"Mi alma se ha empleado,
Y todo mi caudal en su servicio;
Ya no guardo ganado,
Ni ya tengo otro oficio,
Que ya solo en amar es mi ejercicio."
(S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 28)
Y otra estrofa, la número 11, en la que da cuerpo al significante:
"Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura."
Hoy nos conformamos con otra pareja y otros ideales. El matrimonio sometido a todo tipo de saberes expertos, ha caído como institución simbólica para mostrar su cara más sintomática. Devenido "pareja" constituye un tema preferente en las psicoterapias. Esta relación comandada por otros significantes amos, es el producto de otro juego de anudamiento entre el significante y el cuerpo. En cierto modo, hoy podría decirse que la carne es el espíritu. El saber sobre el cuerpo detenta un poder más prominente que alumbra el camino a seguir en nuestras adhesiones. En la vertiente del síntoma, toda una hagiología beatífica sobre la estética del cuerpo lanza a nuestros jóvenes a la vorágine del goce. La anorexia, hoy, no está bajo el ayuno penitencial dedicado al Señor amo, sino bajo otros imperativos tal vez más exigentes y bizarros.
Un manifiesto, no precisamente comunista, lanzado a Internet en forma de credo y recogido por la escritora Espido Freire, reza así:
"Creo en el control, la única energía con suficiente
Fuerza como para ordenar el caos en que vivo.
Creo que soy la persona más rastrera,
Inútil y despreciable que haya existido jamás en la Tierra,
Y que soy absolutamente indigna del tiempo o la atención de nadie.
Creo que quienes me digan algo distinto son idiotas.
(...) Creo en la perfección y lucho por obtenerla.
Creo en la salvación a través de realizar un esfuerzo cada día mayor.
Creo en las listas de calorías como la palabra de Dios,
Y de acuerdo con esa creencia las memorizaré.
Creo en las básculas de baño como indicador
De mis fracasos y de mis éxitos diarios.
Creo en el infierno, porque en ocasiones pienso que vivo en él.
Creo en un mundo en blanco y negro, en la pérdida de peso,
El remordimiento por los pecados, la negación (denegación habría que decir) del cuerpo
Y una eterna vida de ayuno." (Internet, 2002)
Como ven, la palabra hace estragos, pero no por los supuestos "estereotipos erróneos" que se lanzan al mercado mediático dispuestos para la mimesis, sino por lo que tiene de constitutiva, de vehículo del ser que somos amarrados a ese cuerpo por el significante. Ya no se va tras de Dios para ser anoréxica, ahora se va en pos de otro juego significante, tal vez más asfixiante y menos prometedor.
Seguir al amo oscuro, repetición que se consuma en otro lugar del iluminado por la mirada del Ser-ahí, del Da-sein, ávido de realidad y promesas. El amo, puede tener nombre de Dios. La sierva Iglesia pregona su Nombre y se ocupa esforzadamente de que exista. Pero también otros dioses pueden colarse de soslayo como amos. Una institución puede hacer existir a un Dios en todo su esplendor y eclipsar la emergencia del sufrimiento de existir, para lanzar imperativos o transferencias de trabajo. Almas dedicadas a su "ora et labora".
Escuchar el decurso de la palabra propia, en los años que duró mi análisis, cercar el objeto del goce que sostenía mi anonadamiento y estupidez, fue consecuencia de un acercamiento, cada vez más intenso, a la aportación que Lacan nos legó a todos. Sin embargo, la experiencia propia del encuentro con aquello que me arrastraba en el orden significante a ocupar lugares de goce sintomático, no creo que se pueda resumir en una fórmula testimonial sin el riesgo de hacer de ello un discurso de ilusionistas. Creo que presentarse para dar cuenta de un testimonio, aunque se haga bajo la aparente neutralidad de la tercera persona, no deja de ser una muestra más o menos ejemplarizante del precioso objeto al que nos alienamos de continuo, máxime cuando, al fin y al cabo, de lo que se trata es de ser nombrado por el otro. La forma de hacerse un nombre en una institución sea la que sea, pasa por la mirada benéfica que nos sostiene ante el espejo. Que la mirada esté articulada denegando su función no deja al sujeto libre del espejismo, sino aún más inmerso en la carrera por el reconocimiento. Que no hay metalenguaje quiere decir que no hay otro del Otro, aunque quien se hipostasie sea una institución.
Sergio Hinojosa
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