario, a través de los medios de comunicación
solemos enteramos de que fulanito y manganito han sido incinerados dentro de
las rigurosas veinticuatro horas de haberse producido el desenlace, motivo por
el que uno desearía que antes de llevarse a cabo esta práctica,
cada cual supiese qué implica incinerar al fallecido antes del plazo
de tres días y medios posteriores al hecho de la muerte.
Y es que el ser humano no muere tan pronto como suele ser certificado por los
médicos forenses, dado que el cordón de plata sigue intacto en
tanto el Ego permanezca revisando su recién terminada vida, acto que
lleva a efecto de sus últimos actos hacia atrás, es decir, comenzando
por el último acontecimiento y terminando por el de su nacimiento e incluso
en el de su misma entrada en el claustro materno, efectuada la concepción.
Es un trabajo delicadísimo el que efectúa mientras grava en el
Cuerpo de Deseos aquellas imágenes de hechos, actos y medio ambiente
reinante ha ido recogiendo - cual cámara fotográfica de sensibilidad
y alcance inimaginables - el éter del cuerpo vital a lo largo de toda
la vida, mediante el aire que se inspira y se lleva a los pulmones, donde dichas
imágenes son transferidas y absorbidas por la sangre, la cual, a su vez,
y a su paso por el corazón, las graba o deposita de manera indeleble
en el átomo simiente, que como bien es sabido por todo ocultista, contiene
el registro completo y pormenorizado de todos los momentos de todas nuestras
vidas a lo largo de nuestra existencia. De no existir perturbación, tal
grabación desde el cuerpo vital al de deseos durará de acuerdo
con el vigor y fortaleza que ostente el propio cuerpo vital para mantener despierto
al individuo. La citada grabación en el Cuerpo de Deseos resulta de extraordinaria
importancia para el Ego que se va, pues ella va a ser el soporte – fidedigno
o no – de que el Ego va a hacer uso en el nuevo mundo al que accede, el Purgatorio,
para hacer la primera parte de la cosecha de su vida, pues de nuevo, de los
últimos episodios hacia atrás, recapitulará desde la muerte
al nacimiento todos y cada uno de los actos en que, dentro de los cuatro reinos,
causó dolor o sufrimiento a alguien o a algo, percibiendo y sintiendo
el daño causado en su propio ser de forma intensificada (en el mundo
celeste se triplica la intensidad y celeridad a estos efectos) de modo que,
encontrando primero los efectos, el Ego pueda descubrir con facilidad las causa
o causas que los produjeron. De esta forma, lógica por demás,
le ayudará no sólo a obtener comprensión de los actos examinados
con la consiguiente experiencia que acumulará, sino que en la próxima
encarnación, y una vez torne a encontrarse con alguna situación
similar a las ya purgadas, el dolor padecido le hablará a través
de su conciencia y le contendrá para no causar mal similar a nada ni
a nadie.
Una vez haya traspasado las tres regiones que comprende el lugar purgatorial,
el Ego asciende al Primer Cielo. Se compone éste de las tres regiones
superiores del Mundo del Deseo, siendo la cuarta, la región denominada
"Fronteriza", a la que son llevadas las almas una vez traspasado el
velo, y en la que permanecen antes de ascender al Segundo Cielo. Aquí
estarán las almas estrictamente cumplidoras de las leyes y el orden social
establecidos, las que no han sido "ni calientes ni frías" y
que, por tanto, padecen una mortal monotonía porque no fueron capaces
de "dar algo de sí mismas a los demás" en ningún
tiempo ni en ninguna oportunidad, pues el amor del cielo - gozo en la alegría
- exige superar lo meramente establecido por las convenciones sociales y la
ley.
El Primer Cielo es un lugar donde, por el contrario al Purgatorio, el Ego ha
de revisar de nuevo y como siempre, de atrás hacia delante, los actos
de su vida; pero si en el aquél lo que hizo fue revisar el daño
efectuado, lo que ahora va a hacer es examinar lo bueno que haya hecho, es decir,
va a percibir y sentir también intensamente tanto la alegría que
ha causado a otros como la gratitud que él ha sentido hacia los demás
por el bien o la alegría que le hayan causado, por lo que estos sentimientos
entrarán a formar parte de su conciencia para dar lugar a la virtud,
los que le llamarán e incitarán a hacer el bien en las próximas
encarnaciones cuando retorne a la escuela de la vida.
Por tanto, y en conclusión, si lo extraído del purgatorio es la
voz de alarma para evitar en lo sucesivo el mal, lo extraído en el Primer
Cielo va a ser la voz de la intuición que internamente va a aconsejar
al Ego con el fin de que haga el bien. Con su misión respectiva, ésta
es la constitución y construcción progresiva de la conciencia
dentro de la Teoría del Renacimiento con sus leyes fundamentales, la
de Causa y Efecto. "Se recoge, pues, lo que se siembra".
Pero volvamos al tema trascendental de la incineración y de lo que, como
decíamos, entraña llevarla a cabo en tiempo debido o, por el contrario,
fuera de él. Suponiendo que en estos momentos decisivos, de grabación
de cada acto de vida, haya en el entorno del moribundo silencio, de procederse
a la incineración en el plazo actualmente vigente en numerosos países
(en España, por ejemplo, es de veinticuatro horas) el fuego hará
que se rompa el cordón de plata y los recuerdos grabados alcanzarán
únicamente una parte – tal vez muy pequeña de la vida que acaba.
Consecuencia: el Ego recién pasado al otro lado no podrá obtener
los beneficios de creación y acumulación de conciencia ni, por
tanto, de aprovechar su última estancia en la Tierra para progresar en
la evolución. Una desgracia, un verdadero desastre para el que acaba
de morir.
Algo similar, si no idéntico, ocurre cuando alrededor del que va a fallecer
hay tumultos o griterío, ruidos, explosiones, alteraciones del silencio
que el que se va requiere para su labor de grabar los acontecimientos de su
vida: aún sin culpa, pérdida de los frutos que hubiera cosechado
de haber accedido a la muerte en un estado, si no de respeto, sí al menos
de silencio. Hacer las cuentas propias y rendirlas ante su conciencia y la divinidad
es el tributo más grande que un ser evolucionante puede hacer por sí
mismo. De ellas, de estas cuentas, va a depender su progreso o retardación
en la evolución, de ellas su pronto pase a otros mejores estados de renacimiento
con mejores y provechosas vidas.
Sin embargo, en un estado de lógica y asistido por la gracia divina,
no sería muy justo que alguien, debido a impedimentos ajenos y externos,
fuese retardado en su evolución o fuese ésta detenida. Por tanto,
quienes custodian el orden, la justicia y demás instrumentos que conducen
el mundo, han tenido a bien lo siguiente: una vez ocurrido el óbito y
pasado el fallecido al otro lado, entre los dos y veinte años siguientes,
se hace que el Ego nazca, haciéndosele morir en su edad infantil. Como
nada de lo que no ha nacido es susceptible de morir (el cuerpo vital nace a
los siete años, el de deseos a los catorce y el mental a los veintiuno)
el Ego del niño va directamente al Primer Cielo. Aquí, en clases
específicas, en las que se reúne a los colegiales por carácter
y no por edad, le serán enseñadas aquellas experiencias que dejó
de asimilar de haber habido en su entorno un ambiente propicio para el repaso
y grabación correspondiente de los actos de su vida. Estos egos nacen
generalmente bien dentro de la misma familia, bien en una familia próxima;
rara vez, aunque también, lejos, en otro país. De esta forma,
viene a restituirse aquel bien perdido, si bien ello requiere el interregno
de la muerte prematura, que siempre supone un hecho doloroso (el de la entrada
del espíritu dentro de sus vehículos, sobre todo del denso) con
una pequeña demora y el gasto de energía que ello implica.
Tras el análisis de los hechos incineratorios, la consecuencia no debiera
ser más contundente: no a la incineración, en ningún caso,
antes de pasados tres días y medio de ocurrido el deceso.
Algo semejante podemos señalar respecto del embalsamamiento, costumbre
por demás tan habitual en otros lugares, pero que no es menos perjudicial
para el desarrollo del alma por las intensas molestias (angustia y sufrimiento)
que ocasionan al Ego tanto por los pinchazos que absolutamente el Ego ve y percibe,
porque de ordinario aún está vivo, como por el frío y el
calor espantosos a que son sometidos órganos y vísceras del fallecido
a efectos de la conservación.
A pesar de que estos escritos comprendidos en este Manifiesto hacen afirmaciones
fuera del alcance probatorio normal, insistimos en que no por eso dejan de referir
la verdad. Habrá muchos que, lejos aún del poder de comprobación,
intuyan que las cosas deben o pueden ser así, tal vez que son así.
Humildemente, el autor pide a los lectores que lean dejando reflexionar sus
almas, porque algo de estas verdades, puede asegurarles, les está tocando.
De otro modo, quiera Dios que la relación lógica-intuición,
pueda pasar el vado que todos nosotros intentamos cruzar de la forma más
provechosa.
De la aplicación de la pena capital
Es de vital importancia e interés para todo el género humano
que la pena de muerte quede definitivamente abolida en todos los países.
Es verdad que durante los últimos tiempos no sólo la han suprimido
una serie de ellos de sus códigos de represión penal, es verdad
asimismo que algunas autoridades norteamericanas han reflexionado y suspendido,
siquiera transitoriamente, su aplicación, y es verdad también
que de forma muy acentuada, y hasta a veces de forma clamorosa, gran parte de
la Humanidad exige que privar de la vida desde el estamento estatal de su país
o de cualquier país, sea considerado un acto deleznable y abyecto que
debe ser absolutamente erradicado, que debe ser sustituido en el peor de los
casos por el de prisión perpetua.
Recordemos que el progreso del mundo no se basa en el exterminio, el apartamiento
y reclusión, sino en la ayuda, la cooperación, la reinserción
y la convivencia, y este postulado sirve absolutamente tanto a niveles individuales
y grupos reducidos como tocante al concierto internacional más amplio,
donde nadie sobra y todos pertenecen.
Porque, aparte de que nadie, y ello ya sea individual o colectivamente, tiene
derecho a privar a un semejante de la propia vida porque ninguno de ellos se
la dio – ni siquiera sus propios padres, quienes si es cierto que colaboran
lo hacen únicamente dando vía y constitución a la forma
– hemos de alertar sin ningún reparo, dada la magnitud del problema,
de los peligros y riesgos en que incurre la Humanidad cuando, uno tras otro,
a los criminales, de forma legal, va privándoseles de la vida. Y, naturalmente,
no decimos bajo ningún aspecto que un criminal muerto por alguien que
no corresponda al Estado no sea un acontecimiento deplorable y peligroso. Nada
más lejos. Aparte de desechar que constituya un acto de venganza, el
Estado suele refugiarse en que hay que librar a la sociedad del criminal y darle
seguridad, cuestión que alcanzaría con apartarle meramente. El
hecho es que existen muchísimas personas que poniendo en manos del Estado
la responsabilidad de la muerte de alguien, del cual se afirma previamente que
constituye un enemigo - y puede ser que en realidad y temporalmente lo sea -
creen liberar sin embargo sus conciencias individuales diluyendo su parte en
aquélla otra abstracta de más alta dignidad, la del Estado, al
que, en su calidad de representante común, entregan en la práctica
la "razón" del ejecutante-verdugo, pero encontrándose
por tanto a salvo.. Pero el hecho real es que el Estado mata así de forma
sibilina y sin que apenas el resto de los ciudadanos logren enterarse o lo perciban,
si bien, y en lo esencial, es que a un ser humano se le ha dado muerte por encargo
de todos.
De cualquier manera, antes de pasar a poner en evidencia lo que realmente ocurre
una vez muerto el reo, es elemental que insistamos en preguntarnos acerca de
quiénes son los delincuentes en general y quiénes son los criminales.
Con harta frecuencia – quizás a raíz de un hecho delictivo de
incidencia directa o colateral – oímos frases como "debieran matarlo
como él hizo", "por mí que se pudra en la cárcel",
"que no salga en la vida", "el que a hierro mata…" y otras
que vienen a poner bien a las claras no ya el olvido de que el delincuente convicto,
en cuanto que ser humano, es susceptible de ser ayudado, rehabilitado y devuelto
mental y moralmente diferente a la sociedad a la que pertenece y con capacidad
para insertarse con garantías suficientes de convivencia sana y útil,
sino que, el pensamiento mayoritario oscila teniendo la altura de la pena como
única medida a tener en cuenta respecto al preso.
Sin embargo, qué lejos y a buen recaudo deberíamos poner tales
mentalidades si en verdad deseáramos y quisiéramos "darnos"
a nosotros mismos un trato no vejatorio ni humillante, pues debiera comprenderse
que a la mayoría de los encarcelados no es a un lugar carcelario adonde
debiéramos enviarles, sino a instituciones en las que de forma real pudieran
ser ayudados, que quiere decir enseñados, curados, restablecidos, mirados,
acompañados, etc.
El tratamiento, por tanto, a dar a quien tropieza en la vida no debe consistir
en ningún caso para vilipendiarlo o tacharlo para siempre como un apestado
de los viejos tiempos; antes bien, quien tropieza es uno de nosotros, o nuestro
hijo, o nuestro hermano, o un padre, o una madre…
Si el equivocado fuese uno de ellos ¿ no nos esforzaríamos para que se
levantase y pudiese retornar cuanto antes en las mejores condiciones posibles
y continuar con nosotros ?
Por tanto, la noción y concepto que tengamos dentro de nuestra alma,
será la vasija de medir para enfocar el tema respecto a cuál deba
ser el objeto de una sentencia judicial y su pena: privar de libertad a rajatabla
o ayudar. Esa es la cuestión.
Por fin, volviendo a lo que prometimos, queremos significar que, cuando se ha
ejecutado a un criminal (alguien que fuese tal vez capaz de vanagloriarse en
y con el mal) bajo la creencia de que definitivamente se ha librado de él
a la sociedad, nada más lejos de la realidad se encuentra la verdad.
Y afirmamos esto porque al provocarle la muerte, ésta lo deja libre en
el Mundo del Deseo y por tanto con libertad total y absoluta para entrar y salir
donde quiera, acercarse a unos u otros, sugerirles, atosigarles, inducirlos
en consecuencia mediante pensamientos de la peor especie, los cuales van a conducir
a muchas personas "débiles" o"propicias" a provocar
típicos hechos de odio o de venganza, cuando no a cometer desastres de
inimaginable gravedad y magnitud. Un asesino o criminal, en definitiva, no viene
a ser más que una persona enferma y con determinados puntos débiles
en el carácter, tal vez falto de modos de ver y, por tanto, de comprender.
En casos ordinarios, en ningún caso debiéramos enviar a tales
personas a prisión, sino al lugar o lugares apropiados donde pueda prestársele
la ayuda humana y urgente que necesitan.
De la obsesión
En términos populares la obsesión es conocida como "posesión".
Y es de tal importancia y tan urgente comunicar con precisión en qué
consiste que, una vez sean conocidas sus delineaciones y los contextos en que
puede ponerse en evidencia, muchas personas podrán reaccionar sobre sí
mismas o en relación a seres cercanos y queridos en evitación
de su internamiento en instituciones psiquiátricas, pues tocante a lo
que vamos a denunciar hay un buen repertorio de manifestaciones efectuadas durante
los procedimientos judiciales por múltiples inculpados y reos.
Una descripción breve podría efectuarse diciendo que la obsesión
tiene lugar cuando un espíritu desencarnado toma posesión permanente
del cuerpo de alguien, habiendo sido despojado por tanto su propietario del
mismo.
Ni que decir tiene que una persona obsesionada lo es generalmente por un espíritu
de baja o muy baja moralidad, dado que los de alta moralidad no suelen obsesionar
a nadie ni despojarle de su cuerpo. Por tanto ¿ hemos de recordar cuanto ya
se dijo más arriba referente a las actividades de los criminales en el
mundo invisible ? Pues si es así, precisemos que en aquel caso el espíritu
desencarnado y acosador se encontraba fuera del cuerpo, es decir, sin tomar
posesión de los órganos vitales y de expresión, pero que
aquí, en el supuesto que estamos comentando, sí se encontraría
dentro, motivo por el que el obseso, o dueño del cuerpo, es sacado y
desplazado al Mundo del Deseo desde el que quizás, atónito, contemple
la disponibilidad de sus cuerpos físicos y vital sin posibilidad de recuperarlos
a no ser por abandono voluntario del espíritu control que los domina.
Estos espíritus que como hemos señalado son de muy baja estofa
moral, pueden llevar a cometer a su anfitrión, y de hecho así
lo hacen, los mayores desaguisados imaginables, actos por los que el obseso
ha de pagar bien ante la justicia, bien ante la sociedad o ante la familia.
Son espíritus de tan perniciosa catadura moral que el mal causado les
produce orgullo y ufanía, abandonando a las víctimas una vez han
caído presas de la ley o del descrédito social o familiar mencionados.
Hasta aquí una configuración sucinta y urgente de los hechos,
puesto que las implicaciones e interrelaciones en sí alcanzarían
supuestos y explicaciones de amplio tamaño. Tomar conciencia de cuanto
hemos dicho y tomar algunas precauciones sería, pues, lo deseable en
cuanto a enseñanza se refiere en el contexto de este libro. Así
propondremos, por ejemplo, ¿ cómo evitar ser obsesionado ? Todo aquél
que mantenga una actitud mental positiva, es decir, afirmando su personalidad
individual y propia, en ningún caso podrá serlo. En consecuencia,
piénsese en quienes acuden – incluso de buena fe y sonrientes – a alguna
sesión de carácter espiritista (ouija, escritura automática,
bola de cristal, cirios, espejos, etc.) Inmediatamente hay que señalar
que por el mero hecho de acudir a tales sesiones, ya y por esa única
circunstancia, abren sus vehículos y se predisponen a la negatividad
precisa para ser dominados por terceros a los que no pueden ver ni mucho menos
catalogar moralmente. Piénsese asimismo, en que estos espíritus
que acuden a tales sesiones suelen mentir y proceder al engaño con absoluta
normalidad, con la pretensión de que tanto el preguntante como los reunidos
crean que en realidad sabe acerca de lo preguntado o que tiene poder para realizar
determinados acciones. En conclusión, se recomienda muy seriamente la
no asistencia a reuniones o sesiones de tal naturaleza. En el mejor de los casos,
y presuntamente, los espíritus circundantes les extraerán los
éteres con que se alimentan y podrán dejarlos anémicos,
estado en el cual no se encontraban antes de asistir a una de estas convenciones
en extremo inapropiadas y peligrosas.
No obstante, no queremos dejar este asunto sin antes enunciar el modo o modos
en que, llegado el caso, se pueda disponer a fin de confirmar o no un estado
objetivo de presunta obsesión. Y es aquí donde el diagnóstico
del ojo es un medio absolutamente consistente. Dado que los ojos constituyen
las verdaderas ventanas del alma, sólo y exclusivamente el dueño
natural del cuerpo es capaz de dilatar o contraer la pupila de aquél
órgano. ¿ Cómo llevarlo a cabo ? Simplemente. A la persona, acerca
de la cual dudemos que pueda encontrarse bajo un estado de obsesión,
la introduciremos en un recinto oscuro, y, si ciertamente, estuviera bajo control
de un espíritu desencarnado, la pupila no se le expandirá. Del
mismo modo que tampoco no se contraerá si la expusiésemos a la
luz del sol, como, asimismo, tampoco se moverá al ser sometida a la lejanía
o cuando le pidamos que procure leer impresiones de un tamaño reducido.
Existe no obstante una excepción y es la siguiente: Cuando una persona
se encuentra bajo la enfermedad denominada ataxia locomotriz, la pupila, aunque
no responda a la distancia, sí deberá responder en cambio a motivaciones
luminosas. De modo que se trataría, en todo caso, de una excepción
y meramente relativa.
Del llamado "Cuerpo del Pecado"
Prevengamos acerca de que esta entidad, o cuasi entidad por así decirlo,
es exactamente de la misma clase que aquéllos de que Cristo hizo mención
cuando habló de demonios, ellos eran entonces, ciertamente, y aún
lo son, la principal causa de las muchas y cuantiosas obsesiones y enfermedades
físicas que ya entonces la Biblia citaba.
De cualquier modo, ahora, nosotros vamos a hacerlo de la siguiente forma: El
cuerpo vital (compuesto por sus cuatro éteres: químico, de vida,
luminoso y reflector) el vehículo relacionado con el Espíritu
de Vida, la verdad, la intuición, es el vehículo por donde discurren
las fuerzas de la vida, permitiéndonos además ponernos en comunicación,
en contacto con el resto del mundo. El cuerpo vital está por tanto relacionado
no sólo con la intuición, sino con la moral y la ternura. El de
la mujer, siendo de signo positivo, da esencia y fuerza a su capacidad imaginativa
así como las tendencias que manifiesta en relación con la mejora
y desarrollo moral de la Humanidad. Su participación en el quehacer del
mundo es de primera magnitud e indispensable. Entre sus innumerables funciones,
el cuerpo vital ostenta también la de construir y reconstruir el cuerpo
físico, haciendo frente constantemente al cuerpo de deseos, el cual actúa
de forma contraria, es decir, destruyéndolo y endureciéndolo.
Es por medio de este continuo choque – cuerpo vital frente a cuerpo de deseos,
cual si de una chispa eléctrica se tratara - que nace la conciencia y,
a la par que, tal cual ha quedado señalado, los tejidos van endureciéndose
dada la victoria final y a ultranza que obtendrá en su lucha el cuerpo
de deseos.
En consonancia con las funciones y cometidos más relevantes del cuerpo
vital, una vez que elevados ideales han hecho su labor durante suficiente tiempo
a través no sólo de pensamientos y sentimientos impregnados de
espiritualidad, sino mediante aplicación de obras concretas de desinteresado
servicio hacia los demás, lentamente van desvaneciéndose y disipándose
los apetitos animales e incrementándose en la misma proporción
aquellos que expresan vida, luz y poder anímico. Con ello, los éteres
más bajos, el químico y el de vida, disminuirán su presencia
a favor de los propiamente inmortales, el luminoso y reflector, los que por
otra parte, y mientras vivimos, conforman el cuerpo del alma, símbolo
por excelencia del nacimiento del Cristo interno, coraza de Dios, pote de oro,
dorado vestido de bodas, piedra filosofal o también soma psuchicon, como
lo llama San pablo, entre las denominaciones con que en el seno ocultista se
le conoce o designa a este vehículo esplendente e inmortal.
Así, pues, es un hecho contrastado que en la misma medida en que crecen
los dos éteres superiores decrecen los inferiores y que asimismo ocurre
a la inversa. Pero, sin embargo, y siendo así, al acaecer la muerte,
en los días próximos que la siguen, tiene lugar una separación
- dos a dos - de los éteres: el químico y el de vida gravitarán
sobre el cuerpo denso para descomponerse de forma simultánea, mientras
el luminoso y reflector, tal y como se ha señalado un poco más
arriba, acompañarán a los vehículos superiores para servir
de conciencia mientras el Ego va pasando a través del Purgatorio y del
Primer Cielo, hasta ser absorbido por aquél cual pábulo de fuerza
espiritual o alimento anímico.
Pero, dado que estamos tratando acerca del Cuerpo del Pecado, obviamente – y
ateniéndonos de manera simbólica y representativa de un individuo
indeterminado - estaríamos ante el crecimiento y fortalecimientos de
los dos éteres más bajos, cuestión que nos pondría
sobre la pista de alguien a quien nada importarían los asuntos del alma,
antes bien, se trataría de una naturaleza tan malvada, que el egoísmo
y una vida transcurrida entre vicios y degeneradas y brutales prácticas
en la producción de sufrimiento, serían los componentes de un
gozo constante en el mal y para el mal. Tan puede llegar a ser de este modo,
que aquellos pocos que intencionadamente acuden o en el futuro acudan a las
artes ocultas a fin de causar con plena conciencia mayores sufrimientos y tragedias,
son los denominados "magos negros" (Klingsor) cuya terrible y particular
tragedia consistirá en la pérdida por el espíritu de todos
sus vehículos, y por tanto del alma, motivo tan exageradamente extremo
y dramático (segunda muerte) que dichos espíritus, desnudos absolutamente,
en primera instancia habrán de ser expelidos necesariamente hacia la
luna para, con posterioridad, serlo hacia Saturno, puerta que conduce al Caos,
en el que deberán permanecer esperando tal vez eones y eones de tiempo
para poder acogerse a otra oleada de vida con la que poder continuar la evolución
que una vez perdieron
Aunque el individuo símbolo aquí tomado no constituyera semejante
caso extremo, sí existe un gran número de quienes se gozan en
el mal y su causación. En consecuencia, con el tiempo y sus acciones,
no sólo harán desaparecer sus éteres superiores o morales,
sino que los inferiores llegarán en consecuencia a un grado de increíble
endurecimiento. La traducción consiguiente deberá consistir en
que aquella separación de éteres que en los casos normales tenía
lugar, por manifiesta imposibilidad no se producirá, teniendo lugar,
por contra, una unión inquebrantable entre los éteres que quedan
y el cuerpo de deseos. Y como tal individuo ha debido desarrollar una vida de
actos terribles, la fortificación resultante será de una naturaleza
altamente extraordinaria. La línea de continuidad de este Ego nos hablaría
acerca de alguien que se abraza a la vida terrena con tremenda pasión,
y que tendría poder para alimentarse a base del olor que emanan de los
alimentos y los licores. Inevitablemente nos recordará a los criminales,
los cuales, decíamos, deambulaban de acá para allá en busca
de prosélitos, de espíritus débiles a quienes engatusar
sugiriéndoles prácticas similares a las que él debió
llevar a cabo durante toda su vida, pero con una diferencia sustancial: a él
nadie podrá descubrirlo, ni siquiera detenerlo la policía, ni
tampoco ser enjuiciado. Si ciertamente fuésemos capaces de tomar conciencia
de este mundo descrito y real, podríamos en verdad darnos cuenta tanto
de la gravedad del tema como del riesgo que socialmente se corre.
En tiempos pasados el egoísmo y el deseo fueron tan intensificados y
fortalecidos bajo el fin de la propia evolución que, al venir el Cristo,
apenas si tenía vida celestial la Humanidad de aquel tiempo.
Un espíritu con tal cuerpo de pecado, gravitará permanentemente
en las regiones más densas del Mundo del Deseo - las que interpenetran
el éter – y se pondrá en contacto con aquellas personas que podrán
servirle de enlace para seguir promoviendo situaciones angustiosas y de dolor.
De esta forma, por tan apegado a la tierra y al mal que pueda pergeñar,
ansiará permanecer en este status por muchísimo tiempo, por lo
que, cual ocurre en casos extremos, tal vez consiga permanecer aquí durante
siglos y siglos. A muchos de ellos se les ha visto como espectros. Recordemos,
o bien sépase, que antiguos y poderosos señores, conociendo el
poder de impregnación y magnetismo del cuerpo vital, una vez preveían
cercano el hecho de su propia muerte, ordenaban reunir en lugares determinados
sus tesoros así como los útiles de mando y de guerra más
amados por ellos, tras lo cual ordenaban matar no sólo a sus esclavos
o sirvientes próximos sino igualmente a sus caballos, a fin de ser ellos
mismos atrapados y retenidos el mayor tiempo posible tanto en el goce de sus
pertenencias y posesiones como, del mismo modo, para el caso de una nueva encarnación,
y a través de las leyes de afinidad y asociación, ser atraídos
inevitablemente hacia aquellos lugares previamente por ellos diseñados
y preparados. Para espíritus de este calibre sus intereses no se encuentran
en el plano celeste; la densidad de sus cuerpos vitales, en duro y denso armazón
con sus cuerpos de deseos, vienen a constituir un todo de difícil disolución
y con cortísima estancia ya en el primer cielo, ya en el segundo.
Pero, dado que de todos modos ha de llegar un tiempo en que este tipo de espíritus
deberán pasar por el Purgatorio y asimismo abandonarlo, en ese momento
deberán abandonar también, obviamente, el Cuerpo del Pecado, si
bien, dada la composición de éste, su desintegración será
lentísima, puesto que su "conciencia" habrá sido profundamente
fortalecida. En realidad no es que puedan razonar, puesto que naturalmente no
disponen de mente, pero pueden recurrir y recurren a la astucia como arma primordial
para hacer creer que se trata realmente de un Ego, de una presencia espiritual,
hecho éste que puede permitirles una vida individual, como hemos dicho,
durante siglos.
Sus estancia en los distintos cielos, también se ha resaltado ya, resulta
mínima, puesto que nada que pertenezca a su vida pasada puede merecer
recompensa celeste alguna. Por tanto, donde su estancia ha de ser más
duradera será en el segundo cielo, donde permanecerá el tiempo
justo para conformar para sí un nuevo ambiente en la Tierra; posteriormente,
y tras elevarse con brevedad al tercer cielo, tenderá a renacer muchísimo
antes de lo normal con el afán y ansia por aquellas cosas materiales
que dejó u otras similares que en realidad tanto le atraen e interesan.
De esta forma, y en el momento de conformar sus nuevos vehículos, el
Cuerpo del Pecado que dejó en el Mundo del Deseo como cascarón
sin desintegrarse, se sentirá atraído de forma natural por la
entidad que lo creó, se unirá al nuevo ser en la Tierra, y permanecerá
con él durante toda la vida como un demonio ( Mr. Hayde).
En los tiempos bíblicos estos cascarones sin alma abundaban enormemente,
y, como también hemos mencionado más arriba, a ellos era a quienes
se refirió Cristo Jesús cuando habló de los demonios, causantes
de numerosas obsesiones y enfermedades de entonces que en el libro sagrado se
describen.
Como derivación próxima a lo que ha quedado descrito, queremos
poner de manifiesto que en algunos casos, si un elemental (espíritu subhumano)
tomara para sí un Cuerpo del Pecado, en definitiva uno de aquellos cascarones,
agregaría a éste sus propias capacidades. Ello sería de
tal manera que, una vez que renazca el espíritu o Ego que lo creo, lo
atraería, naturalmente, pero debido a la intromisión previa del
elemental, la resultante habría de dar un personaje muy diferente a los
del resto del grupo o comunidad (Así, por ejemplo, médicos, hechiceros,
curanderos, etc.)
Otra consideración más grave que la anterior consistiría
en lo siguiente: es bastante frecuente que dichos elementales actúen
como espíritus controladores sobre el cuerpo de algunos médiums
a lo largo su la vida; pero, una vez que llegado el momento de la muerte del
médium, el espíritu controlador ha llegado a obtener tanto poder
sobre el controlado, que en realidad se permite expulsarlo y robarle sus vehículos
superiores, y dado que estos vehículos recogen las experiencias habidas
en la vida recién concluida, la evolución del Ego-médium
puede retardarse, como ya se apuntó en otro lugar, durante eones de tiempo,
dado que no parece haber poder alguno que pueda expulsar a tales elementales
de los vehículos robados. Por supuesto, una observación al respecto
habría que dirigirla mayormente hacia quienes están ejerciendo
o puedan ejercer en el futuro de mediums y que, por añadidura, permiten
o pueden permitir tomar a otro la posesión de su cuerpo, ya que, como
hemos reflejado, en el momento de su muerte pueden encontrarse con la desagradabilísima
sorpresa de no poder impedir que el alma les sea robada y su evolución
en consecuencia no sea sólo meramente retardada, sino, en sí,
realmente detenida sine die.
De los vampiros
Después de ver tantos filmes referentes a Drácula, y de rememorar
aquel momento en que Peter Cusing (pongamos por ejemplo) cogiendo una afilada
estaca y un buen martillo procedía a atravesar el corazón truculento
e infecto del hombre-vampiro ¿ cómo no haber respirado el cinéfilo
tal vez con satisfacción o con descanso ?
Sin embargo, la enorme complejidad a que está sujeto el mundo en sus
infinitas articulaciones y desarrollos, nos trae también aquí,
en calidad de algo que debe ser sabido por la generalidad, con el aserto de
que, entre una numerosísima serie de entidades malignas, efectivamente
existen los vampiros. Qué sean y en qué consistan sus actividades
o cómo sobrevivan, es de lo que en un exiguo tratado vamos a ocuparnos
seguidamente.
Hay que partir de que un vampiro en los términos aquí tratados
- es una entidad humana ya fallecida que después de la muerte consigue
"vivir" en la tierra a base de alimentarse con el cuerpo vital tanto
de personas muertas como vivas, y la sangre es una de las más altas expresiones
de aquél.
Un vampiro es desde luego siempre una entidad de naturaleza perversa que casi
con absoluta seguridad ha ido arrastrando en sucesivas vidas "cuerpos de
pecado" acumulativos o bien engrandecidos, de tal suerte que, cuando en
el mundo físico se materializa, puede vérsele con las más
estrafalarias u horrendas formas que uno pueda imaginarse, así humanas
como de animales. Recuérdese, o anotemos en todo caso, que las formas
que presentan las entidades por medio de los "cuerpos de pecado" las
expresan de ordinario a través de desmesuras, o bien de naturaleza estrambótica:
enormes y desproporcionados manos o brazos, cabezas abultadas y descuadradas,
dedos como garras, rostros monstruosos, etc. De cualquier modo, debemos remarcar
como nota muy importante que el vampiro tiene poder para revivificar la sangre
coagulada que encuentra en los cadáveres, pudiendo entrar en uno de ellos
nada más haber muerto.
Por tanto, lo que permanentemente hace el vampiro es aspirar la vitalidad de
cuantas personas son accesibles para a continuación inyectarla en la
sangre de su cadáver-casa, a fin de mantener constantemente abundante
y fresco su sustento, es decir, lo renueva de forma continua. Esta es su forma
de poder continuar en este mundo. Tan esa así que, en algún caso,
se halló que el vampiro se había comido el cuerpo por dentro,
dejando intactos tanto los huesos como la piel. O sea, había conformado
su casa-cadáver cual un auténtico cascarón.
Los vampiros – seres humanos fallecidos, no se olvide semejante detalle – tienen
la virtualidad de no incorporarse al Mundo del Deseo – es decir, al Purgatorio
– durante siglos. Seguramente muchos de los lectores hayan oído historias
de personas que, tras haberse sentado en determinando lugar o asiento, de repente
se han sentido exhaustas por completo, faltas de vitalidad… (Recordemos que
existen personas vivas que de forma inconsciente y natural vampirizan a cuantas
las rodean) Aquellas personas altamente negativas, tanto en pensamientos como
en sentimientos, suelen ser presas preferidas de los vampiros reales.
Antes de dar por terminado este brevísimo relato acerca de los vampiros,
sí queremos relativizar algunos de los acomodos que seguramente, sin
otro remedio, hubieron de ser efectuados en las películas de cine en
torno al presente tema. Así, por ejemplo, cuando veíamos al elegante
vampiro Drácula saltar por las ventanas y volar, la relación que
tiene este pasaje con la realidad es que, en la realidad, el vampiro no dispone
de cuerpo físico y por tanto visible. Ni mucho menos configuraría
un cuerpo esbelto y delicado con maravillosos smókings, trajes y capas,
puesto que sus atuendos de conformación naturales encajan con la abyección
más disoluta y las formas más animalescas y demacradas posibles.
En cuanto a la escena final, o prácticamente final, cual era aquélla
ya citada del martillo y la estaca a clavar en el corazón del abominable,
tras haber perseguido crucifijo en mano al usurpador de sangres hasta la catacumba
de uno de los castillos de Transilvania, referirles que mantiene cierta similitud
con lo que acaece en la realidad, puesto que la manera de expulsar a la entidad
de su casa-cadáver, consiste en rajar con un cuchillo el cascarón
de piel y huesos en que en definitiva se oculta y vive el vampiro. Una vez que
la sangre se derrama y cae a tierra, el vampiro muere definitivamente para este
mundo, puede decirse que es el momento en que realmente muere, dado que no tiene
otra alternativa que la de ascender al Mundo del Deseo (Purgatorio) para purgar
cruda y debidamente el mal ocasionado.
Si señalamos de forma principal que las variadísimas prácticas
tanto de vudú como de makumba son generadoras en si mismas de múltiples
cuerpos de pecado, de elementales en toda su gama, y lugares propicios para
cometer las más terroríficas fechorías a petición
de los vampiros (cual sería aspirar la sangre de la víctima a
través de la sección de una venilla a la altura del cuello, seccionada
por el oficiante) seguramente no estaríamos descubriendo nada nuevo si
estos escritos generales no fueran dirigidos a personas que aspiran a elevarse
física, moral y espiritualmente.
Del hipnotismo
En el hipnotismo, lo primero que hace el hipnotizador es preparar a su presa,
la induce a que se deje llevar, a que se haga absolutamente pasiva para que
obedezca sus órdenes; es el momento en que aquél comenzará
a trabajar sobre la cabeza del cuerpo vital de la víctima hasta lograr
descolgárselo y que le cuelgue sobre los hombros en forma de espesos
rollos alrededor del cuello.
Es a partir de ese momento cuando la conexión directa entre el Ego de
la víctima y el cuerpo denso ha dejado de existir, por lo que se encontrará
en una situación similar a la del sueño, en la que el Ego sale
fuera de su vehículo y únicamente subsiste como unión entre
ellos el cordón de plata. Sin embargo, esta es la ocasión buscada
por el hipnotizador porque precisamente es cuando llena con su propio éter
la cabeza de la víctima, medio perfecto por medio del cual adquirirá
poder total sobre ella, pues le va a permitir darle órdenes, las cuales
aquélla cumplirá sin rechistar. Por tanto, la voluntad del hipnotizador
sobre el hipnotizado se basa en una relación de imperio.
Una vez que el hipnotizador ha logrado su propósito, es decir, establecer
por una vez contacto y dominio sobre alguien, le va a permitir sostener dicho
control durante todo el tiempo que el dominante desee, sin importar la decisión
de la víctima, así como tampoco importará la distancia.
Sólo la muerte puede romper vínculo establecido.
Por tanto, no sólo lo hacemos saber, sino que lo decimos notoriamente
alto y claro a fin de que cualquier lector tome sus precauciones tocantes a
esta cuestión. Resulta verdaderamente lamentable ver a menudo, como espectáculo
de gran atracción, cómo las presuntas e inmediatamente víctimas,
suben animosas al escenario con caras sonrientes en busca tal vez de una situación
de zozobra insospechada. Es cierto, evidentemente, que lo hacen de manera voluntaria,
al menos en Occidente, pero de cualquier manera estimamos preciso lanzar un
s.o.s. escrito y general que trate de prevenir de verdaderas e ignoradas ignominias.
Consecuentemente, y de semejante manera a como lo hacíamos respecto de
reuniones espiritistas, y sobre todo de ouija, recomendamos evitar y hasta presenciar
demostraciones hipnóticas, dado que siempre existe el peligro de que
algún espíritu del bajo astral se nos adhiera y nos cause molestias
inesperadas. Por parecidos motivos tampoco es recomendable quemar incienso,
puesto que, al inhalarlo, aspiramos a un tiempo espíritus elementales
(creaciones demoníacas propias o de terceros formadas ya a base de éter,
de materia de deseos o mental), los que nos incitarán a la sensualidad
más depravada o a llevar a cabo prácticas negativas que en el
mejor de los casos retardarán sin duda nuestro desarrollo espiritual.
Como a través de lo dicho y advertido podrá observarse, existen
medios en apariencia inocuos que inevitablemente pueden conducir a la dependencia
o a la total esclavitud, por cuya apariencia resulta a veces es muy difícil
detectarlos y realmente comprender ciertas acciones de determinadas personas.
¿ Acaso no hemos leído o escuchado alguna vez a un asesino o asesina
que al tratar de justificarse manifestaba que "una voz que escuchaba dentro
de sí le ordenaba herir o matar" ?
Pensar siempre de forma positiva y sin admitir que nadie puede entrometerse
y ordenar nuestra conciencia y dominar nuestro Yo, es un buen método
para andar diariamente sin temor. Estas enseñanzas van dirigidas, no
obstante, y precisamente, a emancipar la propia voluntad frente a la de cualquier
otro y a tener confianza en sí mismo frente a toda contingencia y dificultad.
La liberación no consiste sólo en el dominio frente a uno mismo,
también frente a cualquier voluntad extraña y opresora.
Enseñanzas directas acerca del renacimiento en la Biblia
En el versículo 21 del primer capítulo de San Juan, se pregunta
a Juan el Bautista: ¿ Eres tú Elías ? Y puesto que se efectúa
tal pregunta, ciertamente ello entraña estar de acuerdo con el renacimiento
como hecho admitido y normal de la vida.
Pero en San Mateo II, 47, figuran además las siguientes palabras del
propio Cristo referidas a Juan el Bautista: "Éste es Elías",
dando por sobreentendido también y no sólo el renacimiento, sino
la inmortalidad del espíritu humano tras la muerte, pues no de otra forma,
si no hubiera sobrevivido a la muerte del cuerpo, es que podría haber
renacido Elías ahora como Juan el Bautista.
En cierto momento, mientras Cristo y sus discípulos se encontraban Cristo
en el monte de la transfiguración, dijo Aquél: "Elías
ha venido y le hicieron todo lo que quisieron", entendiendo sus discípulos
"que Él hablaba de Juan", a quien Herodes había ordenado
decapitar. La consiguiente deducción es tan contundente, que por sí
misma ni en sí misma requiere de mayores digresiones.
En el Cap. XVI, 14 de San Mateo, Cristo pregunta a los discípulos: "¿
Quién creen que soy yo ?"; contestándole ellos: Algunos creen
que eres Juan el Bautista, otros dicen que eres Elías y otros que Jeremías
o uno de los profetas". Y oyéndolo, Cristo no los contradijo en
absoluto, dado que Cristo era un instructor, y, de haber encontrado alguna afirmación
errónea acerca del renacimiento, sin duda Él les hubiera hecho
las correcciones oportunas. No fue así, sino que tal y como puede apreciarse,
Él mismo enseñó esta doctrina a través de todos
estos pasajes.
No obstante, a título informativo, sobre todo para quien pretenda indagar
a fondo en ocultismo e incluso aspire a pisar el sendero, queremos traer aquí
algunos ejemplos de seres humanos conocidos, algunos de cuyos sucesivos renacimientos,
de un modo u otro son conocidos o han sido dados a conocer. Así:
.- Enoc – Noé – Abraham – Salomón – Jesús de Nazaret.
.- Moisés - Quetzalcóatl (quetzal=pluma, elevarse, volar; cóatl=serpiente) ¿serpiente emplumada, serpiente espíritu-espinal ? – Elías – Juan el Bautista – San Jerónimo.
.- David – Jonás – San Pedro – San Francisco de Asís.
.- Job – José de Arimatea – Sir Galahad.
.- Hirám Abiff (constructor del Templo de Salomón) – Lázaro (amigo de Jesús) – Cristián Rosenkreuz – José Balsamo (Cagliostro, conde de) – Saint Germain (Conde de)
1 A.- El hombre de Lemuria
La Época de Lemuria es, tras la Polar e Hiperbórea, la tercera
de las épocas correspondientes al actual Período Terrestre. Con
posterioridad a ella advino la Época Atlante y, seguidamente, la Aria,
en la que en la actualidad nos encontramos.
¿ … que cómo era el hombre de tan lejanísimo tiempo ? Nos ha parecido
sumamente ilustrativo tratar acerca de este hombre porque, con ello, podrá
contribuirse a que nos formemos una idea, ya remota, ya aproximada, de la transformación
o transformaciones habidas hasta llegar, en sus líneas más generales,
al hombre de hoy.
De todos modos, si bien a título meramente orientativo, incluyamos previamente
unas leves nociones acerca del hombre tanto "polar" como "hiperbóreo".
De las sustancias en fusión en que en aquél entonces se encontraba
la Tierra, y ayudado por los Señores de la Forma, denominados Potestades
por la Iglesia Católica, construyó el hombre "polar"
su cuerpo mineral. Consistía más que en un cuerpo, modernamente
hablando, en un objeto de grandes proporciones y pesado, el cual presentaba
un órgano en su parte superior, órgano que venía a servirle
como de sistema de dirección y orientación. En cualquier caso,
dada la ebullición en que se encontraba la Tierra (aún en el sol)
suponía un instrumento valiosísimo por cuanto le avisaba del peligro
inminente, lo cual permitía a este hombre primigenio variar su trayectoria
como un autómata para evitarlo. Por tanto, lo que ahora conocemos como
glándula pineal – glándula por demás especial, dada su
naturaleza espiritual - conformaba entonces este órgano, entre cuyas
funciones se encontraban en aquel lejano principio las de detectar tanto el
calor como el frío.
Tocante al modo de propagarse, diremos que aquellas enormes y pesadas criaturas
que éramos, y de reducidísima conciencia, a semejanza de las células
se escindían en dos partes iguales, las cuales no aumentaban ni decrecían
a partir del tamaño que heredaban.
El hombre hiperbóreo, en cambio, dado que ya recibe junto al cuerpo denso
un cuerpo vital, éste va a permitirle crecer exageradamente a base de
atraer materiales del exterior, de modo muy similar a lo que ocurre en la ósmosis,
y no escindiéndose en dos partes iguales al reproducirse sino desiguales,
si bien creciendo únicamente hasta alcanzar tamaño previo de su
padre.
En esta época o etapa atravesó el hombre el estado análogo
al vegetal, siendo su conciencia similar a la del estado de trance. En las Enseñanzas
Occidentales se dice acerca de este estado como de "sueño sin ensueños".
Volvamos a señalar que fue antes de finalizar esta época cuando
la Tierra fue arrojada del Sol, describiendo una órbita en sí
diferente a la que actualmente describe. El motivo de dicha expulsión
no consistió sino en que la cristalización del hombre había
alcanzado tal magnitud, que realmente impedía la evolución de
seres más elevados, soportando, por otra parte, la incandescencia, una
vibración calorífica demasiado alta para su propia evolución..
Sólo al final de esta interesantísima época es que podemos
encontrar, bajo cierto modo de mirar las cosas, lo que podría denominarse,
y ello no sin esfuerzo, primera raza humana. Las condiciones de Lemuria fueron
duras por demás. La atmósfera, muy densa, semejaba una niebla
ígnea, las durezas de la tierra comenzaban a manifestarse, si bien enormes
extensiones se encontraban en absoluta fusión, y, entre la prodigiosa
conformación de islas, se hallaba en ebullición un mar recalentado
una y otra vez debido a las lavas de incesantes erupciones volcánicas.
Es, por otro lado, el tiempo de los bosques lujuriosos y de los animales gigantescos.
El esqueleto del hombre, aunque formado, el resto de sus formas eran aún
muy plásticas, al igual que las de los animales. El hombre lemur oía
y tenía tacto, y sus presuntos ojos, los que en el futuro habrían
de llegar a ser, no eran entonces sino dos meros puntos marcados y sensibilizados
sobre la piel que progresivamente irían siendo afectados por la difusa
luz que se filtraba a través de la citada inmensa neblina. En realidad,
no ha sido sino la luz la que ha construido los ojos de que hoy disponemos.
Tenía nuestro hombre por lenguaje el de los sonidos naturales, sonidos
que imitaba. No tuvo percepción acerca de cómo ni cuando nació
su cuerpo aunque sí podía detectar a otros hombres, si bien se
traba de una percepción interna, espiritual, pero que le proporcionaba
claridad y lógica acerca de lo percibido. Ni siquiera sabía en
ese tiempo que tenía un cuerpo, tal era su inconsciencia en este mundo
tridimensional. Y, sin embargo, habría de ser el dolor el instrumento
de hacerles tomar conciencia de su propia realidad física. No es de extrañar,
por tanto, que entre los misterios enseñados entonces uno de los más
importantes consistiera en hacerle ver que ello era así. Fue éste
asimismo el tiempo en que la procreación – ya descrita más arriba
– se encontraba bajo la guía de los ángeles de Jehová,
procreación que, tras comer del Árbol del conocimiento a raíz
de la revelación efectuada por los ángeles caídos o luciferes,
es pudo el hombre alterar mediante la realización del acto generativo
en cualquier tiempo en cuanto búsqueda del placer, hecho que provocaría
no sólo dolor, sino múltiples enfermedades sin cuento que encontramos
relatadas en la Biblia.
Por tanto, el hombre lemur - todos los lemurianos fueron de piel negra - aparte
de estar inconsciente mientras cambiaba un cuerpo para tomar otro, su conciencia,
tal, y como hemos referido, se encontraba muchísimo más centrada
en los mundos internos, en el mundo espiritual. Y si del lenguaje hemos dicho
que era imitativo de los sonidos naturales, estos sonidos eran en cambio para
él sagrados, pues cada sonido emitido disponía de poder que podía
obrar sobre la naturaleza, sobre los animales o los propios semejantes. En consecuencia,
bajo la guía de los Señores de Venus, instructores tenidos por
mensajeros divinos, el lenguaje lo usaron con absoluta displicencia y sacralidad.
Tal cual estamos viendo, el incipiente hombre lemur fue un verdadero mago, motivado
su poder por su inicial y alto estado de pureza e inocencia (que no virtud).
Y, siendo así, por fuerza las enseñanzas iniciáticas no
tuvieron por otra finalidad que, siguiendo las reglas del desarrollo que acontecía,
enseñar y tratar de mostrar a aquel ser, además de arte, las realidades
físicas y exteriores que lo circundaban con las leyes que regían
las mismas y las gobernaban. Es aquí cuando abre los ojos, que no es
otra cosa que decir que, efectivamente, sus ojos físicos habían
progresado lo suficiente para verse a sí mismo y, por tanto, toma conciencia
de sí, de su propia existencia desnuda en medio de un mundo en el que,
poco a poco, habrá de llevar a cabo todavía una inmersión
más profunda, una inmersión absoluta.
El lemur, aun teniendo a su disposición el poder que ostentaba, hizo
sin embargo buen uso de él, dado que siempre tuvo presente tanto su procedencia
como su relación con los dioses. Tras la separación de los sexos,
de la que enseguida se hablará y que también tuvo lugar en esta
época, la educación específica para los hombres consistió,
no obstante, en el crecimiento y fortalecimiento de la voluntad, mientras que
la mujer era instruida mediante situaciones que propiciaran el despertar y acrecentamiento
de la imaginación, una y otra características naturales y predominantes
la primera en el hombre, la segunda en la mujer.
1 B.- La separación de los sexos
El espíritu es bisexual y no asexual. Piénsese que, en este último
caso, el cuerpo, en cuanto a la forma, también sería irremediable
asexual, puesto que éste, en el mundo tridimensional, no es sino la manifestación
externa del espíritu individual e interno que lo creó.
En cambio, en los mundos internos del hombre, la sexualidad se pone de manifiesto
mediante dos fuerzas muy distintas si bien complementarias. Una, la voluntad,
en cuanto fuerza masculina y en consonancia con las fuerzas solares, y otra
la imaginación, en cuanto fuerza femenina y ligada a las fuerzas lunares,
hecho éste palpable tanto por el poder imaginativo que ostenta la mujer
como por la influencia que ejerce la Luna sobre el organismo femenino.
Durante la Época Hiperbórea, cuando aún permanecían
en el sol la Tierra y la Luna, las fuerzas masculinas y femeninas obraban sin
dificultad en los respectivos cuerpos del hombre.
Sin embargo, una vez que la Tierra fue separada del sol y posteriormente la
Luna lo hubo sido de la Tierra, las fuerzas solares y lunares, bajo el nuevo
status, no encontraron modo posible de ejercer la igualdad con que lo habían
efectuado anteriormente, por lo que determinados cuerpos se prestaron mejor
a la recepción solar y otros a la lunar, es decir, unos seres se inclinaron
hacia el desarrollo intenso y predominante de la masculinidad y otros de la
feminidad.
En esta etapa el hombre era hermafrodita, capaz de dar lugar, cual determinadas
plantas, a otro ser por sí mismo, sin intervención exterior alguna.
Sin embargo, a efectos de que aquél pudiese llegar a convertirse en verdadero
creador, similar a los Elohim, resultaba indispensable que pudiera disponer
de un cerebro que, albergando la mente, permitiera utilizar la materia mental
para razonar y concebir imaginativamente aquello que por sí mismo libremente
desease crear. Y, de similar forma, era preciso que dispusiera de un instrumento
cual es la laringe, capaz de articular y emitir con el tiempo la palabra creadora.
No de otra forma pudo emanar del Uno La Palabra, el sonido, el Fiat Creador
citado por San Juan, a través del cual "La Palabra se hizo carne"
y no por medio de encarnar y tomar la figura de un cuerpo físico, sino
"haciéndose carne" a través de todo lo que es y constituye
la materia del universo con sus millones y millones de sistemas solares. La
consecuencia fue que, mientras una mitad de energía creadora, ya masculina
ya femenina, ascendía para la conformación y desarrollo del cerebro
y la laringe, la otra mitad que libre para darla a otro ser y poder llevar a
efecto el acto de generación de nuevos cuerpos. Es en este preciso momento
cuando el hombre deja de "conocerse a sí mismo" para pasar
a "conocer" a su esposa, cuya resultante habría de consistir
en el advenimiento de los hijos físicos tal cual son conocidos.
Si observamos con atención el proceso, podremos nos daremos cuenta de
que, a partir de aquí, se ha producido un lapsus de tiempo especial,
el cual comienza al ser expulsado el hombre del Jardín del Edén,
o región etérica -, hacia la mitad de la Lemuria - en plena involución
y camino del nadir de la materialidad, para cruzar ésta e, investido
ya su ser de mente y convertido en humano, comenzar a elevarse mediante un proceso
evolutivo de regeneración, regeneración que deberá durar
hasta que vuelva a conocerse internamente por sí solo y a sí mismo.
Habrá tornado entonces no sólo a ser hermafrodita como antaño
fue, sino que por medio del pensamiento podrá imaginar, concebir y dar
expresión concreta a sus criaturas mediante la palabra creadora, la "palabra
perdida", aquélla con la que en sus primeros estadios en la Lemuria
usó para construir formas físicas de animales y vegetales. Esta
consecución es precisamente a lo que se refería aquella famosa
inscripción que se hallaba en el frontispicio del Oráculo de Delfos
y que rezaba: "Hombre, conócete a ti mismo", es decir, "engendra
dentro de ti mismo".
No obstante, hagamos notar que si bien el hombre, con la construcción
del cerebro (en cuya construcción fue ayudado directamente por los ángeles)
y la laringe, dio un paso gigantesco en dirección a sus futuros desarrollos
creadores, no es menos cierto, evidentemente, que le costó a cambio la
posibilidad – al menos transitoria – de procrear una unidad completa en sí
mismo y por sí mismo. Ello habría de dar lugar, tras haber sufrido
esta pérdida, a la labor conductora angélica anual a fin de que
el hombre se reprodujera por medio de un apareamiento inconsciente, y a que,
más tarde, tuviese lugar la denominada "caída" debido
a la intervención de los Luciferes en el sistema de reproducción,
como ya ha sido reseñado.
1 C.- De la Epigénesis al "eslabón perdido".
Las Enseñanzas de la Sabiduría Occidental afirman que el contenido
concreto de la evolución consiste en convertir al hombre desde un dios
potencial, inconsciente de sí mismo y nesciente, y en definitiva estático,
hasta un dios consciente y omnisciente a través de un desarrollo dinámico.
Pero este desarrollo no puede ser un despliegue de las potencialidades recibidas
de Dios, su progenitor, sino que, para ser un creador original, es preciso que
aquel proceso se lleve a cabo bajo la premisa de que el dios en formación
tenga la posibilidad de realizar nuevos y originales aportes, incorporaciones
que den sentido y autenticidad a un verdadero creador, pues, de lo contrario,
no pasaría de ser un mero imitador, por muy perfecto que llegase a ser.
Ello, de forma inevitable, nos lleva a considerar dentro del ocultismo, cual
predican las enseñanzas para Occidente, a incluir en tal proceso, además
de la Involución y Evolución a la Epigénesis, es decir,
aquella virtualidad de introducir novedades que vengan a hacer progresar los
horizontes y posibilidades a lo largo de su marcha evolutiva. Si el hombre actualmente
se encuentra enfrascado en los trabajos sobre La Forma en nuestro Período
actual, el Terrestre - en el de Júpiter comenzará a trabajar con
la vida – necesariamente ha de ser sobre la forma de los materiales donde aquellas
incorporaciones deben tener lugar. Mediante su trabajo ha de convertir los materiales
en más dúctiles, en más flexibles, más duros, más
resistentes, logrará transformarlos en mejores transmisores y con óptimas
condiciones para suministrar nuevas oportunidades no sólo al hombre sino
también al conjunto del mundo, puesto que al hombre incumbe realizar
su tarea de acuerdo con su oleada de vida, y esta contribución deberá
ser hecha lo más acabada y perfecta. Piénsese en que hubo un tiempo
en el que la fuerza que en la actualidad estamos empleando en conformar aviones,
barcos, transbordadores espaciales y la última tecnología de comunicación
o cualquier otra, esa misma fuerza, insistimos, es exactamente la misma que
en otro tiempo anterior - el de la Involución - hubimos de emplear para
construir nuestros vehículos (cuerpo físico, de deseos y mental)
los precisos para poder manifestarnos en forma tridimensional como seres humanos
como el mundo físico requiere.
Pues bien, ¿ qué arquitecto o constructor podría llegar a ser
un verdadero genio creador si no estudiase a través de cada caso concreto
no sólo los errores cometidos, sino las necesidades que van a imponerse
en el futuro y, por tanto, no procediera a reconstruir una y otra vez los primeros
proyectos a fin de alcanzar su objetivo ? Luego, la Epigénesis – como
ya afirmó Haeckel hace tanto tiempo – a través del microscopio
debe pasar de denominarse hipótesis a constituir un hecho constatable.
Por otro lado, quienes se adhieran férrea y permanentemente a viejas
formas, no podrán elevarse más allá de la especie, por
lo que necesariamente han de quedarse atrás en calidad de rezagados.
A lo largo de la inmensa marcha de la evolución del ser humano y en todo
tiempo, en cada etapa con su forma respectiva, ha habido siempre rezagados,
espíritus menos flexibles, menos adaptativos, menos esforzados. De tal
manera ha sido así que, estos rezagados, a modo de estriberones, han
ido tomando las formas dejadas por los adelantados con el fin de alcanzarlos,
si bien los adelantados ya se encontraban utilizando otras formas nuevas, las
que habían construido en un nuevo despliegue de Epigénesis tocante
a la forma, ya que si el espíritu que habita una forma no es capaz de
renovarla, de acrecentarla, mejorándola como ya dijimos, debe degenerar.
En esta marcha evolutiva enunciada, en que se produce un sistemático
abandono de formas por parte de los adelantados, las cuales van siendo recogidas
por los rezagados, existirán formas tomadas por estos últimos
mientras aún queden individuos pertenecientes a dicha especie y bajo
esa condición, por lo que en el instante en que deje de haber espíritus
rezagados de tales características, muy gradualmente, dicha forma comenzará
a desintegrarse y a resumirse en los distintos estratos del planeta.
Llegados a este punto, debemos recordar que la ciencia materialista enseña
que, si bien el hombre fue ascendiendo por evolución de la ameba hasta
el ser que hoy es, sí procede introducir el importantísimo matiz
de que también afirma que, una vez hubo evolucionado hasta los antropoides,
aquí se escindió en dos, evolucionando una rama hasta el hombre
actual, mientras que otra se estancaba para aparecer a través de los
diversos tipos de monos. Las Enseñanzas de la Sabiduría Occidental
difieren radicalmente acerca de tal aseveración, puesto señala
que el hombre jamás habitó formas idénticas a las de nuestros
animales ni antropoides actuales. Sí dispuso de formas similares, pero
siempre superiores a las de unos y otros. Es admisible que, tal vez a consecuencia
del parecido anatómico en general, la deducción haya conducido
a esta especie de "callejón sin salida" al admitir no obstante
la ciencia y afirmar después que, teniendo lugar la evolución
perfectiva, evidentemente los antropoides han sido superados por el hombre.
De aquí proviene la afirmación muy común de que descendamos
del mono, máxime, para algunos, al advertirnos la biología moderna
de la tan cercana identidad génica entre unos seres y otros, pero no
la razón última.
Por tanto, el punto que ahora tratamos es de la mayor entidad en cuanto afirmamos
que
desde el ancestral momento en que las razas arias tuvieron como cobijo formas
parecidas a las de los antropoides, dichas razas han alcanzado el presente estado
de desenvolvimiento, a la vez que sus "formas habitadas" - aquellas
que dejaron atrás, y que eran el eslabón de unión con los
rezagados, han degenerado y degenerado, estando habitadas por los últimos
rezagados del Período de Saturno, primer período del actual ciclo
o Gran Día de Manifestación. Y asimismo que, dentro de los mismos
monos, los inferiores, en lugar de ser los progenitores de sus especies más
avanzadas, no es así en cambio, dado que estos monos inferiores son rezagados
que animan los ejemplares de formas aún más degeneradas de lo
que, muy lejos ya, correspondió a la forma humana.
En cualquier caso, que los antropoides pueden alcanzarnos convirtiéndose
en seres humanos, es posible. Pero sólo ellos podrán hacerlo.
Ningún otro animal. Los demás alcanzarán su estado humano
bajo otro período cósmico posterior - el de Júpiter - y
bajo condiciones absolutamente diferentes a las que observamos hoy.
El mono, en consecuencia, y por tanto, no es sino un hombre degenerado. Añadamos
que los pólipos constituyen la forma más degenerada dejada por
los mamíferos, y que los musgos conforman lo más degenerado respecto
del reino vegetal. Y de acuerdo con lo que ya hemos señalado con anterioridad,
al alcanzar cualquier reino el cenit de la degeneración, será
absorbido por el reino mineral irremediablemente.
Cual nota ilustrativa de la última apreciación efectuada, queremos
citar, además del carbón, en cuanto a que en un tiempo anterior
fue poseedor de una forma vegetal, a la piedra común o roca, la cual,
habiendo tenido por base igualmente su conformación primigenia en el
reino vegetal, y dejándonos en su composición minerológica
blenda, feldespatos y mica, el clarividente avanzado nos diría, sin embargo,
que lo que se llama blenda y feldespato son tallos y hojas de flores prehistóricas,
y que la mica, por otro lado, es lo que queda como residuos de los pétalos.
La vida antenatal es, en esta materia, otra corroboración de las Enseñanzas
Occidentales, pues éstas afirman que dicho desarrollo, desde la concepción
al nacimiento, no es en sí más que una recapitulación de
los pasados y sucesivos desenvolvimientos obtenidos por el hombre. En consecuencia,
si se observa un óvulo animal con todo detenimiento y atención
durante el período de gestación, podrá apreciarse que únicamente
discurre a través de los estados mineral y vegetal, naciendo, al alcanzar
el estado animal. En cambio, el óvulo del ser humano, tras discurrir
por los tres reinos inferiores, y disponiendo del poder epigenésico,
el cual le permite hacer aportes adicionales a las condiciones de la forma,
continúa su desarrollo hasta alcanzar el estado que en realidad le corresponde:
el humano.
Cuando la Epigénesis deja de actuar y queda inactiva en un individuo,
en una familia, nación o una raza, la evolución se detiene y comienzan
sus entropías particulares: la degeneración.
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